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Asunto:[nuevaconsciencia] LA JERARQUÍA I
Fecha:Miercoles, 20 de Agosto, 2008  10:47:53 (+0000)
Autor:Consuelo Reig Laporta <cheloreig @.....es>

JERARQUÍA DE PODER Y LUCHAS DE PODER
 
El elemento importante de la situación eípica es el conflicto. Puesto que la situación edipica es triangular, hay conflictos entre todas las partes involucradas. El conflicto entre padre e hijo es el tema principal de las tres obras de Sófocles basadas en la historia de Edipo; pero una interpretación más profunda reveló que en esas piezas el conflicto básico se producía entre los sistemas sociales del matriarcado y el patriarcado, conflicto que se resolvió culturalmente a favor del patriarcado . Esta solución significa que el principio masculino, representado por el ego, la individualidad y la cultura, predominó sobre los principios femeninos, representados por el cuerpo, la comunidad y la naturaleza.
El conflicto básico en la situación edípica del niño se da, por lo tanto, entre los padres. Su relación constituye la base del triángulo  y los conflictos en esa relación son la causa de todos los problemas del niño. Cuando marido y mujer están sexualmente satisfechos, el niño no queda atrapado en una situación edipica; sin embargo, debemos reconocer que en nuestra cultura, basada en el principio patriarcal, la relación hombre-mujer dificilmente está libre de discordias serias, y la satisfacción sexual es poco frecuente. Si bién hay matrimonios en los que florece el amor, la mayoría erege fachadas para esconder las insatisfacciones y decepciones que imperan en un matrimonio. Estas fachadas sirven tanto para encubrir el fracaso del matrimonio ante los demás , como ante sí mismos.
No debemos de sorprendernos de las luchas entre países, habiendo tanta lucha en casa. De acuerdo a lo que puedo recordar, mis padres estaban en conflicto permanente y, siendo niño, me sentá apabullado por este estado de cosas. Yo estaba atrapado en el medio.. Ambos me confiaban sus problemas y yo reconocia que ambos tenían quejas lagítimas en contra del otro. Más terde, comprendí que sus personalidades eran opuestas: mi madre prefería los negocios al placer, y mi padre, el placer a los negocios. Como resultado de ello, mi madre carecía de alegría y mi padre de dinero, (hasta cierto punto, por cierto). Dividido entre ambos, tuve que buscar alguna solución a mi conflicto interno: lo logré cuando comprendí que el mejor negocio de la vida era el placer. Pero no llegué a esta solución sin antes haber analizado los temores y ansiedades de mi propia situación edípica. Desde entonces pude darme cuenta de que la situación de mi familia no era única, como alguna vez pensé. En los matrimonios, el conflicto es más común que la armonía. ¿Por qué es así?.
El orden patriarcal es una jerarquía de poder y posesiones. El individuo que está en la cima - un rey o un jefe de partido, por ejemplo- tiene el mayor poder, los que están más abajo en esa jerarquía, tienen menos, y los que están en la base tienen mucho menos aún, o ninguno. Esta jerarquía existía también en el seno de la familia, con el padre en la cima, la madre por debajo de él y los hijos en la base. Desde su elevada posición en la civilización romana, el padre tenía poder lagal absoluto sobre la vida y la muerte de su esposa e hijos. Legalmente las mujeres han sido ciudadanas de segunda  clase hasta hace muy poco tiempo. La propiedad de una mujer casada pertenecía a su esposo. Aunque mucho han cambiado las cosas, aún prevalece la desigualdad entre los sexos.
Y esta desigualdad socava la armonía en las relaciones hombre-mujer, que deberían de ser de igualdad compartida en un esfuerzo común.. Quién se siente inferior, está resentido con aquel que tiene una posición superior, y esto es especialmente cierto en los casos en que la conciencia del ego está altamente desarrollada, como ocurre en nuestra cultura. L mayoría de la gente encuentra humillante tener que someterse a un poder con el cual no está de acuerdo. En esta situación no es posible sentir amor, sino odio.
En la familia patriarcal, la desigualdad se extendía al sexo. La mujer estaba sujeta a un doble patrón de moralidad que le negaba el derecho a una vida sexual completa, mientras que al hombre se le permotía satisfacer libremente sus deseos. Este patrón doble era más estricto aún en la sociedad burguesa, donde la lucha por el afianzamiento del ego, el poder y los bienes materiales era mayor; por el contrario, era menos estricto entre la nobleza, ya que la fuerza de su ego y su poder se basaban en los sólidos cimientos  de la cuna. Y era menos estricto aún en la clase baja, donde la lucha por el poder era débil. En la sociedad burguesa, la castidad de la mujer era altamente apreciada en el mercado matrimonial. Inevitablemente, en cada hogar burgués se desarrollaba una lucha por el poder. El hombre detentaba este poder a través de su control sobre la propiedad, pero la mujer a menudo se oponía a él, privándolo de su entrega sexual, bajo pretexto de enfermedad o indisposición. Consciente o inconscientemente, esta táctica era un arma efectiva. La mujer podía también amenazar al hombre con la infidelidad, que era un verdadero golpe a su ego. Pero este juego lo jugaban ambos y a menudo el hombre buscaba placer sexual fuera de su casa.
De: Alias de MSN-BLONDE-8 Enviado: 19/08/2008 10:05
La lucha entre marido y mujer no es nueva; en el pasado, la mujer se quejaba con frecuencia de que no había dinero suficiente y el hombre, de que no había suficiente sexo. Con la supresión de ese doble patrón moral a partir de la revolución sexual de los años sesenta y setenta, parece ser que la situación ha cambiado, pero este cambio no redujo la lucha que sigue librándose entre los cónyuges. Mientras intervenga el poder en las relaciones personales, habrá conflictos. Lo desafortunado del asunto es que los padres utilizan a sus hijos en su lucha por el poder.
A pesar de que en el sistema patriarcal el hombre se ve favorecido, no siempre es el ganador en esta lucha. Y aunque pueda ser el sostén económico de la familia, no siempre es el jefe del hogar; tiene un poder nominal, pero a menudo el poder efectivo reside en la esposa. La mayoría de mis pacientes, al preguntarles quién era la figura dominante en sus hogares, contestan que era su madre. Esto puede deberse a que ella tiene en el hogar sus dominios, posición que la sociedad apoya firmemente a causa de su responsabilidad para con los hijos.
En esta lucha mutua, no sólo los padres utilizan a los hijos, también los hijos sacan provecho de esta batalla con el propósito de adquirir poder para ellos, aliándose con uno u otro, en busca de su propio beneficio.. Podría parecer que esto contradice mi declaración de que los niños son inocentes; lo son, pero sólo hasta que son dañados por el uso del poder en su contra. Siendo el estrato más bajo de la jerarquía, son los más vulnerables. A menudo, los padres descargan en sus hijos la ira y la hostilidad que sienten hacia sus propios padres, y que no se atreven a expresar. Muchos les hacen padecer a sus hijos sus propias frastraciones. Por lo general el padre se siente superior al hijo y la forma más simple de demostrarlo es ordenarle algo que el niño debe de obedecer sin réplicas.
Otro factor que produce un estado de tensión  entre padres e hijos son las presiones a que están sometidos los padres en la vida moderna. Tienen tantas actividades, que no poseen la energía o la paciencia necesarias para relacionarse con la naturaleza vital del niño y, constantemente le dirán: ¡Quédate quieto! ¡No te muevas más! Ningún niño puede obedecer órdenes semejantes y, por ello, se produce el choque.
En nuestra cultura, los padres utilizan su fuerza y poder superiores para obligar al niño a obedecer sus órdenes. El niño se siente desamparado y desvalido, siendo naturalmente dependiente de sus padres, es impotente frente a ellos; pero sólo cuando el padre impone su voluntad, el niño se da cuenta de su vulnerabilidad. Normalmente, el niño ve su padre como una fuente de apoyo y protección y no como un antagonista; pero cuando se transforma en esto último, la docilidad se vuelve sumisión, que el niño compensa con su resolución interior de obtener el poder que le permitirá vencer al padre. De este modo, la sumisión tiene un doble efecto en la personalidad del niño: disminuye su sentido del ser, socavando así su ego en proceso de desarrollo, y a la vez lo compromete más aún con el ego en tanto representación del poder. El niño se hace consciente del ego y se centra en él, o sea, se orienta hacia el poder, ingresando a la situación edípica con sentimientos encontrados: deseo sexual por el padre del sexo contrario, temor y hostilidad hacia ambos padres y la conciencia de que el sexo puede utilizarse en la lucha por el poder. Esta es una situación tensa que sólo tiene una salida para el niño: la pérdida del sentimiento sexual o la castración psicológica, consecuencia directa de los temores y hostilidades engendrados por el triángulo.
El aumento de la conciencia del ego no es un avance, puesto que produce una mayor autoconciencia y cohibición (pérdida de la espontaneidad), lo cual tiene un efecto inhibitorio sobre la expresión de sentimientos y la descarga orgásmica.
El conflicto se convierte en un estado interior, a la vez que, en una condición externa. Así como el hombre se vuelca contra la naturaleza para dominarla, el ego se vuelca contra el cuerpo y, a través de su facultad para controlar y dirigir la actividad volitiva, puede dominar el cuerpo en su contra. La voluntad surge a través de este mecanismo; y los seres humanos son los únicos animales capaces de acciones volitivas. Mediante su voluntad, el hombre trasciende su naturaleza animal y crea cultura pero, en este proceso, se separa de la naturaleza, y se torna vulnerable a las enfermedades. Este peligro se puede ver más claramente si comparamos la personalidad con un caballo y su jinete. En esta analogía, el caballo representa el cuerpo y el ego es el jinete; cuando jinete y caballo van al mismo ritmo, pueden cabalgar mejor y experimentar placer. Pero un jinete insensible a su caballo puede hacerlo caer, de este modo, un yo sin relación con el cuerpo y presionado convulsivamente hacia el éxito puede llevar al cuerpo al punto de que se quiebre fisicamente; si el jinete está disociado del caballo, puede acabar mal; si el ego se disocia del cuerpo, se hace trizas.
Así cuando la voluntad toma el mando, el ego pone un arnés al cuerpo. La voluntad es también el arnés que el sistema patriarcal y sus valores - poder, productividad y progreso - le imponen al individuo.
La contradicción del pensamiento moderno radica en considerar que el poder y la productividad liberan al hombre. Se apoya en la creencia de que con suficiente poder el hombre puede hacer lo que quiera. No cabe duda de que la habilidad del hombre para hacer se ha incrementado considerablemente, en la medida en que ha ganado conocimiento y poder. Y, desde cierto punto de vista, puede argumentarse que su mayor movilidad y la amplitud de sus actuvidades representa más libertad de la que conocieron sus antepasados. Jaynes describe al hombre civilizado primitivo como un esclavo de los dioses. Pensamos en el animal como en un esclavo de sus instintos, pero estamos igualmente atados a nuestro sistema por un sentimiento de culpa, como Freud lo señaló. Estamos literalmente atados por tensiones musculares crónicas que limitan nuestra respiración, deprimen nuestra energía e inhiben la libre expresión del sentimiento. En la práctica, estamos dominados por un ego que puede ser tan tiránico como cualquier déspota.
La mayoría de los padres, consciente o inconscientemente, educarán a sus hijos exactamente como ellos fueron educados. Un padre que tuvo una educación estricta tenderá a ser estricto con sus hijos. Quienes fueron golpeados por sus padres, a menudo golpearán a sus propios hijos. No se trata solamente de enseñar al niño a obedecer; un conportamiento semejante por parte de los padres amenudo tiene una motivación personal.
Los sentimientos no se pueden suprimir indefinidamente, pues esto significa morir. Amenudo salen a la luz contra el más inocente, porque es el más vulnerable e indefenso. ¿ Por qué los padres gritan a sus hijos? Vengan en ellos las frustraciones de su vida, pues los niños son incapaces de responderles. El hecho de dominar al niño, da al padre un sentimiento de poder que compensa su impotencia, experimentada en la infancia. Esta es la esencia de la lucha de poder.
Pero no todos los padres someten a sus hijos al mismo trato que recibieron. Los que son conscientes  del daño que les causó el trato recibido de sus padres insensibles, se empeñarán en evitarles a sus hijos una experiencia similar. (...)
Todas las sociedades, tanto las matriarcales como las patriarcales, tienen reglas de conducta que se imponen a través de alguna autoridad, ya sea el jefe o el consejo tribal. La diferencia entre los dos sistemas consiste en: si la regla es la práctica adoptada de la comunidad, o es el edicto impuesto por una autoridad. Esto último debe crear forzosamente conflictos, puesto que coloca el ego de un individuo en contra del ego del otro.
Los seres humanos no nacieron para ser sometidos a la voluntad de otro como ocurre con nuestras bestias de carga; aún no han sido totalmente domesticados. No obstante la civilización exige que se les ate al yugo de un sistema económico y político que limita su libertad, sometiéndolos a una jerarquía de poder. ¿Cómo se logra esto?
Freud dice que "el precio del progreso, en la civilización, se paga perdiendo la felicidad mediante la intensificación del sentimiento de culpa". Sostiene  que la cultura sería imposible sin la renuncia al instinto, o sea, a "la falta de gratificación de los poderosos impulsos instintivos". Esta fañta de gratificación produce una agresividad destructiva en el individuo, que debe ser doblegada. Originalmente, es doblegada en el niño mediante el castigo o la amenaza de quitarle el amor. Como ya vimos, el niño se somete y desarrolla un superego que es la introyección de la autoridad paternal. El superego se sostiene mediante la energía de los impulsos suprimidos, que se vuelcan contra el self creando el sentimiento de culpa. Así, este sentimiento de culpa es directamente proporcional al grado de la supresión. Mientras más se suprime la hostilidad, más culpa se tiene. Uno se siente culpable por su deseo de aplastar a la civilización que le niega la plenitud y de matar al padre que es su representante. (...)
Debemos de recordar que en el drama de Edipo la iniciativa la tomó el padre. En la leyenda, fue el hecho de dejar al niño a la intemperie para que muriera, lo que inició la cadena de acontecimientos que culminaron con el cumplimiento de la profecía del oráculo. Fue un acto hostil contra el niño, a fin de proteger la posición y el poder del padre. Del mismo modo, en la familia moderna, el conflicto edípico se crea en las actitudes hostiles del progenitor que ve en el niño un desafío a su poder y un rival en el afecto de su cónyuge. A mi modo de ver, en el momento en que el niño ingresa al peródo edípico, es inocente como cualquier animal. Pierde su inocencia en la medida en que va dándose cuenta de las intrigas y manipulaciones de sus padres, tendentes a controlarlo, a adaptarlo a la cultura y a usarlo para satisfacer las necesidades de su propio ego. A modo de autodefensa, el niño aprende a utilizar las mismas tácticas contra ellos, pero en este proceso se convierte en un ególatra como sus padres, o tal vez peor. Hay un dicho que reza: "Combate al diablo con sus propias armas y te convertirás en diablo".
¿Pero por qué el proceso de culturización se asocia invariablemente a la represión sexual? No concuerdo con Freud en que el éxito creativo dependa de la sublimación de la conducta sexual. Por el contrario, los individuos más vitales en lo sexual son, a menudo, los más creativos. Pero la productividad es otro asunto. Si queremos uncir al animal humano a la máquina económica, debemos "quebrarlo", como lo hacemos con los animales que ponemos a trabajar para nosotros. Esto se puede lograr sólo si domesticamos la libre y salvaje sexualidad animal del individuo. Hace muchísimo tiempo, el hombre aprendió que podía transformar un animal salvaje en un animal doméstico, castrándolo. Así obtuvo los bueyes para su arado. Sin saberlo conscientemente, aplica la misma técnica a sus propias crias, con la diferencia de que el agente eficaz es la amenaza de castración. Esta amenaza reduce la intensidad del impulso sexual y funciona como una castración psicológica, volviendo dócil al niño para luego educarlo en su papel social como trabajador productivo. Esto tiene la ventaja adicional de no interferir con la función reproductiva del individuo. Erich Fromm llegó a la misma conclusión; dice: "El esfuerzo hecho por suprimir el sexo escaparía a nuestro entendimiento si sólo se refiriera al sexo. Pero la razón para vilipendiar el sexo no es el sexo mismo, sino el quebrantamiento de la voluntad humana".
Al describir las condiciones sociales que producen el carácter neurótico, puedo dar la impresión de que en la familia moderna sólo hay hostilidad hacia el niño y un deseo de quebrar su espíritu. Por supuesto, esto no es cierto. Hay amor y odio; respeto por la integridad del niño y, al mismo tiempo, la necesidad de hacerlo adaptarse. Mientras que el proceso de culturización se maneje con amor y respeto hacia el niño, éste no sufrirá graves traumas. Sin embargo no creo que, incluso con las mejores intenciones, sea posible educar a un niño en el mundo moderno sin provocarle algún grado de neurosis. Ningún padre que viva en esta cultura puede disociarse totalmente de sus valores.
También debemos recordar que en nuestra cultura la sexualidad infantil no es aceptada como algo normal y natural por la mayoría de los padres. Dentro de nuestra jerarquía de valores, todo lo que está sociado con la parte inferior del cuerpo se considera grosero, vulgar y sucio. Por el contrario, consideramos que las funciones de la parte superior del cuerpo son superiores, especiales y limpias. Se honra el conocimiento y el poder en tanto que se menosprecia el sexo y el placer, valores que pertenecen al orden matriarcal.
La mayoría de la gente se siente un tanto incómoda cuando un niño se toca los genitales en público. Los niños entienden rápidamente las actitudes de sus padres hacia el sexo y, en especial, si éstos lo consideran algo malo. Estas actitudes están tan generalizadas en nuestra sociedad que no he encontrado ningún paciente que no sufra de culpa sexual y ansiedad de castración. Y esto es cierto tanto en el hombre como en la mujer.
Sin embargo, el grado de culpa y ansiedad varía entre las distintas personas. Puesto que son producto de la lucha por el poder, se las encuentra menos en las clases trabajadoras que en las clases altas. Por ejemplo, Reich señaló que los obreros alemanes de los años veinte gozaban de una salud sexual y emocional ausente entre las clases altas.
Si se toma como indicador de salud sexual la falta de tensión en el cuerpo, especialmente en el área pelviana, hay más salud entre los pobres de Latinoamérica que entre sus vecinos del Norte. Por otro lado, en todas partes, la clase media es bastante neurótica. Su lucha por escalar posiciones sociales y por el prestigio, provoca una mayor presión sobre sus hijos para que se adapten al patrón social. En las sociedades industrializadas modernas, las diferencias de clase tienden a desaparecer; en estas sociedades, mucho más móviles, donde el poder y el dinero determinan la posición social, la mayoría de la gente pertenece a la clase media, la clase que más valora el progreso y el poder.
Alexander Lowen (MIEDO A LA VIDA)

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