Ha pasado más de un mes desde que la Policía
española y un juez de la Audiencia Nacional pusieron en marcha lo que
denominaron «operación Itzali». Pensamos que es el momento de hablar.
Desde el silencio de nuestras celdas, en cárceles españolas, enviamos esta
carta, especialmente dirigida a nuestros amigos y amigas del movimiento popular
de Euskal Herria.
Ante todo, gracias. A todos los que
individual o colectivamente habéis manifestado públicamente vues- tra
solidaridad, a quienes habéis levantado la cabeza y la voz. Cuando se te niegan
todos los medios de defensa, no sabéis hasta qué punto emocionan los testimonios
de cercanía, de amistad. Gracias, pues, otra vez.
Se nos acusa de organizar una serie de
iniciativas que fomentan la insumisión y la desobediencia ante el Estado
español, actividad en la que, dicen, seguimos las instrucciones de una
organización que denominan ETA-EKIN. Es lo que hemos podido deducir del auto de
prisión.
Lo que somos, hacemos y decimos es público.
Es cierto que, en distintos lugares y plataformas, estábamos debatiendo, con
muchos de vosotros y vosotras, las posibilidades que la desobediencia civil,
pacífica, puede ofrecer en nuestra atormentada Euskal Herria. El debate era
público. Como habéis dicho en vuestras comparecencias, utilizábamos el estilo
del movimiento popular: transparente, sin secretos, horizontal... Como siempre
lo hemos hecho. Es absolutamente falso que siguiéramos órdenes y consignas de
nadie. La adscripción de este movimiento a siglas es simplemente
mentira.
De repente, nos ha arrollado eso que llaman
ahora el «Estado de Derecho». Como si del aborrecido tren de alta velocidad se
tratara, destructor, devorador, todos los poderes del Estado, en asombrosa
conjunción, han tratado de pisotear esas incipientes iniciativas, esas briznas
de hierba que pugnaban por hacerse fuertes en el asfalto sin vida de la
sumisión. Para destruir esos brotes no han escatimado medios: cientos de
policías, registros, requisas de material, criminalización de la participación
social... Se llevaron por delante el trabajo ilusionado que durante años han
desarrollado grupos como ABK, como la Fundación Joxemi Zumalabe, o el más
reciente de la plataforma Bai Euskal Herriari.
También nos llevaron a nosotros por delante.
Encapuchados, armados hasta los dientes, asaltaron nuestras casas de madrugada,
aterrorizando a los nuestros. Incomunicados, humillados, finalmente, a pesar de
que todas las declaraciones fueron tan claras como nuestra actividad pública,
nos encarcelaron, en base a unas imputaciones contenidas en un auto, sin lugar a
dudas previamente redactado.
La mayoría de los medios de comunicación
excepción hecha de algunos más cercanos a Euskal Herria, se
convirtieron en altavoces del Ministerio del Interior y del juez a quien el
mismo Ministerio concedía, en esos días, una condecoración policial (¡oh, la
separación de poderes!). Airearon, celebraron el nuevo éxito del «Estado de
Derecho». Nuestro caso, como muchos otros, revela la total dependencia de la
mayoría de los medios de comunicación del poder económico-político. Ninguno de
esos medios se ha preocupado de preguntar, de inquirir, de averiguar, qué había
detrás de la operación policial. Nadie ha contrastado la información. Y el
contraste es la primera actividad de cualquier informador. Esos medios de
comunicación están uniformados y apestan al olor rancio de los
cuarteles.
Nuestro delito es el mismo que el vuestro.
Queremos una Euskal Herria libre y diferente. No queremos que nuestros hijos e
hijas tengan que competir salvajemente con otras personas para poder vivir.
Creemos que es posible una sociedad más igualitaria y nos horrorizan las
diferencias abismales que agudiza el neoliberalismo, que encumbra a unas pocas
personas mientras condena a otras muchas a embarcarse al albur de una patera.
Exigimos el derecho a expresarnos únicamente en nuestra lengua, el euskara.
Sabemos que se puede ser feliz consumiendo menos. Estamos convencidos de que no
hay futuro si no defendemos la tierra, el aire y el agua de la codicia de los
especuladores. Reivindicamos los derechos colectivos de nuestro pueblo. Nos
repugna un sistema que genera miseria y marginación.
Cuenta Eduardo Galeano, en uno de sus
libros, la historia de un músico popular que, tocando un arpa enorme, alegraba
festejos y jolgorios. En sus viajes de pueblo en pueblo, cabalgaba sobre una
mula y en otra transportaba el arpa. En cierta ocasión fue asaltado por un grupo
de ladrones que, además de dejarle malherido, le robaron todo. Cuando el músico
fue encontrado por los músicos del pueblo cercano, contó cómo sucedieron los
hechos. «Me atacaron. Me golpearon. Me robaron todo. Se llevaron mis mulas. Se
llevaron el arpa». Y luego, con una sonrisa maliciosa dijo: «Pero no se llevaron
la música».
Nos ha pasado lo mismo. Cuando os vimos en
la prensa, compactos, firmes; cuando os hemos visto en la calle, se ha
confirmado lo que esperábamos. No se han llevado la música: la música de la
desobediencia, de la insumisión, de la libertad. El movimiento popular, como
decís, lleva mucho tiempo desobedeciendo. Es una música antigua, muy conocida
por todos y todas. La insumisión, la desobediencia pacífica, es una buena
herramienta para conseguir una sociedad más humana. Exige coraje personal.
Porque al final, cada cual, personalmente, debe decir no. No a esta sociedad; no
a una ley injusta; no a un Estado opresor. Y cada cual debe asumir las
consecuencias de su actitud.
Estamos completamente de acuerdo con lo que
habéis dicho en vuestras comparecencias públicas. Contad con nosotros para el
debate. Contad con nosotros para la acción. Desde donde estemos. Mientras tanto,
un abrazo solidario. *
GARA, 5 de Noviembre de 2000