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Asunto:[debunker] Saludos...
Fecha:Lunes, 23 de Julio, 2001  10:59:48 (-0700)
Autor:Gabriel Barcenas <gabriel1.0 @......com>

Buenos dias... 
 
Me leí en el periodico el siguiente texto y me parece que muchas de las 
cosas dichas en el artículo para la literatura se pueden aplicar a la 
ciencia... 
 
A ver que les parece... 
 
************************** 
Los últimos bufones 
 
Guillermo Fadanelli  
 
En esta época saturada de especialistas sería conveniente hacer una defensa 
del escritor distraído. Aunque aludir a una defensa suena ya algo 
apasionado, lo que en realidad me interesa, como siempre que escribo esta 
columna, es un pretexto para sermonear acerca de 
algo que en sí todavía no tengo bien definido. Yo he renunciado a sujetarme 
a un tema o a una estructura cuando me he percatado de que casi nunca es 
necesario hacerlo. Las palabras jamás vienen solas: son relaciones. Si nos 
es posible construir una frase es a causa de que ésta se encuentra de 
antemano inscrita en el lenguaje. Pensamos lo ya pensado. No es que un dios 
se anticipe a nuestros pasos, sino que estos pasos recorren sólo los caminos 
posibles. No creo que la literatura sea una profesión aunque en algunos 
casos existan profesionales que en realidad no son sino moralistas que 
desean construir una iglesia para rezar. La literatura es un horizonte que 
debe recorrerse de manera más o menos distraída: un horizonte no un lugar 
definido. Lo contrario a lo que Deleuze deseaba para la filosofía, cada vez 
más socavada por el comentario diletante. El pensador francés se resistía a 
considerar la filosofía como un eterno diálogo en busca de la verdad. Ese 
diálogo eterno animado sólo por el desinteresado deseo de la sabiduría no le 
parecía convincente. Era necesario rescatar a una profesión tan respetable 
de semejante 
paradoja romántica. Para ello propuso adjudicarle una función sensata: la 
creación de conceptos. En el caso de la literatura sucede lo contrario. 
Sospecharíamos de cualquiera que definiera tajantemente sus funciones. 
Habría, sin duda, que eximirla de responsabilidades. Para Foucault, la 
literatura ha estado desde el siglo XIX saturada de obligaciones históricas. 
El ojo crítico ha colmado de prejuicios el horizonte literario. En palabras 
de Foucault: La literatura, 
objeto privilegiado de la crítica, no ha dejado de aproximarse, desde 
Mallarmé, a lo que el lenguaje es en su ser mismo. Por esta razón demanda un 
segundo lenguaje que no tenga ya la forma de la crítica sino de comentario. 
¿En el comentario se disuelven los compromisos 
críticos? Creo que no. A lo que se renuncia es a la crítica sistemática o al 
argumento histórico. 
En el comentario pasamos a un plano secundario que a su vez nos remite a un 
espacio distinto. Allí todo se vale. Nada nunca está de más. Desde la manía 
retórica hasta la especulación científica llegan a hacerse presentes en el 
tramado de un relato. Si somos pacientes diremos de todos modos lo que 
tenemos que decir. De hecho lo que uno pide a los escritores no es que sean 
profesionales o se tomen en serio su oficio, sino que a través de su 
vagabundeo por las 
letras nos descubran una mirada de la que no teníamos noticias. El escritor 
distraído, vagabundo, curioso, heterodoxo, nos descubre a través de su 
mirada un mundo caótico, contradictorio, amoral inclusive, pero al menos un 
mundo real. Acaso el sentido último que se 
oculta en el ser de los escritores sea el de representar a los últimos 
bufones humanistas. Como su escritura es sólo un fragmento de una escritura 
universal infinita, entonces sólo pueden aportar el gesto, la manera, el 
estilo. Triste papel para una especie tan vanidosa •  
****************************** 
 
Salud... 
 
                                 g. 
 
 
 
 
 
Creador de valores, el hombre es el ser delirante por excelencia, presa de 
la creencia de que algo existe, mientras que le basta retener su aliento: 
todo se detiene; suspender sus emociones: nada se estremece ya; suprimir sus 
caprichos: todo se hace opaco. La realidad es una creación de nuestros 
excesos, de nuestras desmesuras y de nuestros desarreglos. E.M.Cioran 
 
 
 
 
 
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