| Asunto: | didactifilosofica kant: deber ser | | Fecha: | 26 de Septiembre, 2008 16:05:50 (+0200) | | Autor: | maría <mariss90 @.......com>
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Ética Formal
La ética kantiana. Afirma que es posible decidir la bondad o maldad de una
máxima a partir de un rasgo meramente formal como es su posibilidad de ser
universalizada.
La ética formal defiende que un criterio meramente formal nos permite
decir si una conducta es buena o mala, nos permite separar o delimitar las
conductas buenas de las malas; este criterio consiste fijarse en posibilidad de
universalización de la máxima. Kant distingue entre la forma y la materia de un
mandato: la materia es lo mandado (por ejemplo, decir la verdad para el mandato
"no se debe mentir"), y la forma, el modo de mandarlo (si se ha de cumplir
siempre, algunas veces o nunca); aquellas máximas de conducta que cumplen el
requisito formal de ser universalizables describen una acción buena, y aquellas
máximas que no puedan ser universalizables describen una conducta mala; así, por
ejemplo, la máxima de conducta según la cual cuando hago una promesa la hago con
la intención de no cumplirla, es una máxima que describe una conducta mala pues
si la universalizamos dejaría de tener sentido proponer y aceptar promesas.
Otras características de la ética formal son lo que se ha llamado
rigorismo kantiano, la defensa de la autonomía de la voluntad en la experiencia
moral, y la propuesta de los imperativos categóricos como imperativos propiamente
morales .
El rigorismo kantiano es una consecuencia de la consideración de los
mandatos morales como mandatos que se deben cumplir de forma incondicionada o
absoluta, es decir de los mandatos morales considerados como imperativos
categóricos. Con la expresión "rigorismo kantiano" nos referirnos a las dos
cuestiones siguientes:
el deber por el deber: debemos intentar realizar la conducta que manda el
imperativo moral, pero no porque con ella podamos conseguir algún bien
relacionado con nuestra felicidad, sino exclusivamente por respeto a la ley (por
deber). El cumplimiento del deber es tan importante que incluso lo he de elegir
aunque su realización vaya en contra de mi felicidad y de la felicidad de las
personas a las que quiero;
el carácter universal de la bondad o maldad de una acción: si una acción es
mala, lo es bajo cualquier circunstancia; aceptar una excepción implicaría
aceptar las condiciones del mundo en la determinación de la voluntad, y por lo
tanto la heteronomía de la ley moral (si está mal mentir no vale ninguna mentira,
ni la mentira piadosa ni la mentira como algo necesario para evitar un mal
mayor).
Ver “éticas materiales”.
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TEXTOS DE KANT
El imperativo categórico es, pues, único, y es como sigue: obra sólo según
una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal.
Ahora, si de este único imperativo pueden derivarse, como de su principio,
todos los imperativos del deber, podremos ―aun cuando dejemos sin decidir
sí eso que llamamos deber no será caso un concepto vacío― al menos mostrar
lo que pensamos al pensar el deber y lo que este concepto quiere decir.
La universalidad de la ley por la cual suceden efectos constituye lo que
se llama naturaleza en su más amplio sentido (según la forma); esto es, la
existencia de las cosas, en cuanto que está determinada por leyes universales.
Resulta de aquí que el imperativo universal del deber puede formularse: obra como
si la máxima de tu acción debiera tornarse, por tu voluntad, ley universal de la
naturaleza.
Vamos ahora a enumerar algunos deberes, según la división corriente que se
hace de ellos en deberes para con nosotros mismos y para con los demás hombres,
deberes perfectos e imperfectos.
l.º Uno que, por una serie de desgracias lindantes con la desesperación,
siente despego de la vida, tiene aún bastante razón para preguntarse si no será
contrario al deber para consigo mismo el quitarse la vida. Pruebe a ver sí la
máxima de su acción puede tornarse ley universal de la naturaleza. Su máxima,
empero, es: hágome por egoísmo un principio de abreviar mi vida cuando ésta, en
su largo plazo, me ofrezca más males que agrado. Trátase ahora de saber si tal
principio del egoísmo puede ser una ley universal de la naturaleza. Pero pronto
se ve que una naturaleza cuya ley fuese destruir la vida misma, por la misma
sensación cuya determinación es atizar el fomento de la vida, seria
contradictoria y no podría subsistir como naturaleza; por lo tanto, aquella
máxima no puede realizarse como ley natural universal y, por consiguiente,
contradice por completo al principio supremo de todo deber.
2.° Otro se ve apremiado por la necesidad a pedir dinero en préstamo.
Bien sabe que no podrá pagar; pero sabe también que nadie le prestará nada como
no prometa formalmente devolver lo en determinado tiempo. Siente deseos de hacer
tal promesa; pero aún le queda conciencia bastante para preguntarse: ¿no está
prohibido, no es contrario al deber salir de apuros de esta manera? Supongamos
que decida, sin embargo, hacerlo. Su máxima de acción sería ésta: cuando me crea
estar apurado de dinero, tomaré a préstamo y prometeré el pago, aun cuando sé que
no lo a verificar nunca. Este principio del egoísmo o de la propia utilidad es
quizá muy compatible con todo mi futuro bienestar. Pero la cuestión ahora es
ésta: ¿es ello lícito? Transformo, pues, la exigencia del egoísmo en una ley
universal y dispongo así la pregunta: ¿qué sucedería si mi máxima se tornase ley
universal? En seguida veo que nunca puede valer corno ley universal, ni convenir
consigo misma, sino que siempre ha ser contradictoria. Pues la universalidad de
la ley que diga que quien crea estar apurado puede prometer lo que se le ocurra
proponiéndose no cumplirlo, haría imposible la promesa misma y el fin que con
ella pueda obtenerse, pues nadie creería que recibe una promesa y todos se
reirían de tales manifestaciones corno de un vano engaño.
3.° Un tercero encuentra en sí cierto talento que, con la ayuda de alguna
cultura, podría hacer de él un hombre útil en diferentes aspectos. Pero se
encuentra en circunstancias cómodas y prefiere ir a la caza ele los placeres que
esforzarse por ampliar y mejorar sus felices disposiciones naturales. Pero se
pregunta si su máxima de dejar sin cultivo sus dotes naturales se compadece, no
sólo con su tendencia a la pereza, sino también con eso que se llama el deber. Y
entonces ve que puede subsistir una naturaleza que se rija por tal ley universal,
aunque el hombre ―como hace el habitante del mar del Sur― deje que se
enmohezcan sus talentos y entregue su vida a la ociosidad, el regocijo y la
reproducción, en una palabra, al goce; pero no puede querer que esta sea una ley
natural universal o que esté impresa en nosotros corno tal por el instinto
natural. Pues corno ser racional necesariamente quiere que se desenvuelvan todas
las facultades en él, porque ellas le son dadas y le sirven para toda suerte de
posibles propósitos.
4.º Una cuarta persona, a quien le va bien, ve a otras luchando contra
grandes dificultades. El podría ayudarles; pero piensa: ¿qué me importa? ¡Que
cada cual sea lo feliz que el cielo o él mismo quiera hacerle: nada voy a
quitarle, ni siquiera le tendré envidia; no tengo ganas de contribuir a su
bienestar o a su ayuda en la necesidad! Ciertamente, si tal modo de pensar fuese
una ley universal de la naturaleza, podría muy bien subsistir la raza humana, y
sin duda, mejor aún que charlando todos de compasión y benevolencia, ponderándola
y aún ejerciéndola en ocasiones; y en cambio, engañando cuando pueden, traficando
con el derecho de los hombres o lesionándolo en otras maneras varias. Pero aun
cuando es posible que aquella máxima se mantenga como ley natural universal es,
sin embargo, imposible querer que tal principio valga siempre y por doquiera como
ley natural. Pues una voluntad que así lo decidiera se contradiría a sí misma,
pues podrían suceder algunos casos en que necesitase del amor y compasión ajenos,
y entonces, por la misma ley natural oriunda (le su propia voluntad, veríase
privado de toda esperanza de la ayuda que desea.
Estos son algunos de los muchos deberes reales, o al menos considerados
por nosotros como tales cuya derivación del principio único citado salta
claramente a la vista. Hay que poder querer que una máxima de nuestra acción sea
ley universal: tal es el canon del juicio moral de la misma, en general. Algunas
acciones son de tal modo constituidas, que su máxima no puede, sin contradicción,
ser siquiera pensada como ley natural universal, y mucho menos que se pueda
querer que deba serlo. En otras no se encuentra, es cierto, esa imposibilidad
interna; pero es imposible querer que su máxima se eleve a la universalidad de
una ley natural, porque tal voluntad sería contradictoria consigo misma. Es fácil
ver que las primeras contradicen al deber estricto ―ineludible―, y
las segundas, al deber amplio ―meritorio―. Y así, todos los deberes
en lo que toca al modo de obligar ―no al objeto de la acción―,
quedan, por medio de estos ejemplos, considerados íntegramente en su dependencia
del principio único.
Imanuel Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Capítulo
Segundo
(Mare Nostrum Comunicación. Traducción: Manuel García Morente)
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