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Asunto: Otra mirada sobre las papeleras
Fecha:Lunes, 21 de Mayo, 2007  18:33:07 (-0300)
Autor:Antonio Elio Brailovsky <brailovsky @...............ar>

 
 
Queridos amigos:
 
Quiero compartir con ustedes mi preocupación por las dificultades que tenemos en nuestra sociedad para establecer un diálogo en los temas que nos preocupan y aceptar las discrepancias. El penoso enfrentamiento entre Argentina y Uruguay por las plantas celulósicas ha tensado los ánimos mucho más allá de lo aceptable. Si unimos a esto la práctica de las campañas electorales sucias, donde puede decirse cualquier cosa, nos encontramos con una sociedad que no puede reflexionar y que reemplaza el pensamiento por consignas preestablecidas.
 
Por eso me parece importante recuperar la práctica de escuchar lo que el otro tenga para decirnos, especialmente cuando ese otro piense de un modo diferente que nosotros.
 
Como ustedes saben, hace unos días envié un mail con mi opinión sobre los riesgos y precauciones ambientales a tomar en el caso de que se construyera una planta de celulosa en la provincia de Corrientes. Como siempre, recibí muchos comentarios, y una de las personas que respondió -el economista Gustavo Daniel Braier- me pidió derecho a réplica. Les reenvio su texto.
 
Como ustedes podrán apreciar -y como corresponde a una réplica- tenemos puntos de vista diferentes.
  
En esta entrega ustedes reciben:
  • Un texto de Gustavo Daniel Braier sobre el desarrollo el sector forestoindustrial en el país y en el Cono Sur, y
  • Las ilustraciones que acompañan esta entrega son un dibujo infantil alusivo a las papeleras y una foto satelital, ambos suministrados por el autor.
 
Un gran abrazo a todos.
 
Antonio Elio Brailovsky
 

 

EL DESARROLLO DE LA FORESTOINDUSTRIA.

 

Por Gustavo Daniel Braier

 

Hola gente:

 

Ante todo me presento.  Mi nombre es Gustavo Daniel Braier, soy un economista especializado en el área forestoindustrial mediante mi actividad profesional y mediante una maestría que hice en la Universidad de Toronto, Canadá.  Hace tiempo que debato o comparto opiniones y criterios con Antonio acerca del área de mi especialidad desde el punto de vista ambiental y social y, en esta ocasión, ante una pregunta mía por la nota de la referencia, me permitió enviar otra nota mía, por su intermedio, a esta lista.

 

Agradezco, entonces, el gesto de Antonio, que no va a implicar complacencia en el debate porque si no perderíamos todos.

 

Creo que los profesionales tenemos la responsabilidad de informar a la sociedad acerca de nuestra área de conocimiento y eso es lo que trato de hacer cuando tengo oportunidad de hacerlo.  De hecho, frente a los cuestionamientos planteados ante la forestoindustria y espantados por la cantidad de mala información que circulaba por los medios, un grupo de profesionales del sector generamos un grupo con una página web que dimos en llamar www.ambienteydesarrollo.com.ar, la que los invito a visitar.  También los invito a preguntar lo que deseen para sacarse las dudas que se les presenten en este campo del conocimiento.

La naturaleza del desarrollo forestoindustrial.

Afirmo que el desarrollo de la forestoindustria es una alternativa viable para lograr un desarrollo sostenido desde todo punto de vista en el largo plazo en determinadas regiones del país, entre las que se encuentra la ribera argentina del río Uruguay.  Por cuestiones mediáticas una parte de este desarrollo posible, las fábricas de celulosa y papel, pasaron a ser el cuadro que se imagina la población sobre el sector.  Sin embargo, el sector es mucho más complejo.

 

Comencemos por decir que el árbol no es algo homogéneo.  Tiene una parte de mayor diámetro y otra de menor diámetro, a medida que se va desde su raíz hasta su copa.  Además, tiene ramas que, al momento de querer usar la madera para cubrir necesidades humanas, quitan rendimiento industrial, por lo que muchas veces son podados.  El ser humano fue capaz de usar cada vez de mejor manera al árbol, utilizando todos los recursos posibles, incluso, reciclando los residuos entre industrias y desde el consumo hacia la industria.

 

Al hacer el aprovechamiento industrial para fabricar las tablas con las que construimos, entre otras cosas, nuestras casas, el árbol pasa de una forma cercana a una circunferencia a otra cercana a un rectángulo, en la que se generan desperdicios.  Esos desperdicios pueden ser usados para hacer tableros o para hacer celulosa y papel.  En lugar de ser “basura” de una industria, pasaron a ser “insumo” de otra.  Asimismo, los tableros, por ejemplo, reemplazaron maderas de mejor calidad y esto significó cambiar el consumo de madera noble por la utilización de residuos.  Seguramente, el lector tendrá cerca un escritorio o mesa que esté hecha con tableros que no son más que pedacitos de madera y aserrín pegados con cola, en lugar de una reluciente tabla proveniente de un árbol añoso. 

 

Inclusive, las cajas de cartón corrugado, conformadas habitualmente de tres papeles pegados entre sí y el del medio con una forma ondeada, reemplazaron a cajones de madera desde hace mucho tiempo atrás.  ¿Algún lector se puso a observar fríamente a una caja de cartón corrugado y se pudo responder cómo es posible que esos papelitos pegados y doblados pueden soportar decenas de kilos sin romperse protegiendo a su contenido?  ¿Sabe el lector que un enorme porcentaje de ese papel tiene como principal insumo una caja similar que fue desechada y reciclada para volver a ser producida?  Con este uso de papel se reemplazó un cajón de madera.

 

Entonces, el árbol da lugar a un conjunto de industrias (clúster) que sinérgicamente interactúan entre sí para lograr la mayor eficiencia posible: tableros terciados, tablas, molduras, tableros de fibras, tableros de partículas, celulosa, papel o, inclusive, energía.  Aún más, las fábricas de celulosa con proceso kraft generan electricidad excedente y vapor que puede ser utilizada por aserraderos en la misma región.

 

En todo este desarrollo, que involucra indisolublemente a la forestación y a la industria, se crea una inmensa cantidad de trabajo de todas las calificaciones: desde las más sencillas hasta las más complejas, desde el punto de vista de la formación.  Todo sector que demande mano de obra con formación muy básica desde un lugar es criticado, pero desde otro lado debiera ser elogiado porque incorpora potencialmente al circuito económico a personas que, lamentablemente, tienen una capacidad laboral limitada por escasez de formación que, a veces, se torna irreversible.  Es decir, que es un sector que puede incluir a gente excluida del aparato productivo y tiene el deber de darle condiciones de trabajo adecuadas al momento en que vivimos, aún cuando su salario tal vez sea bajo.

La interacción del sector con el ambiente.

Hay industrias que interactúan más con un ambiente sano que otras.  La industria forestal en un ámbito natural enfermo no puede desarrollarse: precisa del suelo, del crecimiento de los árboles y del agua.  Las fábricas de celulosa, por ejemplo, quedan instaladas por décadas o por siglos en un mismo lugar por su enorme envergadura.  ¿Es dable pensar que destruyan su ambiente y vayan a buscar la madera cada vez más lejos hasta fundirse?  No se trata de una inversión minera que luego deja pueblos fantasma.

 

La industria forestal tiene por característica instalarse en el lugar donde crecen los árboles y con eso ayudan a desarrollar las economías regionales.  Vivimos en un país en el que más de un tercio de la población se amontona en su principal ciudad y su anillo poblacional e industrial.  No es que estos industriales forestales sean mecenas sociales, sino que llevan adelante su conveniencia: trasladar el menor peso posible.  Entonces, es más barato trasladar el producto terminado que el producto final, con el agregado de que si todas las ramas industriales de la madera están juntas, una puede aprovechar el residuo o la generación de energía de la otra.  Esto es ecológicamente correcto porque se evita producir una mayor entropía productiva.

 

El origen de la materia prima para el papel y la madera fue, tradicionalmente, el bosque nativo; en especial, el del hemisferio norte que tiene pocas especies por hectárea.  La tecnología y la industria se generaron en función del recurso natural disponible.  La población humana fue creciendo y la renta de estos bosques llega un punto en el que se ve agotada para poder siendo utilizada en el largo plazo.  Por su lado, los bosques tropicales y subtropicales, por la cantidad de especies que tienen por hectárea no fueron aptos para adaptarse a la tecnología generada en aquel otro contexto.  En algún momento, se comenzaron a hacer plantaciones de árboles en el hemisferio sur del planeta en un cambio que, tal vez exagerando, se lo pueda comparar con el avance que hizo la sociedad desde ser recolectora de alimentos y nómade a agricultora y afincada.  Sobre la base de la oferta maderera de esas plantaciones forestales se pudo seguir abasteciendo a un mundo cada vez más poblado de humanos con cada vez mayores necesidades y sólo marginalmente en zonas que desmontaban para plantar árboles.

 

En relación con las plantaciones forestales y la relación que hace Antonio con el fuego, debe destacarse que en el diseño mismo de las plantaciones forestales se tiene muy en consideración el efecto potencial de los incendios, por lo que se hacen calles cortafuegos (áreas sin plantación para que si se produce un incendio el fuego no se propague), se conforman consorcios de prevención y se instalan torres de control.  En Corrientes o en Entre Ríos, en general, exigir desde la ley la existencia de franjas de bosques nativos sería improcedente.

 

La relación de la naturaleza con el fuego es intensa y este último fue un factor fundamental en la conformación de nuestra querida pampa y forma parte de los ecosistemas de los bosques del hemisferio norte.  De hecho, por ejemplo, ¡las piñas de los pinos basan su capacidad reproductora en la existencia del fuego!  El pino, de hecho, es una especie forestal adaptada a la presencia del fuego, lo que se puede ver, como fuera dicho, en las piñas y también en su corteza. 

Economía, ecología y ordenamiento territorial.

Los párrafos precedentes hacen referencia clara a la relación existente entre las consideraciones económicas y ecológicas como partes necesarias de una misma evaluación que, como fuera dicho, se profundiza en los casos en que la industria en cuestión necesite el equilibrio natural.  Sanamente, se podría definir a la ecología como a una economía global de largo plazo que escapa al cortoplacismo en que solemos vivir cotidianamente.  Sin embargo, nuevamente, la industria forestal vive en el largo plazo necesariamente por dos cuestiones: el período de maduración de los árboles, aún cuando se trate de especies de rápido crecimiento, y por el plazo de amortización de algunas instalaciones industriales que son capital intensivas.  Ambos períodos se manejan en décadas dentro de un país que, con suerte, suele pensar en meses.

 

Un resultado deseable de políticas globales es la concreción de un ordenamiento territorial.  Esta es una ciencia muy vasta y compleja que no se puede limitar a recorrer las estadísticas de caudal de un río.  Deberá tener en cuenta calidad de los suelos, cantidad de lluvias anuales, usos alternativos, disponibilidad del agua, potencialidades productivas, capacidades tecnológicas, voluntades de inversión, idiosincrasia adecuada en la población, potencialidades de la mano de obra, infraestructura existente y futura, demandas sobre productos a producir, capacidad para competir en el mundo de esa producción y visualizaciones acerca del futuro del planeta entre otros factores.

 

El río Uruguay es uno de los más caudalosos de la Argentina.  ¿Podemos decir que sólo el más caudaloso va a poder soportar industria de este tipo? ¿Podemos excluir a toda la costa del río Uruguay del lado argentino de aprovechar sana y sustentablemente todo su potencial?  ¿Los vamos a condenar a ser los habitantes pobres de una provincia destinados a proveer materias primas a los ricos hermanos que tienen la suerte de contar con el río Paraná?

 

Una industria bien planeada y con una adecuada evaluación de impacto ambiental no tendría por qué tener problemas con un río tan generoso como el Uruguay.  Los caudales de ríos como el Uruguay tienen dimensiones muy superiores a la humana.  Si el curso de agua fuese de 600m3/s, una planta que elabore un millón de toneladas de pulpa va a tomar y volcar procesada al río un 0,2% de su caudal.  Si fuese 10 veces menor (60 m3/s), entonces, sería el 2% del caudal.   Si este último caso es probable y continuo, toda la instalación deberá ser prevista para este caso  y ello es posible con las técnicas disponibles.  Si este caso se presentase una vez cada 50 años, tal vez convenga pensar que en esos casos va a haber que parar la planta o encarar una inversión mayor de tratamiento de efluentes como para tener en cuenta esta alternativa.  Imaginemos que con un río Uruguay seco, el conflicto productivo y social que se generaría excedería con creces los problemas de una planta de celulosa.  Probablemente, la industria ni siquiera pueda tomar el agua del río en esas condiciones.

 

Plantear que a lo largo de la costa del río Uruguay se está en presencia de una zona densamente poblada sólo puede ser un error.  Los informes de Cancillería se refieren a la zona de Fray Bentos/Gualeguaychú y son difícilmente extrapolables al resto de la cuenca.  Es probable que la planta de Botnia haya estado mal ubicada ya sólo por el hecho de que los habitantes de Gualguaychú no quieran que esté a 30 kilómetros de su ciudad y a 12 kilómetros de un balneario que disfrutan y aprecian, pero no por el desastre ecológico que no va a causar.  Si el reclamo de la población de Gualeguaychú hubiese sido que la planta se ubique más lejos de centros urbanos que no aprecien su presencia en cualquier lugar del río Uruguay lejano de su ciudad, seguramente habría tenido posibilidades de éxito.  Sin embargo, el reclamo fue que  no se hiciese en ningún punto sobre el río Uruguay.  De este modo, Gualeguaychú pretendió decidir qué iba a hacer, por ejemplo, la gente de Gobernador Virasoro/Santo Tomé o de Paso de los Libres.  Tal vez, una consecuencia sea que se instale una planta en Brasil, en la localidad de Sao Borja, frente a la provincia de Corrientes y tal vez, después, como no nos conformamos con perjudicar a quienes plantaron 350 mil hectáreas, les prohibamos exportar su madera.

 

La ausencia de una política de largo plazo en el sector y opiniones puntuales y coyunturales de la Cancillería y de destacados comunicadores sociales poco contribuyen, de este modo a solucionar los problemas que tenemos los argentinos.  Además, se genera en el imaginario de los niños un concepto errado que seguramente va a tener costos importantes en su crecimiento madurativo y en su vida cotidiana.  Digo: advirtamos con conocimiento el problema que se puede generar por un estilo de desarrollo pero no generemos falsos miedos (ver dibujo que ilustra esta nota, en el estilo Brailovsky).

 

Si, además, sectores ecologistas basan sus cuestionamientos de desarrollo económico en la capacidad institucional del país para tener y controlar industrias, sacamos un pasaje directo a la pobreza regional.  Se debe contar con un estado cada vez más fuerte, con organismos de control adecuados y con una población comprometida en ese control.  Considero que muchos industriales, sin control, harían cualquier cosa, como puede pasar en alguno de los casos citados por Antonio, pero otros industriales, ya sólo por sus compromisos internacionales o de certificación de normas, van a respetar normas establecidas.  No debemos poner a todo un sector en una misma bolsa porque de esa manera diluimos la culpabilidad del responsable y se escapa el reconocimiento al que hace las cosas bien.

 

Supongamos, entonces, que condenamos a la costa del río Uruguay a no tener forestoindustria o a tener una forestoindustria ineficiente.  Buscamos al Paraná para disminuir riesgos y los enriquecemos a costa de los vecinos de la costa del río Uruguay.  Incluimos esto en nuestras normas de ordenamiento territorial.

 

El inversor, repito, frente a esa opción, puede elegir ir a Uruguay o a Brasil, y no a Argentina.  Basta con mirar a dónde están yendo los proyectos industriales grandes en la región.  Porque si el argumento fuera entendible y las normas fuesen claras, se instalarían en Argentina con alegría porque sabrían a qué atenerse y se asegurarían cumplir con todas las normas.  ¿El análisis beneficio/riesgo lo justifica?  ¿Baja el riesgo si el uso del río lo hacen enfrente?  ¿No sería mejor tener en terreno propio al potencial contaminante para controlarlo severamente? ¿No nos meteremos así en una pésima relación beneficio/riesgo? ¿No caeremos en quedarnos con muy poco del beneficio y con el grueso del riesgo?

 

El inversor, en este planteo, no sólo va a buscar que haya tierra, madera, mano de obra, energía, servicios, vías de transporte y estabilidad jurídica, sino que también va a buscar que el estado construya un ferrocarril o va a tener que evaluar en su proyecto construirlo para transportarlo 100 o 200 kilómetros consumiendo en su trayecto parte de los chips que podría usar para hacer otros productos industriales.  El sector, en su mismo desarrollo, se preocupó por buscar de utilizar hasta el último residuo en forma productiva, optimizando el uso de los recursos naturales.

 

Luego de estas reflexiones, yo también me pregunto: ¿qué tal si volvemos a pensar los proyectos desde nuestra propia realidad?

 

Vuelvo a agradecer a Antonio la amabilidad de permitir el intercambio de ideas y a los lectores por su paciencia para leer estas líneas.

 

Acompaña esta nota un dibujo realizado por un chico entrerriano en el año 2006 y una foto satelital de los alrededores de una planta de celulosa misionera luego de 25 años de producción.

 

Saludos,

 

Gustavo Daniel Braier

 

Dibujo realizado por un chico entrerriano en el año 2006

 

Foto satelital de la fábrica de celulosa de Alto Paraná S.A. en Puerto Esperanza, Misiones y su entorno. 

La línea marca una distancia de 20 kilómetros. A la izquierda de la foto está Paraguay y a la izquierda Argentina.

 


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