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Asunto: Uno - Explotación del trabajo infantil
Fecha:Sabado, 13 de Marzo, 2004  23:51:56 (-0300)
Autor:Brailovsky <brailovsky @...........ar>

 
 
Queridos amigos:
 
Uno de los temas prioritarios para las organizaciones defensoras de los derechos humanos en todo el mundo es la lucha contra la explotación del trabajo infantil. En amplias zonas del Tercer Mundo, niños, niñas y adolescentes son obligados a trabajar en condiciones infamantes y peligrosas. Muchos de ellos realizan tareas insalubres y en condiciones de alto riesgo ambiental y en situaciones semejantes a la esclavitud.
 
Para evitar que esto mismo ocurriera en Buenos Aires, participé hace un año y medio en varias reuniones con los entonces Diputados de la Ciudad de Buenos Aires. La Legislatura estaba por aprobar una Ley sobre cartoneros e insistí a los Diputados que dicha Ley tenía que establecer alguna forma de protección a los menores para impedir que salieran a revolver basura por las calles.
 
Mi propuesta era poner como condición para las personas que quisieran trabajar como cartoneros que al iniciar su recorrido entregaran en guarda los menores en una escuela dependiente de la Ciudad. Y que en esa escuela se les diera la cena para evitar que comieran de la basura recogida y se les brindara alguna asistencia social que compensara la pérdida de ingresos que eso significaba para su familia. La propuesta no fue aceptada, con lo cual la llamada "Ley de Cartoneros" -que lleva el número 992- perdió la posibilidad de tener un contenido social.
 
La situación, sin embargo, empeoró recientemente, ya que hay denuncias fundadas de que existen funcionarios que entregan credenciales de cartoneros a menores de edad. Según registros oficiales, habría unos 1.700 menores con esas credenciales. Esto significa que han sido habilitados por alguna autoridad para realizar un trabajo nocturno, insalubre y peligroso. Que son las condiciones en las que nuestra normativa prohíbe el trabajo de menores.
 
Una cosa es reconocer la existencia de situaciones sociales extremas y otra muy distinta es desconocer desde el Estado las leyes sociales que protegen a los menores. Si se argumenta que en ninguna parte las leyes prohiben el trabajo de menores revolviendo basura, eso es porque los legisladores nunca imaginaron que pudiera considerarse como trabajo a esa actividad. La función del Estado es atender a esos menores en situación de desprotección, no convalidar la explotación que sufren.
 
Se trata de niños, niñas y adolescentes que no van a la escuela y que están siendo explotados por empresas inescrupulosas, aliadas a pistoleros que son los que ordenan el trabajo en nuestras calles por las noches. Sería bueno terminar con la ingenuidad de considerar a los cartoneros como cuentapropistas. Una simple mirada a las calles nocturnas revela empresas poderosas capaces de movilizar centenares de camiones para transportar a miles de trabajadores duramente explotados, proveerlos de carritos (construidos según modelos estandarizados), diseñar recorridos de trabajadores y de vehículos, asignarlos a miles de operarios y hacerlos cumplir mediante el ejercicio de la fuerza, evitar los conflictos entre cartoneros y la comisión de delitos, financiar diariamente una actividad en gran escala y proveer de estas materias primas a una industria en expansión.
 
El hecho de que estas empresas no tengan un nombre grabado en los camiones, no contraten a sus trabajadores con papeles, violen todas las normas laborales imaginables, no hagan publicidad y no sepamos los nombres de sus dueños, no las hace menos empresas que las demás. Sólo que se trata de empresas que obtienen su alta rentabilidad a partir de la explotación de la mano de obra en condiciones denigrantes. Negocio que se hace posible debido a la negligencia y la eventual complicidad de algunos funcionarios.
 
Esta situación se hace intolerable, también, por la explotación masiva de mano de obra infantil en trabajos insalubres y peligrosos. Además, la experiencia de otros países de América Latina indica que una proporción alta de cartoneritas terminan atrapadas por las redes de la prostitución infantil. ¿A esto llaman los folletos oficiales una actividad digna?
 
En esta primer entrega ustedes reciben un documento de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en el que se detallan los problemas mundiales vinculados con el trabajo infantil, al que los organismos internacionales califican como equivalente a la esclavitud. En la próxima entrega van a recibir el dictamen jurídico por el cual ciertos funcionarios justifican la explotación de menores y la denuncia que algunos ciudadanos formulamos ante la Organización Internacional del Trabajo para que contribuyera a evitar estos abusos.
 
Un gran abrazo a todos.
 
Antonio Elio Brailovsky
 
Rugendas: "Interior de un barco de esclavos", Litografía, Brasil, 1835.
 

 
¿EL TRABAJO INFANTIL : QUE HACER?
Documento sometido a discusión de la Reunión Tripartita Oficiosa de Nivel Ministerial - Oficina Internacional del Trabajo, Ginebra, 12 de junio de 1996 -

I. El trabajo infantil en el mundo de hoy

A. El trabajo infantil en cifras
B. Las condiciones de trabajo y su incidencia en los niños
C. Causas del trabajo infantil
D. Incidencia social y económica del trabajo infantil

El trabajo infantil constituye actualmente un problema preocupante, por dos razones: por el número de niños afectados, que sigue siendo muy elevado, y muy especialmente por las consecuencias negativas que sin duda ejercen las malas condiciones en que suele practicarse este trabajo prematuro sobre el desarrollo personal del niño y sobre el desarrollo económico y social de los países interesados.

A. El trabajo infantil en cifras

A menudo se pide a la OIT que indique el número y la proporción de niños que trabajan en el mundo o que señale si la situación al respecto es hoy mejor o peor que hace diez, veinte o treinta años. No es posible por ahora dar una respuesta precisa a estas preguntas. En efecto, para calcular a escala mundial el número y la proporción de niños económicamente activos habría que disponer de unas estadísticas relativamente fiables y comparables en todos los países. Pero esta condición no se cumple. En virtud del principio según el cual lo que no existe a los ojos de la ley no debe figurar tampoco en las estadísticas oficiales, el trabajo infantil no se registra en muchos países. En otros, las estadísticas disponibles dan del trabajo infantil una idea muy fragmentaria, porque sólo tienen en cuenta a los niños cuyo trabajo es su actividad principal, con lo que se excluye a muchos niños que compatibilizan el trabajo y los estudios; o sólo a los niños que trabajan como asalariados, que constituyen generalmente una proporción muy reducida del total de la mano de obra infantil; o bien sólo a los niños con edades comprendidas entre 10 y 14 años, con lo que se deja de lado a los niños menores de diez años cuyo número es bastante importante.

Para tener una información más precisa sobre la dimensión real del trabajo infantil, en 1992-1993, la Oficina de Estadística de la OIT brindó asistencia técnica a cuatro países en desarrollo (Ghana, India, Indonesia y Senegal) para la realización, a través de estadísticos locales, de unas encuestas experimentales a partir de una muestra de 4.000 a 5.000 familias y de cerca de 200 empresas en cada uno de estos países(6) . Según los resultados de estas encuestas, el 25 por ciento de los niños con edades comprendidas entre 5 y 14 años habían ejercido una actividad económica durante la semana que se tomó como período de referencia; para una tercera parte de ellos, esta actividad económica había sido su actividad principal, y las dos terceras partes restantes la habían tenido como actividad secundaria, es decir, la habían llevado a cabo además de sus actividades escolares. Al tomar un período de referencia más largo, que permitía tener en cuenta las oscilaciones estacionales de la actividad económica, estas encuestas ponen de manifiesto que la proporción de niños económicamente activos era de un 40 por ciento como término medio.

Las estadísticas disponibles sobre la frecuentación escolar de los niños confirman la gran extensión del trabajo infantil en el mundo de hoy. Según datos de la UNESCO, cerca de un 20 por ciento de los niños que estaban en edad de escolarización primaria en 1990 (o sea, 128 millones de niños), no asistía a la escuela(7) , y se puede razonablemente pensar que una gran proporción de estos niños ejercía una actividad económica. Ese mismo año, un 50 por ciento de los niños en edad de frecuentar la escuela secundaria se hallaban excluidos de ella; su participación en la actividad económica era por supuesto más elevada que la de los niños que no asistían a la escuela primaria. Junto a estos niños trabajadores excluidos del sistema escolar, hay otros muchos que estudian y trabajan al mismo tiempo y que, según las encuestas nacionales disponibles, representan del 50 al 70 por ciento del total de los niños trabajadores.

La ausencia de series estadísticas fiables y comparables sobre el trabajo de los niños a escala nacional no permite saber cuál ha sido la evolución cuantitativa de este tipo de trabajo a lo largo del tiempo. Según algunos expertos, cuyas observaciones se centran en Asia sudoriental, la proporción de niños que trabajan tal vez se haya estabilizado, e incluso puede haber disminuido en ciertos países por efecto de unos factores que han ejercido una influencia a la baja, como el incremento del ingreso promedio por habitante, la extensión de la educación básica y la reducción del tamaño de las familias. Por el contrario, según otros expertos que se centran más bien en Africa y en América Latina, la proporción de niños trabajadores ha aumentado, a consecuencia de algunos factores que pueden haber estimulado la oferta de este tipo de trabajo, como el fuerte crecimiento demográfico, el estancamiento -- y aun deterioro -- del nivel de vida que se produjo a consecuencia de la grave crisis económica de los años ochenta, la insuficiencia de las inversiones públicas en el ámbito de la educación y por lo tanto la cada vez más notoria incapacidad de los sistemas educativos para acoger a todos los niños en edad escolar y brindarles una enseñanza de buena calidad(8) .

El trabajo infantil tiene lugar sobre todo en las regiones en desarrollo. En cifras absolutas, Asia, la región más poblada del mundo, es también la que cuenta con el mayor número de niños trabajadores (probablemente más de la mitad). Sin embargo, en cifras relativas, corresponde a Africa el primer lugar (al parecer, un niño de cada tres, por término medio, ejerce una actividad económica en este continente)(9) . En América Latina se estima que un promedio de uno de cada cinco niños es económicamente activo.

En los países industrializados, el trabajo infantil sigue existiendo. En los países del Sur de Europa siempre ha habido una cantidad relativamente considerable de niños trabajando por una remuneración, especialmente en las actividades de carácter estacional, en los oficios de la calle, en pequeños talleres o en el trabajo a domicilio(10) . El trabajo de los niños está presente también en los países del Norte de Europa, como acaba de poner de manifiesto una encuesta que se ha llevado a cabo en el Reino Unido(11) . Se observa también una gran intensificación del trabajo infantil en muchos países de Europa central y oriental, a consecuencia de las dificultades que la transición de una economía planificada a una economía de mercado está causando a capas muy amplias de la población de estos países. Lo mismo ocurre en los Estados Unidos, donde el desarrollo del sector terciario, el rápido crecimiento de la oferta de empleos a tiempo parcial y la búsqueda de una mano de obra más flexible contribuyen a alimentar, desde hace ya varios años, el mercado de trabajo infantil(12) .

Los índices de participación infantil en la actividad económica son mucho más elevados en las zonas rurales que en las zonas urbanas(13) . De todos modos, la cuota de las ciudades en el volumen total de los niños trabajadores aumenta regularmente en razón del proceso de urbanización rápida que se observa en la mayor parte de los países en desarrollo. En las zonas rurales, la gran mayoría de los niños que trabajan están ocupados en actividades agrícolas o asimiladas (por término medio, nueve niños de cada diez en los cuatro países en desarrollo cubiertos por las encuestas estadísticas experimentales antes mencionadas). En las zonas urbanas, el trabajo de los niños se puede observar sobre todo en el comercio y los servicios (sobre todo en el servicio doméstico) y, en menor medida, en el sector manufacturero.

La gran mayoría de los niños que trabajan están ocupados en las pequeñas unidades de producción del sector urbano no estructurado y del sector rural tradicional(14) . El sector moderno de la economía desempeña un papel relativamente menor como fuente de absorción de mano de obra infantil, salvo en las plantaciones de determinados países. Sin embargo, las medianas y grandes empresas pueden contribuir indirectamente a que los niños sean puestos a trabajar porque suelen subcontratar parte de su producción a pequeños talleres del sector no estructurado o a trabajadores a domicilio, y estos últimos recurren mucho a la mano de obra infantil.

La mano de obra infantil está principalmente compuesta por trabajadores familiares no remunerados(15) . Aunque se recurre ampliamente a él en todas partes, el trabajo infantil en empresas de tipo familiar suele detectarse más en medio rural que en medio urbano(16) . En cambio, los niños que trabajan como trabajadores independientes suelen ser poco numerosos(17) y, en general, son varones. Asimismo, los niños que trabajan como asalariados constituyen habitualmente un porcentaje relativamente débil de la mano de obra infantil total. Sin embargo, en América Latina, el tanto por ciento de niños asalariados parece tener bastante importancia dentro de los efectivos totales de los niños trabajadores(18) . Se detectan más niños asalariados en medio urbano que en medio rural; por otra parte, cuanto más edad tienen, más son los que tienen este estatuto.

En algunos lugares se ha podido observar un incremento del trabajo practicado por los niños fuera del marco familiar. Ello pone de manifiesto un cambio de actitud frente al propio trabajo infantil: antes se concebía principalmente como un instrumento de socialización del niño, que le permitía adquirir unas calificaciones útiles para su futuro, pero ahora la familia lo considera cada vez más como un medio para obtener unos ingresos monetarios complementarios(19) .

Las encuestas llevadas a cabo con asistencia técnica de la OIT en Ghana, India, Indonesia, Senegal así como en Turquía, señalan que trabajan más chicos que chicas: tres chicos por cada dos chicas, por término medio. Esta diferencia entre los índices de actividad de los chicos y las chicas es también confirmada por las estadísticas disponibles para otros países(20) . De todos modos, conviene advertir que el trabajo de las chicas suele ser subestimado por las encuestas estadísticas, ya que éstas no toman generalmente en consideración los trabajos caseros que muchos niños, chicas en su gran mayoría, llevan a cabo a tiempo completo en el domicilio de sus padres para permitir que éstos ejerzan un oficio. Si estos trabajos domésticos a tiempo completo se tomasen plenamente en consideración, no hay duda ninguna de que las tasas de participación de los niños en la actividad económica no sólo no variarían según el sexo sino que la de las chicas podría incluso superar a la de los chicos en algunos países.

En el plano internacional, la atención se concentra sobre todo en los niños de los países del tercer mundo, que trabajan en ramos industriales especialmente dirigidos a la exportación, como la industria textil, la confección y las industrias de alfombras y calzados. En realidad, los niños que trabajan para la exportación son muchos menos que los que trabajan en las actividades orientadas a la satisfacción del consumo interior. Pero no hay que llegar por ello a la conclusión de que su número es poco importante(21) . Por otra parte, de entre los sectores de actividad orientados hacia la exportación, la incidencia del trabajo infantil parece ser más intensa en las plantaciones que en las industrias manufactureras.

B. Las condiciones de trabajo y su incidencia en los niños

Cuando se habla de trabajo infantil, conviene no olvidar que hay otros parámetros además del número y proporción de niños afectados. Los tipos de trabajo que se encargan a los niños, las condiciones en las que éstos los llevan a cabo y los riesgos o abusos a los que están expuestos durante el empleo constituyen otros tantos parámetros de la mayor importancia.

Se carece de datos sobre este segundo aspecto, y de ahí proviene la dificultad de identificar a los niños que llevan a cabo trabajos perjudiciales desde el punto de vista físico, intelectual o afectivo (o en unas condiciones susceptibles de causarles estos perjuicios), así como de determinar las correspondientes medidas de protección. En las estadísticas oficiales hay muy pocos datos, y en las demás fuentes de información los datos proceden de estudios e informes no oficiales, que varían en calidad y objetividad. Ciertos temas han sido mucho menos estudiados que otros. Por ejemplo, hay mucha bibliografía sobre los niños de la calle, pero se sabe poco sobre las condiciones de trabajo del número -- muy superior -- de niños empleados en la agricultura y en el servicio doméstico.

Edades en que los niños empiezan a trabajar. Un primer motivo de preocupación consiste en que muchos niños empiezan a trabajar muy jóvenes, especialmente en las zonas rurales donde no es raro que estén trabajando a los cinco o seis años. De todos modos, la gran mayoría de los niños económicamente activos pertenecen al grupo de edades comprendido entre los 10 y los 14 años. Pero la proporción de los menores de diez años es bastante importante, llegando a un 20 por ciento en ciertos países(22) . El empleo de niños muy jóvenes constituye un problema realmente inquietante; en efecto, cuanto más joven es el niño, más vulnerable es también a los riesgos físicos, químicos y de otro tipo que puedan incidir en los lugares de trabajo así como a la explotación económica de su trabajo.

Duración del trabajo. Un segundo motivo de preocupación proviene de que el trabajo constituye con frecuencia para los niños una actividad permanente, que los ocupa cada día durante muchas horas y que, por lo tanto, resulta difícilmente compatible con la prosecución de sus estudios en condiciones satisfactorias. Contrariamente a muchos niños de los países industrializados que trabajan de vez en cuando, o solamente durante los fines de semana o con ocasión de las vacaciones escolares para procurarse un poco de dinero para sus gastos privados, un gran número de niños de los países en desarrollo no tienen más remedio que hacer frente a la necesidad imperiosa de ganar cada día lo necesario para vivir o para sobrevivir(23) . En estos países, muchos niños están además expuestos a una duración excesiva de su trabajo(24) . Por término medio, las chicas suelen trabajar más horas que los chicos. Esto es especialmente aplicable a las innumerables chicas que trabajan en el servicio doméstico, un tipo de empleo que se caracteriza generalmente por unos horarios de trabajo muy prolongados, pero se aplica también al caso de las chicas que trabajan en otros tipos de empleo en la medida en que, además de su actividad profesional, tienen que trabajar en las labores domésticas del domicilio de sus padres(25) . No estará de más recordar que el Convenio (revisado) sobre la edad mínima (trabajos no industriales), 1937 (núm. 60) de la OIT, dispone que «ningún niño menor de catorce años podrá ser empleado en trabajos ligeros más de dos horas diarias, tanto en los días de clase como durante las vacaciones», ni «consagrar a la escuela y a los trabajos ligeros un total de más de siete horas diarias».

Se plantea con frecuencia la cuestión de las relaciones entre el trabajo de los niños y su asistencia a la escuela. Aunque es cierto que muchos niños que trabajan sacan adelante sus estudios, también es verdad que muchos otros no acuden para nada a la escuela. Como han puesto de relieve las encuestas de la OIT, entre un 30 y un 50 por ciento de los niños que trabajan en Brasil, Ghana, India, Indonesia, Senegal y Turquía han dejado de asistir a la escuela. El abandono escolar de los niños trabajadores es menos frecuente entre los niños en edad de escolarización primaria que entre los que están en edad de cursar estudios secundarios(26) . De todos modos, en el medio rural, los índices de abandono escolar pueden llegar a ser muy elevados, incluso a nivel de enseñanza primaria(27) . Falta por saber si los niños dejan la escuela porque se ven obligados a trabajar o si trabajan porque han dejado la escuela por otros motivos.

El agotamiento de los niños a causa de horarios demasiado cargados es causa de accidentes. Asimismo, una vez superado cierto límite de horas de trabajo, que varía en función de la edad y del tipo de actividad, el trabajo afecta muy negativamente la capacidad de aprendizaje de los niños. En opinión de dos investigadores norteamericanos, el rendimiento escolar de los jóvenes con edades comprendidas entre los 12 y los 17 años resulta negativamente afectado a partir de más de 15 ó 20 horas de trabajo por semana(28) . Como se ha dicho antes, este límite suele ser ampliamente superado en los países en desarrollo, incluso entre los niños menores de 12 años. Los pocos datos de que se dispone en estos países sobre las relaciones entre el trabajo prematuro y el rendimiento escolar de los niños indican que las repercusiones del primero sobre el segundo son muy negativas(29) .

Riesgos físicos. Muchos niños que trabajan se exponen a los riesgos físicos propios de su ocupación. Por ejemplo, una investigación que se llevó a cabo entre los niños que rebuscan en los vertederos de basura de Filipinas puso de manifiesto que «corrían un riesgo extremo de contraer enfermedades crónicas o de convertirse en minusválidos»: niveles muy elevados de plomo o mercurio en la sangre, heridas de bala, lesiones causadas por golpes y otras formas de agresión, infecciones graves como el tétanos, problemas pulmonares, deformaciones del esqueleto causadas por el acarreo de cargas pesadas, trastornos cutáneos y otras enfermedades provocadas por la falta total de higiene(30) .

La agricultura merece especial atención porque la mayoría de los niños trabajan en este sector, que los expertos consideran como una de las ocupaciones más peligrosas desde el punto de vista de la salud y la seguridad. La agricultura de subsistencia supone largas jornadas de trabajo y, por consiguiente, excluye la asistencia a la escuela. Los niños están sometidos a toda clase de riesgos: exposición a las intemperies, cargas demasiado pesadas y herramientas muy afiladas, entre otros. Pero también la modernización de la agricultura trae consigo muchos riesgos. En efecto, hasta las pequeñas explotaciones agrícolas familiares recurren cada vez más al uso de sustancias químicas tóxicas y a instrumentos a motor, generalmente sin haber sido formados para ello y sin adoptar las más mínimas precauciones.

La dureza del trabajo de los niños en el medio rural ha sido descrito en un artículo sobre el trabajo infantil en Africa, publicado en 1993 en la Revista Internacional del Trabajo, en los términos siguientes:

Un elemento común a toda esta amplísima gama de situaciones laborales del niño y de tareas que debe realizar es la dureza de las condiciones de trabajo. No se trata aquí de subrayar la dureza de la explotación económica engendrada por una estrategia patronal de reducción de los costos de la mano de obra, sino simplemente de la penosidad que caracteriza al trabajo en el medio rural. Las condiciones climáticas provocan en seguida cansancio, las agresiones externas son continuas (insectos, reptiles, animales diversos), el sol aprieta, las herramientas están anticuadas, las distancias que deben recorrerse son a veces muy grandes, la jornada de trabajo es demasiado larga, y todo ello puede verse agravado por el mal estado de salud de los niños. Tomemos el ejemplo concreto de una capa de niños trabajadores muy extendida en Africa, los pastores, una de cuyas tareas más importantes consiste en conducir a los animales al abrevadero. Cuando los pozos son profundos (entre 40 y 50 metros) es necesario sacar el agua con la ayuda de los animales. El niño debe conducirlos hasta el final de la pista de achicamiento llevando consigo hasta el pozo la yunta para sacar el agua, la mitad de las veces a paso de carga. Se calcula que con un pozo de 40 metros y un recipiente medio de 30 litros, el niño deberá recorrer 27 kilómetros entre idas y vueltas para dar de beber a un rebaño de doscientos camellos. Uno de los primeros efectos de estas condiciones de trabajo tan duras es que los niños se sienten irresistiblemente atraídos por la vida de la ciudad. La gran tasa de migración hacia las ciudades que se da en Africa, incluso de niños, está directamente asociada a la dureza de las condiciones laborales en las zonas rurales. Se trata de encontrar un trabajo menos agotador y, si es posible, de asegurarse la supervivencia a menor precio. El fracaso de todas las tentativas gubernamentales por hacer volver a las zonas rurales a los niños jóvenes emigrados a las ciudades da mucho que pensar. A pesar de que se ven obligados a vivir en unas condiciones a todas luces inaceptables, en plena calle o en chabolas de hojalata, prefieren la ciudad al campo(31) .

Riesgos psicológicos y sociales. Como han puesto de relieve desde hace bastante tiempo los investigadores y profesionales, algunas ocupaciones pueden causar a los niños graves problemas de orden psicológico y social. Este riesgo es especialmente grave para los niños, en su mayoría chicas, que trabajan cada vez más en el servicio doméstico y que viven fuera de su domicilio familiar. Las escasas informaciones de que disponemos indican que trabajan muy duramente, privados de todo afecto y prácticamente de todo contacto con su familia y sus amigos(32) . Además son frecuentemente víctimas de malos tratos físicos y psicológicos, así como de abusos sexuales. Todo ello pone en peligro su equilibrio psicosocial. La Organización Mundial de la Salud informa que en Kenya los niños empleados en el servicio doméstico muestran síntomas graves: retraimiento, regresión, envejecimiento prematuro, depresión, etc.(33) .

La prostitución es otra actividad en la que hay cada vez más niños, sobre todo chicas, con grave perjuicio de su desarrollo afectivo. La epidemia del SIDA no es ajena a esta evolución, porque la utilización de niños con fines sexuales parece a ciertos adultos el mejor medio de defenderse de esta enfermedad. La permisividad de las autoridades responsables en materia de turismo nacional e internacional es también en gran medida responsable de la situación actual. Además del peligro de contraer el SIDA u otras enfermedades venéreas, los niños que actúan en los medios de la prostitución están sometidos a graves problemas de orden psicológico por las condiciones de vida verdaderamente carcelarias que tienen que soportar y porque (al ser oriundos de comarcas rurales bastante alejadas o de los países limítrofes) han roto definitivamente sus relaciones familiares.

Otro problema muy grave: la esclavitud infantil. Según el artículo 1 de la Convención sobre la Esclavitud, de 1926, la esclavitud es el estado o condición de un niño «sobre el cual se ejercitan los atributos del derecho de propiedad o algunos de ellos». El niño se transforma en un bien, en una cosa que puede ser comercializada. El propietario puede obligarlo a trabajar directamente a su servicio o confiarlo a una tercera persona que utilizará su trabajo a cambio de un alquiler. La esclavitud está prohibida por varios convenios internacionales que se cuentan entre los más ampliamente ratificados, y la mayoría de las legislaciones la prohíben y castigan a quienes la practican. Los informes del Grupo de Trabajo de las Naciones Unidas sobre las Formas Contemporáneas de la Esclavitud, así como los comentarios de los órganos de control de la OIT, dan amplia cuenta de la existencia actual de la esclavitud infantil y llevan a estimar en decenas de millones el número de niños esclavos, pero faltan estudios que permitan la elaboración de políticas y programas de acción con base científica.

Las informaciones disponibles señalan la existencia de formas tradicionales de esclavitud de los niños en Asia meridional y en la franja subsahariana de Africa oriental. También se han denunciado casos en dos países de América Latina. Sin embargo, al parecer se están desarrollando formas contemporáneas de esclavitud infantil en casi todo el mundo, ya sea estableciendo un vínculo entre el contrato de trabajo de un adulto y la puesta a disposición de un niño, o por intercambio de un niño por una suma de dinero que se suele presentar como adelanto salarial. Hay un gran número de niños esclavos en la agricultura, el servicio doméstico, las llamadas industrias del sexo, las industrias de alfombras y textiles, las canteras y la fabricación de ladrillos.

La esclavitud de los niños se produce principalmente donde existen unos sistemas sociales fundados en la explotación de la pobreza, como la servidumbre por deudas, que se origina por el endeudamiento de la familia para cumplir con una obligación social o religiosa o sencillamente para adquirir medios de supervivencia. Uno o varios miembros de la familia sirven físicamente de garantía del pago de la deuda. Las guerras, con desplazamientos importantes de población y, a veces, la desintegración de las estructuras familiares, también reducen a esclavitud a niños y adolescentes. A estas diversas situaciones de esclavitud infantil deben corresponder soluciones distintas. Para las primeras, toda intervención exterior, en particular la internacional, está destinada a fracasar si no se apoya en un proceso de transformación social realizado por las comunidades interesadas. Para las segundas, la reducción a esclavitud de poblaciones civiles en el marco de un conflicto armado constituye un crimen contra la humanidad al que la comunidad internacional debe poner fin y castigar.

C. Causas del trabajo infantil

Factores que influyen en la oferta de trabajo infantil. La pobreza es la principal causa del flujo de niños a los lugares de trabajo, porque obliga a muchos niños a trabajar a tiempo completo para poder vivir ellos y sus familias. Además, la pobreza, que genera en muchas familias la necesidad de hacer trabajar a muchos de sus miembros para asegurar los ingresos, hace prácticamente imposible que puedan invertir en la educación de los niños.

El precio de las inversiones educativas puede ser muy elevado. Casi toda la instrucción pública «gratuita» es en realidad muy cara para una familia pobre, que ha de costear los libros y otros artículos escolares, los uniformes, la ropa y el transporte e incluso a veces ha de hacer pagos extraoficiales a los maestros. En algunos sitios, un alumno de la escuela primaria puede costar a una familia pobre corriente un tercio de sus ingresos totales en efectivo, y muchas familias tienen más de un hijo en edad escolar(34) . Además, en estos datos estadísticos no se tiene en cuenta el ingreso que la familia pierde cuando el niño estudia en vez de trabajar. Por lo tanto, en muchos sitios, una de las causas más importantes del trabajo infantil es la necesidad que encaran muchos niños de ganar dinero para pagar sus gastos escolares. En esos casos, el trabajo infantil contribuye a la financiación de las escuelas, que realizan ahorros mediante la transferencia de una parte de los costos de la instrucción «pública» a los alumnos y a sus familias. Esta transferencia de gastos forma parte, a veces, de una política de ajuste económico.

A la imposibilidad de la familia para pagar la escuela se añade con mucha frecuencia la falta de establecimientos de educación en las comunidades donde viven los niños, de modo que éstos trabajan en vez de estudiar. Pero aunque haya escuelas disponibles, como la educación de los niños supone una inversión muy elevada para las familias pobres, los beneficios previstos de esta inversión también tendrían que ser altos. De hecho, muchas escuelas a las que asisten los pobres son de tan mala calidad o bien son tan escasas las probabilidades de que los diplomados de estas escuelas asciendan en la escala social, que los beneficios previstos no compensan los sacrificios que exigen. La bibliografía sobre el tema está repleta de testimonios de familias que desearían educar a sus hijos pero que o no pueden enviarlos a la escuela o consideran que las escuelas son de tan mala calidad que no vale la pena correr con los gastos que supone la escolarización. Es cierto que muchos niños dejan la escuela porque tienen que trabajar, pero también es cierto que muchos de ellos se ven tan desalentados por la escuela que prefieren trabajar. Estos problemas llevan a que sólo un 68 por ciento de los niños de todo el mundo terminen su educación primaria (hasta la edad de 11 años). Las diferencias regionales de escolarización hasta el último año de la escuela primaria son muy grandes, y van desde un 96 por ciento en los países industrializados hasta un 48 por ciento en Africa subsahariana(35) . Estos niños tal vez serán analfabetos para siempre y nunca llegarán a adquirir las calificaciones que necesitan para cumplir sus aspiraciones como trabajadores y para contribuir al desarrollo de una economía moderna en su país.

Los análisis macroeconómicos muestran que las inversiones en educación, sobre todo en la enseñanza primaria, arrojan tasas elevadas de beneficios sociales. La correlación entre las inversiones nacionales en educación primaria y el crecimiento económico han sido medidos por el Banco Interamericano de Desarrollo en 14 países de América Latina y el Caribe; esta encuesta ha puesto de manifiesto que los beneficios sociales de este tipo de inversiones pueden contabilizarse en cerca de un 17 por ciento como promedio(36) . A este respecto, la historia nos recuerda también que los países industrializados no alcanzaron primero esta situación y luego procedieron a invertir en el «lujo» de la escolarización universal. Al contrario, en Alemania, Austria, Estados Unidos y Japón se alcanzaron elevados índices de alfabetización antes de que se produjese una industrialización a gran escala.

Las familias pobres suelen tener más hijos y, como se sabe, el tamaño de la familia es uno de los factores que influyen en la decisión de que los niños trabajen. Las estadísticas muestran que hay una relación entre la familia numerosa y la probabilidad más elevada de que los niños trabajen y de que sean inferiores los índices de asistencia a la escuela y de finalización de los estudios. Algunas investigaciones recientes indican que las políticas de limitación o de reducción gradual del tamaño medio de las familias pueden redundar en la disminución del trabajo infantil y en la elevación del índice de asistencia a la escuela(37) .

Factores que influyen en la demanda de trabajo infantil. En general, se considera que el empleo de niños es más probable cuando el recurso a esta mano de obra resulta menos caro o causa menos conflictos que el recurso a la mano de obra adulta, cuando hay escasez de mano de obra o cuando se considera que los niños son irremplazables a causa de su pequeña estatura o de su supuesta destreza.

En muchos casos es cierto que los niños trabajadores están peor retribuidos que los adultos(38) . Pero estas diferencias salariales competitivas, así como otras ventajas económicas del trabajo infantil, no siempre están presentes ni son tan claras y convincentes como se afirma. Esto quedó demostrado, por ejemplo, en unos estudios realizados recientemente en la India, con asistencia del Departamento de Empleo de la OIT, para verificar la afirmación de que, por razones técnicas y económicas, los niños trabajadores son irremplazables en determinadas industrias que perderían su competitividad si prescindiesen de ellos. La OIT decidió investigar esta cuestión en las industrias de alfombras tejidas a mano y de pulseras de vidrio, y ha ampliado posteriormente este estudio para incluir en él la talla de diamantes, el pulido de gemas, de pizarras, cerrojos, piedra caliza y de teselas de mosaico de las industrias de cantería(39) .

Los resultados de estos estudios refutan claramente la tesis de los «dedos hábiles» es decir, la afirmación de que sólo los niños pueden realizar determinadas tareas o que pueden efectuarlas mejor que los adultos. En realidad, los adultos pueden ejecutar las mismas tareas que los niños o, en todo caso, las tareas que sólo ejecutan los niños consisten en trabajos mecánicos que no requieren calificaciones y que los adultos podrían hacer por lo menos tan bien como los niños. Algunas de las mejores alfombras, que tienen la máxima densidad de nudos pequeños, son tejidas por los adultos. Si la destreza de los niños no es una característica indispensable y exclusiva para hacer los nudos en las alfombras más finas, es difícil imaginar para qué otros oficios podría ser válido el argumento de los «dedos hábiles».

La tesis de que los niños resultan económicamente irreemplazables tampoco se sostiene. Desde el punto de vista del precio final de los tapices o las pulseras para el consumidor, el ahorro en los costos de mano de obra debido al empleo de niños es sorprendentemente pequeño: menos del 5 por ciento para las pulseras y entre el 5 y el 10 por ciento para las alfombras. Es muy probable que, habida cuenta de lo reducido de estas proporciones, los vendedores y los compradores podrían absorber con facilidad los costos adicionales que supondría la contratación exclusiva de adultos. Si esta diferencia es tan pequeña ¿por qué la industria recurre a niños, sobre todo cuando está creciendo la oposición internacional a los productos ejecutados por medio de mano de obra infantil? La respuesta está en dónde van los beneficios que se derivan de la mano de obra infantil. En la industria de alfombras, quienes obtienen un beneficio directo son los propietarios de los telares, que supervisan el tejido. Son numerosos, suelen ser pobres y actúan como pequeños subcontratistas (con sólo uno o dos telares por propietario) que trabajan con un margen muy estrecho de beneficio. Recurriendo a niños trabajadores puede multiplicar por dos sus escasos ingresos. Estos ingresos son tan precarios que el más pequeño gravamen sobre el precio de compra para el consumidor (un tercio del impuesto a la venta en muchos países industrializados) bastaría para subvencionar el costo que supondría para el propietario del telar el recurso exclusivo a mano de obra adulta si los pagos de transferencia pudieran dirigirse específicamente a él(40) .

De lo dicho se desprende que, en realidad, los niños no son económicamente indispensables para que la industria de alfombras sobreviva en el mercado y que ciertos cambios relativamente pequeños en las disposiciones financieras establecidas entre los propietarios de telares, los exportadores y los importadores podrían reducir los incentivos para el empleo de mano de obra infantil. Estas observaciones en relación con una industria muy competitiva y con un coeficiente elevado de mano de obra, que algunos clasifican entre las que más dependen del trabajo de los niños, ponen muy seriamente en duda que haya siquiera una sola industria que tenga que depender de los trabajadores infantiles para ser competitiva, y desde luego, transfiere la carga de la prueba a quienes afirmen lo contrario. No obstante, en un mercado mundial liberalizado donde los países compiten con la fabricación de productos similares, la supresión del trabajo infantil en un país podría tener como consecuencia que los negocios no hiciesen más que trasladarse a otros países que siguiesen empleando trabajo infantil. Una vez más, es instructivo el ejemplo de las alfombras tejidas a mano. En un estudio sobre los importadores de tapicería de una ciudad de los Estados Unidos se observó que los importadores pondrían fin a las importaciones de la India si en ese país el precio de las alfombras aumentara en más de un 15 por ciento(41) . En tales casos la demanda de mano infantil es, en efecto, internacional y la acción disuasoria tiene que dirigirse a la totalidad de los principales productores, a fin de evitar una competencia en que se aplique la política de «empobrecer al vecino».

No siempre se contratan niños por razones económicas. En la India, la industria de pulseras de vidrio, como otras muchas industrias que subcontratan al sector no estructurado, contrata niños como trabajadores a destajo, lo que significa que no hay ahorros significativos como consecuencia de la utilización del trabajo infantil. Esto supone a su vez que hay importantes razones de carácter no económico para que recurran al trabajo infantil. Quizás los empleadores consideren que no hay motivo alguno para discriminar a los niños que solicitan trabajo o bien que se admitan niños en el lugar de trabajo por razones tanto sociales como estrechamente económicas. También puede ocurrir que algunos empleadores consideren que hacen un gran favor dando trabajo a los niños de familias pobres.

Los padres constituyen una de las principales fuentes de demanda de trabajo infantil en provecho de sus propias familias. Un gran número de niños trabaja sin remuneración alguna en granjas, talleres y tiendas familiares cuya viabilidad económica depende de la mano de obra familiar. Suele considerarse que estos niños están mucho menos expuestos al riesgo de explotación que los niños que no trabajan para su familia, pero esta generalización no se ve confirmada por los hechos y a menudo ocurre precisamente lo contrario. Pero es evidente que abundan los que consideran, tanto en los países en desarrollo como en los industrializados, que las familias deberían poder contar con los hijos para contribuir al sustento del hogar y que dicha participación se considera deseable a condición de que no adquiera proporciones abusivas.

D. Incidencia social y económica del trabajo infantil

Suele decirse que la pobreza da mayor solidez a la participación económica de los niños y que ésta refuerza a aquélla, pues la pobreza da lugar al trabajo infantil y el trabajo infantil perpetúa la pobreza. A este respecto, cabe razonablemente suponer que el trabajo que impide u obstaculiza mucho el aprendizaje y la movilidad social ascendente redundan en la pobreza, pues un bajo nivel de instrucción reduce los ingresos que pueden obtenerse a lo largo de la vida(42) . También puede inferirse que el trabajo que perjudica la salud, la seguridad y la socialización del niño conduce a este mismo efecto general. Desde el punto de vista macroeconómico, el trabajo que merma al desarrollo del niño perpetúa la pobreza, degradando las reservas de capital humano necesarias para el desarrollo económico y social.

También se afirma con frecuencia que la participación de los niños en la actividad económica agrava la pobreza al incrementar el desempleo o el subempleo de los adultos. También en este caso las pruebas son insuficientes y no se puede formular una norma general; los efectos de desplazamiento a que se alude varían según el tipo de trabajo que realizan los niños. En el caso del trabajo asalariado, como el que se efectúa en una fábrica, puede en efecto ocurrir que la sustitución de adultos por niños tenga el efecto previsto de mermar el empleo, los salarios y otras condiciones de trabajo de los adultos. Sin embargo, en el extremo opuesto se observa que el trabajo infantil puede facilitar el empleo de adultos, pero con frecuencia al precio de permitir la explotación de los niños. Por ejemplo muchos adultos, sobre todo mujeres, pueden ingresar en el mercado de trabajo porque sus hijos se hacen cargo de las principales tareas domésticas. Del mismo modo, se sabe que muchos agricultores y pequeños empresarios mantienen la viabilidad de empleo de los adultos en sus empresas porque recurren al trabajo no remunerado de sus hijos. Los niños que trabajan por cuenta propia en el sector no estructurado pueden afectar poco al empleo de los adultos, por desempeñar labores que no resultan atractivas para los trabajadores adultos, como el transporte de paquetes para la clientela de los mercados y la venta de artículos de poco valor (como las cerillas) y llevando a cabo pequeños servicios (de limpiabotas, etc.). Por último, muchas empleadas domésticas infantiles trabajan para familias que no pueden o no están dispuestas a pagar el salario de un adulto y, por consiguiente, no contratarían sirvientas si éstas tuviesen que ser adultas.

Muchos investigadores y profesionales han llegado a la conclusión de que la mayoría de los efectos sociales negativos del trabajo infantil proceden de las condiciones de trabajo específicas que son adversas a la seguridad y el desarrollo de los niños de que se trata. Por eso, está cada vez más extendida la opinión de que el despliegue de esfuerzos en los planos nacional e internacional necesita concentrarse mucho más en las formas de trabajo infantil verdaderamente abusivas y peligrosas, concediéndoles la máxima atención y prioridad. Tal vez el argumento social más significativo contra el trabajo infantil consista en hacer ver que sus efectos son altamente discriminatorios y empeoran la situación de desventaja de personas y grupos que se cuentan ya entre los socialmente marginados, beneficiando en cambio a los ya privilegiados. Por ello, el trabajo infantil es contrario a la democracia y a la justicia social.

(CONTINUARÁ)


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