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Asunto:[casaargentinaenbarcelona] nota106
Fecha: 2 de Septiembre, 2002  23:45:35 (+0200)
Autor:marcelo <dimitri1 @........ar>

¿Qué dice, doctor?

Por Luis Novaresio

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  Uno: Córrase traslado. Pregunto: ¿para qué lado te lo corro al traslado?.
Proveer de conformidad. Si Dios y la Patria no aportan ¿quién provee?. Previo a
todo trámite, repóngase. Esa es linda, ves. Reponerlo. Todo una fanfarronería de
saber si podés una, dos o más veces. Ut supra, in limine, a quo, erga omnes,
prima facie, inter partes, in totum, iura novit curia. Ni te cuento cuando te
viene la oportunidad y le mandás pacta sum servanda. ¡Gloria y loor!. Delirio de
lengua contra el paladar para pronunciar latinazgos de todas las aves negras,
cagatintas, cuervos, mangiapapeles, que caminan frente en alto, cola parada, con
los expedientes puestos siempre a la altura del pecho, nunca al lado de los
riñones, eso te da imagen de poco canchero. Nosotros, vos y yo, decimos que vamos
al tribunal. Nunca vamos a los tribunales, así los llaman los legos. Todos de
doctor. ¿Qué dice doctora? le zampamos a la gorda Betina que en la facultad hizo
la carrera a los tumbos sin poder distinguir entre concejo y consejo. La gorda
devenida doctora a base de rezo a Santa Rita para que no le salieran las bolillas
difíciles. Pero ante la gente, la gorda toma dimensión de doctora, hay que
proteger la imagen. Y nuestra casta. ¿Vos hiciste el doctorado?. Ni yo, doctora.
Ni yo, doctor. Pero todos, andamos por los pasillos, entrando por calle Balcarce,
y meta doctorarnos. Feliz día, doctor. Lo que hay que ver. 

  Dos: El tipo estaba en la mesa de entrada del Juzgado de Trabajo de la octava.
Cuando todavía estaba en la planta baja. Viste que el chico de mesa de entradas
es de lo más diligente. Te juna enseguida y sabe quién es el dueño del expediente
y hasta se anima a decir el color de las carátulas de los juicios. No como el del
pasillo del segundo piso que le falta babear, nada más, y le ofrecen reemplazarlo
a Corky. Vos haciendo cola. Con tu depurada técnica que deberían enseñar en la
cátedra de derecho procesal, hacés cola con cara de apuro pero nada demasiado
agraviante para que el empleado no se te enoje. Y ya se sabe que llevarte mal con
el tipo que te da los expedientes por la ventana del Juzgado es más grave que
caerle pesado al riojano dueño del Tribunal más supremo a la altura de la mina
con los ojos vendados. Dale, contame que me interesa. Acá en el tribunal es en el
único lugar en donde me entero de los chismes y esas cosas. El tipo estaba en la
mesa de entrada del Juzgado de Trabajo y yo le vi cara conocida. Después del qué
dice doctor del caso (todo lo que anda en saco y corbata por los pasillos debe
ser saludado con un doctor, ¿entendiste?) empiezo a pensar de dónde lo conozco.
No tengo pleito con el tipo ni me acuerdo de haber tomado audiencia. Salvo que
fuera de alguna compañía de seguro, de esos que vienen, comparecen en el acta y
dicen después paso a firmar. Pero no. Me conoce del teatro, me achica la duda.
Nada. ¿Del teatro? Se ve que puse gesto de. Sí, del teatro. ¿Te acordás del
teatro de San Telmo con la Cipe Lincovsky?. 

  Alfonsín había ganado con el preámbulo. Es cierto, lo único que hizo fue un
preámbulo, pero ese es otro tema. Caminar por Buenos Aires era hacerlo mirando al
suelo como decía Luisa Albinoni (sic) pero no para encontrar regalos sino para
chequear cuánto borcego de milico estaba con ganas de revancha. Vos y yo fuimos a
un teatrito en San Telmo porque había vuelto Cipe Lincovsky. Tu viejo decía que
era una mina jugada. Y fuimos. La mina recitaba Borges, se reía con textos de
Fontanarrosa y conmovía con un poema dedicado a la mierda. Lo tengo si lo querés.
De golpe la mina hizo prender las luces para dedicar su espectáculo. Hace 6 años,
dijo la Cipe, estaba en Rosario haciendo un espectáculo. Un sótano, era.
Amenazaron al dueño del lugar con llamados y con panfletos. Y yo no quise
suspender. La emoción de la mujer era evidente. Cuando recitaba a Macedonio
empezaron a explotar los gases lacrimógenos. Los del público serían unos veinte.
No me acuerdo de ninguna de las caras. Sí de sus gritos para huir del sótano con
olor a muerte y dolor en los ojos. Hoy, en esta sala, está alguien de los que se
bancaron los gases. Hoy ese alguien es abogado. Antes de empezar la función me
vino a saludar y me dijo: gracias por estar aquí de vuelta. Cuando a usted la
echaron con gases lacrimógenos en Rosario, yo me decidí a ser abogado porque me
juré que me serviría para poder defender a la gente como usted. Para que nunca
más volviese a pasar. Ese abogado, entonces un muchacho, está sentado ahí. Justo
al lado mío. Era el tipo de la mesa de entrada. Ahora me acuerdo. Yo te juro que
vi cuando aplaudían a un abogado. 

  Tres: ¿Anécdotas?. Miles. Cuando yo empecé, en el bar del tercer piso, era uno
de los temas preferidos (la cuestión más importante era hacer histeria los
viernes, pero bueno). Una vez, un abogado recién recibido fue a comparecer en un
pleito a un juzgado civil. Nada de nada, el chico. Viste que acá los
procedimientos son mayormente escritos. Tenés que hacer un escritito (Comparece,
acredita personería, dice el encabezado) y decirle al juez que te dé
participación en el juicio. El novel ave negra fue y dijo en mesa de entradas:
vengo a comparecer.  El empleado, viejo, malo y con ganas de divertirse, le dijo:
comparezca doctor. El profesional miró para los dos lados, y se convenció de que
el modo era elevar la voz. Señor, se afirmó: aquí estoy. Comparecido. En persona.
Y pegó media vuelta seguro que comparecer era avisarle al empleado de su
presencia. 

  Otra: se dice que un juez llegado con sólo abrir y cerrar puertas de las
oficinas del poder trabajaba sin entender nada de los papeles que le llevaba su
secretaria. Asustado, firmaba. Firmó hasta su propia renuncia, dicen. Pero lo
mejor fue cuando en una sucesión pidió que se diera oportunidad de presentarse al
muerto. Córrase traslado al causante. El causante, ocupado por acomodarse en el
metro y medio, nunca se presentó. 

  Cuatro: Ser abogado es ser un gran jugador de truco. Los naipes son siempre
los mismos, la mano más importante es la segunda y el envido, como las
excepciones procesales, se canta de entrada. Pero sobre todo, acá juega la
mentira y el mejor modo de hacerla (Profesional de más de 50 dixit). 

  Nunca busques de entrada en los códigos. Que primero sea buscar el sentido
común y lo que se te aparezca justo. Después se encuentra el taparrabos jurídico.
Cuando te llegue el caso, buscá la solución ajustada al común y propio sentido de
lo esperable como equitativos. Después, cuando ya sabés lo que querés decir,
acomodá los códigos y las leyes a esa solución: eso es el taparrabos jurídico
(Docente de filosofía del derecho, dixit). 

  Cinco: Los que laburan al lado de los que menos tienen. Los que recitan la
constitución desde el corazón y no desde el bolsillo. Los que firmaron habeas
corpus en los tiempos que eran plomo. Los que patrocinan a una madre desesperada
contra una obra social poderosa para ganarles un trasplante. Los que van a la
cárcel y representan a los que tienen SIDA, a los que no tienen un mango. Los que
asisten a los que le duele su vida por una causa de familia y los escuchan hasta
cualquier hora. Los que respetan la palabra. Y no firman nada, porque ellos lo
dijeron. Y lo cumplen. Los que estudian, son dignos, respetan y son respetados. Y
son muchos. Los que no son abogados: son abogasteis. Los que hoy más que nunca
deben predicar con el ejemplo de lo estudiado y reclamar que las leyes del juego
se cumplan, que la mano dura voltea todo principio de legalidad, que renegar del
derecho es escupir hacia arriba. En las grandes revoluciones por la búsqueda de
la dignidad estuvieron presentes los abogados. Nada menos. 

  Seis: Resulta que es por Alberdi. Esta semana se recordó el día de los
abogantes. Me divertí leyendo todos los chistes que sobre los ave negras se
escribieron. Mucho. Ya sé que ese pajarraco horrible, el cuervo, jamás se come el
cadáver de un abogado muerto tirado en el campo. Por solidaridad de especie. Me
enteré que cuatrocientos abogados hundiéndose en un barco en alta mar no es un
naufragio, sino un buen comienzo. Pero el mejor es de la respuesta a cuánto da
dos más dos. A tres le preguntan cuánto da la suma de dos más dos. Un ama de casa
contesta rápido. Dos más dos es cuatro. Un contador dice: dejame que mire mi
planilla de cálculo para ver cuánto se paga de impuestos pero creo que da entre
tres y cuatro. Un abogado, ante esta inquisición, primero, se queda en silencio.
Luego baja la luz de la sala, pone voz melosa y te dice: entre usted y yo,
¿cuánto quiere que dé?. 

                       Feliz día de los abogados. Por ser Justo.




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