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Asunto:[biblia] Estudios sobre el Tabernáculo (22)
Fecha:Martes, 5 de Noviembre, 2002  20:53:23 (-0300)
Autor:Heriberto Brugger <h-brugger @...net>

LAS VESTIDURAS SACERDOTALES (Ex..28:1-43)

 

Las Escrituras describen que Aarón debía vestirse “para gloria y hermosura” (vs.2) con un ropaje distintivo de su oficio sacerdotal. Cada pieza de esa vestimenta fue expresamente ordenada por Dios. El sacerdote debía ser un hombre conforme al corazón de Dios, tanto por dentro como por fuera, y en esto veremos particularmente el carácter del “Sumo Sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús” (He.3:1)

Las vestiduras oficiales del sumo sacerdote se confeccionaron con valiosos materiales, y estaban constituidas por un conjunto básico de siete partes, a saber:

 

1)     El efod

2)     El pectoral

3)     La túnica

4)     La mitra

5)     El manto

6)     El cinturón

7)     Los pantalones de lino. 

 

El efod:  Era la prenda más significativa del atuendo exterior.

Estaba formado por dos piezas de tela, una delantera y otra posterior, unidas en los hombros.

Tejido de hilo de oro, “azul”, púrpura, carmesí y lino fino, “con labor primorosa”,  (Ex.39:3) el efod simboliza admirablemente la gloria divina del Hijo eterno. En los días de su carne, figurada ésta por el velo que guardaba la entrada al Lugar Santísimo, su gloria en cierto modo estaba encubierta. (No había oro entretejido en el velo) Pero en su posición de Sumo Sacerdote en el cielo, conservando su faz de perfecta humanidad como entrelazada con su deidad, Su gloria divina se manifiesta magníficamente en todo su esplendor.   

En dos piedras de ónice con engastes de oro, firmemente aseguradas a las hombreras del efod, (una piedra en cada hombro) estaban grabados los nombres de las doce tribus de Israel, seis sobre una piedra y seis sobre la otra. Esto indicaba que el sacerdote representaba al pueblo delante de Dios, así como Cristo entró “en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios.” (He.9:24)

 

El pectoral: Era la parte más valiosa de la vestimenta. 

Estaba confeccionado con una tela similar a la del efod. Se componía de una pieza rectangular, doblaba por la mitad sobre sí misma para formar una especie de bolsillo cuadrado, cuyas caras medían cada una aproximadamente 22,5 cm. por lado.

El pectoral, que se menciona también como el “pectoral del juicio”, no podía estar separado del efod. Una minuciosa descripción en Ex.28:22-28, nos muestra cómo debía ser colocado para que quedara adecuadamente sujeto “...y no se separe el pectoral del efod”.

Para ello debían utilizarse anillos y cordones de oro y azul, figuras simbólicas de los vínculos divinos y celestiales que dan seguridad al creyente, quien de ningún modo  puede ser separado del corazón de su gran Sumo Sacerdote.

Sobre el frente del pectoral había doce piedras preciosas engarzadas en oro, las que estaban ordenadas en tres filas de cuatro, correspondiendo una piedra por cada tribu de Israel. “Y las piedras serán según los nombres de los hijos de Israel, doce según sus nombres; como grabaduras de sello cada una con su nombre, serán según las doce tribus” (Ex.28:21)

Así, no sólo sobre sus hombros sino también sobre su corazón, el sumo sacerdote llevaba los nombres de quienes pertenecían al pueblo de Dios y que eran favorecidos  con su servicio.

Esto encierra una preciosa verdad para cada redimido por la sangre de Cristo: Siempre somos recordados por Él.  Estamos siempre en su corazón, sostenidos delante de Dios y siempre aceptos en el Amado. El sacerdote no podía quitarse el pectoral sin quitarse también su prenda de gloria y justicia. Si el Señor echara de sí a sus redimidos, “hechos justicia de Dios en Él (2ª Co.5:21)  estaría echando de sí su propia gloria como el Hijo de Dios Redentor. El glorioso carácter de Cristo y su pueblo están ligados. Él no se quedará en su gloria dejándonos atrás.

¡Cuánto nos anima a los hijos de Dios, que muchas veces somos probados, tentados, atacados o menospreciados, considerar que Dios mismo nos ve sobre el corazón del Señor!  

 Ante los ojos del Padre, cada hijo de Dios brilla continuamente con el resplandor supremo de Cristo, revestido de hermosura divina. Aunque el mundo no puede verlos así, Dios los ve de esa manera, y eso establece una notable diferencia. Cuando los hombres consideran a los hijos de Dios, no ven más que sus defectos e imperfecciones porque son incapaces de distinguir otra cosa, de modo que su juicio resulta ser siempre falso y parcial. No pueden ver las joyas deslumbrantes en las que están grabados, por el amor eterno, los nombres de los redimidos del Señor.

Es cierto que cada creyente debe ser cuidadoso en no darle ocasión al enemigo de hablar mal de él, y obviamente debería vivir “perseverando en bien hacer”  (Ro.2:7) “Porque esta es la voluntad de Dios: que haciendo bien, hagáis callar la ignorancia de los hombres insensatos.” (1ª P.2:15) 

Si por el poder del Espíritu Santo el creyente comprende la excelencia de su posición en Cristo y el privilegio que significa brillar sin cesar ante los ojos de Dios, debe reproducir también los atributos de su santidad en su modo de andar diario.

Cuanto más apreciemos, por la fe, todo lo que somos en Cristo, más real y práctica será la manifestación de las cualidades distintivas de nuestra naturaleza espiritual.

Empero, ¡Alabado sea el Señor!  la facultad de juzgarnos no les compete a los hombres sino a Dios mismo; y en su misericordia Él nos muestra a nuestro gran Sacerdote llevando nuestro juicio delante de su corazón continuamente (Ex.28:30)

 

Dentro del doblez o bolsillo del pectoral había dos pequeños objetos misteriosos, “Urim” y “Tumin” (Las palabras hebreas significan literalmente luces y perfecciones), acerca de los cuales no se nos dan mayores detalles. Por medio de ellos, de un modo que desconocemos, Dios revelaba o confirmaba su voluntad a su pueblo, aunque no sobre asuntos particulares sino en cuestiones inherentes a Israel como comunidad. Por ejemplo, en el nombramiento de Josué, la Escritura relata: “Él se pondrá delante del sacerdote Eleazar, y le consultará por el juicio del Urim delante de Jehová...” (Nm.27:21)

Es significativo que la Escritura guarde silencio respecto de la naturaleza de estos elementos portados por el sumo sacerdote. Acaso sea para no poner el énfasis simbólico en el aspecto material sino más bien en el rasgo espiritual.

Así,  Urim y Tumin quizás tipifiquen el ministerio revelador y santificador del Espíritu Santo. Sería realmente extraño que donde hay tanto que nos habla del carácter y la obra de Cristo, no hubiera nada referido al gran don (Hch.2:38) que vino a la Iglesia (Hch.2:33) luego de que el Señor Jesús fuera exaltado por la diestra de Dios, siendo declarado Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec. (He.4:10)

El Espíritu Santo, que nos ha sido dado por intermedio de nuestro Sumo Sacerdote, nos guía a toda la verdad (Jn.16:13)  así como el Urim y el Tumin revelaban la voluntad de Dios en el tiempo del antiguo sacerdocio.

Cuando los hermanos de la iglesia en Jerusalén se reunieron con los enviados de Antioquía para determinar si los gentiles estaban obligados a guardar los ritos de la ley de Moisés, luego de llegar a un acuerdo decidieron enviar una carta a la iglesia en Antioquía, con las conclusiones sobre el asunto planteado. En uno de los párrafos de esa carta escribieron: “Porque ha parecido bien al Espíritu Santo, y a nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias...”  (Hch.15:28)

Advertimos aquí que en aquel encuentro las decisiones no fueron tomadas meramente por el parecer de los hombres, que por cierto discutieron largamente el tema, sino por el Espíritu Santo, que los guió claramente al conocimiento de la voluntad de Dios.

Del mismo modo, también nosotros debemos dejar que el Espíritu Santo, desde el corazón de nuestro gran Sumo Sacerdote, nos enseñe y recuerde el consejo de Dios. “Mas el Consolador, el Espíritu Santo a quien el Padre enviará en mi Nombre, Él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn.14:26)

 

La túnica: Esta prenda componía la ropa interior del sacerdote, junto con los pantalones o calzoncillos, y un cinto para ceñirlos. El significado simbólico de tal ropa interior tiene relación con la santidad absoluta de nuestro Sumo Sacerdote.

Estaba confeccionada de lino fino blanco, y recordemos una vez más que “el lino fino es las acciones justas de los santos” (Ap.19:8) De modo que el lino nos recuerda aquí el carácter “humano”, puro y sin tacha alguna del Señor Jesús, que no conoció pecado como experiencia personal. ¡Qué notable contraste entre el “lino fino” de su justicia y los “trapos de inmundicia” de la justicia propia del hombre! 

Por ello, “tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos” (He.7:26) 

Por haberse conducido revestido de humanidad en esta tierra, puede comprendernos plenamente. “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (He. 4:15) Él “debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote...”  (He.2:17)

¡Qué alentador es para nosotros, en medio de las dificultades del camino y de la oposición del enemigo, pensar en Aquél que recorrió esa vía antes que nosotros!  

Hoy en el cielo intercede por nosotros, y se compadece de los sufrimientos que afligen a los suyos, y que Él mismo padeció.

 

La mitra: Era una especie de turbante hecho de lino fino con varios dobleces.

En la parte delantera, adherida con un cordón de azul, tenía una lámina de oro puro con estas solemnes palabras grabadas: “SANTIDAD A JEHOVÁ” 

Esto nos recuerda en primer lugar la perfecta santidad de nuestro Sumo Sacerdote en quien somos aceptos, a causa de que Dios nos imputa Su justicia. (2ª Co.5:21)

Ahora bien, cuando leemos en las Escrituras sobre el propósito del empleo de la mitra, la verdad  que encontramos parece ser, en principio, profundamente desoladora:  “Y estará sobre la frente de Aarón, y llevará Aarón las faltas cometidas en todas las cosas santas, que los hijos de Israel hubieren consagrado en todas sus santas ofrendas; y sobre su frente estará continuamente......”

Sin embargo, descubrimos a continuación que el precepto divino en realidad resulta ser intensamente consolador: “...para que obtengan gracia delante de Jehová  (subrayado mío)  (Ex.28:38)

 “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.” (Ro.8:33-34)

¡Qué reposo obtiene nuestro corazón cuando comprendemos que a pesar de los vaivenes que experimentamos en nuestra vida cristiana, nuestro gran Pontífice está continuamente delante de Dios por nosotros!. Estamos representados por Él, y hechos aceptos en Él.

 “Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.”  (He.10:10 y 14)

 

El manto: Estaba hecho “todo de azul” (Ex.28:31) y era usado exclusivamente por el sumo sacerdote.

Esto era así porque el manto de azul simboliza algo del cielo, inherente a nuestro Sumo Sacerdote, el Señor Jesucristo, que no puede ser conferido a su pueblo: Su deidad.  Los creyentes llegamos a ser “participantes de la naturaleza divina.” (2ª P.1:4) con todo lo que ello implica, pero nunca seremos partícipes de la deidad del Señor.

Dios declara respecto del Hijo: “Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; Cetro de equidad es el cetro de tu reino.” (He.1:8) porque éste es copartícipe de la esencia divina, pero ninguna criatura suya, aún quien por la fe llega a ser un hijo de Dios, puede reclamar para sí la deidad. “¿A quién me asemejáis, y me igualáis, y me comparáis, para que seamos semejantes?” (Is.46:5) 

A propósito, recordemos aquí que, siendo Dios, el Hijo no delega en ningún hombre las funciones soberanas que le competen. Por ejemplo, es Señor de la mies, (Luc.10:2) Cabeza de la Iglesia, (Col.1:18) Sumo Sacerdote, (He.6:20) Juez de vivos y muertos, (Hch.10:42) entre otras numerosas prerrogativas exclusivas de la Deidad. Por lo tanto no pueden ser avasalladas por ninguno, pese a aquellos que neciamente pretenden hacerlo.

Cosidas en el borde inferior del manto había campanillas de oro y, en forma intercalada, figuras de “granadas  de azul, púrpura y carmesí alrededor” (Éx.28:33)

Aunque el sumo sacerdote ministraba en el lugar santísimo oculto a la vista de los demás, el sonido de las campanillas ponía en evidencia su labor sacerdotal. 

Por otra parte, la granada, siendo una fruta roja y dulce, característica de la tierra prometida que Israel habitaría, (Dt.8:8) expresa el exquisito resultado de la obra del sumo sacerdote.

Las campanillas nos hablan de testimonio. “...y se oirá su sonido cuando él entre en el santuario delante de Jehová y cuando salga, para que no muera”  (Éx.28:35)

Si el sacerdote omitía el cumplimiento de las normas divinas en su función, o introducía prácticas ajenas a lo prescrito por Dios, podía morir por su presunción. Si eso ocurría, dejaban de oírse las campanillas. Por lo tanto, el sonido de las campanillas era testimonio tanto de vida como de trabajo. Sin duda, podemos aplicar el mismo ejemplo a una comunidad cristiana actual:  Si hay vida, hay testimonio. Cuando la obra muere, cesa el testimonio.

Las granadas manifiestan el fruto de la Obra del Señor. Mencionamos antes que el azul simboliza lo que es del cielo; la púrpura, la majestad del Soberano, el carmesí “alrededor”, la sangre derramada.  Así es la Obra del Señor. Se originó en el cielo por la voluntad soberana de Dios, se concretó en la tierra a través de la cruz de Cristo, y sigue produciendo abundantes y dulces frutos para la gloria de Su Nombre. 

“...la palabra verdadera del Evangelio, que ha llegado hasta vosotros, así como a todo el mundo, y lleva fruto y crece también en vosotros, desde el día que oísteis la gracia de Dios en verdad.”  (Col,1:5b y 6)

Nuestro Sumo Sacerdote en el santuario celestial está hoy oculto a nuestra vista natural, pero aquí abajo se oye el sonido de su testimonio, confirmándonos que está realmente vivo para interceder por nosotros. Además apreciamos en el fruto producido la  bendición que resulta de su oficio en las alturas.

 

El cinturón: Ceñía el efod, y estaba hecho con los mismos materiales que éste, “de obra primorosa”  y  “de la misma obra”  (Éx.28:8)

El cinturón se ha asociado generalmente con la idea de servicio. Dios el Padre expresó respecto de su Hijo: “He aquí mi siervo” (Is.42:1) Como siervo, Él se humilló a sí mismo, “...haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”  (Fil.2:8)

Fue el ejemplo perfecto de lo que significa el verdadero servicio: Fidelidad, humildad, obediencia y entrega.  

“Y será la justicia cinto de sus lomos, y la fidelidad ceñidor de su cintura” (Is.11:5)

 

Por su parte, el Señor les dijo a sus siervos: “Estén ceñidos vuestros lomos, y vuestras lámparas encendidas” (Lc.12:35) Es decir, manténganse listos, con las vestiduras ajustadas, y con las lámparas siempre alumbrando, preparados para la llegada del Señor.

La iglesia en Tiatira recibe también la advertencia del Señor: “Yo conozco tus obras, y amor, y fe, y servicio, y tu paciencia, y que tus obras postreras son más que las primeras”  “Pero lo que tenéis, retenedlo hasta que yo venga”  (Apoc.2:19 y 25)

El cinto ajusta y retiene: “Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad...” (Ef.6:14) 

En el libro de Zacarías encontramos la visión del sumo sacerdote Josué, cuando sus vestiduras viles son cambiadas por otras dignas. El mensaje para él fue: “Mira que he quitado de ti tu pecado, y te he hecho vestir de ropas de gala”  “Si anduvieres por mis caminos. Y si guardares mi ordenanza, gobernarás mi casa...”  (Zac. 3:4 y 7) 

Todo creyente ha sido vestido con ropas de gala, no para presumir ante los demás, sino para servir ceñido con el cinto de la Verdad “que permanece en nosotros y estará para siempre con nosotros” (2ª Jn.1:2)

 

Los pantalones de lino: Aunque no se describen en detalle, se nos dice que estaban hechos de lino blanco, y como ya lo mencionamos, junto con la túnica constituían la ropa interior del sacerdote.  

El mensaje de la ropa interior de Aarón y sus hijos es la santidad. Los pantalones, o calzoncillos, no cubrían la suciedad sino la desnudez. Dios enseña en su palabra que la desnudez deshonra y expone a la vergüenza. El endemoniado gadareno, entre otras consecuencias de su despreciable estado, “no vestía ropa” (Lc.8:27)  pero cuando el Señor Jesús lo liberó de la posesión demoníaca, los habitantes de los alrededores  “salieron a ver lo que había acontecido; y vinieron a Jesús, y hallaron al hombre de quien habían salido los demonios, sentado a los pies de Jesús, vestido, y en su cabal juicio...”  (Lc.8:36)

“Bienaventurado el que vela, y guarda sus ropas, para que no ande desnudo, y vean su vergüenza” (Ap.17:15)   

 

Es verdad que las vestiduras sacerdotales eran “para honra y hermosura”. No obstante, para nosotros sencillamente tienen un significado simbólico, por lo que esas ropas no deben reproducirse en atuendos físicos para ser usados en el tiempo actual. Debemos comprender que eran tipos de realidades espirituales, en particular de las virtudes y excelencias, y de la gracia salvadora de Cristo, y señalan la suprema necesidad de santidad de todos aquellos que siguen sus pasos e invocan Su Nombre.

“Todos los llamados de mi nombre, para gloria mía los he creado, los formé y los hice.” (Is.43:7)

 

                                                                                                                                                           (Continuará)