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Asunto:[biblia] Estudios sobre el Tabernáculo (18)
Fecha:Martes, 20 de Agosto, 2002  20:42:44 (-0300)
Autor:Heriberto Brugger <h-brugger @...net>

LA MESA DE LOS PANES DE LA PROPOSICIÓN (Éxodo 25:23-30; 37:10-16; Lv.24:5-9)

Esta mesa, de madera de acacia revestida de oro puro, era el segundo de los elementos que se encontraban en el Lugar Santo. Sus dimensiones eran de aproximadamente 90 cm. de longitud por 45 cm. de ancho, con una altura de 67,5 cm.

Alrededor de todo su perímetro tenía una cornisa de oro puro, a la que seguía una moldura de aproximadamente 7,5 cm de ancho, y luego otra cornisa, también de oro, que rodeaba igualmente todo el contorno.

En la mesa se colocaban doce panes (uno por cada tribu de Israel), elaborados con flor de harina (la harina más fina), dispuestos en dos hileras de seis, sobre los que se aplicaba incienso puro.

Al finalizar cada semana, el sacerdote retiraba esos panes, que luego serían comidos por los sacerdotes en  lugar santo, y  los reemplazaba por nuevos.

Los panes se denominaban  “de la proposición”, o más propiamente “de la presencia”, en razón de que permanecían continuamente en la presencia de Jehová, y bajo Su mirada. (Ëx.25:30)

La mesa en sí, señala a Cristo llevando a su pueblo ante la presencia de Dios. (Recordemos una vez más que la madera de acacia simboliza la humanidad del Señor, y el oro, Su deidad)

El Señor Jesucristo, en quien “habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Col.2:9) y que “estando en la condición de hombre se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil.2:8) ya resucitado y glorificado, “se sentó a la diestra del Trono de la Majestad en los cielos.”  (He.8:1)

Sobre la mesa había doce panes, prefigurando a las doce tribus de Israel en su unidad y perfección. Todas estaban representadas allí, tanto la grande como la pequeña, y cuando la mirada de Dios contemplaba aquella mesa, también reconocía a Su pueblo.
La figura resulta evidente, ¡Qué gozo intenso el del Padre al contemplar ahora a Su Hijo glorificado en los cielos, y a quienes nos dio vida juntamente con Cristo, y “juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús.”  (Ef. 2:5 y 6)

¡Qué privilegio para los redimidos del Señor! Hemos sido hechos aceptos en el Amado (Ef.1:6) y estamos continuamente en la presencia del Padre, presentados y cubiertos del incienso fragante del Nombre que es sobre todo nombre.

La cornisa de oro alrededor,  impedía que ninguno de los panes se cayera accidentalmente de la mesa. El Señor Jesucristo no solamente nos trae a la presencia del Padre, sino que nos guarda allí. Es cierto que muchas veces tropezamos, pero cada hijo de Dios puede confiar en “Aquel que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros sin mancha delante de Su gloria con gran alegría.” (Jud. vs.24) 

El Señor le confirmó al Padre: “De los que me diste, no perdí ninguno” (Jn.18:9). Y qué garantía tenemos cuando Él asegura: “Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” (Jn.10:28) 

 

Pero hay otro aspecto de la mesa y los panes, que nos será útil examinar. Dios había dispuesto que “el pan de la presencia” fuera también alimento para los sacerdotes. Ellos comían los panes en la presencia de Jehová, y así cada uno recibía su parte de aquello  que era la  delicia del Todopoderoso, apreciando por sí mismos sus virtudes.

Igualmente nosotros, como linaje escogido y real sacerdocio (1ª P.2:9)  somos llamados a participar del gozo de Dios en Cristo, alimentándonos del pan de Dios.

“Fiel es Dios, por el cual fuisteis llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor” (1ª Co.1:9)

Aquí vemos que lo que se expresa en figura es la comunión. Hubo adoración en el altar, y comunión en la mesa.

En relación con los que eran convidados a comer del pan de la proposición, observemos algunos aspectos importantes, ya que Dios no dejó nada al arbitrio del hombre:

Primeramente, Dios estableció quiénes no debían participar; después, quiénes podían participar, y por último, cuántas veces debían participar.

En Lv. 22:10 leemos: “Ningún extraño comerá cosa sagrada; el huésped del sacerdote, y el jornalero, no comerán cosa sagrada”

Aquí hay tres tipos de personas a quienes les fue prohibido participar de la comida del sacerdote, y representan a los inconversos.

 

“Ningún extraño”, alude al hombre en su estado natural, no regenerado, a quien no se le debe permitir ninguna participación activa en la actividad de la Iglesia, en una  función de servicio, ni en la Cena del Señor.

 

“El huésped del sacerdote”  Puede referirse a la visita de un amigo íntimo, o familiar, que en razón de esos lazos con el creyente, tiende a ser considerado con mayores privilegios que otros incrédulos.

Es verdad que los miembros de la familia sacerdotal, como tales, podían comer del pan, pero eso no significa que hoy los hijos de padres creyentes deban ser tratados automáticamente como creyentes, en la suposición que hayan recibido la condición de hijos de Dios “por herencia”

Un conocido dicho ilustra esa realidad: “Dios tiene hijos, pero no tiene nietos”  Por lo tanto, sólo es hijo de Dios quien en verdad ha dado testimonio de su propia fe en Cristo.

Consideremos que no es lo mismo pertenecer a la familia de un creyente, que ser “miembros de la familia de Dios.” (Ef.2:19) 

 

“Ni el jornalero”  Por ejemplo, un empleado/a u obrero inconverso que trabaja al servicio de un cristiano.

Una cosa es que trabaje a sueldo en la casa, negocio o empresa de un creyente; y otra muy distinta es que, en razón de esa relación laboral, sea comprometido también en el trabajo o actividad de la iglesia. 

 

Los inconversos siempre serán bienvenidos a la sede de la iglesia o lugar de reunión, para que reciban el testimonio del Evangelio, pero no están habilitados para participar activamente en lo que es responsabilidad y privilegio exclusivo de los creyentes. 

 

Por último, consideremos la frecuencia de la participación de los sacerdotes en los panes de la proposición.

Como vimos, Dios había ordenado que cada día de reposo debían renovarse esos panes, e instruido sobre quiénes podían comerlos y quiénes no debían hacerlo.

 Los sacerdotes habilitados tenían plena libertad de participar del pan. Pero, ¿Sería posible que alguno de ellos se negara a comer del alimento de Dios? 

Como redimidos, los creyentes-sacerdotes también tenemos la libertad y el privilegio de comer juntos del alimento espiritual. Respecto del Señor, ya hemos experimentado que “Este es el pan que descendió del cielo; no como vuestros padres comieron el maná, y murieron; el que come de este pan vivirá eternamente.”  (Jn.6:58)

Sin embargo, también necesitamos renovar constantemente nuestro entendimiento a través de la Palabra de Dios, no debiendo desechar el privilegio de nutrirnos del “alimento sólido”. (He.5:14)

Aunque hoy ya no estamos condicionados por un día en particular, pues “Los que hemos creído entramos en el reposo” (He.4:3), sí podemos imitar a los creyentes mencionados en el relato de Hch.20, que  se  reunieron el primer día de la semana para partir el pan y oír la Palabra del Señor.

El consejo del Señor es: “Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A Él sea gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén.”  (2ª P.3:18)

 

 

                                                                                                                                                                                                                            (Continuará)