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Asunto:[brisasrenovadoras] ¿QUE HACEMOS CON LOS ANCIANOS?
Fecha:Jueves, 3 de Agosto, 2006  22:51:17 (+0200)
Autor:Armando Quintana <AROSQUI @..........net>

 
 

 
 

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Fecha: 02 de agosto de 2006

Vol. I, Nro. 117
Reg. Prop. Intelect:45626/05

ISSN: 2552-9803

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¿QUÉ HACEMOS CON LOS ANCIANOS?

 

Las sociedades, preocupadas por el respeto de la dignidad del hombre, cuidan de una manera muy especial a sus ancianos.

 

Los adultos mayores, una expresión que se está utilizando cada vez con más acierto, son, y así deberían ser siempre considerados, un verdadero tesoro para las generaciones más jóvenes.

 

Claro que, para tenerlos en cuenta, se necesita una buena predisposición para aceptar los achaques propios de la edad, las mañas que se van adquiriendo con los años y las dificultades de salud que, casi inevitablemente, se presentan.

 

Me resulta muy sencillo respetar e incluso admirar los ochenta y dos extraordinarios años de un amigo, que actualmente atiende su consultorio siete u ocho horas diarias, no ha dejado de concurrir al hospital para dar una mano a los médicos jóvenes, se lo convoca para dar charlas y conferencias en congresos internacionales, sostiene partidas de ajedrez en un alto nivel de competitividad y, si a veces ha tenido algún mínimo contratiempo de horario, es porque surgió algún inconveniente no esperado.

 

Pero ¿qué pasa con aquellos que, ni siquiera habiendo alcanzado esa edad, no pueden moverse por sí mismos, son absolutamente dependientes de sus hijos y nietos, y requieren una atención que algunos ni pueden proporcionarles?

 

Es fácil aceptar algunos achaques en las piernas de alguien que, a la orilla de los setenta y nueve, no para de andar, sube y baja de colectivos y sigue trabajando como secretaria en un estudio de abogados.

 

Pero ¿qué ocurre con los ancianos que requieren una internación permanente, dependen de una pequeña fortuna para poder comprar sus medicamentos o hay que cambiarle pañales cinco veces al día?

 

Es un placer sostener una conversación con un amigo de mi padre que, en un par de semanas, cumple los ochenta y cinco, no sólo está perfectamente actualizado en materia de noticias y películas que comenta con agudeza, sino que, también, condimenta su charla con apreciaciones inteligentes acerca de la fe y la vida, nutridas en una riquísima experiencia de actividades de las más diversas.

 

Pero ¿qué sucede con las personas mayores que ya no pueden hilar tres palabras con coherencia, que han perdido la memoria o que refunfuñan por cualquier cosa?

 

No es lo mismo hablar del respeto a los ancianos, cuando son una fuente permanente de sabiduría, de equilibrio y de sentido común, que cuando presentan esa penosa imagen en la que uno, más joven, no quiere ni admitir, ya sea porque se ve reflejado en ellos como en un espejo que adelanta, o porque el dolor de percibir que ya no son los que eran, es más fuerte.

 

La sociedad tiene una deuda grande con los adultos mayores. Ellos, que nos han precedido en el camino, deben ir llegando al atardecer de la vida con la plenitud que se merecen.

 

Y no es sólo una cuestión de actitudes personales de los hijos o nietos hacia sus padres o abuelos. Se trata de crear las estructuras necesarias para que la persona arribe a su ancianidad con las garantías de una calidad de vida adecuada.

 

No puede ser que los ancianos sean material descartable de nuestra sociedad. No pueden vivir sin atención sanitaria apropiada, vivienda cómoda acorde a su edad, recreación y alimento sano.

 

Asimismo, los adultos mayores, son víctimas de las consecuencias de una sociedad caníbal que no tiene contemplaciones con nadie. Se provocan diferencias crueles, y no deberíamos dormir tranquilos mientras no tengamos la consideración que se les debe.

 

Por cierto, algo muy similar podría escribir, de la desatención de la mayoría de los discapacitados, del escenario de miseria en el que crecen miles de niños, de las injusticias sufridas por trabajadores y desocupados, y tantas otras situaciones que no hace falta mencionar, pues todos conocemos de memoria.

 

Sin embargo, la realidad de los ancianos, que también debería interpelarnos, suele quedar en un segundo plano al que muy pocos, demasiado pocos, le prestan atención. ¿No les parece?

 

Armando Maronese

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Nota: Este mensaje contiene tildes y eñes por ser parte de nuestro idioma español.


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