Padre nuestro
Viernes, 18-03-2005, Viernes de Dolores
Edición número 23
En esta edición de Padre nuestro encontraréis los siguientes contenidos:
-Los Dolores de María Santísima. Consideración de los dolores de nuestra
Santa Madre.
-Jesús crucificado. Anuncio de la recogida de oraciones enviadas por lectores
de Padre nuestro para que todos las leamos y hablemos con nuestro Señor
crucificado el Viernes Santo.
Los Dolores de María Santísima
(Homilía publicada por J. Portillo en Escucha mi voz, el Viernes de Dolores
del año 2004, y el día de la Virgen de los Dolores el año 2003).
Estimados hermanos y amigos:
Hoy nos adentramos en las celebraciones de la Semana Santa acompañando a
nuestra Santa Madre durante las trágicas horas que ella padeció los tormentos
que le fueron infringidos a nuestro Jesús. Podéis encontrar algunas pistas para
contemplar a María Santísima en la siguiente homilía que os envío que publiqué
en la edición número 7 del día del Señor. Espero que el citado texto os sea de
provecho.
1. La exaltación de la Santa Cruz y los siete Dolores que traspasaron el
corazón de María Santísima son dos devociones unidas o entrelazadas muy amadas
por la mayoría de los católicos, así pues, si ayer recordábamos la Pasión y
muerte de nuestro Jesús y el sentido teológico de la Santa Cruz, hoy vamos a
contemplar la figura de María de Nazaret junto a Jesús en las difíciles horas de
la agonía del Señor, y vamos a intentar encauzar nuestras deficiencias ante la
sencillez de María y la significación teológica del dolor, el error, el pecado y
la muerte.
El Apóstol San Pablo, en el fragmento de su Carta a los Hebreos
correspondiente a la Eucaristía que estamos celebrando, nos ha recordado el
dolor que sufrió nuestro Señor en las horas de su Pasión. Siempre se nos ha
dicho que Jesús aceptó su Pasión en virtud de su voluntad de acatamiento de las
consecuencias que erróneamente les atribuimos al pecado, pero hoy el Apóstol de
las gentes nos habla de un Jesús cuya imagen nos resulta desconocida, ya que
muchos de nosotros no hemos reparado en las conversaciones durante las cuales
Jesús le pedía a Dios que lo tratara de convencer sobre cuáles eran las razones
por las que él debía renunciar a su vida. En el Antiguo Testamento los Profetas
hablaban claramente de la Pasión de Jesús, pero, ¿por qué tenía que ser él
precisamente el que tenía que pagar el precio de la redención del género humano?
Si nos metiéramos en la piel de Jesús y se avecinara la hora de nuestra muerte,
¿de qué forma le pediríamos a Dios que nos concienciara de que no es absurdo
nuestro cometido? Cuando Jesús conoció el beneplácito de la voluntad de Dios,
comprendió que, siendo él un hombre normal, tenía que sufrir de igual forma que
padecemos nosotros para ser purificado no del pecado, sino de la forma en que la
sociedad podía inducirle igual que nos lo hace a nosotros a cambiar el amor al
Padre y a los hermanos por el apego a la existencia fácil y vacía.
2. Los Dolores de nuestra Santa Madre son muchos, así pues, las dudas de José
con respecto a la fidelidad de ella a su futuro marido, el tiempo durante el
cuál según un texto apócrifo José fue esclavizado, los años durante los que
Jesús predicaba el Evangelio atrayendo hacia sí mismo la malintencionada acción
letal de sus enemigos... pero, de todos esos puñales que traspasaron el corazón
de nuestra Santa Madre, la Iglesia nos insta a recordar siete heridas que
rompieron el corazón de María Santísima.
3. El primero de los siete Dolores nos lo narra San Lucas en el Evangelio de
hoy. José y María estaban muy contentos porque fueron al Templo a circuncidar a
Jesús para imponerle al Salvador el nombre que el ángel le había dicho a María
el día en que aconteció la Anunciación. El Nacimiento de un hijo es para muchos
padres la causa de un inexplicable gozo, pero Simeón, un anciano que le había
pedido a Dios que no le permitiera morir sin haber contemplado al Mesías, con
sus proféticas palabras, hirió el corazón de aquellos padres que tendrían
forjados muchos proyectos para educar al Niño haciendo de este lo que se dice un
hombre de bien. Cuando escribí el libro Trigo de Dios, pan de vida, entrevisté a
mucha gente con el fin de poder escribir mucho sobre el dolor humano y su
significación teológica. Una de las personas a las cuáles entrevisté era Isabel,
una anciana de 80 años que se expresaba en unos términos parecidos a los
siguientes, cuando me contó cómo su hijo Bernardo fue devuelto al ejército al
que pertenecía cuando abandonó clandestinamente el cumplimiento de sus
obligaciones militares durante la Guerra Civil de España: "Durante la noche del
doce de febrero del 37 mi hijo y yo fuimos sobresaltados por los gritos que
oímos y los golpes que los soldados daban en la puerta de mi casa, me levanté
sobresaltada, abrí la puerta, y unos soldados armados me empujaron y registraron
toda la casa hasta que encontraron a mi hijo y se lo llevaron atado jurando que
lo iban a matar. Cuando empecé a sospechar que jamás volvería a ver a mi hijo,
sentí un gran deseo de quitarme la vida...". Quizá María no sabía cuál sería el
fin de la etapa evangelizadora de Jesús, pero el anuncio de la muerte, por
conocido y esperado que sea, siempre causa desesperación, tristeza e
impotencia.
4. San Mateo, en el capítulo 2 de su Evangelio, nos cuenta cómo, a tenor de
la visita de los Magos de Oriente, temiendo Herodes que Jesús creciera y se
sublevara contra su persona arrastrando consigo a una buena parte de los judíos,
el Rey les ordenó a sus soldados que asesinaran a todos los niños de Belén y sus
barriadas cercanas que tuvieran menos de dos años. Jesús fue el único niño que
fue librado de la muerte. ¿Por qué el ángel que alertó a José y a María para que
salvaran a Jesús no hizo un pequeño esfuerzo para salvar a los santos mártires
de Belén? Dios sabe cómo, dónde y por qué hace las cosas. Con respecto a la
Sagrada Familia, puedo deciros que la huída a Egipto les fue muy angustiosa. Los
caminos conducían a muchos peligros que podían tener consecuencias letales para
ellos. La noche fue el escudo que amparó a la Sagrada Familia que huía
precipitadamente de los soldados del Rey. María y José no llegaron a
establecerse dentro de Egipto, pues vieron más conveniente instalarse en una
colonia judía que estaba fuera del país citado en la cuál encontraron acogida y
trabajo para José hasta que él recibió el encargo divino de regresar a
Palestina.
5. A su regreso de Egipto, quizá para evitar los molestos rumores de los
nazarenos con respecto a los hechos relacionados con la Encarnación del Verbo,
José quiso establecerse en Belén, pero nuestro santo se arrepintió de haber
tomado esa decisión cuando supo que Arquelao, el hijo del que quiso asesinar a
Jesús antes de morir, era el Tetrarca de Galilea, así pues, la Sagrada Familia
se vio obligada a retornar a Nazaret junto a sus familiares.
María tuvo a Jesús consigo hasta que el Niño cumplió cinco años y lo puso a
disposición de José para que este empezara a inculcarle su duro oficio y le
instruyera en el conocimiento de las Escrituras. La vida en la aldea, con la
salvedad de las dificultades que tenía el trabajo y el peso que suponía el
tributo imperial, era cálida y tranquila según la fuerza que cada cuál tenía
para soportar la invasión de aquella colonia romana.
Cuando Jesús cumplió los doce años, fue por primera vez junto a sus padres a
celebrar la Pascua a Jerusalén, por exigencia de una prescripción legal. Cuando
acabaron los actos religiosos al tercer día de la celebración y la Sagrada
Familia se dispuso a regresar a Nazaret, José y María se percataron de que Jesús
no estaba ni con sus parientes ni con ellos. Al tercer día de iniciar la
búsqueda, José y María encontraron a Jesús en el Templo interpretando las
Escrituras junto a los doctores de la Ley, los cuáles estaban admirados del
conocimiento que el Niño tenía de la Palabra de Dios. José y María estaban
contentos porque su Hijo tenía una sólida formación espiritual, pero como padres
le exigieron a Jesús que no se separara de ellos sin su consentimiento, porque
él no tenía edad suficiente como para perderse por un espacio de tiempo tan
largo. El Señor, tranquilamente, le objetó a María: "¿Por qué me buscábais? ¿No
sabíais que tengo que estar atento a cumplir la voluntad de mi Padre¿". José y
María estaban tan ofuscados en aquel momento que no pudieron entender el
significado de las palabras de Jesús, pero, María, la mujer que meditaba todos
los hechos relacionados con la vida de su Hijo en su corazón, empezó a sospechar
que su Hijo habría de separarse de ella en cualquier momento, apenas Dios se lo
pidiera. Todas las madres deben ser conscientes de que sus hijos se pueden
separar de ellas en cualquier momento, pero María no descartaba la posibilidad
de que el destino de Jesús podía ser diferente al futuro de la mayoría de los
hijos de Israel.
6. Algunos años después de que aconteciera la prodigiosa pérdida de Jesús en
Jerusalén, María y el Señor sufrieron la inesperada muerte de José. A partir de
ese momento, Jesús se encargó durante unos años de sustituir a su padre en su
trabajo de carpintero. José falleció en una época en la que su Hijo era
considerado como adolescente y por ello necesitaba tener junto a sí al
carpintero de Belén de una forma muy especial. A partir del fallecimiento del
Patrón de la Iglesia Universal, Jesús empezó a madurar seriamente sobre su
vocación.
Desde el momento en que el Señor se separó de María para ser bautizado,
tentado en el desierto y con la intención de comenzar su Ministerio público,
María empezó a sufrir la soledad en toda su plenitud. Nuestra Madre, en aquellos
tres años, tuvo que hacerse maestra en el arte de la oración, para no fallecer
contemplando la gloria del pasado que se ceñía sobre su alma como arma letal que
agigantaba la visión de su aislamiento. Cierto día, a través de Jesús, o bien
por las habladurías de la gente, la Madre de la Iglesia supo que su Hijo tenía
unos enemigos muy especiales que vivían para trazar un plan mortal con la
intención de acabar con aquel que puso al descubierto sus fariseas
intenciones.
En la Biblia no se nos relata si María supo de la celebración de la última
Cena de Jesús con sus discípulos cuando nuestro Señor celebró la transición de
la Pascua hebrea a la Pascua cristiana con sus Apóstoles, de igual manera que
tampoco se nos informa sobre cuál fue el momento durante el que ella pudo
encontrarse con Jesús cuando él caminaba con la cruz a cuestas hacia el
Calvario. En conformidad con los acontecimientos tan violentos que se sucedieron
desde el Domingo de Ramos hasta el Jueves Santo, es fácil suponer que María
conociera con todo detalle todos los acontecimientos relacionados con la Pasión
de Jesús, a partir del momento en que acaeció el prendimiento del Profeta de
Nazaret en Getsemaní.
7. Nuestro Señor, según palabras del Apóstol, "se despojó de su grandeza,
tomó la condición de siervo y se hizo semejante a los humanos. Más aún, hombre
entre hombres, se rebajó a sí mismo hasta morir por obediencia y morir en una
cruz (Flp. 2, 7-8). María Santísima contemplaba a nuestro Jesús derramando las
wltimas gotas de su existencia. De igual forma que la substancia vital manaba de
las heridas del Cuerpo de Jesús, el Hijo de Dios clamaba interiormente:
"Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa"
(Sal. 51, 3). "Fuiste tú quien me sacó del vientre, me tenías confiado en los
pechos de mi madre, desde el seno pasé a tus manos, desde el vientre materno tú
eres mi Dios, no te quedes lejos que el peligro está cerca y nadie me socorre"
(Sal 22, 10-11). Cuántas veces nos quejamos cuando sentimos que nos abandonan
las fuerzas de la juventud y la inestabilidad emocional que sufrimos nos induce
a sentirnos abandonados. Con qué quietud derramó
Jesús las wltimas gotas de su existencia en el Calvario. Jesús murió acosado
por el dolor, la asfixia y las crueles burlas de sus enemigos.
El día siguiente al primer Viernes Santo los judíos celebraban la Pascua, y
se hacía necesario que Jesús y los dos ladrones Dimas y Gestas fueran
sepultados. Como los compañeros de Jesús no habían sido azotados previamente a
su crucificción, los soldados les rompieron las piernas con el fin de no
sepultarlos vivos, pero Jesús parecía estar muerto. Para asegurarse de que Jesús
no fuera enterrado antes de expirar, un soldado romano al cuál según una antigua
tradición llamamos Longinos, clavó su lanza certeramente en el costado de Jesús,
haciendo que del cadavérico Cuerpo del Mesías brotara una fuente sacramental
inagotable. Jesús estaba muerto, y la vida que abandonó su Cuerpo vivificó a
otros tantos creyentes que permanecían sepultados en el Gólgota.
Quizá uno de los momentos más emotivos de la conmemoración de la muerte de
Jesús sea el recuerdo de María con el Cuerpo de su Hijo amado entre sus brazos,
minutos antes de que Nicodemo y José de Arimatea se encargaran de embalsamar al
Señor para proceder a sepultarlo en conformidad con la costumbre del pueblo
judío.
María salvó la vida de Jesús cuando el Niño Dios era pequeño y Herodes
deseaba asesinarlo, pero, aquel Viernes Santo, nuestra Señora hubo de resignarse
al contemplar los acontecimientos que ocurrían en torno a su Hijo.
9. Jesús fue sepultado en una cueva que estaba excavada en una roca que le
cedió José de Arimatea, un Sanedrita que, a pesar de que fue discípulo oculto
del Nazareno cuando empezó a creer en el Evangelio, le cedió al Señor su
sepulcro, y Jesús le otorgó la vida eterna, porque nuestro santo le dio un lugar
de reposo a aquel que era más humilde que los pájaros y las zorras, por cuanto
ni siquiera tenía una madriguera en la que apoyar su cabeza (Lc. 9, 58).
Jesús crucificado
El próximo Viernes Santo llevaremos a cabo una campaña de oración ante Jesús
crucificado. Los participantes del citado evento deberán enviarme las oraciones
que recitarían ante nuestro Señor crucificado a:
jpp123@telefonica.net
en el cuerpo de un e-mail o en formato de word para que yo las pueda insertar
en la edición de Padre nuestro correspondiente a la celebración de la Pasión del
Señor. Podéis enviarme a la citada dirección todas las dudas que tengáis al
respecto de la citada campaña, con el fin de fomentar vuestra participación en
la misma.