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Asunto:[casaargentinaenbarcelona] nota101
Fecha: 2 de Septiembre, 2002  23:52:19 (+0200)
Autor:marcelo <dimitri1 @........ar>

Todo está en los diarios

Por Luis Novaresio

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  Uno: Chiche que dice que la culpa es tuya (sí, tuya) porque anduviste
comprando latitas de conserva alemanas y con el changuito cargado de tanto primer
mundo, volteaste todas las fábricas que florecían en la época de la revolución
productiva de Carlos I de Anillaco. Moreau que quiere ser presidente (Te repito
porque es fuerte: Moreau quiere ser presidente). Lilita que ya no consigue
orfebre que le ponga extensiones en las tablas donde va el Otro clavado y
preanuncia variopintos tifones, maremotos y centellas desafiando isobaras,
isohietas e isohipsas de la realidad cotidiana. Alvaro, un arquitecto portugués y
valiente, diseña sillones en Porto y los exporta a esta bendita ciudad de la
virgen y del Monumento gracias a la obra del hombre que hacía campaña (hace
mucho, hasta era socialista) criticando a Usandizaga porque gastaba energía
eléctrica en los arbolitos de Navidad del Parque Independencia. Y vos dale que
pagás impuestos y hasta bonos contribución con fines solidarios. El hombre ex
piloto de los ojos aún azules que todos veían como el Mel Gibson de la invencible
provincia de Santa Fe se transforma en Freddy Krugger y látigo con pinchos en
mano, castiga a sus ministros y les estira el tiro del final por horas y horas. Y
cambia para que nada cambie, claro, con un solo tendón de Aquiles recauchutado
(no digan que los avisé que le falta el otro). El autista que reaparece y dice
que lo suyo fue la crónica de una volteada anunciada pero parece que se lo dictan
porque ni él mismo lo entiende. Y, por fin, la gran cabeza de todo este sur
terráqueo que dice que vamos saliendo. No aclara hacia dónde. Y más, mucho pero
mucho más. Todo está escrito. Todo escrito. Adjetivos, sustantivos, apócopes y
adverbios puestos con más o menos gracia. Pero ya está. Negro sobre blanco.
Escrito en el papel que mancha pero que huele tan bien. Todo está en los diarios.
Eso y más, ya están. Nada sobre él. 

  Dos: Tu vieja es la que me dijo lo de él. Tu vieja, la que sin los
clasificados y los muertos no puede. ¿Te lo sigue diciendo?. La primera vez que
se lo escuché fue cuando vos le sugeriste que te gustaba más el diario nuevo. Que
por qué no compraban el nuevo. Que había que cambiar. No sé si furia, pero si un
poquito de odio hubo. No seas idiota: no tiene ni los muertos ni los
clasificados. Y vos (y yo, te lo reconozco) no la entendiste. Eras lo
suficientemente joven como para ser indiferente a los anuncios presididos por
cruces o estrellas de David y lo naturalmente inconsciente y adolescente como
para no saber lo que era un rubro de clasificado en donde se ofertan y piden
necesidades elementales a cualquier precio. No la entendimos. No la captamos,
hermanito. Porque a ella le gustaba (¿le gusta todavía?) rematar con un "¿lo
captás?". Los muertos y los clasificados querían y quieren decir tantas cosas.
Confesáme que un poco a vos te pasa. ¿Esas deberían ser las dos columnas que le
pertenecen al pueblo?. Será.   

  Fue tu vieja. Como si me viera todos los días, me paró en seco en la calle y
me lo contó. Una muerte se antepone a todo. Incluso a la sorpresa del
reencuentro. Se murió el viejo Giacomo. ¿Lo viste en el diario?. 

  Yo no leo los avisos fúnebres. Vos tampoco. Me lo dijo, también, tu vieja
después de apretarme el cachete de mi cara como saludo cariñoso. Sos igual que mi
nene. No leen los fúnebres y no se enteran de nada. Así nos va, a vos y a mí. 

  Tres: Lo lindo del pasillo es que es ancho. Unos tres metros y medio. Después,
cuando arrancaban los departamentos, se achicaba por el macetero. De piedra. Iba
desde el departamento dos donde vivía yo hasta el cuatro de Giacomo. El
departamento uno no tenía macetero. No se lo habían construido. Adrede, me
parece. Sería porque eran los peronistas, ¿te acordás que te conté la historia?.
El día que te dije del disco de la Marchita cantada por Hugo del Carril (no Julio
Sosa, te corrigió a los gritos Jorge, chabón). Bue. El pasillo sigue estando ahí
en calle Cochabamba. La medianera del patio te da con el Club el Tala. Yo me
acuerdo que Giacomo se asomaba a la terraza y le gritaba a las dos hijas para que
vinieran a comer. "A mangá' ragazz' che tutt' 'e prontoooooo".  Y ahí nomás las
pibas volaban de la pileta, se ponían las zapatillas y con la gorra blanca de
goma, con flores horripilantes, marchaban con paso cortito al departamento de al
lado del nuestro. Y siempre, el negrito del club, sin que nadie se lo dijese iba
atrás de las hijas de don Giacomo. A mangiare, claro, con ellos. 

  Giacomo decía que había que saber compartir. Y no se comparten los deseos. Se
comparte la pasta. La comida. Desde que sus hijas tenían uso de razón sentaba a
comer en su mesa familiar al pibe del barrio que la pasara peor. Alguna vez fue
el hijo de la chica soltera de la cuadra que se deslomaba limpiando pisos ajenos.
Otra vez el lustrabotas de la plaza López que se venía camimando desde la zona
sur, cerca de la Mandarina (lejos como la bassa Russia, decía Giacomo). El que
fuera. O el negrito del Club el Tala que llegaba a la mañana temprano, juntaba
las chapitas de las gaseosas en el bar, pasaba la escoba en la sala de los
billares, lustraba los ceniceros con el logo de Cinzano del sector de jugadores
de carta y se ganaba alguna chirola. No sé si era mudo. Pero hablar no hablaba.
Ni cuando comía en casa de don Giacomo, cada mediodía, siempre. 

  Y acá en casa no se sientan a comer por caridad. La caridad se guarda en el
bolsillo de la hipocresía de los burgueses. Acá se sientan a comer porque si
compartís lo que llevás a la boca, compartís en serio cualquier cosa. Giacomo
dixit. 

  Cuatro: Nunca compré una casa. Yo alquilo. El ladrillo te ata. Los ladrillos
son los preferidos de los gringos conservadores. Casi todos fascistas. Cuando vos
te cruces con un italiano, es fácil saber si el tipo es de derecha o izquierda.
Preguntale si alquila. Si te dice que no porque alquilar es tirar la plata a la
basura es que durante la guerra estaba con Mussolini. Yo pasé la guerra y te
aseguro que cuando estaban los enemigos enfrente, los ladrillos te sirven para
una mierda. Aparte los ladrillos sepultan a tus hijos. No los deja volar a otros
lugares, porque ahí está la casa. Si leés los Cuadernos de la Cárcel ahí te
cuenta el lastre de los ladrillos. O no era en ese libro. Pero lo dijo Gramsci.
¿Qué me mirás con esa cara?. ¿Nunca escuchaste hablar de Gramsci?. Yo te lo voy a
hacer leer. ¡Palabra de Giacomo!. 

  Cinco: El lunes pasado murió don Giacomo. No me hubiera enterado a no ser por
tu vieja y su manía por los fúnebres y los clasificados. Y eso que ahora están
todos degenerados, me dijo, y me contaba de los anuncios de masajes, traviesas y
acompañantes masculinos. Le hubieras visto la cara. Hoy le escribo (le escribo a
él) porque sentí que no era justo que sólo mereciera cuatro líneas pavotas
rematadas por el hondo y hueco pesar de sus allegados que le desearían un frígido
Q.E.P.D. 

  Pero le escribo sin ánimo de homenaje póstumo. Sino como una invocación, una
charla suena mejor, entre amigos, absortos escuchando a un tipo digno. Escuchando
a un tipo digno que hoy no encuentra titulares ni en las columnas de las
novedades. Porque Giacomo hubiera sido tu amigo, te lo aseguro. Porque yo hubiera
querido saber cómo habría mantenido el ideario de su amado Gramsci cada vez que
abriera los ojos en estos días. Para que nos enseñara. Y los avergonzara a ellos,
a los de la tapa. Porque se fue un tipo realmente preocupado por los negritos
mudos de su cuadra y dio lecciones con sus propias manos a estos sordos
insensibles que pueblan la primera página de estos mismos diarios. Porque Giacomo
era un tipo digno. Y por eso, desde él y a partir de él, vos y yo queremos
decirlo a los gritos. Para que el eco de su recuerdo imite, replique, arrastre. A
Usted, don Giacomo: ¡salud!. 
 
rosario12, 020902




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