Cidalc al
Día
Para
Reflexionar
Un diamante es eterno: Los
cinta-largas también
Frei Betto
17, Charterhouse Street,
Londres. Cada cinco semanas, todos los lunes, una docena de hombres
ingresa en el lujoso edificio y uno de ellos pasa el cartón magnético en una
puerta electrónica. El cartón acciona el sistema de sonido que
pregunta:
-La seña, por favor.
-Kimberley, number 666-4.
La puerta se abre, recogiendo sus gruesos
dientes blindados. Los hombres pasan, ignorando el circuito cerrado
de TV que los controla y los espejos magnéticos que consiguen captar lo que
llevan en sus carpetas y bolsos.
En el lugar funciona el escritorio inglés
de la mayor empresa de comercialización de diamantes del mundo: la
De Beers Consolidated Mines Ltd. con sede en Sudáfrica. Sus
actividades, que no brillan tanto como su producto, se extienden por todas
partes donde hay diamantes: Botswana, Zaire o
Australia. Y sus escritorios de representación se encuentran en
Suiza, Lichtenstein, Luxemburgo o Bermudas.
La compañía De Beers existe hace más de
un siglo. Fundada por el colonizador inglés Cecil
Rhodes, permanece en manos de la familia sudafricana
Oppenheimer. El nombre de la empresa es un homenaje a Nicolas De
Beer, dueño de la tierra en la cual, en 1871, se descubrió un fantástico
yacimiento de diamantes. Para fines del siglo XX, cerca
del 40% de los diamantes en bruto extraídos en el mundo quedaban en manos de
De Beers. Y más del 80% de los diamantes vendidos eran
suministrados por el sector sudafricano de esta empresa.
De Beers controla, soberana e impunemente,
todo el comercio internacional de diamantes. Todos los que se
dedican a cualquier tipo de actividad que involucra esta piedrita preciosa
que, trabajada y pulida brilla en anillos, caravanas, aros, pulseras,
diademas, broches y coronas, están sujetos a las decisiones de la
empresa. Ella decide cada uno de los precios.
Cada lunes se celebra un
sight: la ceremonia de observación es promovida por la Central
Selling Organization –la CSO- controlada por el corazón de De Beers, la
Diamond Trading Company. En la confortable sala de sofás cubiertos
por piel de antílope, se instalan los negociantes venidos de Bombay, Nueva
York, Tel Aviv y Antuérpia, los centros más importantes de reventa y facetado
de diamantes del mundo.
Los sightholders, como se le llaman a los
raros miembros de esta extraña familia, deciden si venden o no su mercadería
más preciada.
Acompañados por un broker –nombre que
reciben los cinco funcionarios de la De Beers –el tejano Fred Brady entró uno
de esos lunes en el misterioso tempo, disfrazado de
diamantaire. Dijo su nombre y fue llevado a una de las cuarenta
salas de la CSO donde se sentó frente a una pequeña mesa, levemente inclinada
en dirección a sus rodillas y sobre la que había una delicada
protuberancia. El broker calzó allí una caja de papel marrón, del
tamaño de una caja de zapatos y la destapó. Dentro de bolsitas de
tela y de sobres de papel blanco, que abrió como un cirujano que manipula los
órganos de un paciente, estaba el lote de diamantes en bruto. La
calidad era diversa.
El broker le advirtió.
-Puede examinarlos y testearlos pero no
puede hacer una selección de ellos. Deberá aceptar la caja como
está o desistir de la transacción.
Brady experimentó el sentimiento de quien
escoge un lugar en el cielo, sabiendo que la compra le asegura la salvación y,
al mismo tiempo, le aproxima al espectro de la muerte.
-¿Qué valor tiene la caja? –indagó con un
acento cargado.
- Ésta es barata: cien mil
dólares. La más cara cuesta veinticinco millones de dólares.
El interesado se contuvo para no reír.
-Bien, dijo al despedirse, hoy vine
solamente para conocer la mercadería. No traje ni dinero ni
cheques. Volveré otro día: gracias por su atención.
En un lunes como ese, la CSO llega a
obtener alrededor de US$450 millones. Cada caja es vendida a la
vista y se paga cash, en efectivo.
El secreto de De Beers se encuentra en el
control absoluto de la oferta y de la compra de diamantes. Si una
determinada calidad se vuelve muy codiciada, la empresa reduce su circulación
y la deja “congelada” en sus cofres. De esa forma impide que los
precios caigan. Si hubiese oferta libre, los diamantes posiblemente
costarían la mitad de su precio. La empresa llega inclusive a
recomprar las piedras para retirarlas del mercado, asegurando de ese modo su
valor. Lo que importa es garantizar que -en todo el mundo- la
comercialización de los diamantes se haga por un único canal: la
compañía De Beers.
No existe diamante trabajado en el planeta
que la empresa no sepa exactamente cuándo fue vendido, por quién, a quién y
por cuánto. Y controla a todos quienes los trabajan, con la
pretensión de formar stocks propios. Solamente en publicidad,
invierte US$150 millones al año en todo el mundo. Desde 1938 es
dueña del slogan publicitario creado por la agencia Ayer Inc., de Nueva York,
“A Diamond is forever”- “Un diamante es eterno”. Quizás la única
competencia publicitaria que ha tenido ha sido la canción interpretada por
Marilyn Monroe en 1953, en la película Los Hombres las prefieren rubias –
“Diamonds are girl´s best friend” (Los diamantes son el mejor amigo de una
chica) y la canción “Los diamantes son eternos”, interpretada por Shirley
Bassey en el film de igual nombre, de la serie de 007.
Algunos meses más tarde, Brady volvió a
Charterhouse Street. Esta vez, traía dinero en el
bolsillo. Había conseguido importantes patrocinadores y explicó muy
bien la mercadería en la cual estaba interesado:
-Quiero una piedra que no tenga ninguna
inclusión visible de carbono para no causar la menor obstrucción al recorrido
de la luz. El blanco debe ser extremadamente puro. El
corte, de proporciones ideales, de manera que refleje al máximo la luz
recibida.
-Por lo que oigo, ¿usted quiere, nada más
y nada menos, que la Estrella del Sur? –reaccionó el broker.
-Exactamente.
-¿Sabe lo que cuesta?
-¿Cuánto?
-Ochenta millones de
dólares. Se trata de una piedra con forma de corazón encontrada en
la India en el siglo XVII y trabajada por el mismo artista que edificó el Taj
Mahal.
-No tengo tanta fortuna. –confesó Brady-,
ni aún vendiendo todas mis propiedades y obras de arte. Pero
podría pagar otro diamante que valiese la mitad, siempre que acepten una
entrega en dinero y la otra, por medio de un raro documento.
-¿Puedo ver el documento?
El vendedor hizo una expresión de
espanto. Se levantó y le pidió al cliente que esperase un
momento. Al poco tiempo, volvió acompañado del director general de
la compañía De Beers. Éste, tomó los papeles en sus manos y los
examinó, como si descifrase los jeroglíficos de un pergamino.
-Es el mapa y la escritura de la Reserva
Roosevelt en Rondônia, Brasil. Soy el propietario y tengo todos los
contactos necesarios –dijo-. –Esto vale algunos millones de
dólares.
La reserva indígena fue visitada en 1913
por Theodore Roosevelt, ex - presidente de los Estados unidos, cuya gestión se
caracterizó por una ofensiva imperialista. El coronel Rondon le
sirvió de cicerone y le homenajeó bautizando con su nombre al río formado por
las aguas del Castanha y del Aripuanã. Cuando Roosevelt volvió a
Estados Unidos, narró la saga en su libro “Through the Brazilian Wilderness”
(1914).
-¿Me permite que sea curioso? –dijo el
director- ¿puedo saber como obtuvo la propiedad? Por lo que
sabemos, el área está dentro de una reserva indígena.
-Es una larga historia –respondió Brady,
esquivo- y tengo apuro. Pero mis abogados le darán los documentos
que comprueban que soy el dueño legítimo.
El negocio fue cerrado y Brady salió de De
Beers con una piedra avaluada en US$15 millones. Al
dejar el lugar, se refugió en un pub de Convent Garden donde celebró la
transacción junto a sus amigos. Vació él sólo, en menos de una
hora, una botella de gin. No pasó mucho tiempo antes de que De
Beers descubriera, por primera vez, que había sido víctima de un timador,
quien desapareció como si se hubiese evaporado.
Sin embargo, la señal había sido
dada. Como hormigas atraídas por la miel, al poco tiempo, los
garimpeiros (unos pobres hombres reclutados en el interior de Rondônia)
comenzaron a invadir las tierras de los cintas-largas. Los indios
reaccionaron. En 1963, una compañía minera optó por una solución
drástica, convencida de que solamente si eliminaba a todos los cintas-largas,
accedería a los diamantes.
Desde lo alto de un avión, la empresa
minero lanzó dinamita sobre la aldea. El genocidio costó la vida de
centenas de indios. El hecho pasó a ser conocido como la Masacre
del Paralelo 11. Y nunca más fue olvidado por los sobrevivientes.
Cuarenta y un años más tarde, los
cintas-largas consideraron que habían alcanzado un número suficiente para, de
nuevo, expulsar a los invasores de sus tierras. En abril de 2004
atacaron a los garimpeiros, con bordunas, flechas y lo que tomaron de sus
víctimas: machados y armas de fuego. Masacraron a unos
30 garimpeiros. Pero el brillo de la sangre derramada no se reflejó
en las salas de Charterhouse Street, ni obstruyeron el recorrido de la luz.
Traducción Jaqueline
Paullier