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Asunto:[cidalc] Frei Betto: Un diamante es eterno, Los cinta-largas tam bién
Fecha:Martes, 1 de Junio, 2004  22:14:19 (-0300)
Autor:medios <medios @.........org>

 
 
Cidalc al Día
Para Reflexionar
 
Un diamante es eterno: Los cinta-largas también

 
 
Frei Betto
 
17, Charterhouse Street, Londres.  Cada cinco semanas, todos los lunes, una docena de hombres ingresa en el lujoso edificio y uno de ellos pasa el cartón magnético en una puerta electrónica.  El cartón acciona el sistema de sonido que pregunta:
-La seña, por favor.
-Kimberley, number 666-4.
La puerta se abre, recogiendo sus gruesos dientes blindados.  Los hombres pasan, ignorando el circuito cerrado de TV que los controla y los espejos magnéticos que consiguen captar lo que llevan en sus carpetas y bolsos.
En el lugar funciona el escritorio inglés de la mayor empresa de comercialización de diamantes del mundo:  la De Beers Consolidated Mines Ltd. con sede en Sudáfrica.  Sus actividades, que no brillan tanto como su producto, se extienden por todas partes donde hay diamantes:  Botswana, Zaire o Australia.  Y sus escritorios de representación se encuentran en Suiza, Lichtenstein, Luxemburgo o Bermudas.
La compañía De Beers existe hace más de un  siglo.  Fundada por el colonizador inglés Cecil Rhodes, permanece en manos de la familia sudafricana Oppenheimer.  El nombre de la empresa es un homenaje a Nicolas De Beer, dueño de la tierra en la cual, en 1871, se descubrió un fantástico yacimiento de diamantes.  Para  fines del siglo XX, cerca del 40% de los diamantes en bruto extraídos en el mundo quedaban en manos de De Beers.  Y más del 80% de los diamantes vendidos eran suministrados por el sector sudafricano de esta empresa.
De Beers controla, soberana e impunemente, todo el comercio internacional de diamantes.  Todos los que se dedican a cualquier tipo de actividad que involucra esta piedrita preciosa que, trabajada y pulida brilla en anillos, caravanas, aros, pulseras, diademas, broches y coronas, están sujetos a las decisiones de la empresa.  Ella decide cada uno de los precios.
Cada lunes se celebra un sight:  la ceremonia de observación es promovida por la Central Selling Organization –la CSO- controlada por el corazón de De Beers, la Diamond Trading Company.   En la confortable sala de sofás cubiertos por piel de antílope, se instalan los negociantes venidos de Bombay, Nueva York, Tel Aviv y Antuérpia, los centros más importantes de reventa y facetado de diamantes del mundo.
Los sightholders, como se le llaman a los raros miembros de esta extraña familia, deciden si venden o no su mercadería más preciada.
Acompañados por un broker –nombre que reciben los cinco funcionarios de la De Beers –el tejano Fred Brady entró uno de esos lunes en el misterioso tempo, disfrazado de diamantaire.  Dijo su nombre y fue llevado a una de las cuarenta salas de la CSO donde se sentó frente a una pequeña mesa, levemente inclinada en dirección a sus rodillas y sobre la que había una delicada protuberancia.  El broker calzó allí una caja de papel marrón, del tamaño de una caja de zapatos y la destapó.  Dentro de bolsitas de tela y de sobres de papel blanco, que abrió como un cirujano que manipula los órganos de un paciente, estaba el lote de diamantes en bruto.  La calidad era diversa.  
El broker le advirtió.
-Puede examinarlos y testearlos pero no puede hacer una selección de ellos.  Deberá aceptar la caja como está o desistir de la transacción.
Brady experimentó el sentimiento de quien escoge un lugar en el cielo, sabiendo que la compra le asegura la salvación y, al mismo tiempo, le aproxima al espectro de la muerte.
-¿Qué valor tiene la caja? –indagó con un acento cargado.
- Ésta es barata: cien mil dólares.  La más cara cuesta veinticinco millones de dólares.
El interesado se contuvo para no reír.
-Bien, dijo al despedirse, hoy vine solamente para conocer la mercadería.  No traje ni dinero ni cheques.  Volveré otro día:  gracias por su atención.
En un lunes como ese, la CSO llega a obtener alrededor de US$450 millones.  Cada caja es vendida a la vista y se paga cash, en efectivo.
El secreto de De Beers se encuentra en el control absoluto de la oferta y de la compra de diamantes.  Si una determinada calidad se vuelve muy codiciada, la empresa reduce su circulación y la deja “congelada” en sus cofres.  De esa forma impide que los precios caigan.  Si hubiese oferta libre, los diamantes posiblemente costarían la mitad de su precio.  La empresa llega inclusive a recomprar las piedras para retirarlas del mercado, asegurando de ese modo su valor.  Lo que importa es garantizar que -en todo el mundo- la comercialización de los diamantes se haga por un único canal:  la compañía De Beers.
No existe diamante trabajado en el planeta que la empresa no sepa exactamente cuándo fue vendido, por quién, a quién y por cuánto.  Y controla a todos quienes los trabajan, con la pretensión de formar stocks propios.  Solamente en publicidad, invierte US$150 millones al año en todo el mundo.  Desde 1938 es dueña del slogan publicitario creado por la agencia Ayer Inc., de Nueva York, “A Diamond is forever”- “Un diamante es eterno”.   Quizás la única competencia publicitaria que ha tenido ha sido la canción interpretada por Marilyn Monroe en 1953, en la película Los Hombres las prefieren rubias – “Diamonds are girl´s best friend” (Los diamantes son el mejor amigo de una chica) y la canción “Los diamantes son eternos”, interpretada por Shirley Bassey en el film de igual nombre, de la serie de 007.
Algunos meses más tarde, Brady volvió a Charterhouse Street.   Esta vez, traía dinero en el bolsillo.  Había conseguido importantes patrocinadores y explicó muy bien la mercadería en la cual estaba interesado:
-Quiero una piedra que no tenga ninguna inclusión visible de carbono para no causar la menor obstrucción al recorrido de la luz.  El blanco debe ser extremadamente puro.  El corte, de proporciones ideales, de manera que refleje al máximo la luz recibida.
-Por lo que oigo, ¿usted quiere, nada más y nada menos, que la Estrella del Sur? –reaccionó el broker.
-Exactamente.
-¿Sabe lo que cuesta?
-¿Cuánto?
-Ochenta millones de dólares.  Se trata de una piedra con forma de corazón encontrada en la India en el siglo XVII y trabajada por el mismo artista que edificó el Taj Mahal.
-No tengo tanta fortuna. –confesó Brady-, ni aún vendiendo todas mis propiedades y obras de arte.   Pero podría pagar otro diamante que valiese la mitad, siempre que acepten una entrega en dinero y la otra, por medio de un raro documento.
-¿Puedo ver el documento?
El vendedor hizo una expresión de espanto.  Se levantó y le pidió al cliente que esperase un momento.  Al poco tiempo, volvió acompañado del director general de la compañía De Beers.  Éste, tomó los papeles en sus manos y los examinó, como si descifrase los jeroglíficos de un pergamino.
-Es el mapa y la escritura de la Reserva Roosevelt en Rondônia, Brasil.  Soy el propietario y tengo todos los contactos necesarios –dijo-.  –Esto vale algunos millones de dólares.
La reserva indígena fue visitada en 1913 por Theodore Roosevelt, ex - presidente de los Estados unidos, cuya gestión se caracterizó por una ofensiva imperialista.  El coronel Rondon le sirvió de cicerone y le homenajeó bautizando con su nombre al río formado por las aguas del Castanha y del Aripuanã.   Cuando Roosevelt volvió a Estados Unidos, narró la saga en su libro “Through the Brazilian Wilderness” (1914).
-¿Me permite que sea curioso? –dijo el director- ¿puedo saber como obtuvo la propiedad?  Por lo que sabemos, el área está dentro de una reserva indígena.
-Es una larga historia –respondió Brady, esquivo- y tengo apuro.  Pero mis abogados le darán los documentos que comprueban que soy el dueño legítimo.
El negocio fue cerrado y Brady salió de De Beers con una piedra avaluada en US$15  millones.  Al dejar el lugar, se refugió en un pub de Convent Garden donde celebró la transacción junto a sus amigos.  Vació él sólo, en menos de una hora, una botella de gin.  No pasó mucho tiempo antes de que De Beers descubriera, por primera vez, que había sido víctima de un timador, quien desapareció como si se hubiese evaporado.
Sin embargo, la señal había sido dada.   Como hormigas atraídas por la miel, al poco tiempo, los garimpeiros (unos pobres hombres reclutados en el interior de Rondônia) comenzaron a invadir las tierras de los cintas-largas.  Los indios reaccionaron.  En 1963, una compañía minera optó por una solución drástica, convencida de que solamente si eliminaba a todos los cintas-largas, accedería a los diamantes.  
Desde lo alto de un avión, la empresa minero lanzó dinamita sobre la aldea.  El genocidio costó la vida de centenas de indios.  El hecho pasó a ser conocido como la Masacre del Paralelo 11.   Y nunca más fue olvidado por los sobrevivientes.
Cuarenta y un años más tarde, los cintas-largas consideraron que habían alcanzado un número suficiente para, de nuevo, expulsar a los invasores de sus tierras.  En abril de 2004 atacaron a los garimpeiros, con bordunas, flechas y lo que tomaron de sus víctimas:  machados y armas de fuego.  Masacraron a unos 30 garimpeiros.  Pero el brillo de la sangre derramada no se reflejó en las salas de Charterhouse Street, ni obstruyeron el recorrido de la luz.

Traducción Jaqueline Paullier






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