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Asunto:[biblia] La Renovación de la Iglesia: Conceptos Básicos (II de IV)
Fecha:Jueves, 9 de Agosto, 2001  00:03:58 (-0300)
Autor:Jorge Andrés Brugger <jbrugger @...net>

La Renovación de la Iglesia: Conceptos Básicos (II de IV)
La Renovación Bíblica y la Vida Espiritual
B. LA RENOVACION BÍBLICA Y LA VIDA ESPIRITUAL.
     Donde el concepto de la renovación encuentra
          un respaldo innegable en la Palabra de Dios es en el área de la vivencia
          espiritual, tanto en el ámbito personal como a nivel congregacional.
     La Biblia hace una clara distinción entre la
          justificación y la regeneración como aspectos complementarios de una
          experiencia puntual por un lado, y la santificación como un proceso continuado en el creyente por otro. La conversión involucra el perdón
          de pecados y simultáneamente la integración en la familia de Dios como
          resultado del nuevo nacimiento, y esta experiencia maravillosa ocurre
          en el momento de recibir a Cristo como nuestro Salvador.
     Sin embargo, la conversión no supone la erradicación
          total del pecado de nuestras vidas, y desde aquel momento de entrega
          a Cristo se inicia una transformación progresiva que no llegará a su
          punto final hasta nuestro encuentro con el Señor en gloria (1ª Jn. 3:2).
          El apóstol Pablo habla de estas dos facetas de la salvación, la puntual
          y la progresiva, del siguiente modo: "Dios nuestro Salvador... nos salvó,
          no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino conforme
          a su misericordia, por medio del lavamiento de la regeneraci6n y de
          la renovación en el Espíritu Santo" (Tito 3:4-5).
     En otros textos el apóstol habla de la necesidad de esta renovación en la vida de cada creyente ("renovaos en el espíritu
          de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre", Ef. 4:23-24), de la realidad de esta renovación ("aunque nuestro hombre exterior va decayendo, sin
          embargo, nuestro hombre interior se renueva de día en día', 2ª.Co. 4:16),
          y de la manera en que esta renovación ocurre ("nosotros todos,
          con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria
          del Señor, estamos siendo transformados de gloria en gloria, como por
          el Señor, el Espíritu", 2ª.Co. 3:18).
     Es importante que comprendamos que esta renovación
          tiene su dimensión corporativa y comunitaria, y no sólo personal. El
          lastre de pecado que existe en la vida de cada creyente, y que actúa
          como una ley de gravedad espiritual, constantemente tirándonos hacia
          abajo, hacia la desobediencia al Señor, afecta todo el Cuerpo de Cristo.
          Cada congregación local tendrá que plantearse la necesidad de la renovación
          espiritual colectiva, por cuanto está compuesta por creyentes individuales
          que están necesitados de esta renovación a escala personal.
     Un ejemplo iluminador lo encontramos en el
          caso de la iglesia de Éfeso. Plantada por el apóstol Pablo, esta iglesia
          floreció de forma muy hermosa en los primeros años de su existencia
          (Hch. 18:19-20:38; Efesios), aunque luego tuvo que luchar con graves
          problemas dentro de la congregación (1ª y 2ª Timoteo). El mensaje del
          Señor comunicado a aquella iglesia por medio del apóstol Juan hacia
          finales del primer siglo se expresó de la siguiente forma: "Pero tengo
          esto contra ti: que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto,
          de dónde has caído y arrepiéntate, y haz las obras que hiciste al principio;
          si no, vendré a ti y quitaré tu candelero de su lugar, si no te arrepientes"
          (Ap. 2:4-5).
     El Señor plantea en estas palabras la necesidad
          de una renovación espiritual profunda a nivel de toda la congregación
          para evitar la desaparición del testimonio. Para lograr esto, hacía
          falta renovar el primer amor, y su manifestación en un esfuerzo constante
          para glorificar a Dios y extender el testimonio (cp. 1ª Ts. 1:3).
     Para lograr esta revitalización de la iglesia
          local conforme a la voluntad de Dios expresada en su Palabra, muchas
          veces hará falta la renovación de las estructuras de la iglesia. Esto
          es lo que enseñaba el Señor Jesucristo al decir: "Nadie echa vino nuevo
          en odres viejos, porque entonces el vino romperá el odre, y se pierde
          el vino y también los odres; sino que se echa vino nuevo en odres nuevos"
          (Mr. 2:22).
     La situación que dio lugar a estas palabras
          surgió cuando los fariseos criticaban a Jesús y a sus discípulos por
          no observar las normas del judaísmo tradicional sobre el ayuno. La respuesta
          de Jesús señala la imposibilidad de meter el nuevo vino del evangelio
          dentro de los odres viejos del judaísmo, porque la fuerza del evangelio
          haría saltar en pedazos aquellas viejas estructuras. El evangelio exigía
          un nuevo continente, la iglesia de Dios.
     Howard Snyder hace los siguientes comentarios
          sobre este pasaje: "¿Qué quiso decir Jesús?... Él distingue aquí entre
          algo esencial y primario (el vino) y algo secundario pero también necesario
          y útil (los odres). Los odres perderían su razón de ser sin el vino
          para el cual fueron fabricados. Esto es vital para la vida cotidiana
          de la iglesia. Hay aquello que es nuevo y potente y esencial: el evangelio
          de Jesucristo. Y hay aquello que es secundario, subsidiario, fabricado
          por los hombres. Estos son los odres, e incluyen tradiciones, estructuras
          y patrones de hacer las cosas que han surgido en torno al evangelio...
          Cada época conoce la tentación de olvidar que el evangelio es siempre
          nuevo. Intentamos meter el nuevo vino del evangelio en viejos odres:
          tradiciones desfasadas, filosofías obsoletas, instituciones arcaicas,
          costumbres viejas. Pero con el paso del tiempo los viejos odres comienzan
          a restringir el evangelio. Entonces tienen que romperse, y el poder
          del evangelio ha de derramarse por el mundo de nuevo. Muchas veces ha
          ocurrido esto en la historia de la iglesia... Dios tiene que destruir
          o abandonar los viejos odres para que el vino del evangelio pueda renovar
          el mundo del hombre una vez más" (***).
      
Timoteo Glasscock