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Asunto:[debunker] Saludos...
Fecha: 18 de Julio, 2001  22:42:02 (+0200)
Autor:gabriel1.0 <gabriel1.0 @......com>

He colocado en la sección de ficheros de la lista, en el folder de documentos y
archivo denominado 'Laicos y superticiosos', es literatura y espero que les
agrade...

Para muestra le dejo, para su deleite, lo siguiente:

**************
Buena suerte 
Para Blanca
Hoy que he decidido hacer un recuento de mi vida quiero dejar constancia de mi
insólita batalla contra la superstición. A mi padre, un ingeniero agropecuario
con una secreta afición por la botánica, le debo mi espíritu crítico y mi natural
desconfianza hacia la  uperchería. Por desgracia, su repentina muerte provocó que
mi hogar quedase a merced de los prejuicios. Al observar las ancestrales
costumbres de mi madre y de mis ayas comprobé que, si bien se nos
inculca que vivimos en una época dominada por las luces, en realidad no hemos
abandonado las penumbras del Medioevo.
Durante mi penosa adolescencia la lucha contra sus fobias se transformó para mí
en una sólida obsesión. Internado en un colegio católico, no podía concebir que
seres racionales invirtieran tantas horas en musitar avemarías y menos aún que
tuviesen el descaro de recurrir a la
benevolencia divina para disminuir su miseria. Tras descubrir a Nietzsche, quedé
convencido de que el mundo no podía ser una pieza teatral sometida a los
caprichos de un dramaturgo tan mediocre. Me parecía inconcebible que, mientras
decenas de genios se esforzaban para
desentrañar las leyes del cosmos, tantos infelices fuesen subyugados por la
sinrazón. Si el universo obedecía a una causalidad determinista en la cual no
cabían los misterios o, como señaló Einstein, el azar, ¿a quién podía ocurrírsele
que un presentimiento o una simple coincidencia decretasen el futuro como un
anciano juez firma una sentencia de muerte? 
Pese a la férrea oposición materna, al salir de la preparatoria me inscribí en
la carrera de Física en la Universidad Nacional; ahí comprendí que debía extender
mi desafío hacia terrenos más
mundanos. Harto de soportar las prohibiciones familiares, me investí con la
misión de trastocar públicamente todos los prejuicios: mi tarea consistiría a
partir de entonces en demostrar que aquellas absurdas consejas no eran más que
prehistóricos resabios. Frenético, esa misma tarde me compré una libreta y
enlisté las disparatadas normas que deseaba subvertir. 
Mi primer objetivo consistió en desmentir la satánica influencia de las
escaleras. Siempre que me topaba con un pintor que emparejaba un tejado, un
electricista que inspeccionaba una farola o un abnegado trabajador de Teléfonos
de México, no resistía la tentación de pasar por abajo de sus piernas. A
continuación me dediqué a perseguir —y torturar— gatos negros, abrir paraguas en
el interior de las casas como quien enciende un cigarrillo, pisar con saña las
líneas del
pavimento, concebir festines de trece invitados, pronunciar a gritos la palabra
serpiente y esparcir la sal por los manteles. Mis amigos y vecinos contemplaban
mi proceder horrorizados, como si presenciasen los delirios de un maniaco, pero
en todos los casos verifiqué mi hipótesis:
nada ocurrió. No me partió un rayo, no me atropelló un automóvil, no me aplastó
un piano, no fui víctima de la peste.
Envanecido por este éxito inicial que me aproximaba a la condición de artista
del performance, poco a poco refiné mis preferencias y me transformé en un
especialista en contrariar a los espejos. Como Borges, siempre sentí un horror
innato por esos objetos que prolongan la
apariencia y multiplican los rostros pero, dado que el escritor argentino se
limitó a narrar su espanto, yo decidí transformarme en su mano justiciera,
indiferente a los septenios de infortunio
que se precipitarían sobre mí. Cada vez que divisaba uno de esos fatídicos
objetos en los muros de un baño público, una tienda de modas o el camerino de un
artista —procuraba pasar inadvertido—, no dudaba en quebrarlo en mil pedazos,
provisto con un arsenal de martilletes de
distintas formas y perfiles que había ido acumulando con el tiempo. A lo largo
de más de veinte años he masacrado a más de diez mil de estos relucientes
enemigos y, como lo advertí desde un principio, nada ha sucedido. No me he
despeñado a las vías del metro, no me ha mordido un
perro rabioso, no me ha alcanzado una bala perdida, no me ha mutilado un serial
killer.
El mundo, por desgracia, nunca ha calibrado la magnitud de mis esfuerzos. Hasta
ahora nadie se ha detenido a estudiar mis movimientos, nadie ha reparado en el
valor de mi afrenta, nadie ha cantado mis glorias como héroe de la razón. Por
ello, ahora que realizo el fugaz inventario de mi vida, sólo me gustaría pedir
que alguien se acuerde de mi nombre. En medio de esta renegrida soledad, ni
siquiera necesito escribir que no se culpe a nadie de mi muerte. -
— Jorge Volpi


Fervor supersticioso 
Si no fuera supersticioso me daría tanto miedo el lenguaje que palabras de
significado tan ambiguo como dilogía, órdiga, capitoso o capricante, e incluso
neologismos guasones como ñáñaras o arcaísmos retrucados como endenantes serían
suprimidos para siempre —¡y con justificada ira!— de mi escritura. Pero como soy
un crédulo incorregible, se me figuran como
chispas que se abren en flor y nada más. Si no fuera supersticioso no escribiría
con poca ropa o de cuando en cuando totalmente desnudo. Si lo hago es porque
siento que fluyen con mayor rapidez las ideas y se armonizan a partir de
estratagemas que en lo básico desconozco. A veces he experimentado escribir con
corbata y saco y, desde luego, con pantalón de casimir. No niego que descubro una
maravilla tras otra; sobre todo siento que la solemnidad es fulgurante, y el
humor, algo senil, siempre es de salón tanto como las ideas. Lo cierto es que,
pese al venero que emana de ese apretuje elegantioso, la tan recomendada
formalidad "sobre la formalidad" no va conmigo. Tal vez si viviera en un país
nórdico funcionaría, pero entonces no sería supersticioso. Ahora me pregunto ¿por
qué no nací en un país más frío, más estricto y más enfermo de sofisticación? Me
consuela responderme que a lo mejor la Providencia quiso que naciera en México
porque jamás admiraría a los escritores entrecejados de por vida, o tal vez sí,
pero no de inmediato, o acaso dependiendo... etcétera. Empero no cargo con ningún
sentimiento de culpa, tampoco lo tendré porque ya hice el intento de unir dos
actitudes radicalmente opuestas: en alguna ocasión estando desnudo se me ocurrió
ponerme una corbata de seda; logré redondear frases excéntricas y algunas medio
capciosas, pero al final todo fue inútil. Si no fuera supersticioso sería un
escritor profesional. Confieso que aún no sé en qué consiste el profesionalismo
literario, pero creo que es el de aquellos autores (esquemáticos, pero
irrompibles) que se obligan a documentar todo cuanto imaginan. Son tan fríos y
calculadores —habida cuenta de que están pendientes mañana, tarde y noche de las
contingencias del mercado de los productos editoriales— que hasta para ser
sensibles se tienen que documentar. Mi superstición consiste en que si los leo me
volveré más frío y calculador que ellos. Si no fuera supersticioso ¿qué podría
ser?, ¿un descalificador a ultranza al que la vida misma le produce cólera casi a
cada instante?, ¿o un energúmeno para quien la realidad o la miseria
humana, cuando no el escrúpulo, son los máximos referentes? No lo sé, pero estoy
seguro de que si no fuera supersticioso, encontraría mil maneras para serlo, a
sabiendas de que la superstición es siempre equívoca. -
— Daniel Sada
******************

Salud...

                                    g.




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