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Asunto:[biblia] TRABAJANDO JUNTOS
Fecha:Lunes, 22 de Julio, 2002  15:18:59 (-0300)
Autor:Andrés Brugger <andres @.......................ar>

«Además escoge tú de entre todo el pueblo varones de virtud, 
temerosos de Dios, varones de verdad, que aborrezcan la avaricia; y ponlos 
sobre el pueblo por jefes de millares, de centenas, de cincuenta y de diez. 
Ellos juzgarán al pueblo por ti; y todo asunto grave lo traerán a ti, y 
ellos juzgarán todo asunto pequeño. Así aliviarás la carga de sobre ti, y 
la llevarán ellos contigo» (Ex. 18: 21-22).  
El liderazgo tiene que ver con personas. Dios ha dotado 
generosamente a su pueblo con talentos y capacidades para servirle en la 
iglesia y en el mundo. Los líderes deberían redescubrir y potenciar lo mejor 
de los miembros. Deberían facilitar el uso de los dones.  
Este artículo explora la dinámica del liderazgo corporativo. ¿Cuáles 
son algunas de las directrices bíblicas para trabajar juntos? También 
adaptaremos algunas ideas útiles del mundo empresarial a nuestro proceso de 
toma de decisiones.  
Servir juntos a Dios es algo estimulante. Para empezar, «somos 
colaboradores de Dios» (1 Co. 3:9). Nos llama a trabajar juntos con Él (2 
Co. 6:1). Nuestra común lealtad hacia Él forma la base de nuestras 
relaciones de trabajo. ¡Esto es sensacional!  
Como somos humanos, aportamos al liderazgo nuestros diferentes 
puntos de vista, prejuicios y debilidades. Por supuesto, también 
contribuimos compartiendo nuestras experiencias y nuestra visión. Vamos a 
examinar un grupo de líderes mientras trabaja.  
Digamos que hay dos o tres que provienen del mundo de los negocios. 
Serán partidarios de buenos procedimientos empresariales y estarán 
dispuestos a introducir un toque profesional en la organización cristiana. A 
su lado hay un par de visionarios. Son personas con ideas creativas. Tienen 
grandes sueños para la iglesia, pero en ocasiones no tienen los pies en la 
tierra. Después tienes al tipo pensador/filósofo que pide una «razón de ser» 
para cada decisión. Finalmente están los líderes afectuosos y solícitos, 
siempre pensando en las personas en vez de en lo que se hace.  
Si hay un respeto mutuo y una aceptación de los dones y condiciones 
de los demás, este equipo de líderes puede enriquecer el ministerio de su 
iglesia. Pero si se tratan unos a otros como rivales e insisten en su propia 
forma de planificar, se producirá el caos y la división. La obra de Dios se 
paralizará.  
FUNDAMENTOS BÍBLICOS  
Es extremadamente útil buscar las palabras «unos y otros» en una 
concordancia, anotando el verbo o acción que las precede.  
Empezamos con el mandato de Cristo de amarnos unos a otros (Jn. 
13:34-35). No es una opción; es el encargo que Él nos da. Esta declaración 
se repite en 1 Jn. 4:10-11. Debemos amarnos unos a otros como Dios nos amó 
en Cristo. Ésta es la base para trabajar juntos.  
Amar a nuestros compañeros líderes es desear lo mejor para ellos. Y 
esto tiene asombrosas implicaciones. Si los miembros del equipo están 
dispuestos a buscar lo mejor para los otros, ejercerán sus responsabilidades 
de liderazgo en una atmósfera de comprensión mutua y aceptación. En nuestra 
lista de textos con las palabras «unos a otros» también se nos advierte que 
no hagamos ciertas cosas. He aquí algunas: Si nos amamos unos a otros, NO 
debemos:  
Juzgarnos más los unos a los otros (Ro. 14:13).  
Mordernos (es decir, herirnos) unos a otros (Gá. 5:15). 
Mentir los unos a los otros (Col. 3:9) 
Murmurar los unos de los otros (Stg. 4:11).  
Quejarnos unos contra otros (Stg. 5:9).  
Positivamente, el amor intenta edificar a las personas. Esta meta se 
consigue por medio de: 
Recibirse los unos a los otros (Ro. 15:17).  
Servirse por amor los unos a los otros (Gá. 5:13). 
Someterse unos a otros (Ef. 5:21; ver 1 P.5:5).  
Soportarse y perdonarse unos a otros (Col. 3:13). 
Enseñarse o exhortarse unos a otros (Col. 3:16).  
Alentarse los unos a los otros (1 Ts. 4:18).  
Hospedarse los unos a los otros (1 P. 4:9). 
Orar unos por otros (Stg. 5:16).  
Al estudiar, con oración, estos textos tan tremendos y aplicar cada 
exhortación a nuestras relaciones con los compañeros, descubriremos mayor 
armonía en el equipo de líderes, lo que también repercutirá en nuestra 
comunidad cristiana. Al servir juntos a Dios también debemos tener en mente 
otro conmovedor llamamiento: «Y considerémonos unos a otros para estimulamos 
al amor y a las buenas obras... exhortándonos» (He. 10:24-25).  
Después de considerar estos principios bíblicos para trabajar 
juntos, vamos a fijarnos en algunos aspectos prácticos del liderazgo 
corporativo.  
CUESTIONES ORGANIZATIVAS  
En una pequeña congregación o comunicad cristiana, la organización 
es relativamente sencilla. Como el grupo es pequeño, es bastante fácil 
impartir visión y compartir las responsabilidades entre los miembros. Si hay 
cuestiones o problemas, éstos pueden ser rápidamente resueltos.  
En una comunidad de más de sesenta personas, necesitamos establecer 
mayores estructuras y mejorar los canales de comunicación. Diversas 
actividades realizadas por diferentes grupos de líderes o comités deber ser 
coordinadas e integradas en la planificación y en los objetivos globales de 
la iglesia. El equipo de líderes deberá presentar objetivos claros e indicar 
la dirección en la que debería marchar la iglesia. Entonces se creará una 
red de comunicaciones, pero no sin esfuerzo. 
A menos que estemos dispuestos a permitir que un hombre -el pastor- 
lo organice y dirija todo, los líderes deberían orar y planificar juntos. 
Los miembros deben ser movilizados para que el servicio sea efectivo. El 
equipo o comité está, por lo general, dotado de la autoridad para llevar las 
responsabilidades en nombre de toda la congregación. El equipo de líderes 
hace un seguimiento de los procesos y se enfrenta a los diferentes problemas 
que aparecen. Pero continuamente trata de desafiar a toda la congregación a 
mantener las prioridades de Dios.  
Los líderes deben ser hombres y mujeres llenos del Espíritu Santo y 
llenos de fe y sabiduría. Estas cualidades esenciales son vitales para el 
liderazgo espiritual pero, al mismo tiempo, si deben realizar su misión 
deben aprender a tomar decisiones juntos. Y esto requiere planificación y 
una cierta dosis de habilidad administrativa. Los líderes deben saber qué 
hay que hacer y deben considerar quién debe hacerlo y cuándo. 
El equipo de líderes debería dedicar tiempo a estudiar los planes y 
a pensar en el futuro. No harán ellos todos los trabajos. Los trabajadores 
sabios siempre delegan para que más personas puedan participar en la obra de 
Dios.  
Leyendo libros sobre dirección de empresas, inevitablemente 
encontramos una buena sección sobre el tema de la delegación. Este es un 
área de liderazgo que es con frecuencia poco considerada por algunos líderes 
cristianos bien intencionados. Trabajan hasta matarse y al final se 
desploman por puro agotamiento físico y nervioso. No se dan cuenta de que 
alcanzan este terrible estado porque no han delegado trabajo en otros.  
DELEGAR  
Moisés tuvo este problema. Tomó sobre sí la terrible tarea de juzgar 
las disputas entre los israelitas. Era un juez competente y su pueblo se 
dirigía a él buscando justicia. Durante todo el día el pueblo le rodeaba, 
esperando que juzgara sus disputas (Éx. 18:13) ¡Y Moisés casi se desplomó 
por agotamiento nervioso!  
Su suegro, Jetro, le rescató. Este hombre sabio le hizo ver el pobre 
uso que estaba haciendo de su tiempo y energía. Si Moisés insistía en hacer 
todo el trabajo él mismo, los problemas de su pueblo le aplastarían (vs. 
17-18). Jetro dijo a Moisés:  
«Además escoge tú de entre todo el pueblo varones de virtud, 
temerosos de Dios, varones de verdad, que aborrezcan la avaricia; y ponlos 
sobre el pueblo por jefes de millares, de centenas, de cincuenta y de diez. 
Ellos juzgarán al pueblo por ti; y todo asunto grave lo traerán a ti, y 
ellos juzgarán todo asunto pequeño. Así aliviarás la carga de sobre ti, y la 
llevarán ellos contigo» (vs. 21-22).  
Delegar daría buenos resultados y la carga de Moisés sería más 
ligera (v. 22). Compartir sus responsabilidades administrativas no iba a 
representar merma en su cargo como representante de Dios y líder. Moisés 
continuaría representando a su pueblo ante Dios y enseñándole las leyes y 
decretos de Dios (vs. 19-20).  
Ted Engstrom, en su libro «The Making of a Christian Leader» 
(Creando un líder cristiano) menciona los beneficios de delegar.  
Algunos son los derivados de una mejor comprensión y relación entre 
los líderes y sus seguidores. Las personas a las que se les da la 
oportunidad de desarrollar sus talentos y habilidades latentes trabajan más 
satisfechas, lo que a su vez mejora su estado de ánimo. Al mismo tiempo, 
delegar alivia las presiones sobre el líder, liberándole para pensar y 
planificar la estrategia (Engstrom 1976:136-4). Engstrom continúa señalando 
seis principios básicos del arte de delegar.  
Seleccionar los trabajos a delegar y organizarlos para poder hacerlo. 
Elegir la persona adecuada para el trabajo.  
Preparar y motivar a la persona delegada para realizar la tarea.  
Dar la tarea asegurándose la plena comprensión de ésta.  
Animar a actuar con independencia. 
Mantener una supervisión - nunca soltar las riendas.  
Concluye con estas palabras. «No olvides nunca que una delegación 
efectiva ayuda a progresar, da buenos ánimos e inspira la iniciativa. La 
prueba final de un líder es que deja tras de sí a otros hombres convencidos 
que continuarán la obra».  
¿POR QUÉ NO DELEGAMOS?  
¿Por qué algunos de nosotros tenemos tanto temor a delegar trabajo 
en otros?  
En primer lugar, tememos que otros no puedan hacer el trabajo tan 
bien como nosotros mismos. Nos asusta pensar en la posibilidad de que nos 
dejen en la estacada. Pero si concretamos lo que hay que hacer y asignamos 
responsabilidades específicas a personas, ellas harán el trabajo. Cierto es 
que debemos explicar la tarea a realizar con claridad y, en algunos casos, 
entrenar para ella. Pero esto produce un alto rendimiento. Más personas 
participarán en la obra. John R. Mott, el conocido misionero y hombre de 
estado solía decir: «Prefiero dejar que diez hombres hagan el trabajo que 
hacer el trabajo de diez hombres».  
En segundo lugar, no delegamos porque tenemos miedo de perder el 
control. Algunos de nosotros nos volvemos bastante ansiosos e inseguros 
cuando otros deben tomar decisiones y dirigir. Creemos que nos han quitado 
la capacidad de tomar decisiones. En la obra cristiana necesitamos aprender 
a confiar en otros. Además, no perdemos el control puesto que, si somos 
sabios al delegar, todavía mantendremos nuestra supervisión. Los que han 
recibido una tarea específica deben responder ante nosotros.  
¿PODEMOS APRENDER DEL MUNDO EMPRESARIAL?  
¿Deben los líderes cristianos tomar modelos de liderazgo extraídos 
del mundo empresarial? Sí, siempre que éstos hayan sido cuidadosamente 
sopesados y santificados. Los autores de libros y manuales empresariales 
proponen sus principios y comparten su visión en base a su investigación y a 
las experiencias de los que dirigen grandes empresas. Si bien admiramos sus 
objetivos de excelencia y eficiencia, nunca debemos dejar que éstos se 
conviertan en fines.  
Queremos hacer un buen trabajo porque así damos gloria a Dios. Por 
supuesto, podemos aprender mucho de planificación por objetivos, control 
presupuestario, eficiencia organizativa, cómo medir lo conseguido y motivar 
a los empleados. Sin embargo, hay diferencias fundamentales. Las grandes 
empresas cuentan con un ejército de empleados bien entrenados. Las iglesias, 
en general, con voluntarios a tiempo parcial. En cl mundo empresarial hay, 
por lo general, una cadena de mando; los ejecutivos dan órdenes que deben 
ser obedecidas. Pero en el servicio cristiano debemos inspirar, influir y 
motivar a nuestros compañeros cristianos. No podemos ordenarles como si 
fueran subordinados. La mayoría de las iglesias y organizaciones cristianas 
tienen fondos y recursos limitados y no pueden permitirse el apoyo de 
procesadores de texto, ordenadores y hábiles secretarias. Así que 
necesitamos adaptar los principios y procedimientos empresariales a nuestra 
situación particular. Como mayordomos de Dios debemos intentar hacer el 
mejor uso posible de los recursos humanos y materiales disponibles.  
TRABAJANDO JUNTOS:  
UN PROCESO DE DECISIÓN EN COMÚN (COOPERATIVA).  
Personalmente he usado mucho un proceso que facilita tomar 
decisiones en común. Este proceso está compuesto por seis componentes 
básicos o pasos, que son los siguientes:  
OBJETIVO: Resumir en una frase, y claramente, la meta u objetivo principal.  
RECURSOS: Hacer una lista de los recursos humanos, financieros y materiales 
para realizar el objetivo.  
PLANIFICACIÓN: Planificar es decidir, por adelantado, qué se debe hacer, por 
qué hacerse, dónde debe hacerse, cuándo debe hacerse, quién debe hacerlo y 
cómo debe hacerse.  
COMUNICACIÓN: Comunicar la información a los otros líderes y a los miembros 
para que sean conscientes del objetivo. Compartir los planes propuestos. 
Informar a cada persona de sus responsabilidades específicas. Hacer 
descripciones (preferentemente por escrito) de las tareas a realizar, para 
que todos los implicados conozcan claramente sus deberes.  
ACCIÓN: Poner el plan en movimiento trabajando en las tareas asignadas. Esto 
sólo debe hacerse cuando ya todo el equipo ha seguido los pasos anteriores. 
Puede ser necesario que el presidente supervise los progresos y atienda los 
problemas de organización. 
EVALUACIÓN: El equipo de líderes pasa revista a todo el programa de 
actividades. ¿Qué cosas fueron bien? ¿Cuáles no y por qué? Si fuera a 
repetirse un programa similar, ¿qué se repetiría y qué se omitiría? ¿Se han 
descubierto nuevas capacidades de liderazgo entre los que han participado ni 
la actividad?  
Este proceso es de gran valor en la toma de decisiones por un grupo 
de líderes. Su efectividad descansa en la disposición, por parte de todos 
los miembros, a someterse a su disciplina. En demasiadas ocasiones un grupo 
de líderes tiene tan solo una vaga idea de lo que debe hacerse. Hacen planes 
apresurados y pasan a la acción y, antes de que sepan lo que ha pasado, ya 
se ha roto la comunicación. Los que participan en las actividades y no 
tienen claras sus responsabilidades ni saben ante quién tienen que rendir 
cuentas. Tampoco cómo encaja su tarea en todo el proyecto. Hay duplicaciones 
y solapamientos en algunas áreas, mientras que otras tareas apenas reciben 
atención. Los ánimos comienzan a caldearse y hay frustración. Los líderes 
empiezan a echarse las culpas unos a otros y una negra nube cubre todo el 
proyecto.  
Ahora bien, para que funcione este proceso, los líderes deben 
practicarlo constantemente. Deben seguir, meticulosamente, los seis pasos. 
En ocasiones, cuando dirijo seminarios sobre organización del liderazgo, 
divido a los participantes en pequeños equipos de seis o siete miembros. 
Deben familiarizarse por sí mismos con los seis pasos del proceso de 
decisión. Después les muestro ocho o nueve objetivos y les pido que reúnan 
diez unidades de cada objeto en el menor tiempo posible. Cada unidad debe 
ser etiquetada cuidadosamente. Si estas prácticas se hacen al aire libre, 
utilizo diferentes tipos de hojas y piedras. El equipo que sigue fielmente 
los seis pasos es, normalmente, el ganador. Después dejo que durante veinte 
minutos los diferentes equipos analicen su actuación y valoren su éxito o 
fracaso. 
En el siguiente ejercicio, pido a los mismos equipos que reúnan el 
doble de unidades de los mismos objetos en la mitad de tiempo. Lo asombroso 
es que ahora la mayoría de los equipos logran alcanzar este nuevo objetivo. 
Han aprendido con la experiencia la importancia de la organización. También 
han aprendido la importancia de establecer claros objetivos, planificar 
cuidadosamente, hacer el menor uso posible de sus recursos humanos y 
materiales, hacer buenas descripciones de las tareas a realizar y revisar 
sus esfuerzos.  
Vamos a utilizar este proceso para planificar una campaña 
evangelística que va a realizar tu iglesia local. El comité está formado por 
nueve personas y tú eres una de ellas. Los únicos «obreros a tiempo 
completo» son el pastor y el secretario de la iglesia. Tu barrio tiene seis 
mil habitantes y los miembros de tu congregación son ciento cincuenta. ¿Cómo 
planificarías una acción evangelística que tuviera como resultado que 
algunos de tus vecinos se convirtieran y se integraran en tu iglesia?  
Puedes cerrar ahora la revista y apuntar lo que tú harías, pero 
asegúrate de seguir los seis pasos: Objetivos, recursos, planificación, 
comunicación, acción, evaluación.  
He aquí un ejemplo de cómo una iglesia local planeó esta campaña de 
evangelización:  
OBJETIVO: Compartir las buenas nuevas de Jesucristo en nuestro barrio, de 
manera que la mayoría de las personas escuchen las pretensiones de Cristo y 
que al menos veinte de ellos le entreguen sus vidas. La campaña 
evangelística se concentrará en nueve días, incluyendo los fines de semana. 
RECURSOS: Lista de recursos humanos. ¿Cuántos cristianos pueden compartir su 
fe con otros? ¿De cuántos hogares cristianos disponemos para reuniones 
informales, por ejemplo, alrededor de una taza de café? ¿Qué lugares 
céntricos -por ejemplo la iglesia- podrían ser usados para las reuniones 
evangelísticas masivas?  
PRESUPUESTO: Estimación de la cantidad necesaria para cubrir los gastos de 
publicidad, etc. ¿Hay cristianos en la iglesia que podrían capacitar a otros 
para la evangelización?  
PLANIFICACIÓN: Preparar un bosquejo de programa para la campaña. Por 
ejemplo: dos cultos dominicales especiales; reuniones de evangelización los 
sábados por la tarde; reuniones especiales para hombres, mujeres y niños; 
reuniones informales; evangelización personal. Establecer las fechas 
adecuadas. Proponer posibles conferenciantes. Sugerir responsables de 
entrenar a otras personas para evangelizar y personas encargadas de la 
publicidad.  
COMUNICACIÓN: Primera etapa: Asegurarse de que todos los líderes estén 
familiarizados y plenamente comprometidos con esta acción evangelística. Dar 
descripciones de las tareas a realizar a las personas correspondientes. Cada 
descripción debe ayudar a la persona a responder a dos preguntas básicas: 
«¿De qué soy responsable?» y «¿Ante quién soy responsable?»  
Segunda etapa: Los líderes deben compartir el objetivo y la visión 
de esta campaña evangelística con los miembros de la congregación. Solicitar 
oración, recursos financieros y apoyo de las personas. Dar una clara 
información del programa de entrenamiento y de cómo cada miembro podría 
participar.  
ACCIÓN: Antes de que lleguen los nueve días de evangelización intensiva, los 
miembros deberían invitar a sus vecinos, compartiendo su fe con ellos.  
Deben organizarse reuniones especiales de oración y hacer visitas 
casa por casa, entregando en cada hogar una porción de los evangelios o 
folletos evangelísticos.  
Los responsables de la publicidad deben conseguir que los periódicos 
y emisoras locales den cuenta de las reuniones especiales.  
El conferenciante invitado debe ser presentado.  
El pastor, junto con los consejeros laicos, deben estar a la 
disposición de los que muestran interés. Los folletos y el material para 
hacer cl seguimiento deben estar disponibles. Los responsables de los 
detalles prácticos (por ejemplo, los preparativos de las reuniones, sistema 
de sonido) deben repasarlos para evitar problemas de última hora.  
EVALUACIÓN:  
Después del acontecimiento, el comité debe revisar todo el programa 
en una reunión especial.  
¿Cuántos hogares se visitaron? ¿Cuál fue la respuesta espiritual de 
la congregación? ¿Cómo podría hacerse el seguimiento? Quizás se podrían 
movilizar dos o tres equipos para visitar a los «invitados». ¿Y las 
conversiones? ¿Cuántos dieron testimonio de su fe? ¿Cómo van a ser 
pastoreados? ¿Cómo debería toda la iglesia aprovechar la situación creada 
tras los nueve días de reuniones especiales? ¿Qué dones y capacidades se han 
detectado y en qué miembros? ¿Cómo podrían desarrollarse más?  
Por supuesto, sería de mucha utilidad que los resultados se 
recopilaran y pusieran a disposición del siguiente equipo que tuviera que 
planear una campaña de evangelización. Así, el nuevo comité podría usar lo 
que sus predecesores habían descubierto. En su libro «Managing Our Work» 
(Administrando Nuestro Trabajo), el Dr. John Alexander hace este acertado 
comentario:  
«Si queremos que nuestros compañeros se sientan miembros de un mismo 
equipo, uno de los indicadores de que nuestras comunidades gozan de buena 
salud será nuestra tendencia a usar los pronombres nosotros y nuestros -en 
lugar de vosotros, vuestros, ellos y suyo- al referirnos a la organización. 
Una señal de peligro se enciende cuando un compañero utiliza el plural 
vosotros y ellos en lugar de nosotros y nuestro» (Alexander 1975:65-66). 
Trabajar juntos debe ser una demostración de que nos pertenecemos 
unos a otros y de nuestro mutuo compromiso de servir al mismo Señor. Esto 
producirá solidaridad y compañerismo.  
 
Tomado de la revista Andamio. usando con permiso. 
 
 
 
 
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