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Asunto:[biblia] LA NATURALEZA DE LA ORACION
Fecha:Domingo, 20 de Mayo, 2001  23:30:49 (-0300)
Autor:Jorge Andrés Brugger <jbrugger @...net>

LA NATURALEZA DE LA ORACION
 
por Ray C. Stedman
 
Dijo también esta parábola a unos que confiaban en sí mismos como que eran justos y
menospreciaban a los demás: "Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; y el
otro publicano. El fariseo, de pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias
que no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano.
Ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que poseo., Pero el publicano, de pie a
cierta distancia, no quería ni alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo:
"Dios, sé propicio a mí, que soy pecador. Os digo que éste descendió a casa justificado en
lugar del primero. Porque cualquiera que se enaltece será humillado, y el que se humilla será
enaltecido. (Lucas 18:9-14)
 
Nuestro estudio, que se encuentra en el capítulo dieciocho de Lucas, sigue al pasaje de la
parábola de la viuda importuna.
 
En esa parábola nuestro Señor no se anda con rodeos acerca de la necesidad de la oración, sino
que lo expresa sin ambages: es preciso que los hombres o bien oren o desmayen, no hay ninguna
otra opción. Si estamos orando, no desfalleceremos y si desfallecemos, por mucho que nos
esforcemos en pensar de otro modo, no estamos orando, porque el Señor lo expresa basándose
en el concepto de la opción, o lo hacemos o de lo contrario ya sabemos lo que pasa.
 
La pregunta que todos debemos hacernos con sinceridad es: ¿Me siento desfallecer? ¿Me estoy
quedando sordo? ¿Me resulta la vida deprimente, sin brillo y frívola, todo superfluo y sin
profundidad? ¿Me siento aburrido, sin desafíos que afrentar o derrotado? Si así es como nos
sentimos, significa que no estamos orando, pero usted dirá: estoy orando, oro treinta minutos
cada mañana y diez minutos cada noche y además soy uno de los pocos que acude fielmente
todos los miércoles por la noche a las reuniones de oración, pero a pesar de ello la vida no me
resulta satisfactoria, no estoy realmente viviendo. O tal vez se encuentre usted entre aquellos
que tenemos que agachar la cabeza cuando se menciona el tema de la oración y tenemos que
confesar sinceramente que hay poco lugar para la oración en nuestra vida. Nos cuesta trabajo
orar, nos resulta fácil olvidarnos y encontrar otra cosa que hacer.
 
Al llegar a este punto me resultaría fácil sermonearle, llevando a cabo una campaña cuyo
propósito sería el conseguir que la oración ocupe un lugar mas preponderante en su vida. Me
imagino que podría cargar las tintas, basándome en las Escrituras, y caer sobre usted sin
misericordia, desde mi punto ventajoso, muy por encima de toda crítica, dejándole a usted
agonizante y sumido en la más dolorosa convicción. Tal vez algunos de ustedes se marchen
dispuestos a realizar un mayor esfuerzo por dedicar un lugar mas importante a la oración en su
vida y si lo hiciesen, estoy segurisimo de que no pasaría mucho tiempo antes de que fuesen
ustedes consciente, como es posible que ya lo sean, de que esa no es la respuesta, que no ha
cambiado nada en realidad. Por lo tanto, el dedicar mas tiempo a la oración no es
necesariamente la solución.
 
¿Es posible que nuestro Señor esté equivocado al respecto (como algunos de nosotros
posiblemente estemos pensando subconscientemente) al decir que debemos o de orar o
desfallecer? ¿Es realmente tan importante? ¿Acaso no estamos orando y a pesar de ello
desfallecemos? El problema no consiste en que necesitemos mas de la misma clase de oración a
la que estabamos acostumbrados. Si nuestra vida resulta aburrida y monótona no se trata de que
nos busquemos en nuestro atareado horario mas tiempo para la oración. Pero lo que sí
necesitamos con desesperación es descubrir la verdadera naturaleza de la oración, porque la
auténtica oración no es algo difícil, sino que es algo natural, instintivo que brota con facilidad.
Jesús dice que esta clase de oración es la clave del poder y la gloria de Dios.
 
El realiza enormes esfuerzos por aclarar en la parábola anterior que Dios no es como el juez
injusto, acerca de la cual habla. Dios no demora la respuesta a la oración ni va a dejar de
cumplir su palabra ni se hace el sordo. No necesita que le convenzamos ejerciendo presión
sobre él, como si estuviésemos organizando una huelga delante de su trono, pero la verdadera
oración es, sin embargo, el único canal de que dispone el hombre para llegar al afán de Dios
por ayudarnos y bendecirnos. Por lo tanto, Jesús pasa directamente de esta discusión a la
necesidad de la oración, en la parábola de la viuda importuna, a la parábola del fariseo y el
publicano, mediante la cual enseña acerca de la naturaleza de la auténtica oración debiendo
estudiarse juntas estas dos parábolas.
 
Podríamos llamar a esta parábola La Parábola de los Dos Oradores porque comienza con estas
palabras: "Dos hombres subieron al templo a orar. El propósito de que nuestro Señor relate
esta parábola no es explicar lo que es la propia justicia, aunque no cabe duda que forma parte
del relato, sino que sigue con el tema de la oración y nos está diciendo en qué consiste la
verdadera oración. Es más, la estructura de esta parábola, como en el caso de la otra, es una de
contrastes. Nuestro Señor está enseñando la verdad comparándola y colocándola junto al error,
y al ser conscientes del error podemos, por contraste, entender y comprender la verdad.
 
En esta breve parábola el fariseo era un hombre de oración, que oraba con frecuencia y
meticulosamente, sin jamás pasarla por alto. Era fiel en la oración, pero su oración era
completamente equivocada.
 
Al contemplar este retrato, captemos las lecciones que Jesús quiere darnos.
 
Contemplando al fariseo queda claro lo que no es la oración y nos damos cuenta de que hay una
manera de orar que no es realmente orar. Este hombre asume la postura indicada para la
oración. Jesús dijo que se puso en pie, con los brazos extendidos y los ojos elevados al cielo.
¡Entre los judíos, esta era la postura ordenada para orar. ¡Pero, dice Jesús, oraba consigo
mismo de esta manera! ¡Qué perspicacia tan aguda! No estaba orando a Dios, ¡estaba orando a
sí mismo! No había nadie al otro lado del teléfono. En otras palabras, esa oración era una
completa pérdida de tiempo. Tal vez estaba haciendo lo que algunos escritores modernos nos
animan a hacer, diciendo que esa es la verdadera naturaleza de la oración, es decir,
comunicarse con el hombre interior. ¡No hay duda que no estaba llegando más arriba! No estaba
relacionandose con Dios, ese es un punto que nuestro Señor deja perfectamente claro.
 
Pero ¿qué es esta enseñanza negativa acerca de la oración?
 
Para empezar, está claro que no estamos orando cuando nos acercamos a Dios impresionados
por nuestras propias virtudes. Este hombre se puso en pie y oró diciendo:
 
    Dios, te doy gracias que no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este
    publicano.... (Lucas 18:11)
 
No cabe duda de que se sentía positivamente impresionado por lo que consideraba que era su
derecho para atraer la atención de Dios, sintiendo que había que agradecerle a Dios que
hubiese creado a semejante extraordinario espécimen de humanidad y si nadie estaba dispuesto
a hacerlo, él mismo se encargaría de ello. ¡Qué hombre tan extraordinario no quede sin
reconocimiento sobre la faz de la tierra! Puede que nos riamos al escuchar su oración, pero ¿no
reflejamos inconscientemente la misma postura?
 
Durante una serie de años he hecho de escuchar a los cristianos orar, incluyéndome a mi mismo,
en una distracción personal. Con frecuencia resulta una experiencia de lo más humorística y en
ocasiones de lo mas lamentable. ¿Acaso no oramos con frecuencia de la siguiente manera:
"Señor, no me echarías una mano para que pueda realizar esta tarea? Lo que queremos decir
con estas palabras es "contribuiré con mi habilidad para organizar, mi habilidad para ejercitar
el liderazgo, mis talentos a la hora de cantar o de hablar y luego tú, Señor, ¿quieres obrar la
magia necesaria del poder del Espíritu, para que tú y yo juntos podamos obtener un gran éxito?
En otras palabras, al orar aplicamos la filosofía "yo haré lo mejor que pueda y dejaré que Dios
se ocupe del resto. No es que le excluyamos a él y digamos "yo lo puedo hacer todo pero sí
decimos "Señor, tengo una parte que contribuir, que tú necesitas con desesperación, y estoy
dispuesto a hacer mi parte en esta empresa si tú te encargas del resto. Tú debes de hacer algo,
pero yo también tengo que hacer algo.
 
Quiero hacer notar al lector que la mayoría de las oraciones hechas por los creyentes las hacen
sobre esta base. Algunas veces la virtud que planeamos contribuir al programa de Dios es la de
la humildad. Entre los cristianos existe una clase de fariseismo inverso, que se expresa de un
modo parecido a este: "gracias a Dios que no soy tan orgulloso como lo es el fariseo como si
fuésemos absolutamente detestables, adoptando la postura totalmente contraria, balbuceando
acerca de nuestras faltas y nuestros pecados. Decimos: "Señor, soy un extorsionista, soy injusto
y además un adultero, cometo fornicación dos veces a la semana, lo admito. No me engaño a mi
mismo, soy lo suficientemente honesto como para admitir que soy un sinvergüenza. Con esas
palabras pretendemos impresionar a Dios con nuestra honestidad y humildad, pero por
desgracia, esta forma pía de fariseismo se encuentra con frecuencia entre la comunidad
cristiana, tal vez no hasta ese grado, pero si de la misma clase.
 
Pero la verdad pura y sencilla es que no poseemos virtudes propias, ni mucho menos y no
tenemos absolutamente nada que contribuir a la causa de Dios. Estamos orando cuando estamos
en la bancarrota, si es que somos sinceros con nosotros mismos, olvidando que esos mismos
talentos con los que nos identificamos, esas habilidades para el liderazgo, para hablar o para
cantar, no son otra cosa que dones que nos ha concedido Dios.
 
¿No resulta extraño la facilidad con que nos identificamos con nuestras virtudes y negamos la
menor identificación con nuestras faltas? Culpamos a todo el mundo de nuestros fracasos, pero
cuando se trata de éxito entonces nos merecemos todo el mérito.
 
Pero son tantas las cosas que olvidamos. Nos olvidamos de la gracia de Dios, que actúa como
escudo y que nos ha salvado de algunas de las espantosas cosas en las que otros han caído y por
las cuales les miramos por encima del hombro. Nos olvidamos de que el motivo por el que no
nos hallamos en el lugar de ese pobre desgraciado, que es culpable de cosas tan malvadas y
repugnantes, es sencillamente debido a que nunca hemos estado expuestos a ellas. ¿Estamos
realmente seguros de que nosotros no hubiésemos caído también, de haber estado en el lugar de
esa persona? De hecho, nos olvidamos de algunas cosas que están presentes en nuestras vidas,
como puedan ser nuestras sutiles manipulaciones o nuestros deliberados engaños, nuestras
falsas simpatías y nuestros dudosos arreglos en los negocios. ¡Con cuánto cuidado recordamos
nuestros valores y virtudes, nuestras buenas cualidades!
 
¿Cómo nos las arreglamos para tener tan buena opinión de nosotros mismos? Al igual que lo
hizo este fariseo, miramos, desde nuestra postura, hacia abajo. El fariseo estaba en pie y vio,
por el rabillo del ojo, a aquel recaudador de contribuciones al otro lado y de inmediato hizo
que se sintiese una persona virtuosa. "Señor, te doy gracias porque no soy así y no hago ninguna
de esas cosas. Había adoptado una postura ventajosa, que le permitía mirar con desprecio a
otra persona porque siempre es posible encontrar a alguien que está mas abajo, en la escala de
la moral humana, de lo que estamos nosotros, ¡y que gran consuelo son esas personas para
nuestro corazón! Por eso es por lo que nos encanta cotillear, si no ¿qué otra cosa podría
explicar lo mucho que disfrutamos clavandole los dientes, por así decirlo, a la reputación de
otra persona y pasándonoslo bien con los deliciosos chismes sobre una vida deteriorada? Es
sencillamente porque hace que nos sintamos superiores, nos deleitamos en criticar a otras
personas porque nos hace sentirnos mas virtuosos.
 
Esta es la terrible situación que nos presenta Jesús describiendo al fariseo. Dice que cuando
oramos adoptando esa postura, cuando nos acercamos a Dios desde ese nivel, cosa que
hacemos con mucha frecuencia, estamos orando con nosotros mismos. No existe una oración
auténtica y nuestras piadosas palabras, nuestras frases perfectamente pronunciadas, nuestro
enfoque totalmente contrario a las Escrituras y nada ortodoxo, no tiene el mas mínimo valor.
Estamos orando obsesionados por nuestras propias virtudes.
 
Jesús nos dice además, cuando le pedimos a Dios ayuda en aquellas cosas que hemos logrado,
que eso no es orar. El fariseo dijo que ayunaba dos veces a la semana, lo cual era el doble de lo
que requería la Ley y además daba diezmos de todo lo que tenía, que también era mas de lo que
exigía la Ley, pero el fariseo esperaba que Dios actuase porque estaba seguro de que no podría
negarse a hacerlo en vista de sus antecedentes y el fiel servicio que le estaba mencionando.
 
¿Y acaso nosotros no oramos continuamente como si Dios nos debiese algo? Escúchese a sí
mismo haciendo una oración:
 
    "Señor, llevo diez años enseñando fielmente en la Escuela Dominical y seguro que ahora no te puedes negar
    a hacer algo por mi. "Señor, he estado intentando ser un buen padre (o madre) y he hecho lo mejor que he
    podido, así que ahora que mis hijos están pasando por esos difíciles años de la adolescencia no permitas que
    se aparten. "Señor, he renunciado a tanto por ti, así que ahora dame esta pequeña cosa que te pido.
 
Es evidente que todavía queda mucho fariseismo en nosotros, ¿no es cierto? "Pero alguien dirá,
"¿acaso no dice Hebreos 6 que Dios no es injusto para olvidarse de nuestra obra de amor? Sí,
es cierto, pero si nos acercamos a Dios defendiendo esa idea, hemos mal interpretado la
naturaleza de la oración y no hemos entendido cuál es la clave del poder de Dios.
 
¡Qué reveladora es la historia de un matrimonio misionero que había estado trabajando en
Africa durante años, en los tiempos en que Teddy Roosevelt era Presidente de los Estados
Unidos. Regresaban de Africa a Nueva York a retirarse, sin tener ningún plan de pensiones
porque no pertenecían a ninguna Junta Misionera. Su salud estaba deteriorada, se sentían
derrotados, desanimados y asustados. Cuando fueron al puerto a embarcar, descubrieron ante su
asombro que tenían reserva en el mismo barco que Teddy Roosevelt, que regresaba de una de
sus grandes expediciones de caza mayor. Embarcaron y nadie les prestó la más mínima
atención. Se quedaron contemplando todo el tremendo bombo que acompañaba la llegada del
Presidente, cómo tocaba la banda al subir el presidente a bordo, y todo el mundo estaba
emocionado pensando en viajar en el mismo barco que el Presidente de los Estados Unidos.
Había pasajeros que se situaban en los lugares más estratégicos del barco para poder ver si
conseguían echarle ojo a aquel gran hombre.
 
Al ir el barco deslizándose por el mar, aquel matrimonio se sintió cada vez mas desanimado,
especialmente el marido, que le dijo a su esposa: "Querida, algo no está bien. ¿Por qué hemos
entregado nosotros toda nuestra vida a servir fielmente a Dios en Africa y a nadie le
importamos lo mas mínimo, pero aquí tenemos a un hombre que ha participado en una gran
expedición de caza y cuando regresa todo el mundo se desvive por él, pero en cambio nosotros
no le importamos un comino a nadie? La esposa le contestó: "cariño, no deberías sentirte de ese
modo. Intenta no amargarte por ello a lo que él le contestó: "No lo puedo evitar, es que no lo
puedo evitar, no me parece justo. Después de todo, si Dios es quien gobierna este mundo, ¿por
qué permite semejante injusticia?
 
Al acercarse el barco a la costa de los Estados Unidos, su espíritu se fue deprimiendo mas y
mas y le dijo a su esposa: "Me apuesto a que cuando lleguemos a Nueva York habrá otra banda
y mas revuelo por su llegada, pero no habrá nadie esperándonos. Y acertó, cuando llegó el
barco y atracó en el puerto, se encontraron con que había una banda esperando para recibir al
Presidente. El alcalde de la Ciudad de Nueva York estaba allí con otros dirigentes de la nación,
y los periódicos no hacían otra cosa que hablar de la llegada del Presidente, pero nadie le dijo
una sola palabra a aquel matrimonio misionero. Descendieron del barco y encontraron un piso
barato en la parte este de la ciudad, esperando ver qué hacer al día siguiente para ganarse la
vida allí.
 
Pero aquella noche el hombre se derrumbó psíquicamente y le comentó a su esposa: "No puedo
soportarlo, no es justo, Dios no está siendo justo. ¿Por qué hemos tenido que entregar toda
nuestra vida y no hemos encontrado a nadie esperándonos, nadie que nos ayude ni a quien le
importemos? Ni siquiera sabemos a dónde ir. Si Dios es un Dios fiel, ¿por qué no suple nuestra
necesidad y nos envía a alguien? a lo que su mujer le respondió: "Querido, no debes sentirte de
este modo, no debes hacerlo, no es justo. ¿Por qué no vas al dormitorio y se lo cuentas todo al
Señor?
 
De modo que lo hizo y una media hora después regresó, pero su rostro era diferente, su esposa
se dio cuenta de ello y le preguntó: "Querido ¿qué ha pasado? Veo que todo ha cambiado y te
sientes mejor ¿no es cierto? "Sí le contestó, "he ido y me he arrodillado junto a la cama y se lo
he confesado todo a él. Le he dicho: Señor, no es justo. Hemos entregado nuestras vidas, hemos
dado nuestra sangre, nuestro sudor y nuestras lágrimas en Africa, nuestra salud esta resentida y
no tenemos dónde ir., ¡Se lo dije todo, lo resentido que estaba porque el Presidente recibiese
esa apoteósica bienvenida sin motivo alguno! Me sentía especialmente amargado por el
recibimiento que nos encontramos, sin nadie que nos esperase al regresar a casa le dijo,
"cuando acabé sentí como si el Señor me hubiese puesto la mano en el hombro y me hubiese
dicho sencillamente ¡pero es que aun no has llegado a tu hogar!
 
¡Esa es una gran verdad! ¿No es cierto?
 
Hay recompensas para los creyentes, pero no necesariamente aquí abajo. Las recompensas aquí
abajo tienen que ver con el fortalecimiento de la vida interior, no de la exterior. Debemos
siempre considerarnos como siervos que nada merecemos, habiendo hecho solamente lo que era
nuestra obligación hacer. No tenemos nada que exigirle a Dios por nuestro fiel servicio, porque
no es mas que lo que debíamos hacer. No tenemos derecho a acudir a él en oración y exigirle
que responda por haber hecho esto o lo otro.
 
Jesús dice que cuando un hombre acude y le presenta una lista de sus logros a Dios no está
realmente orando. ¿Es de sorprender, por lo tanto, que hayamos estado desfalleciendo? ¿Es
posible que, después de habernos tirado años enteros orando, tengamos que darnos cuenta de
que no hemos estado orando ni mucho menos?
 
Echemos un vistazo ahora al publicano, para ver lo que es la oración. Jesús dijo que el
recaudador de contribuciones se mantuvo alejado, sin atreverse ni siquiera a elevar los ojos al
cielo, no adoptando la postura exigida para la oración y todo lo que hacía estaba mal. ¡Qué
insignificantes son las cosas externas que rodean a la oración!
 
Hace muchos años Sam Walter Foss escribió un poema, expresando la insignificancia de la
postura de la oración. La llamó La Oración de Brown:
 
    "La manera correcta de orar del hombre
 
    Dijo el Diácono Lemuel Keyes
 
    "y la actitud correcta es de rodillas.
 
    "No, yo diría que la manera como se debe orar
 
    dijo el Reverendo Dr. Wise,
 
    "es de pie, con los brazos extendidos con los ojos fijos por la emoción,
 
    mirando hacia arriba.
 
    "Oh, no, no, no. dice el Anciano Slow, "
 
    el hombre debe orar con los ojos muy cerrados
 
    y la cabeza inclinada en contrición.
 
    "Pues me da la impresión a mi de que
 
    debe hacerlo con las manos juntas.
 
    los pulgares apuntando al suelo
 
    dijo el Reverendo Dr. Blunt.
 
    "El año pasado me caí en el pozo de Hidgekin de cabeza
 
    dijo Cyrus Brown, "con los talones hacia arriba y la cabeza hacia abajo.
 
    Y justo allí mismo hice una oración, la mejor oración que jamás pronuncié.
 
    La oración mas apropiada que jamás hice, allí mismo, la hice cabeza abajo.
 
¡De qué modo tan gráfico captan estas palabras el pensamiento de nuestro Señor respecto al
verdadero carácter de la oración. Este hombre llegó al templo y se quedó en pie, con los ojos
inclinados a tierra, sin asumir la postura de la oración, no estando ni siquiera en el lugar
indicado. Lo único que se sentía capaz de hacer era golpearse el pecho y decir: ": "Dios, sé
propicio a mí, que soy pecador. Alguien lo ha llamado el "telegrama santo. Me gusta eso: es
expresivo, corto y va al grano, pero es una auténtica oración.
 
¿Qué es lo que nos enseña este hombre acerca de la oración? ¿No es evidente que la verdadera
oración, la auténtica, es tomar consciencia de que tenemos una necesidad frente a la que nos
hallamos impotentes? Este hombre se vio a sí mismo en el nivel mas bajo posible, el de un
pecador. De hecho, el lenguaje original es aún más fuerte porque dice: ""Dios, sé propicio a mí,
que soy pecador. Un pecador, de la clase mas baja, de la peor, estaba convencido de que sin
Dios no había nada que pudiese hacer que le ayudase en su situación. Soy un pecador, Señor,
eso es todo cuanto puedo decir, no hay nada mas que pueda añadir.
 
¿No es sorprendente que no intente añadir nada que le conceda mérito? No dice: Dios se
propicio a mi porque soy un pecador arrepentido. Estaba arrepentido, pero no usa eso como
argumento para obtener la bendición de Dios y no dice: "Dios, se propio a mi, que soy un
pecador reformado y de ahora en adelante voy a ser diferente aunque estoy seguro de que sería,
efectivamente, diferente. Estoy convencido de que dejó de extorsionar y engañar, de dar falsos
informes, pero no dice "soy un pecador reformado, no se vale de semejante treta, ni siquiera
dice: "Dios se propicio a mi, que soy un pecador honesto. Aquí me tienes, Señor, dispuesto a
contártelo todo. Seguro que no puedes hacer caso omiso de semejante sinceridad. De hecho, no
dice ni siquiera: "Dios, se propicio a mi, que soy un pecador que ora. Le presenta todas sus
cuitas y dice: "Señor, no tengo nadie mas en quien apoyarme, mas que en ti.
 
Este hombre reconoce que hay cosas que puede hacer, que había actividades que podía realizar,
pues se había pasado toda la vida haciéndolas, pero también se había dado cuenta de que el
seguir haciéndolas no era otra cosa que el perpetuar el pecado, que para hacer algo bien,
incluso las actividades normales de su vida, necesitaba a Dios, ¡sencillamente tenía que tener a
Dios!
 
¿Cómo llegó a esa conclusión? Exactamente lo contrario de lo que le había pasado al fariseo.
No había mirado hacia abajo, a alguien mas bajo que él, sino que miró a Dios. Juzgo en
dirección ascendente, hacia Dios, no viendo a nadie mas que a él, no oyendo nada aparte de la
elevada forma de vida de Dios. "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma,
con todas tus fuerzas y con toda tu mente. (Mateo 22:37; Lucas 10:37). "Señor, yo soy pecador,
nunca podré ser mejor por mi mismo, soy sencillamente un pecador, que necesita a Dios y al
adoptar esa actitud todo cuanto Dios tenía estaba a su alcance.
 
Hace poco algunos de nosotros escuchamos a una muchacha, que había sido con anterioridad
dirigente de una banda, relatar de una manera ingenua y sencilla, la historia de su vida. ¡De qué
modo tan dramático ilustró esta verdad! No existe respuesta a los terribles problemas creados
por la delincuencia juvenil, la inmoralidad, la adición a las drogas, la homosexualidad y todas
estas poderosas fuerzas que enganchan y se apoderan de las vidas humanas, excepto el ponerse
totalmente en manos de Dios y decir: "soy un pecador. El problema consiste, sin embargo, en
que pensamos que el tomar semejante decisión es solo para casos de emergencia. Creemos que
esto es algo que está a nuestro alcance cuando nos ponemos en contra de todo ello y cuando no
tenemos a nada mas a que recurrir. Parece llevarnos muchísimo tiempo aprender que este es el
fundamento normal de la vida que Dios tiene para nosotros. Es preciso que seamos siempre
conscientes de que no poseemos habilidad alguna por nosotros mismos y que nunca se pretendió
que nos sintiésemos capaces de afrontar cualquier situación, aparte de Jesus el Mesías. Por lo
tanto, la oración es una expresión del hecho de que nos hemos dado cuenta de que tenemos una
necesidad, frente a la cual nos sentimos impotentes, y solamente Dios puede suplirla.
 
En la figura de este publicano aprendemos una segunda cosa acerca de la verdadera oración.
Esta es siempre un reconocimiento de la divina suficiencia. Este hombre dijo: "Señor, sé
propicio a mi y esa es la verdadera oración, ya sea una oración a nuestro favor, en nuestra
necesidad o una oración por otra persona, que en la visión, nos está apoyando. Nuestra ayuda
debe proceder de Dios y este hombre no buscó su ayuda en ninguna otra parte. No dijo: "Señor,
tal vez ese fariseo que está ahí puede ayudarme. No, lo que dijo fue: "Dios, ten misericordia de
mi. En las palabras ten misericordia se oculta la maravillosa historia de la venida de Jesus el
Mesías, la sangrienta cruz y la resurrección. Este hombre usó una palabra teológica que
significa "se propicio a mi es decir, "Señor, habiendo quedado satisfecha tu justicia, muéstrame
ahora tu amor. Y estaba convencido de que la misericordia de Dios estaba a su disposición,
porque Jesús dijo que "descendió a casa justificado. Fue transformado, diferente y sanado. Se
apropió lo que había dicho Dios y creyó en él y también en eso consiste la oración.
 
La oración es algo más que pedir, es tomar. La oración es más que suplicar, es creer. La
oración es mas que las palabras pronunciadas, es la actitud que mantenemos.
 
¿Cuántas veces al día tiene usted una necesidad? ¿Cuántas veces al día carece de algo? ¡Pues
ese es el número de veces que debe de orar! Siempre que haya conciencia de que existe una
necesidad, es una oportunidad para permitir que el corazón, la voz, sea cual fuere la forma que
adopte la oración, se eleve de inmediato a Dios y diga usted: "Dios, ten misericordia, Señor,
cubre mi necesidad. En estos momentos tu eres mi esperanza, mi ayuda, mi todo. Poco importa
que lo único que tenga que hacer sea atarse los zapatos o fregar los cacharros o escribir una
carta o preparar unos deberes, o hacer una llamada telefónica, sea cual sea la necesidad, es el
momento oportuno para orar.
 
La cuestión con la que quiero concluir el tema es ésta, y la hago de corazón: ¿ha orado alguna
vez de verdad?
 
Si lo que dice Jesús es cierto, que el orar es lo contrario de desfallecer, ¿por qué me encuentro
con que mi vida es una de frecuente desfallecimiento?...¿por qué me desanimo? ...¿por qué me
siento desanimado y derrotado? La respuesta evidente es que no he estado realmente orando,
porque estas dos situaciones resultan incompatibles, no pueden existir al mismo tiempo, tiene
que suceder una de las dos cosas.
 
¿Ha orado usted alguna vez? ¿Lo ha hecho de verdad?
 
¿Se ha dedicado usted alguna vez a una vida de oración, en la que a cada momento está usted
contando con que Dios va a suplir su necesidad?
 
¿Está usted dispuesto a comenzar esa clase de vida esta mañana misma?
 
Jesús nos deja precisamente en este punto. Tal vez podamos decir por primera vez: "Señor, ten
misericordia de mi, que soy pecador. Incluso después de años de haber vivido la vida cristiana
podemos comenzar de nuevo y podemos decir: "Señor, al irme esta mañana de este lugar,
permíteme que reconozca tu fidelidad para conmigo, hazme contar con tu deseo de permanecer
en mi y obra a través de mi para hacer que mi vida sea lo que debe de ser.
 
Oración
 
    Santo Padre, haz que esta mañana nos tomemos estas palabras muy en serio porque no han
    sido pronunciadas sencillamente para entretenernos, ni siquiera para enseñarnos, sino para
    cambiarnos, para liberarnos, para que vivamos, para transformar nuestra debilidad, vacío
    e inutilidad en verdad, vida, gozo, amor y poder. Te pedimos ahora que cada uno de
    nosotros pueda, en este momento de tranquilidad, comenzar a llevar una vida de oración.
    No disponemos de ninguna otra ayuda, pero tú eres más que suficiente y en esto confiamos.
    En el nombre de Jesús, amen.