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Asunto:[comunicacion_ciudadania] en estado de nacimiento
Fecha: 24 de Diciembre, 2001  14:55:57 (+0100)
Autor:nuevatierra <cnt @...............ar>

Status nascendi

 

I

Nada en la predicación del hombre cuyo nacimiento se celebra  a final de
diciembre hace mención de su nacimiento o de su infancia. El nada dijo al
respecto.

 Los relatos son fragmentarios y escasos, y los exégetas indican que los que
conocemos - las narraciones hechas en los libros llamados  “de Mateo” y “de
Lucas” - provienen muy probablemente del contacto directo de quienes compilaron esos
libros con las mujeres que conocían al hombre desde pequeño, y algunos señalan
incluso a su propia madre como potencial informante. 

Por lo demás, mucho de lo que en nuestra imaginación o, mejor, nuestro
imaginario, tenemos asociado al hecho denominado Navidad, proviene de otros
mundos culturales, de viejas tradiciones - viejas de todas las épocas. La más
antigua, claramente dominante de la simbología y determinante para la fijación de
la fecha, es la que en el hemisferio norte reconocía estos días - el solsticio de
invierno- como aquellos de las noches mas largas del año. A fines de diciembre,
las largas y oscuras noches, cada año, llegan al cenit de su negrura y extensión.
Pero indefectiblemente, al llegar allí, empiezan a acortarse. Y el sol, en fin,
renace. 

Los antiguos tenían una intuición profunda al respecto: por un lado, había que
festejar y celebrar tal cosa. Y esto, a despecho del hecho de que, más allá de
que se lo celebrara o no, sucedería de todas maneras. A los antiguos o bien no
les constaba - la regularidad de las leyes naturales es, bien entendida, un
invento reciente, más cercano a los tiempos del aire acondicionado que a los del
descubrimiento de la agricultura- o, hipótesis más rica en todo sentido, se
sentían de alguna manera responsables, co-responsables, de que el ciclo del cielo
y de los frutos se renovara. Con la misma misteriosa y bella intuición, hombres y
mujeres en otras culturas, adornaban los árboles durmientes del invierno, con
colores  y fuegos, para que recordaran que, llegado el final de los fríos, debían
prepararse otra vez para un tiempo pincelado de otras temperaturas y coloridos.
Esta idea de coparticipación, festiva y responsable a la vez- seguramente marcada
también por el miedo - la seguimos ejerciendo de manera velada pero persistente,
quemando fuegos y adornando árboles, puntuando el tiempo con gestos no menos
absurdos que hondos.

 

Pero, volviendo al ítem anterior, el de los relatos de las mujeres a las
comunidades que habían visto los hechos prodigiosos, la revolución y la muerte de
ese hombre, vale la pena quizás señalar algunas cosas. Antes que nada, recordar
que quizás, "vinieron unas mujeres" o "unas mujeres dijeron que" es muy
probablemente el punto central, el desencadenante y el corazón de la historia -
en el sentido de hecho histórico y de relato-  que ordena y estructura una parte
central de nuestra idea contemporánea de lo sagrado, aquí en occidente al menos.
Mujeres que habiendo estado al pie del patíbulo, días después reconocen una
presencia que les hace saber que una tumba está vacía. A partir de ese
reconocimiento, turbador y apaciguante, oscuro y luminoso , desafiante en su
ambigüedad radical y por lo tanto llamador a decisiones, debió haber surgido la
inquietud y la necesidad de preguntarse algunas cosas, a formular algunas
hipótesis y narraciones que dieran sentido a un acontecimiento tan difícil de
encajar en lo ordinario.

 

Esas narraciones - canónicas y apócrifas, históricas, poéticas, racionales,
emotivas y simbólicas- del nacimiento de quien fuera conocido como Jesús de
Nazareth, indican, creo, y mas allá de sus múltiples formas, más allá y más acá
incluso de sus cooptaciones por el discurso del shopping mercantil y religioso,
una sola cosa: la certeza radical (por, lo tanto, certeza sin garantías) de que
esa secuencia vivida en su momento como una manifestación intensa de lo sagrado -
como experiencia de liberación, fascinante y tremenda-  tuvo que nacer, tuvo que
empezar, fue frágil, esperó, vivió oculta. 

Desconocida: del  absconditus, el dios escondido, hablaban los profetas. 

 Creció, debió esperar, se gestó en relaciones marcadas por el ambiguo tiempo
del vivir. Dudó. Se abrió al abismo sin orillas del lenguaje y al placer y la
belleza de un cuerpo que crece, a la contingencia de los días y a las elecciones
y distinciones que todos los días guardan. Al dolor y la inseguridad. 

 Fue, aquella, historia de alguien.

Expuesta, también, a la muerte. Desde el primer momento. No por nada empieza uno
de los relatos  "en tiempos de Herodes...". En tiempos de ése que, sabiendo que
algo nacía - y que él sabía que nacía en el seno de su propio pueblo - mandó a
matar a todo recién nacido. Porque eso que nacía, o aquello que en ese nacimiento
se gestaba, ponía en cuestión su impunidad y su opulencia. Su poder vicario y
despótico. Y mandó a matar toda cosa que pareciera estar naciendo. Herodes,
apóstol del miedo. Arquetipo  de la cobardía del represor. Lástima que se lo
recuerde hoy como un día para bromas “inocentes”. 

 

En fin, los viejos relatos reconstruyen lo que siendo obvio hacía falta
reafirmar: "aquello" había sido niño. 

 

II

Comentando "Memorias de Adriano", una mujer tan inmensa en su palabra como
pequeña en su contextura, Marguerite Yourcenar, señalaba que había encontrado en
una carta de Flaubert una frase que marcó toda su empresa literaria: "Cuando los
dioses ya no existían, y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único,
desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en que sólo estuvo el hombre."

Podemos decir, y es un pequeño e interesante matiz: un tiempo en que el hombre
estuvo solo. Me atrevo a agregar que se refiere, cronológicamente, a lo que
podríamos llamar el adviento histórico. 

 Históricamente, fue también el tiempo en que los oráculos habían callado. El
ultimo mensaje del Oráculo de Delfos, a Justino: "el agua del lenguaje se ha
secado". Ese silencio que hizo que en esa época  Plutarco escribiera su libro:
"De los oráculos que han callado y por qué."

 

Noche oscura, también, de la palabra. Tiempo de sequía y sed de sentido.

Una canción desesperada dice en estos días en nuestras radios: "qué se puede
hacer en esta tierra incendiada sino cantar, qué se puede hacer con palabras
deshabitadas sino cantar, canto: tan débil soy que mi voz es mi mano alzada y
fuerte" (Y adviento es también  el tiempo de la voz que clama canta en el
desierto). El pozo del lenguaje se ha secado. ¿Qué hacer? 

 

Adviento histórico, sí, pero también, todos los advientos que, al fin y al cabo,
son una vivencia humana, subjetiva e histórica, personal y social. Adviento,
tiempo del deseo y la sed de justicia. Tiempo de reconocer la secretura de la
vida y de cuidar la fragilidad de sus señales.  La noche más oscura: cronología
de la oscuridad, pero también el kairós que tiene el silencio que sólo la
gravidez puede tener, y esjaton, tiempo de inminencias y presagios. Calma antes
de la tormenta. 

 

 

III

Una mujer dijo, hace un tiempo en un encuentro en el que participé, una frase
que se me grabó:  "Que aprendamos a cuidar los espacios de nacimiento". Era una
oración. Lo escuché , sin embargo, como un pedido, una indicación. Tiendo a
pensar que quizás fuera una orden.

 

Otra mujer, hace unos días: "ser humano, o sea: permanecer en estado de escucha,
y construyendo asombro". Pensando esto creo que me simpatiza mas esa otra
sentencia del hombre cuyo nacimiento se celebra en estos días, afirmación tan
vapuleada por los dueños de verdades muertas y controladores de almas y deseos. 

 Esa advertencia que, "en tiempos de Herodes", como dice el libro, la misma
fuerza de lo sagrado decidió asumir: "les aseguro que si no se hacen como
niños..."

 

Feliz Navidad entonces, pero, más que eso, más necesario, más apropiado, mas
indispensable, por una vez más útil y más bello al mismo tiempo: resistente,
escuchador y asombrado adviento. 

 

Nestor Borri




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