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Asunto:[BoletinAndaluciaLibre] nº 48. Palestina. Dos analisis de M. Warschawski
Fecha:Jueves, 16 de Noviembre, 2000  13:43:32 (+0100)
Autor:Andalucía Libre <andalucialibre @.......es>

Andalucía Libre
Independencia   República   Socialismo

48  
 
 
En este Correo:
* Un aviso
* La guerra de Independencia palestina ha empezado.
Inprecor, octubre 2000
* Las dificultades de Barak
Rouge, 10 de Noviembre 2000
(Traducciones A. Nadal)
* Un aviso
Proximamente habrá cambios en el Boletín Andalucía Libre.
Seguiremos informando. 
 
LA GUERRA DE INDEPENDENCIA PALESTINA HA EMPEZADO.

Por Michel Warschawski *
Inprecor
http://www.lagauche.com/4international/Inprecor/ 
Revista de la Cuarta Internacional


Tras haber dejado a su dirección nacional negociar durante siete años con el ocupante los términos de un acuerdo global que pondría fin a un siglo de opresión colonial, los palestinos de Cisjordania y de la banda de Gaza han llegado a la conclusión de que el estado de Israel no está aún dispuesto a un compromiso que pueda ser aceptable para su pueblo, y que la libertad y la independencia deberán ser ganadas mediante la continuación de la lucha.  La mesa de negociaciones, con su árbitro americano vendido, ha demostrado ser una trampa en la que los dados están completamente trucados.

¿Hay que repetir que Barak es el responsable?

La visita intencionadamente provocadora del jefe de la derecha israelí a la explanada de las mezquitas de Jerusalén no fue más que le chispa que hizo que estallase la pólvora. Esta se había acumulado desde hacía meses, y desde la cumbre de Camp David se sabía que la explosión era inminente. Esta cumbre orquestada por un Presidente americano apresurado por obtener un acuerdo antes de dejar el puesto a su sucesor fue percibida por los palestinos como el fin del proceso de Oslo. Contrariamente a lo que han afirmado los medios, no fué la intransigencia de Yasser Arafat sino la de Ehud Barak la que puso fin a las negociaciones.

En Camp David, este último creyó, o puso cara de creer, que la delegación palestina daría pruebas de la misma moderación sobre el acuerdo final que sobre los diversos acuerdos interinos. En efecto, si desde hace más de 6 años los dirigentes palestinos han dado pruebas de una moderación grave, aceptando incluso reducir a la baja acuerdos ya firmados y cerrar los ojos ante la prosecución de la colonización en los territorios ocupados, era precisamente porque se trataba de acuerdos interinos, y por consecuencia provisionales;  ninguno de los dirigentes palestinos había ocultado cuales serían los parámetros del estatuto definitivo, y esto desde las negociaciones secretas de Oslo: la retirada total de los territorios ocupados en junio de 1967, el desmantelamiento de todas las colonias, el derecho a la vuelta de los refugiados, el establecimiento de un estado palestino independiente y soberano en toda la banda de Gaza y Cisjordania, incluyendo Jerusalén Este.

Los dirigentes israelíes creyeron, o fingieron creer, que todo esto era negociable, y que para las negociaciones sobre el estatuto definitivo podrían imponer su concepción al jefe de la Autoridad Palestina, como lo habían hecho en los diferentes acuerdos precedentes. En cuanto a la opinión pública palestina, Arafat y su policía se encargarían de que lo aceptase, dado que, como se sabe, los árabes son masas sin voluntad propia, que siguen las decisiones de sus dictadores, de buen grado o por la fuerza. Esta actitud típicamente colonialista de Barak y de su equipo, era compartida por una parte importante de la opinión pública israelí favorable a la paz . Volveremos sobre ello. Es extremadamente improbable que la delegación palestina hubiera aceptado revisar substancialmente a la baja el marco general de sus reivindicaciones. Incluso si lo hubiera hecho como afirma una cierta prensa israelí completamente enfeudada al actual gobierno, Barak ha hecho estallar las negociaciones planteando el asunto más tabú de todos, el que ni siquiera Benjamin Netanyahou había osado plantear: una soberanía israelí sobre el sitio de las mezquitas de Jerusalén, esgrimiendo las ruinas del templo de Salomón, hundidas, se dice, algunas decenas de metros por debajo de algunos de los sitios más sagrados del Islam.

¿Estupidez irresponsable y criminal o provocación intencionada?

Poco importa, era el fin de las negociaciones. Y la promesa de una confrontación que, esta vez, tendría una dimensión religiosa y no ya únicamente nacional. La historia recordará a Ehud Barak como el que abrió, en Camp David, una cruzada religiosa en medio Oriente, si no es en el mundo entero. La historia se acordará de Ehud Barak como de un dirigente criminalmente irresponsable que habrá provocado la guerra santa por la liberación de Jerusalén. Comparado a Barak, Ariel Sharon es un provocador de cuarta categoría.

¡Que corra la sangre!. La rabia asesina de las fuerzas armadas israelíes no ha sido una "reacción exagerada" a las manifestaciones palestinas, o debida al hecho de que se han viso sorprendidas por el uso de armas de fuego por algunos de los manifestantes y de los miembros de los servicios de policía palestinos. El uso masivo de la fuerza, incluso tanques y helicópteros de combate, había sido planificado desde hacía mucho y todo lo que ha sido realizado en el terreno estaba inscrito en los planes operativos del ejército. Desde hace más de un año el estado mayor había recibido la orden de preparar planes de respuesta en el caso en que la OLP declarara unilateralmente la independencia del estado de Palestina. Si se cree a periodistas israelíes bien informados, estos diversos planes tenían por objetivo hacer pagar caro a los palestinos su iniciativa.

"La sangre deberá correr" menciona explícitamente uno de esos planes, y la sangre ha corrido. La utilización masiva de tiradores de élite no deja ninguna duda: el ejército ha recibido la orden de tirar a matar. Más de cien muertos y miles de heridos. El precio pagado por los palestinos es extremadamente pesado, y sin embargo la determinación, hasta el presente, no se ha debilitado. Al contrario: por miles, los militantes se preparan para un combate duradero, bien bajo la forma de confrontaciones de masas o de operaciones de guerrilla contra los objetivos israelíes en los territorios ocupados. Y sin duda también atentados en el mismo Israel, que harán víctimas en la población civil. Pues el sentimiento de revancha se mezcla hoy con la voluntad de golpear a la ocupación israelí, su ejército y sus colonias.

Proceso de Paz y levantamiento contra la ocupación.

La gran conquista de estas últimas semanas ha sido, para los palestinos, volver a poner las cosas en su sitio y recordar a la opinión pública israelí e internacional que la ocupación israelí seguía constituyendo el marco real,  no siendo "el proceso de paz" más que un elemento, entre otros, en ese marco. En su mayoría, los israelíes y la comunidad internacional han invertido los términos de la ecuación, como si, desde la firma de la Declaración de Principios de Washington, en septiembre de 1993, la ocupación se hubiera acabado, reemplazada por un proceso de paz. Esto venía bien a todo el mundo, salvo a los palestinos, que, rápidamente, comprendieron que a pesar de ciertos cambios, ciertamente no despreciables, Israel continuaba ocupando Cisjordania y una parte de la banda de Gaza, mantenía su aparato represivo y continuaba utilizándolo, aunque de forma menos masiva, reforzaba la colonización y continuaba robando el agua y las tierras.

Incluso había un aspecto en el que la situación se había degradado: el fin de la libertad de movimientos, como consecuencia del bloqueo permanente de Gaza y de Jerusalén.

El levantamiento actual ha permitido también poner en hora los relojes de los negociadores israelíes. En su arrogancia que no conoce límites, creyeron que podrían imponer sin dificultades su concepción de la paz israelo-palestina, y forzar a los palestinos, a través de su dirección nacional, a renunciar a sus derechos más elementales. Esta concepción se traduce por la fórmula separación+dominación, o, si se prefiere, un sistema de apartheid. Mientras el pueblo permanecía a la expectativa, esta ilusión podía durar. El fracaso de Camp David, y sobre todo la inmensa provocación de Barak sobre la cuestión de Jerusalén han puesto fin a siete años de atentismo. Todo ocurre como si los palestinos de Cisjordania y de Gaza hubieran dado un mandato a Yasser Arafat para negociar en su nombre la solución del conflicto israelo-palestino, y este mandato llegara a su fin, con el alto el fuego que le acompañaba.

El levantamiento actual ha confirmado también hasta qué punto era superficial y falaz la comparación hecha entre la autoridad palestina y su policía por un lado, y Petain y sus milicias por el otro. Son los policías palestinos y el partido político de Yasser Arafat los que han estado en las primeras filas de los enfrentamientos. Son ellos los que han utilizado las pocas armas que existen en los territorios controlados por la Autoridad Palestina. El presidente de la OLP hizo hace siete años una opción problemática y extremadamente arriesgada decidiendo un alto el fuego a cambio de unas negociaciones israelo-palestinas bajo el alto patronazgo del imperialismo americano. Además, aceptó compromisos extremos impuestos por Israel y los USA, y tomar medidas represivas contra los que le negaban el derecho a hacer tales compromisos en nombre del pueblo. Algunos de sus colaboradores más cercanos han llegado a franquear a menudo la línea que separa negociación y colaboración con el enemigo.

Sin embargo, Yaser Arafat, y más aún los centenares de miles de militantes y de combatientes que le apoyan, no son las marionetas de Israel. Si han aceptado los diktats israelíes, era con la idea de obtener, al término del periodo provisional, el final total de la ocupación israelí de Cisjordania y de la banda de Gaza. Y un estado soberano en los territorios liberados, con Jerusalén como capital. La historia dirá si el método era el bueno, pero en cuanto la dirección israelí exige de los dirigentes palestinos la puesta en cuestión del objetivo último de las negociaciones, se encuentran en el punto de partida, con, frente a ellos, el movimiento nacional palestino reunificado en una guerra por la libertad y la independencia.

El segundo frente.

Si los dirigentes israelíes han podido soñar con el enfrentamiento y hacer correr la sangre, no les ha hecho falta mucho tiempo para comprender que la confrontación militar era más problemática  que lo que esperaban. No a causa de los pocos miles de armas ligeras que poseen los policías palestinos y los grupos nacionalistas, sino a causa de la solidaridad árabe. Una solidaridad exacerbada también por la centralidad de los símbolos religiosos como Jerusalén y sus mezquitas. Esta solidaridad ha abierto dos nuevos frentes, más difíciles de manejar que los manifestantes de Ramallah y de Rafah.

El segundo frente se abrió pocos días después de los enfrentamientos de Jerusalén. Se trata del frente de los ciudadanos palestinos de Israel que han tomado la iniciativa de un verdadero levantamiento popular en Galilea y en la región del Wadi=B4Ara, en el corazón de Israel. Durante más de una semana los pueblos judíos establecidos en los dos últimos decenios para "judaizar Galilea", han estado verdaderamente asediados por miles de manifestantes palestinos, decenas de carreteras cerradas a causa del peligro que representaban las emboscadas de jóvenes palestinos armados de piedras y de cócteles Molotov, y enfrentamientos cotidianos han opuesto a la población palestina con las fuerzas del orden en decenas de pueblos y ciudades árabes de Galilea y del Wadi Bra, a una quincena de kilómetros de Tel Aviv.

Durante una decena de días, estos ciudadanos israelíes han expresado simultáneamente su rabia frente a la masacre en los territorios ocupados y a los 50 años de frustración ligados a la desigualdad flagrante y a las humillaciones que les impone el estado judío. La reacción asesina de las fuerzas de policía del Comisario General Alik Ron, racista notorio cuya dimisión inmediata de su puesto de comandante de la región norte exigen los árabes, y las amenazas de volver a los años de plomo del Gobierno Militar proferidas por ciertos dirigentes políticos, han servido de luz verde a la irrupción de verdaderos progromos antiárabes. A través de todo el país: centenares de jóvenes armados de palos, pero también de armas de fuego han saqueado varias localidades árabes, herido a centenares de personas, incendiado una media docena de mezquitas y quemado, en las ciudades judías, apartamentos en los que vivían árabes. La policía, lejos de atacar a los progromistas, se ha unido a ellos para disparar contra los árabes que se defendían. En Nazaret, tras el progromo del Kippur se contaron 2 muertos y 80 heridos, todos árabes.

Habrá sido preciso el progromo de Nazaret para que el primer ministro comprendiera la gravedad de la situación y denunciado a los progromistas. De hecho, de lo que se trata es de una verdadera "bosnización" del conflicto: una confrontación intercomunitaria en la que una de las comunidades está protegida por la policía y apoyada por el gobierno. Pero esta reacción asesina e histérica ha reabierto una cicatriz que no se cerrará tan pronto, y que va a obligar al estado judío a hacer opciones estructurales entre su voluntad de ser un estado judío y su pretensión democrática. No hay duda de que los palestinos de Israel no están dispuestos a volver al estatu-quo anterior al Nuevo Año judío y la reivindicación por una ciudadanía real se ha afirmado con tal vigor que incluso los presupuestos y los puestos asignados apresuradamente por el equipo Barak "para reducir el foso", como lo reconocen todos los políticos israelíes, no llegaran a taparlo.

El contexto regional y Sharm el Sheikh.

Mientras la situación parecía circunscrita a las relaciones israelo-palestinas, la administración americana podía dejar a Barak que actuase según le pareciera. Pero las imágenes de los jóvenes manifestantes palestinos masacrados han provocado un movimiento de solidaridad muy amplio en los países árabes, así como en el seno de las comunidades musulmanas de todo el mundo. Desde el 1 de Octubre es la estabilidad del nuevo orden americano lo que está en cuestión con centenares de miles de personas en la calle y un llamamiento a los dirigentes árabes para que protejan a los palestinos y liberen Jerusalén.

Las operaciones de Hezbollah en el Líbano, que por dos veces ha conseguido secuestrar a israelíes, pueden también provocar un desbordamiento y la eventualidad de una escalada que lleve a una guerra generalizada no se puede descartar. Los diversos gobiernos israelíes se han negado siempre a comprender que las negociaciones israelo-palestinas, decididas en Oslo, y tan seductoras para los dirigentes de Tel Aviv dada la desproporcionada relación de fuerzas, no eran más que un engaño y que de la paz israelo-palestina depende la estabilidad del "Nuevo Medio Oriente".  Las manifestaciones de masas en Beirut y en Rabat, la movilización de las poblaciones musulmanas en los centros imperialistas, son advertencias no solo al presidente egipcio Mubarak o al rey Abadallah de Jordania, sino también a los verdaderos dueños del nuevo orden mundial.

Para el imperialismo americano era pues urgente frenar los enfrentamientos y crear la impresión de un reinicio de las negociaciones israelo-palestinas.  Misión cumplida por Clinton en Sharm el Sheikh, con la ayuda eficaz del presidente egipcio y del joven monarca hachemita: las dos partes se han comprometido a llamar a un alto el fuego, creando una falsa simetría entre agresor y agredidos; un documento secreto define los objetivos concretos de la vuelta al orden, sirviendo la CIA como fuerza de control, neutral por supuesto. En lugar de la comisión de investigación internacional exigida por los palestinos, apoyados en esto por el presidente Chirac, serán los americanos quienes hagan un estudio, neutro por supuesto, de la situación y -concesión hecha a los árabes- éste será sometido, a su debido tiempo, al Secretario General de las Naciones Unidas.

Pero nada permite afirmar que Yasser Arafat pueda poner fin o ni siquiera congelar la revuelta actual. Contrariamente a los fantasmas racistas del gobierno israelí, el pueblo palestinos no es un rebaño al que se saca a la calle o se le encierra según se quiera. Pero aunque fuera capaz de lograrlo, no sería suficiente para volver a la situación que había antes del Nuevo Año judío. En este sentido, de forma irremediable, se ha pasado una página.

Michel Warschawski, periodista israelí, es colaborador del Alternative Information Center (Jerusalén/Belén).

 

Desde Jerusalén

LAS DIFICULTADES DE BARAK

Michel Warshawski
Rouge 10-XI-2000
 

Tras un mes de verdadero levantamiento palestino, pero también de una sangrienta represión por parte de las fuerzas armadas israelíes, el primer ministro israelí sigue andando a tientas.

La primera reacción de Ehud Barak había expresado un sentimiento ampliamente compartido por la casta militar, y casi natural en una cultura colonialista: golpear y seguir golpeando, hasta que los indígenas comprendan hasta donde pueden llegar. Los disparos extremadamente asesinos de los tiradores de élite, así como posteriormente los misiles lanzados desde helicópteros de combate se conjugaban con las amenazas y ultimátums: 48 horas dadas a Arafat para detener las manifestaciones, amenaza de imponer una “separación unilateral”, decisión de una “pausa en el proceso de paz”. Para coronar todo esto, estaba el anuncio de que Yasser Arafat había dejado de ser un interlocutor... Nada de todo esto surtió efectos. Ni sobre la población, ni sobre la Autoridad palestina, lo que no hizo más que exacerbar la cólera de los militares, humillados en su impotencia para parar las manifestaciones y las pocas acciones armadas que las habían acompañado.

La puesta en marcha de las amenazas de Barak marcaría una escalada a través de la cual el número de víctimas israelíes –que hasta ahora es limitado- aumentaría, incluso con operaciones militares en las ciudades israelíes. Exigiría la movilización de numerosos reservistas para guardar las decenas de colonias aisladas, que son objetivos relativamente fáciles de alcanzar para los palestinos. Sobre todo, profundizaría los riesgos de una regionalización del conflicto o , al menos, de una presión en aumento de la opinión árabe sobre sus gobiernos. El orden americano se vería desestabilizado por todo ello.

Por ello una parte importante de la clase política israelí, incluyendo a los jefes de los servicios de seguridad, se opone a la escalada, y repite que no hay alternativa a la vuelta a la mesa de las negociaciones con Yasser Arafat. Shimon Peres se ha hecho el portavoz de esta concepción, y ha podido incluso obtener de Barak la autorización para reunirse con el presidente de la Autoridad palestina en Gaza. Se trataba de persuadirle de que Israel no cerraba la puerta a la prosecución de las negociaciones, que los discursos sobre la “separación unilateral” no eran más que fórmulas destinadas a calmar a una opinión pública israelí que, justamente, no comprende a dónde va Barak.

El hecho de que este último haya finalmente preferido un acuerdo –limitado a un mes- con el partido Shaas, más que un gobierno con la derecha de Ariel Sharon, no es solo el resultado de las presiones de una administración americana que tiene ya un pie en la puerta.  Traduce sobre todo las presiones que se ejercen en el seno de la clase política y de la base electoral de Barak. Una cosa es culpar a Arafat y  denunciar su pretendida responsabilidad en la crisis, incluso anunciar represalias. Otra muy diferente  cerrar definitivamente la ventana  abierta por la declaración de

principios de Oslo, con el riesgo de ganarse la enemistad  de la nueva administración de Washington. El ejército ha recibido, pues, la orden de poner un freno a su agresividad asesina (el número de víctimas ha disminuido estos últimos días) y Shlomo Ben Ami ha sido encargado de preparar la ida de su primer ministro a la cumbre triangular convocada próximamente por Bill Clinton.

Ehud Barak parece pues, desde hace una decena de días, jugar en dos tableros: proseguir la represión y dar pequeños pasos hacia una reanudación de las negociaciones. Esta política está sin embargo a merced de cualquier exceso o provocación. Un obús que falla en su objetivo y cae en una escuela, un progrom particularmente sangriento organizado por colonos de extrema derecha, y el frágil equilibrio se rompe. Esta situación no puede durar mucho tiempo. Tanto más en la medida en que no hace sino reforzar la confusión extrema en la que se encuentra la población israelí, que percibe este doble mensaje y no ve en qué puede desembocar.

Ehud Barak deberá rápidamente elegir: bien dar la orden a sus generales de un alto el fuego, que permita una vuelta a la normalidad en los territorios ocupados; bien recomenzar la espiral de la guerra en la que se había aventurado hace 5 semanas. Con la precisión de que la vuelta a la normalidad exige, desde el punto de vista de los palestinos, un cambio sustancial del marco de las negociaciones y la toma en consideración, por primera vez, de las condiciones palestinas a un acuerdo de paz. Como escribe el comentarista político del “Haaretz”, Akiva Eldar, el 8 de noviembre: “Los palestinos han pagado un tributo de sangre demasiado elevado como para aceptar un reciclaje de los viejos eslóganes del tipo de “la voluntad de paz de Israel”, o “los compromisos que Israel está dispuesto a hacer”, o “la coexistencia”. Los palestinos tienen derecho a exigir saber en qué tipo de paz está interesado Israel, la naturaleza de los compromisos sugeridos, y qué tipo de coexistencia se plantea (...). La manifestación del 4 de noviembre (para conmemorar el quinto aniversario del asesinato de Yitzhak Rabin, NDLR) habría debido ser la ocasión, para Barak, de decir claramente a los palestinos que Israel comprende que la única base para un tratado de paz israelo-palestino es la estricta aplicación de la resolución 242 del Consejo de Seguridad”. Barak no lo ha hecho...

Desde Jerusalén

Michel Warshawski

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