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Didáctica de la filosofía
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Asunto:Re: didactifilosofica Darme de baja
Fecha:Viernes, 5 de Septiembre, 2008  15:20:03 (-0500)
Autor:Cochepi Cruz <cochepi @.....com>

Para darte de baja, envía un mensaje a
didactifilosofica-baja@
eListas.net


El 5 de septiembre de 2008 11:56, Francisco José Casas Restrepo <franciscojosecasas@yahoo.es> escribió:
 
Señores
Didactifilosofica
 
Escribo a Ustedes para darme de baja de este sitio de la red.
 
Gracias,
 
 
Francisco Casas.
 


--- El jue, 4/9/08, Wilbert Tapia <w211165@yahoo.com> escribió:
De: Wilbert Tapia <w211165@yahoo.com>
Asunto: didactifilosofica ¿Es válido el ejemplo en la vida pública?
Para: "Didactifilosofica" <didactifilosofica@elistas.net>
Fecha: jueves, 4 septiembre, 2008 8:59

Hola,

Se reflexiona sobre el ejemplo como medio para gestionar la conducta personal y social.  Entre otras ideas, el autor nos dice sobre la importancia del ejemplo que "los otros son lo importante, son mis referentes y tienen poder sobre mi forma de actuar, de comportarme, hasta de comer y vestir".  Sobre la utilización del ejemplo en la enseñanza nos dice que "A través de innumerables generaciones se ha repetido la frase "se enseña con el ejemplo" a lo largo de historias, cuentos, fábulas, moralejas, anécdotas, refranes y dichos para proponer modelos, generar paradigmas de comportamiento y de conducta. Además de nuestros padres, tenemos inculcada la idea de que los maestros que guiarán nuestra vida, sobre todo adulta, deberán ser prohombres, las celebridades, los héroes y, por qué no, quienes destacan en ciertas actividades: primero los nobles, luego los sabios, los campeones, también los exitosos."

Pero los ejemplos van variando de acuerdo a las épocas históricas y no son solamente positivos. Además los ejemplos ya no se toman de la familia o la escuela, sino de la calle y los medios (donde se ve el mal ejemplo de las autoridades). La alternativa que se propone es resaltar, difundir en la sociedad modelos ejemplares que sí funcionan y que generen imitación.

Saludos

Wilbert

 

 

¿Es válido el ejemplo en la vida pública?


Hélan Jaworski Director de Palestra / Presidente de la Comisión de Gobierno de la Facultad de Gestión y Alta Dirección de la PUCP

Síntesis: Los ejemplos de hoy no vienen de la familia o de la escuela, sino de la calle y de los medios. Si a esto se añade que altos funcionarios del Estado se convierten en protagonistas del mal ejemplo, se hace oportuna una reflexión sobre la insuficiencia de los actuales modelos pedagógicos para la formación de aspectos esenciales que no tienen que ver con el conocimiento, sino con la preparación para gestionar la conducta personal y social y aprender a gestionar las organizaciones.

 

Se aprende desde la más tierna infancia observando, mirando lo que hacen los demás y cómo lo hacen. Y luego se repite o se trata de imitar. Resulta connatural a la especie. El primero que hace algo da un ejemplo a los demás.

A su vez, sobre todo en la cultura de Occidente, el registro del ejemplo es la compañía del precepto y de la ley desde épocas inmemoriales. Los libros sacros de todas las religiones y culturas sugieren de dónde o de quién tomar el ejemplo para armonizar las conductas. La respuesta académica contemporánea señala que son los procesos de socialización. La no académica, de manera más simple, nos dice que se aprende de los demás, es decir, del ejemplo que dan los otros.

Como consecuencia, los otros son lo importante, son mis referentes y tienen poder sobre mi forma de actuar, de comportarme, hasta de comer y vestir. Naturalmente, los ejemplos no son los mismos, sino que han cambiado con los tiempos. Por esta razón, el hombre público, la encarnación de poder y autoridad, en monarcas, presidentes, parlamentarios y magistrados, tuvo durante siglos la responsabilidad de dar el ejemplo, de ser en su vida el prototipo en el cual debían reflejarse los hábitos, usos y costumbres de las sociedades. Y si no lo fue siempre, los siglos XIX y XX hicieron lo posible para que así se entendiera. Nociones de moral pública y ciertos conceptos de uso común como nobleza, galantería, caballerosidad o hidalguía, entre muchos otros, hicieron lo posible para difundir y establecer pautas y formatos de conducta que, de maneras de ser formales o estereotipos de clase, se convirtieran en códigos habituales de garantía para un trato uniforme en los diferentes estratos sociales.

Un problema es que todos estos ejemplos provenían del pasado, correspondiendo a valores asociados con la tradición, el mantenimiento y la conservación de usos y costumbres. La modernidad impuso valores nuevos y los ejemplos comenzaron a asociarse con lo deseable, con nuevos conceptos de status y prestigio, entre ellos la innovación y la proyección al futuro. Así, la moda y la publicidad se convirtieron en generadores de un nuevo tipo de ejemplo, no solo rompiendo sino sepultando el pasado y convirtiéndolo en un valor negativo: lo superado, lo obsoleto, lo inútil.

La educación ha buscado sistematizar el ejemplo y proponer a la sociedad los modelos adecuados a cada momento histórico; pero, naturalmente, choca con las fuerzas del mercado y la necesidad de renovar incesantemente los consumos. Como resultado, si en la vida cotidiana el pasado pierde fuerza, lo desechable gana en valor y las fechas o plazos de vencimiento se imponen. Por contagio, se debilita el valor de todo lo que se hacía antes.

Muchos manuales contemporáneos de autoayuda y desarrollo personal giran alrededor de nuevas "vidas ejemplares" ilustradas, con experiencias y anécdotas de logros y éxitos. La victoria bélica, la eliminación física del adversario, ha sido reemplazada por la derrota del rival o "enemigo" profesional, comercial o económico, y por el alcance de posiciones de poder, principalmente económico.

El ejemplo mantiene su esencia arquetípica de la vida, tanto pública como privada. A través de innumerables generaciones se ha repetido la frase "se enseña con el ejemplo" a lo largo de historias, cuentos, fábulas, moralejas, anécdotas, refranes y dichos para proponer modelos, generar paradigmas de comportamiento y de conducta. Además de nuestros padres, tenemos inculcada la idea de que los maestros que guiarán nuestra vida, sobre todo adulta, deberán ser prohombres, las celebridades, los héroes y, por qué no, quienes destacan en ciertas actividades: primero los nobles, luego los sabios, los campeones, también los exitosos. Hasta allí todo iba bien.

Eso es un lado de la medalla. Pero al lado del buen ejemplo, siempre hubo la idea del mal ejemplo. El combate entre el bien y el mal, desde la remota Edad Media, se personificaba en Occidente entre el santo y el pecador, el justiciero y los villanos, con las posteriores connotaciones étnicas y raciales del blanco contra los mestizos, los negros, los pieles rojas o los 'amarillos', siendo naturalmente, en todas estas versiones, el papel del blanco el que se debía emular. Dicotomías y maniqueísmos que han saturado todos los contenidos educativos.

A la pregunta, ¿de dónde vienen los ejemplos hoy?, se ha respondido hace tiempo que no vienen de las familias ni de la escuela, sino de la calle y de los medios. Es decir, nos esforzamos por buscar los mejores profesores, los mejores textos, las más modernas metodologías pedagógicas, pero su influencia en la formación no solo es muy limitada, sino ínfima en la formación de aspectos esenciales que no tienen que ver con el conocimiento, sino fundamentalmente con la preparación para vivir y para gestionar la conducta personal y social y aprender a gestionar las organizaciones.

El círculo vicioso se cierra cuando los protagonistas del mal ejemplo son las personas que el país debía respetar, los altos funcionarios, los representantes electos, las autoridades de todo nivel, los responsables de la justicia y la seguridad ciudadana, los comerciantes de éxito, los poderosos de las finanzas, y es en ellos que se concentran acusaciones de corrupción, deshonestidad, aprovechamiento del poder, fraudes, robos, etc. Y los medios, aún condenando, publicitan y divulgan el ejemplo, hasta generar un profundo sentimiento de frustración e impotencia entre, supongamos, una mayoría de ciudadanos, pero al mismo tiempo alimentan la imaginación de quienes ya vienen impulsados por una motivación de corto plazo.

En los espacios educativos, centrales para la difusión de buenas prácticas, el uso de las herramientas más sofisticadas y de las tecnologías más avanzadas está escondiendo el comportamiento -no siempre desinteresado- de los usuarios y la ausencia de una sólida base conceptual en su elección de instrumentos o técnicas operativas adecuadas y eficientes. El futuro del ejemplo también puede ser diferente, e iniciativas como las publicaciones sobre los positivos resultados del emprendedorismo o los premios a las buenas prácticas, a la limpia y transparente competencia empresarial, al respeto ecológico y a la responsabilidad social, deben ganar más difusión para hacer visible a una sociedad desconfiada, temerosa de nuevas crisis y ganada por el pesimismo, que existen alternativas, modelos ejemplares que sí funcionan y que pueden legítimamente ser imitados, aún si el impulso moral y el ejemplo ético no provienen de las más altas autoridades de la Nación.

 



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José Antonio Cruz
Cusco
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