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Asunto:[AndaluciaLibre] nº 320 - '¿Andalucia o España?'
Fecha:Domingo, 15 de Abril, 2007  02:38:53 (+0200)
Autor:Andalucia Libre <andalucialibre @.......es>


nº 320
 
En este Correo:
 
*Andalucía - Debate ¿Andalucía o España?
*A manera de introducción, Andalucía Libre
*Sobre la Cuestión Nacional - Carta abierta a un militante de ERA-EA, Juan Antonio González
*Respuesta de un comunista andaluz a Juanma Barrios, Antonio Torres 'Antón'
*En defensa de la izquierda nacional andaluza, Francisco Campos
*Documentación - 8º Congreso del PCPE
*Mutaciones del sentimiento nacional español, Eugenio del Rio
*Por una República plurinacional, Juanma Barrios
*LCR, Limites y consecuencias de una estrategia estatal - Apuntes para un Balance andaluz, Kemal
*Sugerencias: La situación social y los sindicatos, Pedro Montes y Diosdado Toledano
*Perú - Llamamiento a la solidaridad con Lucha Indigena, Andalucía Libre/Hugo Blanco
*Articulos de Hugo Blanco sobre el movimiento indigena y campesino del Perú
*Solidaridad con Palestina y la Nación Árabe
*Musica de Fondo:
*Directorio de Andalucía en Internet
--oOo--
 Debate '¿Andalucía o España?'
A manera de Introducción
Andalucía Libre
 
Damos continuación en este numero al debate que ya recogíamos en el Andalucía Libre nº 319, de 25 de Marzo de 2007.
 
En aquel boletín publicábamos -entre otros textos- un articulo de Juanma Barrios, que ha despertado polémica (tal y como seguramente pretendía su autor). Aquí recogemos tres respuestas, elaboradas en Andalucía desde diversos puntos de vista, por Juan Antonio González, Antonio Torres 'Antón' y Francisco Campos, que se han difundido al calor del debate.
 
Nos ha parecido política e intelectualmente interesante, a titulo de documentación, intercalar a continuación fragmentos que consideramos significativos de las resoluciones del 8º Congreso del PCPE -ampliables con los enlaces que le siguen- dado, primero, que a traves de su organización en Andalucía participa junto a Jaleo, CUT-BAI y EA (la organización en que milita Juanma Barrios) en el BAI y segundo, que su literalidad ofrece sugerentes estímulos para contextualizar y ampliar la polémica abierta.
 
Le añadimos un texto reciente de Eugenio del Río -ideólogo principal y líder del MCE- que hemos valorado de inserción pertinente para seguir sumando referencias desde la que situar el estado de la cuestión y como reflejo -entre otros elementos- de una determinada evolución (o regresión, según se mire y con qué parámetros o fecha se trabaje) de algunas corrientes políticas. A la hora de escogerlo -lo confesamos- ha jugado su papel considerarlo una información sistematizada de por donde andan hoy los históricos inspiradores de lo que ahora se conoce en Andalucía como Acción Alternativa.
 
A continuación, un nuevo articulo de Juanma Barrios amplia el terreno de la polémica (y para ubicar documentalmente algún aspecto de los múltiples que aborda, le hemos adjuntado enlaces, muy especialmente el riguroso trabajo de Ventura Salazar sobre el 'andaluz').
 
Finalmente, vinculamos a un texto de Kemal sobre el Balance andaluz de la estrategia estatal de la LCR -desde ahora ya incluido y asequible en nuestro Archivo- en cuya introducción se explican sus orígenes, limites y motivaciones.
 
Que os sea util.
Opinión
Sobre la Cuestión Nacional
Carta abierta a un militante de ERA-EA
Juan Antonio González Canales*
 
El pasado 22 de Marzo, la web de la organización Espacio Alternativo(EA) publicaba el texto de Juanma Barrios, “La Falsa Dicotomía en el Problema Nacional y la Izquierda Marxista”[1]. Toda una declaración de intenciones de un militante perteneciente al Espacio Revolucionario Andaluz(ERA), referente “andaluz” de EA. Cuyas siglas(ERA-EA) comparten lucha en el proyecto socio-político del BAI (Bloque Andaluz de Izquierdas)[2].
 
Entendemos que las opiniones sobre las luchas nacionales siempre han traído divergencias al respecto, de cómo utilizarla, en donde y en que momento. Es lógico que haya puntos de vistas diferentes, a veces, antagónicos, sin embargo caer en la manipulación y en la tergiversación más chapucera nos conlleva a denunciar escritos como estos. Valga un adelanto como se enfrenta Juanma al debate, al tratarlo, nada menos como un “Problema Nacional”, consideraciones que se basan en juicios de valores más propios de la propaganda de guerra del nacionalismo español(a pesar de que este nacionalismo, a veces no sea tratado como tal).
 
La teoría en la que bascula el autor, se resume en si no hay conciencia nacional, no promoverla. “El nacionalismo andaluz, por ejemplo, ha demostrado su extrema debilidad en el reciente referéndum estatutario, que ha dejado en completo ridículo a los que hablaban de autodeterminación e independencia, y se encontraron con un pueblo que oscila entre aquellos a los que no les interesa el tema en absoluto y los que respaldan un nuevo estatuto que desde luego consagra la unidad de España”. Para Juanma, los nacionalistas andaluces[3] hemos fracasado ante el nuevo referéndum, resulta simbólico, que para él y su organización no sea tampoco un fracaso, como si el referéndum solo fuera un asunto de nacionalistas, es precisamente la imagen que ha proyectado los medios de desinformación. ¿Acaso el estatuto no regirá nuestras vidas en todos los ámbitos cotidianos?
 
Utilizando las mismas pautas que subraya Juanma Barrios, la anterior manifestación contra la guerra celebrada en Sevilla, por ejemplo, con la asistencia de 500 personas, debe ser un esperpento de la ridiculez y por lo tanto la sociedad es ajena a estas luchas, o la manifestación por una vivienda digna de centenares de personas…Utilizando el método Juanma Barrios, nos encontraríamos que aquellos que apostamos por una alternativa al status quo, simplemente hacemos el ridículo. Sin más, para que deparar en significaciones profundas.
 
Juanma concede a otros pueblos el beneplácito de la lucha nacional para derrotar al estado burgués español, aunque para Galiza, solo sea parcialmente(?), lo que no logramos a entender. Supuestamente Juanma se base en la tópica visión academicista de llamar nacionalidades históricas[4] a unos pueblos(con la incómoda Galiza). Tenemos que recordar a Juanma, la evolución histórica del andalucismo desde el siglo XIX, partiendo del federalismo, al cantonalismo, pasando por la confederación hasta la propia autodeterminación. Otra aportación básica del andalucismo, es la que hizo Blas Infante, apostando decididamente por un andalucismo de las clases populares, concretamente de la clase jornalera, oponiéndose precisamente a la aristocracia y la burguesía agraria que por intereses de clase se posicionan al lado del nacionalismo español.
 
La dependencia política, la opresión económica y la usurpación de lo andaluz, como algo característico como “español” vaciándolo de sus contenidos desemboca en la necesidad de crear un poder andaluz de clase. El ya fallecido José Aumente nos lo resume de esta forma: “La gran contradicción en que nuestra formación económico-social andaluza se encuentra hoy es la que supone unas fuerzas productivas que no pueden desarrollarse porque así lo impide la estructura de un capitalismo dependiente. El planteamiento nacionalista se hace aquí imprescindible para romper estas amarras que nos ligan al tal modelo de capitalismo. El planteamiento nacionalista sirve así a los intereses de las clases trabajadoras andaluzas, principales beneficiarias, y obligadas protagonistas, de ese proyecto de ruptura”[5].
 
Por lo tanto, el nacionalismo andaluz de clase, sigue siendo una imprescindible herramienta, aún más si cabe ante el cercenamiento de nuestra soberanía, la utilización de nuestra tierra como área de apropiación de riqueza a bajo coste desde los territorios centrales, sin olvidar las bases militares, y la abundante mano de obra barata que servirá para las fuerzas represoras del estado español.
 
Juanma llega al cenit de la demagogia cuando mezcla etnias, estados, y concepción burguesa del estado. Hemos de advertir de entrada, que los estados-nación son propios de finales del siglo XVIII y XIX en el largo transcurso de las revoluciones burguesas, que con el ascenso de esta clase, se erige en representante de la sociedad camuflando sus intereses de clase con los nacionales, restringiendo el poder de la sangre como principio rector de las relaciones socio-culturales. El principio natural de la sangre se cambió por el principio natural de la nacionalidad, el orden socio-político osciló desde el poder divino (teocentrismo) y local (señoríos, ducados,), al del pueblo soberano (soberanía que procedía de la nación) y la sacralización de la Razón.
 
Como era lógico, el concepto de “etnia” es visto desde una acepción mistificada y no antropológica, “No olvidemos que a lo largo de la historia la inmensa mayoría de los estados han sido multiétnicos y que en la actualidad esto sigue siendo así”. No descubre gran cosa, confunde bajo sus prejuicios, que las identidades colectivas no son esencias inalterables ni inmutables, ni acumulativas, ni por tanto fijas en el tiempo. Prosigue con sus descubrimientos “raro es el pueblo sin estado que vive en un territorio de población homogénea”, es lógico, si comprendemos que la identidad de un pueblo (que nunca es homogénea) es una realidad cambiante sujeto a factores económicos, sociales, políticos e ideológicos. Eso si, a veces, hay identidades étnicas que pueden mantener inalterable los marcadores de identidad durante siglos, claro ejemplo el de los polacos, irlandeses o judíos.
 
Si fuera poco, y siguiendo con su fórmula de esteriotipar, relata Juanma que para que un estado sea homogéneo cuantas limpiezas étnicas se deberían de hacer, ya solo faltaba hablar de la “balcanización” de España que tanto gusta hablar a los apologetas del sistema. Entiende el nacionalismo[6] en su versión romántica-alemana del siglo XIX.
 
Nos alerta del crecimiento del nacionalismo español, los culpables están bien señalados, “estamos asistiendo a la derrota del ala militar de la izquierda abertzale, que en su caída está arrastrando al independentismo político y fortaleciendo a la derecha españolista”. Cofunde causa-efecto, y la inevitable confrontación de luchas de clases en los procesos de liberación nacional. Es lógico el temor del españolismo en todas sus variantes, del mismo modo que si hay una profundización de conciencia de clase trabajadora, habrá una ineludible reacción de las clases medias como de la gran burguesía.
 
Se contradice enormemente cuando nos advierte de que abandonemos epítetos para encararnos a algunas fuerzas políticas, para que luego a posteriori, tache al PP como partido “nacional católico”. Resulta inevitable indicar su loa al PSOE: “es un partido que cree sinceramente en el Estado de la autonomías, aunque en su seno haya federalistas defensores del carácter plurinacional del país y centralistas próximos a los planteamientos del PP”. Juanma pierde el norte completamente, debería saber un mínimo del proceso autonómico, de la postura del PSOE al apoyar la Ley de Referéndum en 1979 con UCD (a pesar de que esto no se aprecie), en donde se dificultaba cualquier consulta, al exigirse la mayoría del censo(no de la mayoría de los votantes) y en el caso de que una provincia no obtuviera la mayoría absoluta se rechazaba el referéndum.
 
El PSOE en aquellos momentos era federalista, reconocía las nacionalidades de Euskadi y Cataluña, lo demás era ancha Castilla. Como reconoce el profesor José Cazorla: “El PSOE se manifestaba en su ejecutiva más centralista, pese al origen andaluz de buena parte de ésta; sin embargo, no podía desaprovechar la oportunidad. La ocasión era demasiado buena para desaprovecharla”[7]. La torpeza de UCD, y el movimiento (no espontáneo) andalucista(en todas sus facetas), que obligó a los partidos centralistas a utilizar la “A” (para referirse a Andalucía), llevó al PSOE a convertirse en la bandera de los intereses andaluces contra el centralismo que representaba UCD. Argucia pura, al no aceptar las tesis de Escudero(que le servirá al partido para otras coyunturas más propicias a sus intereses) del “nacionalismo socialista de clase”, en el segundo congreso regional celebrado el 7-9 de diciembre de 1979, abortándose la posibilidad de conferir un PSOE andaluz federado a la estructura del PSOE.
 
El PCE incluso se mostraba a veces más ultramontano en la cuestión nacional en esos momentos, como ejemplo mostramos la dimisión del comisionado para la redacción del anteproyecto de estatuto de Juan Calero (ponente del PCE). Su renuncia se fundamentaba en su disconformidad para definir Andalucía como nación, siendo sustituido por el entonces comunista Javier Pérez Royo.[8]
 
Si anteriormente Juanma Barrios, nos advertía de no utilizar simplezas, poco, o nada se la aplica a su artículo al retratar a la LCR (Liga Comunista Revolucionaria) y al MC (Movimiento Comunista), de apostar por vías “abiertamente nacionalistas”, por el temor de acusarlas de españolistas[9]. ”El insulto de españolista las atemorizaba y no fueron capaces de elaborar una alternativa a la dicotomía centralismo/independentismo”. Suma y sigue, Juanma no comprende que hay un más allá de ese binomio, existen diferentes fórmulas soberanistas, si partimos claro esta, del derecho democrático a la autodeterminación.
 
Sobre los clásicos del marxismo en torno a la cuestión nacional, hay que hacer algunas aclaraciones. Una, es que no existe una teoría cerrada y homogénea sobre ella, y de ese modo nos lo dejo claro Marx y Engels. Segunda, utilizar presentismos históricos, sin encuadrar a los autores marxistas en la coyuntura en la que viven. Ha sido una constante la visión de determinismos económicos, y planteamientos mecanicistas para enfrentarse a la nación y a sus movimientos patrióticos.
 
En Marx y Engels se encuentra abundantes referencias en torno a la cuestión nacional, sobre todo a partir del análisis de Irlanda. Marx en primer momento apostó por la victoria del cartismo inglés, como solución a la opresión sobre la clase trabajadora irlandesa, más tarde invierte la teoría señalando que a partir de la liberación del proletariado irlandés vendrá la del obrero inglés. Sin querer profundizar en la visión nacional de Marx, este diferenció entre gemeinvessen (comunidad) y la nación, “La sociedad civil tiene necesidad de hacerse valer exteriormente como nación e interiormente como Estado”.[10] Marx como Lenin criticó la actitud de los marxista de las naciones opresoras, de ahí su escrito a Engels el 5 de julio de 1870: “El punto débil: Polonia. Sobre este punto Lopatin dice exactamente lo mismo que un inglés -por ejemplo, un cartista inglés de la vieja escuela- sobre Irlanda”.
 
Si hubo alguien que avanzó considerablemente en este aspecto, ese fue Lenin. Se opuso claramente a todos los nacionalismos, distinguiendo eso si, entre los de la nación opresora y la nación oprimida. Es conveniente señalar que aquí el concepto nacionalismo sigue teniendo un contenido exclusivamente burgués, en los años 50 y 60 surgirá otra modalidad. Lenin hace hincapié en el derecho de autodeterminación y subraya la actitud oportunista de los marxistas de la nación opresora que reniegan de ella, o la ambigüedad al tratar el asunto. “Exigir la liberación de las naciones oprimidas, no en difusas frases generales, no en declamaciones desprovistas de contenido, no "postergando" el problema hasta el socialismo, sino en un programa político formulado con claridad y precisión, que tenga en cuenta muy especialmente la hipocresía y cobardía de los socialistas en las naciones opresoras”.[11]
 
Es más, apuesta por apoyar a la burguesía de las naciones oprimidas por conllevar un carácter progresista. La reivindicación nacional debe favorecer el desarrollo de la lucha de clases. Si no se mantiene esta postura es normal que los marxistas soberanistas de la nación oprimida no se fíen de los de la nación (en el caso que nos incumbe, estado) opresora, a veces incluso cayendo en las manos del chovinismo(ya sea en su faceta reaccionaria o culturalista). “El proletariado de las naciones opresoras… Debe exigir la libertad de separación política de las colonias y naciones que "su" nación oprime. En caso contrario, el internacionalismo del proletariado sería vacío y de palabra; ni la confianza, ni la solidaridad de clase entre los obreros de la nación oprimida y la opresora serían posibles”.[12]
 
Esta última frase es categórica y sigue estando de actualidad, Lenin acierta al 100%. Prueba de ello, la animadversión que tienen organizaciones independentistas marxistas o de izquierdas con organizaciones estatales marxistas españolas. Las primeras, por reacción a la segunda, caen a veces en planteamientos ultrasoberanistas y en visiones idealistas de la historia de su pueblo. Las segundas al no apostar decididamente por la autodeterminación, caen en el socialchovinismo, haciéndole el juego al nacionalismo español[13](a veces maquillado por federalismos impuestos desde arriba, III repúblicas que sirven como fines no como medios a… ó maniqueas versiones de la ciudadanía del mundo).
 
Para concluir, Juanma arremete contra los independentistas andaluces, “Nuestros actuales independentistas de Andalucía, divididos en minúsculos grupos, hablan de autodeterminación e independencia con el mismo desparpajo que los vascos, sin darse cuenta de que no son equiparables las tradiciones de lucha y los sentimientos nacionales, y que lo que en el País Vasco puede ser una eficaz bandera de combate, en Andalucía sólo conduce al más obtuso aislamiento”. Atención al posesivo “nuestros” que denota paternalismo, para más adelante referirse a los independentistas como “minúsculos grupos” que nos llevarían a la marginación. La verdad que Juanma y su organización, o las personas que piensan como él son simples átomos en Andalucía, que nunca han logrado tejer algo serio. Por el contrario el soberanismo andaluz de izquierdas, por muy frágil y dividido que esté, sigue siendo al menos un referente en determinadas localidades, por muy pequeña que estas sean.
 
Como escribimos más arriba, Juanma, pertenece a ERA-EA, un colectivo que “supuestamente” comparte un trabajo en común con otras organizaciones, por la autodeterminación y el socialismo. La actitud de Juanma y el silencio de su organización, da a las claras en donde se debe de afianzar la izquierda andalucista de clase, en sí misma. La endofobia y el complejo del colonizado, son males de las que ya nos advirtió en su momento Frantz Fanon, desgraciadamente en nuestra tierra, donde más hace falta una izquierda soberanista, aparecen este tipo de pensamientos.
 
Mientras en unos pueblos se reivindican la figura de Martí o Bolívar, figuras que aplauden y sirven de bandera en la izquierda estatal o española, aquí, muestran desprecio o simple desinterés en Blas Infante, Fermín Salvochea o Paul y Ángulo. Ver para creer
 
*Juan Antonio González Canales es militante de Jaleo. 
NOTAS
[1] Espacio Alternativo  [también en Andalucía Libre nº 319, 25 de Marzo de 2007]
[2] Cuyos ejes principales son la Soberanía Nacional del pueblo andaluz y el Socialismo, donde confluyen además organizaciones como el PCPA, CUT, jaleo!!! y personas independientes.
[3] No sabemos que entenderá Juanma Barrios por nacionalista andaluz. Siguiendo los postulados del andalucismo histórico, para nosotros el andalucismo no es más que la síntesis entre lucha de liberación nacional y social, tal como lo entendió en su día el padre de la patria andaluza, Blas Infante. Superando la concepción decimonónica de nacionalismo que tuvo la burguesía ascendente.
[4] De esta forma se distinguieron los pueblos que antes de la guerra civil obtuvieron el estatuto de autonomía, sin olvidar que el andaluz estaba en proceso y que fue abortado por la sublevación fascista.
[5] Aumente Baena, José. “Escritos Políticos”. Librería Ágora. Málaga 1992.
[6] Es momento de acercarnos a la consideración que hace Carlos Taibo: “El término nacionalismo es un término polisémico donde los haya: cada cual puede depositar en él lo que le parezca, o poco menos. Así las cosas, bajo su cobertura se acogen las fórmulas políticas más dispares, desde venturosos movimientos de liberación hasta las más crudas formas de fascismo y xenofobia”. VVAA. “Nacionalismo e Internacionalismo. Una visión dialéctica”. Muñoz Moya Editor. Sevilla 1997.
[7] Cazorla Perez, José. “Los andaluces y la Autonomía”. En “Actas del III Congreso sobre el Andalucismo Histórico”. Fundación Blas Infante. Sevilla 1987.
[8] Ruiz Romero, Manuel. “Entre el Anteproyecto de Carmona y la Ley Orgánica: El debate en Cortes del Estatuto de Autonomía para Andalucía”. Ponencia presentada en el XII Congreso sobre el Andalucismo Histórico, todavía no publicado.
[9] Como anillo al dedo nos viene la publicación del boletín Andalucía Libre sobre la historia de esas dos formaciones, en la que observamos que hay más complejidad en el tratamiento nacional que el que nos da Juanma Barrios. 
[10] Marx-Engels. “La ideología alemana”. Grijalbo. Barcelona 1970.
[11] V.I. Lenin. “La revolución socialista y el derecho de las naciones a la autodeterminación”. Tesis extraída de las Obras Completas. Editorial Progreso. Moscú 1987.
[12] V.I. Lenin. Op. Cit.
[13] Francisco Frutos, secretario general del PCE, en el mitin-fiesta del 2006, declaraba con tal contundencia: “Aquí en España, sobran historietas sobre el sexo territorial o étnico y falta claridad y contundencia en la defensa de los aspectos básicos de una política de izquierdas”. Hay que tener memoria histórica también cuando, el ahora tan laureado por buena parte de la izquierda, Julio Anguita aplaudía el cierre de Egin, como del ambigüismo mostrado ante la ilegalización de Batasuna como de Segi por parte del PCE y las UJCE. Claro ejemplo del “internacionalismo de puertas para fuera”.
Enlace Relacionado
Andalucía Libre nº 310, 15/1/2007
 
Respuesta de un comunista andaluz a Juanma Barrios de ERA-EA
Antonio J. Torres 'Antón'
Er Llano, 6 de Abril de 2007
 
Comienza el compañero Juanma Barrios de ERA-EA (Espacio Revolucionario Andaluz-Espacio Alternativo) su artículo “La falsa dicotomía en el problema nacional y la izquierda marxista” diciendo: “Estoy convencido de que las palabras que siguen irritarán a muchos”, personalmente no me siento irritado por su escrito porque hace tiempo que conozco las posiciones de ERA-EA, en agosto-septiembre de 2005 ya tuve un enfrentamiento dialéctico, por supuesto, con un militante de esta organización durante el Congreso del SOC (Sindicato de Obreros del Campo) en Mollina a cuenta de la cuestión nacional andaluza. Las posiciones del compañero de ERA-EA no encontraron ni hueco ni apoyo entre los compañeros y compañeras del Sindicato, siendo rechazadas de plano, e incluso causando la irritación de veteranos militantes del Sindicato que no daban crédito a lo que estaban escuchando, ellos sí sintieron irritados, yo, no, y menos a estas alturas.
 
Antes de seguir con el texto del compañero hay que hacer una consideración de principios: supuestamente los compañeros de ERA-EA forman parte del BAI (Bloque Andaluz de Izquierdas), de ahí que utilice la palabra “compañero” para referirme a ellos, junto con Jaleo!!!, CUT, y el PCPA; supuestamente, los compañeros de ERA-EA suscribieron la “Propuesta de Manifiesto” del BAI en la que se dice expresamente lo siguiente: “Las naciones son categorías históricas dinámicas y abiertas, conjuntos articulados de relaciones socioeconómicas, marcos diferenciados donde se desarrollan los conflictos sociales entre las clases. Las naciones se constituyen dinámicamente en el interior de complejos procesos de construcción política: no aparecen en la Historia definidas de antemano, ni recuperadas de pasados míticos, no se retrotraen a ninguna esencia natural que las legaliza, no admiten criterios de verificación o legitimación externos. La defensa del derecho a la autodeterminación ha sido un principio democrático radical defendido siempre por las izquierdas más consecuentes. En Andalucía el programa de emancipación social y de liberación nacional forman parte de un mismo proyecto general de revolución social y liberación política.”. Pero por lo que se deduce del texto, el compañero Juanma Barrios no asume lo que su organización si asumió junto a otras organizaciones y partidos del BAI en la “Propuesta de Manifiesto”. Desconozco si las palabras del compañero cuentan con el respaldo de su organización o no, en todo caso, se nos tendría que aclarar al resto de organizaciones y a las personas que de forma individual militan en el BAI si las palabras del compañero son asumidas por su organización, ya que el compañero no sólo firma con su nombre, sino también como militante de ERA-EA.
 
Hecha esta necesaria cuestión previa y de principios comencemos a analizar el texto del compañero.
 
El compañero dice: “(...) creo que ya es hora de asumir que desde hace años la cuestión nacional ha sido para la izquierda revolucionaria un elemento de fragmentación de fuerzas y aislamiento social más que una herramienta para debilitar al estado burgués; sólo el País Vasco y Cataluña, y parcialmente Galicia, escapan a esta consideración”. Menos mal que hace esas salvedades, que sino el texto iba a resultar una apología izquierdista del marco de acumulación de la oligarquía española: el Estado español. En primer lugar, para hacer afirmaciones habría que dar una explicación acorde a esa vehemencia utilizada para expresarse, porque hay que tener mucho cuidado con lo que se afirma y con lo que se defiende porque se nos puede volver en nuestra contra, e incluso, inconscientemente podemos estar suministrando argumentos al enemigo: la oligarquía española, eso sí, con palabras izquierdistas. Parece que al compañero de ERA-EA, el ejemplo del SOC y CUT, de Marinaleda y El Coronil, no son válidos, y eso que algunos de sus compañeros están afiliados al SOC, parece que las únicas fuerzas, junto con destacamentos del PCPA y UPAN, que han resistido el fuerte golpe de la reacción de la oligarquía española y al oportunismo de la izquierda reformista en Andalucía no son dignos de tener en cuenta, tampoco lo es el que esas organizaciones reivindiquen expresamente la soberanía nacional andaluza y el derecho a la autodeterminación, al compañero eso no le dice nada, en definitiva, resulta que el que la cuestión nacional andaluza haya servido como elemento aglutinante de la resistencia política y sindical a la oligarquía española en Andalucía, combatiendo a su vez a la izquierda reformista traidora es algo anecdótico para el compañero. Y mirando un poco hacia atrás en el tiempo, para el compañero de ERA-EA el 4 de Diciembre de 1977 y el 28 de febrero de 1980 no significan nada, es sólo pasado, algo que ocurrió sin más consecuencias para el presente de lucha. Sinceramente, y sin pretender dar lecciones de marxismo a nadie, poco uso hace el compañero de ERA-EA del materialismo histórico. Frente al nacionalismo burgués y pequeño-burgués, los marxistas no estudiamos la historia para embellecerla o mitificarla, sino para aprender de ella y sacar conclusiones para la lucha presente, pero lo que de ningún modo debería hacer un marxista es desentenderse de la historia de lucha de un pueblo, en este caso, el pueblo andaluz. Los marxistas en Andalucía tenemos aún pendiente mucho que analizar del rico pasado revolucionario del pueblo andaluz.
 
Por otro lado, hay un hecho objetivo que entiendo irrefutable: los movimientos y organizaciones que se dicen revolucionarias y que no se plantean la cuestión nacional andaluza tampoco es que estén consiguiendo aglutinar fuerzas y mucho menos debilitar al Estado burgués. El compañero de ERA-EA tampoco se plantea esa dura realidad, posiblemente porque prefiere mirar para otro lado antes que reconocer errores propios. De esta forma, no podemos olvidarnos que la lucha del SOC, un sindicato que reclama la soberanía nacional y el derecho a la autodeterminación de Andalucía, ha conseguido tumbar el “decretazo” en el campo. Por tanto, la reivindicación nacional lejos de disgregar está aglutinando a diferentes sectores de la izquierda andaluza no reformista andaluza, muy a pesar de las afirmaciones del compañero Barrios.
 
El compañero continúa diciendo: “El nacionalismo andaluz, por ejemplo, ha demostrado su extrema debilidad en el reciente referéndum estatutario, que ha dejado en completo ridículo a los que hablaban de autodeterminación e independencia, y se encontraron con un pueblo que oscila entre aquellos a los que no les interesa el tema en absoluto y los que respaldan un nuevo estatuto que desde luego consagra la unidad de España.”. A ver, ese supuesto fracaso en todo caso no sólo vendría a demostrar la debilidad del nacionalismo andaluz, sino de todas las organizaciones que por diferentes motivos pedíamos el NO en el referéndum, por tanto, es el fracaso también de la izquierda revolucionaria, incluida ERA-EA que pedía el NO al Estatuto “porque apuntala el régimen constitucional”, y “porque no da respuesta a las necesidades del pueblo andaluz”, entre otras razones. Pero hay más fracasos y debilidades de la izquierda revolucionaria, defienda o no el derecho de autodeterminación o la independencia: la reforma laboral de ZP, ¿qué hemos hecho desde los diferentes sectores de la izquierda revolucionaria por frenarla? ¿qué incidencia ha tenido en la clase obrera nuestra lucha, nuestros planteamientos al respecto?. Me temo que poca a la vista de los resultados, y por supuesto, eso no invalida que persistamos en nuestra lucha revolucionaria por el socialismo y el comunismo, por la total desaparición de la faz de la tierra de la explotación del ser humano por el ser humano. Por supuesto, el deber revolucionario llama al análisis y la reflexión sincera y abierta, pero no sólo en la lucha nacional, también en la lucha por el socialismo y el comunismo, sin olvidar que como se dice en la “Propuesta de Manifiesto” la liberación nacional y la emancipación social forman parte en Andalucía del mismo proyecto general revolucionario.
 
Por supuesto, hay sectores del nacionalismo andaluz, incluso del nacionalismo que se reclama de izquierdas que se caracteriza fundamentalmente por no reconocer sus errores y por su escasa capacidad de autocrítica. Estos sectores del nacionalismo, incluyendo determinados sectores que se reclaman de izquierdas, caen en el esencialismo, en el culturalismo, en el idealismo y la mitificación del pasado, y en la negación de la lucha de clases. Existe un nacionalismo que roza lo folklórico, una auténtica caricatura de algo tan serio como es una lucha de liberación nacional, un nacionalismo que se aferra a los símbolos: la bandera, la camiseta de la selección andaluza de fútbol, la estrella de ocho puntas, etc., sin más contenidos ni orientación ni proyecto político. Muchos en el nacionalismo hablan continuamente de la nación andaluza como una abstracción, pero pocos se están dedicando a la tarea de la reconstrucción, día a día, de la nación andaluza. Como comunista siempre combatiré ese nacionalismo burgués, apostando por una reconstrucción nacional de Andalucía desde los intereses de la clase obrera y los sectores populares andaluces.
 
Está claro que hay que medir los sentimientos nacionales de nuestro pueblo, analizarlo de forma crítica y sincera, sin engaños ni trampas, por supuesto, debemos estar continuamente revisando nuestra táctica, sin lugar a dudas, pero sin renunciar al principio democrático y revolucionario de la autodeterminación, y no como pretende el compañero Juanma Barrios, para hacer dejación de lucha nacional, ¿por qué se cometan errores en la lucha de liberación nacional debemos dejar por eso de reivindicar la soberanía nacional andaluza?. No tiene sentido. Que los sentimientos nacionales en Andalucía no son los mismos que en Euskal Herria, es cierto, nadie lo niega, pero porque haya sectores revolucionarios en Andalucía que se confundan, que imiten o mimeticen lo que ocurre en Euskal Herria tampoco eso significa que la reivindicación nacional andaluza no tenga sentido. Igualmente, el compañero Barrios debería tener en cuenta que el que la cuestión nacional se presente de forma diferente en Andalucía que en Euskal Herria no significa que la reivindicación nacional andaluza no tenga razón de ser.
 
El compañero Barrios continúa diciendo: “Ya es hora de que abandonemos la dicotomía centralismo/independentismo, producto de la concepción burguesa del estado-nación, y nos demos cuenta de que hay otros caminos, para empezar el de construir un estado plurinacional que se reconozca como tal.”.
 
Nadie niega que no existan otros caminos, claro que existen, de hecho las organizaciones mayoritarias del BAI, CUT y PCPA, no son independentistas, pero para recorrer esos caminos hacen falta que se cumplan dos condiciones previas que el compañero curiosa y sospechosamente no plantea: 1) El reconocimiento de la soberanía nacional de los pueblos que forman el actual Estado español, y 2) el ejercicio del derecho a la autodeterminación. O se cumplen esas dos condiciones, o el Estado multinacional resultante será una burda copia de esa España que, con o sin franquismo, sigue siendo una cárcel de pueblos, aunque a veces, y según los casos, con barrotes de oro, pero no por ello deja de ser una cárcel. Llegados a este punto, debemos recordar el planteamiento leninista: la unión libre y voluntaria, por tanto nunca impuesta o forzada, de los pueblos, y el derecho a la separación (autodeterminación) como forma de solucionar los conflictos nacionales. Así pues, Lenin respondió de esta manera al revolucionario ucraniano Piatakov que consideraba la autodeterminación como un lema burgués: "Nos dicen que Rusia será dividida, que se deshará en repúblicas separadas, pero no hay razón para que ello nos asuste. Por muchas repúblicas independientes que haya, no nos asustaremos; lo que es importante para nosotros no es por dónde pase la frontera del Estado sino que la unión de los trabajadores de todas las naciones se conserve para la lucha contra la burguesía de cualquier nación". A mí tampoco me asusta que España se rompa, como también lo dejó claro el dirigente comunista vasco de los años 30 Jesús Larrañaga cuando respondió al derechista Calvo Sotelo lo siguiente: "Calvo Sotelo sabe, y ahí tenéis el ejemplo de la URSS, que una España roja será precisamente eso que él detesta: una España rota (...)”. Así pues, o se reconoce la existencia de hechos nacionales soberanos y su derecho a decidir en paz y libertad su existencia y sus relaciones, o ese Estado plurinacional del que nos habla Juanma Barrios, por muy republicano que sea, no supondrá un avance ni democrático y, ni mucho menos, revolucionario, más bien lo contrario.
 
El compañero nos habla de “limpieza étnica”, pero afortunadamente nadie o casi nadie en Andalucía hace planteamientos etnicistas, algo muy diferente a lo que se planteaba en la desaparecida Yugoslavia, ya que no podemos confundir como hace el compañero Barrios etnia con nación.
 
Nuestro compañero sigue diciendo: “Por otra parte, Marx o Engels, Lenin o Trotski, distinguían claramente entre las naciones que habían luchado decididamente y por largos periodos históricos por su independencia, como Irlanda o Polonia, y otros grupos étnicos acomodados a vivir sin estado. No era desde luego para aquellos revolucionarios lo mismo Irlanda que el País de Gales, ni Polonia que Bielorrusia; no se trataba de que unos pueblos fueran menos que otros, sino de que la cuestión nacional representaba problemas políticos muy diferentes”. A ver, compañero, curiosamente en el mundo del 2007 Bielorrusia es un Estado independiente, y en Gales existe un potente nacionalismo político y cultural tanto burgués como de izquierdas y antiimperialista, todo cambia, todo evoluciona, lo que ayer era amarillo mañana puede ser azul y pasado verde, esto que estoy diciendo es puro “ABC” del marxismo, aunque explicado de forma un poco burda para que nos entendamos; en Andalucía también han habido cambios y evoluciones en el sentimiento nacional, como todos sabemos, o deberíamos saber a estas alturas. Por otro lado, afirmar que el apoyo de los clásicos del marxismo a las luchas nacionales dependía de una mera cuestión numérica, de años de lucha o de personas que defienden la nación, es una simplificación muy grave, aunque lógicamente sean cuestiones ha tener en cuenta.
 
Al respecto el historiador marxista francés Pierre Vilar, gran estudioso de la cuestión nacional nos decía: “Dado que Marx y Engles insistieron, sobre todo, en el papel histórico motor de la lucha de clases, no expusieron una teoría explicita sobre los problemas nacionales; ello no significa que hayan descuidado esos problemas y gracias a sus tomas de posición sobre numerosos aspectos de la política de su tiempo ha sido posible deducir sus concepciones esenciales sobre la existencia de grupos y sus conflictos (...). Sus análisis se centraban sobre la función progresiva o reaccionaria de un determinado tipo de estado, o marco económico, a propiciar o combatir desde el punto de vista de la futura revolución”. Por tanto, desde un punto de vista revolucionario de lo que se trata es de si debemos propiciar o no la lucha nacional andaluza, así, la cuestión se resuelve positivamente si tenemos en cuenta los intereses de la clase obrera y sectores populares andaluces ante su principal enemigo: la oligarquía española y su Estado español opresivo.
 
La lucha de clases necesariamente tiene una ubicación espacio-temporal concreta, y Andalucía constituye una ubicación, con unas condiciones culturales-nacionales determinadas históricamente. La clase obrera, el pueblo trabajador, y en general los sectores populares oprimidos, tienden a conservar en mayor o menor medida sus experiencias de lucha, con sus victorias y derrotas, siendo tarea fundamental de las clases dominantes explotadoras la eliminación de esa “memoria histórica de lucha de colectiva” con el objetivo de vencer cualquier tipo de obstáculo, aunque sea subjetivo, en su lucha contra el trabajo. Andalucía es un territorio rico en experiencias de lucha, un lugar donde la crudeza de la explotación y las respuestas de las clases explotadas se han manifestado históricamente con fuerza y evidencia, y por supuesto, con características propias. Por tanto, una de las tareas de las organizaciones revolucionarias es la de situar la lucha en su contexto espacio-temporal, recuperando la memoria histórica nacional de lucha como fuerza vital y actual. De nada sirve, como hace el compañero Barrios, hablar de la importancia de luchar contra la desigualdad social y la explotación, si no nos situamos espacial y temporalmente, porque de lo contrario caemos en la abstracción.
 
Sea por Andalucía libre, los pueblos y la Humanidad”, dice el Himno de Andalucía, como comunista, y por tanto como internacionalista revolucionario, no puedo sentirme más identificado con un Himno que no sólo proclama la libertad nacional, particular de una comunidad humana, sino la liberación de la Humanidad entera, el fin de la era de la explotación. Como comunista, me reclamo, aunque de forma crítica, del andalucismo histórico de Blas Infante, o de Pascual Carrión, compañero de lucha de Infante, sobre todo cuando dijo aquello de: “Inclinémonos siempre a la izquierda, junto a los trabajadores, al lado de los oprimidos”. Como decía Lenin: “En cada cultura nacional existen, aunque no están desarrollados, elementos de cultura democrática y socialista, pues en cada nación hay una masa trabajadora y explotada, cuyas condiciones de vida engendran inevitablemente una ideología democrática y socialista”, en la cultura andaluza encontramos de sobra esos elementos democráticos y socialistas, pero si estamos engreídos en nuestra supuesta “posición revolucionaria” cercana a un cosmopolitismo pequeñoburgués izquierdista permaneceremos ciegos, no veremos su potencial de lucha revolucionario, como le ocurre al compañero Barrios.
 
El antropólogo sevillano Isidoro Moreno considera que “(...) es necesario potenciar la conciencia sobre la identidad histórica y cultural de Andalucía y desarrollar la conciencia política de identidad. No sólo porque es este el único camino para mantener y desplegar nuestra condición de pueblo, sino también porque en nuestra cultura existen valores, visiones y expresiones respecto a la forma de entender el mundo, la vida y las relaciones interpersonales que chocan, por su carácter profundamente humanista y antropocéntrico, con la lógica hoy dominante impuesta por el “sacro” Mercado porque no corresponden a la ideología homogeneizadora y desmovilizadora del globalismo”, es decir, porque no corresponden con el capitalismo en su fase imperialista, como diríamos los comunistas.
 
VIVA ANDALUCÍA LIBRE Y SOCIALISTA
VIVA EL INTERNACIONALISMO PROLETARIO

 

En defensa de la izquierda nacional andaluza
Francisco Campos López
Er Llano, 5 de Abril de 2007
 
He leído un sorprendente texto acerca de una supuesta “falsa dicotomía entre la cuestión nacional y la izquierda marxista”. Comienza su autor afirmando estar convencido “de que las palabras que siguen irritaran a muchos”. Y es cierto, pero no por las grandes “verdades” manifestadas, sino por su desesperante superficialidad. Pero no son los nacionalistas andaluces lo que deben “irritarse” por su contenido, sino sus propios compañeros por la banalidad del análisis y la inconsistencia de sus conclusiones en alguien que se reclama seguidor del socialismo científico. Baste citar como muestra el propio titulo del mismo; la falsa dicotomía donde realmente está es en la separación que el realiza entre nacionalistas y marxistas. Hay nacionalistas marxistas y no marxistas, y marxistas nacionalistas y no nacionalistas. La “dicotomía” que él denuncia sólo existe en su concepción de la realidad. Y es que la frase más acertada que contiene el artículo, es su afirmación de que; “las simplificaciones ayudan poco a comprender la realidad, las simplezas menos”. Lastima que no se aplique dichas fórmulas a si mismo.
 
El artículo, por si mismo, no es merecedor más que de un magnánimo silencio, pero como creo que contiene muchos clichés bastantes extendidos acerca del nacionalismo, creo interesante utilizarlo como base para clarificar algunos conceptos y principios.
 
Comienza aseverando que; “la cuestión nacional ha sido para la izquierda revolucionaría un elemento de fragmentación de fuerzas y aislamiento social más que una herramienta para debilitar el estado burgués; solo el País Vasco y Cataluña, y parcialmente Galicia, escapan a esta consideración. El nacionalismo andaluz, por ejemplo, ha demostrado su extrema debilidad con el reciente referéndum estatutario, que ha dejado en completo ridículo a los que hablaban de autodeterminación e independencia, y se encontraron con un pueblo que oscila entre aquellos a los que no les interesa el tema en absoluto y los que respaldan un nuevo estatuto que desde luego consagra la unidad de España”.
 
La izquierda revolucionaria es aquella que persigue la transformación radical de la realidad. La construcción de una sociedad basamentada en principios éticos, culturales, políticos y económicos diametralmente opuestos a los proclamados y defendidos por la burguesa. Dicha izquierda transformadora es, por sus mismas características, necesariamente minoritaria y permanecerá marginada de la mayoría social. Y es su misma situación minoritaria y marginal lo que la avoca a la fragmentación. Solo cuando cambian las condiciones; cuando las contradicciones del sistema producen una crisis que provoca situaciones pre-revolucionarias, esta pasa de ser una minoría aislada a, primero una vanguardia escuchada y después una mayoría social. En todas las épocas y lugares, aquellos que defienden otro tipo de sociedad no son seguidos, ni tan siquiera oídos, mientras la mayoría de la población no es consciente de la necesidad del cambio. Cuando el pueblo cree vivir satisfactoriamente no se plantea modificaciones sociales drásticas sino, a lo sumo, una mejor gestión de lo existente. Por tanto, la izquierda revolucionaria esta fragmentada y aislada como consecuencia del momento histórico que atraviesa, no del nacionalismo. Es más, allí donde no lo está, como en Euskadi, es precisamente gracias al elemento soberanísta y no a sus componentes transformadores.
 
En cuanto al nacionalismo andaluz, es palpable que no es compartido por la inmensa mayoría de nuestro pueblo; pero es igualmente evidente que los principios no son tales por cuestiones aritméticas o cuantitativas. Una verdad no lo es en tanto crean en ella muchos, ni deja de serlo porque solo la compartan unos pocos. Y las verdades se defienden por el hecho de serlo, no por el número de los que participan de la misma. Por tanto, no se es nacionalista como un medio utilitarista para obtener ningún otro fin, sino como consecuencia de la convicción en la existencia de un pueblo oprimido, sea consciente o no de ello, y la ineludible necesidad que ello conlleva de liberación nacional. Pero lo realmente curioso, es que alguien que se reclama revolucionario mida lo acertado o erróneo de unas ideas políticas o unos objetivos sociales según reglas del propio sistema; por sus resultados electorales. Al menos, aún siendo una aberración, cabría pedirle coherencia en el disparate, debiendo igualmente pedir el abandono de sus principios a su propio grupo; pues es evidente que ellos también se encuentran ante un pueblo que no solo no comparte las nuestros sino, en igual medida, tampoco los suyos.
 
Podría seguir haciendo ver la irracionalidad de sus argumentaciones párrafo a párrafo, pero haría este artículo innecesariamente extenso, y son tan obviamente erróneas que se contestan por si mismas. No son más que otra versión de los conocidos españolismos envueltos en pretendido progresismo y mil veces escuchados, del tipo: lo obsoleto del nacionalismo en un mundo sin fronteras, la historia en común, la bondad autonómica, el aislamiento social, la falta de conciencia nacionalista en Andalucía, el alejamiento de los intereses reales de la población, etc., ...y viva España!!!. Dado que, mi objetivo solo es utilizarlo como base de clarificación de algunos conceptos, me gustaría pararme en otro párrafo que considero significativo en ese sentido, y que me será útil al respecto.
 
Dice el autor que; “ya es hora de que abandonemos la dicotomía centralismo/independentismo, producto de la concepción burguesa del estado-nación y nos demos cuenta de que hay otros caminos, para empezar el de construir un estado plurinacional que se reconozca como tal. No olvidemos que a lo largo de la historia la mayoría de los estados han sido multiétnicos y en la actualidad sigue siendo así”...Y continua; “... en un planeta en el que existen 2000 etnias y unos doscientos estados, ¿cuántas guerras serían necesarias para lograr el mapa perfecto? Si añadimos que raro es el pueblo sin estado que vive en un estado de población homogénea o el estado que abraza la totalidad de su etnia, ¿cuántas limpiezas étnicas serían precisas?”.
 
Es cierto que la burguesía, para su dominio de la población, ha utilizado el nacionalismo y al estado-nación; pero de ahí a concluir que todo nacionalismo y todo estado-nación es en esencia burgués, es como afirmar que los conceptos de libertad y de progreso social son eminentemente reaccionarios e imperialistas, dado que los utiliza igualmente como pretexto ideológico para sus guerras de conquista y su dominio sobre los pueblos. En manos del capitalismo el nacionalismo no es más que un medio más de delimitar territorios de explotación, la libertad un salvoconducto para la opresión y el progreso un encubridor de su rapiña. Pero eso no invalida sino que, muy al contrario, acrecienta la razones que justifican la lucha por la liberación de los pueblos, al igual que por la libertad del hombre y el progreso de la humanidad. La burguesía no es nacionalista, pues no conoce más patria que el beneficio, ni ve en la tierra y en los pueblos más que un terreno del que extraerlo y las manos con que hacerlo. Es por ello por lo que el autentico nacionalismo siempre ha sido de raíz popular. El hombre, como ser social, siempre se ha agrupado en colectividades. Estas se han ido configurando por distintos avatares geográficos, climáticos, económicos, históricos, etc., constituyendo los distintos pueblos y naciones. A su vez, cada colectivo humano convive en un lugar determinado, aspirando a gobernar libremente sus propias vidas y el territorio sobre el que estas se desenvuelven. Esas sociedades conforman las distintas naciones, y su aspiración auto-organizativa auto-gobernadora de sí y sus entornos sus estados.
 
España se constituye como ámbito de explotación de las aristocracias castellana y aragonesa, pasando de mero adjetivo geográfico a un primer “estado plurinacional” por derecho de herencia y conquista. Cuando la burguesía toma el relevo de la aristocracia, al no poder mantener el mismo ámbito de explotación amparándose en derechos “naturales” o “divinos”, como sus antecesores, los justifica mediante la invención de un falso pueblo y un falso estado-nación que abarque la totalidad del territorio peninsular. Es así como pasamos del “estado plurinacional hispánico” al “estado-nación español” (de aquellos Austrias reyes-emperadores de los distintos reinos de “las Españas”, a los borbónicos reyes de la España una y grande). Y hoy la burguesía, ante el despertar de los pueblos peninsulares, se debate entre el mantenimiento de España como estado-nación o volver al “estado plurinacional” como forma de “cambiar algo para que nada cambie”. Lo importante es mantener intacta la finca para la explotación de sus tierras y de sus gentes. Y todos aquellos que defienden la pervivencia de España bajo cualquier formula: unitaria, federal, monárquica, republicana, nacional o “plurinacional”; no hace más que servir a los intereses de los amos de la finca. Solamente son distintas máscaras que ocultan a los españolistas de siempre. Que más da una y grande que muchas pero unidas... Lo importante es mantener España, mantener activa la finca y en perfecto estado de explotación. Cualquier cosa menos devolver la tierra a sus propietarios.
 
Y en todo el planeta es igual; por eso “existen 2000 etnias y unos doscientos estados”, y por eso “raro es el pueblo sin estado que vive en un estado de población homogénea o el estado que abraza la totalidad de su etnia”. Dejando a un lado el tufillo fascistoide que desprende lo de “población homogénea”, habría que responder que no son los nacionalismos populares los que originan las guerras para “lograr el mapa perfecto”, ni las limpiezas étnicas precisas para lograrlo. El origen son los falsos estados-naciones creados y mantenidos artificiosamente por las burguesías locales, el imperialismo capitalista y sus siervos políticos e intelectuales. Baste como muestra lo más cercano; es el imperialismo monárquico-castellano y el nacionalismo burgués español los culpables de todas las guerras y limpiezas étnicas en la península. Los pueblos y naciones peninsulares se han limitado a luchar por su libertad y defenderse de las agresiones.
 
Todo nacionalismo es por definición soberanísta y, como consecuencia, necesariamente independentista. Dado que un estado-nación no es más que la forma auto-organizativa y auto-gobernadora que un pueblo se da a sí mismo, es inconcebible una nación sin estado. Seria como un pueblo sin capacidad ilimitada de decisión sobre sí y el territorio sobre el que se asienta. Pretender, por tanto, la soberanía para una nación es desear la exclusividad para esta de la capacidad de decisión sobre su destino; o sea, una capacidad de decisión autónoma e independiente, no mediatizada, coartada o delimitada por ningún otro pueblo, no determinada por nada ni por nadie más que por ellos mismos, autodeterminada. Y el libre ejercicio de dicha soberanía popular, de su autodeterminación, requiere y conlleva indefectiblemente la previa independencia, pues lo contrario, la dependencia de otros para la determinación de algo, es la negación misma de la capacidad auto-organizativa y auto-gobernadora de dicho pueblo y, por ello, la negación de su libertad. Por tanto; nacionalista, soberanista e independentista no son más, ni pueden ser otra cosa, que sinónimos.
 
Una organización de izquierda nacionalista se diferencia fundamentalmente de otra izquierda revolucionaria en que, consciente de la opresión de un pueblo, considera que es imposible la liberación social sin la previa liberación nacional del mismo. No es que le de más importancia a lo nacional en detrimento de lo social, es que posee la convicción de la imposibilidad de lograr metas de transformación social en un contexto de opresión nacional y que dicha opresión no es mas que otro instrumento de explotación económica sobre la población. Tampoco es que deje las luchas sociales pospuestas o tan siquiera subordinadas a la de liberación nacional, es que considera que la propia lucha de liberación popular forma parte de la revolución social. Hablando en términos marxistas, cabría decir que la lucha de liberación nacional es la forma específica que adquiere la lucha de clases en el contexto de un pueblo oprimido y colonizado. Es la primera y fundamental etapa en su camino revolucionario.
 
No he usado el término “colonizado” de una forma casual o arbitraria, sino plenamente consciente y consecuente; porque es ahí donde se encuentra la piedra angular sobre la que se sustenta nuestra realidad. Formamos parte de una nación ocupada y sojuzgada para su colonización por los intereses económicos, primero de la aristocracia castellana y, posteriormente, por los de la alianza de esta con su propia burguesía. La expansión imperialista castellana no comienza con el “descubrimiento” de América y el sometimiento de sus pueblos, sino con la conquista y ocupación de Andalucía. Y todos los análisis y diagnósticos que se realicen sobre esta tierra errarán si no parten de este principio: constituimos la primera y más duradera colonia española. No somos el territorio más al sur de Europa, sino la colonia de Europa situada más al norte. Solo asumiéndolo y aplicándolo a los distintos aspectos de nuestra realidad social empezaremos a vislumbrar los porqués y los cómos de nuestras distintas problemáticas. Desde una óptica colonial se comprende plenamente el porque de la carencia de una gran burguesía propia, de la distribución de la tierra, del papel que desempeñamos en la economía peninsular e incluso el porqué de nuestra alienación, de la sicología popular.
 
Por todo lo expuesto, hoy más que nunca, resulta imprescindible la existencia de una izquierda nacionalista andaluza; transformadora en lo económico y político, radical en lo social, independentista en lo nacional y autónoma en lo organizativo. Lo que fragmenta a la izquierda revolucionaria andaluza no es el nacionalismo, sino la falta de una plena y consecuente asunción del mismo. Y lo que debilita y aísla de la sociedad a los nacionalistas no son sus ideas sino, ante todo, el no ser plenamente consecuentes con ellas. Y el principio para solventar la situación es atrevernos a ser nosotros mismos. Emprender de una vez por todas nuestro propio camino, conscientes del largo trayecto por recorrer pero convencidos de lo acertado del mismo. Libres de complejos y ataduras con respecto a otros. Plenamente asentados en nuestra tierra y solo debiéndonos a ella y a los intereses de nuestro pueblo.
 
Comencemos por practicar en nosotros mismos aquello que propugnamos para nuestra gente. Si queremos realmente una Andalucía libre y soberana, comencemos por construir un movimiento libre y soberano de la izquierda nacional andaluza, independiente de la izquierda española y españolista. Emprendamos por fin, de forma autónoma, la tarea de elaborar nuestra propia teoría y praxis. Dejemos de ser una colonia ideológica nosotros mismos. Nadie puede dar ni ayudar a obtener aquello de lo que el mismo carece. Nunca lograremos para nuestro pueblo aquello que nosotros somos incapaces de ser y hacer. Podemos y debemos... Por Andalucía libre.
 
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Documentación
8º Congreso del PCPE

"El golpe de estado y la dictadura del General Franco fueron la respuesta de la alta burguesía, sectores financieros y los terratenientes a los cambios que –con el impulso de la clase obrera y sectores populares- se dieron durante la IIª República, durante los gobiernos de izquierda de la II República, en un nuevo intento de modernización y de socavar los pilares en que basaba la oligarquía su dominación, modernización siempre obstaculizada por la monarquía y el bloque reaccionario.(...)

En este período de la Transición, la celebración, sobre las bases del marxismo-leninismo, del Congreso de Unidad Comunista de enero de 1984 -en el que nace el Partido Comunista de los Pueblos de España-, y el posterior proceso de unidad PCPE-PCOE, quiebran el proceso de derrotas y abandonos y sienta las bases para el inicio de la recuperación del partido revolucionario en España. Es ese proceso -con multitud de incidencias, producto de la lucha ideológica y de nuestros propios errores- el que nos lleva hoy hasta este 8º Congreso y nos sitúa ante nuevos retos en ese objetivo –el de la construcción de un gran partido comunista- asumido desde nuestro inicio. (...)

La República Española, Confederal y Socialista será el nuevo proyecto de las mayorías, que superará las actuales contradicciones de clase y se adentrará en una nueva fase histórica caracterizada por la paz, la justicia social, la democracia participativa y la libertad.

Por otra parte, la acertada  intervención de la dirección central en determinadas campañas políticas o frentes de masas demuestra que el PCPE sí es un partido con potencialidad –por su ideología, organización y programa– para conducir a la clase obrera de los pueblos de España hacia la revolución socialista.

La inversión de la perversa tendencia liquidacionista que en el comunismo español inició el eurocomunismo, y que, posteriormente, se vio agravada con la desaparición de la URSS y del socialismo en los países del Este de Europa, exige del conjunto del PCPE (militantes, dirección central, comités intermedios y células) un esfuerzo por quebrar la subjetividad de derrota y de renuncia a posiciones revolucionarias, que, como una sombra, nos acompaña desde hace tanto tiempo.

Aspiramos a construir un partido que sea digno  heredero del  PCE que organizó el 5º Regimiento, de ese PCE que, a través del ejemplo de entrega de sus militantes y con la disciplina y organización que desprendía en todas sus actividades, supo convertirse en el espejo en el que se sintieron reflejados cientos de miles de los mejores hijos e hijas de la clase obrera de los pueblos de España.

Es necesario que los comités intermedios y la dirección central, además de dirigir la política, garanticen que el conjunto de informaciones, conocimiento y debates llegan a la totalidad de los militantes a través de las células. Es responsabilidad de los comités de dirección locales y/o territoriales llevar un seguimiento preciso del desarrollo político y organizativo de todas las células del Partido y trasladar esta información a la dirección central.

El PCPE, un proyecto único para los pueblos de España

La unidad ideológica y programática, junto a la aceptación de la autoridad política de los Congresos y del CC del PCPE, hacen del PCPE un proyecto político y organizativo único, que se adapta a las realidades nacionales de los pueblos y naciones del estado. Nuestra propia historia como partido, la realidad plurinacional del Estado Español y la inexistencia de un proyecto de España propio de la clase obrera, en el que puedan identificarse los destacamentos más avanzados y conscientes de la clase obrera y sectores populares de las distintas nacionalidades y pueblos que en este momento conforman el Estado Español, determinan la existencia de organizaciones territoriales del partido que, orgánicamente, se relacionan con éste a través de protocolos (documentos en los que queda claramente establecida la militancia en el PCPE, con todos sus deberes y derechos, de los/as militantes en ese territorio y, por tanto, su derecho a ser elegido/a miembro de los órganos de dirección del PCPE y a participar en los congresos del PCPE como militante del mismo y, nunca, como representante de tal o cual organización territorial, al margen de la relación orgánica que ésta mantenga con el PCPE). La existencia de protocolos en ningún caso presupone o avala la existencia de un modelo federal de Partido.

La aceptación de la autoridad política de los Congresos y del Comité Central, la unidad ideológica, programática y de acción hacen del PCPE un proyecto único, a pesar de expresarse bajo siglas diferentes en algunas nacionalidades y pueblos atendiendo a razones históricas y de estrategia política. Al tratar el debate de esta realidad organizativa -presente de facto por la existencia del PCPA y del PCP de Catalunya, y por la reivindicación de los camaradas del PCPG de avanzar en ese mismo sentido-, abordamos un hecho organizativo, que, por su fondo político, ni podemos obviarlo ni debemos pensar que seremos capaces de cerrarlo para siempre en este VIII Congreso.   Este hecho, la desaparición de una idea de España propia de la clase obrera, es lo que ha permitido el desarrollo en estas últimas décadas de proyectos independentistas de liberación nacional asumidos por buena parte de los sectores más avanzados y combativos de los pueblos y naciones del Estado Español. A día de hoy, ninguno de los proyectos existentes, ni en Euskadi, está hegemonizado por la clase obrera ni representa, justo por ese motivo, una opción posible de liberación social y nacional.
Por eso, no son los nuestros

Los y las comunistas del PCPE, los y las comunistas de los distintos pueblos y naciones oprimidos por España, para ser capaces de levantar un proyecto propio de estado, revolucionario y de clase, un paradigma de Patria que sea capaz de atraerigual que en el 36– a los sectores más avanzados de la clase de todos y cada uno de los pueblos y naciones de España, tenemos la necesidad, para poder desarrollar nuestro política en determinados pueblos y naciones, de dotarnos de una organicidad que permita identificarnos con claridad como proyectos nacionales, lo cual posibilitará incorporar con mayor facilidad a los sectores más conscientes de la clase trabajadora a nuestro proyecto político y al conjunto de la clase a la lucha por la revolución.

8º Congreso del PCPE, Abril 2006 (las negritas son nuestras, AL)
 
 
[El PCPA-PCPE se presentará a las elecciones municipales en Andalucía en las siguientes candidaturas: Córdoba: PCPA-UPAN; Aguilar de la Frontera, Brenes, Arahal, Pruna y Almodovar del Rio: UPAN; Guillena: Coalición con IU y NI; Málaga, Huétor-Tájar: BAI]
Opinión

Mutaciones del sentimiento nacional español

Eugenio del Río*

Página Abierta, 176-177, dic 2006/enero 2007

Pensamiento Critico 

 

El sentimiento nacional español llegó gravemente herido al final del siglo XX. El nacionalismo español reaccionario infectó hasta lo más profundo al bando franquista que se gestó en la guerra civil. Su victoria sobre la República abrió paso a un largo período en el que la dictadura usó y abusó del dispositivo ideológico de las dos Españas, a través del cual la buena combatía a la antiEspaña, integrada por los malos españoles. Su política y su ideología quedaron teñidas por una noción de España compacta, católica y tradicional, incompatible con cualquier proyecto descentralizador o federal. El franquismo supuso un prolongado empeño por dar vida a una España levantada sobre la búsqueda persistente de la uniformidad y sobre la hostilidad a los enemigos exteriores, principalmente el comunismo internacional y la masonería, y en cierta medida Europa, baluarte de la impiedad y del liberalismo. La España homogénea se apoyaba en el predominio indiscutido de las peculiaridades culturales castellano-andaluzas, y en el rechazo de las diferencias, encarnadas en el imaginario franquista por los nacionalismos catalán y vasco y por las influencias extranjeras.
 
Este desaforado españolismo fue rechazado por buena parte de la oposición antifranquista más activa, lo que es lo mismo que decir por las organizaciones de izquierda y por los nacionalismos periféricos. Las actitudes antiespañolas se extendieron sobremanera. Como en un juego de espejos: la izquierda antifranquista reflejaba la imagen invertida del españolismo franquista. La hipertrofia españolista encontraba enfrente la resistencia a lo español, identificado inevitablemente con el universo mental de la dictadura franquista.
 
Esto fue especialmente acusado en los sectores situados más a la izquierda, que en ningún momento se propusieron influir sobre los sentimientos nacionales españoles y tratar de transformarlos de conformidad con un modelo opuesto al del franquismo, sino que, por el contrario, los consideraban irremisiblemente contaminados, incorregibles y definitiva y consustancialmente de derechas.
 
El sentimiento nacional español era sinónimo de españolismo y el único españolismo imaginable era el franquista; el liberal, el republicano, el socialista o el comunista de la época de la Guerra habían quedado sepultados. La rebeldía contra la España de Franco se desplegó como oposición a la idea misma de España.
 
La palabra España quedó excomulgada y fue sustituida, con poca propiedad y menor precisión, por el Estado o por el Estado español(1). Los sentimientos nacionales se dividieron en legítimos, que eran los de los nacionalismos periféricos y los del antiespañolismo de izquierda, e ilegítimos: los españoles, encadenados definitivamente al franquismo.
 
Cara y cruz de la España de las autonomías
 
La reforma del franquismo, entre 1976 y 1978, incluyó una refundación de la realidad española en el aspecto nacional bajo el rótulo de la España de las autonomías. En la transformación de la estructura territorial hubo dos vectores que operaron simultáneamente. De un lado, la presión de los entonces llamados poderes fácticos, en referencia principalmente al Ejército, se volcó en conseguir, cosa que logró, que la Constitución cerrara el paso a cualquier tentativa de ruptura de la unidad de España. Hasta el punto de que la Constitución concede a las Fuerzas Armadas el papel de garante de dicha unidad. Pero, junto a éste, actuó un vector autonomista anticentralista, que se vio favorecido por el desprestigio acumulado por el asfixiante centralismo franquista y por la necesidad de incorporar al acuerdo constitucional a las principales fuerzas nacionalistas catalanas y vascas.
           
Se puso en marcha así, dentro del marco de la unidad española, una amplia operación descentralizadora que alumbró una nueva situación. Se crearon nuevos cauces para dar satisfacción a las nacionalidades con mayor personalidad y arraigo y desarrollar el autogobierno. Esto ayudó a afrontar problemas que los poderes autonómicos  pueden conocer mejor y dominar más eficazmente.
 
Las comunidades más postergadas bajo el franquismo han contado con nuevos medios para impulsar su desarrollo (2), lo que se ha visto favorecido, asimismo, por el notable crecimiento general de la economía española, a pesar de sus lagunas y desequilibrios.
 
El proceso abierto presentó, no obstante, algunos aspectos problemáticos, que señalaré brevemente.
 
La generalización de los regímenes autonómicos, no sólo allí donde había demandas de autogobierno con mayor base y fundamento, ha impulsado en todas partes unas clases políticas, unas burocracias y unas redes clientelares, específicamente autonómicas, que ponen en el centro de gravedad de su acción los intereses particulares de su comunidad y los suyos propios en su dimensión de cuerpos socio-políticos con intereses propios asociados a los de su comunidad. Una de las manifestaciones más enojosas de esta nueva dinámica es la frecuente aparición del agravio comparativo, al igual que la reiterada definición de los intereses de cada comunidad autónoma por la vía comparativa (“no ser menos que los demás”) (3). Ha alimentado una competencia malsana que afecta a las relaciones entre comunidades y con la Administración central, con el reiterado ejercicio del regateo.
 
A la sombra del tópico de que “las instituciones más próximas pueden gestionar mejor” ha florecido una perspectiva que ignora que el concepto de interés general existe en diversos planos, y que, en cada uno de ellos debe ser respaldado por unas instituciones con poder suficiente. Se precisa que haya un equilibrio entre poderes de distinta escala, cada uno de los cuales personifica distintas dimensiones del bien común. Hablar de los problemas inmobiliarios, de las economías de escala, del problema del agua, de la buena marcha de la Seguridad Social y de las políticas de solidaridad es tanto como recordar que hacen falta poderes locales fuertes y también poderes interterritoriales con competencias que correspondan a su misión.
 
Como ocurrió con otros cambios de aquel período, la transformación de la estructura del Estado no fue acompañada de los necesarios esfuerzos en educación e información para propiciar un cambio de mentalidades acorde con la envergadura del cambio realizado.
 
Horas bajas del españolismo más agresivo
 
Hoy, tres décadas después del inicio de la Reforma política, España, como  idea y como realidad política, está lejos de la que dejó el franquismo. Sin embargo, en diversos ambientes, lo español sigue cargando con el desprestigio, el menosprecio o el desinterés que el franquismo alimentó.
 
En algunos ambientes sigue siendo de buen tono distanciarse de cualquier sentimiento español. Es como si se hubiera petrificado un prejuicio antiespañol, que a veces esconde una identidad española defensiva, insegura, vergonzante.
 
No es raro ver cómo en medios nacionalistas periféricos se oscila entre la vieja hispanofobia y una condescendencia despectiva, como si lo español estuviera tocado definitivamente por el estigma de la continuidad con lo español-franquista. Ciertamente, esta percepción se ha visto reforzada en estas décadas por la adopción por el actual régimen político español de los recursos  simbólicos (bandera, himno, etc.) de los que se sirvió el franquismo.
 
Pero, ¿es así, realmente? ¿Los sentimientos españoles han permanecido estancados como para dar la razón a quienes los rechazan?. No hay que olvidar, por de pronto, que no hay un único sentimiento nacional español. Son bastantes las variaciones en la densidad o en el énfasis, en el lugar que ocupa y en el contenido u orientación.
          
Por supuesto, el nacionalismo españolista agresivo y antidemocrático sigue contando con fuertes respaldos sociales. La actual dirección del Partido Popular, auxiliada una vez más por un sector importante del episcopado (4), se ha subido a ese carro decididamente. Pero, lo característico de la evolución de las últimas décadas es que ese españolismo más duro está retrocediendo. Nadie puede asegurar que esta tendencia se vaya a mantener en el futuro. Una política inadecuada o insuficiente en materia de inmigración y de integración, por ejemplo, podría darle nuevas bazas; otro tanto cabe decir de un proceso largo y torpe como el del Estatut catalán, que, al menos temporalmente, ha dado nuevas alas al peor nacionalismo español. Pero lo cierto es que el españolismo más extremo está perdiendo posiciones desde hace bastantes años.
 
El españolismo arrogante, ultracentralista, intransigente, uniformizador está pagando la factura de su prolongada identificación con el franquismo. Eso le ha restado abundantes apoyos sociales.
 
Además, los cambios que observamos en las mentalidades, en general, no caminan en la dirección de la grandilocuencia patriótica. No vivimos tiempos propensos a la dramatización, a la exageración; la sociedad española está más bien en la perspectiva de  la solución pacífica de los problemas, de la negociación (5), del pluralismo. El españolismo truculento y gesticulador no encuentra su sitio en el ambiente espiritual de la época, en una sociedad que afortunadamente dejó de apreciar ese estilo hace tiempo, tanto en sus versiones de derecha como en las de izquierda. El sistema autonómico, con su peculiar policentrismo, ha contribuido también a desgastar el unitarismo españolista a ultranza, que sintoniza mal con la nueva conciencia autonómica en sus distintas expresiones. 
 
Los sentimientos mayoritarios
 
La identidad nacional española, en sus variadas manifestaciones, como tantas otras facetas de la configuración espiritual colectiva, ha experimentado importantes modificaciones.
 
Tales cambios conciernen al contenido mismo y a las formas de la identificación nacional, en este caso española, y al lugar que ocupa en el cuadro de las identidades nacionales, regionales, territoriales: ha ido dejando de ser una identificación única, en lo que concierne al sentido de pertenencia nacional, para compartir el espacio identitario con otras.
 
En lo tocante al contenido, a su vigor y a sus formas, se puede decir, en pocas palabras, que se trata de un sentimiento nacional vinculado a valores democráticos y pluralistas (las corrientes uniformistas más intensas han perdido fuerza), relativamente suave y moderado. Su capacidad para cohesionar y para suministrar sentido colectivo no es muy elevada. Sus formas son, en general, discretas; su presencia social, es poco pronunciada y no muy explícita.
 
No parece apropiado designar a estos sentimientos nacionales relativamente atenuados, como a veces se hace, como nacionalismo español. Les falta esa fuerza, cuando no exacerbación y centralidad, del sentimiento nacional, que observamos en los nacionalismos por regla general.
 
En lo que hace a la relación entre las distintas identidades, las mutaciones son importantes: pierde peso la identidad nacional española exclusiva al tiempo que ganan entidad las identidades locales y las asociadas a los regímenes autonómicos. Las combinaciones entre unas y otras ofrecen un panorama marcado por las identidades compuestas: aumenta el número de personas que se definen por su adscripción a dos identidades a las que conceden importancia.
 
Allí donde lo no español tiene mayor incidencia, en la Comunidad Autónoma del País Vasco, según el Euskobarómetro de mayo de 2006, el 59% de la población conjuga las identidades vasca y española, que considera compatibles, mientras que constituyen una minoría quienes declaran una única identidad nacional (se sienten sólo vascos un 33%, y sólo españoles, un 3%). Incluso en el electorado del PNV-EA, coalición de partidos cuya ideología nacionalista defiende una identidad exclusivamente vasca, se identifican como sólo vascos un 46% y consideran compatibles las dos identidades un 50%.
 
En Cataluña, a juzgar por la reciente encuesta del CIS, hecha pública el pasado 26 de octubre, quienes se sienten únicamente españoles son tan sólo un 6,6%; más españoles que catalanes, un 5,4%; tan españoles como catalanes, un 40,6%; más catalanes que españoles, un 27,8%, y únicamente catalanes, un 17,5% (no saben, no contestan: 2,1%). Así pues, una amplia mayoría de 73,8% comparte, en diferentes formas, la identidad española y catalana.
 
Junto a una identidad española menos importante y menos intensa que en el pasado, vemos cómo cobran fuerza las identidades autonómicas (la conciencia territorial ha abierto una brecha en el sentimiento español como principal o exclusivo) e incluso una emergente identidad europea.
 
Entre los jóvenes (Informe Jóvenes españoles 2005, Madrid: Fundación Santa María, 2006) crece el sentimiento de pertenencia a su localidad o a su comunidad autónoma. En Canarias, 62% se sienten por encima de todo canarios; en Asturias, un 52%; en Galicia, un 41%. (...) 
 
Tomando como objeto el conjunto de la población, la última macroencuesta autonómica del CIS (10.500 entrevistas), publicada en febrero de 2006, ofrece el siguiente panorama.
           
La pregunta “¿Qué significa España?” merece las siguientes respuestas: mi país: 55,9%; el Estado del que soy ciudadano: 14,9%; una nación de la que me siento miembro: 14%; un Estado formado por varias nacionalidades y regiones: 11,7%; un Estado ajeno, del que mi país no forma parte: 1,8%.
 
La comunidad autónoma propia es concebida como una región por un 77,4%, y como una nación por un 13,4%.
 
Los sentimientos nacionales declarados se desglosan así: únicamente español: 10%; únicamente de su comunidad autónoma: 10%; tan españoles como de su comunidad autónoma: 57%; más españoles que de su comunidad autónoma: 10%; más de su comunidad autónoma que españoles: 10%.
 
Así pues, el sentimiento predominante es el que iguala la conciencia de pertenencia a su comunidad con la de pertenecer a España. Tal ecuación, sin embargo, no denota una simetría en cuanto a la sustancia de estos sentimientos.
 
El contenido de lo español varía mucho según las distintas comunidades autónomas: es menos visible, más privado y menos definido en aquellas comunidades donde el nacionalismo cuenta con más fuerza. El empate tiene una resonancia mayor en algunos lugares, como en Andalucía, donde los tan andaluces como españoles ascienden al 66% (Instituto de Estudios Sociales Avanzados de Andalucía, Estudio General de Opinión Pública de 2006).
 
Entre los jóvenes, no obstante, la equiparación entre los dos sentimientos disminuye: el me siento tan español como de mi comunidad autónoma representa un 39,1% (Informe jóvenes españoles citado). Y, como he dicho, las identificaciones no están igualadas ni en Canarias ni en Asturias, como tampoco lo están en el País Vasco.
 
Entre el españolismo a la vieja usanza y la competitividad interterritorial
 
Venimos observando una serie de hechos que nos llevan a interrogarnos sobre la consistencia de la realidad española.
 
Los conflictos entre las partes (Gobiernos autónomos o fuerzas políticas autonómicas) y la representación del conjunto (el Parlamento español y el Gobierno central) no han desaparecido. Por el contrario, siguen produciéndose y cualquier solución muestra pronto un carácter efímero.
 
En la conflictividad que afecta a la estructura del Estado, las desavenencias y colisiones se ven dotadas, cada vez más, de un contenido interterritorial. Las partes contienden entre ellas para obtener las mayores ventajas posibles, si es preciso a costa de las demás. Las instituciones catalanas, cuando negocian con el Gobierno de Madrid, están lidiando con frecuencia con la presión más o menos activa de otros regímenes autonómicos, que no quieren quedarse atrás en cada uno de los aspectos en los que, real o imaginariamente, Cataluña obtiene alguna ventaja. Correlativamente, el Gobierno central ve reducida su capacidad para negociar con las partes, dado que está sometido a un estricto marcaje por parte de las variadas mayorías autonómicas.
 
El actual Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero ha optado por afrontar esta compleja y delicada situación con un perfil ligero. No se presenta en las negociaciones con un cargamento de condiciones previas ni con un proyecto definido; elude un marco de negociación multilateral y da preferencia a las negociaciones bilaterales. Este modo de proceder tiene el mérito de contribuir a desactivar no sólo las inercias centralistas sino también la imagen generada por el centralismo anterior. Pero, a su vez, presenta al menos tres serios problemas.
 
En primer término, encierra las negociaciones en el recinto puramente reivindicativo de cada una de las partes, propiciando la no implicación de las partes en la tarea de proponer e impulsar decisiones de conjunto.
 
En segundo lugar, coloca al Gobierno español en la posición vulnerable de receptor de reivindicaciones de cada parte, que en ocasiones ha de rechazar, ya sea porque no encajan en el actual cuadro legal, ya sea porque no son aceptadas por otras partes, de las que ha de hacerse portavoz.
 
En tercer lugar, al aceptar las demandas de una parte da por buena su generalización, puesto que los restantes regímenes autonómicos querrán alcanzar el mismo techo que vaya logrando cada parte.
 
A mi juicio, no se puede reprochar al Gobierno de Zapatero la adhesión a un españolismo centralista. Hasta ahora, no la ha habido. Lo que se echa en falta es un mayor liderazgo en la elaboración de una idea respecto a la realidad española en su conjunto y medidas concretas para propiciar una negociación entre todas las partes en la definición de un proyecto común, así como para propiciar su corresponsabilización en lo que entre todas ellas comparten.   
 
Claro que quizá no sea factible el establecimiento de unas ideas unificadas sobre el particular habida cuenta de las diferencias existentes dentro del PSOE. En todo caso, la falta de un cuadro de conjunto más preciso y de unos criterios comunes favorece que cada régimen autonómico trate de beneficiarse circunstancialmente de las fórmulas que les resulten más ventajosas. Así, el Estatuto catalán establece que las inversiones del Gobierno central en Cataluña, en materia de infraestructuras, durante los próximos siete años, han de corresponder a la proporción que representa el Producto Interior Bruto catalán en el conjunto del PIB español. El proyecto de Estatuto andaluz, por su parte, siguiendo también el criterio más ventajoso para la comunidad autónoma, determina que la inversión del Gobierno central en Andalucía deberá ser equivalente al peso de la población andaluza en el conjunto de la población española. Se puede suponer que los proyectos que vayan elaborándose tratarán de fijar los procedimientos más ventajosos para cada parte. Todo esto sin hablar de los Conciertos económicos vasco y navarro, que consagran una situación de privilegio y de insolidaridad, aunque por razones históricas, y muy especialmente debido a la supresión del régimen concertado bajo el franquismo en Guipúzcoa y Vizcaya, el sistema actual es poco menos que intocable.
 
Sería útil un horizonte político común que no fuera simplemente la suma de los restos que queden después de las diversas negociaciones bilaterales entre el centro y cada parte, sino el producto de la negociación entre todas las partes y de su implicación en los problemas comunes. Nada puede sustituir a una idea compartida del bien común, idea que sólo puede resultar de la negociación y el acuerdo.
 
Todo esto debería inscribirse en una práctica de la corresponsabilidad multilateral. Bienvenido sea el encogimiento del viejo sentimiento nacional español así como la desdramatización que rodea a lo español. Ahora lo que haría falta es impulsar una cultura de la solidaridad interterritorial, que repose sobre un concepto del bien común a esa escala, concepto que no ha salido muy bien parado en  las tres últimas décadas.
 
No acabamos de encontrar un punto de equilibrio. Vivimos una relación conflictiva entre, por un lado, el reforzamiento de lo particular y el culto a la diferencia y, por otro lado, el mantenimiento de lo común. A la pervivencia del viejo nacionalismo centralista y uniformizador se le suman los particularismos insolidarios. Unos y otros se alimentan mutuamente y golpean la entidad común española en la línea de flotación.
 
En los regímenes autonómicos hegemonizados duraderamente por fuerzas políticas españolistas se ha cultivado con frecuencia un patriotismo de viejo estilo, lo que ha contribuido a tensar las cosas en un terreno en el que se requiere todo lo contrario. Allí donde la hegemonía ha sido de los partidos nacionalistas periféricos, sobre todo en el País Vasco, tampoco se ha promovido una nueva conciencia de lo español; el poder autonómico vasco ha estado tocado por la hispanofobia preponderante en el nacionalismo vasco a lo largo de toda su historia.
En mi opinión, la comunidad política de la que formamos parte no puede nutrirse del viejo españolismo, pero tampoco del nihilismo o del rechazo de cualquier sentimiento español. Se precisa un nuevo concepto de lo español en el que todos puedan encontrarse, una nueva conciencia española, que en cierta medida va cuajando paulatinamente como resultado de procesos y acontecimientos múltiples; es el sedimento que deja el curso histórico a través del tiempo; es también la expresión de los aires que corren en la actual sociedad y de sus valores.
 
Esa conciencia comporta un sentimiento de pertenencia y de diferencia relativamente tenue (los sentimientos nacionales densos son un factor de conflictos indeseables) y, por lo tanto, poco proclive hacia la hostilidad y la desconfianza respecto a otros mundos identitarios. Esta templanza nacional favorece las actitudes pluralistas en una doble dirección: hacia los nacionalismos tradicionalmente recelosos hacia lo español y hacia las nuevas diferencias que trae consigo el reciente crecimiento de una población venida de fuera en busca de una vida mejor.
 
La disposición de las actuales mayorías sociales constituye a mi parecer un buen punto de partida para repensar la realidad española y renovar las bases para una cohesión suficiente y para una unidad habitable por las generaciones futuras.
Notas
(1) Al decir España estamos refiriéndonos a realidades diversas. Una de ellas es el entramado institucional, o estatal; otra, un país que forma parte de Europa y que está presente en el campo de las relaciones internacionales; una tercera, un ámbito social integrado por las personas que comparten la ciudadanía española o, en un sentido más amplio, el conjunto de la sociedad española; otra, el conjunto de personas que se identifican como españolas. Cabe hablar también de España como economía, como acervo cultural, como historia... La referencia a estas dimensiones nos muestra hasta qué punto es impropio hablar de Estado español para nombrar entes tan variados y diferenciados de la estructura política y jurídica que constituye un Estado.
(2) El impacto del sistema autonómico sobre la economía ha sido objeto de numerosas controversias, relativas a la diversidad e intensidad de la  regulación autonómica, a la eficacia en la provisión de servicios públicos, a la falta de cooperación y coordinación. «Las burocracias autonómicas van por su cuenta y son, en exceso, celosas de sus competencias» (Antón Costas, “El impacto socioeconómico de las autonomías. Mayor cohesión social y territorial”, Capital, nº 75, noviembre de 2006, p. 43).
(3)  No es casual que casi todas las fuerzas políticas andaluzas hayan optado por definir a Andalucía como nación, por entender, como escribió Manuel Pimentel en un artículo publicado en El País (“La no discriminación, ésa es la cuestión”, 13 de octubre de 2005), que así se equiparaba a Andalucía con Cataluña. Dado que tal era el objetivo, no se creyó necesario discutir siquiera si Andalucía corresponde a alguna de las concepciones de nación al uso, ni se tuvo en cuenta que, en las encuestas realizadas en los últimos años (Estudio General de Opinión Pública de Andalucía), sólo algo más del tres por ciento de la población andaluza piensa que su tierra sea una nación. Está claro que no se está hablando de lo que Andalucía es, sino de cómo es más ventajoso llamarla.
(4)  Aún hace poco, uno de los representantes más correosos de ese sector, el cardenal Cañizares, mostraba su preocupación por la unidad de España y llamaba a cimentarla por medio de la fe, tarea ésta para la que pidió la ayuda de la Virgen del Pilar (15 de octubre de 2006).
(5) Esta inclinación hacia el pacifismo y el dialogo pesa mucho ante el fin de ETA. No parece que estuvieran en lo cierto  quienes sostenían que los Gobiernos centrales no podían emprender una vía de diálogo porque estaban maniatados por una opinión pública contraria. Más bien se encuentra dispuesta a dar por bueno un diálogo que realmente apunte a poner fin al terrorismo. Es esa actitud la que se muestra en el apoyo mayoritario de la opinión pública al diálogo del Gobierno de Zapatero con ETA: de acuerdo: 61,2%; en desacuerdo: 31%; no sabe/no contesta: 7,9% (Encuesta del Instituto Opina, El País, 2 de junio de 2006).
 
*Eugenio del Río (San Sebastián, 1943) fue secretario general del Movimiento Comunista de España y su líder y principal ideólogo desde su fundación en 1964 hasta la actualidad. Su grupo originario ingresó en ETA, de la que se separó para formar sucesivamente ETA-Berri, Komunistak y Movimiento Comunista Vasco. Tras expandirse fuera de Euskadi, cambio de denominación para asumir la de Movimiento Comunista de España, de la que suprimió el "de España" al final del franquismo. Tras la unificación LCR-MC en 1991 y el fracaso subsiguiente, consumado con la separación definitiva de los últimos restos coexistentes de ambas procedencias en el verano de 1993, la corriente político-ideológica dirigida por del Río se aglutinó en y bajo la denominación de las organizaciones territoriales de la desaparecida organización unificada. En Andalucía: Acción Alternativa. Aunque formalmente no mantienen presencia publica estatal -aparte la que pueda desprenderse de su expresión a traves de su sitio en Internet que figura vinculado a la Federación de Asociaciones de Dinamización Sociocultural (FADS) y de los Encuentros públicos regulares que organizan- es evidente el mantenimiento de un alto grado de cohesión político-ideológica entre sus afines.
Opinión
Por una República plurinacional
Juanma Barrios, 13/04/2007
 
Sorpresas que da la vida
 
Hace algunos años paseaba por la calle cuando un joven me entregó un panfleto. Su maquetación, la factura de sus símbolos y su lenguaje me recordaron bastante a los que había visto de la izquierda abertzale. El parecido resultó aún más sorprendente cuando miré el reverso del folio y me encontré el mismo escrito reproducido con una extraordinaria cantidad de faltas de ortografía…
 
En realidad lo que tenía en mis manos pretendía ser un texto "bilingüe" español/andaluz[*]. Para alguien que como yo siempre había defendido que Andalucía era una nación y España un estado plurinacional, aquel panfleto despertaba un sentimiento de ridículo tan extraordinario, que no faltaban ganas de tirar la toalla sobre esta cuestión.
 
Pero lo peor no era que un grupito de personas hubiesen llegado a la conclusión de que en Andalucía hablábamos un idioma propio y lo hubiesen sometido a un proceso de "normalización" lingüística. Lo más triste era que ésta constituía una más de las sandeces que sobre el pueblo andaluz había escuchado en mi vida y que hacían desde luego difícil, por no decir imposible, elevar un discurso coherente, serio y racional frente al nacionalismo español postfranquista. Porque nunca ha bastado un legítimo odio hacia la dictadura que nos gobernó durante cuatro décadas y hacia lo mucho que ha pervivido de ella en la monarquía parlamentaria, para construir una alternativa válida. Una mixtificación, una media verdad o una abierta mentira del nacionalismo español pueden ser respondidas con disparates históricos, antropológicos y políticos de igual calibre por los nacionalistas periféricos. La elaboración de un discurso nacionalista andaluz ha estado, salvo honrosas excepciones, en manos de "teóricos" con mucha pasión y poco rigor que no han sido capaces de establecer lecturas históricas comunes, análisis verosímiles de la realidad y presentar un discurso nacionalista a la sociedad capaz de servir de herramienta para edificar opciones políticas de mínima implantación. Frente a los discursos de unos pocos independentistas, que acusan de españolismo a toda persona de izquierdas que no comparte sus planteamientos maximalistas, el pueblo andaluz muestra una generalizada indiferencia hacia todo planteamiento soberanista y, por supuesto, desconoce a los que se erigieron en profetas y han terminado como ariscos ermitaños que dan la espalda a un mundo hostil o ignora a aquellos grupos con un discurso tan coherente que es impermeable a la realidad y termina recordando más a unas reglas monacales que a un programa de transformación social.
 
En este artículo voy a tratar, precisamente, de analizar algunas de esas "verdades" sobre las que se apoyan ciertos planteamientos nacionalistas andaluces para terminar con una reflexión general sobre la cuestión nacional en el Estado español. Despejar el camino de escoria pseudohistórica ayudará a que los andaluces nos conozcamos e iniciemos el lento y difícil camino de desarrollar una conciencia nacional que los independentistas dan por existente y que está lejos de existir fuera de minorías. El método de análisis que utilizaré puede aplicarse a los mitos de otras naciones, pero no pretende, como hace un Jon Juaristi, reforzar el nacionalismo centralista frente a otro periférico, sino animar a las distintas corrientes de izquierda marxista a buscar un horizonte común, una República plurinacional.
 
Andalucía, ¿tres milenios de historia?
 
En pleno apogeo del aznarato la ofensiva centralista se aunó con el crecimiento económico, el ascendente conservadurismo de la sociedad y la violencia autista de ETA, para provocar una inflexión política. Los periodistas e intelectuales afines al PP y buena parte de los del propio grupo PRISA resucitaron una concepción neofranquista de España que animó a historiadores, por lo general discretos, a retomar discursos que parecían enterrados. El notable historiador Antonio Domínguez Ortiz, un sabio conocedor de la Edad Moderna y autor de libros imprescindibles sobre el periodo, pero con sus prejuicios conservadores y católicos -era lector diario de ABC-, publicó un libro titulado España, tres milenios de historia (Marcial Pons, 2000). Al parecer el conglomerado de reinos y tribus, con una gran diversidad de dioses, lenguas y costumbres, que hace tres mil años poblaban la península ibérica conformaban ya la nación española o, cuanto menos, eran su germen. Cosas como estas se enseñaban en las escuelas franquistas, donde Hispania se traducía por España, al-Andalus era la España musulmana, etc.
 
Menos ambiciosos, los portugueses consideran que su país nació en el siglo XII, cuando se independizó de Castilla-León, sus fronteras del norte y del centro eran ya las actuales, y hablaban una lengua distinta del latín, el gallego-portugués.
 
Vemos, así, dos enfoques sobre el origen de una nación distintos, uno absolutamente mixtificador y otro verosímil. Pero, ¿cuándo nació Andalucía?. Teniendo en cuenta que el nacionalismo andaluz es en buena medida una reacción contra el centralismo español y sus "verdades" históricas, podemos imaginar que los nacionalistas andaluces han denunciado con vehemencia la mentiras del españolismo y han anunciado su voluntad de rescatar la verdad. La recuperación de la "verdad histórica" que han realizado muchos, que no todos, parece por desgracia el negativo de las tergiversaciones españolistas, y si una foto positivada es tramposa, es porque su negativo también lo es.
 
Al parecer Tartesos, una civilización protoibérica de la que sabemos muy poco, ya era potencialmente Andalucía. Poco importa que aquellas personas hablaran un lenguaje que ningún lingüista ha sido capaz de traducir, que su religión politeísta sea un misterio para nosotros, etc., etc., etc. Lo importante es que aquel pueblo vivía sobre el solar de la actual Andalucía y por eso son nuestros antepasados; ellos fueron los primeros en erigir el estado que hoy nos niega España. Siglos después, bajo la dominación romana, la región administrativa Bética se ve como una prueba palpable de que Andalucía es una realidad que se sobrepone a las invasiones [1].
 
Muchos más problemas plantea la llegada de los ejércitos musulmanes en el 711. A partir de aquella fecha nutridos contingentes de bereberes y en menor medida de árabes implantaron una provincia del imperio islámico a la que dieron el nombre de al-Andalus. El cambio demográfico y cultural que de manera gradual se iba a experimentar en los siguientes siglos fue extraordinariamente profundo. La historiografía española franquista lógicamente se daba cuenta de que una Península ocupada en más de dos tercios por una civilización oriental era incompatible con la existencia milenaria de la Nación Española. Durante décadas se elaboraron obras que trataban de minimizar aquel cataclismo y nos mostraban la "España musulmana" como una civilización que tenía más de continuidad con lo precedente que de oriental, resaltando la importancia de los mozárabes y reduciendo el influjo árabe.
 
Pero la investigación histórica ulterior ha sido determinante para mostrarnos al-Andalus como una civilización que se arabizó y orientalizó profundamente con el transcurso de los siglos [2]. Sólo se resiste a las evidencias una rancia historiografía postfranquista… y cierto nacionalismo andaluz, al que las tesis de la continuidad demográfica y cultural también seducen.
 
La identificación de al-Andalus con Andalucía es muy frecuente en nuestros círculos nacionalistas. Córdoba sería la capital histórica de los andaluces, pues, como escuché una vez con estupor, "fue la última capital de una Andalucía unida e independiente". Sin embargo, sobre la naturaleza de al-Andalus no se ponen de acuerdo nuestros "teóricos". Para unos los andalusíes eran andaluces que hablaban árabe y practicaban el Islam, pero en cualquier caso andaluces; para otros los mozárabes resistieron la aculturación árabe y cuando los castellanos ocuparon sus tierras seguían hablando su lengua, que es el origen del actual "idioma" andaluz… Un debate que desde luego queda fuera de las ciencias sociales para adentrarse en terrenos que sólo gente como Iker Jiménez se atreve a explorar.
 
Volviendo a hablar de historia, los andalusíes no conformaron una nación, en el sentido que hoy le damos a este término, hasta muy tarde. Todavía en los años de apogeo del califato la población era un conglomerado de árabes, bereberes antiguos y recién llegados, esclavos negros y eslavos, judíos, mozárabes y descendientes de hispanorromanos convertidos al Islam. Las identidades étnicas eran intensas y se mezclaban en algunos grupos con las solidaridades tribales; por el contrario, la mayoría de la población ya era indudablemente musulmana y hablaba árabe. Las profundas diferencias étnicas fueron un factor importante en la guerra civil que destruyó el califato y condujo al nacimiento de los reinos taifas. No fue hasta las dinastías africanas (almorávides y almohades) que una menguada al-Andalus mostró una población mucho más integrada y por completo arabizada; la mayoría de los mozárabes no convertidos al Islam emigraron a los reinos cristianos y su lengua agonizaba.
 
La civilización de al-Andalus era al principio del siglo XIII oriental, islámica y árabe. Salvo que sus habitantes poblaban las tierras del sur peninsular, muy poco tenían que ver con la Andalucía moderna. Pero esta obvia afirmación es cuestionada por "teóricos" a los que les parece que estas son cosas secundarias. Para ellos, ¿cuál sería más allá del solar geográfico el elemento de continuidad entre al-Andalus y Andalucía?. Al parecer la pervivencia de un importante contingente demográfico que se mezcló con los cristianos que llegaron después.
 
La historiografía de las últimas décadas ha descartado tajantemente esta hipótesis. La conquista de la Baja Andalucía y de Jaén a mediados del siglo XIII y la de Granada a finales del XV estuvo acompañada de drásticas limpiezas étnicas y de repoblaciones con colonos de Castilla. Los historiadores derechistas no dejan de repetirlo, y con razón, pero su hipocresía se destapa cuando términos como genocidio o limpieza étnica salen a relucir y ellos se sienten ofendidos por el uso de "conceptos anacrónicos" que manchan la reputación de los Reyes Católicos y otras figuras mitificadas por el nacionalismo español.
 
Más allá de esta polémica, la radicalidad del proceso repoblador ha sido demostrada por innumerables historiadores, buena parte de ellos jóvenes, antifranquistas y laicos; no podemos sospechar de ninguna conspiración "castellanista". Los mudéjares (musulmanes que vivían bajo soberano cristiano) y más tarde los moriscos (musulmanes obligados a convertirse al cristianismo, pero que seguían practicando su religión) fueron expulsados y reemplazados en varias etapas con una saña escalofriante, que culminó en 1571 con el aplastamiento de la rebelión morisca de las Alpujarras y en 1609-1614 con la definitiva expulsión de todos los moriscos, tan drástica que no se dudó en romper matrimonios mixtos. La condena moral que estos hechos merecen es clara, pero no pueden negarse sus consecuencias: los andaluces descendemos genéticamente de los colonos en un 98%. Al-Andalus desapareció del suelo peninsular dejando una herencia cultural y social difícil de valorar, pero que no puede magnificarse de manera alegre y que no es exclusiva de Andalucía, sino también de Extremadura, Murcia, Castilla-la Mancha, Aragón, Valencia y Baleares. Si en algún sitio pervivió al-Andalus fue en el Magreb, especialmente en Marruecos, aunque muy esclerotizada.
 
Queda pues claro cuál es el punto del que debe partirse para saber quiénes somos los andaluces. Amplios contingentes castellanos repoblaron la Baja Andalucía y Jaén reduciendo poco a poco a los mudéjares la condición de minoría. Entre los siglos XIII y XV esos territorios eran parte de un estado multiétnico llamado Castilla, donde convivían castellanos, gallegos, vascos, judíos y mudéjares. Las provincias meridionales de Castilla empezaron a gestar lentamente una personalidad propia, pero desde luego que no antagónica a la de sus orígenes. Andalucía en sus actuales fronteras no existía, sobre todo porque sobrevivía un reino independiente musulmán en la parte oriental. La Guerra de Granada, acometida con extraordinaria brutalidad por las coronas de Castilla y Aragón, a las cuales este conflicto les sirvió de elemento aglutinante, destruyó el pequeño país árabe. La repoblación, por lo que sabemos, y sabemos mucho, se llevó a cabo recurriendo en más de un cincuenta por ciento a bajoandaluces y jienenses, lo cual debió contribuir de manera importante a que el Reino de Granada, que como unidad administrativa pervivió hasta principios del siglo XIX, se integrara en las Andalucías, término utilizado hasta las mismas fechas.
 
Nada de lo dicho hasta el momento niega la existencia de una nación andaluza, de la misma manera que los habitantes de Méjico, La Habana o Buenos Aires viven en naciones distintas aunque comparte un pasado colonial y una lengua. Pero también es cierto que la conciencia nacional andaluza es muy baja y la demanda de más soberanía carece de base social. Abordaré este tema en un próximo artículo, pero sí denunciaré ahora que algunos confunden el proyecto de construir y promover una identidad nacional con lanzar consignas sobre autodeterminación e independencia. O sea, empiezan la casa por el tejado y excomulgan como españolistas a todos los que rechazan su ilógico proceder.
 
Hay que replantearse el problema nacional
 
Los andaluces procedemos en alta medida de los colonos castellanos, de la misma manera que los habitantes de Valencia y Baleares de los catalanes, y los del Algarve y el Alentejo de los portugueses. El independentismo andaluz minimiza el pasado castellano, resalta la continuidad con al-Andalus y reclama la ruptura de las tierras de habla española. El nacionalismo catalán reivindica el pasado común, resta cualquier trascendencia al legado andalusí y clama por una unidad de los Países Catalanes. En Portugal las provincias sureñas se sienten plenamente integradas en el estado portugués, mientras que en Galicia los defensores de la confluencia lingüística fueron derrotados y el gallego se consolida hoy como una lengua distinta.
 
Los problemas que se plantean no son, pues, únicamente históricos y culturales, no entran sólo en el campo de las ciencias sociales, sino que se adentran en el resbaladizo campo de las conciencias colectivas y las convicciones individuales. Las lecturas que los nacionalistas españoles y los periféricos hacen del pasado son tendenciosas y deliberadamente antagónicas; las convicciones se anteponen a las lecciones de un pasado complejo y ambivalente, y unos se niegan la razón a otros esgrimiendo la "verdad histórica".
 
En un reciente artículo [Juanma Barrios, "La falsa dicotomía en el problema nacional y la izquierda marxista", 22 marzo 2007] reivindiqué la construcción de una España plurinacional como la mejor solución a los problemas que arrastramos desde que se intentó forjar el estado-nación español en el siglo XIX. Y esto, entre otras razones, porque después de siglos de convivencia, obligada o forzada, es mucho lo que une a las distintas naciones del Estado español. Además, esos millones de ciudadanos que se consideran nación española no viven sólo en las comunidades autónomas del centro, sino también y en alto número en Andalucía, Valencia, Navarra, etc. Para "solucionar" esto nada sería más monstruoso que pensar en genocidios o trasvases de población como los acometidos por Kemal Atatürk para lograr su sueño de un estado nación turco.
 
Sé que estas afirmaciones me valdrán el epíteto de españolista, lo mismo que sé hasta qué punto repugnan mis ideas a los reaccionarios; lamento que existiendo diversos modos de organización, todo quiera reducirse a una dicotomía centralismo-independencia. De todas formas no me considero en ningún centro ideal. Tengo muy claro que el mayor enemigo de un estado plurinacional y de la convivencia entre los diversos pueblos de España no ha sido nunca el nacionalismo periférico, ni siquiera el independentismo vasco, porque su debilidad frente a un poderoso Estado español siempre ha sido manifiesta. Los culpables son aquellos que intentaron borrar del mapa a las lenguas catalana, gallega y vasca; aquellos que todavía hoy se niegan a que estas lenguas se hablen en el parlamento y el senado, y tratan de entorpecer los procesos de normalización lingüística imprescindibles después de inicuas discriminaciones; aquellos que abortaron el proceso de implantación de gobiernos autónomos puestos en marcha por la Segunda República… son en suma las rancias derechas españolas, en el pasado la CEDA y el Movimiento Nacional, hoy el Partido Popular e incluso un sector del PSOE.
 
Pero esto no libra de responsabilidades a los nacionalistas periféricos que manipulan la historia y sueñan con estados-nación ideales, dividen a la izquierda entre patriotas y españolistas, o, como en el caso de ETA, crispan el ambiente político con atentados brutales.
 
Si alguien se ha sentido cómodo en el debate de la cuestión nacional durante la última década ha sido la derecha, que ha logrado fortalecer su concepción de España y ganar votos con ello, también es cierto que con la contrapartida de no poder doblegar al nacionalismo vasco e incluso alentar al catalanismo. La "ruptura de la nación española" versus la violencia de ETA, ha constituido el eje de la vida política durante muchos años. A los marxistas, creo, nos corresponde situar esta cuestión en un plano resoluble en el marco de la actual correlación de fuerzas y ubicar otros problemas en el centro de la vida política. Ya es hora de agrupar fuerzas y afrontar con perspectiva estatal la explotación y precariedad de muchos trabajadores, el paro juvenil, la especulación con la vivienda, la desigualdades que persisten entre hombres y mujeres, los derechos de los emigrantes, la destrucción del medio ambiente… sin olvidar la consecución de un Estado plenamente laico, la solidaridad con el Tercer Mundo o la sustitución de nuestra grotesca monarquía por una República.
 
Notas:
[1] Véase el apartado Historia de Andalucía de la web del partido Nación Andaluza.
[2] Véanse, por ejemplo, los trabajos de Pierre Guichard.
[3] Juanma Barrios, "La falsa dicotomía en el problema nacional y la izquierda marxista", 22 marzo 2007.
 
Nota Andalucía Libre: Sobre la cuestión lingüística en Andalucía, ver en Archivo de Documentos / Ficheros Carpeta Andalucía, de Ventura Salazar, Contribución al debate sobre la Lengua de Andalucía [Textos sobre la situación lingüistica de Andalucía y las encontradas posiciones al respecto dentro del movimiento nacionalista andaluz ("Unidad dentro de la Diversidad" , "Respuesta a Hafid" etc)] y La lengua andaluza, un desvío innecesario, Andalucía Libre nº 63 - 13 de diciembre de 2000 / Comentario contra el invento del andaluz escrito y su utilización política 
 
Opinión:
 
Sugerencias
 
Es de agradecer, encontrar textos que resuman tan gráficamente una situación social como la que vive la clase obrera, vinculándola de forma tan fundada y nítida con la política seguida por las burocracias sindicales españolas durante los últimos años. En el sitio de la revista Viento Sur, Pedro Montes y Diosdado Toledano así lo reflejan en su artículo La situación social y los sindicatos.
 
 
 Perú
Llamamiento a la solidaridad con Lucha Indígena
Andalucía Libre
 
Quizá recuerden quienes nos siguen desde hace algún tiempo, el llamamiento a la solidaridad con Hugo Blanco que publicamos en 2002. En aquella fecha nuestro camarada Hugo estaba en riesgo cierto de muerte y recababa ayuda. Para explicar quien era Hugo Blanco, su trayectoria, cómo había llegado a esa situación y lo que significaba para la izquierda peruana en general y para los movimientos campesino e indígena en particular, publicamos entonces una breve reseña autobiografica en la que se resumían cuarenta años de continuada lucha revolucionaria (ver Andalucía Libre nº 136 de 23/9/2002). Afortunadamente, la solidaridad internacional permitió a Hugo costear gastos y salvar la vida.
 
No nos resistimos a reproducir como describe su caso Hugo en el correo que nos ha remitido recientemente: "Precisamente debido a la actividad campesina es que el 2002 estuve al borde de la muerte: Tanto me golpeó en la cabeza la policía, especialmente cuando era parlamentario y participaba en las movilizaciones, que me separaron el cráneo del cerebro. Cuando estamos viejos el cerebro se achica, de modo que en mi caso hay gran espacio entre cráneo y cerebro y los vasos sanguíneos que en una persona normal están entre cráneo y cerebro, en mi caso hacen puente y es muy fácil que se quiebren. A ese mal se le llama la enfermedad profesional de los boxeadores, yo no fui boxeador pero sí agitador, que para el caso es lo mismo. Cuando estuve en una zona campesina alta, donde los dinteles son bajos para contrarrestar el frío, como tenía el cuerpo adolorido y no me flexionaba con rapidez, me golpee repetidamente la cabeza en el dintel, lo que produjo ruptura de un vaso, eso me produjo afasia que es la incapacidad de pronunciar las palabras pues la hemorragia afectó el sector del cerebro dedicado al habla. Afortunadamente conté con la ayuda de parientes, camaradas, compañeros y amigos que pagaron los viajes y exámenes correspondientes, me extrajeron la sangre en México, me examinaron en La Habana y quedé bien. Sin embargo tengo que andar con sombrero para evitar golpes, no debo emborracharme (lo que no me aflige), no debo estar en mucha altura y no debo fatigarme. Naturalmente algunas de estas restricciones estorban mi militancia y hago excepciones.)" Luego, le hemos publicado algún articulo (ver Andalucía Libre nº 221, 16/2/2004), en la modesta medida que nos dan nuestras posibilidades y prioridades.
 
Ahora -con 72 años a cuestas, pero bien llevados- Hugo ha vuelto a difundir un llamamiento a la solidaridad internacional. En esta ocasión, la motivación también es importante: asegurar la continuidad de Lucha Indígena, publicación dedicada al impulso del movimiento indígena peruano. El mismo Hugo explica más abajo la entidad de la cuestión.
 
De nuestra parte insertamos un enlace para descargar su nº 9 (que acoge en su sitio el Centro de Documentación Mapuche Ñuke Mapu). A continuación, para ubicar la situación peruana, relacionamos enlaces a diversos textos de Hugo Blanco.
 
Desde Andalucía Libre animamos a quienes estén en disposición de hacerlo a que ayuden en lo que puedan a que este combate continué y a que esta voz -que es Lucha Indígena- siga tronando en el Perú.
 
Lucha Indígena
 
"Considero que mi mejor contribución ahora es el impulso del movimiento indígena que en el Perú también existe, aunque está retrasado con respecto a países vecinos debido a la guerra interna entre el Estado y Sendero Luminoso que asoló el país durante 20 años; guerra interna en que murieron cerca de 70.000 personas, fundamentalmente indígenas, además de presos, torturados y desaparecidos. Esto se tradujo en un gran debilitamiento de sus organizaciones. En mi opinión la vanguardia del movimiento peruano es la lucha indígena, la cual es despreciada por los revolucionarios urbanos, por eso considero fundamental reivindicarla.

Con ese objetivo, junto a un pequeño grupo de compañeros estamos editando el periódico “Lucha Indígena” del cual soy el director. Es un trabajo de frente único. Como documento adjunto les envío el último número, a los camaradas y compañeros que deseen y que lo soliciten les enviaré los anteriores 10 números.

En un principio era mensual, ha pasado a ser bimestral. La principal dificultad que tenemos es la económica, hay gente que esporádicamente nos apoya. Estamos extendiéndonos paulatinamente, pero no con la suficiente rapidez para garantizar la continuidad económicamente. A veces tengo que recurrir a mis propios fondos (ahora cuando la gente me pregunta de qué vivo, les respondo “De lo que no he muerto”, pues el dinero que se recaudó para costear mi operación y me salvó la vida todavía no se ha agotado, me quedan 500 euros que espero que me alcancen hasta fin de año)

Además del costo de la impresión están los viajes que debo hacer a Lima donde se imprime, son viajes de 24 horas por tierra. Suplico a ustedes que si les es posible apoyen económicamente a Lucha Indígena. Mi llamamiento se dirige a quienes le parezca positivo un periódico que hable sobre el problema indígena en el Perú y que desee colaborar con ese esfuerzo. Cualquier apoyo por muy poco que sea, será bienvenido, pues contribuirá a garantizar la continuidad y la expansión del periódico."
 

Si consiguen la ayuda por favor deposítenla a la siguiente cuenta:
Banco de Crédito del Perú(BCP)
BCPLPEPL
Av. El Sol # 189
Cusco
Cuenta de ahorros en dólares # 285-10047249-1-02
La cuenta está en nombre de Angel Hugo Blanco Galdos con DNI 06183103
 
Selección de artículos de Hugo Blanco
(orden cronológico)
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Música de fondo: Promontory Point - El Ultimo Mohicano, T. Jones. B. Edelman
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[Adjunto no mostrado: bso - El ultimo mohicano, Promontory T Jones, R. Edelmam.mid (audio/mid) ]

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