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Asunto:[biblia] LA ORACION, NUESTRA SEGURIDAD
Fecha:Sabado, 26 de Mayo, 2001  22:38:04 (-0300)
Autor:Jorge Andrés Brugger <jbrugger @...net>

LA ORACION, NUESTRA SEGURIDAD
 
por Ray C. Stedman
 
En el capítulo once de Lucas encontramos la conocida parábola denominada El Amigo
Importuno. Este breve relato surge como resultado de la petición de uno de los discípulos de
Jesús, que le observó orar y le dijo: "Señor, enséñanos a orar. (Lucas 11:1)
 
Me gustaría hacer un estudio de una de las peticiones, a modo de exclamación, que le hicieron a
Jesús. Con frecuencia la gente le hacía preguntas, que generalmente habían sido elaboradamente
complejas, cuidadosamente preparadas y expresadas, planteadas con el propósito de pillarle.
Sin embargo, de vez en cuando hallamos relatos, en los Evangelios, de personas que acudían a
él y sencillamente le preguntaban de sopetón o le planteaban una súplica urgente, que surgía de
lo más hondo de su naturaleza, que había despertado al vislumbrar la gloria de Jesús, al tener
consciencia de una gran posibilidad que el alma necesita y anhela de inmediato con
desesperación.
 
Una de ellas es la petición del joven gobernante que, a pesar de tenerlo todo, riqueza, juventud,
fama y dinero, todo cuanto se puede desear, a pesar de ello al contemplar a Jesús se dio cuenta
que ahí tenía a uno que poseía algo que él no tenía, por lo que acudió a él y le dijo de golpe y
porrazo: "Maestro bueno, ¿qué haré para obtener la vida eterna? (Lucas 18:18). Felipe, al
escuchar esas asombrosas palabras de Jesús despidiéndose de sus discípulos en el Aposento
Alto, incapaz de callarse, exclama: "Señor, muéstranos el Padre y nos basta. (Juan 14:8) Como
es natural, y de manera suprema, en este sentido, tenemos la exclamación del ladrón en la cruz
que, colgado y abrumado por su propia sangre, sufrimiento y agonía, aun se las arregló para
contemplar a Jesús, que se hallaba en un lugar central, en la cruz, y es testigo de que las burlas
acerca de la supuesta realeza no es una burla ni mucho menos, que está realmente ante la
presencia de un Rey, y parece brotar del fondo de su corazón aquel clamor: "Jesús, acuérdate
de mi cuando vengas en tu reino. (Lucas 23:42).
 
Todos estos hombres habían visto algo en el Mesías, y esa gloria sigue brillando en sus ojos al
pronunciar tímidamente estas palabras. Esta es la base de la enseñanza de nuestro Señor acerca
de la oración, esta súplica de sus discípulos: "Señor, enséñanos a orar.
 
En Jesús vieron algo de la poderosa gloria de la oración y estoy convencido de que si nosotros
pudiésemos aprender los secretos de la oración y fuésemos capaces de dominarla como un arte
sencillo (no me refiero a la mecánica, sino a los principios básicos, subyacentes y
fundamentales de la oración), si los dominásemos, tengo la seguridad de que tendría mas valor
para nosotros que el obtener un doctorado de la Universidad de Stanford. No pretendo, al decir
esto, empañar la reputación de la Universidad de Stanford. Si podemos dedicar tres o cuatro
años a obtener un doctorado en filosofía, debiéramos estar también dispuestos a dominar el arte
de la oración.
 
Respondiendo a este clamor, Jesús relató la historia del Amigo Importuno, cuya introducción se
encuentra en Lucas 11:5-7:
 
    Les dijo también: --Supongamos que uno de vosotros tiene un amigo y va a él a la medianoche y le dice:
    "Amigo, préstame tres panes, porque ha llegado a mí un amigo de viaje y no tengo nada que poner delante
    de él. ¿Le responderá aquel desde adentro: "No me molestes: ya está cerrada la puerta, y mis niños están
    conmigo en la cama, no puedo levantarme para dártelos? (Lucas 11:5-7)
 
La relación que tiene este relato con la oración resulta perfectamente evidente. No cabe duda de
que la verdadera oración no se pronuncia nunca a menos que se tenga un sentido de la necesidad
y en la primera nota en la historia Jesús nos dice que se trata de una necesidad acuciante e
imperiosa. Resulta que este hombre acude a medianoche y le dice que acaba de llegar a su casa
un amigo, de viaje, de manera inesperada, y lo cierto es que no tiene nada que ofrecerle en su
casa. Yo tengo la sospecha de que este hombre no se hubiese atrevido a ir a la casa de su amigo
a media noche para que le prestase el pan si hubiera sido porque él hubiese sido el que tenía
hambre, sino que se hubiese aguantado el hambre durante el resto de la noche, pero cuando
llega un amigo de viaje, se produce en él una profunda sensación de necesidad, algo que resulta
evidente basándonos en el hecho de que está dispuesto a ir a la casa de su vecino, después de
que éste ya se ha acostado y le pide pan después de media noche.
 
Algunos incluso han llegado a sugerir que en esta situación hay casi una actitud de audacia.
Alguien ha dicho: "¡Puede que no tuviese sentido, pero sí mucha caradura para acudir después
de media noche a despertar a otra persona que estaba profundamente dormida para que le diese
pan! Pero es evidente, al relatar el Señor esta historia, con una nota de humor en ella (y creo
que fue intencional), que este hombre se siente impulsado por un profundo sentido de su
preocupación. Lo cierto es que no tiene nada que darle al viajero y eso es lo que hace que se
presente en casa de su amigo. ¿Acaso no hay algo que sea tan apropiado como para hacer que
caigamos de rodillas en oración como la petición que nos haga otra persona, solicitando nuestra
ayuda, y seamos dolorosamente conscientes de que no tenemos nada que dar a esa persona?
 
La otra noche sonó mi teléfono después de las diez de la noche. Lo cogí y reconocí la voz de
una persona que hacía relativamente poco que se había convertido al cristianismo, un joven que
había estado creciendo maravillosamente en el amor y la gracia. Había en su voz una nota de
urgente desesperación al decirme que acababa de llamarle su esposa para decirle que iba a
traer a una amiga a casa para hablarle. Su esposa no es aún creyente y, de hecho, ha estado
mostrando cierta resistencia al evangelio, causándole bastantes dificultades por ello, pero ella
se había tropezado con una antigua amiga de la escuela, una maestra soltera, que se había
sentido profundamente sola y desesperada y amenazaba con suicidarse. Aunque la esposa aún
no era creyente, sabía que en el mensaje cristiano había algo que podría ayudar a las personas
desgraciadas y desesperadas y por ello iba a llevar a su amiga a casa para que hablase con su
esposo. Entre tanto, él me llamó para preguntarme qué debía decir y había un tono de
desesperación en su voz al preguntarme: "¿qué puedo decirle a esta mujer?
 
Tal vez esté usted familiarizado con esa extraña y angustiosa sensación que se experimenta
cuando alguien nos pide ayuda y no sabemos qué decir. Se produce de inmediato una sensación
de opresión, casi de terror. "¿Qué voy a decir? Es posible que venga un vecino a tomar café y
de esa visita surge una pregunta o se expone un problema con sinceridad; tal vez un amigo le
hace a usted una pregunta tímidamente de camino a la escuela, o llega una carta en la que hay
una petición urgente. Puede que le invite un amigo a comer y mientras toman el postre le cuenta
una historia muy triste o su hijo viene a casa con un problema de la escuela y está esperando
ansiosamente a que le responda y mientras usted se pregunta: "¿Qué puedo decirle? Lo mejor
que puede hacer es demorar y esperar que haya un momento de tranquilidad durante el cual
pueda usted dirigirse a toda prisa a su Gran Vecino y pueda clamar a él diciéndole: "ha llegado
a mí un amigo de viaje y no tengo nada que poner delante. Esto es algo que sucede con
frecuencia ¿no es cierto? Es precisamente en esos momentos de profunda necesidad cuando
surge la oración y el Señor comienza sobre esta nota.
 
De inmediato pasa a pronunciar una nota de absoluta y profunda seguridad.
 
    "Os digo que, aunque no se levante a dárselos por ser su amigo, ciertamente por la insistencia de aquel se
    levantará y le dará todo lo que necesite. (Lucas 11:8)
 
¡No nos detengamos ahí!
 
    "Y yo os digo: Pedid, y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo aquel que pide
    recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abrirá. (Lucas 11:9-10).
 
Esta es una declaración asombrosa y tiene unas implicaciones extraordinarias. Algunas
personas interpretan el versículo 8 como si el Señor estuviese diciendo que es preciso que
estemos importunando a Dios con nuestras oraciones y como si la única manera para conseguir
algo de él fuese a base de estar continuamente repitiéndole las cosas, persistiendo en oración,
acosándole, como si colocásemos un piquete ante su trono de gracia, hasta que él se de por
vencido y nos conceda lo que le pedimos, pero estoy totalmente seguro de que Jesús está
enseñando todo lo contrario a eso. Tanto en la parábola de la viuda importuna como en esta
parábola del amigo importuno, está sencillamente haciendo uso de un contraste muy gráfico
para enfatizar la verdad que quiere exponer ante nosotros y lo que está diciendo con toda
claridad, de una manera inconfundible, es que Dios no es como ese vecino soñoliento, reacio a
ayudar, que no quiere levantarse de la cama.
 
En ocasiones achacamos el motivo de nuestro fracaso, con respecto a la oración, a esta
suposición de que no hemos sido lo suficientemente persistentes. Sentimos que la oración
resulta fastidiosa, difícil y desagradable, por lo que sencillamente decimos: "Sé que debería
orar mas, sé que si lo hiciese, sucederían mas cosas porque estamos obsesionados con esta idea
de que Dios es un Dios reacio, al que es preciso presionar para conseguir las cosas. Pero Jesús
dice que no es ese el caso. El único posible significado que le podemos dar a los versículos 9 y
10 es que Dios da de manera voluntaria, gratuitamente, sin fallar, a cada hijo que acude a su
presencia. "Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá.
 
Y los versículos 11 y 12 solo pueden significar que él no nos provoca dándonos una falsa
esperanza en la oración:
 
    "¿Qué padre de entre vosotros, si su hijo le pide pescado, en lugar de pescado le dará una serpiente? O si le
    pide un huevo, le dará un escorpión? (Lucas 11:11-12).
 
Lo que está diciendo es que Dios no hace que depositemos una falsa esperanza en la oración, no
da de manera caprichosa o vengativa, sino que quiere decir exactamente lo que dice. Usted,
como padre terrenal, no daría de esa manera y Dios tampoco lo hace, eso es lo que está
diciendo precisamente.
 
Tome buena nota de lo que dice, porque en el versículo 9 sugiere que existen tres niveles en
relación con la oración: pide, busca y llama.
 
Fíjese muy bien en estos tres diferentes niveles de la oración. Las circunstancias de cada una
son totalmente distintas, pero la respuesta es siempre la misma y es, precisamente, lo que está
diciendo Jesús.
 
Como es natural, el nivel mas sencillo y fácil es el pedir. Lo que quiere decir es que hay ciertas
necesidades que requieren sencillamente que pidamos para que sean inmediata e
invariablemente suplidas, y el alcance de estas necesidades es mucho más amplio de lo que
normalmente nos imaginamos. Por ejemplo, leyendo en el Nuevo Testamento, resulta claro que
nuestra necesidad de poseer atributos semejantes a los el Mesías (o Cristo) pertenece a esta
categoría. Si necesitamos amor, valor, sabiduría, poder, paciencia, todas pertenecen a este
ámbito. No tenemos mas que sencillamente pedir y la respuesta nos será dada de inmediato.
¿No es eso lo que dice Santiago: "Si alguno de vosotros le falta sabiduría ¿qué dice? "pídala a
Dios, quien da a todos con liberalidad y sin reprochar ¿y qué sucederá? "y le será dada. (San.
1:5) Eso es todo, le será dada. Pida, pues, y le será dado. Pero alguien protesta diciendo: "Ya
lo he intentado. No hace mucho me encontré en una situación que sentía que no podía resolver,
de modo que de inmediato me puse a orar y le dije: "Señor, ayúdame, dame sabiduría pero no
pasó nada y empecé a decir las cosas mas tontas e insensatas. No funcionó. Deténgase un
momento, ¿acaso es Dios un mentiroso? ¿Nos dice que nos va a dar algo y luego no nos lo da?
¿Es como un padre, un padre malvado, cruel y vicioso, que cuando le pedimos un huevo nos da
un escorpión o cuando le pedimos un pescado nos da una serpiente? No, la cuestión no es decir:
"¿nos lo ha dado? sino "¿lo hemos recibido? ¿Actuó usted con fe, creyó usted en Dios al pedir?
¿Se lo ha apropiado usted? Recuerde que Santiago continua diciendo:
 
    "Pero pida con fe, no dudando nada. Porque el que duda es semejante a una ola del mar movida por el viento
    y echada de un lado a otro. No piense tal hombre que recibirá cosa alguna del Señor. El hombre de doble
    ánimo es inestable en todos sus caminos. (San. 1:6-8).
 
Dios concede todos los dones sobre la base de la fe, no de la incredulidad. El problema aquí es
¿qué hacer una vez que se ha hecho una petición? ¿Qué esperaba usted al pedirle a Dios
sabiduría? ¿De qué modo creía usted que se la daría? ¿Esperaba usted un sentido de la
sabiduría, algo así como si su cerebro se aclarase o se produjese un aumento de poder, de
manera que viese usted todas las respuestas con toda claridad? ¿Estaba usted esperando un
sentimiento de poder, como si fuese un arrollo burbujeante, que descendiese por su columna
vertebral hasta llegar a la punta de los nervios? ¿Era eso lo que esperaba usted? No, la fe da
por sentada la respuesta porque Dios es fiel y El nos da. Cuando le pedimos, damos por hecho
que él nos ha dado y vamos adelante con lo que planeábamos hacer, pronunciando la palabra
que viene, contando con el hecho de que es la palabra de sabiduría o de poder o de paciencia, o
lo que sea que necesitamos. A Dios le encanta que confiemos en él, pero solo la fe puede
apoderarse de lo que él nos da y cuando la fe es real la necesidad queda invariablemente
suplida. Eso es lo que está diciendo Jesús: pedid y se os dará. No dice que va a ir acompañado
de ninguna clase de sentimientos, ni de señales ni de emociones. Sencillamente delo por hecho,
dele gracias a Dios, y la respuesta estará ahí.
 
El segundo nivel de la oración se caracteriza por la palabra "buscad. Pedid, buscad. Usted no
puede imaginarse lo que significa buscar sin darse cuenta de que el Señor introduce un elemento
de tiempo. El buscar no es un acto sencillo, es un proceso, una serie de actos. Todas las madres
saben que los esposos y los hijos se imaginan el buscar como un solo acto. Se colocan en medio
de una habitación y abarcan con una sola mirada todo lo que está a su alrededor, buscando el
objeto perdido y luego piden ayuda. "Mamá, ¿dónde está tal y tal cosa? Y la madre viene, abre
los cajones y cambia las botellas de lugar o levanta el papel y ahí está lo que buscaban. (Estoy
convencido de que mi esposa es toda una experta en juegos de manos, porque no entiendo cómo
un objeto puede aparecer de repente en el lugar donde ella está buscando y yo acababa de
buscarlo y no lo he visto.)
 
El buscar implica un proceso y Jesús dice que hay aspectos de la vida que requieren algo más
que pedir; debemos de buscar. Algo se ha perdido, está oculto para nosotros, y la oración se
convierte entonces en una búsqueda, en una súplica pidiendo discernimiento para entender, para
que el misterio con el que nos enfrentamos quede revelado. Una vez más, la respuesta es
absolutamente segura. ¡Buscad y hallaréis!
 
Tenemos un ejemplo de esto en el conocido incidente que se produjo en la vida del Apóstol
Pablo, que padecía un terriblemente doloroso mal al que se refiere como un "aguijón en la carne
(2ª Cor. 12:7) que debía ser alguna incapacidad física que le atormentaba, como un bofetón, y le
limitaba o al menos era lo que él sentía. En tres ocasiones pidió que fuese eliminado, lo pidió,
pero siguió sintiéndolo y no obtuvo respuesta. De modo que el apóstol, evidentemente instruido
en estas cosas de Dios, se dio cuenta de que aquella no era la clase de cosa que desapareciese
con pedirlo, que tenía que realizar una búsqueda y la manera como lo expresa en el capítulo 12
de segunda Corintios da a entender que la respuesta la recibió mientras esperaba. Mientras
estaba meditando y buscando esa cosa, esperando en Dios, recibió la respuesta "bástate mi
gracia, porque mi poder se perfecciona en tu debilidad. (2ª Cor. 12:9).
 
¿Qué había conseguido la oración? Había derribado la misteriosa barrera, el aparente muro de
silencio con el que se enfrentaba el apóstol cuando pedía que aquel mal fuese eliminado de su
vida. Mientras oraba al respecto le fue iluminada la mente y empezó a ver algo mas en todo
ello, vio tras la situación los propósitos de Dios y resultaban de tan tremendo valor que
exclamó: "de buena gana, Señor, soportaré este trastorno físico a fin de que los grandes y
perdurables valores de este sufrimiento no se pierdan en mi en Jesucristo. De modo que la
oración de búsqueda obtuvo una respuesta. No tenemos necesidad de seguir sumidos en la
confusión y la inseguridad en relación con estos aspectos desconcertantes de la vida: estas
circunstancias desagradables, difíciles, para las que la solución definitiva se demora mucho.
Ante esa clase de problema la palabra es buscar. "Buscad y hallaréis. La respuesta es
absolutamente segura.
 
Existe un tercer nivel, el que hace preciso el llamar, en el cual se dan tanto el concepto de
tiempo como el de repetición. El llamar no es dar un golpe, sino una serie e ellos. Es una
petición de acceso, que de ser necesario se repite, y sugiere situaciones en las que buscamos la
entrada o una oportunidad. Puede que a lo mejor alguien ha erigido una barrera en contra de
nuestro testimonio o de nuestra amistad y estamos intentando vencer esa situación, deseamos
llegar detrás del muro de resistencia y tener la oportunidad de hablar con libertad y
abiertamente, o compartir o introducirnos en una vida, pero para eso es preciso llamar. Tal vez
sintamos un deseo inquebrantable de comenzar una obra o un ministerio determinado, del que
actualmente nos vemos excluidos. Deseamos ardientemente introducirnos en ese área, sentimos
que Dios nos está guiando y llamando, a que seamos una cosa o a que hagamos algo muy
concreto y eso requiere llamar. Tenemos verdadera hambre, tal vez, por adquirir un
conocimiento o una amistad o, como dice la Palabra de Dios tenemos: "hambre y sed de justicia
(Mateo 5:6). Estamos buscando una oportunidad, una entrada en un área que ahora nos está
vedada y eso hace necesario que llamemos. Venimos ante la presencia de Dios y pedimos osada
y repetidamente, haciendo cada vez un intento por entrar, porque descansamos en la seguridad
inquebrantable de que lo que dice Jesús aquí es verdad: "llamad y se os abrirá.
 
Tenemos un ejemplo extraordinario y preciso de ello en la epístola de Pablo a los Romanos, en
el primer capítulo. Al escribir a estos queridos amigos, a muchos de los cuales no había
conocido nunca personalmente, sino que les conocía solamente por la reputación de ellos, dice
en los versículos 9 y 10:
 
    "Porque Dios, a quien sirvo en mi espíritu en el evangelio de su Hijo, me es testigo de que sin cesar me
    acuerdo de vosotros siempre en mis oraciones, rogando que, si de alguna manera por la voluntad de Dios,
    por fin yo sea bien encaminado para ir a vosotros. Porque deseo veros para compartir con vosotros algún
    don espiritual a fin de que seáis afirmados. Esto es, para ser animado juntamente con vosotros por la fe que
    nos es común a vosotros y a mí. (Rom. 1:9-12)
 
Aquí tenemos un terreno en el que deseaba introducirse, pero se sintió repetidamente frustrado,
aunque siguió intentándolo, sabiendo que al que llama se le abrirá. "Sin cesar dice, "rogando
que, si de alguna manera por la voluntad de Dios, por fin yo sea bien encaminado para ir a
vosotros. Y el libro de Hechos nos dice que por fin lo consiguió, yendo un día como prisionero
encadenado. Seguro que no se imaginaba que iría de ese modo, pero lo hizo. Dios le llevó a
Roma y desde la celda de su cárcel en Roma surgieron las mejores epístolas que jamás escribió
el apóstol, aquellas a las que llamamos sus "Epístolas de la cárcel. El orar no es sencillamente
pedir, es también buscar y llamar, pero la respuesta es invariablemente la misma. "Porque todo
el que pide recibe, el que busca halla y el que llama se le abrirá.
 
Ahora bien, si la oración empieza con la necesidad y procede a la seguridad, no cabe duda
alguna de que acaba con una nota de habilidad, como se nos dice en el versículo 13:
 
    "Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenos regalos a vuestros hijos, ¿cuánto mas vuestro Padre
    celestial dará el Espíritu Santo a los que le pidan? (Lucas 11:13)
 
Este es uno de los pasajes de las Escrituras que mas se han mal interpretado y con frecuencia se
cree que se refiere al hecho de que el Espíritu Santo moraba inicialmente en el corazón humano.
Algunas personas se han dejado llevar por este pasaje a sentir que es posible ser creyente y no
tener el Espíritu Santo, y tal vez años después de haberse convertido deben pedirle a Dios que
les de el Espíritu, pero ese no es, ni mucho menos, el significado de este pasaje. Tanto Juan
como Pablo dejan muy claro, diáfanamente claro, que el Espíritu del Mesías, el Espíritu Santo,
lo recibimos el momento mismo en que creemos en Jesús como Mesías. De ello hallamos
constancia en el evangelio de Juan, en el que se nos dice que en el último día de la fiesta Jesús
se puso en pie y clamo:
 
    "Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dicen la Escritura, ríos de agua viva
    correrán de su interior. (Juan 7:37b).
 
Y Juan añade de inmediato:
 
    "Esto dijo acerca del Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él. (Juan 7:39).
 
Y Pablo dice en 1ª Corintios 12:
 
    "Porque por un solo Espíritu [todos los creyentes] fuimos bautizados todos en un solo cuerpo [en el de Jesús el
    Mesías]. (1ª Cor. 12:13)
 
El Espíritu de Dios no se introduce por una invitación inicial. ¡Esta palabra acerca de pedir el
Espíritu no va dirigida a los no creyentes, sino a los creyentes que ya tienen al Espíritu Santo!
Esa es la paradoja del Cristianismo, aunque es cierto que todos los creyentes tienen al Espíritu
Santo morando en su interior, también es cierto, y no estamos diciendo ninguna tontería al decir
esto, que necesitamos estar siendo continuamente llenos del Espíritu Santo. Es decir, no
necesitamos que vuelva a entrar en nuestro interior, sino someternos y permitir que obre en
nosotros y tenga el señorío en nuestras vidas. Toda satisfacción de una necesidad es, por lo
tanto, una actividad del Espíritu Santo. Es por ello que Jesús concluye este revelador pasaje
sobre la oración recordándonos que es preciso que todo creyente este continuamente pidiendo y
recibiendo el fluir del poder del Espíritu, que es lo único que le permite hacer cualquier cosa a
la vista de Dios.
 
Como ejemplo de ello, quiero hacer referencia a la vida de Oswald Chambers. Muchos de
ustedes tendrá su gran libro devocional "My Utmost for His Highest y otros libros que ha
escrito. Oswald Chambers era profesor de filosofía en la Facultad de Dunoon en Inglaterra. Era
un verdadero cristiano, no hay duda alguna acerca de ello. Su fe en el Mesías como su Salvador
era sincera e inconmovible, pero, al seguir su vida como creyente, sintió una gran convicción de
que, aunque sabía que era creyente, también sabía que era un creyente lamentablemente torpe,
con frecuencia derrotado, y tristemente desilusionado. Este sentimiento de desesperación y
derrota continuo hasta llegar a un punto culminante. Tuvo lugar cuando fue a visitar la Facultad
el Dr. F.B. Meyer, un hombre poderosamente usado por Dios en la proclamación de una vida
llena del Espíritu. Durante la visita del Dr. Meyer, que predicaba acerca del Espíritu Santo, se
produjo un despertar en el corazón de Oswald Chambers, se dio cuenta de que su vida, a pesar
de ser creyente, era una vida de derrota, algo que explica con estas palabras: "Si esto es todo lo
que tiene que ofrecer el Cristianismo, si he obtenido todo cuanto ofrece, esto es un fraude pues
sentía una gran hambre y deseaba mas de Dios.
 
En una ocasión el Dr. Meyer habló acerca de este mismo versículo, Lucas 11:13, y Oswald
Chambers dice que le tocó el corazón con gran poder. "Cuanto mas vuestro Padre celestial dará
el Espíritu Santo a los que le pidan. Se produjo una breve, pero intensa lucha en su mente y al
final sencillamente reaccionó ante el versículo diciendo: "Está bien, Señor. Te pido que mes
des el Espíritu Santo y lo recibo. Lo recibo de ti por fe a partir de este momento. El resultado
no fue nada emocional. No hubo ninguna sensación de poder, ni de visión, no tuvo una
conciencia mas profunda de Dios, ¡nada! El próximo paso fue contárselo todo a un amigo y
durante la charla, el amigo le recordó que Jesús había dicho: "recibiréis poder después de que
el Espíritu Santo venga sobre vosotros y que esto es sencillamente un don del Señor, que se ha
de recibir y aceptar, eso es todo. Oswald Chambers dijo que sintió como una especie de rayo, y
fue repentinamente consciente de que lo que estaba pidiendo era que Dios le diese una
sensación de poder, de modo que la pudiese coger con su mano, por así decirlo, y pudiese
decir: "mira, esto es lo que he obtenido colocándolo todo en el altar y dijo: "me di
sencillamente cuenta de que Dios quería que yo, después de habérselo pedido, lo recibiese
simplemente por fe, y ese poder estaría ahí. Sería algo que solo vería volviendo la vista atrás,
pero debía de contar con el hecho de que Dios estaría conmigo para hacerlo. Cinco años
después dejó constancia escrita de los resultados contando:
 
Si los cuatro años anteriores de mi vida no habían sido otra cosa que un infierno, los últimos
cinco han sido como si esto fuese el cielo en la tierra. Todo abismo doloroso de mi corazón ha
sido llenado por el amor de Dios que fluye en él. El amor es el comienzo, el centro y el fin.
 
¿Significa esto que el Espíritu Santo no había estado presente en el corazón de Oswald
Chambers antes de esta experiencia? ¡Claro que no! ¿Cómo podía ser un creyente si no? ¿Cómo
podía darse cuenta de que Jesús el Mesías era suyo, a menos que el Espíritu diese testimonio a
su espíritu de que era hijo de Dios? Lo que sucedió fue que entregó voluntariamente el control
de su vida al Espíritu Santo para que dirigiese sus actividades, y aceptó que la Palabra de Dios
era prueba suficiente de que todo sucedería al caminar y seguir adelante apoyándose en esa
promesa. Como diría Samuel Shoemaker, salió del reino marginal de la vida llena del Espíritu,
al río caudaloso del Espíritu Santo, que fluía con poder.
 
Eso es precisamente lo que significa este versículo. Es preciso tener poder para ser capaces de
vivir la vida cristiana. Supongo que lo sabe ¿verdad? Hace falta valor para eliminar de nuestra
vida todo engreimiento y egoísmo y poder para mantener siempre al Mesías en el centro de
nuestra existencia. Este poder no se recibe sencillamente apretando los dientes con gran
esfuerzo para lograrlo. Se consigue pidiendo y tomando continuamente, orando con fe y sin
cesar, diciendo: "Señor, tómame, tómame de verdad, Señor y esperar que él lo haya hecho.
Cuando lo hacemos, Dios graba en nosotros sus marcas de poder y nos envía como epístolas
vivientes para que otros hombres las puedan leer y conocer.
 
Oración
 
    Señor Jesús, en este momento, pedimos que estas palabras puedan brotar de nuestro
    corazón con un significado fresco y vital, para que veamos que existe una amplia y gran
    experiencia de tu bendición y poder ante nosotros y esperando sigamos adelante,
    basándonos solo en tu palabra, sabiendo que hay cosas que tenemos que pedir y recibir
    inmediatamente de tu mano, otras en las que tendremos que buscar e incluso otras en las
    que tendremos que llamar y esperar, volver a llamar, sabiendo que en cada uno de esos
    casos, sin excepción, tu palabra es segura y tu respuesta es verdad. Nos será dado,
    hallaremos y nos será abierto. En el nombre de Jesús, amen.