domingo 11 de marzo de 2012
Juan Miranda era coordinador de fotografía de la revista Proceso
cuando le habló por teléfono a Octavio Paz para exponerle su propuesta
de hacerle un retrato. Ríspido, casi grosero, el poeta contestó: “No soy
una vedette para que me
venga a fotografiar”. Miranda defendió su idea: estaba haciendo fotos a
algunos de los principales hombres de la cultura del país y él era uno
de los más importantes. Paz cortó la conversación diciendo que no tenía
tiempo para esas cosas.

Lo
que ninguno de los dos sabía es que el fotógrafo acabaría teniendo la
oportunidad de retratar al poeta en un momento muy particular. Era el
mediodía del miércoles 8 de enero de 1986 y se rendían honores al cuerpo
de Juan Rulfo en el vestíbulo del Palacio de Bellas Artes de la ciudad
de México. La víspera, en el velorio, habían estado en Gayosso los
políticos, los escritores, los periodistas, los fotógrafos… No así
Miranda, que llegaba ahora para redondear la nota. No sólo había
conocido al autor de Pedro Páramo: le había hecho un espléndido retrato —que, como otros trabajos suyos, tuve el privilegio de publicar en Viceversa.

Entonces
se vivió una pequeña conmoción, cuando hicieron su entrada los
empleados de la funeraria encargados de trasladar el ataúd de Rulfo al
Panteón de Dolores, donde serían cremados sus restos. En ese momento,
bajo la luz matizada característica del Palacio, detrás de una columna,
Juan Miranda descubrió a Octavio Paz, quien había montado una guardia y
luego se había puesto discretamente a un lado. Casi se le echó encima.
Detrás de él aparecieron otros periodistas, una reportera de Excélsior, una cámara de televisión. El fotógrafo disparó diez, doce, quince veces mientras sus colegas entrevistaba al poeta.

Según publicó La Jornada, Paz declaró aquel día: “Estoy profundamente anonadado, aterrado, no sé qué decirle, es terrible. Participé en la relación [sic]
de Rulfo, como escritor; escribí sobre él; lo admiré siempre; siento
que perdí algo muy personal, tengo una pena inmensa; no puedo darle en
estos momentos una opinión literaria; estuve muy ligado a Rulfo cuando
yo comenzaba también, ¿qué más puedo decirle? En estos casos lo mejor es
el silencio”. (Tomo la cita del libro cuya portada se ve al lado de
estas líneas. La nota bibliográfica puede verse al calce de este texto).

Según me explica Miranda, las fotos que resultaron, y de las que ofrezco con su beneplácito las tres mejores a los lectores de Siglo en la brisa,
son del momento en que los empleados de la funeraria están levantando
el féretro para abandonar Bellas Artes. Para el fotógrafo, las imágenes
revelan lo que está sucediendo en el interior del poeta: “Su mirada es
la de quien se asoma al abismo de la soledad. Un abismo que deja ver la
profundidad de su orfandad intelectual. Su rostro desencajado se fue
transformando en conmovedora melancolía que reflejaba el dolor de la
pérdida…”. La luz de los reflectores de la televisión, me parece, les da
un toque expresionista que acentúa su dramatismo.
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De Juan Miranda tuve el privilegio de editar, en 1997, el libro Curanderos y chamanes de la sierra mazateca,
un ensayo fotográfico sobre diecinueve curanderos de Huautla de
Jiménez, la tierra de María Sabina. El libro, que se agotó muy pronto y
que no se reeditó, tiene textos de Fernando Benítez, Leonardo da Jandra y
Juan García Carrera. Pronto dedicaré un post a esa edición.
Las fotos que conforman esta entrega, y los testimonios que reproduzco (de Miranda y de Paz), aparecieron en Octavio Paz, entre la imagen y el nombre,
volumen dedicado a mostrar una parte de la iconografía fotográfica del
gran poeta mexicano, coordinado y prologado por Rafael Vargas y editado
por la Dirección General de Publicaciones de Conaculta en 2010.
La foto de Juan Miranda es de Joaquín Ávila.
Juan Miranda en internet, http://mirandajuan.blogspot.com/
Fuente:
http://www.oralapluma.blogspot.mx/