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Asunto:[biblia] Estudios sobre el Tabernáculo (7)
Fecha:Jueves, 17 de Enero, 2002  23:01:18 (-0300)
Autor:Heriberto Brugger <hbrugger @......org>

ESTUDIOS SOBRE EL TABERNÁCULO EN EL DESIERTO (7)

 

LAS OFRENDAS

 

Las disposiciones divinas sobre el culto que el pueblo de Israel debía ofrecer a Dios durante la vigencia del Antiguo Pacto, se encuentran contenidas principalmente en el libro de Levítico.

Allí se establecen CINCO ofrendas distintas:  1) El holocausto, 2) La oblación de presente 3) La ofrenda de paz  4) la ofrenda  de expiación del pecado  5) la ofrenda de expiación de la culpa.

Consideradas en conjunto, nos presentan, en figura, la totalidad de la ofrenda de Cristo, única y perfecta.

Examinadas por separado, podemos notar cinco aspectos diferentes en cuanto a la satisfacción -a través de la ofrenda- de las distintas necesidades del pueblo de Dios en su acceso a Él, así como lo referente a su comunión y adoración.

 

Consideremos que el libro de Levítico fue dado a los israelitas después de su salida de Egipto. Como pueblo apartado para Dios, tenían que ser llevados al desierto para que estuvieran a solas con Dios, y así ser instruidos en relación con su adoración y servicio. Fue allí, en aquel desierto inhóspito, donde el Tabernáculo tenía que ser erigido y llenado de gloria

Fue también allí donde el pueblo terrenal de Dios debía tomar consciencia de sus propias imperfecciones y faltas, y apreciar, a la vez, las provisiones divinas por ellas, manifestadas en los sacrificios y el sacerdocio. Como pueblo recién libertado de Egipto, los israelitas necesitaban recibir esa enseñanza vital.

 

Consideremos ahora las ofrendas, que encierran instrucción espiritual para el creyente:

 

Se pueden clasificar en dos tipos:

 

Las ofrendas de olor grato:  a) El holocausto. b) la oblación de presente. c) el sacrificio de paz.

Las ofrendas por el pecado:  a) La expiación del pecado.  b) la expiación de la culpa.

 

El holocausto expresaba total dedicación a Dios. El nombre mismo de este sacrificio nos indica su característica distintiva: La palabra holocausto proviene del término hebreo “holah”, que significa “lo que asciende”. El sacrificio era consumido totalmente por el fuego en el altar, de modo que también se lo identificaba como “la ofrenda del todo quemada”  Mientras que en otros sacrificios una parte se quemaba y otra parte era comida por los sacerdotes, o hasta por los adoradores mismos,  en el holocausto todo se quemaba y subía a Dios en llama y humo. De ese modo se le enseñaba al israelita que para el culto verdadero era indispensable una entrega total.  El holocausto, entonces, era todo para Dios, ascendiendo a Dios en olor suave, dándole satisfacción y placer, pues prefiguraba el sacrificio de Cristo. 

 

Las ofrendas, de animales de rebaño o, para el caso de personas de bajos recursos, de aves, debían corresponder rigurosamente al nivel de posibilidades del adorador. Se le exigía más al que tenía más, pero si alguien no tenía los medios suficientes, según Lv.12:8 podía ofrecer un par de tórtolas o dos palominos (pichones de paloma), tal como lo hicieron María y José en la presentación del niño Jesús en el templo de Jerusalén. (Lc.2:22-24) De ese modo nadie quedaba excluido en razón de su condición de pobreza.

Los animales o aves debían estar ceremonialmente limpios, ya que aquello que el hombre no podía tocar, tampoco debía ser ofrecido como sacrificio a Dios. Además debían ser “sin defecto”  pues nadie podía agradar a Dios si no ofrecía lo mejor. “Maldito el que engaña, el que teniendo machos en su rebaño, promete, y sacrifica a Jehová lo dañado” (Mal.1:14).

 

Las leyes de los sacrificios disponían que el israelita debía traer la ofrenda en forma personal. Esto nos recuerda que nadie puede adorar a Dios por nosotros. Esa acción ideal de culto era realizada en público “en la puerta del tabernáculo de reunión”, es decir, en el atrio, cerca del altar de bronce. Presentado de esa forma, el sacrificio indicaba el deseo del adorador de acercarse a  Dios y de ser aceptado por Él. 

 

Pero el holocausto particularmente nos presenta en figura la completa devoción, aceptable y perfecta, de nuestro bendito Salvador, así como su rendición absoluta a Dios, no sólo en su vida sino también en su muerte, tal como lo expresan las Escrituras en He.9:14 : “...se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios.”  y  en Ef.5:2 :  “... se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante”   Todo era para Dios,  y  por nosotros  en cuanto al logro de  hacernos aceptos delante de Él.

 

El adorador debía colocar su mano sobre la cabeza del animal ofrecido en holocausto. De ese modo quedaba perfectamente identificado con su ofrenda y aceptado en ella. Desde aquel momento se transfería al sacrificio todo lo que el adorador debía a Dios. La demanda de Dios  ya no caía sobre el israelita sino sobre la ofrenda con la que se identificaba.

Cuan precioso es para el creyente asirse de todo esto. En Cristo, su propia identidad como pecador ha sido borrada, deja de ser contado como hijo de Adán delante de Dios. Todo lo que es en sí mismo es borrado definitivamente, y de allí en adelante queda identificado con Cristo para siempre. Está delante de Dios “en Cristo”, aceptado en su Representante.

 

Cuanto entendemos esta sublime verdad, las dudas y los nubarrones huyen del alma, como la oscuridad desaparece cuando asoma el sol. Todos tenemos tiempos de desaliento y miedo. Sentimos nuestra debilidad y pasamos por circunstancias difíciles, por las cuales aprendemos lecciones saludables y necesarias. Confesamos que somos infieles, que no amamos a Dios de todo nuestro corazón, de toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas  (Deut.6:5), pero todo esto no altera en nada lo que Dios ha hecho por nosotros, el lugar donde nos puso, y nuestra aceptación delante de Él en su Hijo amado. “Para alabanza de la gloria de Su gracia, en la cual nos hizo aceptos en el Amado.” (Ef.1:6)

Aunque nuestra condición humana puede ser variable, nuestra posición ante Dios es inalterable, inmutable.

Esta es la lección del holocausto. El israelita venía, consciente de su propia indignidad, para ofrecer una víctima en su lugar. Ésta era inmolada delante del Señor, su vida quitada en vez de la del pecador. Luego era desollada y dividida. Todas sus partes eran expuestas a la luz, comprobando que era perfecta  exterior e interiormente. Después era levantada sobre el altar, y desde el enrejado de bronce donde estaba puesta, todo subía en olor grato (o un olor de descanso) a Jehová, y así el israelita era aceptado en función del mérito de la ofrenda.

¡Qué precioso! Todo nos habla del Señor Jesucristo, el Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo” (Apoc.13:8)  Así ya lo consideraba anticipadamente el Padre, que “venido el cumplimiento del tiempo” envió a Su Hijo a consumar la obra de nuestra redención en el altar de la cruz. 

Y es nuestro mayor gozo que el Padre haya estimado en todo su alcance las excelencias de su Hijo Amado. “Salió fuego del altar y consumió el holocausto y las grosuras sobre el altar.”  (Lv.9:24

Toda la ofrenda fue consumida, Jehová recibió todo. Cuán cierto resultó esto en Jesús, nuestro bendito Salvador. Sus pensamientos, sus energías, sus afectos y sus caminos fueron consagrados totalmente a Dios. Todo lo que hizo glorificó a Dios. Puso a Jehová siempre delante de sí, e hizo siempre lo que agradaba a su Padre.  (Jn.8:29)

¡Ojalá que los hombres que hablan o cantan livianamente de “estar enteramente consagrados a Dios” o de “tener todo sobre el altar” vieran aquí lo que esto realmente significa.

El Padre mismo dio suficiente testimonio de su completa complacencia en su Hijo amado. (Mt.3:16-17; 17:5; y otros) 

 Además, todo lo que Él era, y todo lo que es, lo es por nosotros. Es el Representante de todos sus redimidos, que son vistos en Él, adornados con su hermosura, “ACEPTOS EN EL AMADO” (Ef.1:6) “aceptos” no en nuestra fidelidad, tampoco en nuestro amor sino EN EL AMADO. Aceptos según la medida de la delicia que el Padre tiene en Él. Ésta es la inalienable posición de los santos de Dios. No hay ninguna “vida elevada” como ésta. Es la más alta y la mejor, y es la posición de todos los que creen en el Señor Jesucristo como Salvador personal.

“Mas por Él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios (hecho para nosotros) sabiduría, justificación, santificación y redención.”  (1ª Co.1:30)

                                                                                                                           

                                                                                                                                                                   (Continuará)

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                    (Continuará)