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Defensoría Ecológica
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Asunto: Los ritmos de la naturaleza y nuestro primer ecologista
Fecha:Sabado, 22 de Junio, 2019  15:02:44 (-0300)
Autor:Antonio Elio Brailovsky <antoniobrailovsky @.....com>

Brailovsky.jpg
Queridos amigos:

Como ustedes saben, la nuestra es la √ļnica cultura en la historia en la que los ritmos de la naturaleza pueden pasar desapercibidos. En Buenos Aires casi no se ven los atardeceres y los porte√Īos reconocen la ca√≠da del sol por el aumento de la luz el√©ctrica, la misma que nos impide saber en qu√© fase de la luna nos encontramos.

Hagan una prueba: preg√ļntenle a cualquier persona en qu√© direcci√≥n est√¡ el norte. La mayor parte se quedar√¡ pensando e indicar√¡ algo casi al azar.

Este escamoteo del medio natural al que pertenecemos no es inocente, sino que responde a una construcción cultural orientada por los mismos intereses que se benefician con la destrucción de la naturaleza.

Por eso, mi insistencia en recordar los ritmos naturales.

Agrego adem√¡s que los argentinos recuerdan a Manuel Belgrano como el creador de su Bandera, pero suelen olvidar su rol como el primer ecologista del R√≠o de la Plata. A esto contribuye la iconograf√≠a oficial, que lo suele representar como militar y a caballo, y con un uniforme de gala que tal vez no tuviera. Si no hubiese creado la bandera lo habr√≠an olvidado; en vez de olvidarlo, lo distorsionaron.

De Belgrano nos interesa su esfuerzo por conservar los bosques y los suelos. Belgrano tenía la impronta de los fisiócratas y se enfrentaba a lo que hoy sería la doctrina monetarista. La economía de los reyes se basaba en el dinero y en los metales preciosos. Pero la economía de los pueblos tiene que estar basada en el cultivo de la tierra.

Podemos sospechar que la Primera Junta de Gobierno se lo sac√≥ de encima mand√¡ndolo a la guerra para que no cuestionara los intereses de los comerciantes del R√≠o de la Plata. Belgrano molestaba por sus ideas econ√≥micas.

A principios del siglo XIX, el famoso naturalista y explorador Alexander Von Humboldt, desarrolla la primera mirada ecologista moderna con una concepci√≥n integradora de la naturaleza. El pensamiento ecol√≥gico y ambiental de Humboldt fue tomado por Belgrano, pero tambi√©n por Sim√≥n Bol√≠var en lo que ahora es Venezuela; en Colombia por Francisco Jos√© de Caldas y en Uruguay por Jos√© Artigas. Cuando Artigas intenta entregar las tierras a los pobres, a los negros y a los indios para que las trabajaran, est√¡ siguiendo esa misma concepci√≥n, tan opuesta a las que despu√©s dise√Ī√≥ los pa√≠ses en los que vivimos.

De estos temas trata la historia ambiental. Si la historia tradicional nos habla de los hombres famosos, la historia ambiental nos habla de los pueblos y de su relación con el medio natural que los sostiene.

Por esa razón comparto con ustedes el libro "Memoria Verde, historia ecológica de la Argentina" (mío, en coautoría con Dina Foguelman). Es una investigación e historia ambiental argentina, desde las terrazas de cultivo de los pueblos originarios hasta las centrales atómicas. Allí se analizan las diferentes fases de desarrollo de la historia del país y cómo cada una de ellas tiene un correlato en las condiciones ambientales rurales y urbanas.

Este libro es un cl√¡sico y ha sido el punto de partida para centenares de investigaciones sobre historia ambiental realizadas en todo el continente. Llega hasta la d√©cada de 1990 y estoy preparando una actualizaci√≥n hasta el presente.

En esta entrega ustedes reciben:

  • Un texto tomado de la novela ‚ÄúLos hijos‚ÄĚ, del autor √≠talo-norteamericano Gay Talese, en el que describe escenas de una playa durante la temporada fr√≠a.

  • El enlace para descargar en forma gratuita el libro "Memoria Verde, historia ecol√≥gica de la Argentina". Pueden bajarlo de aqu√≠:

https://drive.google.com/file/d/1uPT48fkwUeXO7EsbCWB0C9E27SpRelZ5/view?fbclid=IwAR2p2pCjggzITl1sjzzOcO_CcVdfPSO-xttoAUzlZBRD3QqmOFKD9EgSkCo

  • La obra de arte que acompa√Īa esta entrega es ‚ÄúUna mujer joven calent√¡ndose las manos con un brasero‚ÄĚ, del pintor holand√©s barroco Caesar Van Everdingen (1616-1678).

Quiero saludarlos en el comienzo del invierno (y del verano, para los amigos del Hemisferio Norte)

Un gran abrazo a todos.

Antonio Elio Brailovsky


     Caesar_van_Everdingen-Invierno-1646.jpg
¬† ¬† ¬† ¬† ¬† ¬†¬†Caesar Van Everdingen, holand√©s: "Una mujer joven calent√¡ndose¬†
                                           las manos en un brasero" 


‚ÄúEn invierno la playa estaba fr√≠a y solitaria, y la isla quedaba humedecida por las g√©lidas rociadas de las olas del oc√©ano que azotaban implacables los malecones, y las vigas cubiertas de algas que sustentaban las casas blancas situadas sobre las dunas cruj√≠an tan silenciosas como los cangrejos que reptaban a su lado‚ÄĚ.

‚ÄúEl paseo mar√≠timo, que en verano era un lugar festivo de parejas bronceadas y globos infantiles, de melod√≠as de tiovivo y luces de colores que giraban por la noche en la noria, en invierno quedaba ocupado por centenares de gaviotas que se posaban sobre la barandilla de hierro encarada al viento. Cuando no descansaban, se pavoneaban delante de las puertas cerradas de las tiendas ahora vac√≠as, o describ√≠an c√≠rculos por el cielo, con una almeja en el pico que pronto dejar√≠an caer sobre el paseo mar√≠timo con un ruido de salpicadura‚ÄĚ.

‚ÄúA mitad de invierno, el paseo esparcido de conchas era un inmenso cementerio de almejas, y, desde lejos, el suelo plano, alargado y elevado del paseo mar√≠timo parec√≠a un portaaviones varado que sufriera el ataque de unos bombarderos suicidas; y en extra√Īa yuxtaposici√≥n, en medio de la niebla, detr√¡s de las dunas, asomaban los restos oxidados de lo que anta√Īo fuera una esbelta embarcaci√≥n de cuatro m√¡stiles que durante una galerna, en el invierno de 1901, hab√≠a encallado en aquella peque√Īa isla del sur de Nueva Jersey llamada Ocean City‚ÄĚ.

‚ÄúLa embarcaci√≥n de casco de acero, que exhib√≠a una bandera brit√¡nica y alardeaba de unos m√¡stiles de cuarenta y cinco metros, navegaba con rumbo norte siguiendo la costa de Nueva Jersey en direcci√≥n a la ciudad de Nueva York, donde deb√≠a entregar un cargamento navide√Īo valorado en un mill√≥n de d√≥lares que hab√≠a recogido cinco meses antes en Kobe, Jap√≥n. Pero en mitad de la noche, mientras gran parte de la tripulaci√≥n se emborrachaba de ron y cerveza en un brindis prematuro por el final del largo viaje, se desat√≥ una terrible tormenta y destruy√≥ las velas del barco, parti√≥ los m√¡stiles y lo empuj√≥ a un banco de arena a menos de cien metros del paseo mar√≠timo de Ocean City‚ÄĚ.

‚ÄúDespertados por las bengalas de auxilio que centelleaban en la noche, los alarmados residentes de Ocean City ‚ÄĒuna comunidad conservadora fundada en 1879 por pastores metodistas y otros prohibicionistas que deseaban establecerse en una isla de abstinencia y decoro‚ÄĒ corrieron para socorrer a los marineros, y pronto descubrieron que se hallaban un tanto maltrechos, pero por lo general ilesos, apestando a sudor, agua salada y alcohol‚ÄĚ.

‚ÄúDespu√©s de haber acompa√Īado a la orilla a los treinta y tres hombres de la tripulaci√≥n, les dieron refugio y los alimentaron durante d√≠as bajo los auspicios de los abstemios ancianos y las esposas de los pastores de la localidad; y mientras los marineros expresaban su gratitud por dicha hospitalidad, en privado maldec√≠an su destino por haber naufragado en una isla tan sobria y tranquila‚ÄĚ.

Gay Talese: ‚ÄúLos Hijos‚ÄĚ, Alfaguara, 2014.



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