Cidalc al Día
Para Reflexionar
CRISIS DE MODERNIDAD
Frei Betto
La
modernidad, período que se extendió por los últimos cuatro siglos, está en
crisis. El inicio de este período coincide con el Renacimiento, el
Descubrimiento de América y del Brasil y el pasaje de la era medieval, feudal,
para el capitalismo. Desconfío, como
buen mineiro, que hoy vivimos, no una época de
cambios, sino un cambio de época. En el
milenio que empieza, tenemos algo llamado imprecisamente de post modernidad,
pero que será muy distinto a todo lo que poseemos actualmente en términos de
referencias o paradigmas.
Mientras
que en la Edad Media, toda la cultura giraba en torno a la figura divina,
centrada en la idea de Dios, en la modernidad, la cultura está centrada en el
ser humano. Uno de los símbolos que mejor
expresa este pasaje es la pintura de Miguel Angel
–“La Creación de Adán”- en el techo de la Capilla Sixtina:
Dios Padre cubierto de mantos y con una larga barba,
representando el teocentrismo de la época, delante de
un hombre desnudo, fuertemente atraído por la Tierra. A pesar de esto, el hombre extiende el dedo
para no perder contacto con lo trascendente, con lo divino. La desnudez de Adán en la Capilla Sixtina traduce muy bien el advenimiento del
antropocentrismo y la revolución que la modernidad representa en nuestra
cultura y en nuestras concepciones.
Otro
episodio característico de la modernidad fue la predicción de Halley en 1682 cuando, basado exclusivamente en cálculos
matemáticos ya que no se disponía de los aparatos que se conocen hoy, previó
que un cometa volvería a aparecer a los 76 años. En esa ocasión, muchos lo consideraron
loco. Halley
murió en 1742 antes de que transcurrieran los 76 años. Sin embargo, muchos estuvieron atentos y,
exactamente en la fecha prevista, en 1758, el cometa que hoy lleva su nombre,
pasó sobre los cielos de Londres. ¡Era
la gloria de la razón!
“Si
es así”, dijeron, “si la razón es capaz de prever los movimientos
de los astros como demostraron Copérnico y Galileo
–y después, Newton, uno de los pilares de nuestra cultura-, entonces ¡la
razón va a resolver todos los dramas humanos!
Va a acabar con el sufrimiento, el dolor, el hambre y la
esclavitud. ¡Va a crear un mundo de
luces, de progreso, saciedad y alegría!”
El problema es que es que cuatro siglos después, el saldo no es de los más positivos. Los datos son de la FAO: somos seis billones
de personas en el planeta, de las cuales 1,1 pasan hambre. Dicen algunos que el problema del hambre es
fruto del exceso de bocas y proponen el control de la natalidad. A pesar de que estoy a favor del
planeamiento familiar, no acepto este argumento. Lo que hay es concentración de la
riqueza. El planeta produce, hoy,
alimentos suficientes para saciar el estómago de diez billones de personas,
casi el doble de la humanidad actual. El
problema está, por lo tanto, en la distribución injusta de las riquezas.
La crisis de la modernidad culmina en el momento en que
vemos al sistema capitalista alcanzar la hegemonía, con el fin del socialismo
en el Este Europeo, y adquirir un nuevo carácter, llamado neoliberalismo.
¿Cuáles son las llaves de lectura de este cambio del
liberalismo para el neoliberalismo? Por
liberalismo, se hablaba mucho de desarrollo.
Juscelino Kubitschek
decía: “Vamos
a desarrollar al Brasil, a avanzar cincuenta años en cinco”. En los años sesenta surgió la teoría de
desarrollo que, incluía también la
noción de subdesarrollo; se crió la Alianza para el Progreso, destinada a
“desarrollar” América Latina.
La propia palabra desarrollo tiene cierto componente ético,
porque al menos se imagina que todas las personas deberán beneficiarse por
el. Ya la palabra
“modernización” no tiene contenido humano pero sí una fuerte
connotación tecnológica. Modernizar es
equiparse tecnológicamente, competir, conseguir que mi empresa, mi ciudad y mi
país, estén más próximos al paradigma del primer mundo, aún cuando esto
signifique el sacrificio de millones de personas.
En otra época, sentíamos hablar del trabajo. Acuérdense de cuando sentíamos orgullo de
decir: “Mi padre sacó adelante la familia trabajando en la red
ferroviaria durante treinta años”.
El trabajo era un factor de identidad.
Aún viví una generación que tenía el privilegio de hablar de
“vocación”. Era común que
los adultos preguntaran a un adolescente: “¿Cuál es tu
vocación?” Posteriormente, se dejó
de hablar de vocación y se hablaba de “profesión”: “¿Cuál es
su profesión?” Hoy solo se habla
de “empleo” y ¡atención! quien consigue un empleo que de gracias a
Dios. Ya no se menciona más al trabajo,
porque, por desgracia, el factor de identidad social no es el trabajo sino que
es estar en el mercado.
El mercado es el nuevo fetiche religioso de la sociedad en
la que vivimos. Antiguamente, nuestros
abuelos ante los hechos de la vida consultaban la Biblia, la palabra de Dios. Hoy se consulta al mercado: “¿Será que
el dólar se desvalorizó? ¿Subió la
Bolsa?”
El gran drama
de las personas de hoy es el cómo ingresar al mercado. Precisan estar en el mercado, tienen que ser
competitivas, disputar espacios sin tener en cuenta las connotaciones éticas. El
mercado, hoy, es internacional, globalizado, se mueve según sus propias reglas
y no según las necesidades humanas.
Frei Betto, es
escritor, autor de “A Obra do Artista – uma visão
holística do Universo” (Atica).
Traducción: Jackie Paullier