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Asunto:[abbacristica] LA EXTRAÑA MUERTE DE JUAN PABLO I "Hay que pur ificar el templo y echar de él a los mercaderes".
Fecha:Lunes, 4 de Abril, 2005  18:31:24 (-0700)
Autor:Alejo Castro Lopez <nickloss42 @...........mx>

 
 


 



LA EXTRAÑA MUERTE DE JUAN PABLO I

 

 

“A las clases sociales humildes y a los responsables de la marcha del mundo

 

¡Hombres hermanos de todo el mundo!

 

Todos estamos empeñados en la tarea de lograr que el mundo alcance una justicia mayor, una paz más estable, una cooperación mas sincera; y por eso invitamos y suplicamos a todos,

desde las clases sociales más humildes que forman la urdimbre de las naciones,

hasta los Jefes responsables de cada uno de los pueblos, a hacerse instrumentos eficaces y « responsables »

de un orden nuevo, más justo y más sincero.

 

Una aurora de esperanza flota sobre el mundo,

si bien una capa espesa de tinieblas con siniestros relámpagos de odio, de sangre y de guerra,

amenaza a veces con oscurecerla; el humilde Vicario de Cristo que comienza con temblor y confianza su misión,

 se pone a disposición total de la Iglesia y de la sociedad civil, sin distinción de razas o ideologías,

con el deseo de que amanezca para el mundo un día más claro y sereno.

 

Solamente Cristo puede hacer brotar la luz que no se apaga, porque Él es el «sol de justicia» (cf. Mal 4, 2);

pero Él pide también el esfuerzo de todos; el nuestro no faltará.”

 

Primer Mensaje a la Iglesia y al mundo

Juan Pablo I

 

 

JOSÉ MANUEL VIDAL

 

 

El sacerdote español desmonta la versión oficial de la muerte de Juan Pablo I.

 

Una autopsia secreta habría revelado que le dieron una dosis letal

de un vasodilatador tras una reunión con el cardenal Villot.

 

“Hay que purificar el templo y echar de él a los mercaderes”.

 

Ésta es la clave teológica que ha llevado a Jesús López Sáez, sacerdote abulense,

prestigioso catequista y fundador de la Comunidad de Ayala,

a bucear en la escabrosa historia de la muerte de Juan Pablo I.

 

Tras 25 años de investigación profunda,

sus conclusiones son estremecedoras y echan por tierra la tesis oficial.

 

La Curia romana, con Juan Pablo II a la cabeza,

siempre sostuvo que la muerte del Papa Luciani fue la de un enfermo,

incapaz de asumir el tremendo peso de la tiara.

 

López Sáez sostiene, en cambio, que la muerte del Papa meteorito

(sólo estuvo 31 días en el solio pontificio)

fue un asesinato orquestado por algunos miembros de la Curia,

de la mafia y de la masonería;

el asesinato de un Papa en plena forma y tan capaz de regir la Iglesia

que estaba pensando en darle un vuelco de 180 grados al Vaticano,

a sus dineros y a la Curia romana.

 

Con la explicación oficial, Roma dio por cerrado el caso.

 

Pero, aún hoy, en toda la cristiandad sigue flotando un aire de misterio y sospecha.

 

La herida se cerró en falso.

 

De hecho, tras su muerte numerosos obispos

y hasta algún cardenal pidieron a Roma una investigación en profundidad.

 

Jesús López pertenece a este sector minoritario que quiere «lavar»

la imagen manchada de un pontificado que pudo ser revolucionario en la Iglesia.

 

Hacer justicia al Papa de la sonrisa y, de pasada,

purificar el templo de la Curia y ayudar a que la Iglesia recobre el esplendor evangélico.

 

Con buenos contactos tanto en España como en el extranjero,

con la ayuda de obispos y cardenales amigos,

Jesús López plasmó sus primeros hallazgos en el libro

Se pedirá cuenta (Editorial Orígenes),

publicado 12 años después del misterioso final de Juan Pablo I.

 

Ya entonces el padre López Sáez intentaba bucear en la turbia historia

de la muerte del Papa Luciani,

porque «a cada generación se le pedirá cuenta de la sangre de sus profetas».

 

Pero la consigna en la Iglesia era clara y tajante:

 

«Ningún eclesiástico puede remover las cenizas del Papa Luciani y,

ante las múltiples preguntas de los fieles en todo el mundo,

los clérigos deben responder con la verdad oficial».

 

Pero don Jesús no se dio por vencido y, desde entonces,

siguió visitando archivos, consultando fuentes

y con protagonistas directos de aquellos acontecimientos que, con la edad y el tiempo, comenzaron a hablar.

 

«EL DIA DE LA CUENTA»

 

Fruto de este trabajo de años es un nuevo libro, El día de la cuenta,

en el que plasma sus conclusiones definitivas.

 

Pero a la Iglesia no le gusta que uno de sus más prestigiosos sacerdotes

asegure que un Papa fue asesinado y denuncie los tejemanejes de una Curia,

«auténtica cueva de ladrones», dice.

 

Y le llovieron las presiones de todo tipo.

 

Sentimentales, con cartas de sus amigos.

 

Como la del actual nuncio en Croacia, el español Francisco Javier Lozano,

suplicándole que no publique un libro

que «tanto mal puede acarrear a la Iglesia de Cristo».

 

Le advierte que él no es quien para sentar en el banquillo de los acusados a la Santa Sede.

 

Y con chantajes afectivos:

 

«Hubiera dado cualquier cosa para que vieras la cara de dolor

de la "autoridad de la Iglesia" (Juan Pablo II),

cuando hace meses le presenté un breve resumen de tu manuscrito.

 

Esa autoridad está acostumbrada a sufrir por calumnias, por infidelidades,

incluso por disparos a bocajarro un 13 de mayo».

 

A las presiones afectivas sucedieron las canónicas.

 

El entonces obispo de Avila, Adolfo González Montes,

le amenaza por escrito con retirarle las licencias ministeriales

(prohibición de celebrar los sacramentos).

 

Pero don Jesús no cede.

 

Y recuerda lo que Santa Catalina de Siena decía:

 

«Los ministros de Dios que no denuncian los males de la Iglesia son malos pastores.

 

No tienen perro, el perro de la conciencia, o no les ladra».

 

Y él tiene perro y no deja de ladrarle.

 

Y eso que por seguir en sus trece le echaron de la Conferencia Episcopal,

donde trabajaba en la comisión de catequesis.

 

Y quizás perdiese la oportunidad de conseguir una mitra

y el reconocimiento solemne de la Comunidad de Ayala, por él fundada.

 

Ahora ha tenido que editar su libro en «edición no venal, para uso privado».

 

Aun así, de boca en boca y de mano en mano, lleva vendidos más de 2.000 ejemplares.

 

Y junto a la cascada de reproches, algunas felicitaciones.

 

Como la del obispo Casaldáliga:

 

«Todo tu material es importante para la Historia y para la purificación de la Iglesia».

 

O la enigmática carta de Eduardo Luciani, hermano del Papa difunto.

 

Aunque sin pronunciarse al respecto,

deja planear la sombra de la duda sobre el desenlace de su hermano.

 

EDICION PUBLICA

 

Como buen sacerdote que es,

Jesús López siente el corazón dividido ante las conclusiones de su investigación.

 

«Pero en conciencia no puedo callar y, aunque no vivo en estado de miedo,

sé que me pueden hacer mucho daño.

 

Pero...

 

Como dice el libro de los Hechos,

"hemos de obedecer a Dios antes que a los hombres"».

 

Incluso, López Sáez está pensando en hacer una edición pública de su libro

y lanzarlo a las librerías.

 

«Para que la gente sepa y los mercaderes salgan del templo».

 

«Esta mañana, 29 de septiembre de 1978, hacia las cinco y media,

el secretario particular del Papa, no habiendo encontrado al Santo Padre en la capilla,

como de costumbre, le ha buscado en su habitación

y le ha encontrado muerto en la cama, con la luz encendida, como si aún leyera.

 

El médico, Dr. Renato Buzzonetti, que acudió inmediatamente,

ha constatado su muerte, acaecida probablemente hacia las 23 horas del día anterior

a causa de un infarto agudo de miocardio».

 

Así rezaba el comunicado oficial del Vaticano.

 

Una versión llena de falsedades, según López Sáez.

 

Entre otras:

 

«un diagnóstico sin fundamento (infarto de miocardio agudo y, además, instantáneo),

dado por un médico que no conocía a Luciani como paciente,

sin realización (oficial) de la autopsia,

y una información manipulada sobre el hallazgo del cadáver

y sobre las circunstancias de la muerte».

 

¿QUIÉN MATO AL PAPA?

 

Hoy está comprobado que Juan Pablo I estaba bien de salud.

 

Lo confirma su médico personal, el doctor Da Ros:

 

«El Papa no ha pasado nunca 24 horas en cama, ni una mañana o una tarde en cama,

no ha tenido nunca un dolor de cabeza o una fiebre que le obligase a guardar cama.

 

Gozaba de una buena salud; ningún problema de dieta,

comía todo cuanto le ponían delante, no conocía problemas de diabetes o de colesterol;

tenía sólo la tensión un poco baja».

 

Tener la tensión un poco baja es, para muchos médicos, «un seguro de vida».

 

También se sabe que Juan Pablo I no murió de infarto,

porque «no hubo lucha con la muerte».

 

Con el tiempo el propio Vaticano ha reconocido

que el primero en encontrarlo no fue monseñor Magee, su secretario, sino sor Vincenza,

la monja que lo cuidaba.

 

Según el relato de esta hermana,

«el Papa estaba sentado en la cama, con las gafas puestas

y unas hojas de papel en las manos.

 

Tenía la cabeza ladeada hacia la derecha y una pierna estirada sobre la cama.

 

Iniciaba una leve sonrisa».

 

¿Qué tenía en las manos?

 

«Evidentemente no tenía el Kempis, como dijo el Vaticano,

un libro demasiado grueso para ser sostenido entre los dedos.

 

Los apuntes que tenía eran unas notas sobre la conversación de dos horas

que el Papa había tenido con el secretario de Estado, cardenal Villot, la tarde anterior»,

dice López Sáez.

 

En ella, el Papa le había adelantado a su número dos los importantes cambios

que pensaba hacer en la Curia.

 

Y ése fue el detonante de su muerte.

 

¿Cuál fue el arma del crimen?

 

«A pesar de que el Vaticano lo niega, a Juan Pablo I se le hizo la autopsia

y por ella se supo que había muerto por la ingestión de una dosis fortísima

de un vasodilatador.

 

Se trata de una medicina absolutamente contraindicada

para quien tiene la tensión baja, como tenía el Papa.

 

Eso encaja con la forma en la que se encontró el cadáver:

 

No hubo lucha con la muerte,

como corresponde a una provocada por sustancia depresora

y acaecida en profundo sueño», explica don Jesús.

 

La medicación, que no le fue recetada por su médico personal, como él mismo reconoce,

se le obligó a tomar o se le inyectó.

 

La mística Erika, en un libro del famoso teólogo y después cardenal Urs von Balthasar, asegura haber tenido una revelación

en la que vio a alguien que le inyectaba la medicina al Papa.

 

Y Juan Pablo II le concede la birreta a Von Balthasar sabiendo que, además,

la propia Erika dice en el libro que «el Santo Padre lo sabe y lo cree»

[que su antecesor fue asesinado].

 

Por su parte el ex embajador francés, Roger Peyrefitte, autor de La sotana roja,

asegura que al Papa le puso la inyección letal el mafioso Brucciato

-después murió en un atentado contra Roberto Rossone,

vicepresidente del Banco Ambrosiano- acompañado de dos monseñores de la Curia.

 

Según López Sáez, «nadie sabe exactamente quién mató al Papa.

 

Todo apunta a la Logia masónica P2.

 

No se puede responsabilizar a una persona en concreto,

aunque hay quien señala al entonces presidente del IOR (Banco del Vaticano),

monseñor Marcinckus, y al entonces Secretario de Estado, el francés cardenal Villot».

 

En cualquier caso se trata, según López,

«de una muerte provocada en el momento oportuno».

 

¿Por qué?

 

Los folios que tiene en la mano el Papa muerto

contenían el nuevo organigrama de la Curia y de la Iglesia italiana:

 

dimisión de Villot y del arzobispo de Milán, monseñor Colombo;

traslado a Milán de Casaroli; Benelli, nuevo Secretario de Estado;

Poletti, vicario de Roma, a Florencia, y Felici, nuevo vicario de Roma».

 

Juan Pablo I, horas antes había presentado el organigrama a Villot y éste le dijo:

 

«Usted es libre para decidir y yo obedeceré.

 

Pero sepa que estos cambios supondrían una traición a la herencia recibida de Pablo VI».

 

Y Juan Pablo I le replicó:

 

«Ningún Papa gobierna a perpetuidad».

 

Está comprobado que el Luciani era un Papa que «estaba en el camino de la profecía».

 

Es decir, «un Papa que no quiere ser jefe de Estado,

que no quiere escoltas ni soldados,

que quiere una renovación profunda de la Iglesia y, además, gobernar con los obispos.

 

Un Papa de los pobres que quiere promover en el Vaticano un gran instituto de caridad,

para hospedar a los sin techo de Roma», cuenta el padre López Sáez.

 

En definitiva, al Papa le matan porque quiere revisar la estructura de la Curia,

publicar varias encíclicas (sobre la colegialidad o la mujer en la Iglesia),

destituir al presidente del IOR, reformar el banco vaticano

y enfrentarse abiertamente con la masonería y con la mafia que campan por sus fueros

en la Curia romana.

 

Según López Sáez, «lo determinante fue el asunto del IOR,

porque la Curia intenta evitar la quiebra del Ambrosiano

y la decisión del Papa la iba a precipitar.

 

Ellos querían un Papa que evitase esa quiebra».

 

Pero, aunque quitaron de en medio a Juan Pablo I, su sucesor, Juan Pablo II,

no pudo evitar la quiebra del Ambrosiano y, además, destituyó a su presidente,

monseñor Marcinckus.

 

«La diferencia es que Juan Pablo I quiere echar a los mercaderes del templo,

mientras Juan Pablo II expulsa a unos (masonería)

para echarse en brazos del Opus Dei.

 

La Obra fue la institución que salió ganadora

y a la que el pontificado del Papa Wojtyla le resultó más rentable:

 

una prelatura personal, un santo y el control del poder en Roma.

 

En cualquier caso, el Papa Luciani sabe que va a enfrentarse con poderosos enemigos.

 

En varias ocasiones asegura, según el padre Sáez,

que su pontificado será corto y que ya sabe el nombre de su sucesor.

 

Unas veces, le llama «el extranjero» y otras,

«el que estaba sentado frente a mí en el cónclave».

 

Es decir, Wojtyla.

 

¿Por qué sabía Juan Pablo I ya antes de morir

y antes de celebrarse el cónclave el nombre de su sucesor?

 

«Porque Juan Pablo II era el candidato del cardenal Villot y de la Curia,

deseosa de volver a controlar el poder.

 

No en vano, los curiales decían:

 

"Hemos perdido tres cónclaves (el de Juan XXIII, el de Pablo VI y el de Juan Pablo I),

pero no el cuarto"».

 

El padre López Sáez cree, al igual que la mística Erika, que «el Papa sabe».

 

Más aún, cree que su última obra poética, Tríptico romano,

es una respuesta velada a su libro,

que envió al Papa con acuse de la Secretaría de Estado.

 

Por eso, en tres simples folios, Juan Pablo II habla de la Capilla Sixtina

y del próximo cónclave.

 

«Es una forma de responderme a mí y a los cardenales

que van a estar en el próximo cónclave.

 

Viene a decir "algo hay"...

 

Y si responde es para que los cardenales electores lo tengan en cuenta,

elijan en consonancia y reparen la injusticia histórica

que se ha cometido con el Papa Luciani».

 

Eso es una de las cosas que más le duele al fundador de la Comunidad de Ayala.

 

«Juan Pablo I no era un papa débil e indeciso como lo pintan desde el Vaticano.

 

Está en juego no sólo la causa y las circunstancias de su muerte,

sino también su figura y su testimonio».

 

De hecho, en este momento hay dos procesos abiertos en torno al Papa Luciani.

 

El primero es civil, reabierto en Roma por el fiscal Pietro Saviotti.

 

«Le he mandado el fiscal todos mis datos y documentos.

 

Espero que se esclarezca la verdad y se haga justicia», dice López.

 

El segundo proceso es la beatificación de Juan Pablo I.

 

El padre López no quiere oír hablar de este tipo de proceso:

 

«El Papa Luciani no necesita milagros para ser santo.

 

A Juan Pablo I hay que beatificarle como mártir,

tras una profunda investigación sobre su muerte y recuperar su imagen distorsionada».

 

«El día de la cuenta», de Jesús López Sáez, no puede adquirirse en venta pública.

 

Para contactar con el autor:

 

www.comayala.es

 

EL CURA QUE PIDE CUENTAS A WOJTYLA

 

Jesús López Sáez es uno de los mejores especialistas españoles

en catecumenado de adultos.

 

Nacido en Aldeaseca (Avila), el 12 de abril de 1944,

está licenciado en Filosofía y Letras, Teología y Psicología.

 

Tras estudiar en Salamanca, Roma y Madrid,

entró a formar parte de los fontaneros de Añastro,

sede de la Conferencia Episcopal, y nombrado responsable de catequesis de adultos

del Secretariado Nacional.

 

Y además es fundador.

 

Porque fundó en 1973, en la parroquia del Cristo de la Salud (calle Ayala, 12),

la comunidad que lleva el nombre de la calle.

 

Allí, junto a un grupo de cristianos «insatisfechos del cristianismo convencional»,

busca «en la experiencia de las primeras comunidades cristianas

vivir hoy la renovación de una Iglesia que, siendo vieja y estéril,

podía volver a ser fecunda».

 

De nueve fundadores,

el grupo se ha convertido en un movimiento que aglutina a unas 2.000 personas

cuyo objetivo es «promover la escucha de la Palabra de Dios

en el fondo de los acontecimientos personales, sociales y eclesiales,

al tiempo que se van creando grupos de inspiración catecumenal y comunitaria».

 

Todos son una piña en torno al fundador.

 

«Nunca estará solo ni en esto ni en nada.

 

La comunidad le responde por completo»,

dice tajante el vicepresidente de la asociación, Jesús Martín.

 

Con la investigación de lo sucedido hace 25 años se pretende,

en opinión de Martín, «recuperar la figura de un Juan Pablo I mártir».

 

De hecho, en el salón en que se reúnen hay un retrato pintado de aquel papa.

 

Y dos mapas grandes.

 

Uno de España y otro del mundo.

 

En ambos, señalados con chinchetas rojas y azules,

los cien equipos de la comunidad de Ayala.

 

En Madrid, Segovia o Canarias, pero también en Cuba, EEUU, México, Colombia, Argentina, Japón, Irán o Taiwan.

 

Están alejados de los movimientos neoconservadores que copan el poder en la Iglesia.

 

Son la comunidad de don Jesús, el cura que «pide cuentas a Juan Pablo II».

 

 

 

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