El hombre que plantó árboles y
creció felicidad. Jean Giono.
Texto íntegro de este
breve y bello relato sobre un hombre solitario que plantaba semillas de roble,
haya, abedul, etc., convirtiendo con los años el paraje semidesierto en donde
vivía en un frondoso bosque.
"Si uno quiere
descubrir cualidades realmente excepcionales en el carácter de un ser humano,
debe tener el tiempo o la oportunidad de observar su comportamiento durante
varios años. Si este comportamiento no es egoísta, si está presidido por una
generosidad sin límites, si es tan obvio que no hay afán de recompensa, y además
ha dejado una huella visible en la tierra, entonces no cabe equivocación
posible.
Hace cuarenta
años hice un largo viaje a pie a través de montañas completamente desconocidas
por los turistas, atravesando la antigua región donde los Alpes franceses
penetran en la Provenza. Cuando empecé mi viaje por aquel lugar todo era estéril
y sin color, y la única cosa que crecía era la planta conocida como lavanda
silvestre.
Cuando me
aproximaba al punto más elevado de mi viaje, y tras caminar durante tres días,
me encontré en medio de una desolación absoluta y acampé cerca de los vestigios
de un pueblo abandonado. Me había quedado sin agua el día anterior, y por lo
tanto necesitaba encontrar algo de ella. Aquel grupo de casas, aunque arruinadas
como un viejo nido de avispas, sugerían que una vez hubo allí un pozo o una
fuente. La había, desde luego, pero estaba seca. Las cinco o seis casas sin
tejados, comidas por el viento y la lluvia, la pequeña capilla con su campanario
desmoronándose, estaban allí, aparentemente como en un pueblo con vida, pero
ésta había desaparecido.
Era un día de
junio precioso, brillante y soleado, pero sobre aquella tierra desguarnecida el
viento soplaba, alto en el cielo, con una ferocidad insoportable. Gruñía sobre
los cadáveres de las casas como un león interrumpido en su comida... Tenía que
cambiar mi campamento.
Tras cinco horas
de andar, todavía no había hallado agua y no existía señal alguna que me diera
esperanzas de encontrarla. En todo el derredor reinaban la misma sequedad, las
mismas hierbas toscas. Me pareció vislumbrar en la distancia una pequeña silueta
negra vertical, que parecía el tronco de un árbol solitario. De todas formas me
dirigí hacia él. Era un pastor. Treinta ovejas estaban sentadas cerca de él
sobre la ardiente tierra.
Me dio un sorbo
de su calabaza-cantimplora, y poco después me llevó a su cabaña en un pliegue
del llano. Conseguía el agua -agua excelente- de un pozo natural y profundo
encima del cual había construido un primitivo torno.
El hombre
hablaba poco, como es costumbre de aquellos que viven solos, pero sentí que
estaba seguro de sí mismo, y confiado en su seguridad. Para mí esto era
sorprendente en ese país estéril. No vivía en una cabaña, sino en una casita
hecha de piedra, evidenciadora del trabajo que él le había dedicado para rehacer
la ruina que debió encontrar cuando llegó. El tejado era fuerte y sólido. Y el
viento, al soplar sobre él, recordaba el sonido de las olas del mar rompiendo en
la playa.
La casa estaba
ordenada, los platos lavados, el suelo barrido, su rifle engrasado, su sopa
hirviendo en el fuego. Noté que estaba bien afeitado, que todos sus botones
estaban bien cosidos y que su ropa había sido remendada con el meticuloso esmero
que oculta los remiendos. Compartimos la sopa, y después, cuando le ofrecí mi
petaca de tabaco, me dijo que no fumaba. Su perro, tan silencioso como él, era
amigable sin ser servil.
Desde
el principio se daba por supuesto que yo pasaría la noche allí. El pueblo más
cercano estaba a un día y medio de distancia. Además, ya conocía perfectamente
el tipo de pueblo de aquella región... Había cuatro o cinco más de ellos bien
esparcidos por las faldas de las montañas, entre agrupaciones de robles albares,
al final de carreteras polvorientas. Estaban habitadas por carboneros, cuya
convivencia no era muy buena. Las familias, que vivían juntas y apretujadas en
un clima excesivamente severo, tanto en invierno como en verano, no encontraban
solución al incesante conflicto de personalidades. La ambición territorial
llegaba a unas proporciones desmesuradas, en el deseo continuo de escapar del
ambiente. Los hombres vendían sus carretillas de carbón en el pueblo más
importante de la zona y regresaban. Las personalidades más recias se limaban
entre la rutina cotidiana. Las mujeres, por su parte, alimentaban sus rencores.
Existía rivalidad en todo, desde el precio del carbón al banco de la iglesia. Y
encima de todo estaba el viento, también incesante, que crispaba los nervios.
Había epidemias de suicidio y casos frecuentes de locura, a menudo
homicida.
Había
transcurrido una parte de la velada cuando el pastor fue a buscar un saquito del
que vertió una montañita de bellotas sobre la mesa. Empezó a mirarlas una por
una, con gran concentración, separando las buenas de las malas. Yo fumaba en mi
pipa. Me ofrecí para ayudarle. Pero me dijo que era su trabajo. Y de hecho,
viendo el cuidado que le dedicaba, no insistí. Esa fue toda nuestra
conversación. Cuando ya hubo separado una cantidad suficiente de bellotas
buenas, las separó de diez en diez, mientras iba quitando las más pequeñas o las
que tenían grietas, pues ahora las examinaba más detenidamente. Cuando hubo
seleccionado cien bellotas perfectas, descansó y se fue a dormir.
Se sentía una
gran paz estando con ese hombre, y al día siguiente le pregunté si podía
quedarme allí otro día más. Él lo encontró natural, o para ser más preciso, me
dio la impresión de que no había nada que pudiera alterarle. Yo no quería
quedarme para descansar, sino porque me interesó ese hombre y quería conocerle
mejor. Él abrió el redil y llevó su rebaño a pastar. Antes de partir, sumergió
su saco de bellotas en un cubo de agua.
Me di cuenta de
que en lugar de cayado, se llevó una varilla de hierro tan gruesa como mi pulgar
y de metro y medio de largo. Andando relajadamente, seguí un camino paralelo al
suyo sin que me viera. Su rebaño se quedó en un valle. Él lo dejó a cargo del
perro, y vino hacia donde yo me encontraba. Tuve miedo de que me quisiera
censurarme por mi indiscreción, pero no se trataba de eso en absoluto: iba en
esa dirección y me invitó a ir con él si no tenía nada mejor que hacer. Subimos
a la cresta de la montaña, a unos cien metros.
Allí empezó a
clavar su varilla de hierro en la tierra, haciendo un agujero en el que
introducía una bellota para cubrir después el agujero. Estaba plantando un
roble. Le pregunté si esa tierra le pertenecía, pero me dijo que no. ¿Sabía de
quién era?. No tampoco. Suponía que era propiedad de la comunidad, o tal vez
pertenecía a gente desconocida. No le importaba en absoluto saber de quién era.
Plantó las bellotas con el máximo esmero. Después de la comida del mediodía
reemprendió su siembra. Deduzco que fui bastante insistente en mis preguntas,
pues accedió a responderme. Había estado plantado cien árboles al día durante
tres años en aquel desierto. Había plantado unos cien mil. De aquellos, sólo
veinte mil habían brotado. De éstos esperaba perder la mitad por culpa de los
roedores o por los designios imprevisibles de la Providencia. Al final quedarían
diez mil robles para crecer donde antes no había crecido nada.
Entonces fue
cuando empecé a calcular la edad que podría tener ese hombre. Era evidentemente
mayor de cincuenta años. Cincuenta y cinco me dijo. Su nombre era Elzeard
Bouffier. Había tenido en otro tiempo una granja en el llano, donde tenía
organizada su vida. Perdió su único hijo, y luego a su mujer. Se había retirado
en soledad, y su ilusión era vivir tranquilamente con sus ovejas y su perro.
Opinaba que la tierra estaba muriendo por falta de árboles. Y añadió que como no
tenía ninguna obligación importante, había decidido remediar esta
situación.
Como en esa
época, a pesar de mi juventud, yo llevaba una vida solitaria, sabía entender
también a los espíritus solitarios. Pero precisamente mi juventud me empujaba a
considerar el futuro en relación a mí mismo y a cierta búsqueda de la felicidad.
Le dije que en treinta años sus robles serían magníficos. Él me respondió
sencillamente que, si Dios le conservaba la vida, en treinta años plantaría
tantos más, y que los diez mil de ahora no serían más que una gotita de agua en
el mar.
Además, ahora
estaba estudiando la reproducción de las hayas y tenía un semillero con hayucos
creciendo cerca de su casita. Las plantitas, que protegía de las ovejas con una
valla, eran preciosas. También estaba considerando plantar abedules en los
valles donde había algo de humedad cerca de la superficie de la
tierra.
Al día siguiente
nos separamos.
Un año más tarde
empezó la Primera Guerra Mundial, en la que yo estuve enrolado durante los
siguientes cinco años. Un «soldado de infantería» apenas tenía tiempo de pensar
en árboles, y a decir verdad, la cosa en sí hizo poca impresión en mí. La había
considerado como una afición, algo parecido a una colección de sellos, y la
olvidé.
Al terminar la
guerra sólo tenía dos cosas: una pequeña indemnización por la desmovilización, y
un gran deseo de respirar aire fresco durante un tiempo. Y me parece que
únicamente con este motivo tomé de nuevo la carretera hacia la «tierra
estéril».
El paisaje no
había cambiado. Sin embargo, más allá del pueblo abandonado, vislumbré en la
distancia un cierto tipo de niebla gris que cubría las cumbres de las montañas
como una alfombra. El día anterior había empezado de pronto a recordar al pastor
que plantaba árboles. «Diez mil robles -pensaba- ocupan realmente bastante
espacio». Como había visto morir a tantos hombres durante aquellos cinco años,
no esperaba hallar a Elzeard Bouffier con vida, especialmente porque a los
veinte años uno considera a los hombres de más de cincuenta como personas viejas
preparándose para morir... Pero no estaba muerto, sino más bien todo lo
contrario: se le veía extremadamente ágil y despejado: había cambiado sus
ocupaciones y ahora tenía solamente cuatro ovejas, pero en cambio cien colmenas.
Se deshizo de las ovejas porque amenazaban los árboles jóvenes. Me dijo -y vi
por mí mismo- que la guerra no le había molestado en absoluto. Había continuado
plantando árboles imperturbablemente. Los robles de 1.910 tenían entonces diez
años y eran más altos que cualquiera de nosotros dos. Ofrecían un espectáculo
impresionante. Me quedé con la boca abierta, y como él tampoco hablaba, pasamos
el día en entero silencio por su bosque. Las tres secciones medían once
kilómetros de largo y tres de ancho. Al recordar que todo esto había brotado de
las manos y del alma de un hombre solo, sin recursos técnicos, uno se daba
cuenta de que los humanos pueden ser también efectivos en términos opuestos a
los de la destrucción...
Había
perseverado en su plan, y hayas más altas que mis hombros, extendidas hasta el
límite de la vista, lo confirmaban. me enseñó bellos parajes con abedules
sembrados hacía cinco años (es decir, en 1.915), cuando yo estaba luchando en
Verdún. Los había plantado en todos los valles en los que había intuido
-acertadamente- que existía humedad casi en la superficie de la tierra. Eran
delicados como chicas jóvenes, y estaban además muy bien
establecidos.
Parecía también
que la naturaleza había efectuado por su cuenta una serie de cambios y
reacciones, aunque él no las buscaba, pues tan sólo proseguía con determinación
y simplicidad en su trabajo. Cuando volvimos al pueblo, vi agua corriendo en los
riachuelos que habían permanecido secos en la memoria de todos los hombres de
aquella zona. Este fue el resultado más impresionante de toda la serie de
reacciones: los arroyos secos hacía mucho tiempo corrían ahora con un caudal de
agua fresca. Algunos de los pueblos lúgubres que menciono anteriormente se
edificaron en sitios donde los romanos habían construido sus poblados, cuyos
trazos aún permanecían. Y arqueólogos que habían explorado la zona habían
encontrado anzuelos donde en el siglo XX se necesitaban cisternas para asegurar
un mínimo abastecimiento de agua.
El viento
también ayudó a esparcir semillas. Y al mismo tiempo que apareció el agua,
también lo hicieron sauces, juncos, prados, jardines, flores y una cierta razón
de existir. Pero la transformación se había desarrollado tan gradualmente que
pudo ser asumida sin causar asombro. Cazadores adentrándose en la espesura en
busca de liebres o jabalíes, notaron evidentemente el crecimiento repentino de
pequeños árboles, pero lo atribuían a un capricho de la naturaleza. Por eso
nadie se entrometió con el trabajo de Elzeard Bouffier. Si él hubiera sido
detectado, habría tenido oposición. Pero era indetectable. Ningún habitante de
los pueblos, ni nadie de la administración de la provincia, habría imaginado una
generosidad tan magnífica y perseverante.
Para tener una
idea más precisa de este excepcional carácter no hay que olvidar que Elzeard
trabajó en una soledad total, tan total que hacía el final de su vida perdió el
hábito de hablar, quizá porque no vio la necesidad de éste.
En 1.933 recibió
la visita de un guardabosques que le notificó una orden prohibiendo encender
fuego, por miedo a poner en peligro el crecimiento de este bosque
natural. Esta era la primera vez -le dijo el hombre- que había visto crecer
un bosque espontáneamente. En ese momento, Bouffier pensaba plantar hayas en un
lugar a 12 Km. de su casa, y para evitar las ideas y venidas (pues contaba
entonces 75 años de edad), planeó construir una cabaña de piedra en la
plantación. Y así lo hizo al año siguiente.
En 1.935 una
delegación del gobierno se desplazó para examinar el «bosque natural». La
componían un alto cargo del Servicio de Bosques, un diputado y varios técnicos.
Se estableció un largo diálogo completamente inútil, decidiéndose finalmente que
algo se debía hacer... y afortunadamente no se hizo nada, salvo una única cosa
que resultó útil: todo el bosque se puso bajo la protección estatal, y la
obtención del carbón a partir de los árboles quedó prohibida. De hecho era
imposible no dejarse cautivar por la belleza de aquellos jóvenes árboles llenos
de energía, que a buen seguro hechizaron al diputado.
Un amigo mío se
encontraba entre los guardabosques de esa delegación y le expliqué el misterio.
Un día de la semana siguiente fuimos a ver a Elzeard Bouffier. Lo encontramos
trabajando duro, a unos diez kilómetros de donde había tenido lugar la
inspección.
El guardabosques
sabía valorar las cosas, pues sabía cómo mantenerse en silencio. Yo le entregué
a Elzeard los huevos que traía de regalo. Compartimos la comida entre los tres y
después pasamos varias horas en contemplación silenciosa del
paisaje...
En la misma
dirección en la que habíamos venido, las laderas estaban cubiertas de árboles de
seis a siete metros de altura. Al verlos recordaba aún el aspecto de la tierra
en 1.913, un desierto... y ahora, una labor regular y tranquila, el aire de la
montaña fresco y vigoroso, equilibrio y, sobre todo, la serenidad de espíritu,
habían otorgado a este hombre anciano una salud maravillosa. Me pregunté cuántas
hectáreas más de tierra iba a cubrir con árboles.
Antes de
marcharse, mi amigo hizo una sugerencia breve sobre ciertas especies de árboles
para los que el suelo de la zona estaba especialmente preparado. No fue muy
insistente; «por la buena razón -me dijo más tarde- de que Bouffier sabee de
ello más que yo». Pero, tras andar un rato y darle vueltas en su mente, añadió:
«¡y sabe mucho más que cualquier persona, pues ha descubierto una forma
maravillosa de ser feliz!».
Fue gracias a
ese hombre que no sólo la zona, sino también la felicidad de Bouffier fue
protegida. Delegó tres guardabosques para el trabajo de proteger la foresta, y
les conminó a resistir y rehusar las botellas de vino, el soborno de los
carboneros.
El único peligro
serio ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial. Como los coches funcionaban con
gasógeno, mediante generadores que quemaban madera, nunca había leña suficiente.
La tala de robles empezó en 1.940, pero la zona estaba tan lejos de cualquier
estación de tren que no hubo peligro. El pastor no se enteraba de nada. Estaba a
treinta kilómetros, plantando tranquilamente, ajeno a la guerra de 1.939 como
había ignorado la de 1.914.
Vi a Elzeard
Bouffier por última vez en junio de 1.945. Tenía entonces ochenta y siete años.
Volví a recorrer el camino de la «tierra estéril»; pero ahora en lugar del
desorden que la guerra había causado en el país, un autobús regular unía el
valle del Durance y la montaña. No reconocí la zona, y lo atribuí a la relativa
rapidez del autobús... Hasta que vi el nombre del pueblo no me convencí de que
me hallaba realmente en aquella región, donde antes sólo había ruinas y
soledad.
El autobús me
dejó en Vergons. En 1.913 este pueblecito de diez o doce casas tenía tres
habitantes, criaturas algo atrasadas que casi se odiaban una a otra,
subsistiendo de atrapar animales con trampas, próximas a las condiciones del
hombre primitivo. Todos los alrededores estaban llenos de ortigas que
serpenteaban por los restos de las casas abandonadas. Su condición era
desesperanzadora, y una situación así raramente predispone a la
virtud.
Todo había
cambiado, incluso el aire. En vez de los vientos secos y ásperos que solían
soplar, ahora corría una brisa suave y perfumada. Un sonido como de agua venía
de la montaña. Era el viento en el bosque; pero más asombro era escuchar el
auténtico sonido del agua moviéndose en los arroyos y remansos. Vi que se había
construido una fuente que manaba con alegre murmullo, y lo que me sorprendió más
fue que alguien había plantado un tilo a su lado, un tilo que debería tener
cuatro años, ya en plena floración, como símbolo irrebatible de
renacimiento.
Además, Vergons
era el resultado de ese tipo de trabajo que necesita esperanza, la esperanza que
había vuelto. Las ruinas y las murallas ya no estaban, y cinco casas habían sido
restauradas. Ahora había veinticinco habitantes. Cuatro de ellos eran jóvenes
parejas. Las nuevas casas, recién encaladas, estaban rodeadas por jardines donde
crecían vegetales y flores en una ordenada confusión. Repollos y rosas, puerros
y margaritas, apios y anémonas hacían al pueblo ideal para vivir.
Desde ese sitio
seguí a pie. La guerra, al terminar, no había permitido el florecimiento
completo de la vida, pero el espíritu de Elzeard permanecía allí. En las laderas
bajas vi pequeños campos de cebada y de arroz; y en el fondo del valle verdeaban
los prados.
Sólo fueron
necesarios ocho años desde entonces para que todo el paisaje brillara con salud
y prosperidad. Donde antes había ruinas, ahora se encontraban granjas; los
viejos riachuelos, alimentados por las lluvias y las nieves que el bosque atrae,
fluían de nuevo. Sus aguas alimentaban fuentes y desembocan sobre alfombras de
menta fresca. Poco a poco, los pueblecitos se habían revitalizado. Gentes de
otros lugares donde la tierra era más cara se habían instalado allí, aportando
su juventud y su movilidad. Por las calles uno se topaba con hombres y mujeres
vivos, chicos y chicas que empezaban a reír y que habían recuperado el gusto por
las excursiones. Si contábamos la población anterior, irreconocible ahora que
gozaba de cierta comodidad, más de diez mil personas debían en parte su
felicidad a Elzeard Bouffier.
Por eso, cuando
reflexiono sobre aquel hombre armado únicamente por sus fuerzas físicas y
morales, capaz de hacer surgir del desierto esa tierra de Canán, me convenzo de
que a pesar de todo la humanidad es admirable. Cuando reconstruyo la
arrebatadora grandeza de espíritu y la tenacidad y benevolencia necesaria para
dar lugar a aquel fruto, me invade un respeto sin límites por aquel hombre
anciano y supuestamente analfabeto, un ser que completó una tarea digna de
Dios.
(Elzeard
Bouffier murió pacíficamente en 1.947 en el hospicio de Banon)."
La senda Fukoka.
Fukoka, autor de "La
Revolución de una brizna de paja", lleva más de 50 años difundiendo una nueva
forma espiritual de cultivar los campos.
Este entrañable
personaje que ha dedicado más de 50 años de su vida a
cultivar sus campos siguiendo una senda espiritual, todavía tiene fuerza
a sus 86 años para trabajar y hacer llegar a todo el mundo el mensaje de que no
podemos por más tiempo explotar y degradar a la naturaleza.
Nacido en 1913 en una pequeña ciudad campesina de la isla de
Shikoku, en la región Sur de Japón, estudió microbiología y se
especializó como fitopatólogo. Pero a los 25 años de edad surgieron dudas en su
mente y comenzó a cuestionarse sobre todas las cosas que había aprendido acerca
de las "maravillas" de la ciencia moderna y empezó a ver que todos los logros y
conclusiones de la civilización humana carecían de significado frente a lo que
es la totalidad de la Naturaleza. A partir de ese momento, se ha dedicado por
entero a cumplir el embrujo de su visión, situándole en un centro focal aún más
grande e inmediato.
Estas son algunas de sus palabras, escritas para el
libro "La senda natural del cultivo": "Mientras fuí joven, un montón de
circunstancias me llevaron, orgulloso y solitario, por un camino de espaldas a
la Naturaleza. Con tristeza, sin embargo, aprendí pronto
que una persona no puede vivir sola. O bien vive en asociación con la gente o en
comunicación con la Naturaleza. También averigüé, para mi desesperación,
que la gente ya no es realmente humana y que la Naturaleza ya no es
verdaderamente natural. La sublime vereda que se alzaba por encima del mundo de
la relatividad era demasiado escarpada para mí. Lo que ahora escribo, son las
notas de un granjero que durante cincuenta años ha deambulado en busca de la
Naturaleza. He recorrido un largo camino, y todavía ahora, al caer la noche de
mi vida, aún me queda mucho camino por recorrer".
Frente a la insensata
forma de producir industrializada, este hombre preconiza
una nueva forma de acercarse a la agricultura, basada en 5 principios
fundamentales:
1. No labranza, 2. no
fertilizantes, 3. no pesticidas, 4. no escardar y 5. no podar.
Para Fukuoka ninguna inteligencia humana es
capaz de sustituir a la maravilla de la naturaleza. Su pensamiento está
en comprender la nada (mu, hacer nada). El pensamiento en sí mismo es algo que
separa las cosas. Los seres humanos ni siquiera se conocen a sí mismos.
Masanobu Fukuoka alarma sobre el proceso de desertificación que sufre
toda la región medi-terránea. No hay tiempo, hay que
reforestar lo más rápido posible, este es su mensaje. Él tiene un plan: la
Olimpiada Verde para reforestar (reverdecer) y un método las "nendo dango", una
forma de sembrar que imita a la naturaleza. Se trata de embadurnar semillas con
una capa de arcilla, en forma de bolitas. El fin de ello es protegerlas cuando
se depositan en el terreno y al mismo tiempo evitar que sean comidas por los
pájaros, roedores u otros animales. Las semillas quedan así a la espera de la
época de lluvias y en ese momento la arcilla absorbe el agua y las semillas
pueden germinar.
Según Fukuoka este sistema es mucho más eficiente
que los sistemas tradicionales de refo-estación ya que con este sistema se
obtiene un mayor éxito de germinación respecto a otros sistemas
convencionales.
Fukuoka advierte, sobre todo de la urgencia con que se
debe actuar, lo concretiza diciendo que hay que tirar los libros y dejar de
pensar y que todo lo que el dice y enseña no vale para nada sino se ponen manos
a la obra y se frena esta pérdida que padecemos de nuestra tierra.
¡No dejemos que este planeta se convierta en un desierto!
El proceso de desertificación en el mundo es imparable: “hay que sembrar y
sembrar si queremos poder ofrecer un futuro a nuestros descendientes”. Durante
60 años, Masanobu Fukuoka, ha desarrollado un método de agricultura natural y
ahora lo ha aplicado con éxito para frenar la desertización.
El método que propone Fukuoka para la reforestación
(reverdecer) es la pildorización. Este sistema consiste en embadurnar semillas
en una capa de arcilla, hacer bolas de arcilla de un grosor determinado
dependiendo del tamaño de cada semilla. El fin es el de protegerla una vez
depositada en el terreno y evitar que sea alimento de pájaros, roedores y otros
animales. Las semillas están así protegidas a la espera de la época lluviosa, en
ese momento la arcilla absorbe el agua y la semilla la utiliza para poder
germinar.
Este sistema es mucho más eficiente, según Fukuoka, que
los métodos tradicionales de reforestación (aproximadamente hay un 2% de éxitos
de germinación con el método de pildorización frente al 0’2% de otros sistemas).
Un sistema sencillo pero que requiere especialización a la hora de realizar las
bolitas de arcilla o “nendo dango”.
Existen dos métodos de pildorización: uno manual y otro
mecánico
Sistema Manual. Hay que hacer la selección de las
semillas, para ello hay que seleccionar 100 semillas. Tenemos que sembrar 100
variedades como mínimo para poder ofrecerle a la naturaleza la posibilidad de
crear su propio equilibrio. Según Fukuoka, un paisaje de rocas y pinos es un
paisaje desequilibrado y a un paso de la desertización total. No se puede llamar
bosque a un desierto, y el desierto no es sólo dunas
La mezcla de semillas está compuesta por:
50 variedades de frutales y forestales
30 variedades de hortalizas
10 variedades de cereales
10 plantas para mejorar el suelo (leguminosas)
Se hace la mezcla de semillas y se mezcla con arcilla
cribada y agua. El resultado final, es decir, que germinen las semillas, depende
de muchos factores: la elección de la arcilla, la climatología, etc.
Después de amasar la mezcla, se hacen las bolitas de
arcilla una a una. Este es un proceso lento pero que cumple una labor social
importante al reunir a un numeroso grupo alrededor de un mismo fin: se charla,
se ríe y se hacen bolitas.
Una vez se secan a la sombra, las bolitas son esparcidas
por el suelo.
El sistema mecánico es indispensable a la hora de
reverdecer grandes zonas (podemos hablar de terrenos de 10.000 hectáreas o más.
También es un sistema muy depurado que se debe practicar bastante antes de
adquirir cierta maestría. La elección de semillas y arcilla es igual que en el
proceso manual. Consiste en hacer la mezcla de semillas y arcilla en una
hormigonera convencional, tan solo hay que retirarle las aspas. Es un proceso
lento en el que se va añadiendo poco a poco arcilla y agua (también se le puede
añadir papel triturado o algodón a la mezcla para darle más plasticidad a las
bolitas en caso de que se tenga que realizar una reforestación desde aviones o
helicópteros). Con este sistema, cada bolita suele tener sólo una semilla.
Combinando los dos métodos es factible con un grupo de 50
personas y 6 hormigoneras trabajando 8 horas hacer 3 toneladas de
bolitas.
Bibliografía:
La senda del cultivo Natural. Teoría y
práctica de una filosofía verde. Masanobu Fukuoka. Editorial Terapión. ISBN:
84-88903-15-4