Cidalc al Día
Reflexión
Relato de una experiencia
Yo te
consagro Dios..... debe dolerte mucho el corazón
“Dios” de César
Vallejo
Hoy vuelvo a ver desde mi ventana a los niños jugando
en la plaza, corriendo, riendo. También escucho los timbres que anuncian los
cambios de horas de clase y los recreos de los estudiantes. El sonido de las
combis y mototaxis que circulan por las calles y los
camiones de carga que cruzan el puente.
Las vendedoras de pan en las calles, el mercado a todo
color con sus frutas, verduras y carnes expuestas para la venta. Los zapateros
en sus puestos callejeros con sus máquinas cociendo y recreando calzados.
Las tiendas improvisadas en las calles del pueblo y las
vendedoras ofreciendo calcetines, polos, polleras. Los colores son fuertes,
vivos, que acompañan el azul del cielo y el calor del sol del Altiplano.
Hoy vuelvo a ver y confirmar la capacidad humana y en
particular la del pueblo aymara, de convivir con el
dolor no permitiendo que la injusticia e indiferencia mate su dignidad ni
apague el grito por la vida que llevan en sus entrañas.
Los dirigentes del pueblo han dado 10 días de tregua al
gobierno nacional para que este dé una respuesta a sus pedidos. Si ello no se
cumple volverán los días de huelga que nos traen a la memoria esos cuarenta
días grises, de espera, lucha común, incertidumbre, confusión, desilusión y
muerte.
Como comunidad religiosa hemos vivido y sido testigos
durante estos meses, del gemido profundo de un pueblo que expresa desde sus
añejas y sabias entrañas, y joven
conciencia de sus derechos ciudadanos, la justicia para todos.
Le doy gracias a Dios por haber podido permanecer aquí
en este sitio de manera comunitaria y solidaria, terca, confiada, indignada,
apasionada y temerosa. Buscando facilitar cada día el acercamiento, el diálogo,
para que la justicia y la paz sean una realidad, y los pobres no sigan sufriendo.
Hemos visto como el pueblo aymara
apoyado en sus organizaciones naturales, las 180 comunidades campesinas, los
centros poblados y la ciudad se pusieron de pie para ser escuchados, asumiendo
el derecho a reclamar por aquello que veían injusto: corrupción, robo, mentira
y maltrato de parte de las autoridades locales.
Ha sido un mes de lucha pacífica. Por turnos y en
delegaciones la gente del campo y la ciudad permanecía en la plaza, en el
puente y carretera, con sus carteles, oradores y marchas continuas por las
calles. Cada día eran 25.000 personas, hombres, mujeres, jóvenes y niños,
durante las mañanas , tardes y noches completas.
Animados por sus dirigentes y tenientes gobernadores de las comunidades,
quienes controlaban el orden y cuidaban que todo fuera sin violencia.
Los colegios y escuelas sin dar clases, el comercio
cerrado y el transporte paralizado, toda la población reclamaba, esperaba. Se
preparaban ollas populares y todos aportaban para el alimento diario. Así de
esta manera reclamaban ser escuchados, tener una instancia de diálogo con el
gobierno local, regional y nacional.
Así esperamos pidiendo y reclamando a toda voz que
alguien respondiera, sólo permanecieron junto al pueblo buscando y facilitando
el diálogo la Vicaría de Solidaridad de la prelatura de Juli,
la comunidad de hermanas y los sacerdotes de la parroquia.
Hemos vivido y sentido junto a estos hombres, mujeres,
jóvenes y niños la impotencia que genera la marginación y exclusión.
Confirmamos una vez más que para algunos/as no existe lugar, ni tampoco el
poder de la Palabra.
Cuando un pueblo gime es porque el dolor es profundo y
cuando se une para hacer conocer ese gemido es porque reconoce una herida común
y el derecho a que se sepa.
Pero durante estos primeros 24 días nadie escuchó, los
medios de comunicación estuvieron ausentes, había promesas de comisiones de
alto nivel que vendrían a dialogar pero no llegaban a Ilave.
Se comenzó a sentir el cansancio de la gente, la
tensión, el agotamiento provocado por la ausencia, silencio, distancia de
aquellos que desde el estado debían responder. La violencia no es genética ni
cultural. La violencia se provoca por la injusticia, el maltrato, la violación
a los derechos humanos, la indiferencia.
El día 26 de abril cuando se lincha y mata al alcalde,
recién allí el estado y los MCS se hacen presentes en Ilave.
Sólo la muerte y el escándalo fueron noticia y motivo de análisis, acercamiento
a la población y búsqueda de diálogo.
El pueblo aymara vuelve a
recibir nuevos estigmas: “Los ilaveños son
asesinos, violentos, crueles, ignorantes.”
Durante esos días el dolor era palpable, la ciudad
entera vivía el sentimiento de muerte. Como también se vivía en medio de la
confusión, miedo, cólera, inseguridad, tristeza y depresión.
Los dirigentes desaparecidos, algunos regidores presos,
otros internados en el hospital, los aymaras
eligiendo nuevos representantes y retomando la lucha. El municipio cerrado y
sin autoridad ni gobierno local. Esta sigue siendo la situación pasados ya casi
dos meses.
¿Cómo hablar de reparación, cuando se siguen cometiendo
estas injusticias históricas, sociales, culturales? No es posible hablar de
reconciliación cuando sólo se da por “existente” y con derechos a
un solo sector.
Las causas que
han provocado la violencia llamada política de hace 20 años atrás, siguen
vivas, provocando nuevas violencias.
Un estado frágil que abdica; lucha de poder entre las
autoridades elegidas y entre los mismos poderes del estado. Autoridades con
poder pero sin idoneidad para ejercerlo.
El racismo y la brecha enorme que hay entre las
diferentes culturas.
Así la incapacidad genera temor y este hace imposible
el diálogo y el creer que cada uno/a tiene capacidad para proponer, discernir y
decidir. Como también que el ser indígena no es sinónimo de ser infradotado o
de menor categoría.
A lo largo de estos meses he sentido en mi corazón el
grito de Bartolomé de Las Casas “ es que acaso estos no son hombres!!”. La exclusión y marginación es tan grande que
sigue vigente este alzar la voz para
denunciar en favor de la vida y de los derechos de las personas...porque ellos,
los aymaras,
también lo son.
Desde el ministerio de la escucha y el acompañamiento,
tanto desde mi comunidad religiosa como con los del equipo de Emaús, constatamos el nivel profundo de violencia que viven
cotidianamente niños, jóvenes, mujeres y hombres de este pueblo. ¿Es que acaso
no quieren vivir y relacionarse mejor? Sí, y por ello buscan compartir su dolor
y sanar las heridas que duelen.
Pero socialmente hay una injusticia estructural que los
lleva a sobrevivir cada día. Aquí está en juego cotidianamente el derecho a la
vida.
El empobrecimiento físico, psicológico, moral y
existencial al que lleva la marginación, exclusión y negación es un pecado
social. O quizá ¿ Será este el tercio de población que
“debe desaparecer” según las políticas internacionales? Serán los
“nadies”, por ello las 3000
esterilizaciones masivas realizadas en esta zona durante el gobierno de Fujimori?
. Creí que
después del informe de la CVR se abría un nuevo capítulo, y que había que poner
todas las fuerzas en no permitir que se perdiera la memoria y atender a las
víctimas de esos 20 años de violencia. Y hoy me encuentro ante estas viejas y
conocidas violencias. Ahora estamos acompañando psicológicamente a las víctimas
de esta violencia “política”. Esposos y esposas, hijos/as de
dirigentes desaparecidos, regidores heridos y a sus familiares. Niños/as que
salen a las calles gritando Huelga!!! Teniendo en sus
manos un trapito mojado por si la bomba cae cerca de ellos. Jóvenes que tienen
miedo de dormir, pues no saben si alguien entrará en sus casas para buscar a
sus padres y llevárselos. Mujeres que piensan en qué casa les conviene pasar la
noche o a qué sitio irse a vivir con sus hijos. Jóvenes que hace meses que no
tienen clases, y aquellos que en los colegios de Puno son tildados de ilaveños asesinos.
En medio de esta fragilidad aparecen aquellos que
quieren aprovechar la situación y condición de dolor de las personas para
alimentar sus propias ideologías e intereses.
Los MCS que tergiversan la verdad, los tratan de
“bárbaros” pisoteando su dignidad, congresistas y ministros que
utilizan la situación para proteger o promover su gestión. Siendo éstas también
violencias para el pueblo.
Después de estos hechos y en estos días muchas familias
se han dividido, con desconfianzas mutuas, en las comunidades algunos sospechan
de otros, entre ellos hay rencores y miedos. Estas son las nuevas secuelas de
la violencia.
Sin embargo me uno a Sábato
cuando dice “ el ser humano sabe hacer de los obstáculos nuevos caminos, porque a la
vida le basta el espacio de una grieta para renacer” .
Los aymaras son maestros/as
de la resistencia, en medio del dolor luchan por la vida cada día, sueltan su
música al aire que abrazan los cerros, y bailan. Hilan y tejen su historia con
manos ásperas y duras pero convencidos/as de que la vida es más fuerte y
siempre hay un espacio para que resurja. Saben de la aridez, dureza y
precariedad como también de la voluntad, valentía, organización y riesgo.
“ ...estaba adentro, involucrado. Así es uno se anima a llegar al dolor del
otro, y la vida se convierte en
absoluto. Las más de las veces no nos acercamos , siquiera al umbral de lo que
está pasando en el mundo, de lo que nos está pasando a todos, y entonces
perdemos la oportunidad de habernos jugado, de llegar a morir en paz,
domesticados en la obediencia a una sociedad que no respeta la dignidad del
hombre. Muchos afirmarán que lo mejor es no involucrarse, porque los ideales
son envilecidos como esos amores platónicos que parecen ensuciarse con la
encarnación. Probablemente algo de eso sea cierto, pero las heridas de los
hombres nos reclaman”.
Creo que para “refundar
el país”, como dicen algunos, o escribir una nueva historia, es necesario
acortar las distancias. Involucrarse, permitiéndose ver y sentir la realidad
desde el otro/a. Caminar hacia las
fronteras del país a nivel geográfico, cultural, humano, de educación, de
salud.
Hemos sentido desde aquí, sin ser aymaras,
lo ajeno, diferente y lejano que es este Altiplano aymara
al resto del Perú. Una democracia y leyes que existen sin su real
participación. Aymaras,
hombres, mujeres, jóvenes y niños que se saben peruanos pero que no son
recibidos, integrados como tales; cuando llegan a otras ciudades tienen que
disfrazar su identidad y blanquear sus rostros y apellidos para ser aceptados.
Miembros del gobierno que no quieren dialogar con los
dirigentes o tenientes aymaras, haciéndolos sentir menores de edad o
incapaces.
Acortar distancias, facilitar el encuentro entre estos
“diferentes” a tantos niveles, y denunciar a aquellos/as, personas,
instituciones, actitudes, opciones, estrategias, proyectos, leyes, partidos políticos, que sostienen
deliberadamente estas brechas.
Estos espacios sostenidos encienden y alimentan la violencia . Por ello debemos traer a la memoria la capacidad
de solidaridad que como pueblo se tiene.
“Entonces, todos los
hombres de la tierra
le rodearon; les vio
el cadáver triste, emocionado;
incorporóse
lentamente, abrazó al primer hombre; echóse a
andar...”
Creo en la capacidad que tienen el hombre y la mujer de
sensibilizar sus oídos, manos, pies, corazón y entrañas. Creo en la fuerza de
la vida que trae cada cultura. Creo que es posible cuando nos sentamos
juntos/as a dialogar. Creo en la capacidad de resistencia creativa de nuestra
gente y en la capacidad de tejer redes solidarias.
Creo que debemos denunciar sin tanta cobardía a esas
personas, instituciones, espacios políticos, medios de comunicación que se
deleitan en discusiones públicas sacando a la luz intereses partidarios e
individuales. Creo que debemos utilizar el poder que tenemos como instituciones
y grupos para fortalecer, cuidar y defender estos espacios de concertación.
Creo que la vida tiene más poder que la muerte. Creo en
la iglesia, comunidad cristiana que anuncia y denuncia, que vela por el derecho a la vida y a la
justicia. En esta iglesia del sur andino que en discernimiento permanente busca
estar atenta al gemido del pueblo y pronunciarse a favor de los que más sufren.
No es fácil mantener la esperanza cuando el dolor es
permanente y cansa.
Esta tregua, como las que nos da la vida a veces, nos permite como
pueblo respirar otro aire y volver a escuchar el canto de la vida expresada en
los niños, el grito de los vendedores, la risa de las mujeres en el mercado, la
música a todo volumen de las radios en las calles, las campanas de la
iglesia, los sicuris y zampoñas que se
preparan para animar la marcha por la paz preparada por los niños de toda la
zona, los jóvenes que ríen, juegan, estudian y se enamoran.
Hay que seguir viviendo ......
María Julia Ardito OP