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Asunto:[budismotibetano] Noticias de lama Osel
Fecha:Martes, 6 de Noviembre, 2007  09:45:32 (+0100)
Autor:zopa <zopa @.......es>

Como lo fue en su anterior vida, en esta también va rompiendo moldes y expectativas.

A FONDO

 

 

 

ONCE LLAMADOS, SÓLO UN ELEGIDO
María y Francisco, los padres de Osel, viajaron a Dharamsala cuando el niño tenía tres años para comprobar si el Dalai lo confirmaba como la reencarnación del lama Yeshe, fallecido meses antes. Osel superó todas las pruebas y a los otros diez candidatos en liza.

 

D.R.

Osel quiere ser un personaje anónimo. No ha aceptado posar. «Perder mi intimidad, en este momento sería un desastre». Esta imagen está tomada en el monasterio de Sera a los 11 años.

CHARLA CON EL LAMA REBELDE

Era sólo un bebé cuando saltó a la fama, como encarnación de un nuevo lama. Hoy, este granadino de nacimiento y tibetano de adopción tiene 22 años y ha roto con el férreo destino que le esperaba. Ésta es la extraordinaria historia de Osel Hita, un niño educado para líder del budismo que ha preferido ser director de cine.

El venerable lama Tenzin Osel Rimpoché, nacido en Bubión (Granada) en 1985, proclamado por el Dalai, cuando aún gateaba, como la reencarnación del venerable lama Thubten Yeshe, que murió en California en 1984, ha vuelto a nacer. Por propia voluntad. En un discreto acto de rebeldía, pero sobre todo de búsqueda de sí mismo, recupera el nombre y los apellidos de su carné de identidad: Osel Hita Torres. Osel ha colgado los hábitos color azafrán de los monjes budistas, no se rasura el cráneo… y hasta se ha teñido el pelo alguna vez. No es una espantada. Es un desafío que se venía gestando desde que tenía ocho años y pidió socorro a su madre para que fuera a por él al monasterio feudal de Sera, en la India, y se lo llevase a España con sus hermanos. «¡Mamá, sácame de aquí!», le pidió en un mensaje grabado. Para los lamas, aquello fue una pataleta de un mimado niño occidental. Osel volvió a la férrea disciplina conventual. Pero desde entonces vivió con el desgarro a flor de piel.

Ahora, Osel estudia para ser director de cine. Es una carrera que le viene como anillo al dedo. Desde muy pequeño ha dedicado muchas horas al día a visualizar a Buda. Siendo un crío, llegó a imaginarlo en una montaña de helados: un mandala de tutti fruti. Osel tiene una imaginación vivísima y un rico mundo interior. Los tebeos de Tintín le servían como escapatoria a las interminables clases de gramática tibetana. Con ellos aprendió los rudimentos de la narrativa fílmica. La televisión estaba prohibida en el monasterio, pero la veía cuando estaba de viaje. Ésta es la sinopsis de una vida extraordinaria de alguien que quiere ser normal. Fundido desde negro…


Exterior, día. Osel abandona sus estudios de doctor en Filosofía y Dialéctica Budista y se matricula en una escuela de cine. Lo más importante: aspira a decidir el guión de su vida. «Me fui a Italia y estuve currando de ayudante de cámara, maquinista y electricista. Pasé allí seis meses y a la vuelta decidí que quería estudiar cine. Me interesa tener la capacidad para plasmar mensajes, situaciones cotidianas, música, gente, lugares, sentimientos... Momentos condensados en dos horas. Es la nueva era de la comunicación y por eso empecé a experimentar en ello. Pero no creo que cuente mi historia, mi biografía. No, lo del guión de mi vida me parece un poco sobrao. Cuando dejé el monasterio, estuve en un instituto de Canadá, donde saqué el equivalente del bachillerato español. Luego, me fui a Suiza. Allí estudié arte, filosofía, derechos humanos y francés durante un semestre.» Fue entonces cuando le picó el gusanillo del cine y se fue a Italia. También ha procurado divertirse, tontear con chicas y desquitarse así de la disciplina medieval a la que estaba sometido. Dicen que el lama Yeshe, del que se asegura que Osel es la reencarnación «irrefutable», también iba a las discotecas a fin de comprender el hedonismo occidental.

Osel no es un lama cualquiera. Está destinado a ser el líder del budismo tibetano en Occidente y, si así lo decide, podrá retomar en el futuro su formación como maestro espiritual. No tiene interés por la popularidad. Nunca lo tuvo. «No creo que a nadie le guste ser acosado por los paparazzi cuando sale a la calle o a tomarse unas cañas con amigos. Perder mi intimidad, en este momento, sería un desastre para mi vida. Cuando pasen unos años, y si algo sale de lo que estoy estudiando, pues que venga. Pero de momento prefiero ser un ciudadano anónimo», explica. Desde niño fue arañando una parcela cada vez mayor de autonomía dentro de la rígida jerarquía tibetana. Y defendió cada palmo conquistado. A los nueve años puso sus propias condiciones en una tensa reunión en Londres para volver al lamasterio de la India: que lo acompañaran su padre y su hermano pequeño, Kulkyen; tener cocinero propio, pues estaba harto de los potajes cuartelarios en Sera, y que le dejasen jugar a la Game Boy… Desde los once años, si lo visitaban periodistas, él decidía si los recibía. Osel tiene plena libertad para elegir su futuro y su oficio, pero, haga lo que haga, siempre será para los tibetanos un guía espiritual. Y, quiera o no, es un lama reencarnado, un tulku, aunque no ejerza como tal.

Osel significa en tibetano ‘luz clara’, la que existe al final del túnel de la muerte. Su escisión interior simboliza la fractura entre Oriente y Occidente. Él siempre fue consciente de ese cisma y tiene sus propias ideas al respecto. «Al budismo le quitaría lo que son meras supersticiones tibetanas, le dejaría lo esencial de su doctrina y le añadiría lo bueno de Occidente: el concepto de libertad.» Quizá sea una idea demasiado revolucionaria para algunos estamentos, pero está en consonancia con lo que predicó el lama Yeshe. «Quiero ayudar a que la gente sea más feliz. Ésa es mi misión, ayudar a todos los seres sensibles. Pero no sé lo que pasará en el futuro», añade.


¿Y el pasado? ¿Quién era el lama Yeshe o, dicho en clave budista, quién era Osel en su vida anterior? «Era un hombre abierto, tolerante, pillo, con un gran sentido del humor, carismático y con una curiosidad tremenda por todo lo que lo rodeaba. Un genio de la comunicación», recuerdan sus discípulos. Alguien que siempre sonreía y que daba las gracias por todo. Los padres de Osel, Francisco y María, lo conocieron en Ibiza en los años 70. Francisco era albañil y María tenía un negocio filatélico. En la isla de la libertad se conocieron, se convirtieron al budismo, se casaron. Tuvieron cuatro hijos casi de una tacada porque María, una mujer resuelta que se enfrentó a un cáncer con terapias alternativas, no era partidaria del uso de anticonceptivos. Se trasladaron a la Alpujarra, donde abrieron un centro budista. Montaña, paz y estrecheces. María dio a luz a su quinto hijo, Osel. Un bebé tranquilón que dormía como un ceporro y al que nada parecía importunar.


Meses antes, en un hospital de California, había fallecido el lama Yeshe de una dolencia cardiaca a los 49 años. Su discípulo y mejor amigo, el lama Zopa, se vio ante una papeleta delicadísima: hallar cuanto antes a la reencarnación de Yeshe. Tuvo sueños premonitorios. Otras monjas y monjes con cualidades proféticas se esforzaron por visualizar el cuerpo físico al que había migrado el karma sutil de su maestro. Pistas oníricas y adivinaciones llevaron al lama Zopa hasta la cuna de aquel mocoso andaluz después de viajar por medio mundo.

María y Francisco acataron el veredicto sin saber muy bien lo que se les venía encima. Viajaron a Dharamsala, en el Himalaya indio, cargados con su prole, para presentar a Osel ante el Dalai Lama. El Dalai lo examinó (un complicado casting con otros diez niños finalistas) y Osel pasó todas las pruebas, reconociendo objetos que habían pertenecido a Yeshe, como su campana o su rosario. Fue entronizado en una ceremonia con tanta pompa como la coronación de un rey. Címbalos, oboes y tambores. Osel no había cumplido los dos años y se pasó las tres horas chupando una piruleta y jugando con un cochecito de plástico.

El Dalai pidió a los padres que tratasen a Osel «como a un niño normal, pero siendo conscientes de que es un lama y que necesita disciplina; empezará a estudiar a los cuatro años y a los ocho deberá abandonar el hogar familiar para vivir en el monasterio de Sera». María no es una madre posesiva. Opina que los niños deben tener su propio espacio. Vivir su vida sin que los lazos afectivos se conviertan en ataduras. Francisco, mucho más sentimental, llevó peor la idea de la separación que se cernía a corto plazo. Pero los primeros años de la infancia de Osel fueron felices. Viajes y anécdotas. En una peregrinación al monte Heruka cambió sus sandalias por unas zapatillas deportivas y explicó a sus acompañantes tibetanos: «Si me caigo y me mato, sería una faena porque tendrían que buscar mi reencarnación». Todos a su alrededor parecían obsesionados por encontrar reminiscencias de su vida anterior. Cualquier monería o travesura adquiría una resonancia sobrenatural. Que estuviera gordito y mofletudo era causa de gozo porque recordaba la apariencia física del lama Yeshe. Sus ganas de broma, también. Luego se hizo espigado y tímido. Y entonces dijeron que los rasgos físicos no se heredan de una encarnación a otra, sólo el karma. El primer marido de María, Basili Llorca, era su tutor. María, Basili y Osel sufrieron un accidente de coche en Granada. En el hospital, Osel impartió instrucciones a los médicos: «Yo estoy bien, cuiden de mi madre y de Basili». Tenía cuatro años y había interiorizado el papel de líder. Luego, ese papel se le subió a la cabeza. No es extraño, pues era tratado como un semidios. Los monjes se postraban ante él. Cuando Osel se ponía farruco, su tutor aplicaba la genuina receta tibetana: azotes en el culo. Basili tenía permiso del lama Zopa para los cachetes. «Tiene un carácter fuerte y necesita métodos fuertes de control.» Osel, después del castigo corporal, lo retaba: «No soy mi cuerpo». Si todavía recibía algún pescozón de propina, Osel respondía con chulería: «Gracias, Basili, por golpearme. Eres muy amable».

En el verano de 1991, Osel ingresó en el monasterio de Sera. Allí estuvo conviviendo con 4.500 monjes, pero recibía un trato especial: criado y casa propia con un jardín. Por lo demás, disciplina. Diana a las 5.30 de la mañana, de 14 a 16 horas de estudio basado en el aprendizaje de memoria, algo que a Osel siempre le repugnó, pues es partidario de la discusión y el razonamiento para llegar a sus propias conclusiones. En Sera está mal visto mascar chicle o montar en bicicleta. Y, por supuesto, el alcohol o el tabaco. El lugar tiene algo de campo de concentración espiritual. Osel da muestras de buenas aptitudes para las matemáticas y la ciencia, que son las ‘marías’ en comparación con las asignaturas fuertes: caligrafía tibetana o metafísica del vacío… Se hace amigo de Namgyal, un monje australiano que ayuda a Basili en las funciones de tutoría.

Cocinan juntos o se escapan para comer pizza. La vida monástica es una aventura más hasta que Basili y Namgyal son relevados. Osel acusa el golpe. Su carácter se ensombrece. Se siente solo. Reprende a los lamas que sorben la sopa ruidosamente. Otros niños se burlan de él. Los lamas quieren hacer de Osel un tibetano. Es un momento decisivo de su vida. Pide ayuda a su madre. María, ni corta ni perezosa, coge un avión y hace 8.000 kilómetros hasta Delhi y 600 en taxi hasta plantarse en Sera. Le quita a Osel la túnica, le pone unos vaqueros y se lo trae de vuelta a España. Osel pasa el verano en Bubión, jugando con sus hermanos. Descubre el gazpacho. Ve a las parejas besarse. Duerme la siesta. «Osel necesitaba contacto afectivo y que se le enseñase a comprender, no sólo a memorizar y acatar la disciplina. Si él era Yeshe, debíamos confiar en que pudiese expresar su propia visión, no imponérsela», explica María. No le hicieron ni caso. Se celebró entonces la famosa reunión de Londres y la crisis se dio por cerrada. Pero en falso. En realidad, sólo fue el primero de una serie de desencuentros que se agravaron durante la adolescencia del pequeño lama, cada vez menos proclive a someterse a los modos de sus educadores. El pulso entre María y los tibetanos fue ganando intensidad. Un año, a Osel sólo le permitieron una visita de tres días a España, pero María burló a los tutores y se escapó con él tres semanas. En represalia, pasó dos años sin volver a ver a su hijo, al que habían convencido de que su madre era una mala influencia. María y Francisco, más dócil con los lamas, terminaron divorciándose. Y el crío prosiguió sus estudios. Pero en el verano de 2002, con Osel a punto de alcanzar la mayoría de edad, sucedió algo inesperado. La India y Pakistán se enzarzaron en un rifirrafe con veladas amenazas nucleares. El lama Zopa, intranquilo, recomendó que Osel fuese a España mientras se apaciguaban los ánimos. Osel se reunió con su madre en Ibiza. Allí aprendió por fin a montar en bici, salió en pandilla… Y se hizo a sí mismo las preguntas que los periodistas le vienen haciendo desde que tenía uso de razón. Y que siempre ha respondido con franqueza. «¿Eres la reencarnación del lama?» «No lo sé.» «¿Tienes recuerdos de tu vida anterior?» «No.» «¿Ni siquiera en sueños?» «No me acuerdo de mis sueños.» En Ibiza, las dudas de Osel colisionaron con el anhelo de vivir la juventud que le estaban robando. Y algo hizo clic.

Meses más tarde, Osel decidió ir a estudiar a Suiza.Adiós muy buenas. La situación se hizo insostenible y los lamas redactaron un comunicado insólito en octubre de 2004. En él explicaban que Osel les había dado las gracias por la educación recibida, pero que se iba. Le cortaron la financiación. «Osel siente que es vital emplear más tiempo en su educación. Como ya no está en Sera, Osel cree que no es apropiado que se sigan donando fondos para su educación, como hasta ahora.» La separación es un hecho, aunque le dejan la puerta abierta. «Por el momento hemos decidido que hasta que el lama no vuelva a Sera y reanude sus estudios tibetanos, las aportaciones al fondo para su educación quedan suspendidas.» No obstante, un grupo reducido de devotos lo sigue apoyando en sus gastos y necesidades educativas. Y hasta le financian el carné de conducir.

Osel se ha empeñado en seguir su propio camino. Su ejemplo es un soplo de aire fresco. Un chico que compagina su espiritualidad con las kedadas en el Messenger y que se despide en los correos electrónicos deseando muxo amor. Un gurú en periodo sabático. El pasado verano apareció por sorpresa en California. Fue a visitar a un lama de gran reputación. Osel le dijo: «Estoy creando mi propio mundo. Ustedes están creando su mundo y lo están haciendo bien. Algún día yo fusionaré mi mundo con el suyo». Osel ha hecho suyo el lema de su madre: «El reto de mi vida es satisfacer mis necesidades espirituales sin renunciar a mi época».

Carlos Manuel Sánchez

 

 

 

 

 





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