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Asunto: Los ritmos de la naturaleza - La primavera
Fecha:Lunes, 20 de Septiembre, 2010  20:03:17 (-0300)
Autor:Antonio Elio Brailovsky <brailovsky @...............ar>

 
Queridos amigos:
 
Creo que nos debemos una discusión sobre algunas cuestiones de fondo que están afectando a nuestra sociedad y que quedan opacadas por polémicas a menudo estériles. Hay, por lo menos, tres cuestiones que están recibiendo menos atención de la que merecen:
  • En el caso argentino, sería bueno que analizáramos si estamos haciendo todo lo posible por sanear una de las cuencas más contaminadas del mundo, la del río Matanza-Riachuelo, y si no fuera así, cuáles son los obstáculos que nos impiden avanzar en esta deuda social impostergable.
  • También es el momento de preguntarnos por qué no estamos calificando como merecen a quienes continúan fumigando a pobladores que viven cerca de los campos de cultivo, con sustancias cuya toxicidad se sigue negando, como si los rendimientos agrícolas estuvieran por encima de la salud pública.
  • Y parecemos no sorprendernos por la actitud de algunos gobiernos provinciales que reclaman como un derecho el realizar explotaciones mineras en los glaciares. Argumentan que los cinco años de trabajo que darán esas  minas son más importantes que los miles de años de agua pura que daría el glacial sin afectar.
Por detrás de estos abusos hay un sistema de valores que los sostiene.
 
Uno de sus fundamentos es la negación de nuestra pertenencia al medio natural. Si no necesitamos de los ríos, los suelos y el aire, su destrucción no tiene por qué preocuparnos.
 
Por eso nuestra insistencia en recordar los ritmos de la naturaleza, y, a través de ellos, los vinculos indisolubles que nos unen al resto de los seres vivientes.
 
En esta entrega, ustedes reciben:
  • Un texto de Federico García Lorca, en que reflexiona sobre las vivencias que despierta en las personas sensibles la primavera en Granada.
  • En consonancia con lo anterior, la obra de arte que acompaña esta entrega es un grabado romántico de Thomas Headwood, en el que muestra a una mujer que lee junto al mirador de Lindaraja, que da a uno de los jardines de la Alhambra, que suponemos florecido. La ropa y el mobiliario indican que la muchacha es contemporánea del artista y no de los nazaríes que construyeron el palacio.
  • El recordatorio de mi libro "Historia Ecológica de Iberoamérica", que analiza la evolución de conflictos ambientales en todo el continente, a lo largo  de varios siglos.
Quiero saludarlos en el comienzo de la primavera.
 
Un gran abrazo a todos.
 
Antonio Elio Brailovsky
 
 
Thomas Headwood, inglés, "Torre de las infantas de la Alhambra", 1872.
 
 
 

El viajero melancólico y contemplativo va a Granada, a estar solo en el aire de albahaca, musgo en sombra y trino de ruiseñor que manan las viejas colinas junto a la hoguera de azafranes, grises profundos y rosa de papel secante que son los muros de la Alhambra. A estar solo. En la contemplación de un ambiente lleno de voces difíciles, en un aire que a fuerza de belleza es casi pensamiento, en un punto neurálgico de España donde la poesía de meseta de San Juan de la Cruz se llena de cedros, de cinamomos, de fuentes, y se hace posible en la mística española ese aire oriental, ese ciervo vulnerado que asoma, herido de amor, por el otero.

A estar solo, con la soledad que se desea tener en Florencia; a comprender cómo el juego de agua no es allí juego como en Versalles, sino pasión de agua, agonía de agua.

O para estar amorosamente acompañado y ver cómo la primavera vibra por dentro de los árboles, por la piel de las delicadas columnas de mármoles, y cómo suben por las cañadas arrojando a la nieve, que huye asustada, las bolas amarillas de los limones.

Granada debe conservar para ella y para el viajero su Semana Santa interior; tan interior y tan silenciosa, que yo recuerdo que el aire de la vega entraba, asombrado, por la calle de la Gracia y llegaba sin encontrar ruido ni canto hasta la fuente de la plaza Nueva.

Porque así será perfecta su primavera de nieve y podrá el viajero inteligente, con la comunicación que da la fiesta, entablar conversación con sus tipos clásicos. Con el hombre océano de Ganivet, cuyos ojos están en los secretos lirios del Darro; con el espectador de crepúsculos que sube con ansias a la azotea; con el enamorado de la sierra como forma sin que jamás se acerque a ella; con la hermosísima morena ansiosa de amor que se sienta con su madre en los jardinillos; con todo un pueblo admirable de contemplativos, que, rodeados de una belleza natural única, no esperan nada y sólo saben sonreír.

El viajero poco avisado encontrará con la variación increíble de formas, de paisaje, de luz y de olor la sensación de que Granada es capital de un reino con arte y literatura propios, y hallará una curiosa mezcla de la Granada judía y la Granada morisca, aparentemente fundidas por el cristianismo, pero vivas e insobornables en su misma ignorancia.

La prodigiosa mole de la catedral, el gran sello imperial y romano de Carlos V, no evita la tiendecilla del judío que reza ante una imagen hecha con la plata del candelabro de los siete brazos, como los sepulcros de los Reyes Católicos no han evitado que la media luna salga a veces en el pecho de los más finos hijos de Granada.

Todo eso debe mirar el viajero que visite Granada, que se viste en este momento el largo traje de la primavera. Para las grandes caravanas de turistas alborotadores y amigos de cabarets y grandes hoteles, esos grupos frívolos que las gentes del Albaicín llaman "los tíos turistas", para ésos no está abierta el alma de la ciudad.

 

Federico García Lorca: “Primavera en Granada

 

 
 
 
 

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