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Asunto:[ari] EL PSICOANALISIS EXAMINA LA CUESTION DE LOS ABUSADORES Y D E LOS NIÑOS ABUSADOS
Fecha:Jueves, 31 de Octubre, 2002  03:48:00 (-0300)
Autor:Juan <radical @....com>

No sólo por miedo sino por pudor, callan A partir de la experiencia de
centenares de casos derivados de una defensoría del menor -"el 20 por ciento
corresponde a abusos sexuales"-, la autora propone diversas aproximaciones
al psiquismo del abusador y a la vivencia del abusado, quien se ve obligado
a procesar "vivencias que resultan innombrables por lo siniestras y por la
dificultad de que puedan ser escuchadas por otros... pero también por el
mismo que las sufrió".
Por Ester Romano

El abuso sexual tiene una presencia insospechada en nuestro medio,
corroborable desde sus manifestaciones estadísticas. Así, sabemos que
alrededor del 14 por ciento de los jóvenes de población general recuerda
haber padecido alguna forma de relación abusiva en su infancia. Esta cifra
se ha comprobado en consultas en equipos de ginecología pediátrica, y en la
mayoría de los casos el abusador resultó ser el propio progenitor o
allegados del círculo íntimo.
En la Defensoría del Menor, dependiente del Colegio de Abogados de San
Isidro, recibimos alrededor de 100 consultas mensuales, de las cuales entre
un 15 y un 20 por ciento corresponden a causas de abuso, las más de las
veces por parte de familiares cercanos.
Un enfoque preventivo del abuso sexual implica reconocer un elemento que,
amén de ser puntual en las concepciones metapsicológicas sobre la
constitución del aparato psíquico, se constata ampliamente en la
psicoterapia de niñas y adolescentes, así como en el plano diagnóstico,
tanto clínico como pericial: me refiero al lugar pregnante de las figuras
parentales en los diversos engramas constitutivos del psiquismo.
Desde la teoría psicoanalítica, respecto al tema de las relaciones de abuso
y ejercicio de diversas formas de violencia a partir del poder parental, es
central la hipótesis de Freud en cuanto a que el nacimiento de la cultura,
de la moral, del orden social, surgen desde la redistribución de lugares
constitutivos de la solidaria horda fraterna, sucesora del mítico homicidio
al Gran Padre violento y autoritario. Se recuerda que el indiscutible acceso
a las hembras del padre alimenta el odio, con repudio a su poderío. Banquete
totémico-culpa-identificación con el antecesor mítico marcan los límites de
un grupo, de una cultura. Todo desafío, en última instancia, nos remitiría
al destronamiento, la matanza del padre primordial.
El estudio de casos especiales, sea en la clínica (paidofilia, fetichismo u
otras desviaciones en la conducta sexual) o en la práctica forense, me ha
permitido visualizar la pregnancia de esta organización fantasmática (en la
forma del cacique, el patriarca, el gran jefe) bajo cuya sombra subyace el
caos, la desorganización psíquica que conduce a algunos desesperados al
crimen o, en los ropajes de las escenas del abuso, al incesto o la
violación.
En el contexto del abuso parental prima la confusión. El arbitrio del
padre-amo no reconoce en la progenie su lugar como sujeto, la somete como
objeto al servicio de su propio goce. No existe un orden, un límite al
deseo, tampoco sujeción a la universalidad de la prohibición del icesto.
Paradójicamente, la prescripción es al enclaustramiento, al encierro,
constituyendo un verdadero mandato endogámico.
Willy Baranger ha precisado la figura del corruptor, como iniciador
desafiante y transgresor de la ley, estableciendo un recorrido desde la
castración hacia la pulsión de muerte, con las correspondientes fantasías de
madres profanadas y su relación con los límites del incesto.
Cuando el ataque se produce por parte del padre biológico, de sus sustitutos
o por figuras representativas de la autoridad, resulta alterada la cualidad
del vínculo transgeneracional. Ello da lugar a un severo trastocamiento
psíquico, resultado de factores como: la pérdida de la función tutelar como
garante de la dependencia; fallas en la representación del cuerpo propio
infantil; alteración entre la cronología de su ritmo evolutivo; irrupción
pulsional, con la consiguiente desorganización narcisística; ebullición de
estímulos endógenos y puesta en práctica de actos biológica, psicológica y
socialmente inapropiados; impedimento del adecuado fantaseo o ensoñación
(representaciones mentales); obturación del juego pulsional, que queda
atrapado en la imposibilidad de proyectarse en horizontes más allá de la
familia.
En un hermoso trabajo de Freud, "El tema de la elección de cofrecillo", se
marcan los lugares donde, desde el folklore y la literatura, esrepresentada
la mujer como elección posible del hombre en su triple carácter de madre
protectora, mujer sensual, y la apacible y muda muerte.
Serge Leclaire, en sus conferencias en la APA (1975), puntualizaba que en
los casos de abuso sexual, en su sentido médico-legal, habría que captar la
connotación de que el pregnante y "verdadero" incesto es el producido con la
madre. Remarcaba la noción del incesto como goce incitante en la primaria
relación madre-niño, diferenciándolo de lo que él llamaba el "incesto
médico-legal".
En los abusadores, ocurren poderosos procesos disociativos, alternando la
fuerte idealización con la dependencia, y la denigración, con odio y
resentimiento. El nudopatogenético central está constituido por antecedentes
de trauma infantil, ligados a angustia de castración, sean derivados de
abuso sexual padecido pasivamente, u otras injurias corporales no procesadas
psíquicamente. Los intentos del yo de frenar la invasión de angustia ante
situaciones desestabilizantes ponen en marcha procesos de desmentida de la
realidad y escisión. La realización del acto abusivo responde a la
organización de una escena en que se tramitan las primitivas pulsiones. Se
intenta dominar activamente (en el niño no reconocido como una parte propia
proyectada) lo padecido otrora pasivamente.
En la experiencia en el abordaje de sujetos perversos abusadores de niñas, a
través de la continuidad del largo y penoso trabajo psicoanalítico, he
podido constatar la emergencia de huellas mnémicas sepultadas. Ello ponía
sobre el tapete un elemento común, francamente traumático: haber sido objeto
de abuso en momentos clave de su desarrollo.
¿Cómo entender el ejercicio de un poder abusivo? ¿Por qué nos resulta tan
impensable? ¿Qué lleva a que los deseos paidófilos sean tan repudiados de
modo universal? Un primer nivel de respuesta es obvio, en tanto constituye
el resultado del horror provocado por la pregnancia de una ley moral
universal, como es la prohibición del incesto. Si se sigue el pensamiento de
Angel Garma, puede entenderse el triunfo (maníaco) sobre el objeto, teniendo
como fin comportamientos destructivos que provocarían la repulsa ambiental y
superyoica, siendo percibidos como merecedores de castigo. De acuerdo con
ello, constituirían comportamientos punibles que tendrían como finalidad
directa exonerar la culpa de los objetos persecutorios, configuradores del
superyó.
Agregaría que también comprende el repudio a la transformación, bajo signo
contrario, de las naturales tendencias amorosas hacia la descendencia. Es el
naufragio de la figura de "Su Majestad, el niño", en que se tiende a
proyectar los ideales de perfección y los propios sueños fallidos en la
propia descendencia y, por extensión, en todo el universo infantil como
representante de las generaciones venideras. Encontraríamos entonces una
falla en la estructura ética abstracta integrada al ideal del yo, que
implica la imposibilidad de poner freno a la emergencia de elementos
arcaicos ligados a la indiferenciación y la destructividad.
Se suele asociar las expresiones de violencia con variadas formas de ataques
directos al cuerpo: golpes, abandonismo, formas de abuso. Pero también en el
habla, constitutiva de la condición humana, se puede vehiculizar la
violencia: no sólo bajo las formas degradantes del insulto, la denigración,
sino también en sutiles maniobras descalificatorias de la posición del otro
hacía condiciones de desconocimiento, paralización o confusión
enloquecedora.
En la psicoterapia psicoanalítica de padecientes de abuso, he constatado
vivencias asociadas a un orden de experiencia de dolor psíquico de muy
difícil procesamiento a través del lenguaje. Hay ocultamientos ligados a la
vergüenza por la afrenta padecida, hay necesidad de mutismo no sólo como
efecto del pánico sino por el dolor, el pudor. Pero, además, son vivencias
que resultan innombrables por lo siniestras y por la dificultad de hallar
articulaciones comprensibles y accesibles a la escucha de otro, pero también
para sí. Mientras que el lenguaje como medio expresivo del amor, de empatía,
puede unir, su manipulación (en la interacción interpersonal cara a cara o a
través de los medios de comunicación) puede deteriorar y obturar la
posibilidad de establecer vínculos fecundos.
En los casos de abuso, se trata de un reconocimiento muy íntimo e inefable
de algo que alguna vez estuvo y ya no está más, lo cual se entrama con el
circuito de la serie de ilusión-desilusión descripta por Winnicott, en
términos de intrusividad ambiental que redunda en una patología (por
déficit) del área de la transicionalidad. La propia experiencia vital es
vivenciada en forma tal que resulta legitimable en el "testimonio" y es
imposible de ser negada.

Texto preparado a partir del trabajo "La violencia: entre el horror y la
poesía" (en el libro Sesenta años de psicoanálisis en Argentina, editado por
la Asociación Psicoanalítica Argentina, APA) y de "Múltiples perspectivas en
la comprensión del abuso sexual. Elementos de falibilidad y/o certeza en el
diagnóstico de víctimas y victimarios", por E. Romano, en Nuevas
perspectivas interdisciplinarias en violencia familiar.




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