Cidalc al Día
Para Reflexionar
EL HUEVO Y LA GALLINA
Frei Betto
He aquí el
enigma que intriga a nuestra vana filosofía: ¿qué fue primero, el huevo o la
gallina? Para las tradiciones
religiosas, el mundo se cambia transformando, primero, a las personas. Formadas en el bien, harán una sociedad
mejor. Para las utopías libertarias, es
preciso cambiar al mundo para que ninguna persona sea inducida a practicar el
mal.
¿El
huevo o la gallina? Las dos vías
tuvieron sus chances históricas. La
Iglesia creó escuelas católicas destinadas a la buena formación de nuestras
elites. Notorios políticos brasileños
que ocuparon gobiernos de Estado y hasta la presidencia de la República, fueron
alumnos de aquellos colegios. No por eso
las políticas que implementaron coincidieron con la propuesta evangélica de
defensa irreductible de los derechos de los
pobres. En muchos caso,
no cambiaron ni las personas ni el mundo.
La
formación religiosa, cuando tiene la fuerza de la conversión, modifica hábitos
personales, elimina vicios y perfecciona virtudes, infunde valores y alarga el
horizonte ético. Pero no induce,
necesariamente, a la crítica estructural de la sociedad. Más bien adecua mejor al convertido a los
valores vigentes en el orden social. Y
no siempre estos valores son positivos, como es el caso de la competitividad,
que es antagónica al precepto evangélico de la solidariedad.
Una
persona que opera cambios en su vida personal, no lo hace, imperiosamente, en
la vida social. Ella “se
salva” sin empeñarse en salvar el mundo, o sea, en liberarlo de tantas
marcas de pecado, como son las estructuras que producen la desigualdad social.
También
se hizo el camino contrario. Al
revolucionar la sociedad, el socialismo no cambió radicalmente a las
personas. Prueba de eso es que, después
de 70 años de la “nueva sociedad”, bastó que la Unión Soviética se
desmoronase para que la sociedad rusa mostrase su cruel rostro, de la red
mundial de pedófilos vía Internet, al hecho de que
Moscú supere a Nueva York en el número de billonarios en dólares.
Antonio
Machado nos enseñaba que se hace camino al andar. La persona cambia en la medida en que
transforma al mundo. Cuanto más justa es
la sociedad, más produce seres humanos volcados al bien. Del mismo modo que las personas de bien se
empeñan en construir una mejor convivencia social.
Existe
una dialéctica de interacción transformadora.
No basta con hacer “tomar conciencia” a las personas. Nadie es lo que piensa, ni siquiera en
relación a sí mismo. Somos lo que son
nuestros actos. En la vida, tenemos
apenas la libertad de escoger las semillas.
Después habremos inevitablemente de recoger lo que plantamos. Esto vale tanto para la vida personal como
para la social y la política. Es por eso
que nuestras opciones fundamentales son tan importantes. Ellas son nuestro verdadero retrato.
Ni
huevo ni gallina. Los dos juntos. El huevo conteniendo a la gallina y la
gallina poniendo el huevo. Las personas
cambian modificando el mundo. Ya
modificado, el mundo cambia a las personas.
En una sociedad de estructuras justas puedo querer practicar el
mal. Me quedo, sin embargo, en la
intención, a menos que prefiera correr el riesgo de ser castigado por la ley y
perder la libertad. En una sociedad
injusta, la ley protege a quien oprime y castiga al oprimido.
Jesús
pregonó el cambio personal, la conversión y la transformación de este mundo por
el advenimiento del Reino de Dios.
Anunciar otro reino dentro del reino del César, era, como mínimo, una
osadía subversiva, por la cual Jesús pagó con su vida. Su ejemplo impregnó la dinámica histórica en
el rumbo de las utopías libertarias.
Pero aún estamos lejos de alcanzar una civilización verdaderamente
humana. Somos 6,1 billones de habitantes
de los cuáles 4 billones viven por debajo de la línea de pobreza.
El
hombre es aún lobo del hombre. Véanse
las torturas aplicadas, por soldados de la patria que se erige en paladina de
la libertad, a los prisioneros iraquianos. La mayoría de la población mundial nace para
morir antes de tiempo. Se rompen lo
huevos, se matan las gallinas. Con todo,
la esperanza perdura, impulsando a una considerable parcela de la humanidad a
creer y luchar para que, en el futuro, todos los proyectos políticos desagüen
en una globalización de la solidariedad y en la civilización del amor.
Traducción: Jackie
Paullier
O OVO E A GALINHA
Frei Betto
Eis o enigma que intriga a nossa
vã filosofia: o que veio primeiro, o ovo ou a galinha? Para as tradições religiosas, muda-se o mundo transformando, primeiro, as pessoas. Formadas no
bem, farão uma sociedade melhor.
Para as utopias libertárias,
é preciso mudar o mundo para que nenhuma pessoa seja induzida
a praticar o mal.
O ovo ou a galinha? As duas vias tiveram suas
chances históricas. A Igreja criou
escolas católicas destinadas à boa formação de nossas elites. Notórios políticos brasileiros,
que ocuparam governos de
Estado e até a presidência da República, foram alunos daqueles
colégios. Nem por isso as políticas que implementaram
coincidiram com a proposta evangélica de defesa irredutível dos direitos dos
pobres. Em muitos casos, nem as pessoas mudaram, nem o mundo.
A formação religiosa, quando
tem força de conversão, modifica hábitos pessoais,
elimina vícios e aprimora
virtudes, incute valores e alarga o horizonte ético.
Mas não induz necessariamente à crítica estrutural
da sociedade. Antes, adequa
melhor o convertido aos
valores vigentes na ordem
social. E nem sempre são valores positivos, como é o caso da competitividade,
antagônica ao preceito evangélico da solidariedade.
Uma pessoa que opera mudanças em sua
vida pessoal não o faz
imperiosamente na vida social. Ela "se
salva" sem empenhar-se
em salvar o mundo, ou seja, libertá-lo de tantas marcas
do pecado, como as estruturas que produzem
desigualdade social.
A via contrária também foi testada. Ao revolucionar a sociedade, o
socialismo não mudou
radicalmente as pessoas. Prova
disso é que, após 70 anos
de "nova sociedade", bastou
a União Soviética ruir para
que a sociedade russa apresentasse sua face cruel, da rede mundial de pedófilos,
via Internet, ao fato de Moscou superar Nova York em número de bilionários do dólar.
Antonio Machado já ensinava
que o caminho se faz ao caminhar. A pessoa muda na medida em que transforma o
mundo. E quanto mais a sociedade é mais justa, mais produz seres humanos voltados ao bem,
assim como as pessoas de bem se empenham em construir uma convivência social melhor.
Há uma dialética de interação
transformadora. Não basta "conscientizar"
as pessoas. Ninguém é o que
pensa, nem mesmo de si próprio. Somos os nossos atos. Na
vida, temos a liberdade de
apenas escolher as sementes.
Depois haveremos de, inelutavelmente, colher o que
plantamos. Isso vale para a vida pessoal,
social e política. Por isso as nossas
opções fundamentais são tão importantes. São elas o nosso
verdadeiro retrato.
Nem ovo, nem galinha. Os dois juntos, o ovo contendo a galinha, a galinha botando o ovo. As pessoas
mudam mudando o mundo. Mudado, o mundo muda as pessoas. Numa sociedade de estruturas justas, posso querer praticar o mal. Fico, porém, na intenção,
a menos que prefira correr o risco de ser punido pela
lei e perder a liberdade.
Numa sociedade injusta, a lei
protege quem oprime e castiga o oprimido.
Jesus pregou a mudança pessoal, a conversão, e a transformação desse mundo, pelo advento do
Reino de Deus. Anunciar um outro reino dentro do reino de César era, no mínimo, uma subversiva ousadia, pela qual Jesus pagou
com a vida. Seu exemplo impregnou a dinâmica histórica no rumo das utopias
libertárias. Mas ainda
estamos longe de alcançar uma civilização verdadeiramente humana. Somos 6,1 bilhões
de habitantes, dos quais 4 bilhões
vivem abaixo da linha da pobreza.
O homem é, ainda, o
lobo do homem. Vide as torturas aplicadas aos prisioneiros iraquianos por soldados da pátria
que se erige em paladina da liberdade.
A maioria da população
mundial nasce para morrer
antes do tempo. Quebram-se os ovos, matam-se as galinhas. Contudo, a esperança perdura, fazendo considerável parcela da humanidade crer e lutar para que, no futuro, todos os projetos
políticos desaguem na globalização da solidariedade e na civilização do amor.