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Asunto:[debunker] neuroteologia
Fecha:Sabado, 16 de Febrero, 2002  18:43:37 (-0300)
Autor:Eduardo Fazio <efazio @.....com>

Articulo aparecido en la edicion del 16/02/2002 en el diario Pagina12
www.pagina12.com.ar

Neuroteología: El “costado biológico” de la religión

Suena raro pensar que la religión tenga un “costado biológico”, pero
hay neurólogos, principalmente en Estados Unidos, que han puesto
electrodos en el cerebro de personas que dicen pasar por trances o
experiencias místicas y concluyen que la aplicación de un campo
electromagnético en el lóbulo temporal induce percepciones que suelen
calificarse como “sobrenaturales” (apariciones, sensación de flotar o
abandonar el propio cuerpo). Lo cierto es que incluso inventaron un
término para su disciplina: “neuroteología”. En fin, aunque polémicas
–ya que la misma definición de “sobrenatural” es bastante complicada–,
en estas cosas siempre algo interesante hay. En esta edición,
cautelosamente, Futuro propone un recorrido por los resultados de estos
experimentos.

Por Raúl A. Alzogaray  

La suerte de quienes tenían experiencias religiosas ha variado a lo
largo de las culturas y los tiempos. En los grupos tribales, los
chamanes eran considerados miembros privilegiados de la comunidad.
Durante la Edad Media, en cambio, Juana de Arco y tantos otros
desdichados terminaron en la hoguera. 

Hasta mediados del siglo XX, la ciencia no mostró demasiado interés por
el estudio de las experiencias religiosas. Durante los años `50 y `60
se produjo un tímido acercamiento, en general limitado a la obtención
de electroencefalogramas de personas meditando. Al finalizar el siglo,
los adelantos en computación y tomografía permitieron diseñar
experimentos más sofisticados. 

Llamada “la década del cerebro” por los avances en el campo de la
neurofisiología, los `90 presenciaron el surgimiento de una nueva
disciplina científica, la neuroteología, que intenta comprender la
relación entre la biología del cerebro y las experiencias religiosas. 

Los neuroteólogos han demostrado que la aplicación de un campo
electromagnético en el lóbulo temporal induce percepciones
sobrenaturales (apariciones, sensación de flotar o abandonar el propio
cuerpo). Mediante la tomografía computada se ha logrado mapear la
actividad cerebral de personas sumidas en profundos trances
meditativos. 

La gran pregunta que subyace a la evidencia empírica es si las
experiencias religiosas son una creación del cerebro humano o
constituyen una realidad externa que el cerebro percibe en determinadas
circunstancias. 

Presencias sobrenaturales

Uno de los voluntarios contó que la habitación a prueba de sonidos le
había recordado la bóveda de un banco. Dijo que el sillón reclinable
donde lo hicieron sentar era como el de los dentistas y que el casco
que le pusieron en la cabeza se parecía a los que usan los
motociclistas (se trataba, efectivamente, de un casco de motociclista
equipado con solenoides, bobinas que generan campos electromagnéticos
–CEMs– cuando conducen electricidad). 

La única indicación que recibió el voluntario fue oprimir un botón cada
vez que tuviera una sensación extraña.

El experimento comenzó. Desde fuera de la habitación, una computadora
controlaba los solenoides, alternando la formación de débiles pero
complejos CEMs con lapsos de inactividad. 

De repente, el voluntario tuvo la inquietante certeza de que una
presencia sobrenatural estaba a su lado. Oprimió el botón. La sensación
se repitió varias veces a lo largo de la sesión. El voluntario no lo
sabía, pero cada vez que los solenoides generaban el CEM, él percibía
la presencia.

Con experimentos como éste, el neuropsicólogo Michael Persinger y sus
colaboradores (Universidad Laurentiana, Sudbury, Canadá) han logrado
inducir, en condiciones de laboratorio, lo que cientos de voluntarios
describieron como experiencias espirituales o sobrenaturales. 

Pero las apariciones no fueron la única sensación inducida. Algunos
voluntarios tuvieron la impresión de flotar, volar o encontrarse fuera
de sus propios cuerpos. Otros llegaron a pensar que los estaban
abduciendo seres extraterrestres.En un artículo publicado en la revista
New Scientist, la psicóloga Susan Blackmore describió de esta manera lo
que sintió cuando fue sometida a uno de estos experimentos: “Entonces
fue como si dos manos me hubieran agarrado de los hombros y me
levantaran..., sabía que seguía sentada en la silla reclinable, pero
alguien, o algo, me empujaba hacia arriba..., entonces aparecieron las
emociones... repentinamente me sentí enojada... después, el enojo fue
reemplazado por un repentino ataque de miedo. Estaba aterrorizada, de
nada en particular... me sentí débil y desorientada durante el par de
horas que siguieron a mi salida de la habitación”.

La forma en que cada persona interpreta estas experiencias depende de
las emociones, el contexto cultural y las creencias religiosas. Los
católicos, por ejemplo, suelen identificar la presencia sobrenatural
con Dios o un ángel; personas menos religiosas piensan que se trata de
un familiar muerto. 

“Todo esto ocurrió en el laboratorio –declaró Persinger–, así que se
pueden imaginar qué pasaría si la persona estuviese sola, a la noche en
su cama o en una iglesia, donde el contexto es tan importante.”



Minitormentas cerebrales

Después de un largo proceso de prueba y error, los investigadores
encontraron que un CEM de 1 microtesla rotando en un complejo patrón
antihorario y aplicado en la región del lóbulo temporal, produce las
sensaciones sobrenaturales (de 1 microtesla es, más o menos, el CEM
producido por la pantalla de una computadora).

El lóbulo temporal abarca los lados del cerebro y está asociado con el
lenguaje y el pensamiento conceptual. Hay un lóbulo temporal derecho y
otro izquierdo y ambos están permanentemente comunicados.

Persinger especula con que el CEM produce una “minitormenta eléctrica”
que altera el flujo de información entre los dos lóbulos temporales.
Eso distorsiona la forma en que el individuo se percibe a sí mismo y el
ambiente que lo rodea.

Otros estímulos podrían disparar el mismo tipo de minitormentas:
ansiedad, privación de sueño, insuficiencia de oxígeno en el cerebro,
cambios extremos en los niveles de azúcar de la sangre, ingestión de
drogas, trances inducidos por actividades repetitivas (como ciertos
cánticos religiosos). 

Existen personas tan susceptibles a la estimulación electromagnética
que las perturbaciones del CEM terrestre que acompañan a los terremotos
serían suficientes para producir minitormentas en sus lóbulos
temporales. Persinger ha recopilado numerosos ejemplos de picos de
informes de avistamientos de OVNIs y otros fenómenos extraños en las
semanas previas a la ocurrencia de terremotos.

Voluntarios con antecedentes de experiencias sobrenaturales (solían ver
apariciones o sufrir repentinos flashes de imágenes) afirmaron que las
sensaciones que les produjo el casco fueron muy parecidas a las que
estaban acostumbrados a experimentar naturalmente.

El grupo de Persinger descubrió que variando la naturaleza del CEM se
pueden obtener distintos efectos. El pulso Thomas (llamado así en honor
al investigador que lo desarrolló) genera la sensación de presencias
sobrenaturales. La aplicación de un CEM diferente en otra parte del
cerebro produce sensaciones de relajamiento y placer.



Ser uno con el universo

La habitación es pequeña. La luz, escasa. Robert, el individuo
experimental está sentado en el piso en posición de loto. Una larga
cánula, que sale de una de las paredes, termina en una aguja insertada
enforma intravenosa en su brazo izquierdo. Junto a Robert se encuentra
el extremo de un largo hilo que conduce a la habitación contigua. El
otro extremo del hilo rodea un dedo de Andrew, el experimentador. 

Robert se dispone a hacer algo que ha practicado durante años:
meditación budista. El lo describe como alcanzar un estado de quietud
mental que permite el afloramiento de su ser interior. Para Robert, ese
ser interior constituye la esencia de lo que él es, la parte que nunca
cambia, lo que permanece cuando se despoja de las preocupaciones,
miedos y deseos. Al aflorar su “ser interior”, Robert deja de
percibirse como una entidad aislada. Es esa sensación de “unidad con el
universo” tantas veces mencionada por quienes practican la meditación. 

Robert medita. Andrew espera. Al cabo de una hora, siente un ligero
tirón en el dedo. Es la señal. Robert le está avisando que se encuentra
en pleno trance meditativo. Andrew oprime un botón y una sustancia
radiactiva es inyectada en el brazo de Robert. Transportada por la
sangre, la sustancia alcanza el cerebro e ingresa a las neuronas, donde
permanecerá varias horas. 

Cuando una región del cerebro trabaja intensamente, recibe mayor
cantidad de sangre que las regiones menos activas. Por lo tanto, las
partes del cerebro de Robert que más hayan trabajado durante la
meditación habrán recibido más sangre y en sus neuronas habrá ingresado
mayor cantidad de sustancia radiactiva. Por el contrario, las partes
que hayan trabajado menos presentarán, comparativamente, poca
radiactividad.

El paso siguiente es obtener una fotografía cerebral. Andrew la
consigue usando una forma especial de tomografía computada que permite
determinar la ubicación de sustancias radiactivas dentro de seres
vivos. En las fotos del cerebro de Robert, las manchas rojas y
amarillas indican zonas con alta concentración de radiactividad. Las
manchas verdes y azules corresponden a zonas poco radiactivadas.

El apellido de Andrew es Newberg. Enseña Medicina nuclear en la
Universidad de Pennsylvania. Junto con su colega, el psicólogo Eugene
D`Aquili, ha estudiado durante años la relación entre las experiencias
religiosas y las funciones cerebrales. 

En el libro Why God won`t go away (Por qué Dios no se irá, Ballantine,
2001) estos investigadores presentan la evidencia y los razonamientos
que los llevaron a creer que las experiencias religiosas pueden ser
medidas y verificadas científicamente.



La meditacion y la plegaria

Las fotografías del cerebro de Robert muestran que, mientras él medita,
hay una actividad inusualmente baja en la zona del cerebro llamada Area
de Asociación de la Orientación (AAO). 

El AAO está ubicada en la parte posterior del lóbulo parietal y es
responsable del sentido de la orientación en el espacio. El AAO
izquierda crea la sensación de ocupar un cuerpo tridimensional
físicamente limitado. Su contraparte derecha crea la sensación del
espacio físico en el cual existe ese cuerpo. La gente con daños en esta
región del cerebro es incapaz de realizar maniobras tan simples como
acostarse en una cama. Al intentarlo, se caen al suelo o chocan contra
las paredes.

En circunstancias normales, el AAO siempre presenta una alta actividad,
esencial para que la persona conserve el sentido de la orientación. Las
fotografías tomadas al cerebro de Robert cuando no está meditando
muestran el AAO mucho más activa que cuando medita.

Los investigadores repitieron el experimento con otros meditadores
budistas y con monjas franciscanas rezando. En todos los casos
encontraron el mismo patrón de baja actividad en el AAO. También se
produjo la misma diferencia de interpretación que había señalado
Persinger. Los budistassostienen que la meditación les permite alcanzar
la unidad con el universo; las monjas creen que a través de la plegaria
se acercan a Dios hasta el punto de fusionarse con él.

Los meditadores y las monjas alcanzan tal grado de concentración que
dejan de percibir los estímulos sensoriales del ambiente. Newberg y
D`Aquili piensan que al no recibir información sensorial, el AAO es
incapaz de determinar los límites del individuo. Entonces lo percibe
como infinito y consustanciado con el Universo.



La fuerza del ritual

Una noche, en la Iglesia Episcopal del Calvario (Pittsburgh) la Paul
Winter Consort ofreció un concierto de jazz experimental. El interior
de la iglesia, de estilo gótico, estaba apenas iluminado por unas pocas
velas. Avanzado el concierto, el conjunto realizó un acompañamiento
musical de una grabación que reproducía aullidos de lobos. Avanzado el
tema, el saxo soprano se puso a jugar armónicamente con los aullidos y
suspiros melancólicos de los lobos. 

Súbitamente, uno de los asistentes se puso de pie. Lleno de excitación,
la cabeza echada hacia atrás, empezó a aullar. Pronto, otros aullidos
surgieron de aquí y allá. Al rato, casi toda la concurrencia aullaba
salvajemente.

La estimulación rítmica y repetitiva que caracteriza a los rituales
(cantos y danzas religiosas, ciertas formas de plegaria) constituiría
otra manera de modificar la forma en que el cerebro piensa, siente e
interpreta la realidad. Como en el caso de la meditación, Newberg y
D`Aquili creen que ciertas regiones del cerebro se verían privadas de
la percepción sensorial cotidiana, tornando borrosos los límites entre
el individuo y el resto del universo. 

Eso fue lo que dijeron sentir quienes asistieron al concierto. No
podían explicar por qué se pusieron a aullar, pero coincidieron en que
fue una sensación placentera hacerlo todos juntos. Tampoco sintieron
vergüenza, porque mientras aullaban los embargaba la fuerte convicción
de que cada uno sentía exactamente lo mismo que los demás y no era
necesaria explicación alguna.



Ciencia y espiritualidad

Los neuroteólogos están construyendo un modelo para explicar las bases
biológicas de las experiencias religiosas. Como todo modelo científico,
este será puesto a prueba y mejorado a medida que nuevos estudios
permitan obtener más información.

Fuera del ámbito científico, individuos e instituciones ya han
comenzado a manifestar sus críticas. Se resisten a aceptar que las
experiencias más bellas y profundas experimentadas por los seres
humanos puedan ser explicadas en términos de funciones cerebrales
medibles. 

Para Newberg y D`Aquili, esa es una visión pesimista del asunto. El
hecho de asociar una experiencia religiosa con cierta actividad
cerebral no implica que esa experiencia sea una mera ilusión. El placer
de oler y beber un buen vino también produce un patrón específico de
actividad cerebral, pero no por eso el vino es ilusorio. 

Con los conocimientos actuales, afirman los dos científicos, es
imposible establecer si las experiencias religiosas son producidas por
el cerebro o se trata de una realidad espiritual que el cerebro está
capacitado para percibir.

Persinger, que no es creyente, explica que su objetivo no es determinar
si Dios existe o no. Prefiere pensar en las aplicaciones terapéuticas
de sudescubrimiento. Le gustaría, por ejemplo, aliviar el sufrimiento
de los enfermos terminales estimulando sus cerebros con CEMs.

La exploración científica de las experiencias religiosas recién
comienza. Quizás algún día se pueda determinar cuál de los dos mundos
es real, el que percibimos cotidianamente o ese otro, espiritual, al
que se accede mediante la meditación y la plegaria. Si no es que ambos
son igualmente reales.

Newberg ha señalado que, “así como la naturaleza del electrón sólo
puede ser comprendida si se lo considera al mismo tiempo una partícula
y una onda, tal vez necesitemos tanto de la ciencia como de la
espiritualidad para terminar de comprender qué cosa es la realidad”.
Quizá lo hizo para cubrirse 



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