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Asunto:[BoletinAndaluciaLibre] nș 171 - Reflexiones ante la Guerra...
Fecha:Miercoles, 19 de Marzo, 2003  19:15:32 (+0100)
Autor:Andalucia Libre <andalucialibre @.......es>


nș 171
 
En este Correo:
 
*Presentación
*Las casuísticas de la paz y la guerra, Perry Anderson
*¿Qué es lo que motiva a Perry?, James Petras
*La guerra tendrá lugar, Daniel Bensaid
*El Debut del Nuevo Imperialismo, Claudio Katz
*Democracias latinoamericanas bajo la amenaza de Washington, Luis Bilbao
*Solidaridad con Palestina
*Directorio, Musica de Fondo
--oOo-- 
 
Presentación
Bajo la dirección de Estados Unidos; Gran Bretaña, Australia, España, Turquía y Dinamarca aportan tropas para la proxima masacre. En el caso español, el envio de un buque de asalto, una fragata y un petrolero con diversas unidades (más una escuadrilla de aviones F-18) ha querido disfrazarse ante la opiníón publica como una "intervención suave". Ciertamente, la sustitución del portaaviones Principe de Asturias por esta flotilla ha de achacarse a los efectos de la presión social y a la consideración por parte del Gobierno Aznar de la inconveniencia de provocar aún más rechazo social. Pero lo cierto es que en un ataque masivo como el que va a sufrir Iraq -y aún cuando cuantitativamente la aportación española sea minima e irrelevante- todas las tareas de la fuerza expedicionaria española pueden ser justamente consideradas como bélicas, aun cuando en principio no tengan adjudicadas funciones de primera linea, siendo complementarias dentro del esquema militar general. Mandar médicos militares, unidades antiquimicas y antibacteriologicas, zapadores o ingenieros (amen de cazabombarderos) para participar en una invasión y enseñar la bandera española, es un acto de guerra tan flagrante como hubiera sido despachar comandos o fusileros o como sería en un futuro enviar Guadias Civiles españoles para colaborar en la ocupación de Iraq. Además, nunca puede olvidarse que la aquiescencia española a la utilización irrestricta de las bases militares yanquis ilegitimamente ubicadas en Andalucía, sin las que el despliegue militar que hará posible la invasión habria sido mucho más dificil y costoso para EEUU, es en si mismo un acto de guerra.
 
En este momento, sólo nos resta reafirmar nuestra solidaridad con el pueblo árabe de Iraq y con el pueblo kurdo ante su proximo sufrimiento y nuestros deseos de que el maximo de cruzados mercenarios que se diponen a inundar tierra arabe de fuego y metralla -ahora en la invasión y mañana en la ocupación- paguen su crimen.
 
En las ultimas horas antes de que expire el ultimatum que el imperialismo yanqui ha impuesto unilateralmente a Iraq, reproducimos en ANDALUCIA LIBRE una selección de Reflexiones ante la guerra, hechas desde diversos puntos de vista que confiamos en que os sean de utilidad.
Polémica Anderson-Petras
Rebelion - Traducción de Manuel Talens 
Aviso del traductor: Perry Anderson, profesor de Historia en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), publicó el 6 de marzo de 2003 un ensayo titulado 'Casuistries of War and Peace' en la revista London Review of Books que ha suscitado una punzante respuesta del sociólogo estadounidense James Petras, profesor en la Universidad de Binghamton: 'What Makes Perry Run?'. En aras de una mejor comprensión de los argumentos de ambos, he considerado oportuno ofrecer al lector en primer lugar el texto de Anderson, tras el cual encontrará el de Petras.
 
Las casuísticas de la paz y la guerra
Perry Anderson
profesor de Historia en la Universidad de California en Los Ángeles
London Review of Books

La probabilidad de una segunda guerra en Irak suscita un gran número de preguntas, tanto analíticas como políticas. ¿Cuáles son las intenciones ocultas tras la inminente campaña? ¿Cuáles serán las consecuencias? ¿Qué nos dicen los preparativos de la guerra sobre la dinámica a largo plazo del poder estadounidense global? Estas cuestiones permanecerán sobre la mesa todavía durante algún tiempo, más allá de cualquier ofensiva que tenga lugar esta primavera. El proscenio está ocupado en la actualidad por distintos argumentos, relativos a la legitimidad o a la cordura de la expedición militar que ahora se prepara. Mi objetivo aquí consistirá en reflexionar sobre las críticas que recibe en la actualidad la Administración Bush articuladas dentro de la opinión general, así como sobre las respuestas de la Administración a tales críticas, todo ello con vistas a discernir la estructura de justificación intelectual de ambos argumentos, lo que los divide y lo que tienen común. Por último, terminaré con unos comentarios sobre cómo se ve este debate desde la perspectiva de unas premisas distintas.

Si observamos por encima las múltiples objeciones que se le hacen a una segunda guerra en el Golfo, podemos distinguir seis críticas principales, expresadas de maneras diferentes y distribuidas a través de un amplio abanico de la opinión.
1. El ataque proyectado contra Irak es una cruda demostración de la unilateralidad estadounidense. La Administración Bush ha declarado abiertamente su intención de atacar Bagdad, con el aval de las Naciones Unidas o sin él. Esto representa no solamente un grave revés para la unidad de la alianza occidental, sino que conducirá a un peligroso debilitamiento sin precedentes de la autoridad del Consejo de Seguridad, que es la encarnación más elevada del derecho internacional.

2. La intervención masiva a tal escala en el Oriente Próximo sólo puede fomentar el terrorismo antioccidental. Más que ayudar a la destrucción de Al Qaida, probablemente multiplicará el número de voluntarios que se alistarán en esa organización. Los Estados Unidos correrán más peligro después de una guerra contra Irak que el que corrían antes.

3. La campaña en preparación es un ataque preventivo, abiertamente declarado como tal, que socava el respeto hacia el derecho internacional y expone al mundo a un torbellino de violencia, conforme otros estados sigan la misma senda y se tomen la justicia por sus propias manos.

4. La guerra, en cualquier caso, siempre debería ser una última instancia para resolver un conflicto internacional. En el caso de Irak, un endurecimiento de las sanciones y la vigilancia bastarían para desmantelar el régimen baath, ahorrando vidas inocentes y conservando la unidad de la comunidad internacional.

5. La obsesión con Irak es una distracción del peligro más agudo que plantea Corea del Norte, país que tiene un mayor potencial nuclear, un ejército más poderoso e incluso unos dirigentes más temibles. Los Estados Unidos deberían ocuparse con mayor prioridad de Kim Jong Il, no de Sadam Husein.

6. Incluso si la invasión de Irak se llevase a cabo sin complicaciones, la ocupación del país será una empresa demasiado arriesgada y costosa para que los Estados Unidos salgan de ella sin problemas. La participación aliada es necesaria para que tenga cualquier posibilidad de éxito, pero la unilateralidad de la Administración compromete la posibilidad de dicha participación. El mundo árabe probablemente asistirá con resentimiento a un protectorado extranjero. Incluso con una coalición occidental para controlar el país, Irak es una sociedad profundamente dividida, sin tradición democrática, que no podrá ser fácilmente reconstruido según el modelo alemán o japonés de la posguerra. Los costos potenciales de la aventura pesan más que cualquier posible ventaja que los Estados Unidos pudieran obtener.
Tal es, más o menos, el conjunto de las críticas que se pueden encontrar en los medios de comunicación convencionales y en respetables círculos políticos, tanto en los propios Estados Unidos como -incluso más- en Europa y en otros lugares. Se pueden resumir en unos pocos títulos: los vicios de la unilateralidad, los riesgos de alentar el terrorismo, los peligros de la guerra preventiva, el costo humano de la guerra, la amenaza de Corea del Norte y las responsabilidades de hacer más de lo necesario. Como tal, se dividen en dos categorías: las objeciones de principios -los males de la unilateralidad, de la guerra preventiva- y las objeciones de prudencia: los peligros del terrorismo, Corea del Norte, el problema de hacer más de lo necesario.

¿Qué respuestas puede dar la Administración Bush a cada una de ellas?.
1. La unilateralidad. Históricamente, los Estados Unidos siempre se han reservado el derecho de actuar solos si era necesario, si bien buscando aliados dentro de lo posible. En años recientes actuaron solos en Grenada, en Panamá, en Nicaragua... ¿Cuáles son sus aliados que se quejan ahora de los acomodos que tuvieron lugar en cualquiera de esos países? En cuanto a las Naciones Unidas, la OTAN no las consultó cuando lanzó su ataque contra Yugoslavia en 1999, en el que participaron todos los aliados europeos que ahora hablan de la necesidad de una autorización del Consejo de Seguridad y que fue apoyado calurosamente por el 90 por ciento de la opinión que ahora se queja de nuestros planes para Irak. Si fue correcto derrocar por la fuerza a Milosevic, que no tenía armas de destrucción masiva y que incluso toleró una oposición que llegó a ganar unas elecciones, ¿por qué no lo ha de ser derrocar por la fuerza a Sadam, un tirano más peligroso, cuyo historial de violaciones de derechos humanos es peor, que ha invadido a un vecino, que utilizó armas químicas y que no soporta oposición de ninguna clase? En cualquier caso, las Naciones Unidas ya han aprobado la resolución 1441, que deja la vía libre a los miembros del Consejo de Seguridad para aplicar la fuerza contra Irak, con lo que la legalidad de un ataque no está en entredicho.

2. El terrorismo. Al Qaida es una red que se guía por el fanatismo religioso de una fe que apela a la guerra santa del mundo musulmán contra los Estados Unidos. La creencia de que Alá asegura la victoria a los jihadi es uno de sus principios básicos. Por ello, no hay mejor manera de desmoralizar y terminar con dicha creencia que demostrando la falsedad de la ayuda celestial y la imposibilidad absoluta de resistir a la muy superior fuerza militar estadounidense. Los fanatismos nazi y japonés se apagaron con el simple hecho de una derrota aplastante, y si Al Qaida está muy lejos de aquel poderío, ¿por qué ahora sería distinto?

3. La guerra preventiva. Lejos de ser una nueva doctrina, es un derecho tradicional de los estados. Al fin y al cabo, ¿qué fue la más admirada victoria militar de la posguerra, sino un ataque preventivo? La Guerra de los Seis Días de Israel, en 1967, lejos de ser condenable, dio lugar a la moderna doctrina de las Guerras justas e injustas, tal como la definió el distinguido filósofo de la izquierda estadounidense Michael Walter en un trabajo vivamente elogiado por el todavía más ilustre filósofo liberal John Rawls en su The Law of Peoples [El derecho de los pueblos. Más aún, al atacar Irak, lo único que haremos es completar el vital ataque preventivo de 1981contra el reactor Osirak. ¿Quién se queja ahora de aquello?

4. El costo humano de la guerra. En verdad es algo trágico y haremos todo lo que podamos -que técnicamente es mucho- para reducir al mínimo las víctimas civiles. Pero la realidad es que una guerra rápida ahorrará vidas y no al contrario. Según la UNICEF, desde 1991 las sanciones contra Irak -apoyadas por la mayor parte de quienes ahora se oponen a la guerra- han causado 500.000 muertes por desnutrición y enfermedad. Incluso si aceptamos una cifra inferior, es decir, 300.000, es muy improbable que la guerra rápida y quirúrgica que somos capaces de llevar a cabo se acerque a esta destrucción provocada en tiempo de paz. Al contrario, una vez Sadam derrocado, el petróleo fluirá libremente de nuevo y los niños iraquíes tendrán bastante para comer. La población aumentará de nuevo con celeridad.

5. Corea del Norte. Se trata de un estado comunista arruinado que seguramente plantea un gran peligro para el nordeste asiático. Tal como señalamos mucho antes de las actuales protestas, es la otra extremidad del Eje de Mal. Pero es de sentido común que concentremos nuestras fuerzas primero en el eslabón más débil del Eje, no en el más fuerte. Si hemos de proceder con mayor cautela al derrocamiento del régimen no es porque Pyongyang tenga o no tenga unas rudimentarias armas nucleares, que podemos fácilmente destruir, sino porque podría abalanzarse sobre Seúl en un ataque convencional. ¿Acaso alguien duda de que tenemos la intención de ocuparnos también del régimen norcoreano cuando llegue el momento?

6. El problema de hacer más de lo necesario. La ocupación de Irak realmente plantea un desafío, que no subestimamos. Pero es una apuesta razonable. La hostilidad árabe está sobreestimada. Al fin y al cabo, durante los dos años que ha necesitado Israel para aniquilar la segunda intifada ante las cámaras de la televisión, no ha habido ni una sola manifestación de importancia en el Oriente Próximo, y eso que la simpatía popular por los palestinos es mucho mayor que por Sadam. También suele olvidarse que ya tenemos un protectorado muy ventajoso en el tercio norte de Irak, donde hemos abatido cabezas kurdas con bastante eficacia. ¿Alguna vez se ha quejado alguien?. El centro sunni del país seguramente será más difícil de controlar, pero la idea de que en Oriente Próximo es imposible mantener regímenes estables creados o dirigidos por poderes extranjeros es absurda. Basta con recordar la prolongada estabilidad de la monarquía que establecieron los británicos en Jordania o el satisfactorio pequeño estado que crearon en Kuwait. Mejor aún, pensemos en nuestro leal amigo Mubarak, de Egipto, que tiene una población urbana mucho más numerosa que Irak. Todo el mundo decía que Afganistán era un cementerio para los extranjeros -británicos, rusos, etc.-, pero lo liberamos con bastante rapidez y ahora las Naciones Unidas hacen un trabajo excelente que lo está haciendo revivir. ¿Por qué no Irak?. Si todo va bien, podríamos obtener grandes ventajas: una plataforma estratégica, un modelo institucional y considerables provisiones de petróleo.
Ahora, si uno considera desapasionadamente ambos modelos de argumentos, quedan pocas dudas de que, en cuestiones de principios, la posición de la Administración Bush contra sus críticos es inatacable, y está muy claro por qué. Ambos lados comparten una serie de asunciones comunes, cuya lógica hace que el ataque contra Irak sea una proposición sumamente defendible. ¿Cuáles son tales asunciones?. Se pueden resumir como sigue:
1. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas representa la expresión legal suprema de la 'comunidad internacional'; excepto en los casos en que no se especifica, sus resoluciones tienen una fuerza obligatoria jurídica y moral.

2. Sin embargo, las intervenciones humanitarias u otras por parte de Occidente, cuando son necesarias, no requieren el permiso de las Naciones Unidas, aunque siempre sea preferible obtenerlo.

3. Irak cometió una ofensa contra el derecho internacional cuando trató de anexar Kuwait y fue castigado por aquel crimen, contra el cual las Naciones Unidas se han venido alzando desde entonces como una sola voz.

4. Irak también ha procurado adquirir armas nucleares, cuya proliferación es, en cualquier caso, un peligro urgente para la comunidad internacional, por no hablar de las armas químicas o biológicas.

5. Irak es una dictadura como no hay otra, o quizá sólo unas pocas más, incluida Corea del Norte, que viola los derechos humanos.

6. En consecuencia, Irak no puede gozar de los derechos de un estado soberano, sino que debe someterse a bloqueos, bombardeos y pérdidas de integridad territorial, hasta que la comunidad internacional decida lo contrario.
Equipados con estas premisas, no es difícil demostrar que a Irak no se le puede permitir que posea armas nucleares o de cualquier otro tipo; que ha desafiado resoluciones sucesivas de las Naciones Unidas; que el Consejo de Seguridad aprobó tácitamente un segundo ataque contra su territorio (cosa que no hizo en el ataque contra Yugoslavia) y que Sadam Husein hace tiempo que se merece la destitución.

No obstante, estas mismas premisas pueden ser utilizadas por los críticos de la Administración Bush, aunque no basándose en principios, sino simplemente en razones de prudencia: puede que la invasión de Irak sea moralmente aceptable e incluso deseable, pero ¿es políticamente acertada?. El cálculo de las consecuencias es siempre más imponderable que la deducción a partir de principios, de manera que deja mucho espacio libre para desacuerdos considerables. Es poco probable que cualquiera que esté convencido de que Al Qaeda es un bacilo mortífero a la espera de convertirse en una epidemia, que Kim Jong Il es un déspota todavía más demente que Sadam Husein o aquel Irak podría convertirse en otro Vietnam, se deje influenciar si se le recuerda la resolución 1441 de las Naciones Unidas o la alta misión de la OTAN en la protección de derechos humanos en los Balcanes.

Las estructuras de justificación intelectual son una cosa. El sentimiento popular, aunque no sea inmune a ellas, es otra. Las multitudinarias manifestaciones del 15 de febrero en la Europa occidental, en los Estados Unidos y en Australia, opuestas a un ataque contra Irak, plantean un tipo diferente de pregunta. Es así de simple. ¿Cómo explicar esta enorme y apasionada rebelión contra la perspectiva de una guerra cuyos principios se diferencian poco de precedentes intervenciones militares, las cuales fueron aceptadas o incluso bienvenidas por tantos de quienes ahora se alzan contra ésta? ¿Por qué la guerra en Oriente Próximo hoy despierta sentimientos que la guerra de los Balcanes no despertó, si lógicamente son tan similares? Es poco probable que la desproporción de las reacciones tenga algo que ver con distinciones entre Belgrado y Bagdad y, en cualquier caso, esta última ha dado más motivos para la intervención. Está claro que la explicación se encuentra en otra parte. Tres factores parecen haber sido decisivos.

En primer lugar, la hostilidad al régimen republicano de la Casa Blanca. La aversión cultural por la presidencia de Bush está muy extendida en la Europa occidental, donde sus ásperas afirmaciones sobre la supremacía estadounidense y su tendencia poco diplomática de aunar las palabras con los hechos han logrado que la opinión pública, acostumbrada a que se suela correr un velo decoroso sobre la realidad del poder, no lo aprecie en absoluto. Para comprender hasta qué punto tiene peso este ingrediente en el sentimiento pacifista europeo, basta con recordar la sumisión con que se tomaron los sucesivos bombardeos de Clinton sobre Irak. Si una Administración Gore o Lieberman estuviese preparando una segunda guerra del Golfo, la resistencia sería la mitad de la que hay ahora. La aversión actual hacia Bush de los medios de comunicación y de la opinión pública de la Europa occidental no tiene ninguna relación con las diferencias reales entre los dos partidos en los Estados Unidos. Basta con señalar que Kenneth Pollack y Philip Bobbitt, que son respectivamente el principal exponente práctico y el principal teórico intelectual de la guerra contra Irak, son antiguos ornamentos del régimen de Clinton. Pero como los sistemas políticos occidentales tienden a difuminar los contrastes sustanciales de la política, las diferencias simbólicas de estilo y la imagen pueden adquirir, en compensación, una rigidez histérica. El Kulturkampf entre demócratas y republicanos dentro de los Estados Unidos ahora se está reproduciendo entre los Estados Unidos y la Unión Europea. Es típico que en tales discusiones la violencia de las pasiones partidistas sea inversamente proporcional a la profundidad de los auténticos desacuerdos. Pero al igual que en los conflictos entre las facciones azules y verdes del hipódromo bizantino, preferencias afectivas mínimas pueden tener consecuencias políticas importantes. La Europa que echa de menos a Clinton -véase cualquier editorial en The Guardian, Le Monde, La Repubblica o El País- puede unirse para rechazar a Bush.

En segundo lugar está el espectáculo. La opinión pública estaba bien preparada para la Guerra de los Balcanes debido a la masiva cobertura de la prensa y de la televisión con respecto a las salvajadas étnicas que se estaban cometiendo en la región, que eran reales y -tras Rambouillet, en un grado considerable- míticas. Las incomparablemente mayores matanzas de Ruanda, donde los Estados Unidos, por temor a que los medios de comunicación dejasen de informar sobre Bosnia, bloquearon la intervención durante el mismo período, fueron totalmente ignoradas. El sitio de Sarajevo, retransmitido con todo detalle, horrorizó a millones de personas. La destrucción de Grozny, que sucedió fuera de campo, apenas provocó un encogimiento de hombros. Clinton la llamó liberación y Blair se apresuró a felicitar a Putin por las elecciones que ganó por tal motivo. En Irak, la grave situación de los kurdos fue ampliamente televisada después de la guerra del Golfo, lo cual movilizó a la opinión pública a favor de la creación de un protectorado angloestadounidense, sin necesidad de una autorización de las Naciones Unidas. Pero hoy, por mucho que Washington o Londres declamen las atrocidades de Sadam Husein, por no hablar de sus armas de destrucción masiva, son invisibles a todos los efectos prácticos para el espectador europeo. Las sesiones de diapositivas de Powell en el Consejo de Seguridad no tienen parangón con las imágenes de Bernard-Henri Lévy o de Michael Ignatieff vibrando ante el micrófono. A falta de imágenes, la liberación de Bagdad deja fría la imaginación de los europeos.

En tercer lugar, quizás la razón más importante sea el miedo. Los bombardeos aéreos pudieron llevarse a cabo sobre Yugoslavia en 1996 y de manera continua sobre Irak a partir de 1991 sin ningún riesgo de represalias. ¿Qué podían hacer Milosevic o Sadam? Eran blancos fáciles. El atentado del 11 de septiembre alteró este sentimiento de seguridad. Fue de verdad un espectáculo inolvidable, diseñado para hipnotizar a Occidente. El objetivo de los ataques eran los Estados Unidos, no Europa. Si bien los estados europeos, con Gran Bretaña y Francia a la cabeza, participaron en la respuesta contra Afganistán, para sus poblaciones la guerra se desarrolló en un escenario remoto, y el telón se bajó con rapidez. La perspectiva de una invasión y de una ocupación de Irak, mucho más grande y más cercana, en el corazón de Oriente Próximo, donde la opinión pública europea observa con inquietud -pero sin hacer nada al respecto- que algo va mal en la tierra de Israel, es otra cosa. El espectro de la venganza por parte de grupos como Al Qaeda o similares en una nueva versión de la Guerra de los Balcanes ha enfriado a muchos ardientes partidarios del nuevo 'humanismo militar' de finales de los años noventa. Los serbios eran una bagatela: menos de ocho millones. Los árabes son doscientos ochenta millones y están más cerca de Europa que de los Estados Unidos, e incluso muchos de ellos en su interior. Ante la expedición a Bagdad, incluso los militantes leales del New Labour se preguntan ahora: ¿estáis seguros de que esta vez nos vamos a librar?

Los grandes movimientos de masas no se deben juzgar con rígidas normas lógicas. Sean cuales sean sus motivos, las multitudes que han protestado contra una guerra en Irak son un latigazo contra los gobiernos que la promueven. En cualquier caso, había allí elementos demasiado jóvenes como para haberse comprometido a causa de los precedentes. Pero si el movimiento desea permanecer deberá desarrollarse más allá de las limitaciones del club de fans, de la política del espectáculo, de la ética del miedo. Porque la guerra, si tiene lugar, no se parecerá a Vietnam. Será corta y aguda y no hay ninguna garantía de que la justicia poética llegará después. Una simple oposición prudencial a la guerra no sobrevivirá al triunfo, y tampoco lo hará lo que se escriba a mano sobre su legalidad en una hoja de parra de las Naciones Unidas. Los diversos jueces y abogados que ahora ponen reparos a la campaña que se avecina harán las paces con sus comandantes bastante pronto, una vez que los ejércitos aliados se instalen en el Tigris y Kofi Annan pronuncie uno o dos discursos para hacer las paces, redactados por los 'negros' del Financial Times , sobre la distensión de la posguerra. La resistencia, si desea perdurar, deberá encontrar otros principios en qué basarse. Y puesto que los debates actuales invocan interminablemente a la 'comunidad internacional' y a las Naciones Unidas, como si fuesen un bálsamo contra la Administración Bush, deberán asimismo comenzar por ahí. He aquí algunas proposiciones telegráficas que podrían servir de alternativas:
1. No existe ninguna comunidad internacional. El término es un eufemismo de la hegemonía estadounidense. Se debe a la Administración el que algunos de sus funcionarios lo hayan abandonado.

2. Las Naciones Unidas no son un lugar de autoridad imparcial. Su estructura, dado el poder abrumador de las cinco naciones vencedoras de una guerra que tuvo lugar hace cincuenta años, es políticamente indefendible: comparable históricamente a la Santa Alianza de principios del siglo XIX, que también proclamó su misión de preservar la 'paz internacional 'en beneficio de la humanidad'. Mientras que estos poderes estuvieron divididos por la guerra fría, se neutralizaron unos a otros en el Consejo de Seguridad y la organización fue inofensiva. Pero ahora que la guerra fría se ha terminado, las Naciones Unidas se han convertido esencialmente en una pantalla para la voluntad estadounidense. Supuestamente dedicada a la causa de la paz internacional, la organización ha emprendido dos guerras importantes desde 1945 y no ha impedido ninguna. Sus resoluciones son sobre todo ejercicios de manipulación ideológica. Algunos de sus afiliados secundarios -la UNESCO, la Unctad y otros similares- hacen un buen trabajo y la Asamblea general es poco dañina. Pero no hay ninguna posibilidad de reformar el Consejo de Seguridad. El mundo estaría mucho mejor -sería un conjunto más honorable de estados iguales- sin su presencia.

3. El oligopolio nuclear de los cinco poderes vencedores de 1945 es igualmente indefendible. El Tratado de no proliferación nuclear es una burla de cualquier principio de igualdad o de justicia, pues quienes poseen las armas de destrucción masiva insisten en que todos, excepto ellos, se deshagan de ellas en beneficio de la humanidad. En el caso de que algunos estados reclamaran tales armas, serían los pequeños, no los grandes, ya que éstas compensarían el poder y la arrogancia de estos últimos. En la práctica, como era de esperar, estas armas están muy difundidas, y puesto que los grandes poderes se niegan a desechar las suyas, no hay ninguna razón para oponerse a que otros las posean. Kenneth Waltz, decano estadounidense de la teoría de las relaciones internacionales y una fuente impecablemente respetable, publicó hace mucho tiempo un tranquilo y detallado ensayo, que nunca ha sido refutado y que se titulaba 'The Spread of Nuclear Weapons: More May Be Better' [La proliferación de las armas nucleares: más puede ser mejor]. Es una lectura recomendable. La idea de que no se debe permitir que Irak o Corea del Norte posean tales armas, mientras que se puede perdonar que Israel o la Sudáfrica blanca sí las tengan, no tiene base lógica alguna.

4. Las anexiones de territorios -denominadas conquistas en un lenguaje más tradicional-, cuyo castigo es la justificación nominal del bloqueo impuesto por las Naciones Unidas a Irak, nunca atrajeron las iras de las Naciones Unidas cuando los conquistadores eran aliados de los Estados Unidos, sino únicamente cuando eran sus adversarios. Las fronteras de Israel, a pesar de las resoluciones de las Naciones Unidas de 1947, por no hablar de 1967, son el producto de conquistas. Turquía se apoderó de dos quintas partes de Chipre, Indonesia de Timor oriental y Marruecos del Sahara Occidental, sin que nadie temblara en el Consejo de Seguridad. Los detalles legales importan sólo cuando los intereses de los enemigos están en juego. En lo que respecta a Irak, las agresiones excepcionales del régimen baath son un mito, tal como John Mearsheimer y Stephen Walt -a quienes difícilmente se los puede tachar de radicales incendiarios- han demostrado recientemente con detalle en su reciente ensayo publicado en Foreign Policy.

5. El terrorismo, tal como lo practica Al Qaeda, no es una amenaza seria para el statu quo en ninguna parte. El éxito espectacular del ataque del 11 de septiembre se basó en la sorpresa -incluso la del cuarto avión- y es imposible de repetir. Si Al Qaeda hubiera sido una organización fuerte, habría descargado sus golpes en los estados clientes de Estados Unidos en Oriente Próximo, donde el derrocamiento de un régimen significaría una diferencia política, más que en los Estados Unidos, donde sólo hizo el efecto de un pinchazo. Tal como han señalado Olivier Roy y Gilles Keppel, las dos mejores autoridades en el campo de islamismo contemporáneo, Al Qaeda es el remanente aislado de un movimiento de masas del fundamentalismo musulmán, cuya utilización del terror es el síntoma de su debilidad y de su derrota, el equivalente islámico de la Facción del Ejército Rojo o de las Brigadas Rojas que surgieron en Alemania y Italia una vez que los grandes levantamientos de estudiante de finales de los años sesenta se hubieran desvanecido, y que fueron fácilmente reprimidos por el estado. La total incapacidad de Al Qaeda para organizar un solo atentado mientras que sus bases estaban siendo destruidas y sus mandos aniquilados en Afganistán, habla mucho sobre su debilidad. De formas diferentes, la evocación del espectro de una conspiración enorme y mortal, capaz de golpear en cualquier momento, le hace el juego tanto a la Administración como a la oposición del Partido Demócrata, pero es un invento que tiene poco que ver de una u otra manera con Irak, que ni tiene hoy conexiones con Al Qaeda ni probablemente podrá hacer que la organización reviva si cae mañana.

6. Las tiranías o el abuso de los derechos humanos, que ahora se utilizan para justificar intervenciones militares -pasando por encima de la soberanía nacional en nombre de valores humanitarios- son otra cosa que las Naciones Unidas también utilizan con criterios no menos selectivos. El régimen iraquí es una dictadura brutal, pero hasta que atacó a uno de los peones estadounidenses en el Golfo había sido armado y financiado por Occidente. Su historial es menos sangriento que el del régimen indonesio, que durante tres décadas fue el pilar principal de Occidente en el sudeste asiático. La tortura era legal en Israel hasta ayer, abiertamente aceptada por el Tribunal Supremo. A diferencia de Irak, Turquía, reciente candidata a la entrada en la Unión Europea, ni siquiera tolera la lengua de sus kurdos y, en calidad de buen miembro de la OTAN, tortura y encarcela sin obstáculo alguno. En cuanto a la 'justicia internacional', la farsa del Tribunal de La Haya sobre Yugoslavia, puesto que la OTAN es juez y parte, se amplificará con el Tribunal Penal Internacional, en el que el Consejo de Seguridad puede prohibir o suspender cualquier acción que no le guste (es decir, que irrite a sus miembros permanentes). Además, se invita a compañías privadas o millonarias -Walmart o Dow Chemicals, Hinduja o Fayed, pongamos por caso- a financiar investigaciones (Artículos 16 y 116). Sadam, en caso de que lo capturen, seguramente será juzgado por este augusto tribunal. ¿Alguien se imagina que Sharon o Putin o Mubarak alguna vez lo serán?
¿Cuáles son las conclusiones? Simplemente éstas: maullar sobre la locura de Blair o la crudeza de Bush sólo sirve para salvar los muebles. Los argumentos contra la guerra inminente serían más creíbles si se centrasen en la estructura anterior al tratamiento especial que las Naciones Unidas le otorgaban a Irak, en vez de ocuparse de la cuestión secundaria de si hay que seguir estrangulando despacio el país o bien sacarlo rápidamente de su miseria.

¿Qué es lo que motiva a Perry?
James Petras
profesor en la Universidad de Binghamton

Perry Anderson ha escrito una polémica crítica de los argumentos de los sectores liberales del movimiento pacifista. Su crítica del apoyo a las Naciones Unidas y en particular al Consejo de Seguridad y al Tratado de no proliferación nuclear está bien argumentada, si bien peca de unilateral. Aparte de sus perspicaces reproches al campo pacifista liberal, el resto de su polémica adolece de profundos y penetrantes fallos teóricos, de conceptualización y de realidad. En primer lugar, Anderson hace caso omiso de la compleja y plural coalición que vincula a antiimperialistas radicales con pacifistas y con liberales religiosos y seglares.

La discusión que hace Anderson de los preparativos estadounidenses para la guerra carece de cualquier alusión a un marco teórico digno de este nombre. Su vaga y escueta mención de la 'hegemonía' estadounidense no funciona. Su reticencia a la hora de discutir (o incluso de mencionar) el imperialismo estadounidense y las especificidades de su elite gobernante excluye cualquier comprensión del contexto, de la radicalización y del crecimiento del movimiento pacifista y, en particular, de su poderosa vertiente antiimperialista. Anderson se limita al debate entre conservadores y liberales, que son tanto probélicos como pacifistas y, a continuación, inserta el movimiento pacifista de masas dentro de estos estrechos límites.

La idea que tiene Anderson del movimiento pacifista está distorsionada por la lectura del London Times o del Los Angeles Times o por los chismorreos de Beverly Hills. El movimiento pacifista es una superación de los sectores radicales del movimiento antiglobalizador, para ser más precisos de su ala anticapitalista. En segundo lugar, un sector mayoritario del movimiento pacifista (sobre todo fuera de la órbita angloestadounidense) se opone a la guerra con independencia de cualquier decisión de las Naciones Unidas, lo cual demuestra su posición crítica con respecto al comportamiento pasado y presente de las Naciones Unidas. En tercer lugar, en muchos países, incluidos Inglaterra, Turquía, Italia y Francia, los trabajadores han iniciado acciones directas -huelgas- o han amenazado con otras acciones para oponerse a la naturaleza imperialista de la guerra. En el norte de Italia los sindicalistas y los activistas pacifistas han bloqueado vías férreas que se utilizan para transportar convoyes cargados de armas. El 14 de marzo, millones de trabajadores españoles organizaron una huelga general contra los preparativos de la guerra.

La flácida discusión de Anderson sobre los motivos que mueven al creciente movimiento pacifista es una caricatura del movimiento, más cercana a Paul Wolfowitz que a las explicaciones dadas por los propios participantes. Según Anderson, la oposición se basa en la hostilidad cultural hacia los republicanos, en los defectos de la campaña de propaganda ('espectáculo') de los medios de comunicación adictos a Bush y en el 'miedo'. Las principales consignas que se gritan en las manifestaciones de todo el mundo son 'No cambiemos sangre por petróleo', 'Petróleo = Guerra' y otras muchas variantes del mismo tema, que reflejan la oposición a la guerra que promueve Washington para quedarse con el petróleo de Irak. Estos eslóganes reflejan un razonamiento coherente, lógico y exacto, que vincula una guerra imperial con la búsqueda del control de una materia prima estratégica. Anderson subestima la repugnancia popular hacia el asesinato en masa, así como la convicción que tienen los movimientos pacifistas de que millones de iraquíes serán asesinados, heridos o desplazados. La opinión popular de las masas ha sido capaz de ver a través de la campaña de propaganda sin precedentes, masiva y homogénea de Bush, Blair, Aznar, Berlusconi y otros. En vez de reconocer una nueva conciencia crítica pública, Anderson le reprocha a Bush el que no haya emprendido una campaña de propaganda mas agresiva y eficaz. Al parecer, Anderson olvida que sólo pueden proyectar sus imágenes de propaganda durante 24 horas por día.

La cuestión del miedo a la venganza es un factor que influye en el auge del movimiento pacifista, pero esta inquietud psicológica está ligada tanto a los sentimientos pacifistas como a los favorables a la guerra. Las razones que encaminan la condición psicológica hacia una dirección particular -a oponerse a los Estados Unidos como agresor- son factores políticos, sociales y económicos, el reconocimiento de que Washington ha falsificado los datos que justifican la guerra, de que no hay ninguna prueba de que existan amenazas creíbles provenientes de Irak y la sensación de que los Estados Unidos son la auténtica amenaza terrorista. Ésta es la cuestión en la mayor parte de los países, en particular fuera del mundo anglosajón. En Corea del Sur, según encuestas recientes, la mayor parte de la población, tres de cada cuatro coreanos, considera que los Estados Unidos son una amenaza mayor que Corea del Norte.

En lo que seguramente será considerado como el argumento logicodeductivo más absurdo sobre el movimiento pacifista, Anderson aduce que 'en cuestiones de principios, la posición de la Administración Bush contra sus críticos es inatacable'. Conforme uno lee con detenimiento el resumen que hace Anderson de las asunciones en que se basan tales 'principios', advierte que no logra explicar en detalle el principio bushiano de la guerra permanente sobre la base de una conspiración planetaria internacional mundial hoy vigente en 60 países, la doctrina de las guerras preventivas, las múltiples guerras en Oriente Próximo y la ilógica posición de apoyar los principios de las Naciones Unidas y de anularlos en la práctica. Si no fuera por lo mucho que está en juego, resultaría divertido leer la enérgica presentación que hace Anderson de la guerra 'de principios' de la Administración Bush y su disparatado resumen de la ilógica e incoherente discusión de la posición pacifista liberal. En sus esfuerzos por desacreditar los argumentos liberales pacifistas, sin querer -o bien deliberadamente- intenta abrir una brecha entre la coalición plural que se opone la guerra. Para lograrlo, su principal arma consiste en un ataque general contra las Naciones Unidas, el Consejo de Seguridad y la 'comunidad internacional' como simples instrumentos de la 'hegemonía' estadounidense. Las generalidades de Anderson contienen verdades a medias, carecen de cualquier sentido táctico político y de estrategia y están desprovistas de cualquier idea sobre cómo sobrepasar el movimiento pacifista más allá de algunas declaraciones poco pertinentes.

El punto de partida es la incapacidad de Anderson para entender el comportamiento político de las Naciones Unidas durante el medio siglo que acaba de transcurrir. Mientras que los Estados Unidos dominaron las Naciones Unidas durante los años cincuenta y sesenta, en los setenta se cambiaron las tornas y los Estados Unidos quedaron en minoría frente a las exigencias de un Nuevo Orden Internacional. Los Estados Unidos tuvieron que recurrir a su veto para bloquear resoluciones que afectaban al socio especial de Washington, Israel. Durante los años noventa, la influencia de los Estados Unidos en las Naciones Unidas alcanzó su punto máximo, que ha declinado conforme se acercaba la segunda Guerra del Golfo. No cabe duda de que los Estados Unidos son un poderoso país imperialista con vocación para la conquista (no para la hegemonía), pero Anderson hace caso omiso de que, hoy, Washington encuentra oposición en su camino y amenaza con actuar con independencia de las Naciones Unidas. ¿Cuál es la fuente de este conflicto, rivalidades interimperialistas, elites gobernantes diferentes? Nunca llegamos a averiguarlo, porque Anderson, con su lógica sublime, ignora totalmente estas cuestiones y, lo que es peor, no llega a ver que los conflictos interelititistas son una condición importante para el avance antiimperialista en ciertas circunstancias. Los treinta millones de activistas pacifistas incluyen a gente que todavía cree en las Naciones Unidas, que confían en Chirac y en una resolución de las Naciones Unidas. ¿Acaso debería la izquierda romper con ellos y debilitar el movimiento o bien debería trabajar junto a ellos, presentar sus propios argumentos antiimperialistas y profundizar el conocimiento popular de las causas sistémicas de la guerra?

Está claro que los revolucionarios y los antiimperialistas reformistas han escogido correctamente el segundo camino, y con mucho éxito, tanto desde el punto de vista cualitativo como cuantitativo. El movimiento pacifista se está radicalizando, crece por millones conforme se acerca la guerra y ha llevado a los aliados burgueses e imperiales hacia una oposición temporal. Incluso si las Naciones Unidas estuviesen totalmente dominadas, tal como afirma Anderson, han servido de foro para plantear cuestiones fundamentales y para obligar a los Estados Unidos a exhibir su lado más oscuro: el chantaje político, las amenazas violentas, la corrupción económica y el crudo espionaje de representantes de las Naciones Unidas, lo cual no sólo ha afectado desfavorablemente la imagen de los Estados Unidos, sino que también ha sacado a la luz los límites de las Naciones Unidas y del Consejo de Seguridad. Las apelaciones a las Naciones Unidas son demandas de transición, que unen la actual conciencia moderada antibelicista con una perspectiva antiimperialista más radical, siempre que la izquierda no renuncie a su posición de principios. La alternativa de Anderson al movimiento pacifista antiimperialista consiste en abolir el Consejo de Seguridad y en estudiar las pasadas relaciones de las Naciones Unidas con Irak, lo cual es algo que carece de importancia frente a un movimiento pacifista de masas correctamente centrado en el papel del régimen imperial de Washington y en sus actuales proyecciones militares en Oriente Próximo, un movimiento que pretende profundizar y explotar las 'ilógicas' y 'contradictorias' posiciones adoptadas por las clases rivales dominantes y sembrar la conciencia antiimperialista entre los mil millones de oponentes a la guerra.
 
 
La guerra tendrá lugar
Daniel Bensaid*
 
No es difícil imaginar el informe que los cerebros fértiles de la Casa Blanca o del Pentágono podrían haber presentado ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas después de las inmensas manifestaciones del 15 de febrero, para revelar las pruebas de un complot internacional : «Más de diez millones de miembros de una red terrorista –cuyos lazos con Al-Kaeda son casi indudables- han salido súbitamente y simultáneamente de las sombras en numerosas capitales vociferando eslogans hostiles al eje del Bien. Esos terroristas se han desvanecido tan rápidamente como aparecieron, fundiéndose hábilmente en una pretendida «opinión pública». La más mínima medida de seguridad exige ubicar dicha opinión bajo alta vigilancia, etc.».
 
El 15 de febrero constituye, en efecto, una gran primicia mundial : la de la globalización de las resistencias a la privatización del mundo y a la guerra imperial. Los medios de comunicación redondearon la cifra en diez millones de manifestantes en Melbourne, Berlín, New York, Londres, París, Bruselas, Río, Tokio, Roma. Sin embargo, están lejos de la cuenta. Más allá de los inmensos cortejos de Madrid y Barcelona, más de cuatro millones de personas desfilaron en el territorio español.
 
Sólo un ciego muy hexagonal puede ignorar el aumento en potencia de este mar de fondo: 300.000 manifestantes en Londres desde noviembre del 2002, centenas de miles en enero en Washington y en San Francisco, un millón en Florencia para el Foro social europeo. Respondiendo al llamado del movimiento anti-guerra norteamericano, es este Foro el que lanzó la idea de una jornada mundial contra la guerra el 15 de febrero.
 
Antes del comienzo del pasaje a la guerra misma, la administración estadounidense se enfrenta a una movilización que sobrepasa de lejos el movimiento contra la guerra de Vietnam en sus inicios. Debe enfrentarse a una opinión masivamente hostil. La Santa Alianza «antiterrorista» se fisura y la autoridad imperial se divide. La jornada de pruebas prometida por George Bush y Tony Blair para el 14 de febrero, se convirtió en el día de la comedia de engaños con la presentación por parte de Colin Powell de un malísimo plagio universitario.
 
La obstinación en ir a la guerra de los cruzados del Occidente en estas condiciones es la apuesta a un juego de póquer planetario muy riesgoso. Si ese riesgo es, no obstante, aceptado, es porque lo que está en juego está a la altura de la apuesta.
 
El problema del petróleo está claramente establecido. Se trata del control de las reservas y las rutas, del cual depende para los decenios que vienen el aprovisionamiento energético del mundo en general y de los Estados Unidos en particular. Lo que está en juego a nivel geopolítico es también serio. La instalación en Bagdad de un régimen dócil al imperio de todas las virtudes modificaría el mapa de la región, establecería una ubicación fuerte en la plataforma de Asia Central y de Medio Oriente, crearía una línea de contención frente a una eventual expansión china.
 
La apuesta económica es igualmente importante. El relanzamiento del presupuesto armamentístico es una forma clásica de sostener una economía anémica: permite al Estado invertir en un tipo de producción (armas y municiones), en la que el consumo destructivo no necesita del «consumo interno» y del aumento del poder de compra; es, entonces, perfectamente compatible con las políticas de austeridad salarial y de desempleo masivo. Ahora bien, los Estados Unidos son de ahora en más un coloso militar que descansa sobre pies de barro. Se espera que el endeudamiento público y privado llegue a niveles récord, el año pasado vio más quiebras que durante los veinte años precedentes, y la caída fracasada de la casa Enrón simboliza la debacle de la nueva economía especulativa.
 
Medidas de relanzamiento ordinarias no serán suficientes para salir del marasmo. Las condiciones para la apertura de un nuevo período de acumulación de capital a escala mundial son de otra amplitud. Implican una modificación radical de la relación de fuerzas, una nueva repartición de territorios, nuevas relaciones entre las clases fundamentales, nuevos dispositivos institucionales y jurídicos. Tal conmoción no se opera amigablemente, sobre las alfombras verdes de las cancillerías, sino por el hierro y el fuego de los campos de batalla. En la época de la mundialización mercantil, la guerra sin fronteras se transforma así en guerra global, ilimitada en el tiempo y en el espacio, como lo anunciaba G. Bush en su discurso del 20 de septiembre del 2001. Las tensiones aparecidas entre Dolarlandia y Eurolandia se inscriben en esta lógica. Europa hoy no es más que un gran mercado y una moneda, un espacio gelatinoso sin consistencia política ; pero el euro puede transformarse un día en candidato al relevo del dólar, como el relevo del dólar por la libra marcó entre las dos guerras el desplazamiento al otro lado del Atlántico del liderazgo capitalista. Para los dirigentes, la hora de elegir, entre una Europa atlántica rodeada por la OTAN y una «Europa potencia», tanto rival como aliada de los Estados Unidos, se precisa. Poniendo a los europeos entre la espada y la pared –«El que no está con nosotros está en contra nuestro»- los halcones de la Casa Blanca toman la delantera.
 
La rompiente del 15 de febrero no alcanzará probablemente a detener la guerra. Pero maximiza desde ya el costo político para los dueños del mundo. En la hipótesis de un pasaje inminente al acto militar, un desenlace rápido continua siendo probable (ya que el régimen de Saddam es impopular y está carcomido). La instauración de un orden imperial durable en la región es mucho más problemático. El imperio victorioso estará pronto amenazado por el fardo de sus propias conquistas y empujado a recargar estos costos sobre sus vasallos. Ya en obra desde hace decenios, la transferencia planetaria de plusvalía en detrimento de los más frágiles (por el círculo vicioso de la deuda notoriamente) se amplificará con su cortejo creciente de desigualdades e injusticia. La descomposición política y social del continente latinoamericano prefigura esas convulsiones previsibles.
 
En este nuevo desorden mundial, como lo ilustra la situación argentina a la víspera de las elecciones, los dominadores pueden todavía beneficiarse de la gran distancia entre el ascenso de las resistencias sociales y de los movimientos anti guerra, y las ruinas de las fuerzas políticas de izquierda, devastadas por veinte años de contra-reforma liberal, desorientadas por la destrucción metódica de los pactos keynesianos (en Europa) y populistas (en América latina y en ciertos países árabes) sobre los cuales reposaba la relativa estabilidad del largo período de expansión.
 
Pero la guerra es un potente factor de politización. Pone al desnudo la lógica de un sistema en el que el militarismo imperialista es el corolario obligado de la mundialización mercantil. Así después de las manifestaciones inaugurales de Seattle en 1999 contra la Organización Mundial del Comercio, una generación, que no ha conocido ni la guerra fría ni la Unión Soviética, hace su entrada tumultuosamente en política. Es esta juventud rebelde la que engrosa las manifestaciones contra la guerra. Sus próximas citas ya están fijadas, en marzo contra la guerra anunciada, en junio en Francia contra la cumbre del G8, en septiembre contra la cumbre de la OMC en Cancún. La hora sigue siendo de las resistencias.
 
Pero la multiplicación, en menos de tres años, de los Forum Sociales (Porto Alegre, Florencia, Buenos Aires, Hyderabad, Ramalá!), prepara la hora de las alternativas. Así como la mundialización victoriana creó en el siglo XIX las condiciones de la Primera Internacional, el nuevo militarismo imperial nutre un nuevo internacionalismo de masas que lo sigue como la sombra al cuerpo. El espíritu de Davos y el de Porto Alegre representan dos concepciones del mundo, dos concepciones contradictorias de la humanidad y de su porvenir. Entre las dos no hay, en última instancia, ni «tercera vía» ni coexistencia pacífica posible.
 
Es por eso que la doctrina de la «guerra preventiva», oficializada por el Pentágono, es también una doctrina de la contra-revolución preventiva, de desarrollo del Estado penal y militar en detrimento del estado social, de la criminalización de las resistencias sociales.
 
Tarde o temprano, la guerra de Troya –en Babilonia o en otra parte- tendrá lugar. Comenzó desde la caída del muro de Berlín, con la primer guerra del Golfo. Se continua en América Central y Latina, con los planes Colombia y Puebla. Causa estragos en los territorios ocupados de Palestina.
 
El 15 de febrero constituye el acta de nacimiento de un movimiento antiguerra mundial. Es sólo el comienzo de una muy larga marcha.
 
*Filósofo marxista, militante del Mayo 68, miembro de la Liga Comunista Revolucionaria (sección francesa de la IV Internacional). Artículo publicado en el diario Le Figaro 17-3-03.
 
El Debut del Nuevo Imperialismo
Claudio Katz[1]
 
 
 
La inminente guerra en Irak marca el debut del imperialismo del siglo XXI, porque actualiza tres rasgos clásicos de este mecanismo de dominación: opresión militar, sometimiento político y sustracción de recursos económicos de un país periférico.
 
EL GENOCIDIO BÉLICO.
 
Los jefes del Pentágono no disimulan la masacre que perpetrarán sus tropas. Han publicitado que durante los primeros días de ataque lanzarán más proyectiles que durante toda la expedición anterior del Golfo. Intentarán una “campaña corta” aterrorizando a la población civil, que ha sufrido medio millón de muertos como consecuencia del bloqueo de la última década. La televisión exhibe impúdicamente como se preparan los mísiles de última generación, las armas electromagnéticas y las bombas químicas para ensangrentar al pueblo iraquí.
 
Los pretextos esgrimidos para consumar el genocidio son insostenibles. Irak no es un peligro, sino un país arruinado. Carece de las armas nucleares que posee Israel y el arsenal biológico, que en los 80 el Pentágono le suministró a Hussein para atacar a Irán y a los kurdos, ha sido desactivado por los inspectores de la ONU. Las vinculaciones de Sadam con Bin Laden son irrelevantes en comparación a la complicidad de Al Qaeda con los jeques pro-norteamericanos de Arabia Saudita.
 
Irak enfrenta la insólita situación de aguardar una invasión inminente presentando pruebas de su desarme. Se le exige demostrar que no dispone de armas, como si fuera posible probar la carencia de algo. Mientras el Pentágono ultima los detalles del ataque, los inspectores de la ONU desguarnecen a la víctima de cualquier protección militar. Esta presión diplomática es un complemento y no un contrapeso de la agresión, porque apunta a viabilizar la rendición del país. Para cumplir esta función las Naciones Unidas aplican un estándar doble de resoluciones: las que Israel puede violar y las que Irak debe cumplir.
 
Estados Unidos ha fabricado artificialmente una crisis para rediseñar el mapa de Oriente. Luego de instalar 13 nuevas bases militares en Asia Central, el Pentágono busca ocupar Irak para remodelar los protectorados petroleros de la región y para brindar, además, cobertura al opresor sionista con chantajes sobre Siria e Irak. La guerra es una demostración de fuerza frente al mundo árabe, que dejará muy atrás los asaltos de Panamá, Somalia o Kosovo. La destrucción de la capacidad tecnológica y la autonomía económica de un país como Irak ilustra los rasgos coloniales que presenta el imperialismo del siglo XXI.
 
La guerra constituye un componente indispensable del metabolismo imperialista. No es tan solo una “cortina de humo” para distraer a la población de las dificultades económicas, ni un recurso electoral para ganar votos con discursos patrióticos. La historia del capitalismo está signada por una compulsión periódica hacia el exterminio de grandes poblaciones. En algún punto de la acumulación, la competencia por el beneficio requiere desenlaces extraeconómicos. Luego de haber liderado en la última década. La mundialización, la revolución informática, las transformaciones financieras y la expansión geográfica del capital, Estados Unidos necesita exhibir una secuencia de conquistas para reafirmar su hegemonía.
 
Por eso el componente irracional de la guerra que tantos críticos subrayaron no debe ocultar la lógica infernal de la masacre. Los “halcones se han lanzado a una locura histórica”[2] porque la expansión de los mercados exige depredaciones sanguinarias. La irracionalidad del genocidio se sustenta en la racionalidad de la acumulación. Y si Bush encabeza el clan de funcionarios más reaccionarios y arrogantes de las últimas administraciones es porque este personal resulta apto para inaugurar un nuevo período del imperialismo.
 
LA “GUERRA INFINITA”.
 
A diferencia de lo ocurrido durante la guerra del Golfo, las justificaciones de la masacre no logran un mínimo de adhesiones. Por eso, algunos voceros de la embajada norteamericana intentan descabelladamente demostrar que “Sadam constituye una amenaza para el mundo”[3], cuándo es evidente que el mayor peligro para la humanidad habita la Casa Blanca. Algunos pensadores sostienen que “el constitucionalismo norteamericano es preferible a la dictadura iraquí”, como si la guerra no fuera un operativo contra la democracia en ambas regiones[4]. En Iraq es obvio que el ocupante sustituirá al tirano en desgracia por un cipayo afín, como lo demuestra la red de monarcas, narcotraficantes y bandidos pro-norteamericanos que gobiernan la región.
 
Pero  la guerra también amenaza los derechos civiles de Estados Unidos, porque un presidente mesiánico pretende disimular su origen fraudulento creando un clima de terror paranoico entre la población, con el auxilio de enemigos instigados o fabulados por el FBI. La escandalosa difusión pública de las torturas aplicadas a los prisioneros de Guantánamo es tan solo una muestra del avance del estado policial luego del 11 de septiembre.
 
La guerra constituye el recurso clásico de disciplinamiento de la población norteamericana, que es aturdida por discursos chauvinistas destinados a realzar las virtudes de la autosuficiencia y la fuerza bruta frente a la cobardía y la vacilación europeas. Estos mensajes incluyen la denigración de la inteligencia y el desprecio por cualquier legislación que contravenga la supremacía del gendarme.
 
Pero como en el mundo predomina un generalizado descreimiento hacia la “misión civilizadora” de Estados Unidos, el cinismo se ha convertido en la justificación más corriente de la guerra. Esta actitud prevalece por ejemplo entre quiénes denuncian la complicidad de los gobiernos europeos con el empobrecimiento de Irak para avalar resignadamente la agresión norteamericana.
 
La invasión inaugurará la vigencia de la nueva doctrina de “guerra preventiva” que legitima el derecho de Estados Unidos a agredir cualquier país, esgrimiendo simples presunciones. La política de “guerra infinita” desconoce tratados internacionales y pone en marcha operaciones bélicas que no guardan ninguna proporción entre los medios y los fines. Por eso Bush está actuando como un criminal de guerra y la definición de terrorista le calza mucho más que a su ex socio Saddam.
 
LA ECONOMÍA DE LA MUERTE.
 
Los hombres del Pentágono no disimulan el objetivo norteamericano de apropiarse del petróleo iraquí. Cómo la principal potencia solo detenta el 2% de las reservas mundiales de crudo y consume un cuarto de la producción total, ocupar un país que posee el 12% de las recursos detectados se ha vuelto una prioridad. Explotando los yacimientos conocidos, los conquistadores esperan duplicar inmediatamente los niveles actuales de extracción petrolera de Irak.
 
Estados Unidos busca asegurarse la provisión regular de combustible para adecuar su precio a los requerimientos del ciclo norteamericano (subir la oferta en la recesión y bajarla en la expansión), neutralizando de esta forma la incidencia sobre el precio del barril que actualmente tienen los grandes productores de la OPEP.
 
Obviamente también el complejo industrial militar está directamente interesado en la guerra. Sus corporaciones ya no dependen solo de la demanda gubernamental, sino también de la propia concurrencia del mercado. La compulsión competitiva se ha intensificado provocando el desgaste más acelerado del armamento y obligando a utilizarlo con mayor frecuencia. Irak es un blanco ideal, porque según ciertas estimaciones por cada dólar invertido en la extracción de petróleo en el Golfo se requieren 5 dólares adicionales de coberturas militares. Por eso, la fiebre armamentista se ha reactivado tan furiosamente en los últimos meses elevando el presupuesto bélico en 11% por encima del promedio de la guerra fría.
 
Masacrar a la población de Irak se perfila como un floreciente negocio también para las compañías que participarán en la reconstrucción. El Pentágono planifica ambas tareas conjuntamente, siguiendo la norma capitalista de maximizar el beneficio sobre los cadáveres y las ciudades demolidas. Pero lo que parece un resultado previsible en Irak es una apuesta incierta dentro de Estados Unidos, porque nadie sabe cual será el efecto de la masacre sobre la economía norteamericana. En Wall Street se pronostica que “un conflicto corto tendrá efectos positivos”, mientras que una batalla prolongada descontrolaría el precio del crudo. Más peligroso aún es el desequilibrio fiscal, porque Bush acrecienta el gasto bélico al mismo tiempo que recorta impuestos. Si el gasto militar tendrá el efecto reanimante de Corea o el impacto inflacionario de Vietnam es un misterio que se develará en el próximo período.
 
Aunque Bush promueve la guerra para contrarrestar la recesión actual, su apuesta no es coyuntural. Un clima bélico resulta indispensable para intentar resucitar el crecimiento de los 90 con incentivos impositivos a los grupos enriquecidos y estímulos a la inversión empresaria basados en atropellos sociales. Una demostración de gran poder de fuego es la forma de inducir un precio del dólar que preserve el ingreso de capitales a Estados Unidos y permita al mismo tiempo un relanzamiento de las exportaciones.
 
IMPERIO, SUPERIMPERIALISMO E INTERIMPERIALISMO.
 
La guerra que comanda Estados Unidos es imperialista y no imperial en el sentido que Negri le asigna a este término, ya que no enfrenta a fuerzas pertenecientes a un mismo capital transnacional. Los marines actúan al servicio de Texaco y Exxon y no en favor de un “capital global” indiscriminado y desterritorializado. Su acción confirma que las fronteras y las naciones no se han disuelto y que los grupos capitalistas continúan rivalizando bajo la protección de sus estados.
 
Pero el imperialismo contemporáneo difiere sustancialmente de su clásico antecesor. El incendio de Irak no es la antesala de un choque entre potencias por el reparto del mundo. Aunque la guerra está precipitando una crisis sin precedentes en la OTAN, ni Francia, ni Alemania están embarcadas en la formación del tipo de alianzas que en el pasado culminaron en dos guerras mundiales.
 
En comparación a ese generalizado enfrentamiento, el choque actual es extremadamente limitado. La “vieja Europa” participó en la expedición anterior del Golfo y coincide con el proyecto imperialista de someter a Irak, pero Francia tiene negocios petroleros con Hussein que serían gravemente dañados por un gobierno de ocupación norteamericano. Mientras que las corporaciones Mobil y Texaco están esperando en Kuwait el ingreso de los marines para asaltar el crudo, la compañía francesa Total Elf mantiene contratos con empresas iraquíes desde hace una década. En una situación semejante se encuentra la empresa rusa Lukoil y otras europeas afincadas en Irán.
 
Estos conflictos interimperialistas desbordan ampliamente el escenario iraquí, ya que un éxito militar norteamericano debilitaría la presencia de Francia en África y Alemania en Europa Oriental. También presionaría a las clases capitalistas en formación de Rusia o China a inclinarse en favor del líder estadounidense en desmedro de sus socios europeos. Pero incluso un estallido de la Unión Europea no asemejaría la crisis actual al período que precedió a la segunda guerra, porque ninguna potencia está en condiciones de preparar un desafío militar a los Estados Unidos.
 
Por eso es tan efectista como equivocada la analogía de Bush con Hitler, que muchos críticos del imperialismo contraponen al ridículo parentesco entre Sadam y el Tercer Reich, que difunde la prensa norteamericana. Es cierto que los delirios místicos de Bush recuerdan a Hitler y que el holocausto que puede desencadenar la maquinaria bélica norteamericana supera todo lo conocido. Pero la guerra en curso es imperialista y no interimperialista.
 
La resistencia del eje franco-alemán también demuestra que a pesar de su indisputada hegemonía militar, Estados Unidos no ha logrado alcanzar aún el status supremo de superimperialismo. Sus vasallos se mantienen localizados en la periferia y no se han extendido a Europa Occidental, ni a Japón. Aunque desde la implosión de la URSS ha logrado inclinar en su favor el balance económico de fuerzas, Estados Unidos no detenta el poder ilimitado que describen muchos comentaristas.
 
LA PROTESTA GLOBAL CONTRA LA GUERRA.
 
La impresionante reacción contra el genocidio constituye un acontecimiento imprevisto por los invasores, que algunos medios identifican con el surgimiento de una “opinión pública mundial” y que está en condiciones de frustrar la operación imperialista. Las marchas coordinadas de 10 millones de personas que se realizaron en 2000 ciudades de 98 países inauguraron el 15 de febrero la mayor batalla popular contemporánea contra una guerra imperialista. Las movilizaciones revierten la pasividad predominante durante los 90 frente a las guerras del Golfo y los Balcanes y superan el alcance de la resistencia a los mísiles que conmovió a Europa en 1981-83. A diferencia de Vietnam, el movimiento debuta antes el conflicto y no como resultado de su sangriento desarrollo.
 
La multitudinaria conquista de las calles –que volvió a repetirse  el 15 de marzo- constituye apenas el primer acto de la movilización antimilitarista. Ya se produjeron bloqueos a los trenes que transportan armamento en Italia y a los camiones que transitan por las bases de Alemania. Los estibadores de varios puertos europeos no embarcan municiones y bajo el recordado  lema de “no pasarán”, en algunas localidades ya aparecieron los piquetes que cierran el paso de tropas que marchan al frente. Las acciones para detener buques en alta mar ilustran el coraje de la nueva generación. En Irak se ha instalado además, un “escudo humano” multinacional de valerosos voluntarios contra el bombardeo. La próxima secuencia de acciones contempla la organización de huelgas y el boicot al consumo de productos norteamericanos. Ya no solo Blair está jaqueado por la oleada antimilitarista. También Aznar y Berlusconi pueden quedar pulverizados si continúan participando tan activamente en la cruzada de Bush.
 
La existencia de un foro mundial que promueve y coordina las protestas constituye otro rasgo distintivo del movimiento actual. La protesta contra la globalización capitalista tiende a reorientarse hacia una lucha frontal contra la guerra. Esta evolución es un positivo síntoma de radicalización y no un “desafortunado desvió de las energías de lucha”[5]. Pasar del repudio a los banqueros a la movilización contra la guerra permite desenvolver la incipiente conciencia anticapitalista que existe en el movimiento de protesta global. Transformar el rechazo a la mercantilización del mundo en un cuestionamiento al orden imperialista facilita la comprensión de porqué “otro mundo posible” solo será alcanzado con el socialismo. La lucha en curso también permite clarificar porque los protagonistas de la emancipación no son amorfas multitudes, sino jóvenes, trabajadores, explotados y
oprimidos.
 
AMÉRICA LATINA EN LA MIRA.
 
La creencia que Latinoamérica será ajena a la guerra porque “está lejos” y no figura en la “agenda norteamericana” es una inadmisible ingenuidad. La región ocupa un lugar comparable al Medio Oriente en la estrategia de dominación imperialista, porque ambas zonas nutren de materias primas a la economía estadounidense y son mercados privilegiados de su producción. El resultado de la guerra es vital ya que reforzará o debilitará al gran opresor de América Latina en tres planos.
 
En la órbita militar es evidente que Colombia seguirá a Irak en la lista de países directamente intervenidos por los marines. El presidente Uribe ya ha solicitado abiertamente esta invasión, mientras se generaliza el proceso de rearme de los gobiernos regionales que se han subido al carro norteamericana “ de la lucha contra el terrorismo”.
 
En el plano político el desenlace de Irak definirá cuál es la nueva escala de recolonización estadounidense. El insultante trato que han recibido los diplomáticos de México y Chile en el Consejo de Seguridad (espionaje telefónico, presiones para comprar votos) es apenas un anticipo de la nueva arrogancia imperialista. El Pentágono mantiene en reserva otro intento de golpe contra Chavez mientras se decide el curso de la guerra en Oriente, porque Estados Unidos considera que el petróleo venezolano constituye un recurso propio de  su “patio trasero”.
 
En la esfera económica el resultado de Irak impondrá definiciones sobre el ALCA y la deuda. Una mayor presión comercial para acelerar la apertura importadora de la región sin contrapartida equivalente en el mercado norteamericano será acompañada por mayores exigencias del pago de la hipoteca.
 
Esta agobiante succión de recursos explica en cierta medida porque la oposición a la guerra es tan generalizada y contundente en todos los países latinoamericanos. Hasta los propagandistas más descarados del Departamento de Estado han reconocido la contundencia de este rechazo[6].
 
Esta resistencia frontal es muy visible en la Argentina en los resultados de las encuestas (90% de oposición a la guerra), en la masividad de las marchas y en la radicalidad antiimperialista de las consignas. Este clima es un efecto de la revuelta del 20 de diciembre y del nefasto resultado que tuvo la participación argentina en la guerra del Golfo.
 
Sólo a los voceros locales de la Casa Blanca[7] se le ocurre pregonar un nuevo alineamiento con el invasor, repitiendo que esta sumisión favorecerá el ingreso de inversiones extranjeras. Parecen olvidar el desprecio que los gobiernos norteamericanos suelen demostrar por sus lacayos más obsecuentes. Cuándo además sugieren que el rédito de la guerra radica en el encarecimiento de las los exportaciones argentinas, omiten que los eventuales beneficios de los grupos petroleros y cerealeros no se extenderán al conjunto de la población.
 
El gobierno de Duhalde ya no está en condiciones de embarcar al país en otra “relación carnal” con Estados Unidos. Pero intenta preservar este alineamiento con promesas de “auxilio humanitario” que encubren el propósito de enviar hospitales militares al campo de batalla. Es igualmente muy improbable que pueda concretar esta payasada.
 
DESBORDE DE CONTRADICCIONES.
 
Al momento de escribir esta nota Bush se apresta a lanzar el ataque en un marco de creciente aislamiento. No solo está deshecha la alianza que forjó su padre, sino que también se ha quebrado el frente que propiciaba la aventura a principio de año. Además de Francia, Alemana y el Papa, ahora también resiste la invasión una parte del gobierno británico y un significativo sector de la clase dominante norteamericana (Brezinski, Carter, Clinton, New York Times). En el propio gabinete de Bush las “palomas” (Powell) que no pertenecen al lobby petrolero y armamentista (Rumsfeld, Cheney) están disconformes con la idea de cargar la expedición sobre las espaldas exclusivas de Estados Unidos.
 
Pero Bush ya desplazó su armada hacia el Golfo y está muy comprometido con la guerra, para retroceder sin sufrir un derrumbe de autoridad. O se embarca en la invasión o pierde credibilidad y en ese caso, en lugar de rodar la cabeza de Hussein se desmoronará la administración del presidente guerrero. Como dijo Kissinger: “a esta altura ya no podemos detener el tren”.
 
La necesidad de una victoria militar relampagueante se ha vuelto imperiosa en estas condiciones, ya que cualquier empantanamiento (y especialmente la multiplicación de bajas norteamericanas) quebrará el frágil sostén político de la operación. Pero este triunfo acelerado requiere el tipo de masacres que subleva a la población mundial.
 
Pero tampoco un éxito militar fulgurante asegura el triunfo de la operación. Nadie sabe si una ocupación prolongada de Irak alcanzará para impedir la desintegración territorial del país y la consiguiente dificultad para asegurar la apropiación estable del petróleo. Tampoco se avizora como Estados Unidos podría arbitrar en el mosaico de tensiones regionales (especialmente en el Kurdistán), que serán potenciadas por su presencia directa en la zona. La ingobernabilidad de Afganistán y la competencia de fracciones islámicas por el control de los yacimientos y oleoductos de Asia Central son anticipos de estos conflictos. Además esta desarticulación estatal abona el terreno para que germinen los Bin Laden.
 
Pero también fuera de la región se avizora un horizonte de crisis. El unilateralismo bélico de Estados Unidos ya provocó una crisis de la OTAN superior al abandono francés de los 60, a la tensión creada por los euromisiles en los 80 y a las desavenencias desatadas por la guerra de los Balcanes en los 90. El choque actual no se reduce a Irak, sino que involucra a todo el manejo norteamericano inconsulto de la Alianza, que últimamente estuvo dirigido a reforzar las amenazas contra Rusia y a socavar la constitución de un eventual ejército europeo.
 
Justamente la principal víctima de la guerra en Irak sería la Unión Europea, como ya lo prueba la espectacular cuña que Estados Unidos introdujo entre los artífices de la comunidad. Qué España proteja sus inversiones en Latinoamérica sosteniendo a Bush y que Polonia o Hungría obstruyan su ingreso a la U.E. apoyando la guerra son signos ilustrativos de la fragilidad del mayor proyecto regional que desafía la hegemonía norteamericana.
 
Pero la guerra no solo puede abortar la Unión Europea, sino también la continuidad de la propia ONU como organismo dotado de alguna efectividad. Si Estados Unidos ataca sin el aval del Consejo de Seguridad destruirá la viabilidad del ámbito que ha regulado las relaciones internacionales durante el último medio siglo. Esta amputación abre el temido horizonte de incertidumbre, que tanto preocupa a los gobiernos opositores a una guerra exclusivamente norteamericana. ¿Cuál sería, por ejemplo, el escenario de los conflictos de Corea del Norte, Palestina o India-Pakistán si colapsan las Naciones Unidas?
 
En los últimos 200 años el desenlace de ciertas guerras marcó el punto de viraje de grandes etapas, fases y crisis del capitalismo. El conflicto de Irak se perfila como un acontecimiento de este tipo, porque podría definir el ambiguo resultado de las transformaciones económicas registradas durante los 90. Pero las guerras también precipitaron en el pasado la renovación integra del proyecto socialista y esta perspectiva también está abierta en la realidad actual.
 
Buenos Aires, 16 de marzo de 2003
 
Notas
[1]Economista, Investigador, Profesor. Miembro del EDI (Economistas de Izquierda).
[2]Como bien señala Feinman José Pablo. “Historia y locura”. Página 12, 23-02-03
[3] Escudé Carlos. “Hacia una consolidación del nuevo orden mundial”, La Nación, 23-02-03
[4]Ver por ejemplo las opiniones de Abraham Tomas. “El silencio de los inocentes”, Página 12,16-2-03
[5] Hardt Michel. “No al antiamericanismo”. Página 12, 21-2-03
[6] Oppenheimer Andrés. “Los daños colaterales en América Latina”, La Nación, 4-03-03.
[7] Castro Jorge. “Incertidumbre económica”. La Nación, 23-02-03
 
Militarización de la política exterior.
Democracias latinoamericanas bajo la amenaza de Washington
Luis Bilbao
(De la redacción de Le Monde Diplomatique - Cono Sur)
Servicio Informe-Dipló - 14/03/2003
 
El primer signo inocultable fue el golpe contra el presidente Hugo Chávez en abril de 2002. Pero a partir de allí, y acelerado al compás de los preparativos bélicos contra Irak, Estados Unidos parece dar por terminado el período histórico en el que su estrategia continental demandaba gobiernos constitucionales.
 
Entre las revelaciones a que dio lugar en las últimas semanas la embestida estadounidense para ocupar Irak, destaca con singular relieve el posicionamiento de los gobiernos latinoamericanos ante el dilema que afronta el planeta: la región enfrentó la voluntad de la Casa Blanca. Las excepciones brillan precisamente por su escaso valor geopolítico en el hemisferio. Y el saldo inmediato es inequívoco: Washington se ha quedado solo también en su área de influencia más directa.
 
No debiera sorprender. Que los presidentes Vicente Fox de México y Eduardo Duhalde de Argentina hayan tomado tan tajante distancia frente a la Casa Blanca es inesperado solo para quien no advirtió el fenómeno en curso en la región durante los cuatro últimos años. Aunque desde un ángulo diferente, la causa que contrapone a George W. Bush con gobiernos insospechados es la misma que produjo la irreparable hendidura entre Estados Unidos y la Unión Europea: la debacle económica con epicentro en las cúspides del sistema mundial lanza unos contra otros a los principales beneficiarios del orden actual.
 
Fox y Duhalde (y desde un ángulo diferente el presidente chileno Ricardo Lagos), no son Jacques Chirac y Gerhard Schroeder por lo mismo que los grandes empresarios de aquellas dos potencias imperiales no pueden compararse con sus homólogos transatlánticos. No obstante, a la hora de defenderse de la compulsiva voracidad del socio mayor, son explicables la altiva decisión del presidente francés de acudir él mismo a ejercer el derecho a veto que su país tiene en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y la tajante toma de distancia de Duhalde en su discurso de apertura del período legislativo.
 
Engañarse respecto de la naturaleza de los actores es tan grave y ominoso como negarse a admitir quién escribe, con mano invisible pero inapelable, el libreto que asombra a algunos y confunde a muchos más: la crisis verdadera; la que aún permanece camuflada por la tragedia iraquí; la que lanza unos contra otros a los máximos representantes de las potencias y sus subordinados en todo el orbe; la que se mide más fría y precisamente en los balances de las multinacionales, en la caída de la tasa de ganancia, en el derrumbe de los índices bursátiles.
 
Otros actores
 
En América Latina, sin embargo, gravita de manera decisiva un factor diferencial respecto de las posibles derivaciones de la coyuntura en el resto del mundo: los gobiernos de Brasil y Venezuela y, en otro plano, el de Cuba. Tras haber transformado los intentos golpistas de 2002 en contundente victoria y base para una ofensiva acelerada ya en pleno desarrollo, Hugo Chávez y la Revolución Bolivariana se proyectan en la región como puntal alternativo frente al descalabro y la ingobernabilidad. Lula da Silva y el Partido de los Trabajadores de Brasil, a la cabeza del Estado más poderoso al Sur del río Bravo, expresan a su vez una vuelta de campana en las relaciones de fuerzas hemisféricas y constituyen una plataforma hoy muy elevada para cualquier proyección política regional (la propuesta de Lula de convocar inmediatamente en la ONU a todos los países que se oponen a la guerra es revulsiva no ya para Bush, sino para Fox, Duhalde y decenas de otros jefes de gobierno en el mundo).!
 
Fidel Castro, firme pese a los pronósticos que aseguraban su caída 13 años atrás, es un baluarte moral y político para una mayoría abrumadora de los más de 400 millones de habitantes de la región. Las diferencias de todo orden entre estas tres instancias alternativas en el tifón de la crisis, no podrían desdibujar lo obvio: Fox y Duhalde (o quienquiera que lo reemplace), no podrían jamás torcer a su favor el eje apoyado en Brasilia, Caracas y La Habana.
 
Más importante es, con todo, verificar que lejos de operar en los hechos contra éste, Fox y Duhalde (y lo mismo ocurrirá con quien lo reemplace), fueron empujados a sumarse objetivamente a él, en un punto tan crucial como es hoy para el Departamento de Estado obtener apoyo político formal y público para avanzar hacia la invasión en Medio Oriente. Y este cuadro adquiere su verdadera dimensión cuando se toma cuenta del trasfondo: los índices elevadísimos de oposición a la guerra en todos y cada uno de los países del área.
 
Sentimientos anti-Estados Unidos
 
Todo lo que en términos ideológicos ganaron los defensores del sistema capitalista señoreado por Washington entre 1987 y 1997, lo perdieron en el lapso que va de aquel momento a la fecha. Sólo una pertinaz propensión a negar los hechos pudo ocultar que con el colapso bursátil de 1997, el derrumbe de los entonces ensalzados "tigres asiáticos" y la sublevación masiva que en Indonesia derrocó una dictadura de medio siglo, se iniciaba el canto del cisne imperial. A partir de aquel punto se comprobaban la imposibilidad de un "nuevo orden internacional", la certeza de un insondable e incontenible desorden, resumido por Chirac y Duhalde, hoy abanderados contra un objetivo irrenunciable para la Casa Blanca.
 
Desde el lejano Oriente la oleada antiimperialista, supuestamente sepultada para siempre, cobró por entonces cuerpo de masas y se desplazó a las propias capitales del Norte, en un fenómeno mal representado por el concepto "antiglobalización". Ahora inunda al planeta entero. Y es tan poderosa que desde el Papa al New York Times deben pagarle tributo. Al margen de las múltiples consecuencias estratégicas de este fenómeno, en América Latina plantea para Washington un desafío inmediato y de enormes proporciones. Y como frente todo lo que ya no puede resolver con ideología, promesas y dinero (porque aquéllas se revelaron hipócritas e inconsistentes y éste se agotó), el Departamento de Estado responde con violencia. Y opera directa, brutal y abiertamente contra los regímenes constitucionales en el área. Ya ha sido subrayada la significación inequívoca del pedido del presidente colombiano Álvaro Uribe para que Washington haga en Sudamérica "lo mismo que en Irak" (1). Pero en los dos meses subsiguientes la escalada se amplió.
 
El punto de aceleración ocurrió cuando ya estaba clara la dinámica de oposición mundial a la guerra y la imposibilidad de derrocar a Chávez: "Mañana, una delegación de funcionarios de alto nivel de EE.UU se reunirá aquí con representantes de la Cancillería para cruzar información y sobre todo, para evaluar de qué manera se puede atacar el financiamiento de organizaciones terroristas hacia Medio Oriente. Suponen, se realiza desde ese triángulo donde convergen Puerto Iguazú, Foz de Iguazú y Ciudad del Este"(2). Tropas estadounidenses ingresaban sigilosamente a sumarse a destacamentos ya instalados y operando en "prácticas conjuntas", en esa zona y, al misma altura hacia el Oeste, en la provincia argentina de Salta.
 
Diez días antes una voz insospechable constataba: "Una guerra de Estados Unidos con Irak echaría combustible a los ya considerables sentimientos antiestadounidenses, que han crecido pronunciadamente en muchos países islámicos en años recientes, y dividiría a los estadounidenses del público de algunos tradicionales aliados, revela un sondeo de opinión pública global"(3).
 
Otras voces confirmaron la escalada: "Un grupo de 60 soldados estadounidenses se encuentra en la región petrolera de Arauca, al noreste de Colombia, para entrenar a militares de ese país en la protección de oleoductos contra atentados terroristas"(4). Nota bene: esto ocurrió una semana después de la demanda pública de Uribe y cuando ya en Venezuela el golpe petrolero se había vuelto contra sus ejecutores, transformándose en un poderoso motor de impulso a la Revolución Bolivariana. "El general de EE.UU James Hill, comandante del Comando Sur en Miami, dijo que grupos islámicos radicales de Oriente Medio reciben 'entre 300 y 500 millones de dólares anuales desde redes criminales de Latinoamérica"(5).
 
Para colmo ocurrieron accidentes: "El presidente de EE.UU, George W. Bush, ordenó ayer el envío a Colombia de 150 soldados estadounidenses para asistir en la búsqueda de tres ciudadanos de ese país que permanecen como rehenes de guerrilleros de las FARC (...) una avioneta, que supuestamente hacía tarea de espionaje, cayó al Sur de Colombia el 13 de febrero. Viajaban cinco hombres de los cuales cuatro eran norteamericanos"(6).
 
Simultáneamente, periodistas reconocidos por su sagacidad para adelantarse en la interpretación de lo que el Departamento de Estados transformará en líneas de acción, comenzaron a machacar sobre dos nuevos y gravísimos riesgos que azotarían a Sudamérica: las "áreas sin ley", que reclaman "una fuerza regional multinacional", y el hecho de que "a Chavez le conviene" la invasión a Irak, por lo cual se debe impedir que la ocupación de aquel país mitigue la atención puesta en Venezuela (7).
 
El obvio impacto negativo sobre las economías sudamericanas y las actitudes de los respectivos gobiernos también ha sido considerado: "EE.UU necesita el apoyo de México y Chile en especial, ya que precisa sus votos en el Consejo de Seguridad, del que son miembros actualmente (...) 'Los países más grandes están sufriendo presiones grotescas', que para el presidente de México 'representan amenazas', dijo Joseph Tulchin, del Centro Woodrow Wilson. Bush sugirió esta semana que podría darse en EEUU una reacción contra los mexicanos como la que tiene lugar contra los franceses, y un diplomático estadounidense dijo a The Economist que la falta de apoyo de México en la ONU podría 'provocar sentimientos negativos'"(8).
 
Mientras tanto, se hacía público que "Brasil y Argentina pusieron ayer en marcha una ambiciosa idea para exportar juntos productos agropecuarios y coordinar estrategias comunes ante la Organización Mundial de Comercio" (9).
 
Democracia en peligro
 
Con un dispositivo militar creciente; con argumentos -casi nunca probados- tendientes a lanzar una caza de "terroristas" y "fuentes de financiación" de organizaciones islámicas en Medio Oriente; con presiones y descarada intervención de sus embajadores en cuestiones políticas internas; con la obsesiva idea de cambiar el concepto de fuerzas armadas de cada país por el de una estructura conjunta continental con mando en Washington, Estados Unidos está avanzando a paso acelerado contra la institucionalidad democrática, ya exhausta y transfigurada a menudo en su contrario tras una década de políticas anticrisis denominadas "neoliberalismo".
 
Si gobiernos elegidos democráticamente se suman a la oposición a la ofensiva económico-militar de Washington, y si para colmo apuntan a formas de unidad en diferentes planos para afrontar una crisis que no da -y no dará- respiro, cae de su peso cuál es el más reciente enemigo de Estados Unidos: las democracias latinoamericanas.
 
Notas 
1 Luis Bilbao, "El enemigo principal es Lula"; Le Monde diplomatique, Edición Cono Sur, febrero 2003.
2 "60 soldados de las fuerzas especiales de EEUU llegan a Colombia"; El País, Madrid, 19-1-03.
3 Brian Knowlton, "A rising anti-American tide"; International Herald Tribune; París, 5-12-02.
4 Guido Braslavsky; "EE.UU vuelve a poner su mira en la Triple Frontera";Clarín, Buenos Aires, 15-12-02.
5 "Nueva denuncia de EE.UU sobre la triple frontera"; Clarín, 10-3-03. 6 EE.UU envía tropas a colombia para recuperar a sus rehenes"; Clarín, 23-2-03.
7 Andrés Openheimer, "Las amenazas de las áreas sin ley", La Nación, Buenos Aires, 11-3-03, y Jorge Ramos Avalos, "A Chávez le conviene la guerra",
Clarín, Buenos Aires, 8-3-03.
8 "La guerra perjudicará las economías de América Latina"; Clarín, 11-3-03.
9 Cristian Mira, "Brasil y Argentina quieren unirse para exportar alimentos"; La Nación, Buenos Aires, 11-3-03.
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