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Asunto:[BoletinAndaluciaLibre] nº 245 - Cuba: Reflexiones sobre la URSS, el estalinis mo y el socialismo
Fecha:Jueves, 14 de Octubre, 2004  18:16:12 (+0200)
Autor:Andalucia Libre <andalucialibre @.......es>

Contra la Dependencia y la Precariedad: VOTA NO A LA CONSTITUCIÓN EUROPEA

nº 245
 
En este Correo:
 
*Aportaciones interesantes para un debate necesario, Andalucía Libre
*Unión Soviética: la transición frustrada, Ariel Dacal Díaz
*Rosa Luxemburgo y la Revolución Rusa, Hiram Hernández Castro
*¿Qué es la URSS?, León Trotski
*La pequeña historia del Himno Soviético, Andalucía Libre
 
--oOo--
 
A modo de presentación
Aportaciones interesantes para un debate necesario,
Andalucía Libre
No puede entenderse el siglo XX sin la Revolución Rusa. No puede entenderse el mundo de hoy sin tener en cuenta no sólo el hecho de la desaparición de la URSS y sus consecuencias sino también -y especialmente- tanto lo que la URSS [o la China maoísta] fue, como lo que no fue. Ambas cuestiones -íntimamente entrelazadas- afectan al conjunto de la izquierda mundial (y por tanto, también a la izquierda independentista andaluza) sin que nadie pueda honestamente declararse inmune o indiferente ante ese problema. Confrontados ante enormes desafíos en el presente, forzoso es reconocer que estos no pueden abordarse sin afrontar la reflexión sobre el pasado que les precede y les ha dado origen.
 
Para contribuir a esa tarea, reproducimos dos textos recientes que aportan perspectivas diversas y reflexiones sugerentes y que suman a su interés intrínseco un evidente plus especial -que reconocemos sin reparo- por haber sido elaborados en Cuba por cubanos y publicados en un sitio cubano en la Red.
 
Los acompañamos de un texto de Trotsky -que forma parte de su obra La Revolución Traicionada (publicada en 1936, tengámoslo en cuenta)- que pensamos que sigue ofreciendo hoy instrumentos analíticos y posiciones políticas construidas con rigor; útiles para desarrollar el debate.
 
Unión Soviética: la transición frustrada
Ariel Dacal Díaz*
 
El intento de transición al socialismo en la URSS ha suscitado los más diversos debates durante décadas, haciéndose más definitorio el antagonismo ideológico que el tema entraña, tras el colapso soviético. Aún cuando el corolario final fue el desdeño de una preciosa oportunidad para socavar las bases del dominio burgués; repensar, comprender y asumir (sobre todo asumir) las características del proceso soviético en su conjunto brindan elementos sustanciales para las alternativas anticapitalistas que demanda el siglo XXI.
 
En esta dirección desarrollamos nuestro trabajo, partiendo, dado su peso esencial en la comprensión de la historia de la URSS tanto dentro como fuera de sus fronteras, de las problemáticas siguientes: ¿quiénes detentaron el poder en la Unión Soviética?, ¿qué mentalidad portaban?, ¿en qué momento se puede hablar de ruptura con el proyecto bolchevique?. En estas páginas intentamos algunos apuntes sobre estas interrogantes. 
 
“La clase imprevista” [1] 
 
Stalin fue el rostro visible y representante de la burocracia que gradualmente rompió vínculos con la esencia bolchevique y que deshizo los endebles mecanismos de participación política de las masas.
 
Sería entonces oportuno preguntar ¿de qué fuentes se nutrió la burocracia soviética?. A los principales cargos administrativos ascendieron figuras de relieve secundario dentro de la revolución debido, entre otros factores, a que muchos viejos combatientes de la vanguardia perecieron durante la contienda civil, o se separaron de las masas al ocupar cargos de menor relevancia, acomodándose a las nuevas condiciones de poder. Al mismo tiempo, el poder soviético estuvo forzado a utilizar individuos del anterior aparato gubernamental, incorporando personal técnico y especializado, así como a las masas campesinas que fueron proletarizadas. De este modo se desclasó al partido de Lenin, cuyo requisito de ingreso de nuevos militantes debía ser el resultado de un largo y riguroso proceso de comprobación, excepto para los trabajadores que hubieran laborado en la industria por más de diez años[2].
 
La burocracia soviética se formó a partir de un proceso complejo, fuera de los modos históricamente conocidos. Luego se hizo del poder, dominó el conocimiento y su divulgación, controló los medios de producción de ideas, garantizando por décadas su reproducción. El proceso de burocratización tuvo sus orígenes desde el inicio mismo de la Revolución, pero su consagración como sector dominante en la sociedad tuvo lugar en la década del 30. 
 
Lenin explicó el surgimiento de la burocracia como una excrescencia parasitaria y capitalista en el organismo del Estado obrero, nacida del aislamiento de la Revolución en un país campesino, atrasado y analfabeto[3]. Sobre este nuevo grupo de dirigentes, tenía sus propias ideas, sus sentimientos y sus intereses, Trotski destacó que “estos hombres no hubieran sido capaces de hacer la revolución, pero han sido los mejores adaptados para explotarla”[4].
 
La materia prima para la actividad “ideológica” de quienes detentaron el poder en la URSS fueron las grandes masas de analfabetos que, ciertamente, se liberaron de la oscuridad, y del mismo modo resultaron fácilmente manejados en nombre de algo mejor, sumiéndose en la ignorancia secundaria de que era ese precisamente el fin último a alcanzar como sociedad. Salvo en los sectores más avanzados políticamente, dicho sea de paso la minoría, las ideas del socialismo no habían calado en la población que habría de ser educada y preparada en el debate revolucionario.
 
Esta clase imprevista que se privilegió del poder estatal era, en teoría, la representante de los intereses de las masas, mientras que en la práctica, administró la propiedad pública beneficiándose de ella. Es cierto que los miembros de la burocracia no poseían capital privado; pero sin ningún control por el resto de los sectores sociales, dirigieron la economía -extendiendo o restringiendo tal o cual rama de la producción- fijaron los precios, articularon el reparto, controlaron el excedente. De este modo mantuvieron el partido, el ejército, la policía y la propaganda que los sustentaba.
 
Con el transcurso de los años, sobre todo a fines de los setenta, se acuñó en el campo socialista el término “ellos y nosotros” que reflejaba las diferencias que se fueron revelando y que tenía raíces bien profundas, tempranamente señaladas por muchos revolucionarios,  que manifestaban la estratificación de la sociedad, o más concretamente, su preservación. 
 
El análisis respecto al tema de la burocracia tiene una de sus aristas más polémicas en sus vínculos o autonomía respecto a otras clases. Para algunos autores, esta no podía convertirse en elemento central de un sistema estable, pues solo es capaz de traducir los intereses de otra clase. En el caso soviético se balanceaba, según este criterio, entre los intereses del proletariado y de los propietarios. 
 
Por otro lado, algunos autores afirman que la burocracia no expresaba intereses ajenos, ni oscilaba entre dos polos, sino que se manifestaba como grupo social consciente según sus propios intereses.
 
Los hechos revelaron que la clase burocrática monopolizó completamente el poder y la propiedad. Ella se impuso en la lucha por el poder después de haber abatido a todos sus opositores. Pero manifestó sus difusos intereses en el solapado discurso de ser representante del proletariado.
 
Durante décadas, la clase dominante no se atrevió a restaurar la propiedad privada de los medios de producción, hasta que en 1991, de manera develada, comenzó a tejer lazos con la burguesía rusa. Según el Instituto de Sociología de la Academia de Ciencias de Rusia, más del 75% de la "elite política" y más del 61% de la "elite de los negocios" tienen origen en la Nomenklatura del período "soviético". En consecuencia, las mismas manos retienen las posiciones sociales, económicas y políticas dirigentes en la sociedad. La burocracia misma es la que ha transformado las formas económicas y políticas de su dominación, manteniéndose como dueña del sistema; pero nuevamente en nombre de una clase.
 
La mentalidad soterrada
 
¿Mediante qué códigos de cultura política dominó la burocracia soviética?. Partamos de que las masas que ejecutaron la Revolución en 1917 portaban la mentalidad de la servidumbre, sin ninguna experiencia democrática, y el desarrollo de la conciencia del proletariado, clase llamada a encabezar la Revolución, era patrimonio de un pequeño número de hombres. Las masas rurales, mayoría en ese momento, eran portadoras de los elementos más conservadores, elevados por el alto nivel de analfabetismo existente.
 
Por su parte, la burocracia usurpadora, detentadora del poder, fue otro ejemplo histórico de como los vencedores incorporan la mentalidad de los vencidos. En este caso heredaron como códigos de la dominación el control absoluto, el elitismo político, la idea de que la “muchedumbre” no sabía ni era capaz de dirigirse, por lo que necesitaba una figura que sintetizara los destinos del país. Téngase en cuenta que uno de los rasgos más apreciados por el ciudadano promedio de Rusia respecto a sus dirigentes es la imagen de hombre fuerte, capaz de enfrentar con determinación las dificultades cruciales del país.
 
Vinculado a lo anterior, como norma de los dominadores se desvinculó la responsabilidad de la figura máxima respecto a los problemas, creando un ambiente místico a su alrededor. Aparejado a ello en el imaginario social se impuso el criterio de que eran las capas intermedias de los dominadores las responsables del estado de cosas existentes.
 
Este hecho se concretó en que, si bien el estallido bolchevique concebía nuevos códigos respecto a la política y la participación de las masas, no sólo como fuerza motriz en la explosión subversiva, sino como elaborador y ejecutor de las decisiones políticas, reflejado en que los soviets, de órgano espontáneo de lucha de las masas adquirieron funciones de Estado; con el advenimiento del estalinismo dichos principios fueron destronados y la oportunidad de lograr la participación política de las masas, incluyendo los mecanismos de movilización, real y autónoma, fue cercenada. En ese proceso, las organizaciones políticas y de masas sufrieron una considerable atrofia.
 
Esta misma mentalidad se manifestó en el “orgullo gran ruso” sobre el cual Lenin hizo llamadas de alerta. La burocracia practicó sus políticas imperiales durante el período soviético; acuñado en el término “el hermano mayor”  por el que fue conocido en Europa del Este y por la doctrina de la soberanía limitada puesta en blanco y negro por Brezhnev.
 
Por otro lado, esos componentes de la mentalidad rusa son la base para entender por qué las condiciones de vida de la clase dirigente soviética eran análogas a las de la burguesía. En fecha tan temprana como 1936, Trotski destacó un ejemplo ilustrativo que develaba el mantenimiento de la estratificación. El mariscal, el director de una empresa, el hijo de un ministro, disfrutaban del apartamento, de villas de descanso, de automóviles, escuelas para sus hijos, clínicas reservadas y otras muchas prebendas, a las que no tenían acceso la criada del primero, el peón del segundo y el vagabundo. Para el primer grupo esa diferencia no era un problema. Para el segundo era lo más importante.
 
Un individuo que añoraba en la sociedad soviética rasgos, bienes y modos de vida que formaban parte de la cultura capitalista, era la prueba más evidente de que, al menos en él, no había florecido la nueva mentalidad socialista, el nuevo individuo, y la nueva percepción. El socialismo soviético posterior a Lenin, matriz del socialismo real, no fue nunca una alternativa válida, articulada y viable frente al predecesor sistema. La sustitución cultural no llegó, entendiendo que el socialismo es, sobre todo, un proyecto que se sustenta sobre una nueva cultura. Por tanto, la resultante no fue “una sociedad socialista (tampoco capitalista, es cierto), sino una nueva forma –estatista, burocratizada- de dominación y explotación, opuesta a la naturaleza emancipatoria, justa y libertaria del socialismo”[5].  
 
La ruptura 
 
La práctica política de la clase burocrática soviética fue una ruptura con las ideas leninistas en los más diversos espacios de la sociedad soviética. Brindamos a continuación algunos apuntes que corroboran esta hipótesis.      
 
El líder de Octubre destacó que “es necesario tener presente que la lucha exige de los comunistas que sepan reflexionar. Es posible que conozcan perfectamente la lucha revolucionaria y el estado del movimiento revolucionario en todo el mundo. Sin embargo para salir de la terrible escasez y miseria lo que necesitamos es cultura, honestidad y capacidad de razonar”[6]. 
 
La burocracia impidió la polémica revolucionaria, obstaculizando la participación política efectiva de las masas. Los dirigentes soviéticos desentendieron que el socialismo no puede triunfar contra la libertad de pensamiento, contra el hombre, sino al contrario, mediante la libertad de pensamiento, mejorando la condición de existencia de ese hombre.
 
La dogmatización que sufrió el marxismo, la persecución y descrédito de quienes intentaron defenderlo, la síntesis errada marxismo-URSS (incluyendo sus desastrosas consecuencias internacionales), y la imposibilidad de desarrollar otras líneas de pensamiento, provocaron la formación de generaciones de soviéticos desprovistos del necesario bagaje teórico conceptual para enfrentar los desafíos históricos contemporáneos.  
 
Es sobre todo en la naturaleza autoritaria de la burocracia soviética donde debe buscarse el freno a la transición cultural propuesta por el proyecto bolchevique. La falta de participación real, de espacios cívicos de contestación y control del poder, afectaron todos los niveles de la vida social, desde el funcionamiento económico hasta la lucha étnica.
 
En consonancia con lo anterior, y analizando el proceso de aprobación de la Constitución Soviética, Trotski señaló que “es cierto que el proyecto se sometió en junio a la aprobación de los pueblos de la URSS. Pero en vano se buscaría, en toda la superficie de la sexta parte del globo, al comunista que se permitiera criticar la obra del comité central o, al sin partido, que se aventurara a rechazar la proposición del partido dirigente”.[7]
 
Una muestra de ese catastrófico desatino fue intentar diluir la individualidad en un colectivo cada vez más abstracto, con enmarcado irrespeto a lo distinto, esquematizando un modelo de ciudadano recio, inflexible, como si el hombre soñado pudiera realizarse por decreto. Lo que hubo de fondo fue una concepción demasiado simplista del hombre, ignorando completamente la psicología y sus modificaciones en atmósferas diversas. La dirigencia soviética no solo reveló su incapacidad de mantener con vida el espíritu revolucionario en el proceso de enfrentamiento a las circunstancias históricas en que interactuaron, sino que imposibilitaron cualquier vestigio de pensamiento divergente, crítico, desafiante de la autoridad.
 
Bajo el pretexto de ser el guía de la sociedad, el PCUS se convirtió en una maquinaria que frenó, desvirtuó y violentó los procesos naturales de la sociedad. La diferencia entre Lenin y Stalin, entre muchas otras cuestiones, es que, este último, aprovechando algunas condiciones creadas en vida del gran líder revolucionario, desvirtuó el sentido de la dirección partidista hacia el totalitarismo[8]. Lenin había preparado el Partido Bolchevique para dirigir a los obreros, no para domarlos o subyugarlos[9]. 
 
Con la hipercentralización económica que conllevó este proceso, la burocracia soviética, como parte de su distanciamiento del control de las masas, manejó hasta el mínimo detalle, los hilos de la producción frente a un mediocre andamiaje de niveles intermedios compuesto por técnicos, gerentes y especialistas, siendo una verdadera plaga que fue imposible desmontar a lo largo de la existencia de la URSS. El historiador Eric Hobsbanw recuerda que “poco antes de la (Segunda) Guerra (Mundial) había ya más de un administrador por cada dos trabajadores manuales”[10].
 
El modelo soviético presentó a partir de ese momento dos problemas esenciales que evidencian, desde la propia teoría marxista, el distanciamiento entre el socialismo como estadio superior del desarrollo de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción y la realidad soviética. Por una parte, se eliminaron arbitrariamente (1928) el resto de los tipos socioeconómicos que podían converger en la edificación de las bases para la nueva sociedad. Por otro lado, se crearon “islotes económicos” (complejos industriales, mineros, agrarios) violándose la división social del trabajo, al tiempo que se obviaba la cooperación necesaria entre sectores y ramas de la economía.
 
Con esta práctica se frenó la especialización y la introducción de nuevas técnicas, lo que impidió un uso racional de los recursos. Debido a la estructura vertical y voluntarista que se impuso al proceso productivo, el desarrollo de un sector iba en detrimento del otro, sin la debida integración entre ellos. En este esquema, las unidades productivas, lejos de ser autónomas, eran presas de la desmedida primacía de los criterios políticos sobre las necesidades económicas.
 
Los obreros continuaron disociados de los medios de generación de riquezas. No se convirtieron en dueños reales de estos debido a que los elementos burocráticos-administrativos los mantuvieron distanciados de la propiedad efectiva. La adulteración estuvo en identificar la estatalización de la propiedad con la socialización, limitándose a esto la complejidad y profundidad de lo que Marx había entendido como superación del modo de producción capitalista[11].  
 
También en la cuestión de género se apreció la ruptura con los ideales de la Revolución de Octubre. El nuevo Estado obrero concedió amplios derechos jurídicos y políticos como el derecho al divorcio, al aborto, la eliminación de la potestad marital, la igualdad entre el matrimonio legal y el concubinato, etc. Alexandra Kollontai, fue la primera mujer elegida por el Comité Central del Partido Bolchevique en 1917 y la primera en ocupar un puesto de gobierno en el nuevo estado: Comisaria del Pueblo para la Salud, y más tarde fue la primera mujer embajadora de la historia.
 
A partir de 1926, bajo el régimen de Stalin, se instituyó nuevamente el matrimonio civil como única unión legal. Más tarde se abolió el derecho al aborto, junto con la supresión de la sección femenina del Comité Central y sus equivalentes en los diversos niveles de organización partidaria. En 1934 se prohibió la homosexualidad, y la prostitución se convirtió en delito. No respetar a la familia se convirtió en una conducta "burguesa" o "izquierdista" a los ojos de la burocracia. Los hijos ilegítimos volvieron a esta condición, que había sido abolida en 1917, y el divorcio se convirtió en un trámite costoso y pleno de dificultades[12].
 
Las instituciones detentadoras de violencia también se hicieron funcionales a los nuevos intereses. En sus orígenes, el Comité de Seguridad del Estado (KGB)[13] tuvo como objetivo combatir la contrarrevolución, los sabotajes y la especulación, objetivos de legítima defensa frente a la oposición reaccionaria que generó la Revolución. Pero esas lógicas motivaciones iniciales se modificaron progresivamente con el ascenso de la burocracia al poder hasta convertirse en el órgano preservador de los intereses del Estado burocrático, cuyo objetivo fue eliminar la oposición de las propias fuerzas revolucionarias[14].
 
A esto se añade que los oficiales del KGB gozaban de sueldos elevados, amen de buenos destinos en el extranjero, viviendas confortables y disfrutaban de otros privilegios dentro URSS que también fueron mellando su crédito moral. Sin duda fue un sector privilegiado dentro de la sociedad, lo cual resulta comprensible atendiendo a su función real de guardián de los intereses de la burocracia. 
 
El Ejército Rojo fue creado desde la base en enero del año 1918. El Estado obrero necesitaba su propia institución armada para defender sus interese, máxime las agresiones que no se hicieron esperar por más de 14 países al unísono. Como nuevo concepto, la política de los dirigentes bolcheviques estaba abierta a constante debate, en lo cual los uniformados tuvieron un rol importante, y naturalmente, el ejército profesaba las mismas ideas del partido y el Estado.
 
Pero el Ejército Rojo no escapó a las reaccionarias arremetidas de la burocracia, la que de inmediato lo comenzó a transformar en defensor de sus intereses, arrancándole progresivamente su esencia popular. La medida que refleja con mayor claridad este proceso fue el decreto que restableció el cuerpo de oficiales, dando un golpe demoledor a los principios revolucionarios que originaron esta institución armada, uno de cuyos pilares fue precisamente la liquidación de los cuerpos de oficiales, dándole importancia al puesto de mando, pues este se gana con la capacidad, el talento, el carácter, la experiencia, etc.
 
Esa medida tuvo un objetivo político al darles a los oficiales un peso social. De ese modo se ligaban más estrechamente con los grupos dirigentes, debilitando su unión con la tropa, deviniendo en ruptura del canal por donde se comunicarían las tropas y la dirigencia política. El cuerpo de oficiales veló celosamente por la “pureza” y fidelidad de los uniformados al “Partido” y al “Estado Socialista”. Igualmente se fue apagando el espíritu de libertad y debate que había en las filas del Ejército, en estrecha correlación con el criterio de que “ningún ejército puede ser más democrático que el régimen que lo nutre” [15].
 
Uno de los elementos más sensible fue la ruptura de los principios básicos del programa bolchevique por el cual los sueldos de los más altos funcionarios no debían sobrepasar la media del salario obrero. A la altura de 1940, cuando un obrero ganaba 250 rublos mensuales, un diputado recibía 1000 rublos, un presidente de república 12.500 rublos y el presidente de la Unión 25.000 rublos en igual período[16]. Para los años de la Perestroika existía el conocido “abastecimiento especial” lo que elevó el nivel adquisitivo de los miembros de la nomenclatura muy por encima de lo que percibía un obrero o un ingeniero.     
 
El líder bolchevique previó, basado en hechos que tuvo que enfrentar en sus últimos meses de vida política, el peligro de que “el gran ruso” heredado de los años de dominación y explotación zarista permaneciera en la política del nuevo Estado. “En tales condiciones –señalaba Lenin– es natural que la libertad de separarse de la unión (…) sea un simple pedacito de papel incapaz de defender a los no rusos de la embestida de ese hombre realmente ruso (…) ese opresor que es el típico opresor ruso. No hay duda de que los obreros soviéticos y sovietizados, que constituyen un porcentaje ínfimo, se ahogarán en ese océano de la canalla gran rusa chovinista como una mosca en la leche”[17]. 
 
El hecho real, a pesar de lo que aparecía en la Ley de leyes y otras regulaciones, implicaba la imposibilidad de afirmar que las repúblicas que conformaban el Estado soviético coordinaran sus actividades con el Centro sino que se subordinaban directamente a Moscú. Stalin no hizo otra cosa que nombrar desde arriba a los responsables políticos. Las élites de las repúblicas, aunque arribaran a posiciones de determinada importancia a nivel de las repúblicas, escasamente podían obtener puestos relevantes a nivel de la Unión, donde el predominio ruso llevaba el peso fundamental[18]. 
 
El jefe de la Revolución rusa prestaba especial interés a los conceptos emanados de la práctica política frente al tema de la Unión. “Una cosa es la necesidad de unirse contra los imperialistas de Occidente, defensores del mundo capitalista. En eso no cabe duda alguna (…) Otra cosa es cuando nosotros mismo caemos, aunque solo sea en cuestiones de detalles, en actitudes imperialistas hacia las nacionalidades oprimidas, socavando así nuestra sinceridad de principios, toda nuestra defensa de principios de la lucha contra el imperialismo” [19].  
 
Apuntes finales
 
El socialismo soviético posterior a Lenin no fue una alternativa válida, articulada y viable al capitalismo, porque la burocracia usurpadora no fue, ni podía serlo, portadora de una ideología superior, de un proyecto cultural, entendido como instrumental quirúrgico para realizar la nueva sociedad, o crear las condiciones para lograrlo.
 
Los hombres que se hicieron del poder no eran los comunistas reflexivos y cultos que Lenin previó como materia prima imprescindible para afrontar y vencer el gran reto histórico que Rusia asumió en 1917. En realidad su práctica política fue una ruptura con ese principio. Estos hombres, paulatinamente extendidos en la sociedad y convertidos en sector dominante, fueron un subproducto de la Revolución y revelaron su incapacidad para timonear la historia rumbo al objetivo cimero: la creación del socialismo. 
 
Los actuales políticos rusos son el rostro burgués oculto durante décadas por la burocracia soviética. El régimen de Yeltsin convirtió a los hombres del partido, a los miembros del gobierno, y de la seguridad, en negociantes y propietarios.
 
No obstante la posposición de la transición al socialismo que los acontecimientos de la URSS suponen para Rusia, queda en pie la irreversible importancia del triunfo revolucionario de Octubre, señalado por Lenin en 1922, donde reza que “puede ser que nuestro aparato estatal sea defectuoso, pero dicen que la primera máquina de vapor también era defectuosa. Incluso no se sabe si llegó a funcionar, pero no es eso lo que importa; lo importante es que se inventó. No importa que la primera máquina de vapor haya sido inservible, el hecho es que hoy contamos con la locomotora. Aunque nuestro aparato estatal sea pésimo queda en pie el hecho de que se ha creado; se ha realizado la invención más grande de la historia; se ha creado un Estado de tipo proletario”[20].
 
Es este un punto referencial imprescindible para la elaboración y ejecución de las alternativas anticapitalistas del siglo XXI.
 
*Ariel Dacal Díaz es jefe de la Redacción Política de la Editorial Ciencias Sociales de Cuba
Notas
 
[1] El título de este epígrafe fue sugerido por el artículo de Alexei Goussev, La clase imprevista: La burocracia soviética vista por León Trotsky. En: Herramienta
[2]  Robert Weil. “Burocratization: The problem with out the class name". En este artículo, el autor hace un pormenorizado análisis de este grupo social, de sus orígenes, de sus características y del modo en que se imbrica con el poder, lo cual sería un útil complemento a quines se interesen por esta problemática tan esencial para entender el proceso soviético.  En: Revista Socialism and Democracy. Spring/Sommer, 1988.
[3] Tomado de Ted Grant y Alan Wood, Lenin y Trotski, qué defendieron realmente. En Fundación Federico Engels
[4] León  Trotski.  ¿Qué es y a dónde se dirige al Unión Soviéticas? La revolución traicionada. Pathfinder. Nueva York. 1992
[5] Adolfo Sánchez. “¿Vale la pena el socialismo?”  En: Revista El viejo topo, noviembre 2002, número 172.
[6]  Vladimir I. Lenin. “Informe Político al undécimo congreso del Partido”. En: La última lucha de Lenin. Discursos y escritos., 1922-1923. Pathfinder, Nueva York, Estados Unidos,1997, p- 65
[7]  León Trotski. ¿Qué es y a dónde se dirige al Unión Soviéticas? La revolución traicionada. Pathfinder. Nueva York. 1992,  p-211
[8] Régimen en el que los dirigentes imponen a la fuerza un único sistema indispensable para el conjunto de la sociedad y penaliza incluso la idea de una alternativa. Robin Blackburn. “Después de la caída”,  p-177. En una graficación más amplia, dominación de un partido de masas dirigido por un líder carismático, una ideología oficial, el monopolio de los medios de comunicación de masas, el monopolio de las fuerzas armadas, un control policial terrorista, un control centralizado de la economía Philippe Bourrinet. “Víctor Serge: totalitarismo y capitalismo de Estado (Deconstrucción socialista y humanismo colectivista)”
[9] Los bolcheviques, en contra de sus intenciones, se vieron obligados a establecer el monopolio del poder político. Esta situación, considerada extraordinaria y temporal, originó enormes peligros en un momento en que la vanguardia del proletariado se veía sometida a la creciente presión de clases ajenas.  T. Grant-A. Wood Lenin y Trotski, qué defendieron realmente.
[10]  Eric Hobsbawn. Historia del siglo XX. 1914-1991. Serie Mayor, España, Barcelona, 1998, p-383
[11] Jorge Luis Acanda. Sociedad Civil y hegemonía. Ob. Cit., p-264
[12] Adriana D´Atri. Un análisis del rol destacado de las mujeres socialistas en la lucha contra la opresión y de las mujeres obreras en el inicio de la Revolución Rusa. 20 de octubre de 2003. En Diario electrónico alternativo Rebelión.
[13] Hasta la muerte de Stalin, los servicios secretos de la URSS funcionaron con distintos nombres: Cheka, GPU, OGPU, NKVD, KGB, MGB. En 1953 se fusionó el MGB (Ministerio de Seguridad del Estado) y el MVD (Ministerio de Asuntos Interiores) y tomó el mando del emergente Komitei Gosudarstvennoi Bezopasnosti (KGB).
[14] Aunque este órgano nunca desatendió su función de policía política del régimen,  su etapa más aberrante en cuanto a crímenes y desprecio humano fue la encabezada por Stalin, quien se apoyó en uno de los seres más despreciables que recuerda la trágica etapa del stalinismo: Beria, quien estuvo frente al KGB durante 15 años, acumulando un expediente criminal que abarcó 50 páginas en el folio de cargos por el que fue juzgado tras la muerte de su jefe, y que lo condujo al pelotón de fusilamiento.  Fue el hombre que garantizó la seguridad de Stalin y quizá su colaborador más eficiente, dotado de una pudrición moral única, lo que le permitió permanecer tanto tiempo junto al Secretario General del PCUS. Para más detalles ver: Maximovich, Ala. “Lavrenti Beria”. En: Revista Sputnik. No 12, Moscú, diciembre, 1988.    
[15] León Trotski. La revolución traicionada… Ob. Cit, p-184
[16] Suzzane Labin. Stalin el Terrible. Ob. Ct., p-136
[17] Vladimir I. Lenin. La última lucha de Lenin. Ob. Ct., p-204
[18] En muchas ocasiones dentro de las demarcaciones territoriales que no eran parte de la Federación de Rusia, los representantes rusos eran favorecidos con los mejores puestos en sectores claves de la economía y la política, lo que, a decir de Bárbara Sarabia, inclinaba sutilmente la balanza hacia el Centro, pues de las repúblicas periféricas se extraían las materias primas importantes, concentrándose el desarrollo industrial en las regiones eslavos y del Báltico, convirtiéndose en beneficiarias del atraso económico y tecnológico en que paulatinamente se sumían las repúblicas del Asia soviética. Bárbara Sarabia. “Reflexiones en torno al desmonte de la URSS” En: La Perestroika en tres dimensiones: expediente de un fracaso. Investigaciones, Centro de Estudios Europeos, La Habana, 1992, p- 108
[19] Ibd., p- 210
[20]  Vladimir I. Lenin. Ob.Ct., p-70
Rosa Luxemburgo y la Revolución Rusa[1]
Hiram Hernández Castro
 
Queda atrás la última década de un Siglo que fue testigo de uno de los acontecimientos más reveladores de la Historia: el agotamiento y derrumbe de una estructura sociopolítica que devenida en modelo cerró su posibilidad de reproducción. Los intelectuales de todo el mundo, unos quizá más sorprendidos que otros, se lanzaron a un heterogéneo debate que intentaba indagar en las disímiles causas de aquellos hechos. Sin embargo, no todos los discursos se alejaron de la mera suma de calamidades sobre la experiencia “socialista”. En la medida en que el pensamiento emancipador logre agudizar sus instrumentos de análisis político deberá asumir aquel proceso histórico como un referente obligado para la teoría y la práctica revolucionaria. Será preciso volver siempre a repensar sobre los hechos, las figuras, los documentos y las prácticas de poder comprometidas con las experiencias de la Revolución y el socialismo real. 
 
Es cierto que la trascendencia de la Revolución de Octubre como parte de ese proceso, no puede ser oscurecida por la posterior deformación y bochornoso final de la URSS. Sin embargo, y aunque las prácticas académicas se resientan, es preciso que la pasión no detenga la reflexión crítica y polémica sino, todo lo contrario, sea su elemento inmanente. Y es que en su momento la Revolución de Octubre fue el punto de encuentro de algunos de los debates más enconados de los que ha sido testigo el pensamiento humano. No fue teoría de gabinete, ni de torre de marfil, sino pensamiento gatillado por los problemas de la toma del poder en una experiencia inédita y concreta las condiciones sobre las cuales se ejerció la praxis política bolchevique.
 
Lenin, Trotsky, Bujarin, A. Kolontái entre otros, eran al tiempo que protagonistas, el centro de un copioso debate internacional, observado por furiosos detractores y emocionados amigos. La toma del poder institucional por un partido revolucionario fue un hecho pero su viabilidad en el tiempo dependía, en un contexto harto difícil, de las decisiones políticas de un pequeño grupo revolucionario. Lenin y Trotsky eran, entre otros, los líderes de aquel triunfo, pero discusión no era lo que faltaba entre ellos y otros no menos importantes teóricos revolucionarios, que desde dentro y fuera del Partido Bolchevique, acompañaban cada decisión con sus críticas. Esas enconadas discrepancias fueron la raíz de no pocos  textos que hoy constituyen el más valioso legado político de aquella Revolución.
 
Sin embargo, el termidor estalinista cerró el debate. Como afirmará Trotsky, existía entre los “amigos de la U.R.S.S.” cierto trasnochado consenso en considerar cualquier crítica peligrosa para la edificación del socialismo[2]. Mientras que al interior Stalin se aseguraba de fusilar la más mínima sospecha de disidencia. Las prácticas de  censura y la vulgar apología “izquierdista” sobrevivieron a Stalin, hasta el punto de amoldarse sintomáticamente a la reproducción del modelo hasta sus últimos días. Si bien el XX Congreso condenó los crímenes de Stalin, las prácticas inquisitivas contra el pensamiento crítico y la rebeldía, aún la de probado carácter revolucionario, no desapareció del todo, sino que se hizo más sutil, llegando a formar parte constitutiva de la cultura política institucional, social e individual del supuesto ciudadano socialista. Los comportamientos sociales inmediatos a la caída del muro constataron que aquel individuo presuntamente consciente volitivo se mostraba igual o más obnubilado que sus contemporáneos occidentales. La clase política que, por décadas, había asumido el papel de vanguardia del proyecto “socialista” prácticamente no se resistió y en muchos casos se convirtió en  protagonista de la estructuración del “nuevo sistema económico y político”.
 
Incluso podríamos decir que, lamentablemente, la acriticidad del Kremlin no dañó sólo al modelo eurosoviético, sino que se extendió a través de su influencia a los partidos comunistas y grupos de izquierda de todo el mundo. En este sentido, uno de los espacios más afectados fue el teórico-académico e intelectual. El llamado “marxismo-leninismo” o DIAMAT socializado por la escolástica estaliniana y que fuera colocado en el pedestal de ciencia de las ciencias, para nada fue una alternativa válida del diverso pensamiento marxista, sino que constituyó un retroceso lamentable.
 
Esmerados en justificar las prácticas concretas del poder burocrático, los “marxistas-leninistas” se alejaron por completo del referente real sobre el cual discurrían. Esto, unido a la lógica e histórica animadversión que los aparatos de dominación burguesa aseguran  como escenario para cualquier pensamiento emancipador, creó las condiciones idílicas de posibilidad para la extensión real y proclamada de la crisis del marxismo. Sin embargo, si por crisis entendemos ese momento en que un modelo o sistema está agotado pero aún vive, podríamos decir que aquel marxismo dogmático y doctrinario ha caído junto al muro -aunque alguna vez asome su cadáver- bajo otras neolenguas.
 
No obstante, siempre podremos mencionar significativos nombres de la intelligentsia marxista que en el campo teórico y/o axiológico, nos han dejado su memoria histórica de combate para insistir, repensar, no adaptarnos. Por otra parte, tengo la certeza de que en ciencias sociales, como en la sociedad, la salud es siempre consustancial a la polémica y a las alternativas que guían la búsqueda y creación de la verdad. Verdad siempre revolucionaria, y que parafraseando a Foucault, nunca se posee, sino se ejerce configurando un reticulado en el cual todos participamos. De eso trata precisamente el texto de Rosa Luxemburgo sobre La Revolución Rusa[3]: polémica, participación, creación y búsqueda de la verdad, no sólo en el sentido académico de la palabra, sino como imprescindible praxis revolucionaria.
 
Rosa Luxemburgo nació en 1871, pocos días antes de ser proclamada la Comuna de París, y murió un año después de la toma del poder por los bolcheviques. Así, entre “asaltos al cielo”, esta mujer, dedicó todas sus energías a la causa de la revolución obrera. Desde su temprano despertar político en Varsovia, hasta su cruel asesinato en Berlín en 1919, Luxemburgo no descansó ni como teórica del marxismo, ni como militante de la izquierda socialdemócrata.
 
Cuando triunfa la Revolución de Octubre, Rosa se encuentra encerrada en una celda de Breslau, Alemania. En estas condiciones escribe sus famosas notas sobre el triunfo revolucionario, y reflexiona sobre las primeras medidas tomadas por la dirección bolchevique. Hay quienes atribuyen a esta situación de enclaustramiento, cierta falta de información y perspectiva para lograr un verdadero análisis objetivo de lo que sucedía en Rusia. En realidad, la falta de información –digamos oficial- es una constante en la historia del pensamiento subversivo, de ahí que el carácter revolucionario necesite reforzar siempre su capacidad de leer entre líneas. De cualquier manera, más allá de la cantidad de información con que Rosa contara, sus palabras se defienden por sí mismas y más que una limitación, la situación en la que escribe puede verse como parte de su agudeza política y su inquebrantable fe revolucionaria.
 
Al parecer Rosa había escrito un artículo crítico sobre la política bolchevique, expresamente para la revista de la Liga Espartaco. El artículo fue rechazado por los editores pues consideraron que no debía haber ambigüedad en el estricto apoyo de la Liga a los revolucionarios rusos. Paul Levi, editor y amigo de Rosa, la convenció de la necesidad de ser extremadamente cautelosos en este sentido, pues la información con que contaban los obreros alemanes ya era bastante distorsionada. Quizá por eso aquellos apuntes sobre la Revolución no fueron en principio escritos para la publicación, sino para el propio Levi. Después de la expulsión de Levi del Partido Comunista en 1922, éste los publicó por su propia cuenta. Lenin responde desde Pravda: “Paul Levi quiere hacer buenas migas con la burguesía publicando los artículos en que Luxemburgo se equivocó[4].” Podía decirse que la obra en cuestión tuvo un nacimiento polémico y así ha continuado hasta hoy, pues aún es difícil encontrar el texto íntegro. Esto, lógicamente, se ha prestado para que intelectuales de las más disímiles tendencias rebanen de aquí y de allá para lograr el efecto esperado. Vale recalcar que ni las críticas más iluminadas pueden sustituir la lectura de la obra en tinta de su autora.
 
A la luz de los últimos acontecimientos, la obra de Luxemburgo muchas veces malsanamente criticada y sepultada, necesita y merece hoy, nuevos debates. Rosa ejerce su autorizado criterio en interrogantes vigentes en el pensamiento marxista. ¿Es la revolución sólo posible para los países a la vanguardia del desarrollo?. ¿Cuáles son y deben ser las prácticas de un poder no burgués? ¿Cuál es el papel de un partido de la clase obrera? ¿Dictadura o democracia?. ¿Espontaneidad o vanguardia? En ese sentido, el triunfo de Octubre es para Rosa un objeto obligado de su reflexión. Imposible sofocar el pensamiento de aquella mujer, cuando para ella la locomotora de la historia apenas echaba a andar.
 
Rosa coincide con Lenin en apostar por la Revolución en un eslabón débil de la cadena imperialista. Rechaza que Rusia, como afirmaba Kautsky y los mencheviques, no podía asumir tal reto, por ser un país atrasado y predominantemente agrario. Para ella, la revolución es legítima y madura a pesar de sus lógicas limitaciones: 
“Sería una loca idea pensar que todo lo que se hizo o se dejó de hacer en un experimento de dictadura del proletariado llevado a cabo en condiciones tan anormales, representa el pináculo mismo de la perfección (...) ni el idealismo más gigantesco ni el partido revolucionario más probado pueden realizar la democracia y el socialismo, sino solamente distorsionados intentos de una y otro”[5]
Mas esto no es para Rosa un demérito de los bolcheviques, sino la confirmación de la necesidad vital de que para que la Revolución y sus profundas transformaciones se consoliden, es imprescindible que acuda en su auxilio el movimiento obrero internacional, no sólo en apoyo a Rusia sino haciendo su propia revolución.
“... acción sin la cual hasta los mayores esfuerzos y sacrificios del proletariado de un solo país, inevitablemente se confunden en un fárrago de contradicciones y errores garrafales”[6]
Rosa veía en el bolchevismo la expresión más acabada y radical de la acción revolucionaria. En sus palabras se siente el temor a que los bolcheviques no puedan sostenerse en el poder, entre la manifestación de actitudes ineficaces de la extinta Internacional obrera y una revolución alemana que no comparece. Rosa, al igual que Lenin, denuncia la bancarrota y anhela la refundación de la Internacional, que debía caracterizarse por asumir la dirección de la lucha revolucionaria de clase contra el imperialismo en todos los países.
 
Para Rosa la esencia del triunfo de Lenin-Trotsky –la mención del segundo agrega un motivo más para la desaparición del texto-, está en la radicalidad de la política asumida por el Partido. Los bolcheviques no evadieron las principales exigencias del pueblo ruso: paz y tierra. La consigna “Todo el poder a los Soviets” entregó a los bolcheviques la espada de la Revolución. Ellos eran el único partido capaz de comprender los objetivos y tácticas reales, para nuclear y colocarse al frente de las clases, grupos y sectores genuinamente revolucionarios.
“Queda claro que en toda revolución sólo podrá tomar la dirección y el poder, el partido que tenga el coraje de plantear las consignas adecuadas para impulsar el proceso hacia delante.”[7]
Estas consideraciones,  que no aparecen por primera vez en su obra, no sólo obedecen a la justa valoración de la política bolchevique, sino que es otro de sus puñetazos a la socialdemocracia alemana, a Kautsky, al oportunismo, al reformismo y a todas las manifestaciones “centristas” consideradas por ella traidoras a la causa de la revolución.  La revolución avanza o pronto retrocede, es una frase recurrente en su pensamiento; no hay punto medio, no hay concesiones, la política revolucionaria no permite la indecisión.
“Los bolcheviques representaron todo el honor y la capacidad revolucionaria de que carecía la socialdemocracia occidental. Su insurrección de Octubre no sólo salvó realmente la Revolución Rusa; también salvó el honor del socialismo internacional.” [8]
Si bien la Revolución Rusa constituía un paradigma, este no era ni podía ser perfecto e infalible. A Rosa le preocupan las generalizaciones normativas que Rusia podía fundar dentro del proletariado internacional. Las siempre cuestionables prácticas de poder, y las primeras medidas tomadas por el gobierno revolucionario, pulsan en Rosa un examen político desechando la vulgar y, por principio, reactiva apología.
“Lo que podrá sacar a la luz los tesoros de las experiencias y las enseñanzas, no será la apología acrítica sino la crítica penetrante y reflexiva.” [9]
Rosa pone su atención en el problema agrario como tarea política y económica de primer orden. Su tesis en este sentido, es sencilla y lúcida. La consigna leninista “vayan y aprópiense de la tierra” no facilita una transición coherente hacia la futura reforma socialista en la agricultura, sino que la perjudica. Para Rosa, los bolcheviques, tan enfrascados en ganar el apoyo de hoy, han comprometido el futuro del proyecto socialista. Tornar de forma súbita y caótica la propiedad terrateniente en pequeñas propiedades campesinas, constituye un error pues no se puede convertir propiedades de relativa eficiencia, en primitivas unidades con técnicas atrasadas. ¿Cómo resolverán ahora el necesario abasto de productos sin poner a la ciudad a merced de la especulación campesina? ¿Cómo convencer mañana a esa masa rural convertida en propietaria, que socialice la propiedad en pro del desarrollo y el socialismo?. 
“La reforma agraria leninista creó una nueva y poderosa capa de enemigos populares del socialismo en el campo, enemigos cuya resistencia será más peligrosa y firme que la de todos los grandes terratenientes nobles.” [10]
¿Qué debía hacerse?. Ella afirma que cualquiera que sea la política  particular adoptada por  una economía socialista en el agro, debe primero nacionalizar la gran empresa y acercar la agricultura a la industria. Rosa comprende la imposibilidad de resolver en esos momentos la tarea más difícil, pero sostiene que un gobierno socialista no debe tomar medidas en su etapa de transición, que nieguen o traben las futuras transformaciones de las relaciones agrarias. No nos explica más, quizás estaba fuera de sus manos precisar o lo consideró inapropiado. De cualquier manera, la tesis de Rosa en su sentido normativo me parece certera. De hecho, Lenin había manifestado en junio de 1917 : “... a menos que la tierra sea cultivada en común por los trabajadores agrícolas usando la maquinaria más moderna y el asesoramiento científico-técnico de especialistas agrónomos, no habrá escape posible del yugo del capitalismo” [11]
 
Una reflexión similar le merece a Rosa su análisis sobre la “cuestión de las nacionalidades”. Este capítulo constituye una de las críticas más claras del apoyo bolchevique al derecho de las naciones a su autodeterminación. Tampoco era la primera vez que atacaba enconadamente este problema dentro de los programas socialistas. En el texto conocido como “El folleto de Junius” publicado en abril de 1916 afirmaba:
“La misión inmediata del socialismo es la liberación espiritual del proletariado de la tutela de la burguesía, que se expresa a través de la influencia de la ideología nacionalista. Las secciones nacionales deben denunciar en la prensa y el parlamento, que el palabrerío hueco del nacionalismo es un instrumento de la dominación burguesa” [12]
Lenin defendía la libertad de aquellos pueblos oprimidos por el Imperio Zarista, a ejercer su voluntad de separarse de Rusia. La autora, con cierta ironía, apunta que esa inconsecuente “vocación democrática” de los bolcheviques no es más que un mal cálculo político. ¿Es acaso la voluntad del pueblo la que se impondrá?. Rosa comprende que las burguesías se apoderan de este derecho como instrumento de la contrarrevolución  contra Rusia. Afirma que Lenin debió defender con “uñas y dientes la integridad del Imperio Ruso como área revolucionaria”.[13]
 
Rosa apunta que los bolcheviques socializan tácticas políticas impuestas en fatales circunstancias, como si fueran virtudes de la Revolución. Es cierto que la agresión permanente del imperialismo –apunta la autora- no permite a los bolcheviques contar con un amplio margen de alternativas políticas con relación a las naciones alógenas. Sin embargo, se acude a la fraseología vacía del nacionalismo burgués para demostrar una vocación democrática que al interior de la sociedad –cree la autora- se ha comprometido negativamente. Para Rosa, no es el discurso democrático que apela a la soberanía el que garantiza la revolución, pues éste puede fácilmente ser manipulado por las elites burguesas nacionales, sino una democracia cotidiana que involucre a los actores sociales comprometidos con el cambio. No obstante, los desacuerdos entre Lenin y Rosa,  en cuanto a la cuestión de las nacionalidades, respondieron más a una táctica que a la teoría de Lenin sobre el nacionalismo y el derecho de autodeterminación.
 
A partir de aquí el texto se adentra en lo que pudiera considerarse el núcleo duro de las disensiones entre Rosa y el bolchevismo. Rosa analiza la disolución de la Asamblea Constituyente, el derecho al sufragio, la corrupción y el papel de los mecanismos democráticos de poder, la dictadura y la democracia. Montañas de artículos se han escrito argumentando las limitaciones de Luxemburgo o su posterior acercamiento a las concepciones leninistas, quizás en respuesta a tesis que convertían a Luxemburgo en el paradigma del llamado socialismo democrático o de tercera vía. En cuanto a la obra en cuestión, los “marxistas-leninistas” tendían a ocultarla o negarle madurez, mientras los socialdemócratas la proclamaban “el testamento político de Luxemburgo”. Unos y otros intentaron clausurar el sentido de la obra en función de intenciones políticas muy apartadas de la praxis revolucionaria que incentivó el pensamiento de la revolucionaria. 
 
Leer el texto rechazando interpretaciones dicotómicas es, sin dudas, encontrar preguntas medulares que continúan provocando insomnio al carácter emancipador. Hoy  importa menos si Rosa posteriormente se acercó a Lenin o viceversa, en la discusión teórica sobre el  poder, mucho más trascendente es la polémica en sí, que enriquece y aporta puntos de partida a un debate que no cuenta con definiciones infalibles. Cargar la balanza hacia uno u otro lado es anquilosar peligrosamente el pensamiento, persistir en el debate es, ante todo, negar que hayamos llegado al fin de la historia. El tema de las necesarias rupturas entre las prácticas políticas de una revolución burguesa y una revolución emancipadora, en cuanto a la socialización del poder, debe constituir uno de los núcleos duros del debate entre los actores sociales comprometidos con el cambio y la subversión política de la hegemonía dominadora.
 
Lenin había propuesto que el Congreso de los Soviets se convirtiera en Asamblea Constituyente, pero este criterio no tuvo consenso pues el Partido Bolchevique había utilizado la convocatoria sin demora a la Asamblea, como política contra el Gobierno Provisional. Sin embargo, era evidente que la Asamblea sería configurada con una mayoría del ala derecha del partido social-revolucionario, decidido a entorpecer el camino bolchevique, creando una situación de doble poder intolerable para el nuevo gobierno. En la mañana del 20 de enero, el gobierno declara disuelta la Asamblea con el argumento de que ésta estaba incapacitada para asumir el giro político radical que significaba la Revolución. Se deshacía así un grave peligro, y esto era posible pues no existía en el pueblo ruso una tradición afín al parlamento como institución representativa.
 
Rosa aprueba la disolución de aquella Asamblea, pero insta a salvar los fundamentos de la institución como instrumento democrático para el nuevo contexto de relaciones sociales que una Revolución socialista debía establecer. Para ella el parlamento, el sufragio, la libertad de prensa, asociación, reunión, etc. son meros mecanismos formales en manos de la burguesía, pero reales y efectivos como control y consulta popular en un nuevo orden socialista. Luxemburgo aprueba el puño de hierro expresado en política concreta contra enemigos de la Revolución, pero la rechaza  en tanto “ley general de largo alcance” lo cual afecta la democracia no sólo como valor, sino como instrumento de la política socialista. No es un problema de mera justicia –nos dice- sino una necesidad vital para la libertad política donde intervienen amplias masas. 
“Con toda seguridad, toda institución democrática tiene sus límites e inconvenientes, lo que indudablemente sucede con todas las instituciones humanas. Pero el remedio que encontraron Lenin y Trotsky, la eliminación de la democracia como tal, es peor que la enfermedad que se supone va a curar, pues detiene la única fuente viva de la cual puede surgir el correctivo a todos los males innatos de las instituciones sociales. Esa fuente es la vida política activa, sin trabas, enérgica, de las más amplias masas populares.” [14]
En su análisis sobre la dictadura del proletariado, la autora insiste que será cualitativamente superior en correspondencia al entrenamiento y cultura política del pueblo. Cultura política que se gana sólo en el ejercicio del poder, y para esto las masas no pueden vivir en estado de asepsia, alejadas de las decisiones públicas, donde siempre será inevitable disentir. Las tareas y fines propuestas por los bolcheviques, necesitan de la experiencia y la politización de la masa. Podríamos interpretar de Rosa importa menos el número de militantes del partido, que las influencias recíprocas establecidas entre éste y la sociedad sobre la base de la libertad política.
 
El marxismo dogmático sostiene que la clase obrera tiende a una conciencia corporativa o tradeunionista como expresión de sus intereses inmediatos. La ideología viene desde el exterior y sería la acción del Partido quien, conformado por intelectuales identificados con la clase obrera y sectores esclarecidos, conformaría una vanguardia. Vanguardia que dirige a la vez que educa. Se trata de hacer comprender –por métodos persuasivos- los fines históricos del proyecto e inculcar en la clase comportamientos de unidad revolucionaria coherentes con él.
 
Sin embargo -apunta Rosa- ese momento político en el cual un partido se pone a la vanguardia, no es un don dado de una vez y para siempre, sino que debe constituirse en la lucha cotidiana, el riesgo político y el aprovechamiento de la experiencia de la masa; principios esenciales  para evitar la burocratización y anquilosamiento de las prácticas de poder. El propio Lenin dedicó sus últimas energías a luchar contra el fenómeno burocrático. No obstante, fue dominante la idea de que el burocratismo era un fenómeno hereditario y no un efecto sistémico. En el texto de Rosa podemos enfrentar el vigente peligro de sostener una visión instrumental del aparato estatal, donde la unidad de los actores sociales junto a su vanguardia se asuma como un principio a priori y no como la consecuencia política de la acción de una masa críticamente politizada. Es preciso no olvidar que la revolución bolchevique, (como cualquier revolución emancipadora) “no se trataba de una alternancia en el gobierno, sino de una alternativa (...) de dimensión mundial.”[15] Y esto hace imprescindible no cejar en esta discusión.
 
Es esencial analizar con seriedad las condiciones de posibilidad que permitieron a Stalin llegar y consolidar su megapoder mediante una estructura piramidal de orden y mando. A contrapelo del discurso, es conocido que el Buró Político concentró un poder incontestable y monopolizó las decisiones a todos los niveles. Es al pensamiento revolucionario a quien corresponde hacer la crítica más filosa contra un régimen que muy lejos de cometer errores,  cometió el genocidio contra su propio pueblo. ¿Quién puede negar hoy que los peligros que Rosa mencionaba fueran ciertos?
“... en realidad dirigen sólo una docena de cabezas pensantes, y de vez en cuando se invita a una elite de la clase obrera a reuniones donde deben aplaudir los discursos de los dirigentes, y aprobar por unanimidad las mociones propuestas –en el fondo, entonces, una camarilla- una dictadura, por cierto, no la dictadura del proletariado sino la de un grupo de políticos, es decir, una dictadura en el sentido burgués.” [16]
Encierran esas palabras no sólo la crítica a un orden burocratizado o teoría del sustitutismo, sino un análisis mucho más profundo. La crítica al sentido burgués es el cuestionamiento a una racionalidad ilustrada en el molde de las relaciones de poder, o sea, el discurso que establece que los atributos de saber generan una asimetría de los roles sociales, donde los que saben “iluminados” tienen el deber de conducir al otro a una tierra prometida, sin que medien resistencias ni actitudes subversivas.[17] Rosa comparte el criterio del Partido como educador, pero esta “educación”, cuando se instrumentaliza en dominación, objetualiza a los actores sociales hasta el extremo de imposibilitar toda autonomía.
 
La crítica al sentido burgués es la crítica a la doctrina liberal limitada a plantearse y reproducir mecanismos de control para que, gobierne quien gobierne, el sistema responda a los intereses de toda la clase burguesa (y no sólo a un sector de dicha clase). Por supuesto, esta idea normativa debe ser superada por el pensamiento emancipador. De hecho, sería muy difícil sustentar la tesis “el fin justifica los medios” para una revolución política cuyo objetivo sea la emancipación. Es de suponer, que toca a la política revolucionaria crear prácticas de poder, no instrumentalizadas, superando esa lógica burguesa de dominación. 
 “... siempre hemos denunciado el duro contenido de desigualdad social y falta de libertad que se esconde bajo la dulce cobertura de la igualdad y la libertad formales” –y agrega- “Pero la democracia socialista no es algo que recién comienza en la tierra prometida, después de creados los fundamentos de la economía socialista, no llega como una suerte de regalo de Navidad para los ricos quienes, mientras tanto, apoyaron lealmente a un puñado de dictadores socialistas. La democracia socialista comienza simultáneamente con la destrucción del dominio de clase y la construcción del socialismo. Comienza en el momento mismo de la toma del poder por el partido socialista. Es lo mismo que la dictadura del proletariado.” [18]
Hoy se impone una visión amplia del concepto “dictadura del proletariado”. Asumir que el cambio social deviene de un conjunto de fuerzas que coexisten enajenadas de las decisiones políticas y atrapadas por el entramado burocrático y burgués. Plurales son las formas de dominación y plurales serán las formas de expresión subversivas y las acciones liberadoras. Es imprescindible la superación de esquemas instrumentales de la política, del Estado y de la democracia, que reducen nuestra crítica política a la utilización deseable de alguna que otra plomería de administración y control del desastre. 
 
Superar esa clausura del sentido burgués (liberal, positivista) es asumir la democracia como acción que se ejerce para expresar los proyectos crítico-reflexivos nacidos de los imaginarios sociales. De manera, que nos compromete a todos la lucha por una verdadera socialización del poder. Poder que nunca es atributo exclusivo y excluyente de un Estado o institución, sino un componente inmanente a toda relación social y de la cual podemos y debemos apropiarnos para subvertir su lógica y funcionamiento. Hablar, por tanto, de política, asumiendo las experiencias y múltiples ensayos históricos de lucha contra la hegemonía del capital, implica hacer de la democracia no una obra ingeniera para garantizar la gobernabilidad de un hombre estigmatizado por naturaleza, sino un acto de creación emancipadora.
 
Quizá es cierto que ni Marx ni Lenin ni Rosa, pueden ofrecernos todas las respuestas y preguntas que hoy necesitamos. Pero, sin dudas, ellos abrieron brechas y hoy es imprescindible apropiarnos de su memoria histórica de combate. Así vio Lenin a Rosa “como un águila de la cual había que publicar sus obras completas, pues serían útiles a muchas generaciones”[19]. Desde esa perspectiva la polémica Lenin-Rosa me anima a creer que la sociedad deseable implica la subversión de todo modelo autoritario que reproduzca la objetualización de los actores sociales. De modo que, la emancipación, es decir, la socialización del poder que nos constituye, sea la acción que comprometa a la democracia en cada una de nuestras relaciones personales y sociales.  
 
Referencias
[1] El texto pertenece a una fecha anterior al Encuentro Internacional Rosa Luxemburgo y los problemas contemporáneos que fuera publicado bajo el título Rosa Luxemburgo. Una rosa roja para el Siglo XXI. Ed: Centro de investigación y desarrollo de la cultura cubana Juan Marinello, La Habana, 2001. Al parecer la preocupación por el silencio en torno a la obra de Luxemburgo fue un interés compartido. 
[2] Trotsky, León: La Revolución Traicionada. Ed: Pathfinder, Nueva York, 2000, pp. 27-30.
[3] Luxemburgo, Rosa: II obras escogidas “La Revolución Rusa” Bogotá, 1976. Ed: Pluma, 1976, pp. 179-219.
[4] Ibídem. “Notas de un periodista” por V.I. Lenin, pp. 273-274.
[5] Ibídem, p. 184.
[6] Idem.
[7] Ibídem. p. 208
[8] Ibídem. p. 191.
[9] Idem.
[10] Ibídem, p. 195.
[11] Hill, Christopher: “La Revolución Rusa” Ed: Revolucionaria, La Habana, 1978
[12] Luxemburgo, Rosa: “El folleto Junius: la crisis de la socialdemocracia” Bogotá, Ed. Pluma, 1976, p.147.
[13] Ibídem: Op. Cit. 1976, pp. 195-202.
[14] Ibídem, p. 206.
[15] Fung, Thalía: ¿Ciencia política en Lenin? Conjeturas y bosquejos, En revista, Marx Ahora No 4-5, La Habana, 1997, p. 63.
[16] Luxemburgo: Op. Cit., 1976, p. 212.
[17] Acanda, Jorge Luis: ¿Bolcheviques en el psicoanálisis?. En revista: Temas No 14, abril-junio 1998, La Habana, pp. 133-114.   
[18] Luxemburgo: Op. Cit., p. 215.
[19]V.I. Lenin: Op. Cit., p. 273.
 
¿Qué es la URSS?

Relaciones sociales
 
La propiedad estatizada de los medios de producción domina casi exclusivamente en la industria. En la agricultura sólo está representada por los sovjoses, que no abarcan más que el 10% de las superficies sembradas. En los koljoses, la propiedad cooperativa o la de las asociaciones se combina en proporciones variables con las del Estado y las del individuo. El suelo perteneciente jurídicamente al Estado, pero concedido “a goce perpetuo” a los koljoses, difiere poco de la propiedad de las asociaciones. Los tractores y las máquinas pertenecen al Estado; el equipo de menor importancia, a la explotación colectiva. Todo campesino de koljos tiene, además, su empresa privada. El 10% de los cultivadores permanece aislado.
 
Según el censo de 1934, el 28,1% de la población estaba compuesto por obreros y empleados del Estado. Los obreros célibes de industria y de la construcción eran 7,5 millones en 1935. Los koljoses y los oficios organizados por la cooperación constituían, en la época del censo, el 45,9% de la población. Los estudiantes, los militares, los pensionados y otras categorías que dependen inmediatamente del Estado, el 3,4%. En total, el 74% de la población pertenecía al “sector socialista” y disponía del 95,8% del capital del país. Los campesinos aislados y los artesanos representaban todavía (en 1934) el 22,5% de la población, pero apenas poseían un poco más del 4 % del capital nacional.
 
No ha habido censo desde 1934, y el próximo se efectuara en 1937. Sin embargo, es indudable que el sector privado de la economía ha sufrido nuevas limitaciones en favor del “sector socialista”. Los cultivadores individuales y los artesanos constituyen en la actualidad, según los órganos oficiales, cerca del 10 % de la población, o sea 17 millones de almas; su importancia económica ha caído mucho más bajo que su importancia numérica. Andreev, secretario del Comité Central, declaraba en abril de 1936: “En 1936, el peso específico de la producción socialista en nuestro país debe constituir el 98,5 %, de manera que no le quedará al sector no socialista más que un insignificante 1,5%...” Estas cifras optimistas parecen, a primera vista, probar irrefutablemente la victoria “definitiva e irrevocable” del socialismo. Pero, desdichado del que detrás de la aritmética no vea la realidad social.
 
Estas mismas cifras son un poco forzadas. Basta indicar que la propiedad privada de los miembros de los koljoses está comprendida en el “sector socialista”. Sin embargo, el eje del problema no está allí. La indiscutible y enorme superioridad estadística de las formas estatales y colectivas de la economía, por importante que sea para el porvenir, no aleja otro problema igualmente importante: el del poder de las tendencias burguesas en el seno mismo del “sector socialista”, y no solamente en la agricultura, sino también en la industria. La mejoría del estándar de vida obtenida en el país, basta para provocar un crecimiento de las necesidades, pero de ninguna manera basta para satisfacerlas. El propio dinamismo del desarrollo económico implica cierto despertar de los apetitos pequeñoburgueses, y no únicamente entre los campesinos y los representantes del trabajo “intelectual”, sino también entre los obreros privilegiados. La simple oposición de los cultivadores individuales a los koljoses y de los artesanos a la industria estatizada, no dan la menor idea de la potencia explosiva de estos apetitos que penetran en toda la economía del país y se expresan, para hablar sumariamente, en la tendencia de todos y de cada uno, de dar a la sociedad lo menos que pueden y sacar de ella lo más.
 
La solución de los problemas de consumo y de competencia para la existencia, exige la misma energía e ingeniosidad, cuando menos, que la edificación socialista en el sentido propio de la palabra; de allí proviene, en parte, el débil rendimiento del trabajo social. Mientras que el Estado lucha incesantemente contra la acción molecular de las fuerzas centrífugas, los propios medios dirigentes constituyen el lazo principal de la acumulación privada lícita o ilícita. Enmascaradas por las nuevas normas jurídicas, las tendencias pequeñoburguesas no se dejan asir fácilmente por la estadística. Pero la burocracia “socialista”, esta asombrosa contradictio in adjecto, monstruosa excrecencia social, siempre creciente, y que se transforma, a su vez, en causa de fiebres malignas de la sociedad, comprueba su claro predominio en la vida económica.
 
La nueva Constitución, construida enteramente, tal como veremos, sobre la identificación de la burocracia y del Estado -así como del pueblo y del Estado-, dice: “La propiedad del Estado, en otras palabras, la de todo el pueblo...”. Sofisma fundamental de la doctrina oficial. No es discutible que los marxistas, comenzando por el mismo Marx, hayan empleado con relación al Estado obrero los términos de propiedad “estatal”, “nacional” o “socialista”, como sinónimos. A grandes escalas históricas, esta manera de hablar no presentaba inconvenientes; pero se transforma en fuente de groseros errores y de engañifas al tratarse de las primeras etapas, aún no aseguradas, de la evolución de la nueva sociedad aislada y retrasada, desde el punto de vista económico, con relación a los países capitalistas.
 
Para que la propiedad privada pueda llegar a ser social, tiene que pasar ineludiblemente por la estatización, del mismo modo que la oruga, para transformarse en mariposa, tiene que pasar por la crisálida. Pero la crisálida no es una mariposa. Miríadas de crisálidas perecen antes de ser mariposas. La propiedad del Estado no es la de “todo el pueblo” más que en la medida en que desaparecen los privilegios y las distinciones sociales y en que, en consecuencia, el Estado pierde su razón de ser. Dicho de otra manera: la propiedad del Estado se hace socialista a medida que deja de ser propiedad del Estado. Por el contrario, mientras el Estado soviético se eleva más sobre el pueblo, más duramente se opone, como el guardián de la propiedad, al pueblo dilapidador, y más claramente se declara contra el carácter socialista de la propiedad estatizada.
 
Aún estamos lejos de la supresión de las clases”, reconoce la prensa oficial, y se refiere a las diferencias que subsisten entre la ciudad y el campo, entre el trabajo intelectual y el manual. Esta confesión puramente académica tiene la ventaja de justificar por el trabajo “intelectual” los ingresos de la burocracia. Los “amigos”, para quienes Platón es más caro que la verdad, también se limitan a admitir en estilo académico la existencia de vestigios de desigualdad. Pero estos vestigios están muy lejos de bastar para dar una explicación a la realidad soviética. Si la diferencia entre la ciudad y el campo se ha atenuado desde determinados puntos de vista, en cambio, desde otros se ha profundizado, a causa del rápido crecimiento de la civilización y del confort en las ciudades, es decir, de la minoría ciudadana. La distancia social entre el trabajo manual y el intelectual, en lugar de disminuir, ha aumentado durante los últimos años, a pesar de la formación de cuadros científicos salidos del pueblo. Las barreras milenarias de las castas que aíslan al hombre -al ciudadano educado del mujik inculto, al mago de la ciencia del peón-, no solamente se han mantenido bajo formas más o menos atenuadas, sino que renacen abundantemente y revisten un aspecto provocativo.
 
La famosa consigna: “Los cuadros lo deciden todo”, caracteriza mucho más francamente de lo que quisiera Stalin a la sociedad soviética. Por definición, los cuadros están llamados a ejercer la autoridad. El culto a los cuadros significa, ante todo, el de la burocracia, de la administración, de la aristocracia técnica. En la formación y en la educación de los cuadros, como en otros dominios, el régimen soviético realiza una labor que la burguesía ha terminado desde hace largo tiempo. Pero como los cuadros soviéticos aparecen bajo el estandarte socialista, exigen honores casi divinos y emolumentos cada vez más elevados. De manera que la formación de cuadros “socialistas” va acompañada por un renacimiento de la desigualdad burguesa.
 
Puede parecer que no existe ninguna diferencia, desde el punto de vista de la propiedad de los medios de producción, entre el mariscal y la criada, entre el director de trusts y el peón, entre el hijo del comisario del pueblo y el vagabundo. Sin embargo, los unos ocupan bellos departamentos, disponen de varias villas en diversos rincones del país, tienen los mejores automóviles y, desde hace largo tiempo, ya no saben cómo se limpia un par de zapatos; los otros viven en barracas, en las que faltan frecuentemente los tabiques, están familiarizados con el hambre y no se limpian los zapatos porque andan descalzos. Para el dignatario, esta diferencia no tiene importancia; para el peón, es de las más importantes.
 
Algunos “teóricos” superficiales pueden consolarse diciéndose que el reparto de bienes es un factor de segundo orden en comparación con la producción. Sin embargo, la dialéctica de las influencias recíprocas guarda toda su fuerza. El destino de los medios nacionalizados de producción se decidirá, a fin de cuentas, según la evolución de las diferentes condiciones personales. Si un vapor se declara propiedad colectiva, y los pasajeros quedan divididos en primera, segunda y tercera clase, es comprensible que la diferencia de las condiciones reales terminará por tener, a los ojos de los pasajeros de tercera, una importancia mucho mayor que el cambio jurídico de la propiedad. Por el contrario, los pasajeros de primera expondrán gustosamente, entre café y cigarrillos, que la propiedad colectiva es todo, que, comparativamente, la comodidad de los camarotes no es nada. Y el antagonismo resultante de estas situaciones asestará rudos golpes a una colectividad inestable.
 
La prensa soviética ha relatado con satisfacción que un chiquillo al visitar el jardín de aclimatación de Moscú preguntó a quién pertenecía el elefante, y al oír decir: “Al Estado”, concluyó inmediatamente: “Entonces también es un poco mío”. Si en realidad hubiera que repartir el elefante, los valiosos colmillos irían a los privilegiados, algunos dichosos apreciarían el jamón del paquidermo, y el mayor número tendría que contentarse con las tripas y las sobras. Los chiquillos perjudicados en el reparto se sentirían poco inclinados a confundir su propiedad con la del Estado. Los jóvenes vagabundos no tienen como propiedad más que lo que acaban de robar al Estado. Es muy probable que el chiquillo del jardín de aclimatación fuese el hijo de un personaje influyente habituado a pensar que “El Estado soy yo”.
 
Si traducimos, para expresarnos mejor, las relaciones socialistas en términos de Bolsa, los ciudadanos serían los accionistas de una empresa que poseyera las riquezas del país. El carácter colectivo de la propiedad supone un reparto “igualitario” de las acciones y, por tanto, un derecho a dividendos iguales para todos los “accionistas”. Los ciudadanos, sin embargo, participan en la empresa como accionistas y como productores. En la fase inferior del comunismo, que hemos llamado socialismo, la remuneración del trabajo se hace aún según las normas burguesas, es decir, de acuerdo con la cualificación del trabajo, su intensidad, etc.
 
Los ingresos teóricos de un ciudadano se forman, pues, de dos partes, a + b, el dividendo más el salario. Mientras más desarrollada es la técnica y la organización económica está más perfeccionada, mayor será la importancia del factor a con relación a b; y será menor la influencia ejercida sobre la condición material por las diferencias individuales del trabajo. El hecho de que las diferencias de salario en la U.R.S.S. no sean menores, sino mayores, que en los países capitalistas, nos impone la conclusión de que las acciones están repartidas desigualmente y que los ingresos de los ciudadanos implican, al mismo tiempo que un salario desigual, partes desiguales del dividendo. Mientras que el peón no recibe más que b, salario mínimo que recibiría en idénticas condiciones en una empresa capitalista, el stajanovista y el funcionario reciben 2a + b o 3a + b, y así sucesivamente. Por otra parte, b puede transformarse en 2b, 3b, etc. En otras palabras, la diferencia de los ingresos no sólo está determinada por la simple diferencia del rendimiento individual, sino por la apropiación enmascarada del trabajo de otros. La minoría privilegiada de los accionistas vive a costa de la mayoría expoliada.
 
Si se admite que el peón soviético recibe más de lo que recibiría, con el mismo nivel técnico y cultural, en una empresa capitalista, es decir, que es un pequeño accionista, su salario debe considerarse como a + b. Los salarios de las categorías mejor pagadas serán expresados, en este caso, por la fórmula 3a + 2b; 10a + 15b, etc., lo que significaría que mientras que el peón tiene una acción, el stajanovista tiene 3 y el especialista, 10; y que, además, sus salarios, en el sentido propio de la palabra, están en la proporción de 1 a 2 y a 15. Los himnos a la sagrada propiedad socialista parecen, bajo estas condiciones, mucho más convincentes para el director de fábrica o de trust o el stajanovista, que para el obrero ordinario o para el campesino del koljos. Ahora bien, los trabajadores no cualificados constituyen la inmensa mayoría en la sociedad, y el socialismo debe contar con ellos y no con una nueva aristocracia.
 
El obrero no es, en nuestro país, un esclavo asalariado, un vendedor de trabajo-mercancía. Es un trabajador libre” (Pravda). En la actualidad, esta fórmula elocuente no es más que una inadmisible fanfarronada. El paso de las fábricas a poder del Estado no ha cambiado más que la situación jurídica del obrero; de hecho, vive en medio de la necesidad, trabajando cierto número de horas por un salario dado. Las esperanzas que el obrero fundaba antes en el partido y en los sindicatos, las ha trasladado, después de la Revolución, sobre el Estado que él mismo ha creado. Pero el trabajo útil de ese Estado se ha visto limitado por la insuficiencia de la técnica y de la cultura. Para mejorar una y otra, el nuevo Estado ha recurrido a los viejos métodos: agotamiento de los nervios y de los músculos de los trabajadores. Se ha formado todo un cuerpo de aguijoneadores. La gestión de la industria se ha hecho extremadamente burocrática. Los obreros han perdido toda influencia en la dirección de las fábricas. Trabajando por piezas, viviendo en medio de un malestar profundo, privado de la libertad de desplazarse, sufriendo hasta en la misma fábrica un terrible régimen policiaco, el obrero difícilmente podrá sentirse un “trabajador libre”. Para él, el funcionario es un jefe; el Estado, un amo. El trabajo libre es incompatible con la existencia del Estado burocrático.
 
Todo lo que acabamos de decir se aplica al campo, con algunos correctivos necesarios. La teoría oficial erige la propiedad de los koljoses en propiedad socialista. La Pravda escribe que los koljoses “ya son en realidad comparables a las empresas de Estado del tipo socialista”. Agrega inmediatamente que la “garantía del desarrollo socialista de la agricultura reside en la dirección de los koljoses por el partido bolchevique”, esto es trasladarnos de la economía a la política. Es decir, que las relaciones socialistas están establecidas, por el momento, no en las verdaderas relaciones entre los hombres, sino en el corazón tutelar de los superiores. Los trabajadores harán bien en desconfiar de este corazón. La verdad es que la economía de los koljoses está a medio camino entre la agricultura parcelaria individual y la economía estatal; y que las tendencias pequeñoburguesas en el seno de los koljoses son completadas, de la mejor manera, por el rápido crecimiento del haber individual de los campesinos.
 
Con sólo 4 millones de hectáreas, contra 108 millones de sembradíos colectivos, o sea menos del 4% las parcelas individuales de los miembros de los koljoses, sometidas a una cultura intensiva, proporcionan al campesino los artículos más indispensables para su consumo. La mayor parte del ganado mayor, de los corderos, de las cerdos, pertenece a los miembros de los koljoses y no a los koljoses. Sucede frecuentemente que los campesinos den a sus parcelas individuales el principal cuidado y releguen a segundo término los koljoses de débil rendimiento. Los koljoses que pagan mejor la jornada de trabajo ascienden, por el contrario, un escalón, formando una categoría de granjeros acomodados. Las tendencias centrífugas no desaparecen aún, por el contrario, se fortifican y se extienden. En cualquier caso, los koljoses por el momento no han logrado más que transformar las formas jurídicas de la economía en el campo; particularmente, en el modo de reparto de los ingresos; casi no han afectado a la antigua isba, a la hortaliza, a la cría de ganado, al ritmo del penoso trabajo de la tierra, ni aun a la antigua manera de considerar al Estado, que si ya no sirve a los propietarios territoriales y a la burguesía, toma demasiado al campo para la ciudad y mantiene a demasiados funcionarios voraces.
 
Las categorías siguientes figurarán en el censo del 6 de enero de 1937: obreros, empleados, trabajadores de koljoses, cultivadores individuales, artesanos, profesiones libres, servidores del culto, no trabajadores. El comentario oficial precisa que no se incluyan otras rúbricas porque no hay clases en la U.R.S.S. En realidad tal estadística esta concebida para disimular la existencia de medios privilegiados y de bajos fondos desheredados. Las verdaderas capas sociales a las que se hubiera debido señalar, por medio de un censo honrado, son éstas: altos funcionarios, especialistas y otras personas que viven burguesamente; capas medias e inferiores de funcionarios y especialistas que viven como pequeño burgueses; aristocracia obrera y koljosiana, situada casi en las mismas condiciones que los anteriores; obreros medios; campesinos medios de los koljoses; obreros y campesinos próximos al lumpen proletariado o proletariado “declasséé”; jóvenes vagabundos, prostitutas y otros.
 
Cuando la nueva constitución declara que “la explotación del hombre por el hombre se ha abolido en la U.R.S.S.” dice lo contrario de la verdad. La nueva diferenciación social ha creado las condiciones para un renacimiento de la explotación bajo las formas más bárbaras, como son la compra del hombre para el servicio personal de otro. El servicio doméstico no figura en las hojas de censo, debiendo comprenderse, evidentemente, en la rúbrica “obreros”. Los problemas siguientes no se plantean: ¿El ciudadano soviético tiene domésticos, y cuáles (camarera, cocinera, nodriza, niñera, chofer)?. ¿Tiene un auto a su servicio?. ¿De cuántas habitaciones dispone?. No se habla de la magnitud de su salario. Si volviera a ponerse en vigor la regla soviética que priva de derechos políticos a quien explote el trabajo de otro, se vería que las cumbres dirigentes de la sociedad soviética debían ser privadas del beneficio de la constitución. Felizmente, se ha establecido una igualdad completa de los derechos... entre el amo y los criados.
 
Dos tendencias opuestas se desarrollan en el seno del régimen. Al desarrollar las fuerzas productivas -al contrario del capitalismo estancado-, ha creado los fundamentos económicos del socialismo. Al llevar hasta el extremo -con su complacencia para los dirigentes- las normas burguesas del reparto, preparan una restauración capitalista. La contradicción entre las formas de la propiedad y las normas de reparto, no puede crecer indefinidamente. De manera es, que las normas burguesas tendrán que extenderse a los medios de producción, o las normas de reparto tendrán que concederse a la propiedad socialista. La burocracia teme la revelación de esta alternativa. En todas partes: en la prensa, en la tribuna, en la estadística, en las novelas de sus escritores y en los versos de sus poetas, en el texto de su nueva constitución, emplea las abstracciones del vocabulario socialista para ocultar las relaciones sociales en las ciudades y en el campo. Esto es lo que hace tan falsa, tan mediocre y tan artificial la ideología oficial. 
 
¿Capitalismo de Estado?
 
Ante fenómenos nuevos, los hombres suelen buscar un refugio en las palabras viejas. Se ha tratado de disfrazar el enigma soviético con el término: “capitalismo de estado”, que presenta la ventaja de no ofrecerle a nadie un significado preciso. Sirvió primero para designar los casos en que el Estado burgués asume la gestión de los medios de transporte y de determinadas industrias. La necesidad de medidas semejantes es uno de los síntomas de que las fuerzas productivas del capitalismo superan al capitalismo y lo niegan parcialmente en la práctica. Pero el sistema se sobrevive y sigue siendo capitalista, a pesar de los casos en que llega a negarse a sí mismo.
 
En el plano de la teoría, podemos representarnos una situación en la que la burguesía entera se constituyera en sociedad por acciones para administrar, por medio del Estado, a toda la economía nacional. El mecanismo económico de un régimen de esta especie no ofrecería ningún misterio. El capitalista, lo sabemos, no recibe bajo forma de beneficio la plusvalía creada por sus propios obreros, sino una fracción de la plusvalía del país entero, proporcional a su parte de capital. En un “capitalismo de Estado” integral, la ley del reparto igual de los beneficios se aplicaría directamente, sin concurrencia de los capitales, por medio de una simple operación de contabilidad. Jamás ha existido un régimen de este género, ni lo habrá jamás, a causa de las contradicciones profundas que dividen a los poseedores entre sí, y tanto más cuanto que el Estado, representante único de la propiedad capitalista, constituiría para la revolución social un objeto demasiado tentador.
 
Después de la guerra, y, sobre todo, después de las experiencias de la economía fascista, se entiende por “capitalismo de estado” un sistema de intervención y de dirección económica por el Estado. Los franceses usan en tal caso una palabra mucho más apropiada: el estatismo. El capitalismo de Estado y el estatismo se tocan indudablemente: pero como sistemas, serían mas bien opuestos. El capitalismo de estado significa la sustitución de la propiedad privada por la propiedad estatizada, y conserva, por esto mismo, un carácter parcial. El estatismo -así sea la Italia de Mussolini, la Alemania de Hitler, los Estados Unidos de Roosevelt o la Francia de Leon Blum-, significa la intervención del Estado sobre las bases de la propiedad privada, para salvarla. Cualesquiera que sean los programas de los gobiernos, el estatismo consiste, inevitablemente, en trasladar las cargas del sistema agonizante de los más fuertes a los más débiles. Salva del desastre a los pequeños propietarios, únicamente porque su existencia es necesaria para el sostenimiento de la gran propiedad. El estatismo, en sus esfuerzos de economía dirigida, no se inspira en la necesidad de desarrollar las fuerzas productivas, sino en la preocupación de conservar la propiedad privada en detrimento de las fuerzas productivas que se rebelan contra ella. El estatismo frena el desarrollo de la técnica, al sostener a empresas no viables y al mantener capas sociales parasitarias; en una palabra, es profundamente reaccionario.
 
La frase de Mussolini: “Las tres cuartas partes de la economía italiana, industrial y agrícola, están en manos del Estado” (26 de mayo de 1934), no debe tomarse al pie de la letra. El Estado fascista no es propietario de las empresas, no es más que un intermediario entre los capitalistas. ¡Diferencia apreciable!. El Popolo d’Italia dice a ese respecto: “El Estado corporativo une y dirige la economía, pero no la administra (dirige e porta alla unitá l’economía, ma non fa 1’economía, non gestice), lo que no sería otra cosa, con el monopolio de la producción, que el colectivismo” (12 de junio de 1936). Con los campesinos en general, con los pequeños propietarios, la burocracia interviene como un poderoso señor; con los magnates del capital, como su primer poder. “El Estado corporativo -escribe justamente el marxista italiano Feroci-, no es más que el agente del capital monopolista... Mussolini hace que el Estado corra con todos los riesgos de las empresas y deja a los capitalistas todos los beneficios de la explotación”. En este aspecto, Hitler sigue las huellas de Mussolini. La dependencia de clase del Estado fascista determina los límites de la nueva economía dirigida, y también su contenido real; no se trata de aumentar el poder del hombre sobre la naturaleza en interés de la sociedad, sino de explotar a la sociedad en interés de una minoría. “Si yo quisiera -se alababa Mussolini-, establecer en Italia el capitalismo de estado o el socialismo de estado, lo que no sucederá, encontraría en la actualidad todas las condiciones necesarias”. Salvo una: la expropiación de la clase capitalista. Y para realizar esta condición, el fascismo tendría que colocarse del otro lado de la barricada, “lo que no sucederá”, se apresura a añadir Mussolini, y con razón, pues la expropiación de los capitalistas necesita otras fuerzas, otros cuadros y otros jefes.
 
La primera concentración de los medios de producción en manos del Estado conocida por la historia, la realizó el proletariado por medio de la revolución social, y no los capitalistas por medio de los trusts estatizados. Este breve análisis basta para mostrar cuán absurdas son las tentativas de identificar el estatismo capitalista con el sistema soviético. El primero es reaccionario, el segundo realiza un gran progreso. 
 
¿La burocracia es una clase dirigente?
 
Las clases se definen por el sitio que ocupan en la economía social y, sobre todo, con relación a los medios de producción. En las naciones civilizadas, la ley fija las relaciones de propiedad. La nacionalización del suelo, de los medios de producción, de los transportes y de los cambios, así como el monopolio del comercio exterior, forman las bases de la sociedad soviética. Para nosotros, esta adquisición de la revolución proletaria define a la U.R.S.S. como un Estado proletario.
 
Por la función de reguladora y de intermediaria, por el cuidado que tiene en mantener la jerarquía social, por la explotación, con estos mismos fines, del aparato del Estado, la burocracia soviética se parece a cualquier otra y, sobre todo, a la del fascismo. Pero también se distingue de ésta en caracteres de una extremada importancia. Bajo ningún otro régimen, la burocracia alcanza semejante independencia. En la sociedad burguesa, la burocracia representa los intereses de la clase poseedora e instruida, que dispone de gran número de medios de control sobre sus administraciones. La burocracia soviética se ha elevado por encima de una clase que apenas salía de la miseria y de las tinieblas, y que no tenía tradiciones de mando y de dominio. Mientras que los fascistas, una vez llegados al poder, se alían a la burguesía por los intereses comunes, la amistad, los matrimonios, etc, la burocracia de la U.R.S.S. asimila las costumbres burguesas sin tener a su lado a una burguesía nacional. En este sentido no se puede negar que es algo más que una simple burocracia. Es la única capa social privilegiada y dominante, en el sentido pleno de estas palabras, en la sociedad soviética.
 
Otra particularidad presenta igual importancia. La burocracia soviética ha expropiado políticamente al proletariado para defender con sus propios métodos las conquistas sociales de éste. Pero el hecho mismo de que se haya apropiado del poder en un país en donde los medios de producción más importantes pertenecen al Estado, crea, entre ella y las riquezas de la nación, relaciones enteramente nuevas. Los medios de producción pertenecen al Estado. El Estado “pertenece”, en cierto modo, a la burocracia. Si estas relaciones completamente nuevas se estabilizaran, se legalizaran, se hicieran normales, sin resistencia o contra la resistencia de los trabajadores, concluirían por liquidar completamente las conquistas de la revolución proletaria. Pero esta hipótesis es prematura. El proletariado aún no ha dicho su última palabra. La burocracia no le ha creado una base social a su dominio, bajo la forma de condiciones particulares de propiedad. Está obligada a defender la propiedad del Estado, fuente de su poder y de sus rentas. Desde este punto de vista, sigue siendo el instrumento de la dictadura del proletariado.
 
Las tentativas de presentar a la burocracia soviética como una clase “capitalista de estado”, no resiste a la crítica. La burocracia no tiene títulos ni acciones. Se recluta, se completa y se renueva gracias a una jerarquía administrativa, sin tener derechos particulares en materia de propiedad. El funcionario no puede transmitir a sus herederos su derecho de explotación del Estado. Los privilegios de la burocracia son abusos. Oculta sus privilegios y finge no existir como grupo social. Su apropiación de una inmensa parte de la renta nacional es un hecho de parasitismo social. Todo esto hace la situación de los dirigentes soviéticos altamente contradictoria, equívoca e indigna, a pesar de la plenitud del poder y de la pantalla de humo de las adulaciones.
 
En el curso de su carrera, la sociedad burguesa ha cambiado muchas veces de regímenes y de castas burocráticas, sin modificar, por eso, sus bases sociales. Se ha inmunizado contra la restauración del feudalismo y de sus corporaciones, por la superioridad de su modo de producción. El poder sólo podía secundar o estorbar el desarrollo capitalista; las fuerzas productivas, fundadas sobre la propiedad privada y la concurrencia, trabajan por su propia cuenta. Al contrario de esto, las relaciones de propiedad establecidas por la revolución socialista, están indisolublemente ligadas al nuevo Estado que las sostiene. El predominio de las tendencias socialistas sobre las tendencias pequeñoburguesas no está asegurado por el automatismo económico -aún estamos lejos de ello- sino por el poder político de la dictadura. Así es que el carácter de la economía depende completamente del poder.
 
La caída del régimen soviético provocaría infaliblemente la de la economía planificada y, por tanto, la liquidación de la propiedad estatizada. El lazo obligado entre los trusts y las fábricas en el seno de los primeros, se rompería. Las empresas más favorecidas serían abandonadas a sí mismas. Podrían transformarse en sociedades por acciones o adoptar cualquier otra forma transitoria de propiedad, tal como la participación de los obreros en los beneficios. Los koljoses se disgregarían al mismo tiempo, y con mayor facilidad. La caída de la dictadura burocrática actual, sin que fuera reemplazada por un nuevo poder socialista, anunciaría, también, el regreso al sistema capitalista con una baja catastrófica de la economía y de la cultura.
 
Pero si el poder socialista es aún absolutamente necesario para la conservación y el desarrollo de la economía planificada, el problema de saber sobre qué se apoya el poder soviético actual y en qué medida el espíritu socialista de su política está asegurado, se hace cada vez más grave. Lenin, hablando al XI Congreso del partido como si le diera sus adioses, decía a los medios dirigentes: “La historia conoce transformaciones de todas clases; en política no es serio contar con las convicciones, la devoción y las bellas cualidades del alma...”. La condición determina la conciencia. En unos quince años, el poder modificó la composición social de los medios dirigentes más profundamente que sus ideas. Como la burocracia es la capa social que ha resuelto mejor su propio problema social, está plenamente satisfecha de lo que sucede y, por eso mismo, no proporciona ninguna garantía moral en la orientación socialista de su política. Continúa defendiendo la propiedad estatizada por miedo al proletariado. Este temor saludable lo mantiene y alimenta el partido ilegal de los bolcheviques-leninistas, que es la expresión más consciente de la corriente socialista contra el espíritu de reacción burguesa que penetra profundamente a la burocracia thermidoriana. Como fuerza política consciente, la burocracia ha traicionado a la revolución. Pero, por fortuna, la revolución victoriosa no es solamente una bandera, un programa, un conjunto de instituciones políticas; es, también, un sistema de relaciones sociales. No basta traicionarla, es necesario, además, derrumbarla. Sus dirigentes han traicionado a la Revolución de Octubre pero no la han derrumbado, y la revolución tiene una gran capacidad de resistencia que coincide con las nuevas relaciones de propiedad, con la fuerza viva del proletariado, con la conciencia de sus mejores elementos, con la situación sin salida del capitalismo mundial, con la ineluctabilidad de la revolución mundial. 
 
El problema del carácter social de la U.R.S.S. aún no está resuelto por la historia
 
Para comprender mejor el carácter social de la U.R.S.S. de hoy, formulemos dos hipótesis para el futuro. Supongamos que la burocracia soviética es arrojada del poder por un partido revolucionario que tenga todas las cualidades del viejo partido bolchevique; y que, además, esté enriquecido con la experiencia mundial de los últimos tiempos. Este partido comenzaría por restablecer la democracia en los sindicatos y en los soviets. Podría y debería restablecer la libertad de los partidos soviéticos. Con las masas, a la cabeza de las masas, procedería a una limpieza implacable de los servicios del Estado; aboliría los grados, las condecoraciones, los privilegios, y restringiría la desigualdad en la retribución del trabajo, en la medida que lo permitieran la economía y el Estado. Daría a la juventud la posibilidad de pensar libremente, de aprender, de criticar, en una palabra, de formarse. Introduciría profundas modificaciones en el reparto de la renta nacional, conforme a la voluntad de las masas obreras y campesinas. No tendría que recurrir a medidas revolucionarias en materia de propiedad. Continuaría y ahondaría la experiencia de la economía planificada. Después de la revolución política, después de la caída de la burocracia, el proletariado realizaría en la economía importantísimas reformas sin que necesitara una nueva revolución social.
 
Si, por el contrario, un partido burgués derribara a la casta soviética dirigente, encontraría no pocos servidores entre los burócratas actuales, los técnicos, los directores, los secretarios del partido y los dirigentes en general. Una depuración de los servicios del Estado también se impondría en este caso; pero la restauración burguesa tendría que deshacerse de menos gente que un partido revolucionario. El objetivo principal del nuevo poder sería restablecer la propiedad privada de los medios de producción. Ante todo, debería dar a los koljoses débiles la posibilidad de formar grandes granjeros, y transformar a los koljoses ricos en cooperativas de producción de tipo burgués o en sociedades por acciones. En la industria, la desnacionalización comenzaría por las empresas de la industria ligera y las de alimentación. En los primeros momentos, el plan se reduciría a compromisos entre el poder y las “corporaciones”, es decir, los capitanes de la industria soviética, sus propietarios potenciales, los antiguos propietarios emigrados y los capitalistas extranjeros. Aunque la burocracia soviética haya hecho mucho por la restauración burguesa, el nuevo régimen se vería obligado a llevar a cabo, en el régimen de la propiedad y el modo de gestión, una verdadera revolución y no una simple reforma.
 
Sin embargo, admitamos que ni el partido revolucionario ni el contrarrevolucionario se adueñen del poder. La burocracia continúa a la cabeza del Estado. La evolución de las relaciones sociales no cesa. Es evidente que no puede pensarse que la burocracia abdicará en favor de la igualdad socialista. Ya desde ahora se ha visto obligada, a pesar de los inconvenientes que esto presenta, a restablecer los grados y las condecoraciones; en el futuro, será inevitable que busque apoyo en las relaciones de propiedad. Probablemente se objetará que poco importan al funcionario elevado las formas de propiedad de las que obtiene sus ingresos. Esto es ignorar la inestabilidad de los derechos de la burocracia y el problema de su descendencia. El reciente culto de la familia soviética no ha caído del cielo. Los privilegios que no se pueden legar a los hijos pierden la mitad de su valor; y el derecho de testar es inseparable del derecho de propiedad. No basta ser director del trust, hay que ser accionista. La victoria de la burocracia en ese sector decisivo crearía una nueva clase poseedora. Por el contrario, la victoria del proletariado sobre la burocracia señalaría el renacimiento de la revolución socialista. La tercera hipótesis nos conduce, así, a las dos primeras, que citamos primero para mayor claridad y simplicidad.
 
***

Calificar de transitorio o de intermediario al régimen soviético, es descartar las categorías sociales acabadas como el capitalismo (incluyendo al “capitalismo de estado”) y el socialismo. Pero esta definición es, en sí misma, insuficiente y susceptible de sugerir la idea falsa de que la única transición posible al régimen soviético conduce al socialismo. Sin embargo, un retroceso hacia el capitalismo sigue siendo perfectamente posible. Una definición mas completa sería, necesariamente, más larga y más pesada.
 
La U.R.S.S. es una sociedad intermediaria entre el capitalismo y el socialismo, en la que:
a) Las fuerzas productivas son aún insuficientes para dar a la propiedad del Estado un carácter socialista;
b) La tendencia a la acumulación primitiva, nacida de la sociedad, se manifiesta a través de todos los poros de la economía planificada;
c) Las normas de reparto, de naturaleza burguesa, están en la base de la diferenciación social;
d) El desarrollo económico, al mismo tiempo que mejora lentamente la condición de los trabajadores, contribuye a formar rápidamente una capa de privilegiados;
e) La burocracia, al explotar los antagonismos sociales, se ha convertido en una casta incontrolada, extraña al socialismo;
f) La revolución social, traicionada por el partido gobernante, vive aún en las relaciones de propiedad y en la conciencia de los trabajadores;
g) La evolución de las contradicciones acumuladas puede conducir al socialismo o lanzar a la sociedad hacia el capitalismo;
h) La contrarrevolución en marcha hacia el capitalismo, tendrá que romper la resistencia de los obreros;
i) Los obreros, al marchar hacia el socialismo, tendrán que derrocar a la burocracia.
El problema será resuelto definitivamente por la lucha de las dos fuerzas vivas en el terreno nacional y en el internacional.
 
Naturalmente que los doctrinarios no quedarán satisfechos con una definición tan facultativa. Quisieran fórmulas categóricas; sí y sí, no y no. Los fenómenos sociológicos serían mucho mas simples si los fenómenos sociales tuviesen siempre contornos precisos. Pero nada es más peligroso que eliminar, para alcanzar la precisión lógica, los elementos que desde ahora contrarían a nuestros esquemas y que mañana pueden refutarlos. En nuestro análisis tememos, ante todo, violentar el dinamismo de una formación social sin precedentes y que no tiene analogía. El fin científico y político que perseguimos no es dar una definición acabada de un proceso inacabado, sino observar todas las fases del fenómeno, y desprender de ellas las tendencias progresistas y las reaccionarias, revelar su interacción, prever las diversas variantes del desarrollo ulterior y encontrar en esta previsión un punto de apoyo para la acción.
 
 
Música de Fondo
La Pequeña historia del Himno Soviético
Andalucía Libre
Desde la Revolución de Octubre  de 1917 el himno oficial del nuevo Estado obrero fue La Internacional. Así fue hasta que en Junio de 1943, Stalin -como relata Alexander Werth en su obra Rusia en la Guerra- anunció la intención de dotar a la URSS de un nuevo himno nacional. La fecha no era casual. Estaban en su apogeo los tratos con los aliados imperialistas anglosajones sobre el futuro de postguerra; se atisbaba la decisiva batalla de Kursk en el horizonte, el fascismo italiano estaba a punto de caer y corrían rumores de conversaciones preliminares sobre una paz por separado con la Alemania Nazi por parte de los aliados (algo de lo cual puede relacionarse con lo que relata Gilles Perrault en La Orquesta Roja y Leopold Trepper en su autobiografía, El Gran Juego). Estas maniobras de presión eran respondidas por la URSS con la formación del "Comité de Alemania Libre", que adoptaba por bandera la del Kaiser Guillermo (negro-blanco-rojo). Como prueba de su buena fe cara a los aliados (tras el éxito soviético en Stalingrado que había triturado a los nazis), Stalin había ordenado en esas mismas fechas la disolución formal de la moribunda Internacional Comunista (tema bien analizado por F. Claudín en su clásico La Crisis del Movimiento Comunista) y el paneslavismo ganaba peso en la propaganda oficial soviética del momento. Ese era el año también en que Stalin encargaba a Eisenstein la realización de la película Iván el Terrible, presentado como una especie de antepasado político del entonces inquilino del Kremlin; se abrían escuelas de cadetes militares al viejo estilo, los oficiales recuperaban sus galones dorados y se reivindicaban en la prensa los éxitos de generales zaristas en la I Guerra Mundial como Brusilov.
 
Se organizó un concurso oficial en el que participaron destacados músicos del momento como Shostakovich o Prokofiev, sin resultado satisfactorio. Finalmente, en la primavera de 1944 se encontró una solución. La melodía que hasta entonces oficiaba como himno del PC pasaba a ser el Himno de la URSS, cambiándosele la letra para incluir referencias expresas a Rusia -en sintonía con el chauvinismo gran ruso creciente- mientras que La Internacional pasaba a ser el Himno del PC.
 
Tras la disolución de la URSS, Yeltsin lo sustituyó por otro. Finalmente Putin ha repuesto su música, estableciéndolo como Himno Nacional de Rusia;  aunque podándolo en su letra, obviamente, de toda referencia soviética.
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 Música de fondo: Himno de la URSS (1943)
 
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[Adjunto no mostrado: Himno URSS - 1.mid (audio/mid) ]

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