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Defensoría Ecológica
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Asunto: Dos - "Memoria Verde" describe la primer catástrof e ecológica
Fecha:Viernes, 2 de Abril, 2004  19:27:41 (-0300)
Autor:Brailovsky <brailovsky @...........ar>

 
Queridos amigos:
 
En la entrega anterior ustedes recibieron un fragmento del libro "Memoria Verde: Historia Ecológica de la Argentina", del que soy autor (junto con la Dra. Dina Foguelman), y que reedita en formato económico la Editorial Sudamericana, atendiendo a la próxima inauguración de la Feria del Libro.
 
En la presente entrega reciben la segunda y última parte de ese escrito.
 
En los textos que les envío hablamos de la primer catástrofe ecológica de nuestra historia: la destrucción de los cultivos incaicos, provocada por los conquistadores españoles. En la primera nos habíamos referido a la actitud de los incas ante la naturaleza y en ésta analizamos las implicancias ambientales de la conquista en la zona andina.
 
"Memoria Verde" es una revisión de la historia ecológica de la Argentina, desde los cultivos incaicos hasta las centrales atómicas. Desde el desastre ambiental provocado por la minería del Potosí hasta la paciente construcción de la Pampa Húmeda en tiempos de la Generación del 80, un ecosistema tan artificial como cualquiera de nuestras ciudades. En sus páginas reflejamos la visión ecológica de hombres tan distintos como Guillermo Enrique Hudson y Simón Bolívar, Manuel Belgrano e Hipólito Yrigoyen, Juan José de Vértiz y Carlos Pellegrini. Y, por supuesto, las consecuencias ambientales de sus acciones.
 
Los autores de este libro pensamos que el conocimiento de lo que hemos hecho con nuestros ecosistemas durante los últimos siglos puede ayudarnos a reflexionar sobre nuestras conductas ambientales en el futuro.
 
Un gran abrazo a todos.
 
Antonio Elio Brailovsky
 
Las terrazas de cultivo en el interior de la ciudad de Machu Pîcchu
 

LA DESTRUCCIÓN DE LA AGRICULTURA INCAICA
 

(Segunda Parte: Colonización y desertización)

Por Antonio Elio Brailovsky y

Dina Foguelman

Cuando llegaron los españoles, de todo lo que vieron, sólo les interesó e] oro y la plata para enviar a la metrópoli y para su enriquecimiento personal. Se repartieron las tierras y esclavizaron a sus pobladores.

Introdujeron "el ganado y el cultivo de la alfalfa, del trigo, de la vid, por el único medio practicable en una región donde las tierras eran tan escasas y que consistía en el traslado de los indios y en su sustitución por el ganado y los cultivos comerciales.[...] Para el español, no sólo las innovaciones eran lucrativas, sino que la propia despoblación no presentaba mayor inconveniente, ya que había gente de sobra para compensar tal pérdida, y sobre todo, porque el sistema debilitaba, como se quería, a los pueblos some­tidos y expulsaba del campo a los contingentes necesarios para la explotación de las minas y la edificación de las nuevas iglesias, palacios y casas, enganchados como mitayos, o para el servicio do­méstico, en calidad de yanaconas; o aun permitía obtener esclavos para las haciendas que comenzaban a crearse en el altiplano y la costa."

Desorganizado el sistema de protección social de una pobla­ción cuya iniciativa se había aletargado por siglos de regulación autoritaria, se sucedieron épocas de hambrunas. Una enfermedad hasta entonces desconocida, la viruela, encontró a los indios sin resistencias naturales. Entre el hambre, las epidemias y el brutal trabajo en las minas, se calcula que después de 150 años de con­quista sólo quedaba del 4 al 5 por ciento de la población anterior a la llegada de los españoles. La red de riego quedó casi paralizada por falta de mantenimiento. Las terrazas y los acueductos fueron abandonados. Dice Garcilaso que "los españoles, como extranje­ros, no han hecho caso de semejantes grandezas; antes parece que, a sabiendas o con sobra de descuido, han permitido que se pierdan todas".

Al mismo tiempo, la introducción del arado por los españoles "ocasiona un verdadero retroceso en la agricultura, por lo menos en los índices de producción". En efecto, el uso de arados cons­tituía una tecnología adaptada a condiciones diferentes, de las cua­les la escasa pendiente era determinante. Al utilizarlos en la región andina, se desarticularon los delicados equilibrios ecológicos que sustentaban el sistema de cultivos incaicos y en poco tiempo los surcos del arado se transformaron en cárcavas de erosión. Final­mente, la erosión del suelo fue tan acentuada que gran cantidad de áreas de cultivo debieron ser abandonadas completamente.

Este fenómeno es paralelo al proceso de desertización de am­plias zonas explotadas por los incas. Se abandonó la estrategia de manejo de cuencas hídricas, y en áreas de escasez de leña se cortaron los árboles que protegían las nacientes de los arroyos. De este modo, los arroyos se secaron y disminuyeron las posibilidades de sustentar población en esas tierras. Por ese motivo en la quebrada de Humahuaca "el agua ha ido disminuyendo a través de los tiem­pos; por ello los campos regados fueron reduciéndose en superfi­cie y las acequias rebajando su altura a medida que era necesario abandonar las terrazas más elevadas. Esto está muy claro en Coctaca, donde actualmente, por falta de agua, no se cultiva ni la décima parte de los terrenos que utilizaron los indígenas, cuyas admirables acequias no llevan ya una gota de agua".

El paso siguiente fue la organización del sistema de explota­ción en grandes haciendas. Sobre lo que quedaba de los valles que habían alimentado a tanta gente se estructura la producción co­mercial, no para subsistencia, sino para el mercado. El Nuevo Mundo conoce así, por primera vez, la paradoja de una agricultura que provoca hambre en vez de saciarla.

En 1573 Jerónimo Luis de Cabrera informa a] rey de España de la existencia de más de seiscientas poblaciones que debían al­bergar a unos treinta mil indígenas, que se extinguieron rápidamente por el esclavizante trabajo a que fueron sometidos en las encomiendas. Un jesuita explica que en Tucumán "atribuyen la disminución de indios en aquel país a los malos tratamientos que los españoles les daban por causa del cultivo, recolección, carda e hilado" del algodón.

 

Cultivos en terrazas con mil años de producción continuada
(Cañón del río Colca, Perú)

Este ataque a los naturales del país no se detuvo en las perso­nas ni en su suelo, sino que alcanzó también a animales y plantas. La vicuña comenzó a ser muerta para aprovechar su lana, mien­tras que los conquistadores utilizaron muy pocas de las plantas cultivadas antes de su llegada. Algunas, como el maíz, el tomate y la papa, modificaron radicalmente la dieta de varios países eu­ropeos y posibilitaron una expansión considerable de la pobla­ción de esos países.

Pero las demás plantas cayeron en el olvido, desplazadas, a veces por el trigo, la cebada y el algodón, otras veces por el desierto. Algunas de estas plantas se extinguieron, especies que perdieron sin duda las variedades más productivas, que provenían de una cuidadosa selección efectuada durante muchos siglos. Otras sub­sisten como curiosidad, convertidas en "plantas de pobres", sin que se haya intentado utilizarlas en una escala distinta de la econo­mía de autosubsistencia. Valdría la pena recordar que uno de los cultivos más importantes del mundo actual, la soja, fue durante siglos considerada también como una "planta de pobres" y despreciada por esa razón. Veamos algunos ejemplos (que incluyen vegetales de la zona andina y de fuera de ella):

·        La quinoa (Chenopodium quinoa). Es una especie en vías de extinción. Se trata de un cereal, del cual son comestibles las hojas y el grano. Puede utilizarse para elaborar harinas, preparar sopas, guisos, etc., con una alta concentración vitamínica. La planta re­siste las peores condiciones de altura y sequedad de la Puna.

·        El tarwi, altramuz o lupino perla (Lupínus mutahilis). Es una leguminosa que se cultiva con facilidad y resiste las heladas, la sequía y muchas plagas. Su semilla contiene tanto aceite como la de soja y mucha más proteína.

·        El mango (Bromus mango), cereal extinguido en cultivo. Aún se encuentran plantas silvestres en Neuquén y Río Negro.

·        El madi (Madia sativa), planta anual con granos oleaginosos. Fue cultivada en Neuquén y Río Negro, pero se extinguió antes del siglo XIX, sustituida por el olivo.Esta no era una planta desconocida. Su uso estuvo ampliamente difundido en Chile y fracasaron los intentos de reintroduciría en nuestro país. Un diario de Buenos Aires testimonia en 1819: "El madi es una planta indígena o propia de Chile, de cuyas semillas (que produce en gran abundancia) se extrae una cantidad prodi­giosa de aceite dulce, de buen sabor, claro y del mismo color que el de las aceitunas. Se cultiva en abundancia en la campaña de Chile, principalmente en la provincia de Concepción, y su acei­te sirve para los mismos usos que el de las aceitunas". Agregan que "el olivo no es de todos los climas, ni produce todos los años con igual abundancia; pero el madi produce sus semillas y pros­pera anualmente, en todos los diversos temperamentos de Chi­le".

Citan a un cura francés, el P. Feuille, quien lo califica de "acei­te admirable" y agrega que "para mí es más dulce y de sabor más agradable que la mayor parte de nuestros aceites de aceitunas, y su color es el mismo". Servía para alimentación, para iluminación y para la fabricación de jabones. El aceite se extraía por presión o por infusión en agua hirviendo.

"Todo indica -concluye el diario- que esta planta debe ve­nir a Buenos-Ayres con abundancia, y puede abastecer al país a corto precio." Indicaba más adelante que un aumento de la de­manda podría reducir aun más los precios del aceite de madi.

·        El amaranto (Amarantus caudatus). Es una planta anual que alcanza unos dos metros de altura, debido a que su fotosíntesis es excepcionalmente eficiente. Es parecido a los cereales y produce vainas grandes, similares a las del sorgo. Su contenido en hidratos de carbono es parecido al de los verdaderos cereales, pero el de proteínas y grasas es superior. El pan hecho con harina de amaran­to tiene un delicado aroma a nuez. Su semilla tiene un elevado porcentaje de lisina, un aminoácido que en general falta en las proteínas vegetales.

·        La ajipa (Padiyrrhisu ajipa), de raíz carnosa como la remola­cha, pero emparentada con los porotos. Se cultivaba en el noroes­te argentino, y actualmente está en vías de extinción.

·        El yacon (Polymnia edulis), perenne de la familia del girasol. Se comen sus raíces gruesas y carnosas. De reducida difusión actual en Salta y Jujuy.

·        La oca (Oxalis tuberosa). Sus tubérculos amarillos o rosados tienen gusto a castañas. Se cultiva actualmente en la Puna de Salta y Jujuy hasta los 4.000 metros sobre el nivel del mar.

·        El ulluco (Ullucus tuberosus). Suele llamárselo "papa lisa". Se cultiva entre los 3.000 y los 4.000 metros de altura en la Puna.

·        La achira (Canna edulis), de gruesos rizomas comestibles; se cultiva en forma reducida en Salta y Jujuy, pero se puede dar hasta en Buenos Aires.

·        El jamaichepeque (Maranta arundinacea), herbácea perenne de zonas tropicales. Se cultivaba en el norte de la Argentina; sus gruesos rizomas producen una fécula alimenticia.

Así, el destino de los dominados fue sufrido por los hombres y su ambiente: las poblaciones dispersadas y hambreadas, los tem­plos demolidos, las terrazas y los acueductos abandonados, la tierra erosionada, secos los arroyos, muertos los animales, olvidadas las plantas.

 
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