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Asunto: Los ritmos de la naturaleza - El verano
Fecha:Domingo, 11 de Diciembre, 2011  11:05:44 (-0300)
Autor:Antonio Elio Brailovsky <brailovsky @...............ar>

 
Queridos amigos:
 
Como ustedes saben, vivimos en una sociedad en la cual se intenta borrar nuestra percepción de los ritmos de la naturaleza. No es un acto ingenuo sino que lo promueven los mismos que lucran con la destrucción de nuestro patrimonio natural. Recíprocamente, tomar conciencia de lo que implica el ritmo de las estaciones es recordar nuestra pertenencia al medio natural.
 
Un buen ejemplo de ese secuestro de la naturaleza es que hemos olvidado que la coincidencia entre el final del año y el cambio de estación es deliberada.
 
También es deliberado haber elegido festejar el nacimiento de un Niño que vino a traer la Luz, el mismo día que en el Hemisferio Norte es el más corto del año. La luminosidad que va creciendo a partir de ese día tiene el sentido de una metáfora.
 
En el Sur, en cambio, celebramos la intensidad del calor.
 
En esta entrega ustedes reciben:
  • La pintura "Niños en la Playa" del español Joaquín Sorolla, un óleo de 1910.
  • Un texto del poeta y periodista Carlos Marzal, inspirado en esa misma obra de Sorolla, publicado en 2010 por la revista Descubrir el Arte, y que nos recuerda las sensaciones de nuestra propia infancia.
Quiero saludarlos en el comienzo del verano, y a los amigos del Hemisferio Norte, en el comienzo del invierno.
 
Un gran abrazo a todos.
 
Antonio Elio Brailovsky
 
 
Joaquín Sorolla, español: "Niños en la playa", 1910.
 

 

“Estuve remoloneando entre las sábanas hasta muy tarde, hasta ca­si las once. La casa era un bullicio indescriptible de hermanos y de primos, de tíos carnales y de tíos segundos, de abuelos y de padres, de mujeres que hacían la colada, de mujeres que tendían la ropa, de mujeres que preparaban la comida y quitaban el polvo de los mue­bles y las lámparas con lágrimas de cristal, que tintineaban como un gorjeo de pájaros cautivos. La casa era un cuartel, un universo re­pleto de vida. Pero yo no hice ningún caso de las voces que me llamaban holgazán, de las recriminaciones por mí supuesta indolen­cia. Estamos en verano -me dije-, y el verano está hecho para per­der el tiempo, para acometer lo que a uno le venga en gana, para dejar que el verano pase por encima de uno. (Y si no me lo dije de esa manera, al menos lo sentí así; si no lo formulé con esa exac­titud -yo era un niño todavía, un aprendiz del mundo-, seguro que lo intuí de una manera equivalente con el corazón.)

Desayuné con hambre de lobo en la mesa de la cocina, mientras me gastaban bromas todas las mujeres que pasaban a mi lado: haragancito, perezosito, apatiquín. Comí torrijas con miel y leche con colacao y mermeladas de todos los sabores y brevas que el abue­lo Alfonso había traído la tarde anterior, en un plato de loza blan­ca, envueltas en hojas de higuera. Me gustaba el tacto de las ho­jas de higuera, áspero, como un papel de lija que creciese en las ramas de los árboles.

Cogí la bicicleta y me marché a hacer la ronda habitual de los amigos. Hasta la hora de volver a comer tenía por delante cuatro horas. Las horas del verano no son como las del invierno, no se parecen a nada. Ni siquiera son unidades de tiempo. Pertenecen a otro sistema diferente. No sé: como los caballos de vapor, que por aquel entonces sonaban a algo muy remoto y singular. Mana­das de caballos que se disolvían entre las nubes. Caballos sin jinete, que galopaban por el cielo. Las horas del verano eran mis caballos de vapor. Las unidades para tasar la fuerza, la energía, el ímpe­tu que provenía del cuerpo. Caballos de vapor: los purasangres de mi aliento impetuoso.

Nos fuimos a la playa, como todas las mañanas del verano. Co­mo todos los veranos de nuestra vida. Porque la playa equivalía al verano y no había verano que pudiese llamarse así, si no transcu­rría en la playa por completo. Fuimos a nuestra cala sólo nuestra, después de hacer muchos largos de cabotaje. Junto a las rocas del farallón. Y allí nos apoltronamos sobre la arena, desnudos. Nos rebozamos de arriba abajo. Y nos tendimos a la orilla del mar, con­tando olas, recolectando espumas, coleccionando salpicaduras.

Entonces no lo sabíamos, pero en aquellos instantes, bajo el sol del mediodía, éramos los absolutos dueños de la luz. Los mo­narcas del mundo. Los propietarios de la felicidad. Con nuestras cuatro conchas, con nuestros cantos rodados, con nuestras huellas de alquitrán y nuestros castillos de arena húmeda. Todo estaba en su sitio, todo formaba parte de una maquinaria perfecta y no­sotros conocíamos, sin habérnoslo propuesto, el funcionamiento de las cosas y las cosas, sin habérselo reclamado, se nos entrega­ban sumisas.

Después vendría la siesta, otra de esas fatigosas siestas del ve­rano, otro de esos intereses incomprensibles de los adultos. Y las tardes a la deriva, vagando por el campo, entre los naranjales y las adelfas. Y la noche poblada de estrellas y cantos de grillos en el aire sofocante. Hasta que amaneciese otro día y llegara el mo­mento de volver a la playa, de volver a la luz y regresar a nuestro mejor yo, a nuestro verdadero íntimo”

Carlos Marzal (español, contemporáneo): “Los dueños de la luz”.

 

 
 

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