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Asunto:[budismotibetano] Sobre shambala
Fecha:Domingo, 6 de Marzo, 2005  20:26:53 (+0100)
Autor:Ajnata <ajnata @.......es>

Hola Xavi

 

Me ha parecido un tanto fantasiosa esa leyenda que pasas sobre shambala…tomarse estas antiguas tradiciones literalmente, suena mas a nueva era….

 

Os paso un fragmento de Rene Guenon, que para mi esta mas acertado en su verdadero  significado

 

Un abrazo

Ajnata

 

 

 

Las tradiciones relativas al «mundo subterráneo» se encuentran en un gran número de pueblos; no tenemos la intención de reunirlas aquí todas, tanto más cuanto que algunas de ellas no parecen tener una relación muy directa con el tema que nos ocupa. Sin embargo, uno puede observar que de una forma general «el culto de las cavernas» está siempre unido más o menos a la idea de «lugar interior» o de «lugar central» y que, en este sentido, el símbolo de la caverna y el del corazón están bastante próximos el uno del otro (1). Por otro lado, existen realmente, tanto en Asia Central como en Amé­rica, y tal vez en otros lugares, cavernas y subterráneos donde ciertos centros iniciáticos han podido mantener­se desde hace siglos; pero aparte de este hecho hay, en todo lo que se relaciona con este tema, una parte de simbolismo que no es muy difícil de deducir; incluso podemos pensar que son precisamente razones de orden simbólico las que han determinado la elección de luga­res subterráneos para el establecimiento de estos cen­tros iniciáticos, mucho más que por motivos de simple prudencia. Saint-Yves habría podido explicar tal vez este simbolismo, pero no lo ha hecho, y es lo que da pie en ciertas partes de su libro a una apariencia de fantasmagoría (2); en cuanto a F. Ossendowski, sin duda era incapaz de ir más allá de la letra y ver en lo que se decía algo más que el sentido inmediato.

Entre las tradiciones a las cuales hacíamos alusión an­teriormente, hay una que presenta un interés particu­lar: se encuentra en el Judaísmo y se refiere a una ciu­dad misteriosa llamada Luz (3). Originalmente este nom­bre era el lugar donde Jacob tuvo el sueño y por eso lo llamó Beth-EI, o sea, Casa de Dios (4); más adelante volveremos sobre este tema. Se dice que el «ángel de la muerte» no puede penetrar en esta ciudad y por eso no tiene allí ningún poder y, por una comparación bastante singular, pero muy significativa, la sitúan algu­nos cerca de Alborj, que es para los persas igualmente «la morada de la inmortalidad».

Cerca de Luz hay, se dice, un almendro (también lla­mado luz en hebreo), en la base del cual existe un hue­co por el que se penetra a un subterráneo (5), el cual conduce a la misma ciudad, que está completamente es­condida. La palabra luz, en sus diversas acepciones, parece derivada, por otra parte, de una raíz que designa todo lo que está escondido, cubierto, envuelto, silen­cioso, secreto: y hay que señalar que las palabras que designan al Cielo primitivamente tienen el mismo sig­nificado. Normalmente se compara con coelum del grie­go koilon, «hueco» (lo que puede también tener una relación con la caverna, tanto más cuanto que Varrón indica tal comparación en estos términos: a cavo cae­lum); pero hay que señalar también que la forma más antigua y la más correcta parece ser caelum, que recuer­da muy de cerca a la palabra caelere, «ocultar». Por otra parte, en sánscrito, Varuna viene de la raíz var, «cubrir» (lo que da igualmente el sentido de la raíz kal a la que se refieren el latín celare, otra forma de caelere, y su sinónimo griego kaluptein (6); y la raíz griega Ouranos no es más que otra forma del mismo nombre, por lo cual var se transforma fácilmente en ur. Estas palabras pueden significar, por consiguiente, «lo que cubre (7)», "lo que oculta", pero también «lo que está oculto», y este último sentido es doble: es lo que está oculto a los sentidos, el mundo suprasensible; y tam­bién es, en los períodos de ocultamiento u oscurecimiento, la tradición que deja de manifestarse exterior y abiertamente, «el mundo celestial» deviniendo entonces «el mundo subterráneo». Hay aún, bajo otro as­pecto, que establecer una comparación con el Cielo: a Luz se le llama la «Ciudad azul», y este color es el del zafiro (9), es el color celeste. En la India, se dice que el color azul de la atmósfera se produce por la reflexión de la luz sobre una de las caras de Mêru, la cara meridional, que mira hacia el Jambu-dwîpa, y que está he­cha de zafiro; es fácil comprender que esto se refiere al mismo simbolismo. El Jambu-dwîpa no es sólo la In­dia como se cree corrientemente, sino que representa en realidad a todo el conjunto del mundo terrestre en su estado actual; y este mundo puede verse como situa­do completamente al sur de Mêru, ya que éste se iden­tifica con el polo septentrional (10). Los siete dwipas (literalmente islas o continentes) emergen sucesivamente en el curso de ciertos períodos cíclicos, de manera que cada uno de ellos es visto en el mundo terrestre en su período correspondiente; forman un loto cuyo centro es Mêru, con respecto al cual están orientados siguiendo las siete regiones del espacio (11). Hay, por consiguiente, una cara del Mêru que está vuelta hacia cada uno de los siete dwîpas; si cada una de estas caras tiene uno de los colores del Arco Iris (12), la síntesis de estos siete colores es el blanco, que se atribuye en todas partes a la autoridad espiritual suprema (13), y que es el color del Mêru considerado en sí mismo (veremos que está de­signado efectivamente como la «montaña blanca») mientras que los demás representan solamente sus as­pectos con relación a los diferentes dwîpas. Parece que, durante el periodo de manifestación de cada dwîpa, hay una posición diferente del Mêru; pero en realidad, es inmutable, puesto que es el centro, y es la orientación del mundo terreno con relación a él lo que cambia de un período a otro.

Volvamos a la palabra hebrea luz, cuyos diversos sig­nificados son dignos de atención: esta palabra tiene co­rrientemente el sentido de «almendra» (y también de "almendro", designando por extensión tanto al árbol como a su fruto) o de «hueso»; ahora bien, el hueso es lo que está en el interior y además escondido, y está completamente cerrado, de ahí la idea de «inviolabilidad» (14) (que se encuentra en el nombre de Agarttha). La misma palabra luz es también el nombre dado a una partícula corporal indestructible, representada simbó­licamente como un hueso muy duro, y a la cual el alma permanece unida tras la muerte y hasta la resurrec­ción (15). Tal como el hueso contiene la semilla y la mé­dula, este luz abarca los elementos virtuales necesarios para la restauración del ser; y esta restauración se ope­rará bajo la influencia de ese rocío celestial, reedificando los huesos desecados; es a lo que hace alusión, de la for­ma más clara, estas palabras de San Pablo: «sembrado en corrupción, resucitará en gloria (16)». Aquí, como siempre, la «gloria» se refiere a la Shekinah, considerada en el mundo superior, y con la cual el «rocío celestial» tiene una estrecha relación, así como hemos podido dar cuenta anteriormente de ello. El luz, siendo imperece­dero (17), es en el ser humano el «núcleo*» de inmortali­dad, así como el lugar que es designado por el mismo nom­bre es la «morada de inmortalidad»: ahí se detiene, en ambos casos, el poder del ángel de la muerte. Es en cierta manera el huevo o el embrión del Inmortal (18); puede compararse también a la crisálida de donde ha de salir la mariposa (19), comparación que traduce exactamente su papel con relación a la resurrección.

Se sitúa el luz hacia la extremidad inferior de la co­lumna vertebral; esto puede parecer bastante extraño, pero se aclara por una comparación con lo que la tra­dición hindú dice de la fuerza llamada Kundalini (20), que es una forma de Shakti considerada como inma­nente al ser humano (21). Esta fuerza está representada bajo la figura de una serpiente enrollada sobre sí mis­ma en una región del organismo sutil, correspondien­do precisamente también a la extremidad inferior de la columna vertebral; ocurre así al menos en el hombre corriente; pero, por efecto de prácticas tales como el Hatha Yoga, se despierta, se despliega y se eleva a través de las «ruedas» (chakras) o «lotos» (kamalas) que corres­ponden a los diversos plexos, para alcanzar la región correspondiente al «tercer ojo», es decir, al ojo frontal de Shiva. Este estadio representa la restitución del «es­tado primordial», donde recobra el hombre el «sentido de la eternidad» y, de ese modo obtiene lo que hemos dado en llamar en otro lugar la «inmortalidad virtual». Hasta ahí, todavía estamos en el estado humano; en una fase ulterior, la Kundalini alcanza finalmente la coro­na de la cabeza (22), y esta última fase hace referencia a la conquista efectiva de los estados superiores del ser. Lo que parece resultar de esta comparación es que la localización de luz en la parte inferior del organismo se refiere sólo a la condición de «hombre caído»; y, para la humanidad terrena vista en su conjunto, ocurre lo mismo con la localización del centro espiritual supre­mo en el "mundo subterráneo" (23).

 

 

NOTAS

 

(1). La caverna o la gruta representa la cavidad del corazón, con­siderado como centro del ser y también como el interior del «Hue­vo del Mundo».

 

(2). Citaremos como ejemplo el pasaje donde se trata del «descenso a los infiernos»; los que tengan ocasión podrán compararlo con lo que hemos dicho sobre el mismo tema en el L 'Ésotérisme de Dante.

 

(3). Las informaciones que utilizamos aquí están sacadas en parte de la Jewish Encyclopedia (VIII, 219).

 

(4). Génesis, 28:19.

 

(5). En las tradiciones de ciertos pueblos de América del Norte, también se trata de un árbol por el que hombres que primitivamen­te vivían en el interior de la Tierra saldrían a la superficie, mientras que otros de la misma raza permanecerían en el mundo subterrá­neo. Es verosímil que Bulwer-Lytton se haya inspirado en estas tra­diciones en La Raza futura (The coming race). Una nueva edición lleva el titulo de La raza que nos exterminará.

 

(6). De la misma raíz kal derivan otras palabras latinas, como ca­ligo y quizá el compuesto occultus. Por otro lado, es posible que la forma caelare provenga originalmente de una raíz diferente, caed, manteniendo el sentido de "cortar" o "dividir" (de donde también caedere), y, por tanto, los de "separar" y "ocultar"; pero, en todo caso, las ideas expresadas por esas raíces son, como se ve, muy próximas unas de otras, lo que ha podido impulsar fácilmente la asimilación de caelare y celare, incluso si las dos formas son etimológicamente independientes. 

 

(7). «El Techo del Mundo», asimilable a la "Tierra celeste" o "Tierra de los Vivientes", tiene, en las tradiciones de Asia Central, estrechas re­laciones con el «Cielo Occidental», donde reina Avalokitêshwara. A propósito de «cubrir» hay que recordar también la expresión ma­sónica «estar a cubierto»: el techo estrellado de la Logia representa la bóveda celeste.

 

(8). Es el velo de Isis o de Neit entre los egipcios, el «velo azul» de la Madre universal en la tradición extremo oriental (Tao-te-king, cap. VI); si se aplica este sentido al cielo visible, se puede encontrar en ello una alusión al papel del simbolismo astronómico que oculta o que revela las verdades superiores.

 

(9). El zafiro desempeña un papel importante en el simbolismo bíblico; en particular, aparece frecuentemente en las visiones de los profe­tas.

 

(10). ­Al norte se le llama en sánscrito Uttara, es decir, la región más elevada; al sur se le denomina Dakshina, la región de la derecha, es decir, la que se tiene a la derecha al girarse hacia Oriente. Uttaràyana es la marcha ascendente del sol hacia el Norte, comenzando por el solsticio de invierno y terminando por el solsticio de verano; dakshinâyana es el camino descendente del sol hacia el sur, comen­zando por el solsticio de verano y terminando por el del invierno.

 

(11). En el simbolismo hindú (que el Budismo ha conservado en la leyenda de los «siete pasos»), las siete regiones de espacio con los cuatro puntos cardinales, más el Cenit y el Nadir, y por fin del cen­tro mismo; podemos observar que su representación forma una cruz de tres dimensiones (seis direcciones opuestas dos a dos a partir del centro). DeI mismo modo, en el simbolismo kabalístico, «el Santo Palacio» o «Palacio Interior», está en el centro de las seis direccio­nes, que forman con él el septenario; y Clemente de Alejandría dice que de Dios, «Corazón del Universo», salen las extensiones in­definidas que se dirigen, una hacia arriba, otra hacia abajo, ésta a la derecha, aquélla a la izquierda, una hacia adelante y la otra hacia atrás; dirigiendo su mirada hacia estas seis extensiones como ­hacia un número siempre igual. Él completa el mundo; es el comien­zo y el fin (el alfa y la omega), en él finalizan las seis fases del tiem­po, y de él ellas reciben su extensión indefinida; tal es el secreto del número 7» (citado por P. Vulliaud, La Kabbale juive, t. I, págs. 215-216). Todo esto se refiere al desarrollo del punto primordial en el espacio y en el tiempo; las seis fases del tiempo corresponden, respectivamente, a las seis direcciones del espacio, son seis perío­dos cíclicos, subdivisiones de otro periodo más general, y a veces representado simbólicamente como seis milenios; son también se­mejantes a los seis primeros «días» del Génesis, siendo el séptimo o sabbath la fase de vuelta al principio, es decir, al centro. Así se tienen siete períodos con los cuales puede ser relacionada la manifestación respectiva de los siete dwîpas; si cada uno de estos períodos es un Manvantara, el Kalpa comprende dos series septenarias completas; además se sobreentiende que el mismo simbolismo es aplicable a diferentes gra­dos, según que se consideren períodos cíclicos más o menos extensos.

 

(12).  Véase lo que se ha dicho anteriormente sobre el simbolismo del arco iris. No hay, en realidad, más que seis colores, comple­mentarios dos a dos y correspondientes a las seis direcciones opuestas dos a dos; el séptimo color no es otro que el blanco mismo, tal y como la séptima región se identifica con el centro.

 

(13). No es pues, sin razón, que en la jerarquía católica el Papa se vista de blanco.

 

(14).  Es por lo que el almendro ha sido tomado como símbolo de la Virgen.

 

(15). Es curioso notar que esta tradición judaica probablemente ha inspirado ciertas teorías de Leibnitz sobre el «animal» (es decir, el ser vivo), subsistiendo perpetuamente con un cuerpo, pero "redu­cido a pequeño", tras la muerte.

 

(16).  Primera Epístola a los Corintios, 15:42. Hay en estas palabras una aplicación estricta de la ley de analogía: «lo que es arriba es como lo que es abajo, pero en sentido inverso».

 

(17). En sánscrito, la palabra akshara significa «indisoluble», y por extensión «imperecedero» o «indestructible»; designa la sílaba, ele­mento primario y germen de lenguaje, y se aplica por excelencia al monosílabo Om, que se dice contener en el mismo la esencia del triple Veda.

 

*Nota del traductor.  La palabra núcleo significa aquí lo mis­mo que hueso.

 

(18).  El equivalente lo encontramos, bajo otra forma, en las distin­tas tradiciones, y en particular, con muy importantes desarrollos en el Taoísmo. En este sentido, es análogo en el orden «microcós­mico», a lo que es el «Huevo del Mundo» en el orden «Macrocós­mico», pues encierra las posibilidades del «ciclo futuro» (la vita venturi seculi del credo católico).

 

(19).  Podemos referirnos aquí al simbolismo griego de Psiqué, que reposa en gran parte en esta similitud (véase Psique, por F. Pron).

 

(20) La palabra kundalî (en femenino kundalinî) significa enrolla­do en forma de anillo o espiral; este enrollamiento simboliza el es­tado embrionario y «no desarrollado».

 

(21). En este sentido, y en cierta relación, su morada se identifica también con la cavidad del corazón; ya hemos hecho alusión a una relación existente entre la Shakti hindú y la Shekinah hebrea.

 

(22).  Es el Brahma-randhra u orificio de Brahma, punto de contac­to de la sushumnâ o «arteria coronaria» con el «rayo solar»; he­mos expuesto completamente este simbolismo en el Homme et son devenir selon le Vêdânta.

 

(23). Todo esto tiene una relación muy estrecha con el significado real de esta bien conocida frase hermética: «Visita inferiora terrae, rectificando invenies ocultum lapidem, veram medicinam»; que da como acróstico la palabra Vitriolum. La «piedra filosofal» es al mis­mo tiempo, desde otro aspecto, «la verdadera medicina», es decir, «el elixir de larga vida», que no es otra cosa que «la bebida de la inmortalidad». A veces se escribe interiora en lugar de inferiora, pero el sentido general no cambia, y siempre hay la misma alusión manifiesta al «mundo subterráneo».

 






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