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Asunto:[biblia] La Esencia de la Evangelización (III de VI)
Fecha:Domingo, 26 de Agosto, 2001  00:33:03 (-0300)
Autor:Jorge Andrés Brugger <jbrugger @...net>

La Esencia de la Evangelización (III de VI)
                     El Evangelio Eterno (II)
 
(B) EL CONTENIDO DEL EVANGELIO
 
b.1. Los acontecimientos del evangelio (1ª Co. 15:1-5)
     En Jerusalén habían ocurrido ciertas cosas delante de los ojos de los testigos del evangelio (Le.
1:1; 24:14, 18). Una serie de acontecimientos significativos y con un carácter histórico, que nadie
podía negar y que suponían el centro de su mensaje. Sobre todos se describen dos acontecimientos
reales, objetivos e históricos que formarían el núcleo de su testimonio. Estos acontecimientos que el
apóstol Pablo recoge en cuatro sucesos en 1a Corintios, realmente enfatizan dos solos sucesos, que
son:
La muerte de Cristo y su confirmación en la sepultura (3-4)
La resurrección de Cristo y su confirmación en las apariciones (5 ss.)
 
     Pero los apóstoles no presentaban estos hechos como meros eventos históricos, sino que veían
mucho más allá para presentarlos como sucesos salvíficos. Pablo tenía muy claro este concepto al
escribir: "...Cristo murió por nuestros pecados..." (lª Co. 15:3; Gá. 1:4) y que "... fue resucitado
para nuestra justificación..." (Ro. 4:25).
    Para Pedro la resurrección era la vindicación divina de la persona de Jesús: "(Vosotros lo)
matasteis más Dios (lo) levantó..." (He. 2:23-24; 3:13-15; 5:30-31), siendo Dios quien entra en la
escena para invertir el veredicto de los hombres, arrebatando a Cristo del lugar de maldición donde
los hombres le habían colocado y exaltándolo a su diestra como Señor, el Cristo Salvador.
 
b.2. Los testigos del evangelio
     El testimonio del Antiguo Testamento (lª Co. 15:3-4; Le. 2:44 ss.; He. 26:22,33). Son
múltiples las referencias neotestamentarias que nos llevan a reflexionar en las profecías del Antiguo
Testamento. En numerosas ocasiones son los Pablo, Pedro, etc., quienes tienen que citar la frase:
"...conforme a las Escrituras...". Resulta indudable que los apóstoles conocían los escritos
veterotestamentarios, y que aprendieron mucho acerca de Jesús, tras su resurrección, al relacionar
el cumplimiento de las Escrituras con su muerte y resurrección.
     Jamás las palabras de Jesús dejarían de resonar en sus oídos: ". . . era necesario que se
cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos..."
(Le. 24:44). Era por ello que los apóstoles afirmaban que ellos no eran innovadores; no eran los
inventores del mensaje (He. 26:22-23)
     E1 testimonio de los Apóstoles (Le. 24:48; He. 1:8; 2:32; 3:15; 5:32; 10:39-42). Los
apóstoles, al narrar los hechos relatados en el Nuevo Testamento, lo hacen en calidad de testigos
oculares, o como investigadores de contrastada solvencia. La naturalidad con que sus relatos son
presentados, incluso aquellos que se refieren a hechos sobrenaturales; y el realismo que rodea cada
escrito, encaja perfectamente con el sentimiento de ser veraces y la responsabilidad que sentían en
cuanto al propósito de su testimonio (2aPe. 1:16; lª Jn. 1:1-3; Le. 1:1-4). 
 
     Es evidente, que los escritores del Nuevo Testamento, no se dedicaron a fundir algunas
enseñanzas de Jesús, algunos conceptos judaicos y algunos elementos de la filosofía helénica, para
fundar una nueva religión. Ellos tenían una tremenda carga por el "Kerigma" la proclamación de los
hechos históricos cuyo protagonista era Jesús; y por la "didache", la enseñanza recibida de Él y
confirmada por el mismo Espíritu (Jn. 14:26).
     No existe ningún motivo, con un verdadero fundamento, para dudar de la fidelidad de los
Apóstoles a su labor de ser testigos de aquello que vieron, oyeron y palparon, es decir, de su
fidelidad a Cristo mismo. Su ejemplo de entrega, incluso entregando sus propias vidas en defensa
del testimonio que habían guardado nos relata con total claridad que su testimonio es irrefutable.
 
b.3. Las afirmaciones del evangelio
     "La palabra del Señor es palabra de Dios y palabra acerca de Dios: no es palabra de opinión
humana, y el predicador no está cumpliendo su cometido cuando deja de presentar al pueblo las
grandes afirmaciones del Evangelio" (David Anderson; rector de Wycliffe Hall). El evangelio es el
compendio de lo que Dios ha afirmado con su autoridad para que nosotros creamos. Estas
afirmaciones no pueden ser obviadas en ningún momento. Estas afirmaciones básicas tienen su
centro en Cristo, pues, Él es el evangelio. Él es su centro, por tanto, las afirmaciones del evangelio
deben tenerle a Él como protagonista.
     Estas afirmaciones del evangelio se refieren no solo a lo que hizo o representaba Cristo hace
diecinueve siglos; si no que se refieren a lo que es el Cristo contemporáneo. El Cristo histórico es el
Cristo contemporáneo (Stott). No podemos separar la realidad bíblica acerca de Cristo de su
realidad actual. El no está sujeto a cambios como nosotros, su persona, su carácter y autoridad,
tanto como su mensaje, están fuera de cualquier discusión subjetiva, que intente negar estas
afirmaciones.
 
     Jesús es el Señor (Ro. 10:9; 14:9; Fil. 2:9-11; lª Co. 12:3). Cristo murió y resucitó para ser
Señor, afirma Pablo. Esta es una afirmación esencialmente cristiana que no puede ser realizada sin
la intervención del Espíritu Santo iluminando el entendimiento (lª Co. 12:3). La soberanía y señorío
de Cristo son consecuencia directa de su muerte y su resurrección.
     Su posición sentado a la diestra de Dios es el símbolo de esta autoridad que solo Él posee. Una
autoridad universal de Cristo, en mérito de la cual, Él tiene todo el derecho para otorgar bendición
y exigir sumisión en medio de todos los hombres. Él otorga su bendición al derramar el Espíritu
Santo como el precursor de un nuevo tiempo en la iglesia (He. 2:33).
     Es desde el trono que Jesús derrama bendición, pero es también allí donde Él espera sumisión.
Dios le ha hecho Señor y Cristo, afirma Pedro (He. 2:36). Dios había anulado el veredicto de los
hombres contra Jesús, y ahora exigía que cada uno de forma personal hiciese lo mismo; declarando
a Cristo como el único Señor de sus vidas. No es posible tratar al Jesús del evangelio de otra
forma. No es posible ser seguidor de Cristo dejando al margen el ser siervo de Cristo.
 
     Jesús es el Salvador (He. 2:3 6). Es en este punto donde también descubrimos la otra gran
aseveración del evangelio. Quizá debiera de ir antes, pero nos olvidamos con mayor facilidad del
señorío de Cristo sobre nuestras vidas que de su salvación. Es en Jesús, donde el evangelio ofrece
buenas nuevas de perdón a quienes como cada uno de nosotros no las merecen.
     Cuando nos acercamos al evangelio podemos notar que el gran símbolo del evangelio es una
cruz no una balanza. La balanza nos habla del mérito, del cúmulo de esfuerzos que cada uno debe
presentar para lograr equilibrar la balanza de justicia. La cruz nos habla de sustitución, del regalo de
la gracia de Dios que reconociendo nuestra incapacidad para equilibrar la balanza de la justicia
presenta a Jesús, el Cristo, como nuestro Salvador.
     El mundo hoy en día, este mundo relativista, plural y tecnificado; sigue esperando escuchar estas
afirmaciones y verlas reflejadas en vidas de aquellos que han sido impactados y renovados por
ellas. Desea escucharlas y verlas de una forma que le hablen con claridad al hombre de hoy. "Jesús
es el Señor", "Jesús es el Salvador" ¿Está siendo este nuestro mensaje?; ¿está siendo este nuestro
ideal de vida?
 
b.4. Las promesas del evangelio
     Pero en cuarto lugar, al considerar el contenido del evangelio, tenemos que notar lo que Cristo
ofrece ahora y sus promesas para con aquellos que acuden a Él. El evangelio, las buenas nuevas, no
solo se refieren a lo que Cristo hizo una vez en la historia, sino que trascienden mucho más allá,
para ser un mensaje actual diciéndonos lo que Él ahora es; más aún, nos presenta lo que ofrece en
el presente como resultado de toda su obra y de la realidad de su identidad. En efecto, el mensaje
del evangelio es un mensaje liberador; libera al hombre de las esclavitudes del pecado, la muerte y
todas las ataduras de su pasado de rebelión contra Dios. Pero es en este sentido que tenemos que
considerar una afirmación como la de Michael Ramsay: "Sabemos de qué queremos liberar a los
hombres. ¿Sabemos acaso para qué queremos liberar a los hombres?". Verdaderamente tenemos
muy claro el pecado, su esclavitud y la necesidad de la redención; pero muchas veces de nuestra
mente se escapa el propósito divino al liberarnos de la tiranía de nuestro ego, para ser instrumentos
útiles para su gloria.
     Es en su sermón en Pentecostés que Pedro menciona dos de los beneficios que obtienen todos
aquellos que creen y se aferran al evangelio:
Perdón de pecados (Le. 24:47; He. 3:19; 10:43; 13:38; He. 2:37-38)
Presencia del Espíritu Santo (He. 2:33, 38)
 
     En primer lugar está el perdón, el cual es un componente esencial del evangelio. Por poco
popular que pueda sonar un mensaje en donde el hombre se presenta como necesitado de perdón,
como pecador, el perdón continúa siendo la gran necesidad del hombre en la actualidad. El hombre
sigue cargado con la lacra de su pecado, el hombre sigue viviendo esclavo y deudor ante la
santidad de Dios. El hombre precisa urgentemente del perdón que solo Dios ofrece. Este es
también una parte fundamental del evangelio: ". . .por medio de Él (Cristo) se os anuncia perdón de
pecados..." (He. 13:38).
     Pero Cristo ofrece mucho más que perdón para nuestro pasado de rebelión. Él ofrece una vida
nueva en el presente por medio de la regeneración y la presencia del Espíritu Santo en nosotros. Y
es esta presencia del Espíritu en nuestras vidas capacitándonos para vivir una experiencia presente
nueva, la que garantiza y sirve como aval de una tercera promesa:
 
                               Herencia en los cielos
 
     Ya no estamos esclavizados de las limitaciones de este cuerpo, ya no existe desesperación,
porque estas promesas forman parte de la verdadera liberación que Cristo trae a la vida de aquellos
que depositan su confianza en Él. Una liberación que el hombre de hoy se esfuerza en buscar, pero
que no la halla. La verdadera libertad va más allá de la liberación de los sentimientos de
culpabilidad, comprende la liberación de la esclavitud al ego, a nosotros mismos. Es solo cuando el
hombre es rescatado de sus sentimientos de culpa y de su egocentrismo que está dispuesto para
entregarse al servicio de Dios y de los demás. Es solo en este servicio a Cristo que encontramos
verdadera libertad. (Stott)
 
b.5. Las demandas del evangelio
     Pasamos de las promesas a las demandas. Las promesas agradan, las demandas asustan. Pero
es necesario que entendamos que la oferta del evangelio exige cambios en la conducta. Somos
liberados, pero para que vivamos la libertad; somos salvos, para que vivamos la salvación; tenemos
paz, para que vivamos la paz. Es para preocuparse cuando estas realidades no forman parte de la
vida en ninguna manera, la salvación es por gracia, pero para vivirla, no para desperdiciarla. Cuatro
son las demandas básicas del evangelio que podemos reconocer.
 
     Arrepentimiento (He. 3:19; 17:30). Arrepentirse es dar la espalda al pecado personal,
especialmente al rechazo de Jesús, cambiando la opinión que cada cual tenía acerca de Jesús así
como la actitud hacia Él. Ryrie lo define: "Cambiar de modo de pensar acerca de algo o alguien de
tal manera que se efectúen cambios visibles en el individuo". Arrepentimiento implica cambios,
cambios de opinión, cambios de actitud, cambios de acciones. Estamos de acuerdo en que el grado
de aceptación del evangelio no puede medirse por la abundancia o aparición de ciertos frutos
visibles pero un mínimo de cambio si que tiene que producirse en el individuo que descubre a
Cristo.
 
     Fe (He. 2:44; 10:43; 16:31). Es el estar convencido o el dar crédito a algo o alguien;
especialmente a la verdad del evangelio (Ryrie). Es la confianza depositada para aceptar algo que
es verdad. Desde luego que la fe tiene que tener un contenido; la fe no es ciega, sino que es
confianza en algo o en alguien.
     La fe contiene un elemento intelectual, puesto que, requiere la aceptación de unos hechos
históricos esenciales, los acontecimientos del evangelio que citábamos anteriormente, como son el
que Cristo murió por nuestros pecados y que se levantó de los muertos. Pero, además, la fe
requiere un elemento emocional, el cual, es el asentimiento de que tales hechos ocurrieron y son
verdad, aun cuando para algunos es posible conocerlos y no aceptarlos. Hay un tercer elemento de
la fe que es el volitivo, puesto que nosotros tenemos que decidir si obedecemos o rechazamos el
mandato divino de creer (He. 16:31)
 
     Bautismo (Mt. 28:18-20). El bautismo en el Nuevo Testamento era una evidencia clara y
concluyente de que una persona había aceptado a Cristo. Desde estos mismos momentos en la
historia se expresa que no es un requisito de la salvación, sino la manifestación visible e indubitable
de la misma y del compromiso asumido con la comunidad de los creyentes.
     El arrepentimiento y la fe son demandas del evangelio al corazón del individuo, el bautismo tiene
que ver con la primera responsabilidad con la sociedad, la cual no es otra que el reconocimiento
público de lo que ha ocurrido. Desde el principio el Señor quiere que de los que le siguen
desaparezca cualquier atisbo de cobardía.
 
     Urgencia / Testimonio (Mt. 28:18-20; He. 1:8). La cuarta demanda, que tiene que ver también
con la responsabilidad hacia los demás, es la de ser transmisores del evangelio que se ha recibido.
Si antes afirmábamos que no es posible ser cobardes ante las demandas del evangelio, ahora
podemos afirmar que no es posible ser egoístas, esconderlo solo para uno mismo. Tenemos que
"IR". Tenemos que tomar la iniciativa e instar a todos "a tiempo y fuera de tiempo". Porque
conocemos las bendiciones de Dios, pero también su justicia.
 
                                                             Eduardo Carnero