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Asunto:[nuevaconsciencia] MOMENTOS ESTELARES
Fecha:Lunes, 23 de Abril, 2001  00:20:19 (+0200)
Autor:Fco. Pérez <fperezber @....es>


Hola amigas y amigos:

                                          -----------------------MOMENTOS
ESTELARES-----------------------------

Hay un cajón secreto que tenemos que abrir. En él yacen, quizá desordenadas,
las pruebas de que un día nos conturbó la dicha hasta extremos insólitos.
Todos tenemos un álbum de placeres y agravios dentro del corazón. A todos un
día los dioses, celosos, nos envidiaron.... Ahora atardece. Unas nubes de
plata se pasean perezosas sobre el azul clarísimo del cielo. Es acaso la
hora preferible. Cerca de una ventana, entornados los ojos, abramos el
cajón. Dejemos que su contenido se derrame. Elijamos la hora clave, aquel
instante de culminación en que alguien nos envolvió con su amor y su gozo de
tal forma que nos dijimos. "Jamás va a cesar esto. No será necesario
recordarlo. Siempre estará este instante inundándome de luz y de alegría."
Elijamos; pero no para descansar en el pasado; no para recompensarnos con
una mirada al brillo y al calor ya extinguidos, sino para resucitarlos, o
más todavía, para revivirlos.... Todo se ha puesto en pie. Reconstruyamos
despacio, llenos de gratitud e intensidad, aquel regalo de la vida. Así
aprenderemos, en primer lugar, a agradecer y a amar en el presente, a
asirnos con fuerza al júbilo venidero, a recibir con alegría las alegrías
futuras y a no archivarlas nunca, sino a ostentarlas ante nuestros ojos...
        "Cuánta pérdida", pensamos. "Cómo se han desvaído los colores de las
fotografías, cómo amarillea la tinta de las cartas y el tono de la voz que
pronunciaba las bienamadas frases...." ¿Y nuestra intensidad? ¿Dónde está,
donde se fue, dónde se vino abajo? Nos dijeron "qué bonico eres" mientras
nos desnudábamos. Nos dijeron "tus ojos..." o "tus labios, que parecen....".
Nos dijeron "tu voz es como un río". Fue el momento estelar, cuando nos
sentimos esencialmente amados, imprescindibles para alguien, necesarios sin
término. Y cómo reaccionamos bajo aquella mirada fija, o aquella palabra
musitada, o la traducible sonrisa, o la carta... La escena no ha pasado;
basta desenclavarla de nuestra memoria y de nuestro corazón. Algo se nos
diluyó dentro del pecho, las piernas no eran capaces de sostenernos más, nos
temblaron los labios y subía de la garganta hasta la boca una marea de
gratitud...
        Pero ¿nos entregamos de veras al momento estelar? ¿Adivinamos
entonces mismo que era estelar, que nunca cesaría, que cesarían antes otros
momentos más llamativos y evidentes, en los que la pasión nos consumió como
a una leña seca y la piel se oprimía contra otra piel, como si pretendiera
perforarla? ¿Cuándo, después ya, supimos que habíamos vivido lo mejor de la
vida?.... Y ahora,, cerca de la ventana, bajo este atardecer, con las manos
vacías, revivimos aquello que nos sostuvo y nos consoló realmente hasta hoy,
aun sin percibir que era aquello lo que nos consolaba y sostenía. De aquel
tesoro hemos vivido tanto.... Por eso, no lo contemplemos como el avaro que
comprueba el suyo; penetremos en él, adentrémonos en aquel momento, seamos
el buen actor que se inviste del personaje como de una capa entrañable. Que
suceda hoy como ayer. Entremos a aquella alcoba en penumbra con los ojos
cerrados. Sentémonos junto a aquel escritorio, cerca de aquel sofá, o sobre
aquella cama. Todo estuvo bien.... Todo está bien.
        No es fantasía lo que necesitamos, sino amor. Un amor de hoy que
vuelve la cara al de ayer sin compararse ni celarse. Como alguien que hizo
un alto en el camino antes de proseguir hasta llegar aquí. Qué suicidio el
de intentar olvidarse, en la tristeza, de los tiempos felices. Nessun
maggior dolore, escribió Dante; pero ¿tenía razón? Imaginemos la felicidad
pretérita en medio de otra felicidad o en medio de amarguras. Sin temor, sin
desdén, sin odio desde luego. Atendamos, prestemos buen oído. No han pasado
los años; se acerca un ser deseado con las manos tendidas, con los labios
tendidos, con el alma tendida hacia nosotros. Fue el milagro del gozo y del
amor. Un milagro, surtido de las brumas, no se termina nunca. Aquel gozo y
aquel amor escribieron palabras, trazaron signos, esbozaron gestos,
susurraron emociones imborrables. Repitámoslos en voz alta junto a la
ventana de hoy, en la casa sosegada o no de hoy, a esta luz que se ha
tronado casi azufre en el atardecer de hoy. Ningún amor es fútil, ninguna
dicha baldía, ningún sentimiento que nos estremeció pudo ser baladí. No
esterilicemos la intensidad que nos dio de vivir igual que se da el agua
entre las manos para que beba un niño. El mundo, silencioso, fue testigo de
aquel momento destellante en que nos supimos glorificados y en que
participamos del misterio, del triunfo y del destello. No invalidemos ni
ensombrezcamos el mediodía que nos deslumbró de dentro afuera. El amor y el
gozo de ayer nos conducen, como unos guías presentes e invisibles, sigilosos
y fuertes, al gozo y al amor de hoy, o a la ausencia del gozo y del amor.
Porque somos los mismos que ayer fuimos, y nuestra historia tiene capítulos
en los que, de cuando en cuando, debemos albergarnos. Capítulos
enorgullecedores que han de ser revividos, no sólo recordados. Ellos son los
que nos prolongan; ellos los que nos reviven; ellos los que nos deifican.

                                                                            
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Saludos.
Fco. Pérez






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