Cidalc al Día
Para Reflexionar
ILAVE: INDIFERENCIA “VIOLENTA” Y VIOLENCIA
“INDIFERENTE”
Ana Maria Urrutia y fray
Juan Carlos La Puente OP (Junio 2004)
La
aterradora masacre que perpetraron hace un mes los pobladores de Ilave a su alcalde, Cirilo
Robles, en esta ciudad capital de la provincia del Collao,
constituye un abominable acto de barbarie que debe ser combatido por todos los
flancos, si no se quiere legitimar la modalidad de linchamiento como forma de
solución a los conflictos sociales. Se ha dispuesto, de conformidad con la
legislación vigente, que los responsables directos de este execrable homicidio
sean debidamente procesados, condenados y sancionados, ya que no se puede
permitir que un grupo tome una supuesta justicia por sus propias manos. La
participación colectiva en un acto criminal en ningún caso desvirtúa el
carácter de homicidio. Además la violencia sólo puede traer más muerte, desolación y miseria.
De
otro lado, no se puede aceptar que el pueblo exija la excarcelación de los
autores de este crimen ni que se rebele
contra la designación del nuevo alcalde interino, designado por el Jurado
Nacional de Elecciones.
Sin embargo, es justo reconocer que la
indiferencia y negligencia en que ha caído hace mucho tiempo el sistema social
y político peruano, ha sido en parte, culpable de este fatal desenlace. La
decisión de acabar con la desidia y de no seguir de espaldas a la realidad del
interior de nuestro Perú, toca tanto al gobierno y al congreso, como a la
prensa y a cada uno de los ciudadanos.
¿Cómo pueden los aymaras y otros pueblos luchar por
sus derechos, cuando la atención del gobierno y del congreso continúa
centralizada en una élite que vive indolente y ajena
a la miseria de sus compatriotas? ¿Cómo pueden vencer el atraso millones de
peruanos hambrientos y desmoralizados
porque jamás fueron atendidos, ni
siquiera escuchados?
Según
han descrito los analistas el panorama que rodeó estos hechos luctuosos,
mientras mil doscientos policías resguardaban el partido U-Cristal en el
estadio Monumental, en Ilave sólo había un
contingente de poco más de veinte policías, a pesar de saberse lo que venía. No
se ha llegado a entender la lógica del entonces ministro Rospigliosi,
quien dijo no haber enviado a más efectivos porque eso habría terminado en una
masacre. ¿Se trataba entonces de dejar que se matara al alcalde para no
reprimir a los asesinos?
¿Hubo
entre ellos agitadores? No se ha negado la presencia de algunos; pero se
trataba de un descontento general. La población estaba privada de los servicios
municipales básicos, con graves consecuencias. Ello sumado a que la región altiplánica se ha visto
sometida a una serie de desórdenes climáticos en los últimos años:
inundaciones, heladas brutales y sequías inclementes que afectaron seriamente
la economía de los campesinos y ganaderos aymaras.
Si el
gobierno, la prensa y la sociedad hubieran atendido a tiempo a las demandas de
los ilaveños, no habría ocurrido este doloroso hecho
en Puno. ¿Cómo se fue desencadenando? Unos diez mil campesinos y demás
indígenas puneños ya habían marchado durante semanas,
tomando plazas y carreteras nacionales e internacionales, elevando una y otra
vez su voz de protesta contra la corrupción, denunciando que el alcalde había
violado la elaboración de los presupuestos participativos, para dar paso a un
manejo autoritario y unilateral. Pero ante la indiferencia y el desprecio de las autoridades, al cabo de 25 días de
espera, una turba, cargada de
indignación, secuestró a algunos regidores y al
alcalde local, Cirilo Robles, a quien vejaron y
torturaron con ensañamiento hasta provocarle la muerte. Luego del asesinato se
trató de hallar culpables: al entonces Ministro del Interior, Fernando Rospigliosi, por falta de previsión y de inacción; a los
campesinos, por haber sido azuzados por dirigentes irresponsables y ambiciosos.
Lo cierto es que recién a raíz del linchamiento y muerte del alcalde, el Perú entero se
estremeció y horrorizó, Ilave empezó a ser noticia,
tanto a nivel regional como nacional e internacional, y a tener el privilegio
de las primeras planas.
Es
pues, lamentable, que los problemas que aquejan a los campesinos del Altiplano
ocupen el último renglón y que no se entienda que cuando surgen reclamos, la
demanda es de solución inmediata.
En
la región aymara, que abarca parte de Perú y de Bolivia, viene germinando un movimiento de insurgencia
nacionalista radical aymara. Comprender su
problemática nos ayudaría a no afirmar con ligereza que ese pueblo es salvaje y
agresivo por tradición. Generalizaciones como ésta, fruto de la ignorancia y del
prejuicio, ocultan la verdadera raíz de los problemas que trae el abandono de las zonas andinas.
Las
tensiones sociales que vivimos, así como el conflicto violento en Ilave, manifiestan desencuentros dolorosos en la sociedad
peruana y serias limitaciones para tratar los problemas, enmarcados en las diferencias étnico culturales. Y en estos días vienen
surgiendo nuevos conflictos sociales: protestas dirigidas de las provincias
hacia Lima; anuncio del paro general de la CGTP con apoyo del APRA,
intentos de linchamiento y amenazas de homicidio. La situación reitera lo dicho
por el Dr. Salomón Lerner
Febres, en torno a que existe un doble escándalo: por
un lado asesinato, desaparición y tortura masivos; por el otro, indolencia, ineptitud e
indiferencia de quienes pudieron y pueden impedir las catástrofes humanas. Esto
lo argumentó en su discurso de
presentación del informe final de la Comisión de la Verdad y
Reconciliación, acerca de la violencia en nuestro país.
La
situación reclama una aproximación valórica más
profunda y un compromiso coherente con la praxis cristiana, partiendo de que
somos mayoritariamente un pueblo cristiano. Si somos una sociedad que profesa
la igualdad de dignidad de sus miembros, y además que afirma –al menos,
“doctrinalmente”- ser una sociedad en búsqueda de comunión, ¿por
qué no compartimos la dificultad, el ideal, o cualquier valor superior que
reconocemos entre todos y que ningún grupo controla para su propio provecho?
¿Por qué no compartimos con prontitud la dificultad de la región puneña? ¿Por
qué hay lentitud de reacción por parte de la sociedad “ajena al mundo altoandino”? La actitud pluralista, o de comunión, no
asume de ante-mano situaciones no-negociables entre los grupos. Por lo que cada
dificultad, en nuestra sociedad, debería implicar, para todos, una nueva
creación conjunta que no excluya del desarrollo a unos frente al crecimiento de
otros. Los hechos sucedidos reflejan todo lo contrario. La “estrechez
plural” de las actitudes en nuestra sociedad se ha manifestado nuevamente:
¿de qué nueva creación conjunta se puede hablar, si se ha acabado con la vida
de los demás? Las reacciones de violencia, si bien es cierto son gestadas de
manera condicionada por lógicas de
violencia que encuentran su justificación en las carencias socio-económicas de
la zona, no son el reflejo de una sociedad con actitud pluralista sino de
actitudes bárbaras, e impiden el diálogo y la reparación conjunta.
Como ya
dejó sentada la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, lo que
está en cuestión es la naturaleza misma de la nación. “Lo más sensato – según el
analista Santiago Pedraglio- es que las fuerzas
políticas y sociales establezcan un diálogo en el plazo más corto para evaluar
si puede modificarse la política de gobierno (para satisfacer las demandas de
la población), y si no está en condiciones de hacerlo, se deben comenzar a
observar los caminos constitucionales para encontrar un gobierno que
democráticamente pueda hacer esto”, concluyó. El asunto es: ¿cómo?
Para
llevar a cabo un diálogo es necesaria una clara y sincera intención de llegar a
un acuerdo entre ambas partes, lo cual implica el propósito de cumplir con
honestidad, en el plazo establecido. Cuando la población exige dialogar con las
autoridades, lo conveniente es ceñirse a una agenda de reclamos con un horizonte claro.
Resulta perjudicial para todos que se divague entre diversos puntos que se van
insertando según se presente la situación y de acuerdo a conveniencias. Es
peor, aún, “sacarse los trapitos al aire” con amenazas e insultos,
desprestigiarse mutuamente, buscando
cómo hacer caer al otro. De otro lado, cuando el pueblo utiliza estas ocasiones para efectuar
en forma improvisada cualquier reclamo, mezclando conceptos, buscando
culpables, ofendiendo, insultando, ¿qué horizonte se vislumbra aquí? Peor, aún,
cuando los interlocutores opinan siguiendo consignas partidaristas. ¿Cómo un
individuo que acepta consignas puede creer que se respeta a sí mismo? ¿Cómo
puede siquiera insinuar que pretende un diálogo?
El
diálogo, sea a nivel personal o mediante representaciones políticas, debe
comportar una apertura a un centro que trasciende la interpretación de las
partes y es anhelado como comunión sin desmedro de ningún grupo miembro de la
sociedad. En el Perú parece broma hablar de armonía y aún más de diálogo. La
apertura plural ha de ser una actitud que pueda influenciar positivamente una
cohesión social enriquecida por las diferencias. Cada grupo humano tiene su
propio coeficiente de cohesión. El equilibrio será posible mantenerlo dentro de
una equidad y cuando la igualdad esté presente. No podremos mantener la unidad,
si algunos no han decidido permanecer fieles por encima de todo al centro
trascendente que anhelamos y que no pertenece a nadie de manera particular.
Este centro se puede vislumbrar como la nación pluricultural, multiétnica y
multilingüe que queremos construir.
Desafortunadamente el escenario dialógico en nuestro país ha
quedado enmarcado en el ámbito dialéctico, esto es, unos construyen un poder
que se oponga al primero y así sucesivamente, impidiendo la paz y la
construcción de una sociedad que todos anhelamos. No hay diálogo sino búsqueda
de ventaja frente al otro.
Frente
a las lógicas de violencia, sean institucionales o reactivas, el horizonte dialógico, desde una perspectiva cristiana, queda enmarcado
por otro tipo de lucha. Muchos hemos escuchado tal vez la siguiente frase sin
haber profundizado en ella: “el cordero que ha tomado sobre sí el pecado
del mundo”. Quiere decir que el
modo de luchar contra lo que cada uno considera las fuerzas del mal, sea una
“mala administración” para unos y las “reacciones
violentas” para otros, no es por medio de una oposición dialéctica al mal
con lo que creemos no-mal, sino por medio de la transformación y la conversión,
bajo la convicción de la dignidad de los demás y la esperanza de que se puede
lograr una nación pluricultural, multiétnica y multilingüe en armonía. Cada
persona o grupo humano vale más que la suma de sus acciones negativas y todos
estamos llamados a conformar una nación dónde se reconoce la dignidad de cada
persona humana.
La
actitud que se requiere en nuestro país es la de enfrentar a la intolerancia
sin ser destrozado por ella. Los intentos, tanto represivos como reactivos para
tratar los conflictos, han de ser no-violentos,
de modo tal que no suponga la aniquilación del oponente. Los intentos no
violentos han de ser capaces, sin dejar de proponer soluciones, de asumir la
ceguera de muchos hasta que vayan viendo una nueva realidad y asumir la propia
ceguera que engendra duda de usar medios no violentos para la verdadera
edificación de nuestro país. No significa esto resignación frente al
sufrimiento sino todo lo contrario, combatirlo sin engendrar más sufrimiento.
Los modos para manejar los conflictos no han de ser dialécticos sino dialógicos. Como señala Panikkar
en “El Mito del pluralismo: La Torre de Babel. Una meditación sobre la no
violencia”, estos modos dialógicos, actúan no a través de la destrucción del
oponente sino siguiendo las palabras de Aquél que muriendo asesinado pronunció
–“Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”- es decir, por redención o tomando sobre uno
mismo la dificultad común hasta vislumbrar un nuevo horizonte; no por
aniquilación del adversario sino por mutua conversión al valor más alto, siendo
en este caso la comunión de los peruanos en una nación pluricultural,
multiétnica y multilingüe.