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Asunto:[biblia] El Libro de Nahum (IX de X)
Fecha:Domingo, 5 de Agosto, 2001  22:11:30 (-0300)
Autor:Jorge Andrés Brugger <jbrugger @...net>

El Libro de Nahum (IX de X)
El Juicio Expresado (cap.3)
C. La ejecución del juicio (12-19)
     La ejecución del juicio de Dios
          deja toda la tierra totalmente debilitada. Ya se han oído los sonidos que advierten de la proximidad del juicio divino; ya se ha repasado
          la historia para terminar por reconocer que el juicio de Dios llegará
          en el momento en que él lo considere oportuno. Y la pregunta
          del hombre ante esta tremenda realidad no puede ser otra que: "¿En
          qué podremos confiar?". Este era el argumento que el Rabsaces
          del rey de Asiria presentó ante Ezequías y sus siervos,
          cuando los tenían sitiados en Jerusalén, al afirmar en
          su discurso ante el muro: "¿Qué confianza es esta
          en que te apoyas?" (2º Rey. 18:19) Para el ser humano natural
          el apoyar la confianza completa en Dios y su poder es una tremenda "necedad",
          por que el hombre natural es un ser que necesita ver para tener una
          completa seguridad; y la confianza en Dios 'es tan etérea'. Pero, a lo largo del desarrollo del juicio de Dios, vemos como Dios descubre
          la total debilidad de las fuentes de confianza de los Asirios, de las
          fuentes de confianza de cada ser humano, que están al margen
          de Dios. Y esta es la idea que se quiere enfatizar al finalizar esta
          profecía: Cuando Dios derrame su juicio, no habrá ninguna
          fuente de confianza que se pueda mantener en pie, solo Dios puede dar
          seguridad absoluta a la vida del hombre.
     a. La debilidad de las defensas (12-13)
     La primera debilidad que se nota ante
          la presencia del juicio de Dios es la debilidad de las defensas. Las
          murallas, los recursos humanos, aquello que hay que oponer en primer
          término ante el enemigo. Para los ninivitas, como venimos diciendo,
          sus murallas eran la fuente principal de su confianza; ¿quién
          las podría superar?. Dentro de las murallas estaba uno tranquilo.
          Pero la manifestación del juicio de Dios hace que aquellas murallas
          que parecían tremendamente sólidas e imposibles de derrumbar
          vengan a ser como higueras con brevas, las cuales una simple sacudida hace caer. Fíjate la endeblez de tus fortalezas, su debilidad
          es evidente, una pequeña sacudida y permitirán que el
          invasor alcance el fruto que venia buscando.
     Pero tampoco el potencial de tu pueblo preparado
          para la guerra será un potencial capaz de hacer frente y detener
          el avance de la severidad de Dios. Tu temido ejército, todo ese
          pueblo que era conocido como los leones que amedrentaban nada más
          abrir su boca (2:11-12). ahora, ante el ejército de Jehová
          no es más que un ejército de mujeres. Entendemos este
          término dentro del trasfondo cultural de un tiempo donde la mujer
          no tenía valor alguno en el trasfondo social, y mucho menos en
          el campo de lo militar. Hablar de mujeres como la fuente de defensa
          era como decir que no había absolutamente nada que hacer, que
          no había ninguna posibilidad de hacer frente al enemigo.
     b. La debilidad de la provisión (14-15)
La segunda debilidad que el pueblo se encontrará al enfrentarse
          ante el juicio de Dios es que nada de lo que halla preparado le servirá
          finalmente. Nunca será suficiente lo que el hombre pueda hacer a la hora de presentarse ante el Señor. Ninguna obra, ningún
          recurso, nada de valor tendrá el hombre que en el día
          del juicio de Dios pueda servirle para traerle un mínimo de seguridad.
     Más aún, la provisión
          que el hombre ha hecho, todo de lo cual el hombre se ha cargado para presentarse ante el juicio de Dios, se volverá en su contra,
          el fuego del horno se volverá contra ti, la espada de tu defensa
          se tornará en tu contra, el pulgón que tenias dominado
          consumirá toda tu esperanza. Cuán poco sirven los esfuerzos
          ante el Dios Todopoderoso, cuán poco valor tienen las más
          grandes empresas del ser humano cuando Dios viene a demandar la honra
          que solo él se merece.
     Hablar de provisiones a todos nos suena a hablar
          de esfuerzos u obras humanas para aplacar la ira de un Dios justo. Pero
          lo triste es que el hombre no termina de reconocer que ante la realidad
          de un Dios santo, la mejor de las obras del ser humano es como "trapos
          de inmundicia" (Is. 64:6)
     c. La debilidad de los recursos (16-17)
     La tercera debilidad que se descubre cuando
          Dios ejecuta su juicio es la debilidad de los recursos, la debilidad
          de las posesiones, la vanidad de los graneros. Nínive era una
          ciudad poderosa económicamente, sus mercaderes eran reconocidos,
          era un centro reconocido del comercio mundial. Pero también gran
          parte de sus riquezas eran el resultado del despojo y la rapiña a que habían sometido a las naciones vecinas.
     Pero también parte de sus recursos eran
          en lo militar, tenía una gran riqueza económica, y esto
          le permitía tener un ejército incontable y poderoso, príncipes
          y grandes, gente de poder y renombre, hombres con capacidad para enfrentar
          y traer seguridad ante cualquier situación.
     Cuando se manifiesta el juicio de Dios, entonces
          de nada sirve ni posesiones ni posiciones. Cuando sale el sol se van
          y no se sabe donde están. No traen seguridad por que en el momento
          en que se las necesita desaparecen.
     Esta es la situación de muchas personas
          que creen que pueden comprar la paz con Dios. En las guerras del tiempo
          de los ninivitas, al igual que hoy en día, todo se podía
          solucionar con una cantidad de dinero; pero esto no servía ante
          el juicio de Dios. Dios no esta preocupado por las posesiones, él
          está preocupado por la justicia y la honra que su Nombre merece.
          Que ridículo el ver a hombres que quieren tratar a Dios como
          un mercader. No vale ningún recurso, ninguna posición,
          ante las demandas de Dios. Grandes y pequeños, ricos y pobres,
          Dios no hace diferencias, todos están expuestos igualmente ante
          el juicio de Dios y todos tienen que saldar la misma deuda: LA MUERTE.
     d. La debilidad de las alianzas (18)
     La cuarta debilidad que se manifiesta
          ante el juicio de Dios es la debilidad de las alianzas, la debilidad
          de las amistades o relaciones que el hombre pueda tener. Las alianzas
          pueden ser útiles en medio de conflictos internacionales, pero
          ante la realidad de Dios y su justicia, de nada sirve la más poderosa de las alianzas, el amigo más poderoso o más
          fiable, de nada sirve ante la tremenda realidad del juicio de Dios.
     Los pastores, aquellos que velaban por tu seguridad,
          aquellos en que te apoyabas en los momentos más difíciles,
          ante el juicio de Dios nada pueden hacer. Tus nobles o tus valientes, aquellos que cada vez que se ponen en la batalla el enemigo tiembla,
          ahora no se presentan para defenderte. Tu pueblo del que te jactabas
          por su poder, ahora está disperso y no es una ayuda. Lo triste
          es que nadie puede solucionar esta realidad; nadie puede reunir tu pueblo.
          El juicio de Dios debilita de tal forma los recursos que no quedan alternativas.
     El hombre quiere ganar amigos para que en el
          momento de necesidad puedan ser un apoyo. El hombre busca amistades
          importantes, pero ante el juicio de Dios nadie tiene la influencia suficiente. Amistades de poder, pero qué poder puede tener cualquier ser
          humano ante Dios. Amistad con Dios, por medio de la religión
          o las buenas obras; pero Dios no quiere hombres que intenten ganarse
          su favor. No importa, ante la realidad de juicio de Dios no hay nada
          que el hombre pueda presentar y que llegue a ser suficiente.
     e. La debilidad de la condición humana (19)
     En quinto lugar, el Señor llama
          a los ninivitas a que dejen de mirar a todas las fuentes de confianza
          que pudieran tener, ya han tenido que notar la debilidad de las mismas
          ante la realidad del juicio severo de Dios, y les llama a mirar a su
          propia condición, donde han terminado como consecuencia de haber
          abandonado a Dios, de haberle dejado al margen en su experiencia personal.
     La exclamación del profeta es tremenda:
          "No hay remedio para tu quebranto, tu herida es incurable...".
          No busques más soluciones en la humanidad, no busques más
          medicamentos que puedan alargar tu vida, el mal que mora en ti, tu pecado,
          está realizando sus efectos y no hay esperanza de solución
          para tu vida.
     Que triste es la experiencia de aquellos que
          en un momento u otro tienen que reconocer que por más que luchen
          no hay nada que pueda solucionar su estado. Dios tiene el medicamento
          en su poder, pero hay un momento en el cual él retira este medicamento
          del alcance de aquellos que lo han rechazado vez tras vez. Nínive
          tenía que terminar por reconocer que no había esperanza ninguna para ella, que habían desperdiciado todo cuanto Dios
          les había ofertado en su misericordia y que ahora estaban expuestos
          ante Dios a quien tendrían que dar cuentas.
     f. Conclusión. ¡Quién
          se mantendrá en pie ante el ardor de su ira? (1:6)
     En este momento, a modo de conclusión
          retorna a nuestra mente aquel texto del capítulo primero: "¿Quién
          se mantendrá en pie ante el ardor de su ira?" (1:6). Muchos
          hombres, algunos de los también llamados cristianos, intentan
          por sus recursos mantenerse en pie ante la ira de Dios, sin ser capaces
          de reconocer su debilidad. Consciente o inconscientemente nos valoramos
          en demasía, creemos que podemos hacer grandes cosas, pensamos
          que el hombre puede. Siempre me llama la atención la letra de
          aquel coro:
"Yo pensaba que el hombre era grande por su poder,
grande por su saber, grande por su valor.
Yo pensaba que el hombre era grande y me equivoqué,
pues grande solo es Dios.
Muchas veces el hombre buscaba ser como Dios,
quería ser como Dios, soñaba ser como Dios.
Muchas veces el hombre soñaba y se despertó,
pues grande solo es Dios."
     El hombre que se ve a si
          mismo, y se cree el centro de todo, que piensa en su grandeza, en su dominio, etc. Sin embargo, como bien dice el estribillo de este coro:
"Sube hasta el cielo y lo verás
que pequeñito el mundo es
sube hasta el cielo y lo verás.
Como un juguete de cristal,
que con cariño hay que cuidar,
sube hasta el cielo y lo verás"
     La perspectiva del hombre
          cambia cuando la vemos desde la altura, pero mucho más cuando aprendemos a ver al hombre desde la perspectiva de Dios; es entonces
          cuando terminamos por afirmar con el salmista: "¿Qué
          es el hombre...?" (Sal. 8:4). Es entonces cuando tenemos que terminar
          por reconocer nuestra pequeñez, nuestra debilidad, y la insuficiencia
          de cualquier cosa que nosotros podamos pretender presentar ante Dios.
     o No es suficiente nada de lo que podamos
          presentar pretendiendo enfrentar al Dios todopoderoso.
     o No es suficiente nada de lo que podamos
          presentar ante Dios pretendiendo justificarnos delante del Dios perfectamente
          Santo.
     o No es suficiente nada de lo que podamos
          presentar ante Dice intentando con ello comprar el favor de Dios y saldar
          nuestra deuda.
     o No es suficiente ninguna de las relaciones
          que el hombre pueda mantener pretendiendo agradar a Dios con ello, intentando
          ponernos al igual de Dios, ni religiones ni relaciones sirven ante Dios.
     o No es suficiente nada de lo que podamos
          presentar ante Dios porque nosotros estamos infectados con una enfermedad
          incurable, el pecado, cuya única solución está
          en Dios, por ello nada, absolutamente nada de lo que nosotros podamos
          presentar tiene valor ante los ojos de Dios.
Eduardo Carnero