Cidalc al Día
Para Reflexionar
DERECHO A
PENSAR
Frei Betto
El neoliberalismo, que se
esfuerza en preparar el funeral de la historia, insiste en que debemos dejar de
pensar. Debemos revisar nuestras palabras y someter el pensamiento al
pragmatismo tan en boga, así como al arte de la prosperidad. O al realismo
escéptico de quien se inclina ante el pensamiento único, delegando en el
sistema el derecho a pensar por él.
Quien acata tan inopinada
sugerencia se aparta de Platón, que convertía el acto de pensar en una forma de
dialogar. Quien se deja dominar por el miedo a pensar evita las contradicciones
y las opiniones divergentes. En este caso, asimila el pensamiento de quien le
prohíbe pensar y se aleja de la búsqueda de la verdad, confundiendo a ésta con
la autoridad. Y, peor aún, cree que su pobre pensar es la verdad lapidaria,
olvidando que existen su verdad, mi verdad y la verdad verdadera, como
enseñaban los antiguos sabios chinos.
Toda verdad humana es
relativa, y nuestro juicio crítico, dotado de buen humor, debe perseguirla
siempre, cribándola en la duda. Si dejamos de lado el buen humor y el sentido
crítico, pisamos la trampa de los dogmas y, ahí dentro, permanecemos maniatados
con nuestra aparente verdad.
Prefiero el maratón de
Descartes, sometiendo mi pensamiento al crisol de la duda, en orden a
construir, por una secuencia de operaciones, una representación mental de la
realidad.
Pensar es calcular, decía
Hobbes, que no estaba hablando de su cuenta bancaria.
Pensar es unificar representaciones en una conciencia, afirmaba Kant, maestro en el perfeccionamiento de conceptos. Wittgenstein enfatizaba que pensar es elaborar
proposiciones dotadas de sentido.
Pensar no es abrazar lo
que mi mente concibe. Es desenmascarar el saber travestido de pensamiento. Como
recordaba el viejo Marx, si toda esencia y apariencia
coincidiesen, las ciencias serían superfluas. Quien piensa ve más allá de las
apariencias. Pero las apariencias seducen a la ciencia. Por eso, ésta tiende a
rechazar a su hermana gemela, la filosofía. Destituida de presupuestos
filosóficos, la parafernalia tecnocientífica cae en la
banalidad. Huye de la ética como el diablo de la cruz. No es nimiedad el que Hanna Arendt desconfiase del
juicio político de los científicos. No por falta de carácter al aceptar
fabricar armas atómicas, ni por su ingenuidad (fueron los últimos en saber de
qué modo serían empleadas dichas armas), sino porque se autoexilaron
en una esfera en la que “el lenguaje perdió su poder”.
(Conviene no divorciar
las ciencias de la filosofía. ¿Qué sería de Galileo sin Descartes? En caso
contrario no sabremos perfeccionar al ser humano).
El sistema, mientras
tanto, insiste: dimita de su pensar. Atrofie su imaginación política. No trate
de modificar la realidad.
Yo reacciono diciendo:
¡quiero ser libre! Ella me responde: la libertad no es pensar, es disfrutar; y
esto no depende de su cabeza sino de su bolsillo. No pierda tiempo
constituyéndose en voz discordante o
haciéndole eco a las opiniones divergentes. ¿No ve que la filosofía y la ética
fueron eliminadas de las escuelas?
Mi destino, sin embargo,
es pensar. Encontrar las mediaciones que encarnen mis utopías en topías. Hacer posible lo deseable: desbancar la hegemonía
de los valores económicos, liberar la cultura de la condición de rehén del mero
entretenimiento, reducir significativamente la exclusión social.
Se estrechan cada vez más
los vínculos entre los bienes culturales y los bienes de consumo. Unos y otros
pasan a ser gobernados por un principio único: la satisfacción del consumidor.
Por lo cual, nada de producciones culturales críticas, propositivas,
emblemáticas, subversivas. Todo debe ser muy “limpio”, bien
portado, sentimental, melodramático y conformista.
Pienso,
luego resisto. Y me hacen gracia los heraldos del fin de las ideologías. Sin
embargo ninguno es capaz de retirar los lentes que están delante de los ojos y
mediante los cuales divisamos la realidad. No ignoro mis ignorancias. Por eso
mismo ensancho mi hambre de conocimiento. Ejerzo mi actividad crítica.
Desenmascaro lo consensuado. Cuestiono las representaciones colectivas y las
ideas establecidas. “No sé por dónde voy, pero sé que no voy por
ahí”, grito con José Régio.
Frei Betto es autor de
“La Obra del Artista. Una visión holística del
Universo”, entre otros libros.
Traducción de
José Luis Burguet. 25/09/04