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Asunto:[AndaluciaLibre] nē 321 - Aquí de nuevo: la lu cha continua
Fecha:Lunes, 2 de Julio, 2007  02:51:15 (+0200)
Autor:Andalucia Libre <andalucialibre- @......es>

Andalucia Libre logo

nº 321
 
En este Correo:
 
*Aquí, de nuevo, Andalucía Libre
- Debate ‘¿Andalucía o España?’ (III)
*El filo gastado del Soberanismo andaluz y las prioridades de un marxista, Juanma Barrios
*Radicalismo verbal e impotencia política: El complejo de colonia en el Primer mundo, Juanma Barrios
*Enlaces: La mentalidad colonial en la política, Ángel Velasco; ¿Qué hay que debatir en el BAI sobre Andalucía?, Francisco Campos
*Documentación-Enlaces:
- Espacio Alternativo ante el 14 de Abril; Manifiesto Unitario por la III Republica; EA y elecciones municipales
- Acción Alternativa (exMCE), El nuevo estatuto de autonomía andaluz, J. Sánchez, J. Barcelona
*Sugerencias:
*Vota por la Alhambra para las Maravillas del Mundo
- Datos: La negociación entre el Gobierno y ETA
- Análisis: Mira quien Baila, Mario Zubiaga; La historia le absorberá, Antón Corpas
 
--oOo--

Andalucia Ondea

 
Republica Andaluza Aquí, de nuevo
Andalucía Libre

Hace dos meses y medio una avería nos retiró de la Red. El ordenador –‘del siglo pasado’- desde el que se edita y transmite ANDALUCIA LIBRE dejó de funcionar.

Hicimos entonces un llamamiento a la solidaridad. Nuestros modestos recursos no nos permitían afrontar los previsibles gastos a corto plazo y así lo hicimos público.

Pronto comenzamos a recibir correos con muestras de apoyo. Desde Chihuahua (México) a Santa Catarina (Brasil), pasando por Marruecos, Anzoátegui (Venezuela), Santa Cruz (Argentina) o Bretaña –por citar sólo a algunos- nos llegaron mensajes de ánimo para perseverar en la tarea. Compañeros en las tareas de contrainformación como la redacción de InSurGente nos transmitieron también su simpatía y hubo incluso quien trabajando en medios comerciales en la Red deslizó entre sus páginas nuestro reclamo. Y no faltó –como es de rigor- quien nos escribiera aconsejándonos ‘pasarnos al Linux…’ Que nos perdonen si omitimos alguna referencia porque entre las consecuencias de todo este episodio está la perdida –al menos de momento- de nuestro Archivo de Mensajes y escribimos de memoria.

Entretanto, comenzaba nuestro periplo. Intentamos primero resolver el entuerto limitando el asunto –por aquello del ahorro- a un arreglo del viejo aparato y en el taller le colocaron nuevas piezas. Resultó que lo que le habían hecho –y nos habían cobrado, claro- era algo así como hacerle un transplante de hígado y de riñones a un enfermo terminal en coma irreversible. El dislate nos implico repetidas idas y venidas –con la torre al hombro- comprobaciones y sofocos y tras varios episodios, concluyó en una acida discusión en la que al menos –veamos la botella medio llena y no medio vacía- recuperamos la mitad de lo pagado. Salvamos lo que pudimos y el cascado ordenador expiró.

Estábamos a expensas de la solidaridad. Y la solidaridad fue funcionando. Empezando por los habituales de ANDALUCIA LIBRE –los de siempre, los ‘imprescindibles’- que, una vez más, aflojaron lo suyo, exprimiendo el bolsillo. También se retrataron algunos amigos, camaradas de antiguas luchas, que nos ven como expresión de su continuidad. Y alguno hasta repitió. Los compañeros de NACIÓN ANDALUZA, por su parte, se movilizaron prestos y contribuyeron, colectiva e individualmente, en un gesto desinteresado de solidaridad que agradecemos en lo que vale; tanto por lo que supuso en lo material como por lo que implica en cuanto a reconocimiento de nuestra tarea. De estas fuentes extrajimos el elixir para nuestro retorno. Pero también nos llegaron otras ayudas a titulo personal, unas anónimas y otras que creímos identificar. Así ubicamos algunos ingresos: sea de un conocido profesor universitario, sea de un activista de movimientos sociales, sea de un veterano militante andalucista… Del exterior, transferencias desde el País Valenciano materializaron la solidaridad con nuestro empeño desde allende las fronteras andaluzas.

Y así, mientras explicábamos que nuestro recurso al BBVA como receptáculo de nuestras humildes cuentas sólo se motivaba por la cobertura de su red de sucursales y el objetivo de evitarles pagos de comisiones por transferencias, fuimos reuniendo lo suficiente como para afrontar la compra de un nuevo aparato.

En esa tesitura, se nos cruzó por medio la última operación comercial de Bill Gates: el lanzamiento del Vista. El imponderable nos obligó, primero, a repetidas singladuras de navegación por la Red en cibercafes en búsqueda de datos y análisis y a las consiguientes sesiones de lectura de comparativas y variados estudios informáticos para averiguar los requerimientos reales del nuevo sistema. Y luego, una vez ubicados esos parámetros, a una exhaustiva patrulla por establecimientos varios para encontrar forma de eludirlo, encontrándonos con la sorpresa de que prácticamente se habían extinguido las existencias de sistemas anteriores.

Finalmente, pudimos encontrar un cacharro de prestaciones decentes con el XP Profesional instalado, a un precio interesante. No obstante, no pudimos eludir del todo los habituales desastres propios de estas circunstancias. No sólo a la hora de la verdad nadie de la tienda vino a montarlo (provocando la consiguientemente inevitable visita para resolver dudas) sino que luego resultó que el aparato en cuestión, con sistema actualizado al Paquete 2, instalado inicialmente en EEUU y remontado de nuevo traducido al castellano, al parecer en Chequía, por culpa de un malhadado injerto multilingual de Microsoft nos dejaba el programa de correo Outlook Express sin barra de formato… y por tanto inhabilitado para usarse y sin conocida posibilidad de arreglo. De ahí que tuviéramos que recurrir al Outlook y luego –ante nuevos problemas- al Thunderbird, desde el que –de momento- os remitimos este correo (pero eso es otra historia). A causa de esta ruta, por ejemplo, estamos imposibilitados de seguir manteniendo nuestra tradición de insertar música de fondo en los correos. Y luego también tuvimos que cambiar de monitor porque el nuestro era ‘tan viejo tan viejo’ que no se ponía de acuerdo con el equipo ni a tiros.

Y entre que renovábamos el contrato de la conexión a Internet, nos llegaba, la montábamos, nuevamente sin instalador y a fuerza de folletos; aclarábamos a fuerza de llamadas de pago los mil y un asuntos que conllevaba el alta y funcionamiento de la línea hasta hacerla operativa; cargábamos –como os podéis imaginar- los programas elementales; resolvíamos los primeros problemas de correo; nos familiarizábamos con todo lo nuevo a base de pruebas y consultas de manuales y buscábamos manera de arreglar -con apoyo solidario- un par de estropicios sobrevenidos –unas ventanas que dejaron de aparecer en la barra donde debían y un anuncio pejiguera que no había manera de evitar- seguía corriendo el tiempo y se acababan los fondos. Y todo eso, sin siquiera pasarnos al Linux…

En este tiempo de silencio, precisamente, se han celebrado unas elecciones municipales en Andalucía –de cuyos resultados, al menos, alguno no podrá endilgarnos ninguna responsabilidad, algo es algo- que merecen aún alguna reflexión. A escala estatal, el llamado Proceso de Paz ha concluido con la declaración de ruptura de su tregua por parte de ETA y el encarcelamiento del portavoz abertzale Otegi (el homologo del irlandés Gerry Adams). Por otra parte, el derechista Sarkozy ha vencido en Francia en un proceso con muy instructivas implicaciones; la guerra contra la ocupación imperialista de Afganistán se recrudece con unos talibanes cada día más activos y tan bárbaros como siempre; en Iraq la masacre continua; en Palestina se demuestra que siempre es posible estar aún peor de lo que ya se estaba y en Cuba se sigue en un peculiar interregno… Y aquí, además, la vida sigue: con sueldos bajos, viviendas inasequibles, pensamiento único españolista y demagogia y manipulación a espuertas.

Pero ya estamos aquí, de nuevo. Mal que le pese a algunos. Y para satisfacción de otros. La lucha continua; aunque aún nos lleve algún tiempo retomar el ritmo. Volvemos –lo decimos con sinceridad- con la conciencia clara, tanto de nuestros límites como de nuestra necesidad y con nuestras convicciones de izquierda independentista reforzadas. Aquí estamos y aquí seguiremos.

Retomamos el hilo donde lo dejamos. Nuestra opción a la hora de elaborar el grueso de este numero encierra en si misma toda una declaración. Escogemos el debate que nos parece central para el futuro de Andalucía y de la izquierda andaluza (y no precisamente, como es evidente, porque estemos de acuerdo con las premisas y conclusiones con la que se formula en los textos reproducidos). Sabemos que continuará…

Para terminar, sólo nos cabe reiterar las gracias a quienes nos ayudaron (y para no abandonar buenas costumbres, explicitar que nos sigue haciendo falta apoyo y que a los nuevos gastos les vendría bien tener enfrente alguna gente más de la que ya hay, que domicilie en nuestra cuenta 10 o 15 euros mensuales, si le es posible).

¡VIVA ANDALUCIA LIBRE!
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Debate:
‘¿Andalucía o España?’
(III)


Opinión
El filo gastado del Soberanismo andaluz y las prioridades de un marxista
Juanma Barrios, 29 de Abril de 2007
Espacio Alternativo

Cartel de propaganda republicana 1937
Reivindicandose del 2 de mayo de 1808
españolismo republicano
Mitología española de la izquierda española
 
Aquellas jornadas gloriosas
 
Debió ser muy hermoso vivir las grandes movilizaciones de la Transición, estar en la calle junto a centenares de miles de personas el 4 de Diciembre de 1977 y participar en el referéndum del 28 de febrero de 1980. Los andaluces sorprendieron al Estado con una capacidad de movilización soberanista inesperada. Los intentos de dividir al pueblo andaluz con las cuñas del pequeño regionalismo (Almería, Reino de Granada, Andalucía Occidental y Andalucía Oriental…) fracasaron y la derecha debió guardarlas en el baúl de los recuerdos.
 
Yo era un niño y aún tardaría en ser consciente de las conquistas de aquellas movilizaciones: una Andalucía con clara conciencia de su unidad y un estatuto de autonomía al mismo nivel, en teoría, que los de Cataluña, País Vasco y Galicia. La mayoría de los andaluces optaría a partir de entonces por depositar su confianza en el PSOE, mientras que los partidos que se identificaban como nacionalistas encontraban poca representación parlamentaria. El PSA, luego PA y hoy dividido en ambas siglas, no se comportaría como una organización nacionalista, sino como un mero aparato para repartir cargos con una praxis tan regionalista como los más casposos equivalentes de Valencia o Canarias.
 
De la práctica ausencia del nacionalismo en el parlamento andaluz durante un cuarto de siglo sólo cabe sacar una conclusión, a la gran mayoría de los andaluces les pareció suficiente con las conquistas soberanistas de entonces. Es más, tendencias hostiles a las autonomías y abiertamente centralistas han surgido con posterioridad y se vienen reforzando en los últimos tiempos.
 
Una tradición de lucha muy débil
 
Los andaluces sorprendieron con su soberanismo en la Transición y sólo entonces. Lograron unas conquistas importantes en un momento de crisis y deslegitimación del Estado, y luego se desmovilizaron. Creo que esta idea deberíamos de tenerla muy clara: Andalucía no ha supuesto un problema soberanista para España ni antes ni después de la Transición. Por supuesto que el historiador no está exento de prejuicios, pero hay algo relativamente fácil de evitar si uno quiere hacer una aproximación realista al pasado: no centrar la atención de manera obsesiva en unos acontecimientos para magnificarlos contra toda lógica. No podemos mirar fijamente a un lunar para acabar pensando que ese es el color de piel de la persona que tenemos delante.
 
Todo movimiento nacionalista vuelve su mirada al pasado para buscar una tradición de lucha que legitime sus reivindicaciones actuales, y hace una lectura sesgada de la historia en la que suprime aquello que no le interesa y realza lo que parece conveniente a la causa, haciendo muchas veces las lecturas más arbitrarias que quepa imaginar. La concepción burguesa del estado-nación que se difundió por Europa tras la revolución francesa fue maestra en estas lecturas del pasado, y el liberalismo centralista español no fue en absoluto ajeno a la tendencia. Tampoco lo fueron después los nacionalismos periféricos.
 
No voy a negar la importancia que para las luchas contra la opresión nacional tiene la creación de mitos, pero sí quiero marcar la diferencia entre un Karl Marx que se aproximaba a la historia con un rigor de cirujano y los creadores de genealogías patrias. El pueblo vasco ha destacado en la época contemporánea por su belicosidad y ha caminado con frecuencia con el pie cambiado respecto a los otros pueblos del Estado español. Sin embargo, el nacionalismo nace a finales del siglo XIX y las guerras carlistas no son “guerras de liberación nacional”, como pretenden muchos abertzales, sino levantamientos ultramontanos. Es cierto que los campesinos vascos al desear el retorno a un Antiguo Régimen idealizado defendían fueros y luchaban contra una modernización capitalista de la agricultura que amenazaba sus condiciones de vida, pero se movilizaban al grito de “¡Viva el rey absoluto y la Inquisición!”, consigna que aspiraban a convertir en realidad en toda España [1].
 
En cualquier caso vascos y catalanes pueden presumir de una tradición de lucha soberanista que ni por asomo tiene Andalucía que, insisto, poco puede mostrar antes de la Transición. Ya me referí en un artículo anterior al grave ridículo historiográfico que supone reivindicar desde el nacionalismo andaluz las luchas de los iberos ante la colonización romana, los levantamientos mozárabes contra el emirato, la resistencia de al-Andalus frente a los reinos cristianos o la rebelión morisca de las Alpujarras [2]. Tampoco hay mucho que mostrar en la Edad Moderna, cuando el pueblo andaluz está configurando su propia personalidad en el seno de un gigantesco imperio multiétnico. La conspiración que la casa de Medina Sidonia promovió en 1641 queda como una anécdota protagonizada por unos nobles sin contacto con las clases populares si la comparamos con la exitosa independencia de  Portugal y el aplastamiento a sangre y fuego de la rebelión catalana. Seis décadas después la monarquía poco centralista de los Austrias vivía una nueva y definitiva crisis. Andalucía estuvo con los Borbones durante la guerra de Sucesión (1702-1704) y contribuyó a la victoria de una monarquía más centralizadora. Nada de esto niega, empero, que los andaluces no hubieran configurado en los siglos precedentes unos rasgos diferenciales de Castilla y que éstos continuaran profundizándose.
 
En la Guerra de la Independencia los andaluces consiguieron, tras la inesperada victoria de Bailén, permanecer fuera del dominio francés durante un año y medio. Ningún tipo de protonacionalismo andaluz se manifestó entonces, sino una clara voluntad de liberar España del yugo francés. Andalucía fue literalmente expoliada por las tropas napoleónicas, que obligaron a pagar draconianas exenciones que dejaron al país en la postración económica. Hasta el siglo XVIII Andalucía había sido una de las zonas más prósperas de la Península, a partir de la invasión francesa su decadencia es evidente y por diversos factores, la mayoría autóctonos, quedará en la retaguardia del proceso de industrialización. Las razones del estancamiento andaluz y de la modernización vasca y catalana han sido estudiadas desde numerosos ángulos y ningún estudio serio ha constatado que los andaluces vivieran como un pueblo colonial subyugado por España, como algunos nacionalistas han afirmado.
 
En la revolución liberal del verano de 1835, que se inició tras una mala corrida de toros en Barcelona y se extendió como un reguero de pólvora hacia el sur, Andalucía se manifestó como un territorio afecto a los liberales y en consecuencia centralista. España ya estaba reducida más o menos a sus fronteras actuales, pero seguía lejos de cualquier cohesión cultural, social o económica. La construcción de un estado-nación español era una tarea ardua. Se me permitirá que cite aquí un significativo texto de Richard Ford, viajero romántico que escribió la Guía de España (1845) más popular del siglo entre sus compatriotas: “El término genérico que abarca España, necesario a geógrafos y políticos, está calculado para confundir al viajero. Nada hay más vago e inexacto que afirmar cualquier cosa sobre España, o los españoles, como predicado común a la heterogeneidad de sus partes componentes. Las provincias del Noroeste son más lluviosas que Devonshire, en tanto que las mesetas centrales se encuentran tan calcinadas como las de Berbería. Opongamos al rudo agricultor gallego el laborioso artesano de la Barcelona industrial. Los alegres y sensuales andaluces son esencialmente distintos entre sí como los diferentes personajes que nos ofrece una misma farsa teatral”.
 
El camino hacia el estado-nación y la modernización capitalista no iba a ser nada fácil dado el carácter conservador de un liberalismo elitista que miraba con profundo recelo a las clases populares. En 1868 se abrió un ciclo de cambios que desembocarían en la I República y poco después en el fenómeno cantonal. Mucha imaginación se ha puesto para ver en ello algo de nacionalismo andaluz. El cantonalismo fue anticentralista, es cierto, pero no andalucista, sino municipalista. No olvidemos que la historia no sólo nos ofrece reinos tribales, feudos, imperios multiétnicos o estados-nación, sino también ciudades-estado como las de Mesopotamia y Grecia en la Antigüedad o las de Italia y Alemania desde el Medievo hasta el fin de la Edad Moderna. Mucho de municipalismo seguía habiendo en el federalismo que en 1883 dio a la luz la llamada Constitución de Antequera. Sobre el grado de implantación de este movimiento, que algunos califican de protonacionalista, tampoco hay que hacerse muchas ilusiones.
 
Tras la crisis de 1898 los nacionalismos vasco y, sobre todo, catalán comenzaron su andadura como movimientos modernos luego de un periodo de incubación. En Andalucía algunas personas quisieron impulsar movimientos similares, entre ellas Blas Infante. La integridad moral y el desvelo de aquellas personas por su tierra sólo pueden merecer elogios, pero una cosa es indudable, a su movimiento le faltó tiempo para superar sus muchas contradicciones teóricas, implantarse y lograr objetivos tangibles. Al lado de las duras luchas sociales y de las poderosas organizaciones del movimiento obrero, el soberanismo andaluz es casi anecdótico y sus intentos por difundir sus consignas regionalistas o nacionalistas, que de todo hubo, tuvieron una acogida muy limitada. Era lógico que una ideología interclasista como es el nacionalismo quedara descolocada en una tierra de agudos conflictos de clase y que, a diferencia de los catalanes, no veía discriminada su cultura porque, antes al contrario, había sido tomada como base de lo español [3].
 
Si la II República no hubiera sido guillotinada por un golpe de Estado militar-fascista, Andalucía se habría dotado de un estatuto de autonomía. Menos probable parece la irrupción de un partido nacionalista de cierta consistencia en el escenario político. El asesinato de Blas Infante no mató, sin embargo, la labor que junto a sus compañeros había tejido con paciencia en los lustros precedentes. La bandera, el himno, la noción de un pueblo andaluz por encima de su diversidad y la asociación de las consignas soberanistas con demandas sociales dejaron una semilla que germinó entre las grietas de la crisis final del franquismo.
 
Análisis viejos en una realidad que ha cambiado
 
Los movimientos políticos nacionalistas se elevan sobre los sentimientos de un pueblo que se siente oprimido por otro, e intentan dotarlo de unos programas políticos y organizaciones para transformar esos sentimientos nacionales en un motor de transformación que permita alcanzar unos objetivos soberanistas. La izquierda pretende, además, incorporar un contenido social. Sentimientos protonacionalistas o nacionalistas existieron en la Transición y se tradujeron en conquistas que no cabe menospreciar, pero poco de aquel espíritu queda, porque el pueblo andaluz se dio por satisfecho con sus logros. Tratar de convencer a millones de andaluces de que son una nación que debe aspirar a más soberanía o a la independencia me parece una tarea de colosos y de dudosa utilidad. Creo preferible dedicar los esfuerzos a crear conciencia de clase, que ya es bastante difícil. Marx veía en los irlandeses un pueblo insurrecto, Lenin en los polacos, Joaquín Maurín en los catalanes; sus luchas les parecían palancas con las que subvertir estados burgueses. Donde no había tales conflictos, no se dedicaban a desarrollarlos, sino que centraban sus esfuerzos en lo que ellos estimaban prioritario. A un nacionalista “puro” no le voy a reprochar que dedique todas sus energías a crear conciencia nacional, pero a los marxistas que a su vez se definen como nacionalistas andaluces sí, y este es el fondo práctico de la polémica que planteo.
 
Algunos dirán que las luchas sociales, ecologistas o feministas están de capa caída, y que en general la sociedad está apolitizada. Si bien es cierto que la izquierda arrastra una grave crisis organizativa y que el conservadurismo ha progresado ampliamente, no puede negarse que hay fuertes sentimientos de opresión y descontento por despolitizados que estén (explotación laboral, paro, vivienda, preocupación por el cambio climático, etc.) que pueden ser el caldo de cultivo para edificar organizaciones socialistas. Es una tarea difícil, obviamente, pero hay desde luego amplios colectivos sociales a los que dirigirse, algo que no tienen los que levantan la bandera de la independencia.
 
En Andalucía sólo hubo un sentimiento soberanista y una movilización de masas en la Transición, incubado en el calor de las movilizaciones obreras y democráticas; después un hermoso recuerdo que hoy no significa nada para quienes no lo vivieron en edad política. La primera manifestación a la que acudí en mi vida fue contra la OTAN en vísperas del referéndum; luego vinieron las masivas protestas estudiantiles del curso 1986-87, varias huelgas generales, el movimiento de insumisión al servicio militar, las protestas contra la primera guerra del Golfo… Pero ninguna señal que permitiera intuir un soberanismo latente. A pesar de todo, algunas organizaciones de izquierda mantenían discursos nacionalistas e incluso independentistas. Yo escuchaba con esperanza a los que me hablaban de ese pueblo andaluz que trastocó los planes del Estado y nos puso en los vagones de primera del autogobierno. Pero lo que nunca pude es compartir su entusiasmo porque el paso del tiempo demostraba que aquel incendio se había apagado para no reanimarse. Si intento abrir hoy un debate es porque he constatado durante largos años la creciente esterilidad de los planteamientos soberanistas [4].
 
En el Estado español la izquierda radical ha sido seducida por las fuerzas nacionalistas de una manera excesiva. En los años 80 el paradigma era el independentismo vasco; en la segunda mitad de los 90 quedó deslumbrada por la fuerte irrupción del BNG y en los últimos años descolla ERC. Si la pujanza de estos movimientos nacionales justifica estrategias soberanistas en esos lugares, en el resto del país no, o al menos no con la desmesura con que alguna organización ha acogido toda reivindicación nacionalista, por minoritaria y pintoresca que sea. En Asturias, Aragón, Canarias, Castilla… hemos visto a marxistas revolucionarios intentando ser los campeones de causas nacionalistas de dudosa consistencia, sin darse cuenta de que se aislaban de la mayoría de los trabajadores y oprimidos con discursos etnicistas desenfocados. Se comprende la repugnancia contra la monarquía, la bandera rojigualda y el ultraespañolismo del PP, pero no es la fragmentación de España en multitud de entes soberanos el camino de la lucha. El cantonalismo fue una reacción desmedida e inoperante contra el centralismo liberal-conservador del reinado de Isabel II. Hoy vivimos en un estado de autonomías en el que cada una defiende más o menos su identidad, y la cultura andaluza no es tomada como la base de lo español como lo fue en la Restauración y en el franquismo. Miremos a nuestra realidad sin las lentes hoy ralladas del pasado.
 
Hace falta ser un andaluz con más de 40 años para haber vivido con edad política las movilizaciones de la Transición. Para los demás aquello es un pretérito acontecimiento histórico cuyo espíritu no ha sido revivido por ninguna movilización soberanista ulterior; sólo hemos conocido veinticinco tranquilos años de desarrollo estatutario y una población acomodada a él. La última oportunidad que se ha presentado de reabrir en la sociedad la cuestión soberanista ha sido el referéndum autonómico, pero éste ha pasado sin pena ni gloria porque a la gente el tema no le interesaba ni había organizaciones nacionalistas importantes capaces de animar el debate. Así de triste y así de claro. Los sentimientos regionales o patrios de la gran mayoría de los andaluces carecen hoy de dimensión soberanista y si algo parecido aflora en algún momento, es por el agravio comparativo fomentado por la prensa madrileña contra Cataluña y el País Vasco.
 
El nuevo estatuto de autonomía, rechazable por muchos motivos, da sin embargo un paso adelante al reconocer Andalucía como “una realidad nacional”. Ojalá la mayoría de los andaluces lo creyeran así. A los que me han reprochado un marxismo cerrado que se olvida de promover la conciencia nacional, les diría que no confundan esta tarea con divulgar consignas soberanistas e independentistas. Les recordaría también que el problema jornalero que tan importante fue en el pensamiento de Blas Infante y que todavía coleaba en los años 70 es ya hoy poco relevante y cuenta con un factor nuevo, la masiva incorporación de emigrantes (magrebíes, ecuatorianos, polacos…) a los que nada aporta el andalucismo. Les pediría que no olvidaran el intenso crecimiento económico vivido en las últimas décadas que ha hecho que Andalucía deje de ser una exportadora nata de fuerza de trabajo a ser importadora. Les insistiría en que son factores comunes a toda España, como la especulación urbana, los que están destruyendo nuestro paisaje y nuestras localidades históricas… En suma, a los soberanistas andaluces les sobra memoria histórica mal entendida y les falta una mirada lúcida al presente. Se les podría aplicar perfectamente esta reflexión de Trotski: “Los «ultraizquierdistas» detienen su análisis justo donde éste comienza. Oponen a la realidad un esquema prefabricado. Ahora bien, las masas viven en la realidad. Y por esto el esquema sectario no tiene la menor influencia en la mentalidad de los obreros. Por su misma esencia, el sectarismo está consagrado a la esterilidad" [5].
 
La autodeterminación no la reclama hoy nadie en Andalucía, está fuera de la agenda política desde que este país se dotó de un estatuto de autonomía con amplias competencias luego de una lucha de masas en la Transición. Un reciente referéndum ha demostrado por activa o por pasiva que la gente sigue cómoda dentro del modelo autonómico. Y pregunto: ¿Para qué querríamos un referéndum de autodeterminación en el que el 95% de la población emitiría un voto negativo, con riesgo además de generar una reacción españolista en una parte importante de los andaluces?. ¿Es que somos masoquistas?. En Escocia los nacionalistas declaran que si ganan las elecciones convocarán un referéndum de autodeterminación; obsérvese que hablan de ello porque tienen posibilidades de ganar primero una convocatoria electoral. Los independentistas vascos y catalanes lo reclaman, pues no en vano las formaciones nacionalistas suman mayoría de votos y la victoria entra dentro de lo posible. Los gallegos del BNG, sin embargo, concientes del alcance limitado de sus fuerzas, hablan del tema bastante menos y depositan su esperanza en una futura correlación de fuerzas más favorable. En Andalucía, sin embargo, algunos se empeñan en poner la autodeterminación como primer artículo de cualquier iniciativa que se pretende colectiva; a los que con un poco de sentido común señalan que semejante demanda no puede ser prioritaria en los momentos actuales, pero sin pedir a nadie que renuncie a sus creencias políticas, los tachan de españolistas [6]. Estaría bien que el estatuto de Andalucía y la Constitución española reconocieran el derecho a la autodeterminación del pueblo andaluz. Pero entre tantos derechos de esos textos que no se cumplen y otros muchos que hay que conquistar, es preciso establecer prioridades, y no lo es algo que ni siquiera conviene poner en práctica con la presente correlación de fuerzas. 
 
Un arma sin filo
 
El discurso soberanista es una de esas armas pesadas y de filo gastado que acarrea la izquierda andaluza año tras año a pesar de comprobar su completa inutilidad. A las tradicionales divisiones entre reformistas y revolucionarios, anarquistas y marxistas, estalinistas y trotskistas… se añade la de nacionalistas y españolistas. Pero lo peor de todo es que quien hoy intente acercarse a los jóvenes izquierdistas enarbolando banderas soberanistas está condenado a conocer una amarga indiferencia. Hay que poner los pies en la realidad y ajustar a ella los programas y las consignas. No quiero con ello decir que los marxistas deban abandonar la crítica de los mitos del nacionalismo español y sus consecuencias negativas, que no deban explicar la pluralidad de España y el carácter nacional de Andalucía. Pero esta es una tarea delicada, que implica hilar fino entre personas de izquierdas que se consideran a la par andaluzas y españolas, o incluso nada andaluzas, como los estudiantes y trabajadores de otras comunidades autónomas y los emigrantes que viven entre nosotros.
 
Seguramente hoy la perspectiva de una III República plurinacional, laica y social, tenga más potencial subversivo, más capacidad de aglutinar descontentos y más horizontes de probabilidad, que discursos andaluces soberanistas y una bandera blanquiverde plenamente institucionalizada. Sin embargo, hay militantes que para crear una “izquierda andaluza fuerte” equiparan la bandera republicana a la monárquica y reparten epítetos de sucursalistas, españolistas o centralistas. No se percatan de que la mayoría de las luchas que vivimos carecen de una dimensión propiamente andaluza y entran en la categoría de problemas de ámbito estatal que requieren solución estatal, cuando no europea. La propia erosión o desvirtuación del patrimonio y la cultura andaluza tienen mucho que ver con el cosmopolitismo globalizador y poco con la permanencia en el Estado español.
 
El 4 de diciembre de 1977 la consecución de soberanía para el pueblo andaluz era una prioridad y una poderosa palanca de lucha. Desde hace un cuarto de siglo no. Se eligió el 4D como alternativa al institucional 28F, pero nunca se ha vuelto a conocer una movilización significativa en esa jornada. Asumamos, pues, que el pueblo andaluz no tiene interés por cuestiones soberanistas, que a este respecto no es como el vasco y el catalán, y ni siquiera como el gallego. Afinemos nuestros discursos y ajustemos nuestra práctica a lo que somos para que la bandera que un día hondeó desafiante no se nos siga enredando entre los pies.

 

Notas:
 
[1] Josep Fontana, De en medio del tiempo: la Segunda Restauración Española, 1823-1834, Barcelona, Crítica, 2006, pp. 157-162. Yo aconsejaría encarecidamente la lectura de su último libro, extraordinariamente documentado y de conclusiones complejas, para no hacer lecturas simplistas del fenómeno.
[2] Juanma Barrios, “Por una república plurinacional: reflexiones desde Andalucía” en Rebelion.org, 13 abril 2007. Este artículo es a su vez es continuación de “La falsa dicotomía en el problema nacional y la izquierda marxista”, publicado en espacioalternativo.org, 22 marzo 2007). [Ver en ANDALUCIA LIBRE Nº 319 y 320]
[3] González de Molina, M. y Gómez Oliver, Miguel (coords.), Historia contemporánea de Andalucía (nuevos contenidos para su estudio), Granada, La General y Junta de Andalucía, 2000, pp. 321-322; la lectura del capítulo dedicado al Nacionalismo Histórico es muy recomendable para compensar la frecuente sobrevaloración que de este fenómeno hace el andalucismo radical.
[4] Las réplicas a mis artículos han sido duras (Juan Antonio González, Antonio Torres, Francisco Campos y Ángel Velasco). Y me sorprende el empeño de todas, salvo la de Antonio Torres, de rechazar de plano mis argumentos sin hacer ninguna crítica sobre alguno de los mitos nacionalistas y las estrategias fallidas del soberanismo. La polémica está recogida total o parcialmente en erllano.org, espacioalternativo.org, rebelion.org  y en el boletín Andalucía Libre
[5] Trotski, León, La revolución española, Gijón, Ediciones Júcar, 1977, p. 191. [6] La acusación la ha recibido el ERA-Espacio Alternativo en más de una ocasión desde diversos colectivos o publicaciones; para qué decir Izquierda Unida, los sindicatos mayoritarios, el Foro Social de Sevilla, anarquistas, autónomos, etc
.

 
Para consultar el desarrollo de la polémica y los artículos citados:
ANDALUCIA LIBRE nº 319, 25 de Marzo de 2007
ANDALUCIA LIBRE nº 320, 15 de Abril de 2007
 
 
Opinión 
El radicalismo verbal y la impotencia política:
El complejo de colonia en el Primer Mundo
Juanma Barrios, 23 de Mayo de 2007

Andalucia es mi País, España mi castigo
Para la izquierda española en Andalucía...
una consigna a combatir,
un proyecto irrelevante

 
El poder y la debilidad de las palabras
 
Con demasiada frecuencia utilizamos en la izquierda términos muy duros y colocamos determinados problemas o injusticias en categorías desproporcionadamente inicuas. Creemos que de esa manera llamamos la atención sobre el asunto, que acorralamos dialécticamente al enemigo o que vamos a la raíz del problema y somos más revolucionarios. El resultado es muy distinto, sólo arrojamos banalidad sobre situaciones verdaderamente trágicas a la par que somos incapaces de comprender las que nosotros denunciamos.
 
Un caso obvio es el del término “fascista”, que en sentido estricto es un determinado movimiento de masas de choque, anticomunista y racista, cuyos miembros proceden mayoritariamente de las clases medias y que cuestiona el capitalismo dialécticamente pero lo refuerza combatiendo violentamente a las organizaciones obreras. Sin embargo, es aplicado indiscriminadamente a cualquier enemigo de la derecha o de la extrema derecha al que queremos denigrar. A veces incluso lo utilizamos contra grupos de la izquierda bien por colaborar con la burguesía (socialfascistas), bien por usar la violencia revolucionaria, bien por estimarlos sectarios. Así, cuando alguien habla de “fascistas” nada nos aclara y necesitamos muchos datos que nos permitan juzgar de qué habla exactamente.
 
Colonialismo, neocolonialismo y mundialización
 
La misma banalización nos la encontramos con el término “colonialismo”. En un debate por escrito que he mantenido con miembros del independentismo andaluz me he encontrado con una afirmación tan sorprendente como ésta: ‘Andalucía es una colonia’. Los textos en los que se demuestra su carácter colonial no pasan de algunos párrafos con afirmaciones contundentes, que carecen de datos estadísticos y de análisis contrastados, pues se espera que sean sus críticos los que demuestren lo contrario [1]. Pero no es el incrédulo el que tiene que demostrar la inexistencia de la Santísima Trinidad o de los dioses del Olimpo griego…
 
Afirmar que Andalucía es una colonia es un error tan grave, en el campo de las ciencias sociales y de la economía, como decir que el andaluz es un idioma. Es cierto que la realidad es muy compleja y que su correcta interpretación, sobre todo en el cambiante día a día, es una tarea que exige no sólo buenas herramientas conceptuales, sino también una fuerte capacidad crítica y autocrítica. Pero hay cosas que son de sentido común por su obviedad.
 
El atributo de colonia se establece para Andalucía con afirmaciones tan sorprendentes como que vivimos bajo un ejército de ocupación, que nuestras principales empresas tienen sus sedes radicadas fuera de sus fronteras y que no hay burguesía local. Esto es palmario, se nos dice, pero una neblina ideológica generada por el Estado español provoca una “mentalidad colonial” que afecta, calculo yo, al 99,99% de los andaluces, incluidos la mayoría de los que han militado en la izquierda desde su adolescencia.
 
Retrocedamos en el tiempo para recordar qué es una colonia. Varios países europeos construyeron grandes imperios en la segunda mitad del siglo XIX y principios del XX con el objetivo de obtener materias primas y abrir mercados. Para ello se valieron de modernos ejércitos, engranajes administrativos eficaces y grandes flotas comerciales. Ocupaban de manera violenta o con la amenaza de la violencia los países e imponían gobiernos con un contingente militar, una administración y un gobernador de la metrópoli. Como complemento intentaban crear gobiernos títeres y destacamentos de cipayos, los cuales eran disuadidos de cualquier veleidad independentista por la aplastante superioridad militar de la potencia colonial.
 
En Andalucía no hay un ejército de ocupación y un ejército de cipayos, sólo unas Fuerzas Armadas en las cuales la presencia de andaluces es amplísima en la jerarquía militar, los mandos medios y la tropa. Si nos vamos a la policía militarizada, o sea, la Guardia Civil, la presencia de andaluces es abrumadora: un pueblo de Granada tiene el record porcentual de miembros de la benemérita y las academias de Úbeda y Baeza han formado agentes que desde hace décadas han actuado en el Norte como “fuerzas de ocupación”, a decir de una parte importante de los vascos. Lo mismo puede decirse de la Policía Nacional.
 
Respecto a la economía, su carácter dependiente es el de toda región pequeña del mundo. Ni siguiera los grandes estados pueden permitirse la autarquía. No conozco ningún país autosuficiente, ni es éste el rasgo que coloca a un estado dentro del Primer Mundo o del Tercer Mundo. Que muchas de las principales empresas que operan en territorio andaluz tengan su sede más allá de sus fronteras es algo hoy habitual en Europa, así como que algunas empresas autóctonas hayan sido adquiridas por multinacionales. Y no puede olvidarse que las sedes de las empresas foráneas no se encuentran radicadas en una metrópoli colonial, sino en diversos países. Por otra parte, Andalucía no tiene una deuda externa como los países pobres o empobrecidos y no se ve sangrada por una fuga constante de riqueza hacia estados imperialistas sino que, antes al contrario, está en el lado de los que se benefician del flujo de capitales del Tercer al Primer Mundo.
 
Se habla del carácter “extractivo” de la economía de Andalucía y de Canarias, introduciéndose dentro de esta categoría al turismo y la construcción, que son equiparadas con la agricultura y la minería. Incluso dando por válido semejante dislate, a estas alturas la diferencia entre un país rico y otro pobre no se establece a partir de la presencia o no de grandes industrias manufactureras. Aplicando los superficiales análisis de algunos nacionalistas a los Estados Unidos podríamos encontrarnos el sorprendente panorama de que éste país está plagado de colonias en su propio seno. Así, frente a California o Nueva York que concentran las más avanzadas empresas o los principales centros financieros, Minnesota sería una colonia ganadera y Texas una colonia petrolera, meros “territorios extractivos”…
 
Si buscamos un estado independiente similar a Andalucía en población y superficie nos encontramos con Portugal. ¿Estamos ante una colonia por el mero hecho de que muchas de las principales empresas que operan en ese país sean extranjeras? Más bien nos hallamos frente a la lógica de la llamada “mundialización”, un proceso que desde la revolución industrial sólo se detuvo durante la Gran Depresión que siguió al crack de 1929 [2], pero que tras la Segunda Guerra Mundial se reanudó con fuerza arrolladora y en los últimos años ha sido bautizado como “globalización”.
 
Así que, para no caer en el absurdo, creo preferible reservar el término colonia a países ocupados como Irak, Afganistán, Chechenia o los territorios palestinos, mientras que hablaremos de neocolonialismo para señalar las relaciones comerciales desventajosas impuestas por las potencias imperiales al Tercer Mundo, potencias entre las que como beneficiaria encontramos a España con todas las regiones y naciones que la componen.
 
Por otra parte, cuando indico que Andalucía tiene una economía y una estructura social similares a Murcia y Valencia, se me dice que hay una diferencia fundamental: “Andalucía es una nación y por lo tanto debe buscar su propio destino”. Pero claro, ese carácter nacional no se traduce en ningún tipo de movimiento de masas ni de organización política que sea capaz de ocupar asientos en el parlamento autonómico, por lo que la diferencia con Murcia y Valencia es algo tan etéreo como la percepción subjetiva de un pequeño grupo de personas, mientras que las similitudes económicas (turismo, construcción, agricultura…) son una realidad mensurable. Idealismo frente a materialismo, religión frente a ciencia. Algunos debates sobre la cuestión nacional entran en el campo de la fe, o sea, de la teología, de ahí que no falten sacerdotes de la independencia que al ver atacados sus dogmas acusen a un crítico de “tío Tom” o de “bufón de la Corte” y pidan a sus compañeros que no pierdan el tiempo discutiendo [3].
 
Clases sociales
 
Otros términos se utilizan a conveniencia para confirmar teorías, unas veces de manera tan restrictiva que no cabe nada o, por el contrario, tan amplia que poco queda fuera. Esto ocurre con frecuencia cuando nos aproximamos al complejo mundo de las clases sociales. Siempre me ha sorprendido la pereza de la izquierda para intentar explicar la cambiante composición de clases y reducir la sociedad a las categorías de burguesía y proletariado. Marx quizá abusó de esta dicotomía para escribir panfletos como el Manifiesto comunista o para realizar análisis económicos y sociales con un alto grado de abstracción, como en El Capital, pero cuando se aproximaba a sociedades concretas en épocas definidas sus análisis de clases sociales se hacían extraordinariamente complejos, como comprobamos en El 18 brumario de Luis Bonaparte.
 
Últimamente me he encontrado con afirmaciones tan sorprendentes como que en Andalucía no existe burguesía, lo que confirmaría el carácter “colonial” de este país. Para sostener tamaña teoría ante la llamativa presencia de empresarios de la construcción, hosteleros, grandes propietarios agrícolas (de fincas o de invernaderos), etc. debe establecerse un criterio extraordinariamente restrictivo de lo que es un burgués, de manera que sólo entren en esta categoría multimillonarios como Botín o Bill Gates. Así nos queda una “Andalucía de trabajadores” frente a una Cataluña o un País Vasco de burgueses, pues en estos industrializados países el listón para entrar en la categoría de burgués se rebaja. En fin, las clases medias y la extensión de la sociedad de consumo a amplias capas de la población no se tienen siquiera en consideración, cuando constituyen factores clave para reconocer a simple vista un país rico de otro pobre, uno expoliado de otro situado entre los privilegiados del proceso “globalizador”.
 
El sector servicios, como ocurre en todos los países desarrollados, es fundamental en la economía andaluza. En él es donde hay que ubicar a la mayoría de las personas empleadas por el turismo, que no son sólo camareros y limpiadores, sino también administrativos, agentes turísticos, guías, guardias de seguridad, enfermeros, médicos, chóferes, profesores de idiomas, conservadores del patrimonio histórico y un largo, etcétera. Desde luego que del turismo viven también hosteleros, comerciantes y otras gentes de la pequeña, mediana y gran empresa. El propio sector de la construcción es potenciado por el turismo en un alto grado. En resumen, una amplia gama de empleos, desde el trabajador precario hasta el del más elevado grado de cualificación, desde el pequeño al gran empresario. Y que no se diga que este sector se desarrolla en las condiciones de la República Dominicana, pues guarda más parecido con su desarrollo en países como Italia o Francia.
 
Los sectores puramente “extractivos” tienen hoy un peso en la economía que nada tiene que ver con el que tuvieron en el pasado. La minería es ya irrelevante, mientras que la agricultura se ha industrializado, ocupa a poca gente, se beneficia de ayudas de la Unión Europea y buena parte de los jornaleros que emplea son emigrantes. Puede comprobarse a simple vista que los análisis de los independentistas andaluces están anclados en los tiempos de la Segunda República, por no decir en el siglo XIX. Son esas realidades del pasado las que les convienen para colocar en la primera página de su agenda cuestiones soberanistas que, por simple sentido común, no encuentran ninguna audiencia. Más fácil sería abordar las muchas injusticias sociales o el deterioro del medio ambiente con una perspectiva actual, fundada en intentos de análisis racional en lugar de manidos tópicos.
 
Conclusión
 
El problema del soberanismo andaluz es que pese a sus reducidas fuerzas militantes ha estado y está plagado de pseudohistoriadores, pseudoeconomistas y pseudolingüistas que sobre la concreta realidad de Andalucía han dicho las más risibles sandeces con el desparpajo del que cree que basta la superioridad moral para desbaratar los argumentos del opresor. Pero la superioridad moral es un arma religiosa; los grandes pensadores marxistas estudiaban con denuedo y pasaron buena parte de su vida entre libros y archivos para intentar derrotar a los opresores con análisis certeros y no con máximas morales.
 
En fin, la izquierda está plagada de teorías peregrinas y de planteamientos sectarios que se han vestido con el más radical de los lenguajes. Pero cuando nos aproximamos al presente a partir de análisis trasplantados de otras realidades, sin permitir que ésta nos sorprenda con su complejidad, sin aceptar que los datos puedan desmontar nuestra teoría preestablecida, sólo conseguimos marcar fronteras entre nosotros y esa gente a la que aspiramos a liberar. Ya advertía Trotski que el radicalismo verbal es una manifestación de impotencia política.
 
Notas
[1] Véase www.erllano.org, en particular el artículo de Ángel Velasco “La mentalidad colonial en la política”. De este autorrecogieron un artículo en la misma línea Rebelión y en Kaosenlared.
[2] Una excelente síntesis sobre esta recesión en el proceso de integración mundial de la economía puede verse en Eric Hobsbawm, Historia del siglo XX, Barcelona, Crítica, 2004, pp. 92-115.
[3] Véase el artículo, plagado de insultos y de acusaciones gratuitas, de Francisco López Campos “¿Qué hay que debatir en el BAI sobre Andalucía?, en www.erllano.org.
 

Documentación
Andalucía Libre 
 
  • Como desarrollo político coherente de esta posición, puede verse el pronunciamiento de Espacio Alternativo Comunicado ante el 14 de Abril en el que esta organización le niega a Andalucía su derecho a la autodeterminación nacional en el marco estratégico de su proyecto de ‘III República española’. Espacio Alternativo, no obstante, sí le reconoce formalmente este derecho a los pueblos de Euskadi, Cataluña y Galicia. Cabe suponer que la diferente actitud ante esos casos y el andaluz, deviene de la diferente correlación existente en cada país citado entre fuerzas de izquierda nacional y sucursales españolas. La conclusión a extraer para las fuerzas de izquierda andaluza es obvia. Para comprobar otro ejemplo del ninguneo de Andalucía, propio de toda la izquierda y extrema izquierda españolas, ver Manifiesto Unitario por la III República. Como complemento, para otro elemento políticamente significativo de la orientación actual de EA, consultar su llamamiento de voto a favor de IU en Madrid en Ante las elecciones autonómicas y municipales. 
  • Para repasar un análisis ideológicamente coincidente en buena parte al de Barrios en su actitud frente a las demandas nacionales andaluzas -aunque desde una postura políticamente favorable al recientemente reformado Estatuto de Autonomía para Andalucía- consultar el articulo de José Sánchez y José Barcelona –militantes de Acción Alternativa (exMCE en Andalucía)-, El nuevo Estatuto de Autonomía andaluz: Los resultados del referéndum, Pagina Abierta, Abril 2007. Para un análisis sobre la génesis y consecuencias de este tipo de posicionamientos desde una izquierda pretendidamente ‘alternativa’ que en realidad actúa en la práctica como satélite del PSOE, ver, entre otros, Andalucía Libre nº 308, 30/XII/2006 La ‘izquierda social’ en Andalucía y la prueba de la Reforma estatutaria. 
 
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