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Vigésimo quinta Reflexión
(2/10/2004)
Defender los espacios que tenemos de
felicidad.
Parece que la mayoría de las personas no son felices. Pero lo que
sí es verdad que casi todos nosotros tenemos ESPACIOS de
felicidad.
Yo creo,
Señor, que la felicidad no es un fin. La felicidad no está ni aquí ni
allá. Es lo que rebosa del vaso, es la plenitud de la vida, es la
consecuencia de la luz, es el sabor de la sal o del azúcar, es el sabor
del buen vino. Cuando haces algo, cuando haces el bien hay algo que
siempre acompaña esa acción: es la felicidad. El gozo de hacer el
bien.
Todos nosotros estamos
en este mundo como caminantes, como peregrinos. Estamos llamados a la
muerte y de la muerte a la vida. Mientras estamos de camino, lo normal, es
la cruz, el dolor, el cansancio. Pablo habla de vivir como en dolores de
parto, hasta que demos a luz nueva Vida: don de Dios.
Bien, lo normal es la
incomodidad, el irnos corrompiendo, pero hay espacios, muchos espacios,
que son ya luz, que son felicidad: es lo que rebosa en el bien, en la obra
bien hecha. Por eso confieso que hasta hoy Dios me ha dado muchos momentos
de felicidad: felicidad con las personas, muchas; felicidad en el
silencio, en la oración, en el no hacer nada; y felicidad en la acción, en
el trabajo, en las aventuras que la Providencia me ha brindado cada
día.
¡Gracias, Señor, por
tanta dicha!
Hoy he gozado: he
visto en la Tele un concierto de niños prodigios de cada una de las
regiones de España: niños de cinco años: música, danza, canto, chistes,
mímica...
¿Descubro en mí
espacios de felicidad, de gozo? ¿Doy gracias a Dios por ello?
P. Guillermo Santomé Dominico
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