| Asunto: | [cidalc] Frei Betto: LA CONSTRUCCION DEL SENTIDO/A CONSTRUÇÃO D O SENTIDO | | Fecha: | Martes, 4 de Mayo, 2004 20:53:32 (-0300) | | Autor: | medios <medios @.........org>
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CIDALC AL DÍA
LA CONSTRUCCIÓN DEL SENTIDO
Frei Betto
Todos los aprendizajes se dan en una red de relaciones complejas
pero tienen su punto de partida en las aptitudes cognitivas del aprendiz.
Esto supone implicancias, no solo culturales y ambientales, sino que también
genéticas. No tiene nada de raro que el hijo de un músico demuestre
tendencia musicales. Lo difícil es conseguir que se interese por la
biología. Por eso, muchos estudiantes se preguntan porqué aprender aquello
que, aparentemente, no tendrá ninguna utilidad en sus futuras ocupaciones.
Por culpa de la demanda de mercado, la escuela tiende a preparar
alumnos cada vez más aptos para la competitividad profesional, la cual se
inicia en la boca estrecha del vestibular (examen que posibilita el ingreso
a la universidad). La competición, característica de los juegos de otrora,
imprime carácter a la vida social de hoy. Con la diferencia de que, en los
juegos, el ciclo recomienza en cada partido, dando la posibilidad de que el
derrotado de hoy sea el triunfador de mañana. El tema es que en la vida
social la derrota tiene el sabor amargo del fracaso, lo que engendra
frustración y desesperanza. Por lo contrario, la victoria atrae la
presunción.
La educación debería ser ante todo, un método de producción de
sentido. Es lo que da consistencia a la vida. Sin embargo, los recursos
capaces de inducirla en esa dirección vienen siendo puestos de lado: la
educación de la filosofía la sociología, de la literatura y las artes, de
la introducción al universo de las religiones, etc. El pragmatismo vence a
la contemplación y la teoría, a la acción. El sentido, como propuesta de
vida ética y altruista, cede lugar a la oportunidad. Lo que es objeto y
está afuera -el dinero- pasa a generar más motivación que los valores
estructurantes de la subjetividad. Este vacío abre espacio a un
profesionalismo vulnerable, a la falta de ética, al arribismo y al alpinismo
social a cualquier costo.
La producción de sentido es un proceso que se inicia en la
familia. Es de la familia de la cual el niño recibe los primeros "lentes"
de lectura del mundo, de su lugar en el mismo, de su relación con los demás.
Allí se afirma o no el prejuicio, la discriminación, el respeto al
diferente, la reverencia a los más viejos, los preceptos religiosos, en fin,
el sistema de valores.
La escuela hace uso de esta materia prima para sedimentar
hábitos y costumbres. O simplemente barre para abajo de la alfombra, como
si el conocimiento no tuviese su referencia primordial en este campo
físicamente más próximo y, sin embargo, psicológicamente más distante: el
conocimiento de sí mismo, como enseñó el oráculo de Delfos, y, por
deducción, el conocimientos de los otros, de la naturaleza y de Dios.
El yoga es un arte que enseña a pensar lo que hace pensar al
pensamiento y a pensar lo que se piensa. La contemplación, silencia la
mente, labra valores, sobrepone el corazón a la razón, cultiva la fe como
virtud de la inteligencia. Del mismo modo, el arte hace preceder la emoción
a la razón. La producción de sentido es ese tejido invisible que, como una
cuerda, nos permite tender en ella nuestros conocimientos. Alineados, ellos
ganan un sentido, una dirección y apuntan a un rumbo: el de la mejora
colectiva e individual de nuestra humanidad (lo que es una tautología, sin
embargo, necesaria).
Producir sentido es enseñar a niños y jóvenes a preguntarse,
manifestar dudas, poner en jaque sus certezas, cultivar su vida interior,
abrazar el itinerario que conduce a las fuentes a los límites de la
existencia. Porque solo el sentido hace vencer las adversidades atenuando
el sufrimiento. Este es tanto mayor cuanto menos incorporado esté al
sentido de nuestra existencia. Pero es inevitable, como percibió Siddartha
Gautama hace veintisiete siglos.
Siendo así, el sentido debería ser objeto de producción
obligatoria, incluso porque, como decía el Ché solo hay razón para morir por
la causa que justifica nuestro vivir. Es tal vez el vacío de ese
pragmatismo desprovisto de sentido lo que explique nuestro creciente miedo a
morir. Hasta incluso a envejecer. Queremos a toda costa prolongar la
juventud a través de innumerables recursos que van desde las dietas
anoréxicas hasta la cirugía plástica.
Como si con todo eso se detuviese el ritmo del tiempo y se nos ofreciese una
segunda chance. Sin embargo, no tenemos claridad de lo qué hacer con la
primera, excepto el de hacerla entrar en un juego inútil de vanidades y
ambiciones que abren una profunda fosa entre nuestra existencia y nuestra
esencia.
[Traducción: Jackie Paullier]
A CONSTRUÇÃO DO SENTIDO
Frei Betto
Todo aprendizado dá-se numa rede de relações complexas, mas tem seu ponto
de partida nas aptidões cognitivas do aprendiz. Isso supõe implicações, não
só culturais e ambientais, mas também genéticas. Nada de estranho que o
filho do músico revele tendências musicais. O difícil é fazê-lo
interessar-se por biologia. Por isso, muitos estudantes se perguntam por que
aprender aquilo que, aparentemente, não terá nenhuma utilidade em suas
futuras ocupações.
Por força da demanda do mercado, a escola tende a preparar alunos cada
vez mais aptos à competitividade profissional, que se inicia na boca
estreita do funil do vestibular. Outrora característica dos jogos, a
competição imprime, hoje, caráter à vida social. Com a diferença de que, nos
jogos, o seu ciclo recomeça a cada nova partida, possibilitando ao derrotado
de hoje tornar-se o vitorioso de amanhã. Já na vida social a derrota tem o
amargo sabor do fracasso, o que engendra frustração e desesperança. Enquanto
a vitória atrai presunção.
A educação deveria, antes de tudo, ser um método de produção de sentido.
É o que imprime consistência à vida. Porém, os recursos capazes de induzi-la
nessa direção vêm sendo postos de lado: o ensino de filosofia e sociologia,
de literatura e artes, a introdução ao universo das religiões etc. O
pragmatismo vence a contemplação, e a teoria, a ação. O sentido, enquanto
proposta de vida ética e altruísta, cede lugar à oportunidade. O que é
objeto e está fora - o dinheiro - passa a gerar mais motivação que os
valores estruturadores da subjetividade. Esse vazio abre espaço a um
profissionalismo vulnerável à anti-ética, ao arrivismo e ao alpinismo social
a qualquer custo.
A produção de sentido é um processo que se inicia na família. É dela que
a criança recebe os primeiros "óculos" de leitura do mundo, de seu lugar
nele, de sua relação com os demais. Ali firmam-se ou não o preconceito, a
discriminação, o respeito ao diferente, a reverência aos mais velhos, os
preceitos religiosos, enfim, o sistema de valores.
A escola faz uso dessa matéria-prima para sedimentar hábitos e costumes.
Ou simplesmente joga para debaixo do tapete, como se o conhecimento não
tivesse sua referência primordial neste campo fisicamente mais próximo e, no
entanto, psicologicamente mais distante: o conhecimento de si mesmo, como
ensinou o óraculo de Delfos, e, por dedução, o dos outros, da natureza e de
Deus.
A ioga é uma arte que ensina a pensar o que faz o pensamento pensar e a
pensar o que pensa. A contemplação silencia a mente, burila os valores,
sobrepõe o coração à razão, cultiva a fé como virtude da inteligência. Assim
como a arte faz a emoção preceder a razão. A produção de sentido é esse
tecido invisível que, como uma corda, nos permite fazer dela o varal de
nossos conhecimentos. Alinhados, eles ganham um sentido, uma direção, e
apontam um rumo - o da melhora coletiva e individual de nossa humanidade (o
que é uma tautologia, porém necessária).
Produzir sentido é ensinar crianças e jovens a se interrogarem,
manifestarem dúvidas, pôr em xeque suas certezas, cultivarem a vida
interior, abraçarem o itinerário que conduz às fontes e aos limites da
existência. Porque só o sentido faz vencer adversidades, atenuando o
sofrimento. Este é tanto maior, quanto menos incorporado ao sentido do nosso
existir. Mas é inevitável, como percebeu Siddartha Gautama há vinte e sete
séculos.
Se é assim, o sentido deveria ser objeto de obrigatória produção. Mesmo
porque, como dizia o Che, só há razão para morrer pela causa que justifica o
nosso viver. Talvez o vazio desse pragmatismo desprovido de sentido explique
o nosso crescente medo de morrer. Até mesmo de envelhecer. Queremos, a todo
custo, prolongar a juventude, através de inumeráveis recursos, que vão das
dietas anoréxicas à cirurgia plástica. Como se tudo isso travasse o ritmo do
tempo e nos oferecesse uma segunda chance. Pois não temos clareza do que
fazer com a primeira, exceto atrelá-la a um jogo inútil de vaidades e
ambições, que abrem um profundo fosso entre a nossa existência e a nossa
essência.
Frei Betto é escritor, autor, em parceria com Leonardo Boff, de "Mística e
Espiritualidade" (Rocco), entre outros livros.
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