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Asunto:[atlantologos] La Atlántida en la Península Ibérica (1ª Parte)
Fecha: 6 de Agosto, 2001  22:36:49 (+0200)
Autor:Georgeos <atlantis_34 @.......com>

Atlantis en Iberia
Georgeos Díaz

Una necesaria introducción

En 1882 sale a la luz, bajo el nombre de “ Atlantis: The Antediluvian World”,
la monumental obra pionera sobre la Atlántida de Ignatus L. Donelly. La misma
fue
todo un éxito. En unos pocos años llegó a editarse, solo entre E.E.U.U. e
Inglaterra unas setenta y cinco veces. Sin duda alguna el premio a una ardua
investigación recopilatoria que había durado unos doce años. Si bien Donelly no
había sido el primero sí había conseguido ser el mejor y mayor informador y
conocedor de todo lo relativo a la, cada vez menos mítica, isla-continente.
Posterior a este clásico de la atlantología documental se han publicado más de
dos mil libros y unos diez mil artículos (por desgracia la mayoría de ellos sin
fundamento científico alguno), unos cuantos filmes y un considerable número de
documentales, además de composiciones musicales y hasta una ópera. Lo que sin
duda demuestra el gran interés popular por esta misteriosa civilización.

Ciertamente, y ante estos datos, cualquiera pensaría que resultaría
prácticamente imposible aportar algo nuevo a la vez que serio y riguroso, como
no
sea el descubrimiento mismo de la ciudad sumergida de Atlantis. A mí mismo me ha
costado muchos años el poder descubrir que todavía podían realizarse algunas
aportaciones. Y lo más increíble resultó que estas estuvieron siempre ante las
narices de todos. 

Al igual que muchos atlantólogos siempre había intuido, más bien deducido, que
en el relato de Platón sobre la Atlántida existía un auténtico trasfondo
histórico. Numerosos detalles obligaban a esta conclusión. Por otra parte,
siempre había considerado que la mejor manera o probablemente la única posible
de
autentificar la existencia histórica de esta enigmática civilización sería a
través de las evidencias arqueológicas, entendidas como tales los restos
arquitectónicos, los artefactos y las inscripciones que a la fuerza debieron
dejar esparcidos por numerosos sitios en las regiones y colonias que ellos
dominaron, según el texto, de este lado de las Columnas de Hércules (hacia el
Mediterráneo) y del otro (hacia el Atlántico). 

Yo no seguiré nunca el procedimiento engañoso y manipulador de la mayoría de
los “atlantólogos” de ir seleccionando sólo los restos arqueológicos de difícil
explicación para así jugar con ventaja ante los arqueólogos in nómina o
académicos (esto sería lo más fácil), ni tampoco basaré mi teoría en las tan
llevadas y traídas (en ocasiones por los pelos) comparaciones de similitudes
arqueológicas entre civilizaciones de ambas partes del Atlántico, aún cuando
creo
que ciertamente muchas de estas podrían deberse a la existencia histórica de
esta
civilización desaparecida. No, yo siempre he huido de lo fácil, digamos que
siento una extraña fascinación por los retos, por las empresas difíciles. Puede
que algunas de mis teorías no resulten algún día certeras, pero al menos, nadie
dirá jamás que fui un simplista o un facilista carente de originalidad,
rigurosidad y método científico.

Partiendo pues del axioma de que si el relato es auténtico deberán entonces
aparecer suficientes evidencias arqueológicas que lo confirmen, sobre todo en
aquellos lugares señalados por Platón, es que decidí emprender esta
investigación
cuyos resultados parciales expongo en este medio. Así pues, y a través de esta
publicación, vamos a intentar rastrear las huellas atlantes que, siempre, según
el texto de Platón, necesariamente deberían hallarse en nuestra Península
Ibérica. 

Pero no vamos a perseguir -como tan incomprensiblemente han hecho otros
investigadores- una Atlántida megalítica de dólmenes y menhires, simplemente por
que en la obra del maestro ateniense nada de esto se menciona. Vamos pues a
buscar restos arqueológicos de una civilización que según los textos construía
canales, puentes, acueductos, termas, templos y casas rectangulares al estilo
clásico, que amurallaba sus ciudades mediante anillos o circularmente, que tenía
hipódromos (el antecedente de los circos romanos), que poseía grandes naves,
puertos y dársenas, que conocía la bóveda y la cúpula, que rendía culto al toro,
al caballo, a los delfines y a seres mitológicos marinos como las nereidas y los
pegasos, así como a las estelas y columnas, y al dios de los pozos, de los
estanques y de las aguas en general: el dios Poseidôn. Una civilización que
poseía su propia lengua y escritura, cuyos guerreros usaban escudos circulares,
espadas, lanzas, cascos, corazas, arcos, hondas y carros de combate. En fin, una
civilización clásica muy similar a la griega y a otras civilizaciones
mediterráneas como la etrusca, la romana y la fenicio-cartaginesa.

Aún me resulta verdaderamente increíble que, precisamente, esta civilización
atlante, la única que se describe en los textos, a nadie le haya interesado
buscarla. Probablemente por esa astuta tendencia de muchos investigadores de
asegurarse un éxito editorial con teorías difíciles de rebatir por su
ambigüedad.
Además de por un cierto pre-convencimiento pesimista de que una Atlántida como
la
que describe Platón no podría hallarse jamás en España y por supuesto, mucho
menos en otros puntos de la Tierra lejanos al entorno mediterráneo. En resumen,
por la tendencia al simplismo, a la falta de profundización y, sobre todo, de
rigor científico.

Estas características de la civilización atlante, así como otros aspectos de la
narración -erróneamente interpretados como demostraré en el primer artículo de
este monográfico- han sido a su vez las principales causantes de que los
arqueólogos académicos hayan rechazados su veracidad histórica. Y es que, para
la
gran mayoría de ellos, es inadmisible la existencia de una civilización-imperio
de tipo clásica en una fecha tan remota como la que da Platón o sea, 11.000 años
antes del presente (a. p.), es decir, en plena época paleolítica, según la
cronología aceptada por convención por casi todos los arqueólogos. 

La mayoría de los atlantólogos o partidarios de la Atlántida, conocedores de
estos serios y en principio, bien razonados argumentos de los arqueólogos,
decidieron pues, como reza ese antiguo refrán castellano: “irse por los cerros
de
Úbeda” especulando sobre Atlántidas paleo-megalíticas, centroamericanas,
andinas,
asiáticas o egipcias. Regodeándose en innumerables comparaciones más o menos
forzosas y poco fiables de elementos arqueológicos y palabras, muchas de ellas
inexistentes. Todo ello, cuando la respuesta al enigma atlante estaba
precisamente en no huir de las argumentaciones de los arqueólogos por muy
razonadas que pareciesen, sino todo lo contrario, había que enfrentarlas y
meditarlas en profundidad, y eso es precisamente lo que hice, y el primer
hallazgo revelador fue detectar que, el texto griego de Platón había sido mal
interpretado en pasajes muy importantes, curiosamente en aquellos que le servían
a los arqueólogos como misiles contra la veracidad histórica de la Atlántida,
mientras que el segundo fue descubrir que, muchos monumentos descritos por
Platón, aun hoy en día se mantienen en pie en la Península Ibérica, pero
atribuidos a civilizaciones clásicas posteriores como la griega y la romana. 

Todo esto ocurría debido a que los arqueólogos habían convertido en dogma de
fe, por una parte y siguiendo a Aristóteles, el supuesto de que la civilización
atlante solo existió en la imaginación de Platón, y por otra, el también
supuesto
de que una evidencia arqueológica superior o de calidad solo podría pertenecer a
la civilización romana o en su defecto a la griega o púnica. El método de este
supuesto, convertido en dogma, consiste en adjudicar evidencias arqueológicas
superiores a la civilización más próxima en el tiempo cronológico convencional y
cuyo mayor número de evidencias similares tenga adjudicadas, aun cuando sobre
ese
tipo particular de evidencia no exista un claro paralelo, como ocurre en mucho
de
los casos, o la más mínima referencia textual sobre su realización por parte de
los supuestos autores impuestos por los arqueólogos.

Estos supuestos xenogenéticos  o xenofílicos, convertidos en dogma, fueron los
principales causantes de que ni aún los partidarios de la Atlántida se
percataran
de que sus huellas estuvieron siempre visibles. El descubrimiento de la
Atlántida
no consistía pues en hallarla bajo el mar, sino simplemente en reconocer las
evidencias dejadas en las regiónes que no se hundieron, ya que es completamente
falso que esta se hundió totalmente, como bien demuestra la correcta lectura del
texto griego original de Platón y que expondremos en este monográfico. 

El descubrimiento de la Atlántida consistía más en la revisión de las fuentes
documentales primarias y en la reinterpretación arqueológica que en la búsqueda
de evidencias extrañas y enigmáticas de difícil interpretación. Yo afirmo, en
este espacio, que he descubierto la verdadera Atlántida, aquella que Platón
describe, la única de la que se puede hablar con rigor. Que era toda Iberia más
un archipiélago o grupo de islas de diversos tamaños que iban desde las Estelas
de Herakles o Columnas de Hércules hasta las costas noroccidentales de África,
ocupando casi todo el actual Golfo Atlántico o sea, la parte de la Atlántida que
se sumergió bajo el mar por varios cataclismos según Platón. Afirmo también que,
aún existen en España numerosas huellas atlantes perfectamente identificables en
el relato de Platón. Algunas de estas huellas las constituyen monumentos
arquitectónicos de una impresionante magnificencia, erróneamente adjudicados a
los romanos, como el célebre Acueducto de Segovia y el Arco de Medinaceli o
monumentos escultóricos como los Toros de Guizando atribuidos a los celtíberos y
la excepcional colección de bustos de origen prerromano hallada en tierras del
Antiguo Imperio de Tartessos, heredero de la Atlántida y que se conserva en la
Casa-Museo Posada del Moro del Grupo de Empresas P.R.A.S.A. Esto y mucho más
defenderé como teoría científica -jugándome el tipo, y no precisamente por el
camino más fácil- en esta tesis que, sin duda alguna, levantará más de una
acalorada polémica. La mesa está servida.




La verdadera ubicación de la Atlántida. ¿Océano o piélago? 
El primer error

Numerosas son las ubicaciones que se han intentado dar a la enigmática
civilización atlante. Así mismo se la ha querido hallar hasta en los lugares más
inverosímiles. Lo cierto es que la Atlántida ha sido siempre algo verdaderamente
apetitoso para la mayoría de los pueblos de la Tierra. Sin embargo, y para
disgusto de muchos, la Atlántida jamás estuvo en otro punto que no fuera en la
Península Ibérica y el Norte de África, ni tan siquiera en el centro del
Atlántico como habían pensado la mayoría (incluido yo mismo) de los estudiosos.

La teoría de la Atlántida en España parece haberse hecho patente ya desde el
injustamente olvidado historiador español Francisco Amador de los Ríos, padre
del
célebre Juán Amador de los Ríos, quien hizo este reclamo de prioridad teórica al
alemán Adolf Schulten, al que los propios historiadores españoles le adjudicaron
la inmerecida fama de haber sido el primero en defender esta teoría. ¡Hay que
ver
como somos siempre con los nuestros! Esto me recuerda el caso de Marcelino
Seutola, el primer investigador de las célebres pinturas rupestres de Altamira,
quien murió en la vergüenza de haber sido vituperado como falsificador.

Posterior a Schulten todos los que han defendido la teoría no han hecho más que
reincidir, salvo en pequeños detalles, en los mismos puntos. Mención aparte
merecen algunos investigadores como el también injustamente condenado al
ostracismo Mario Roso de Luna -probablemente el mas grande científico y filósofo
de la generación del 98- Juan G. Atienza, Fernández Sánchez Dragó y Yorgue María
Ribero-Meneses. Todos estos investigadores presentan un común denominador, la
creencia en una Atlántida paleolítica y megalítica, autora de las mejores
pinturas rupestres y de los más impresionantes megalitos. Aunque Ribero-Meneses
difiere de ellos en que ha realizado un estudio mucho más profundo desde el
punto
de vista filológico y ha propuesto como sede geográfica de lo que él llama la
primitiva Atlántida a las serranías cántabro-castellanas. 

Hasta hace poco más de un año yo estaba convencido que la Atlántida de Platón
se encontraba en medio del Océano Atlántico, en un punto cercano a las Islas
Azores como muchísimos atlantólogos, mientras que mi amigo y maestro de
polémicas
Ribero-Meneses intentaba hacerme ver lo equivocado que me hallaba. El defendía
que la Atlántida era España misma, pero a mí no me acababan de convencer algunos
de sus métodos de reconstrucción lingüística. Ahora me siento obligado a
reconocer que, al menos, en cuanto a la identificación de la Atlántida con
España, Ribero-Meneses tenía la razón. 

Como buscador de la verdad, sea cual sea y caiga quién caiga, a mí solo me
interesaba descubrir la verdadera ubicación de la Atlántida. La sola lectura del
texto de Platón me infundía una fuerte intuición de que aquello no podía
tratarse
de una mera invención como pretendían fundamentar algunos escépticos. Hacía ya
mucho tiempo que había comprendido que es imposible realizar un estudio serio y
riguroso en materia de Historia y arqueología sin recurrir a las fuentes
primarias, es decir, al texto en su lengua original lo que me llevó a realizar
estudios de lenguas antiguas como el griego, el latín, el egipcio, el fenicio y
el sumerio, entre otras. 

La inmensa mayoría de los que se dedican al estudio del pasado trabajan sobre
fuentes indirectas, sobre información de segunda y tercera mano. De esta manera,
los errores cometidos por los intermediarios son asimilados y trasmitidos en una
cadena de investigadores que se asientan unos encima de otros sin que se decida
acudir, salvo escasas excepciones, a la fuente primera. La autoridad y
competencia de los especialistas académicos antecesores se asume como algo
prácticamenete fuera de toda duda e inapelable en la mayoría de los casos, y es
ahí donde está, precisamente, el mayor peligro para la reconstrucción histórica
del pasado. Y para la búsqueda del saber verdadero.

Así pues, nada más empezar la lectura del texto en griego del Timeo en la obra
de Platón, donde comienza el primer relato sobre la Atlántida me percaté de un
gravísimo error de traducción. Un error, que repetido después hasta la saciedad
-por todos los investigadores intermediarios que no tradujeron directamente del
griego o que no se atrevían a realizar enmiendas- terminó por convertirse en una
verdad incuestionable, que ha traído como consecuencia que muchísimos miles de
seres humanos (entre los que también me encontraba) se hayan creído que la
Atlántida que cita Platón estuviera en el medio del Océano Atlántico. Este
primer
error fue traducir  la palabra griega pelagos (pélagos) -antecedente de nuestra
voz piélago- como océano. Originalmente esta voz griega pélagos significaba
“marisma”, “estanque”, “laguna”, “playa”, como lo demuestran un buen número de
palabras relacionadas dentro de la propia lengua griega, en parientes lejanas
como el lituano y en otras que han mantenido algún contacto histórico como la
fenicia, la egipcia, y el ladino o dialecto judío-español de la España tardo
medieval, donde pélago seguía manteniendo la antigua significación griega de
“balsa” y “estanque” (Pascual Pascual, 1977).

Así, cuando el texto original decía que,

”...Entonces sí se podía atravesar aquel piélago, pues una isla, en efecto,
había delante de la boca a la que vosotros llamáis, y dais a conocer, las
Estelas
de Herakles...”

Los traductores escribieron: 

“...En aquella época, se podía atravesar aquel océano dado que había una isla
delante de la desembocadura que vosotros, así decís, llamáis columnas de
Heracles...”

La palabra pélagos aparece mal traducida en muchos textos y diccionarios
greco-latinos como “mar o alta mar”. Es imposible exponer en este breve espacio
todo el estudio etimológico y lexicográfico que hube de realizar hasta
convencerme de su verdadero y original significado de “marismas”, “playas” o de
lo que hoy conocemos como “archipiélagos” Este estudio etimológico y lingüístico
llega a ocupar todo un capítulo en el libro que he realizado sobre la tesis de
la
Atlántida en Iberia. De todas maneras, si Platón hubiese querido referirse al
océano, sencillamente hubiera usado esta misma palabra, ya que en griego océano
se escribía wkeanos, es decir, ôkeanós.

Por otra parte, una prueba más de que Platón se estaba refiriendo en todo
momento a un conjunto de marismas y archipiélagos lo tenemos en el mismo pasaje
citado cuando al querer expresar la idea de atravesar utiliza la voz griega
poreusimon (poreúsimon) la cual hace referencia a lo relacionado con “pasar” o
“atravesar por tierra”, según demuestra el análisis léxico-etimológico. Si
Platón
hubiese deseado expresar la idea de atravesar por mar o agua habría pues usado
la
voz porqmeuw (porthmeúô) “viajar por agua, estrecho o brazo de mar”.

Sólo después del hundimiento de la Isla-ciudad y de los arhipiélagos donde se
asentaba -no de la Atlántida entera- es que el filósofo ateniense utiliza por
vez
primera en el Timeo una palabra con claro significado marino. Me refiero a la
vos
qalattas (thálattas) “mar”. El texto dice así:

“... y la Atlantis isla desapareció debajo del mar (thálattês) hundiendose. Por
ello, aun ahora el piélago (pélagos) es allí intransitable e inescrutable,
porque
lo impide el fango y los bajos que la isla allí asentada produce...”

Como puede observarse Platón deja bien clara la diferencia entre la palabra
thálattês “del mar” o “de las aguas” y la palabra pélagos, relativa a las “aguas
poco profundas, fangosas y con islas”. Por otra parte, al referirse al mar
Atlántico Platón emplea la voz pontos (pontos) que en la lengua helénica es
utilizada para denominar a los “mares”, mientras que para referirse a lo que
rodea al estrecho y a la isla-ciudad de Atlantis usa siempre la vos pelagos
(pélagos) o sea, “piélago” o “archipiélago”.



Atlántis. ¿Isla, península o ambas cosas?
El segundo error

Uno de los aspectos más importantes en el relato de Platón lo constituye la
correcta identificación geográfica del espacio físico donde acontecieron los
hechos narrados y que tradicionalmente se ha interpretado solo como una isla.
Éste ha sido el segundo error, pues la única palabra usada por el filósofo es la
voz nhsos (nêsos), la cual, además de “isla”, también significó “península” ¡Ya
tenemos una importante clave! (ver Diccionario Griego-Español de José M. Pabón y
D. Eustaquio Echauri). Tanto en el Timaios como en el Kritias se usa unas veces
para la “isla Atlántis”, donde se encontraba la hierópolis o ciudad sagrada
protegida por los anillos concéntricos y otras veces para denominar a la “isla
entera” (nhsos pantas, nêsos pantas). Cada vez que Platón se refiere a la
península suele acompañar la palabra nêsos de pantas o sea “isla entera”, para
así diferenciarla de la “isla-ciudad” a la que llama simplemente nêsos o sea, 
“isla”.

Una prueba contundente del uso de nêsos como península lo tenemos en el hecho
de que en la antigüedad se le llamara a la Península del Peloponeso con este
nombre. Esta península griega es al igual que la Península Ibérica una gran
extensión de tierra rodeada de agua sujeta a la Península Balcánica por una
estrecha franja de tierra. Si observamos bien ambas penínsulas, la Ibérica y la
del Peloponeso son casi idénticas, tanto en la forma como en la orientación de
la
península y del istmo que las une al continente europeo, lo que desde luego
justifica que también Platón halla usado la voz nêsos para denominar a la
Península de Atlantis. Para más ejemplos del uso  y significado de nêsos como
“península” remito al lector a la lectura de mi libro.



El verdadero tamaño de la Atlántida.
El tercer error

Otra de las grandes meteduras de pata que hizo que la Atlántida pareciera a los
arqueólogos académicos, geólogos e investigadores serios una pura invención fue
la traducción también incorrecta del pasaje donde por primera vez se hace
referencia al tamaño aproximado de la Atlántida. Este se halla en la sección 24
e
del Timeo y ha sido traducido de la siguiente manera:

“...Esta isla era mayor que Libia y Asia juntas...”

Cuando en realidad su traducción literal y más aproximada al significado de las
palabras es: 

“...Y esta península, juntamente con Libia, igualmente a Asia en tamaño...”

Lo que podría corregirse en: 

“...Y esta isla-península, junto a Libia, es del mismo tamaño que Asia...”

Como puede apreciar el lector existe una gran diferencia entre la traducción
tradicional y la mía. No es lo mismo una Atlántida “más grande que Libia y Asia
juntas”, lo que significaría todo un continente casi tan grande como
Groenlandia,
que una isla o península que junto a Libia, es decir, sumando ambas superficies,
era tan grande como Asia. Esto último no solo es perfectamente creíble, sino que
encaja de manera correcta con la situación, descripción y dimensiones de la
Península Atlante dadas por Platón. Además de confirmarnos que los piélagos a
los
que tanto se hace referencia ciertamente se expandían hasta las costas de la
Libia, uniendo a través de un archipiélago de islotes ambas tierras: la
Península
de Atlantis y la Libia.

Un último dato más que convincente de la identidad de la Península Ibérica con
la Península de Atlantis lo constituye las dimensiones que se dan en el Critias
sobre la misma. Sólo de la llanura central de la isla entera o península, es
decir, sin contar las montañas del interior ni las islas de los piélagos que se
extendían hacia el atlántico Platón nos habla ¡nada menos que de unos 388.800
km2!, por lo que podemos perfectamente inferir que las dimensiones completas
rebasarían los 584.343 km2 que tiene hoy en día la Península Ibérica. Desde
luego
que se trata de una auténtica península. ¿Y que otra península podría ser esta,
sino es la ibérica?. Como suele decir el célebre paleopatólogo y médico forense
Dr. Ercilio Vento, gran amigo mío: “si camina por el techo y hace miau tiene que
ser un gato, aunque siempre alguien podría decir que es un elefante”. Y de esos
que ven elefantes por gatos andamos sobrados.




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