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Asunto:[cidalc] ILAVE: INDIFERENCIA "VIOLENTA" Y VIOLENCIA "INDIFE RENTE"
Fecha:Jueves, 24 de Junio, 2004  20:10:21 (-0300)
Autor:medios <medios @.........org>

ILAVE: INDIFERENCIA “VIOLENTA” Y VIOLENCIA “INDIFERENTE”

 

 

Cidalc al Día

Para Reflexionar

 

ILAVE: INDIFERENCIA “VIOLENTA” Y VIOLENCIA “INDIFERENTE”

Ana Maria Urrutia y fray Juan Carlos La Puente OP (Junio 2004)

La aterradora masacre que perpetraron hace un mes los pobladores de Ilave a su alcalde, Cirilo Robles, en esta ciudad capital de la provincia del Collao, constituye un abominable acto de barbarie que debe ser combatido por todos los flancos, si no se quiere legitimar la modalidad de linchamiento como forma de solución a los conflictos sociales. Se ha dispuesto, de conformidad con la legislación vigente, que los responsables directos de este execrable homicidio sean debidamente procesados, condenados y sancionados, ya que no se puede permitir que un grupo tome una supuesta justicia por sus propias manos. La participación colectiva en un acto criminal en ningún caso desvirtúa el carácter de homicidio. Además la violencia sólo puede traer más muerte, desolación y  miseria.

 

De otro lado, no se puede aceptar que el pueblo exija la excarcelación de los autores de este crimen  ni que se rebele contra la designación del nuevo alcalde interino, designado por el Jurado Nacional de Elecciones. 

Sin embargo, es justo reconocer que la indiferencia y negligencia en que ha caído hace mucho tiempo el sistema social y político peruano, ha sido en parte, culpable de este fatal desenlace. La decisión de acabar con la desidia y de no seguir de espaldas a la realidad del interior de nuestro Perú, toca tanto al gobierno y al congreso, como a la prensa  y a cada uno de los ciudadanos. ¿Cómo pueden los aymaras y otros pueblos luchar por sus derechos, cuando la atención del gobierno y del congreso continúa centralizada en una élite que vive indolente y ajena a la miseria de sus compatriotas? ¿Cómo pueden vencer el atraso millones de peruanos hambrientos y desmoralizados  porque jamás fueron  atendidos, ni siquiera escuchados?

 

Según han descrito los analistas el panorama que rodeó estos hechos luctuosos, mientras mil doscientos policías resguardaban el partido U-Cristal en el estadio Monumental, en Ilave sólo había un contingente de poco más de veinte policías, a pesar de saberse lo que venía. No se ha llegado a entender la lógica del entonces ministro Rospigliosi, quien dijo no haber enviado a más efectivos porque eso habría terminado en una masacre. ¿Se trataba entonces de dejar que se matara al alcalde para no reprimir a los asesinos? 

¿Hubo entre ellos agitadores? No se ha negado la presencia de algunos; pero se trataba de un descontento general. La población estaba privada de los servicios municipales básicos, con graves consecuencias. Ello sumado a que la región altiplánica se ha visto sometida a una serie de desórdenes climáticos en los últimos años: inundaciones, heladas brutales y sequías inclementes que afectaron seriamente la economía de los campesinos y ganaderos aymaras.

Si el gobierno, la prensa y la sociedad hubieran atendido a tiempo a las demandas de los ilaveños, no habría ocurrido este doloroso hecho en Puno. ¿Cómo se fue desencadenando? Unos diez mil campesinos y demás indígenas puneños ya habían marchado durante semanas, tomando plazas y carreteras nacionales e internacionales, elevando una y otra vez su voz de protesta contra la corrupción, denunciando que el alcalde había violado la elaboración de los presupuestos participativos, para dar paso a un manejo autoritario y unilateral. Pero ante la indiferencia y el desprecio de las autoridades, al cabo de 25 días de espera, una turba, cargada de  indignación, secuestró a algunos regidores y al alcalde local, Cirilo Robles, a quien vejaron y torturaron con ensañamiento hasta provocarle la muerte. Luego del asesinato se trató de hallar culpables: al entonces Ministro del Interior, Fernando Rospigliosi, por falta de previsión y de inacción; a los campesinos, por haber sido azuzados por dirigentes irresponsables y ambiciosos. Lo cierto es que recién a raíz del linchamiento y  muerte del alcalde, el Perú entero se estremeció y horrorizó, Ilave empezó a ser noticia, tanto a nivel regional como nacional e internacional, y a tener el privilegio de las primeras planas.

 

Es pues, lamentable, que los problemas que aquejan a los campesinos del Altiplano ocupen el último renglón y que no se entienda que cuando surgen reclamos, la demanda es de solución inmediata.

En la región aymara, que abarca parte de Perú y de Bolivia,  viene germinando un movimiento de insurgencia nacionalista radical aymara. Comprender su problemática nos ayudaría a no afirmar con ligereza que ese pueblo es salvaje y agresivo por tradición. Generalizaciones como ésta, fruto de la ignorancia y del prejuicio, ocultan la verdadera raíz de los problemas que  trae el abandono de las zonas andinas.

Las tensiones sociales que vivimos, así como el conflicto violento en Ilave, manifiestan desencuentros dolorosos en la sociedad peruana y serias limitaciones para tratar los problemas, enmarcados en las diferencias étnico culturales. Y en estos días vienen surgiendo nuevos conflictos sociales: protestas dirigidas de las provincias hacia Lima; anuncio del paro general  de la CGTP  con apoyo del APRA, intentos de linchamiento y amenazas de homicidio. La situación reitera lo dicho por  el Dr. Salomón Lerner Febres, en torno a que existe un doble escándalo: por un lado asesinato, desaparición y tortura masivos;  por el otro, indolencia, ineptitud e indiferencia de quienes pudieron y pueden impedir las catástrofes humanas. Esto lo argumentó en  su discurso de presentación del informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, acerca de la violencia en nuestro país.

La situación reclama una aproximación valórica más profunda y un compromiso coherente con la praxis cristiana, partiendo de que somos mayoritariamente un pueblo cristiano. Si somos una sociedad que profesa la igualdad de dignidad de sus miembros, y además que afirma –al menos, “doctrinalmente”- ser una sociedad en búsqueda de comunión, ¿por qué no compartimos la dificultad, el ideal, o cualquier valor superior que reconocemos entre todos y que ningún grupo controla para su propio provecho? ¿Por qué no compartimos con prontitud la dificultad de la región puneña? ¿Por qué hay lentitud de reacción por parte de la sociedad “ajena al mundo altoandino”? La actitud pluralista, o de comunión, no asume de ante-mano situaciones no-negociables entre los grupos. Por lo que cada dificultad, en nuestra sociedad, debería implicar, para todos, una nueva creación conjunta que no excluya del desarrollo a unos frente al crecimiento de otros. Los hechos sucedidos reflejan todo lo contrario. La “estrechez plural” de las actitudes en nuestra sociedad se ha manifestado nuevamente: ¿de qué nueva creación conjunta se puede hablar, si se ha acabado con la vida de los demás? Las reacciones de violencia, si bien es cierto son gestadas de manera condicionada  por lógicas de violencia que encuentran su justificación en las carencias socio-económicas de la zona, no son el reflejo de una sociedad con actitud pluralista sino de actitudes bárbaras, e impiden el diálogo y la reparación conjunta.

 

Como ya dejó sentada la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, lo que está en cuestión es la naturaleza misma de la nación.  “Lo más sensato – según el analista Santiago Pedraglio- es que las fuerzas políticas y sociales establezcan un diálogo en el plazo más corto para evaluar si puede modificarse la política de gobierno (para satisfacer las demandas de la población), y si no está en condiciones de hacerlo, se deben comenzar a observar los caminos constitucionales para encontrar un gobierno que democráticamente pueda hacer esto”, concluyó. El asunto es: ¿cómo?

 

Para llevar a cabo un diálogo es necesaria una clara y sincera intención de llegar a un acuerdo entre ambas partes, lo cual implica el propósito de cumplir con honestidad, en el plazo establecido. Cuando la población exige dialogar con las autoridades, lo conveniente es ceñirse a una  agenda de reclamos con un horizonte claro. Resulta perjudicial para todos que se divague entre diversos puntos que se van insertando según se presente la situación y de acuerdo a conveniencias. Es peor, aún, “sacarse los trapitos al aire” con amenazas e insultos, desprestigiarse mutuamente, buscando  cómo hacer caer al otro. De otro lado, cuando el  pueblo utiliza estas ocasiones para efectuar en forma improvisada cualquier reclamo, mezclando conceptos, buscando culpables, ofendiendo, insultando, ¿qué horizonte se vislumbra aquí? Peor, aún, cuando los interlocutores opinan siguiendo consignas partidaristas. ¿Cómo un individuo que acepta consignas puede creer que se respeta a sí mismo? ¿Cómo puede siquiera insinuar que pretende un diálogo?

 

El diálogo, sea a nivel personal o mediante representaciones políticas, debe comportar una apertura a un centro que trasciende la interpretación de las partes y es anhelado como comunión sin desmedro de ningún grupo miembro de la sociedad. En el Perú parece broma hablar de armonía y aún más de diálogo. La apertura plural ha de ser una actitud que pueda influenciar positivamente una cohesión social enriquecida por las diferencias. Cada grupo humano tiene su propio coeficiente de cohesión. El equilibrio será posible mantenerlo dentro de una equidad y cuando la igualdad esté presente. No podremos mantener la unidad, si algunos no han decidido permanecer fieles por encima de todo al centro trascendente que anhelamos y que no pertenece a nadie de manera particular. Este centro se puede vislumbrar como la nación pluricultural, multiétnica y multilingüe que queremos construir.

 

Desafortunadamente el escenario dialógico en nuestro país ha quedado enmarcado en el ámbito dialéctico, esto es, unos construyen un poder que se oponga al primero y así sucesivamente, impidiendo la paz y la construcción de una sociedad que todos anhelamos. No hay diálogo sino búsqueda de ventaja frente al otro.

Frente a las lógicas de violencia, sean institucionales o reactivas, el horizonte dialógico, desde una perspectiva cristiana, queda enmarcado por otro tipo de lucha. Muchos hemos escuchado tal vez la siguiente frase sin haber profundizado en ella: “el cordero que ha tomado sobre sí el pecado del mundo”.   Quiere decir que el modo de luchar contra lo que cada uno considera las fuerzas del mal, sea una “mala administración” para unos y las “reacciones violentas” para otros, no es por medio de una oposición dialéctica al mal con lo que creemos no-mal, sino por medio de la transformación y la conversión, bajo la convicción de la dignidad de los demás y la esperanza de que se puede lograr una nación pluricultural, multiétnica y multilingüe en armonía. Cada persona o grupo humano vale más que la suma de sus acciones negativas y todos estamos llamados a conformar una nación dónde se reconoce la dignidad de cada persona humana.

La actitud que se requiere en nuestro país es la de enfrentar a la intolerancia sin ser destrozado por ella. Los intentos, tanto represivos como reactivos para tratar los conflictos, han de ser no-violentos,  de modo tal que no suponga la aniquilación del oponente. Los intentos no violentos han de ser capaces, sin dejar de proponer soluciones, de asumir la ceguera de muchos hasta que vayan viendo una nueva realidad y asumir la propia ceguera que engendra duda de usar medios no violentos para la verdadera edificación de nuestro país. No significa esto resignación frente al sufrimiento sino todo lo contrario, combatirlo sin engendrar más sufrimiento. Los modos para manejar los conflictos no han de ser dialécticos sino dialógicos. Como señala Panikkar en “El Mito del pluralismo: La Torre de Babel. Una meditación sobre la no violencia”, estos modos dialógicos, actúan no a través de la destrucción del oponente sino siguiendo las palabras de Aquél que muriendo asesinado pronunció –“Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”-  es decir, por redención o tomando sobre uno mismo la dificultad común hasta vislumbrar un nuevo horizonte; no por aniquilación del adversario sino por mutua conversión al valor más alto, siendo en este caso la comunión de los peruanos en una nación pluricultural, multiétnica y multilingüe.

 






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