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Asunto:[biblia] Estudios sobre el Tabernáculo (23)
Fecha:Jueves, 21 de Noviembre, 2002  21:55:24 (-0300)
Autor:Heriberto Brugger <h-brugger @...net>

LA OBRA DEL SUMO SACERDOTE:

 

El oficio sacerdotal comprendía múltiples tareas, y el sacerdote debía desarrollarlas rigurosamente conforme con las instrucciones de Dios.

  

Sus responsabilidades eran:

 

1) Ofrecer sacrificio de expiación por sí mismo: Antes de que pudiera hacer algo por sus hermanos, el sacerdote tenía que hacer expiación por sus propios pecados.

Quien en verdad quiere servir al Señor, primero debe presentarse ante Él, para ser aprobado por Él. 

Por supuesto que no necesitamos ofrecer ahora los sacrificios de expiación de la antigüedad, pero para poder correr la carrera que tenemos por delante en la voluntad de Dios debemos despojarnos de todo peso y del pecado que nos asedia,  puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe. (He.12:1-2)

El apóstol Pablo expresó: “...según fuimos aprobados por Dios para que se nos confiase el Evangelio, así hablamos; no para agradar a los hombres, sino a Dios, que prueba nuestros corazones (1ª Tes. 2:4) 

Los creyentes de las iglesias de Macedonia habían seguido ese orden. Pablo escribe de ellos: “a sí mismos se dieron primeramente al Señor, y luego a nosotros por la voluntad de Dios” (2ª Co.8:5)  (subrayado mío)

 

Es preciso recordar aquí que el Señor Jesucristo, nuestro Sumo Sacerdote, no necesitó ofrecer sacrificio por sí mismo. Pudo presentarse directamente a Dios por nosotros  pues siendo  “inocente y sin mancha” (He.7:26)  “no tiene necesidad cada día, como aquellos sumos sacerdotes, de ofrecer primero sacrificios por sus propios pecados” (He.7:27)

 

2) Hacer expiación por el pueblo: Después de ofrecer el sacrificio por sí mismo, el sumo sacerdote debía ofrecer un segundo sacrificio, esta vez por el pueblo. “Pero Cristo habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios...  porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados”  (He.10:12 y 14)  

En el “gran día de expiación”, una vez al año, la sangre, como base de la expiación, era rociada en el Lugar Santísimo sobre el propiciatorio  y delante de éste. “Y esto tendréis como estatuto perpetuo, para hacer expiación una vez al año por todos los pecados de Israel.” (Lv.16:34) La analogía para nosotros es clara. Recibimos todas las bendiciones espirituales a través de la muerte expiatoria en la cruz de nuestro amado Salvador. “Elegidos... para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo” (1ª P.1:2) 

Así como únicamente el sumo sacerdote podía hacer expiación, teniendo que realizar esa labor a solas, también Cristo era el único que podía consumar el sacrificio expiatorio a nuestro favor, siendo dejado completamente solo en su obra.

Otro aspecto simbólico que necesitamos considerar es que el sumo sacerdote, en aquel día de expiación, debía dejar de lado sus vestiduras de gloria y hermosura, y vestirse con la túnica de lino común a todos los sacerdotes que servían en el santuario. Es decir que se presentaba en forma de siervo. De igual modo, el Señor Jesús veló su gloria cuando hizo expiación por nuestros pecados. La gloria que tenía con el Padre fue ocultada. “Siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres”  (Fi.2:6-7)

Sin embargo, notemos que el antiguo sumo sacerdote, aunque estaba vestido en el gran día de la expiación con la túnica ordinaria, no dejaba por eso de ser sumo sacerdote. El Señor Jesús, aunque se humilló a sí mismo, nunca dejó su deidad, pues siguió siendo el Hijo Eterno, Fue hecho semejante a los hombres, pero estuvo vestido, simbólicamente hablando, con la túnica de lino puro y blanco de su intachable carácter.

 

3) Rociar los vasos: El rociamiento de todos los enseres y utensilios significaba la purificación de éstos de la contaminación que podían causar los hombres. El camino hacia la presencia de Dios sólo podía quedar abierto por la purificación mediante la sangre rociada. De igual modo, nosotros tenemos “libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que Él nos abrió...” (He.10:19-20)

  

4) Quemar incienso sobre el altar de oro: El sacerdote debía ofrecer continuamente el incienso aromático sagrado, cuya composición había sido ordenada por Dios.

El Señor Jesús también tuvo algo que ofrecer como grato aroma delante de Dios: “...Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante”  (Ef.5:2)

También su oración fue como un grato incienso en medio del fuego de la aflicción: “Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente. (He.5:7) 

Su resurrección gloriosa  prueba que fue oído, y que su ofrenda fue aceptada. 

 

5) Acondicionar las lámparas del candelero: El sacerdote debía verificar el buen funcionamiento de las lámparas, y reponer constantemente el aceite para el alumbrado. Este trabajo exigía atención y diligencia pues de lo contrario las lámparas podían apagarse. Nuestro Sumo Sacerdote no descuida su responsabilidad. Siempre está en medio de los congregados en Su Nombre, aún cuando pudieran ser sólo dos o tres. (Mt.18:20), y se ocupa de adecuar y limpiar el candelero de modo que, por el poder del Espíritu Santo, pueda seguir alumbrando sin apagarse.

La Escritura relata que cuando Zacarías contempló la visión de un candelabro de oro con siete lámparas y un depósito de aceite, y al lado del depósito dos olivos, uno a la derecha y otro a la izquierda, preguntó: ¿Qué es esto?  La respuesta puntual fue “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos.”  (Zac.4:6)

¡Preciosa verdad, que siempre deberíamos recordar cuando servimos al Señor!

La Obra del Señor no depende de nuestros recursos, ni de nuestra propia fuerza, ni de la cantidad y notoriedad de los obreros que la realizan, sino del poder del Espíritu Santo.

El mismo pasaje de Zacarías nos refiere que algunos israelitas habían menospreciado “el día de las pequeñeces” (Zac.4:10) pero que finalmente se alegrarían cuando vieran el comienzo de la obra de la casa de Dios.  

Las “pequeñeces”  hechas en el Nombre del Señor no son pequeñeces delante de sus ojos.

Dios recompensará hasta un vaso de agua dado en Su Nombre. (Mr.9:41), y nunca olvidemos que Dios hace grandes cosas con las cosas pequeñas. Cinco panes y dos pescaditos puestos en las manos del Señor fueron multiplicados para alimentar a más de cinco mil personas. Los discípulos habían preguntado: ¿Qué es esto para tantos? (Jn.6:9) Pero el Señor les enseñó a no menospreciar las “pequeñeces”.

No lo olvidemos, hermanos:  No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos.”

 

6) Discernir entre lo limpio y lo inmundo: Aquel que era SANTIDAD A JEHOVÁ era idóneo para distinguir entre lo limpio y lo inmundo, y a él debían acudir los israelitas para determinarlo.

Es imprudente juzgar sólo por las apariencias, sin consultar al Señor. “No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio” (Jn.7:24)  Ante la tardanza de Moisés cuando subió al monte Sinaí, los israelitas fueron incapaces de discernir la voluntad de Dios porque juzgaron según las apariencias. A causa de sus propias deducciones no esperaron más, y pidieron otros “dioses” para que fueran delante de ellos. Así Aarón hizo un becerro de  fundición ante el cual proclamaron: “ Israel, estos son tus dioses que te sacaron de la tierra de Egipto. (Ëx.32:4) Luego Aarón edificó un altar delante del ídolo de oro, y dijo descuidadamente: “Mañana será fiesta para Jehová”. Ninguno allí fue capaz de distinguir que esa “fiesta” idólatra nunca podía ser  “para Jehová”.

Tiempo más tarde el mismo Aarón, ya designado por Dios como sumo sacerdote, cuando fuera consultado por el pueblo sabría establecer la diferencia entre lo limpio y lo inmundo.

También nosotros tenemos un Sumo Sacerdote a quien pedir consejo cuando nuestro discernimiento vacila frente a circunstancias o asuntos dudosos. 

Cuando Ocozías cayó por la ventana de su casa en Samaria, y malherido mandó a consultar a un dios ajeno si se sanaría, Dios lo amonestó severamente por medio del profeta Elías: “¿No hay Dios en Israel que vais a consultar a Baal-zebúb dios de Ecrón?”  (2º R.1:3)

 

 “¡Ay de los que descienden a Egipto por ayuda, y confían en caballos; y su esperanza ponen en carros, porque son muchos, y en jinetes, porque son valientes; y no miran al Santo de Israel, ni buscan a Jehová!” (Is.31:1) 

Nuestras turbaciones sólo pueden ser resueltas por el consejo sabio de nuestro Sumo Sacerdote, sin necesidad de “descender a Egipto (el mundo) por ayuda”.

 

7) Hacer intercesión: Esto significa que el sacerdote se interponía entre Dios y el pecador para abogar o mediar por su causa sobre la base del sacrificio ofrecido.  

La consecuencia del pecado fue separación, pero por medio del Señor Jesucristo y su sacrificio a nuestro favor  “...hemos recibido ahora la reconciliación.”  (Ro.5:11)

“Te acercaste el día que te invoqué; dijiste: No temas.

Abogaste, Señor, la causa de mi alma; redimiste mi alma.”  (Lm.3:57-58)

Como salvados, Dios nos ha dado los medios para que no pequemos, pero si circunstancialmente lo hacemos, nuestro Sumo Sacerdote vive siempre para interceder por nosotros ante Dios. He.7:25)

 “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.”  (1ª Jn.2:1)

 

“¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió, más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.”

                                                                                                                             ¡Gloria a su Nombre!

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 (Este estudio estará a disposición de quienes deseen obtenerlo completo en la siguiente página web: www.siguiendosuspisadas.com.ar.)

 

 

NOTA:

 Queridos hermanos:

    Con la presente entrega finalizamos estos estudios sobre el Tabernáculo en el desierto, que hemos compartido con la inquietud de que fueran útiles para la edificación del pueblo de Dios.  

De ningún modo pretendemos haber agotado este vasto tema, y advertimos que numerosos detalles han quedado sin considerar.

Agradecemos sinceramente a todos los que durante el tiempo de publicación de este estudio se han comunicado con nosotros. No hemos podido responder cada correo, aunque los hemos leído en su totalidad, pero sepan que todos los mensajes que recibimos, procedentes de distintos países, nos han sido de aliento e incentivo para continuar la tarea que hemos emprendido.

Debido a nuestras propias limitaciones no hemos podido complacer a quienes nos pedían mayor  regularidad en las entregas. Sólo podemos decirles: ¡Gracias por tenernos paciencia!

Si lo creen oportuno pueden hacernos llegar sus impresiones, sugerencias o críticas, las que sin duda nos ayudarán a perfeccionar nuestro cometido en la voluntad del Señor.

 

“Pero os ruego hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu que me ayudéis orando...” (Ro.15:30)    

                                                                      

                                                                                                    Un fraternal saludo en el amor del Señor,

                                                                                                         

                                                                                                                                                                                    Heriberto Brugger