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Asunto:[brisasrenovadoras] RV: Manos
Fecha:Sabado, 22 de Junio, 2002  21:28:15 (-0300)
Autor:Dra. Gladys Enciso <gladys_enciso @..............ar>

Mensaje

 
 
 
 
 
 
 
MANOS QUE ORAN:

 Durante el siglo XV, en una pequeña aldea cercana a  Nüremberg, vivía una
familia con 18 niños. Para poder poner pan en la mesa  para tal prole, el
padre, y jefe de la familia, trabajaba casi 18 horas diarias en las minas
de oro, y en cualquier otra cosa que se presentara.
 A pesar de las condiciones tan pobres en que vivían, dos de los hijos de
Albrecht Durer tenían un sueño. Ambos querían desarrollar su talento para
el arte, pero bien sabían que su padre jamás podría enviar a ninguno de
los dos  a estudiar a la Academia.
 Después de muchas noches de conversaciones calladas entre los dos,
llegaron a un acuerdo. Lanzarían al aire una moneda. El perdedor trabajaría
en las minas para pagar los estudios al que ganara. Al terminar sus
estudios, el ganador pagaría entonces los estudios al que quedara en casa,
con las ventas de sus obras, o como fuera necesario.
 Lanzaron al aire la moneda un domingo al salir de la Iglesia. Albrecht
Durer ganó y se fue a estudiar a Nüremberg.
 Albert comenzó entonces el peligroso trabajo en las minas, donde
permaneció por los próximos cuatro años para sufragar los estudios de su
hermano, que desde el primer momento fue toda una sensación en la Academia.
 Los grabados de Albretch, sus tallados y sus óleos llegaron a ser mucho
mejores que los de muchos de sus profesores, y para el momento de su
graduación, ya había comenzado a ganar considerables sumas con las ventas
de su arte.
 Cuando el joven artista regresó a su aldea, la familia Durer se reunió
para una cena festiva en su honor. Al finalizar la memorable velada,
Albrecht se puso de pie en su lugar de honor en la mesa, y propuso un
brindis por su hermano querido, que tanto se había sacrificado para hacer
sus estudios una realidad.
 Sus palabras finales fueron:  "Y ahora, Albert hermano mío, es tu turno.
Ahora puedes ir tú a Nüremberg a perseguir tus sueños, que yo me haré cargo
de ti".  Todos los ojos se volvieron llenos de expectativa hacia el rincón
de la mesa que ocupaba Albert, quien
tenía el rostro empapado en lágrimas, y movía de lado a lado la cabeza
mientras       murmuraba una y otra vez: "No... no... no...".  Finalmente,
Albert se puso de pie y secó sus lágrimas. Miró por un momento a cada uno
de aquellos seres queridos y se dirigió luego a su hermano, y poniendo su
mano en la mejilla de aquel le dijo suavemente:  "No, hermano, no puedo ir
a Nuremberg. Es muy tarde para mí. Mira lo que cuatro años de trabajo en
las minas han hecho a mis manos. Cada hueso de mis manos se ha roto al
menos una vez, y últimamente la artritis en mi mano derecha ha avanzado
tanto que hasta me
costó trabajo levantar la copa durante tu brindis... mucho menos podría
trabajar con delicadas líneas el compás o el pergamino y no podría manejar
la pluma ni el pincel. No, hermano... para mí ya es tarde".
 Mas de 450 años han pasado desde ese día. Hoy en día los grabados, óleos,
acuarelas, tallas y demás obras de Albretch Durer pueden ser vistos en
museos alrededor de todo el mundo. Pero seguramente usted, como la mayoría
de las personas, sólo recuerde uno. Es más, seguramente hasta tenga uno en
su oficina o en su casa.
 Es que un día, para rendir homenaje al sacrificio de su hermano Albert,
Albrecht Durer dibujó las manos maltratadas de su hermano, con las palmas
unidas y los dedos apuntando al cielo. Llamó a esta poderosa obra
simplemente "Manos", pero el mundo entero abrió de inmediato su corazón y
le cambió el nombre a la obra por el de "Manos que oran".
 La próxima vez que veas una copia de esta creación, mírala bien. Permite
que sirva para recordar, si es que lo necesitas,
 que nadie, nunca, triunfa
solo
.
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